sábado, junio 29, 2013

El libro de la selva, Rudyard Kipling

Trad. y notas Gabriela Bustelo. Ilust. Gabriel Pacheco. Sexto Piso, Barcelona, 2013. 240 pp. 25 €

Pedro M. Domene

La fábula del niño Mowgli, el oso Baloo, la pantera Bagheera y el sempiterno y malvado tigre de bengala Shere Khan, se han convertido con el paso de los años en los mitos literarios que, generación tras generación, despiertan una y otra vez la admiración de niños, adolescentes y adultos, cuando se realizan adaptaciones del propio libro, series de televisión o a la gran pantalla, o incluso cuando se intenta editar el relato como Rudyard Kipling lo concibió en 1894, un texto que apareció con grabados de su padre, John Lockwood Kipling, profesor en la Escuela de Arte, de Bombay, donde nacería el futuro escritor en 1865.
El tema de aventuras en la selva, si lo consideramos literariamente hablando, despierta grandes amores, o el escepticismo más absoluto, como ocurre con las historias de Mowgli, el niño-lobo, ambientadas en la selva de Seonee. El autor narra de una manera muy poco cientifista, y casi se postula como una caricatura de esa ciencia porque hace un alarde excesivo de ese conocimiento del medio que supone la selva y el medio indio e incluye las peripecias de un humano criado entre animales. El niño es acogido por una manada de lobos en “Los hermanos de Mowgli”, secuestrado por unos monos en “La caza de Kaa” y adoptado por una pareja de campesinos en “¡Tigre! ¡Tigre!”, como se cuenta en los tres primeros cuentos del volumen.
Cabría suponer que Kipling se encontraba más influenciado por las leyendas populares que escuchó en su infancia, así como por su propia imaginación, que por las verdades de la biología. De esta manera, Mowgli es recogido por Raksha (Madre Loba) y su familia de lobos, después de haberse librado de las garras del temido tigre Shere Khan. Con su nueva familia y con amigos como la pantera Bagheera o el oso pardo Baloo, el niño crecerá aprendiendo de los animales valores como la amistad, la ley o el trabajo en equipo.
En El libro de la selva, pese a estar articulado mediante cuentos independientes, los relatos que lo componen siguen un orden cronológico y forman parte de una misma historia. El británico Rudyard Kipling (Bombay, 1865 - Londres, 1936) también lo tituló en su momento El libro de las tierras virgenes, donde hace todo un despliegue de conocimientos sobre la selva y los animales que en ella viven. Hay quienes pese a ello, ven en esta historia cierto antropocentrismo manifiesto, atribuyendo a los animales rasgos negativos como la venganza (Shere Khan), o positivos como el raciocinio, los sentimientos o la amistad, de Baloo o Bagherera. Por otro lado, aquello que separa a Mowgli de los animales se hará cada vez más latente conforme vaya creciendo, por lo que es apartado de su comunidad y obligado a volver con su madre humana. Y así lo hará, tras acabar con Shere Khan definitivamente. Mowgli y su madre se trasladan a vivir a un pueblo vecino, dominado por los ingleses. Kipling, totalmente adscrito al sistema colonial, atribuye a la “verdadera civilización” los rasgos absolutos de la ley, el orden y la justicia.
El libro de la selva suele estar editado con un cuidado, extremadamente, visual, tanto cuando se trata de ediciones infantiles y juveniles, así como esa clara pretensión de ofrecer un productos para adultos, y mucho más aun cuando se tarta de ofrecer la historia en la gran pantalla. La edición de Sexto Piso, en su colección “Ilustrado”, ofrece la traducción y notas de Gabriela Bustelo, además de las espléndidas ilustraciones de Gabriel Pacheco, que con un estilo que oscila entre lo real y lo místico añade al texto una dimensión extra, para acompañar a los lectores en ese viaje a través de la jungla de Kipling y sus animales inmortales, que escenifican una y otra vez sus historias para nuevas generaciones de lectores interesados en acercarse a ellas. Lo que parece buscaba el ilustrador era “de alguna manera, despertar el asombro del lector. Porque el texto resulta tan majestuoso que no necesita de nada”. Las ilustraciones funcionan así como un espacio de ruptura en el que uno se detiene a pensar o imaginar una selva extraña, distinta a las muchas representadas anteriormente. La selva en esta edición es oscura porque el ilustrador manifiesta empezar con una paleta de grises. El 70 u 80 por ciento de estos magníficos dibujos son grises y solo al final surgen los colores. En este caso Pacheco ha utilizado los básicos —azules, amarillos, rojos— que, de alguna manera, destacan a los personajes en medio de la maraña de la jungla.