jueves, septiembre 04, 2014

Matar a Prim, Francisco Pérez Abellán

Planeta, Barcelona, 2014. 352 pp. 20 €

Luis Alberto Comino

Si hay un hecho puntual en la caótica historia de España del siglo XIX que cambió de forma radical la historia del siguiente siglo, y por ende la nuestra, este fue sin duda el atentado que le costó la vida al general Juan Prim y Prats la noche del 27 de Diciembre de 1870 en la madrileña calle del Turco (hoy Marqués de Cubas). Sin embargo, y a pesar de su incuestionable importancia, el mismo a pasado a la Historia rodeado de un halo de misterio y oscurantismo que ha llegado hasta nuestros días, y que el profesor Pérez Abellán y sus colaboradores de la Comisión Prim de Investigación han querido desentrañar de una vez por todas, llegando incluso a la inhumación y posterior autopsia de la momia el general con los más modernos medios a su alcance. Ello permite al interesado en el tema disponer, al menos en una versión accesible, del más completo análisis de las circunstancias y hechos más o menos probados, que rodearon la muerte del hombre que, como Pedro a Jesucristo, negó por tres veces el trono a los Borbones que hoy reinan en España. A pesar de que la documentación sumarial original que queda es del todo inaceptable y llena de errores; faltas de documentación, tachones, enmiendas, y un caos de numeración y orden, el profesor y su equipo han buceado en ella como nunca se había hecho hasta ahora. Después de haber leído todo lo que ha caído a mi alcance sobre el general y sobre el atentado, desde el capítulo de los Episodios Nacionales dedicado al tema (España trágica), en el que Don Benito Perez Galdós, contemporáneo y testigo de los tiempos que rodearon el magnicidio, y del que como Umbral, sospecho que no dijo todo lo que sabía al respecto; pasando por las biografías más o menos noveladas como la de Cristóbal Zaragoza (Yo, Prim) o Pere Anquera (El General Prim. Biografía de un conspirador) o el reciente best seller de Ian Gibson (La Berlina de Prim), en las que siguiendo la historia oficial, insisten en que el General murió a los tres días del atentado a causa de una sepsis producida por las heridas recibidas (alguna de ellas mortal de necesidad en aquellos tiempos). He encontrado ciertamente revelador el libro Matar a Prim, en el que la Comisión dirigida por el Profesor Pérez Abellán se encarga de desmontar del todo este diagnóstico: Las heridas no recibieron el oportuno tratamiento, ni fueron cerradas ni cauterizadas (la del hombro, por su gravedad y extensión, era casi imposible con los medios de la época), fueron simplemente taponadas de mala manera y sin el mínimo rigor médico, lo que descarta del todo la infección, imposible si la herida no está cerrada y por ello no deja de sangrar. Por ello lo más lógico era pensar en que el General simplemente se desangró; no hay más que ver el estado de las ropas y de la su famosa berlina en el Museo del Ejercito en Toledo, a pesar del tiempo transcurrido y las manipulaciones que han sufrido. Pero el resultado de la autopsia revela un hecho hasta ahora ignorado y que a la luz de las nuevas técnicas no deja de ser sorprendente: A Prim lo estrangularon a lazo, seguramente con un cinturón y en su propia cama. Una vez que parece claro que la Historia (el sumario y demás testimonios de la época), dejan claro de quien fue la mano ejecutora (la del republicano radical Paul y Angulo y once cómplices a sueldo), Pérez Abellán se centra más que nada en intentar localizar a los instigadores del suceso, a los principales interesados en hacer desaparecer a Prim de la escena política (el “cui bono” de toda investigación criminal). Descartados los republicanos, con los que Prim no mantenía buenas relaciones, pero no organizados ni política ni económicamente para perpetrar un hecho así. Así como los Borbones que en aquel momento tampoco disponían de suficientes medios ni tampoco estaban organizados para ello, nos quedan solo dos candidatos plausibles: Por un lado el General Serrano, prohombre de la Patria y máximo encargado de la seguridad de Prim tras el atentado, totalmente oscurecido los últimos años bajo la sombra del de Reus. Y por el otro lado el Duque de Montpensier, D. Antonio de Orleans, sobre cuya cabeza, al menos desde mi punto de vista, recaen las principales sospechas como principal instigador y financiador del magnicidio, ya que tenía tanto los contactos (y los que no tenía él, los tenía Serrano) como fundamentalmente el dinero (se llegó a comentar que se había gastado unos 16 millones de reales en una campaña para postularse como rey, una cifra astronómica para la época). La sospecha se cierra aún más sabiendo que, una vez restaurados los Borbones en el trono de España, pasó a convertirse en el suegro del Rey Alfonso XII (era el padre de María de las Mercedes, la del “Donde vas Alfonso XII….”), justo en el momento en el que la instrucción y el seguimiento del caso sufrió un, llamemos, olvido “sine die”. Ambos estaban muy interesados en ocupar el trono dejado vacante por la completamente inútil Isabel II, más incluso que el propio poder que ya tenían, y que pudieron “enemistarse” con Prim por el hecho de que, cuando llegó el momento de entronizar a alguien, buscara fuera de nuestras fronteras un candidato que aún no estuviese infectado por los grandes males patrios que habían intoxicado a los últimos Borbones. A pesar de los ríos de tinta vertidos en su día, entre los que se encontraban escritores tan insignes como Perez Galdós o Valle Inclán (convencido de la manipulación de pruebas y falsificación de testimonios), y de las investigaciones posteriores (alguna tan sesuda como la del eminente abogado Pedrol Rius), nadie llega tan al fondo de la cuestión como la Comisión, que realiza un pormenorizado estudio tanto de las pruebas físicas (Momia del general, ropaje, vehículo), como de las declaraciones recogidas en el incompleto sumario. Aunque para mi gusto el texto deja aún importantes preguntas sin resolver: ¿Cómo es posible que los dos acompañantes de Prim no sufrieran heridas en el atentado, salvo la de la mano de Nandin y porque fue él el que la puso delante del cañón de la pistola que apuntaba a su general? ¿Estaba el ministro Sagasta, a la sazón encargado de la seguridad de Madrid como Ministro de Gobernación y posterior adalid del bipartidismo borbónico, implicado en el atentado? ¿Tan grande era el poder de Serrano que ni el juez ni los médicos afines pudieron ver al general después del atentado, y ninguno elevó su queja al rey Amadeo cuando este llegó a Madrid? ¿Fue producto de una conjura generalizada o simplemente de la acción de dos hombres poderosos, uno políticamente (Serrano) y el otro financieramente (Montpensier) decididos a no permitir que el general se saliese con la suya de crear una dinastía constitucional en España, alejada de los vicios y los escándalos que hasta ahora habían salpicado los reinados de los últimos tres Borbones? Y sobre todo, si las heridas de General eran tan graves como cita la autopsia, ¿para qué arriesgarse a estrangularlo en su propia casa? ¿Tenían miedo de la leyenda de inmunidad que el General se había tejido en sus luchas en el Norte de África? Seguramente no tendremos nunca respuestas a todas las dudas que han surgido a lo largo de los últimos 140 años, respecto a ese magnicidio, que fue el primero de una lista de atentados nada claros y que tuvo continuación en los de Cánovas del Castillo, Canalejas, Dato y, más recientemente, Carrero Blanco, de los que, espero no tengamos que esperar tanto para saber la trama oculta que hubo tras ellos.