viernes, enero 23, 2015

Paul está muerto y otras leyendas urbanas del rock, Héctor Sánchez y David Sánchez

Errata Naturae, Madrid, 2014. 219 pp. 19,90 €

Salvador Gutiérrez Solís

No me cabe duda de que existen determinados títulos que actúan a modo de anzuelos: cuentan con la capacidad de “pescar” a nuevos y diferentes lectores. Paul está muerto y otras leyendas urbanas del rock, de Héctor Sánchez y David Sánchez, es un magnífico ejemplo para ilustrar esta afirmación, ya que tanto melómanos empedernidos, lectores habituales o simplemente curiosos pueden disfrutar, con semejante intensidad y placer, este libro.
Un libro que, en primer lugar, a simple vista, es un hermoso objeto, en su portada, así como en las estupendas ilustraciones creadas por David Sánchez para cada uno de los capítulos, y que se complementan a la perfección con los textos de Héctor Sánchez. Pero Paul está muerto es mucho más que un bello objeto, ya que logra, de una manera amena, pedagógica, ofrecernos un retrato nítido de buena parte de los más legendarios nombres de la historia del rock.
Elvis puede que siga vivo, tal y como canturreaba Calamaro en su canción, sopla ochenta velas en una cantina de Nuevo México. ¿Fueron Jagger y Bowie amantes ocasionales o todo es producto de un ataque de celos? Esos mensajes demoniacos, como tarareados por la niña de El Exorcista, cuando giramos el vinilo en dirección contraria. Artilugios sexuales de las más diferentes condiciones, tamaños y especies, acuáticos y terrestres; esa estrella del rock que aterroriza a los animales con los que se topa. La viuda permanentemente sospechosa, los “tiros” de Richards, el suicida club de los 27, automóviles que se arrojan a la piscina o la resurrección del Rey Lagarto.
La breve, pero intensa y a ratos atropellada, historia del rock está plagada de grandes leyendas, en infinidad de ocasiones no dejan de ser la flor de un rumor, de un bulo, que germinó a toda velocidad, que han soportado con vitalidad, camufladas tras la falsa máscara de la veracidad, el paso del tiempo y de las generaciones. David y Héctor Sánchez retiran las máscaras de estas leyendas y nos arrojan luz sobre lo realmente sucedido, que en determinadas ocasiones comenzó siendo una inocente y simple anécdota. El poder del rumor, el gusto por la mentira, el expansivo gas de la exageración.
Y Paul está muerto y otras leyendas urbanas del rock es, por encima de todo, un libro muy divertido, algo que se agradece especialmente, y que no está reñido con esa pedagogía que le reconozco. Como tampoco lo está con una narrativa más que convincente, que no renuncia a la información sin olvidar el sentido del humor o la ironía. Textos, como indicaba, perfectamente ensamblados a las ilustraciones, algunas de ellas con una asombrosa carga psicológica, y que consiguen mostrarnos un retrato más nítido, más preciso, más total, de lo relatado.
Es de agradecer la apuesta de la editorial Errata Naturae por ofrecernos diferentes visiones sobre todas esas propuestas culturales contemporáneas que tardan en ser reconocidas o estudiadas desde el academicismo, pero que, sin embargo, no tardan en ser asumidas y asimiladas por multitud de consumidores, puede que necesitados por ventilar los discursos mil veces escuchados y contemplados. Pedagogía, diversión, humor y aire fresco, también, casi un ciclón, en Paul está muerto y otras leyendas urbanas del rock.

jueves, enero 22, 2015

La cata, Roald Dahl

Trad. Iñigo Jáuregui. Ilust. Iban Barrenetxea. Nórdica, Madrid, 2014. 80 pp. 19,50 €

Care Santos

Aunque no descubra nada, lo diré: Roald Dahl es un fuera de serie. Uno de esos escritores que jamás decepciona, que consuela, reconcilia, hace feliz. Da igual de qué traten sus relatos, en ellos siempre hay algo interesante que merece ser sabido y un modo excelente de decirlo. Sus cuentos avanzan hacia un final con vuelta de tuerca que nunca es excesivo, y que siempre coloca las cosas -y a las personas- en el lugar exacto donde deben estar. Hay en su literatura, en toda ella, desde la infantil hasta los relatos autobiográficos, una idea de justicia subyacente, un mundo en equilibrio. Los malos lo son sin explicaciones, como en la vida misma. Los buenos juegan con la ventaja de su candidez. Da gusto volver a Dahl, por mucho que lo hayamos frecuentado antes.
La cata -Taste, en su versión original- cuenta una cena entre seis personas. El anfitrión es inglés y el escenario, una casa londinense. Entre los invitados se sienta un famoso gastrónomo, experto en vinos raros. El anfitrión es un sibarita de pacotilla, más bocazas que entendedor, deseoso de impresionar a su importante huésped. Las mujeres actúan como meras comparsas, en realidad esto no es una cena: es un duelo, una pelea de machos. Luego tenemos al narrador, discreto, en segundo plano. Un narrador-testigo, que cuenta en tercera persona, sin énfasis, sin implicación emocional, casi se diría que da fe. Típico de Dahl: mostrar con crudeza pero sin detenerse en juicios morales. No le hace falta: en tres frases ha logrado describir a la perfección a un personaje para que sepamos cómo hay que tratarle. Pratt, el gastrónomo, por ejemplo, no fuma por no estropearse el paladar y habla de los vinos como si fueran personas. ¿Qué más hay que decir? El anfitrión, en cambio, Schofield, parece avergonzarse "de haber ganado tanto dinero con tan poco talento". Habla sin parar. Es pedante, odioso, aunque nadie nos lo diga.
Una vez presentados los personajes, comienza el combate. Dahl es un autor muy teatral, aunque -que yo sepa- nunca escribió teatro. Este cuento podría convertirse en una pieza breve representable y sospecho que funcionaría de maravilla. Como ocurre en las piezas dramáticas, el diálogo es en realidad la trama misma: los dos duelistas sentados a la mesa se enzarzan en una discusión que da pie a una apuesta. Una apuesta descabellada, osada, inmoral, muy dahliana. Porque el autor siempre lleva a sus personajes un paso más allá de lo permitido. Y hecha la apuesta, claro, sólo cabe ver en qué acaba. A eso dedica unas cuantas páginas más. Páginas de diálogos fascinantes, que avanzan con una naturalidad que nos permite imaginarnos sentados a esa misma mesa, con los tres matrimonios británicos. Porque aquí, nótese, todo es muy pero que muy británico.
Los lectores de Dahl, incluso los lectores que ya conocíamos este cuento (titulado Gastrónomos en la edición de sus cuentos completos de Alfaguara), esperamos con ansia sus finales. La sorpresa que siempre llega, como si el autor esperara ese contrapunto, ese acto de justicia, esa frase que lo descabeza todo, para decidir que la historia ha terminado. Aquí llega también, servida por el único personaje de quien nada esperábamos, y es un final demoledor. Es decir, de los que consuelan, permiten firman un armisticio con el mundo y hace feliz. Si no han leído a Dahl, háganlo. Debería ser obligatorio. En todas las mesitas de noche de los hoteles debería haber un libro suyo. Y lo mismo en las cárceles, en los hospitales, en las salas de espera, en las oficinas de hacienda, en los bolsillos delanteros de los aviones.
Pero esta edición es una magnífica noticia también para los muy lectores de Roald Dahl. Es una edición exquisita, ilustrada, uno de esos libros del que uno no quiere desprenderse, que enseña a los amigos de buen gusto. Iban Barretxea ha captado a la perfección el espíritu del relato. Sus ilustraciones enfatizan el aspecto teatral y presentan la cena como un escenario a la italiana, en el que vemos evolucionar a los personajes. La acción parece mínima a simple vista, aunque el lector sabe que no es así. Las escenas, deliciosamente detallistas, acompañan al texto con exquisita perfección, mostrando el más difícil todavía de las emociones de los diferentes personajes. Añaden el paso del tiempo -ausente en el cuento- y presentan el brutal contraste entre el dramatismo de la situación y el muy burgués escenario. Son tan magníficas, tan sutiles -el detalle de mostrar al narrador de espaldas, por ejemplo-, que me atrevo a afirmar que el lector pasará más tiempo mirando las ilustraciones que leyendo el cuento de Dahl. Y hará bien, porque son ilustraciones muy poco comunes. Logran lo que no parecía posible: mejorar el cuento.

miércoles, enero 21, 2015

Quaresma, descifrador. Relatos policíacos, Fernando Pessoa

Ed./Intro. Ana María Freitas. Trad. Roser Vilagrassa. Acantilado, Barcelona, 2014. 536 pp. 29 €

Pedro Pujante

Al igual que Borges era dos o varios hombres a la vez, Pessoa a través de sus heterónimos conseguía multiplicar y diversificar su escritura, y canalizar mediante diferentes Pessoas su polifonía poética. La comparación entre el argentino y el lisboeta no es casual. Ambos eran escritores bifrontes que cultivaron, por un lado la poesía y por otro la ficción policiaca. Borges, junto a Bioy Casares, pergeñó varias páginas en las que un tal Isidro Parodi descifraba casos. Pessoa, acertó al crear también un carismático sabueso de ascendencia holmesiana que consigue deslumbrar a sus contemporáneos y nosotros los lectores mediante lógicas deducciones que escapan a la comprensión de una inteligencia media.
Según se desprende de diarios y cartas, Pessoa fue un gran lector y fervoroso amante de la novela negra. Esta afición menos visible del poeta no llegó a cuajar en ninguna obra relevante. Su poesía y su pensamiento ocuparon al autor de El libro del desasosiego, quien jamás tuvo tiempo de ordenar y publicar sus relatos de asesinatos e intrigas detectivescas. Sin embargo, ahora Acantilado –mediante una labor también detectivesca por parte de Ana María Freitas- ha rescatado estos relatos, novelas inconclusas que jamás vieron la luz en vida de su autor. Los ha compilado en su habitual cuidado estilo y los entrega al público.
En el volumen podemos encontrar trece piezas. Algunas exceden las cincuenta páginas, otras oscilan en la veintena y una, La desaparición del doctor Reis Gomes, sobrepasa el centenar.
Su interés es variado. Algunos de los temas son los clásicos. El robo de una carta en una habitación cerrada, argumento típico de la literatura de género que popularizó Gaston Leroux en el ya célebre El misterio del cuarto amarillo. Además de robos, encontraremos casos de crímenes. Los habituales crímenes pasionales que nunca parecen en una primera lectura lo que son. Porque en el fondo, toda novela negra no deja de ser un juego de espejismos, de engaños a un lector al que se le conduce por el camino de las conjeturas hasta el equívoco final.
Todos ellos resueltos con maestría por Abílio Quaresma, un ojo clínico, un hombre de carácter taciturno y alcohólico que tiene la sagacidad del mejor Sherlock Holmes o del mismísimo Auguste Dupin, padre de los padres de los detectives analíticos. Y ciertamente, hay ecos de Poe y de Conan Doyle en las historias de Pessoa. Aunque no superan en la intriga ni en el nivel de misterio o clímax a sus congéneres anglosajones.
En su estilo encontramos una prosa ágil y sencilla, que no trata de deslumbrar. Pessoa se vale de un léxico sobrio que aspira a contar una historia misteriosa que a su término habrá de ser resuelta, como si de un rompecabezas se tratase por una entrañable criatura, Abílio Quaresma.

martes, enero 20, 2015

Un viaje llamado vida, Banana Yosimoto

Trad. Rumi Sato. Satori, Gijón, 2014. 208 pp. 17 €

Santiago Pajares

«Un viaje, no importa lo desastroso que resulte, en la memoria se transforma en algo maravilloso». Con esta reflexión, expresada en voz alta por uno de los amigos de la propia autora, abre el libro. Esto no es una novela, vaya esto por delante. Y no lo digo como crítica, sino para tener las cosas claras antes de ponernos a leer. En este libro la autora nos hará un repaso por las reflexiones que ha tenido a lo largo de sus viajes por el mundo, pequeñas anécdotas de las que ha ido extrayendo sus propias verdades fundamentales, muchas de ellas fruto de la comparación de otros entornos con su Tokio natal.
Como escritora Banana Yoshimoto, traducida a veinte lenguas, ha tenido que hacer una gran cantidad de viajes promocionales, primero soltera, luego casada y después con su primer hijo. En las pausas de estos viajes es cuando se daba cuenta de que ella misma, su forma de pensar y de afrontar los actos de cada día, eran distintos respecto a Japón, y se preguntaba el por qué de esa nueva actitud. Tomamos como ejemplo unos arbustos de tomillo en la toscana italiana, y como el olor con el que impregnaban el aire circundante le hacían pensar en la pequeña planta de tomillo de su apartamento de Tokio, a la cual apenas lograba mantener viva en ese entorno urbano. Con cada viaje, cada comida, cada interacción humana, Banana Yoshimoto nos hace pensar en la forma en la que podemos afrontar nuestra jornada. Con estos relatos podremos avanzar desde sus días como camarera cuando publicó su primera novela (Kitchen, 1988), su primer amor adolescente, su débil salud a la que siempre debe permanecer atenta , las supersticiones de su país o su propia alimentación y lo que ello supone.
Esta es la primera parte de unos volúmenes donde la autora tratará de arrojar luz sobre muchos de los temas que la atormentan y la hacen reflexionar, como persona, como ciudadana japonesa y como autora literaria. En el siguiente volumen, ya a la venta en Japón pero aún no traducido, afrontará la pérdida y muerte de sus padres.
Los recuerdos de la autora están clasificados en tres secciones: Recuerdos de lugares en los que ha vivido o de sus viajes, recuerdos que le llegan a través de personas, y por último, recuerdos de los ausentes. Sin orden cronológico, igual que los almacenamos en la cabeza.
Este es un libro especial para los admiradores de la autora japonesa, entre los que me incluyo, una forma de acercarnos, a través de sus experiencias, un poco más a su literatura y su persona. Con pequeños capítulos de pocas páginas, nos hace pensar, nos coge de la mano y podemos pasear con ella para ver esas puestas de sol, cómo florecen los tulipanes o comer rodajas de sandía. Porque como la propia Banana Yoshimoto nos cuenta, nuestro viaje en la vida es una búsqueda de recuerdos, para que cuando muramos dentro de muchos años los podamos llevar con nosotros y sentir que hemos cumplido nuestra tarea en este mundo.
Con este libro Satori ediciones abre su nueva colección ‘Satori contemporánea’, con la que intentará acercar al público a autores consagrados y nuevas voces narrativas de la literatura japonesa actual.

lunes, enero 19, 2015

Hielo, David Aliaga

Paralelo Sur Ediciones, Barcelona, 2014; 114 pp. 10 €

Pedro M. Domene

Un extraño silencio precede al arranque mismo de la narración, y aun se añade un gélido ambiente a medida que David Aliaga (Hospitalet de Llobregat, 1989) va presentando a sus personajes que, de alguna manera, advertimos enseguida forman parte de una narración coral y entre sus características más intrínsecas, uno solo protagoniza la acción, cuyas actuaciones quedan vinculadas al resto. En esta mezcla de historias particulares, sobresale sin embargo la ambientación y el eco de ese “hielo” que da título a la novela y caracterizará la actitud de sus personajes a quienes, capítulo a capítulo, vamos conociendo, mientras la narración vuelve a un pasado y concreta la historia en (2012) una actualidad que, en definitiva, se asemeja a ese pretérito que ha condicionado sus vidas. El estilo, algo esencial y característico en los primeros propósitos narrativos, añade a Hielo (2014), la primera novela de Aliaga, ciertos matices que recuerdan a la gran literatura, e intuimos que el narrador, pese a su manifiesta juventud, ha aprendido la lección, tiene un gran bagaje de lecturas y construye una narración omnisciente que alterna con los diálogos de los personajes que, a medida que van apareciendo, ofrecen luz a ese collage que servirá para alcanzar una visión más amplia de las relaciones humanas, y de sus actitudes que, con la verdad como trasfondo, nos quiere sorprender el narrador. Bien es verdad que, David Aliaga, había publicado anteriormente, Inercia gris (2012), libro de relatos y el ensayo, Los fantasmas de Dickens (2012).
Eric, un desconocido, se presenta en un pequeño pueblo del norte de Islandia buscando a una joven, Gyḋa Asmundóttir, para cuidar a su anciano padre. Al hilo de la narración, otros personajes se van sumando, la librera Lóa regenta y guarda un secreto tras los anaqueles de libros, mientras su hijo Jón, ejemplo de adolescente rebelde, solo consigue calmar sus ánimos frente a un grupo de black metal. Y, como contrapunto, el enigma en torno a las actuaciones llevadas a cabo por Ander Thomsen. A medida que pasamos las páginas de una narración pretendidamente minimalista, párrafo a párrafo, nos sorprende cómo la vida de cuatro personas, de una evidente normalidad existencial, se ven unidas por ese acontecimiento apuntado o sobresale la sombra del recuerdo, entre Lóa y Jón, de un desaparecido Baldur, que además determina el sentido de sus vidas, y sobre todo su diferente forma de afrontarlo. Hielo es una historia fragmentaria en la que los distintos personajes se van alternando para así ofrecernos una trama tan misteriosa como sugerente a través de la cual el lector va descubriendo, a medida que avanza el relato, sus extrañas motivaciones particulares, una determinada ansiedad y sus miedos, los oscuros límites del amor desgastado o perdido, el peso de la responsabilidad y por consiguiente el sentido de culpa, y la necesidad del olvido, sobre todo por cuanto se refiere a sus contradicciones más profundas. Lo mejor es que, a pesar de su brevedad, en poco más de cien páginas, David Aliaga, nos obliga a detenernos porque no queda más remedio, debemos reflexionar, una y otra vez, sobre lo leído.

viernes, enero 16, 2015

Tony Pagoda y sus amigos, Paolo Sorrentino

Prol. Eduardo Chapero-Jackson. Trad. Víctor Balcells y Marga Almirall. Alfabia, Barcelona, 2014. 238 pp. 19,90 €

Salvador Gutiérrez Solís

La belleza de la desolación, de los años contemplados desde el espejo de la memoria, de los instantes más insignificantes vividos desde una plenitud que se acaba. La belleza de las sombras que nos acorralan cuando el sueño nos vence, de la sonrisa que capturamos desde la distancia, la de esa caricia que conservamos en el baúl de nuestra piel. La belleza de un atardecer que es una prolongación de nuestra propia vida, de un brindis compartido frente a unos ojos conocidos desde antaño, la belleza de lo instantáneo y de lo que entendemos como eterno. La belleza ácrata de la Roma moribunda y enferma de noche.
Es inevitable evocar a la belleza, en cualquiera de sus concepciones, estados y formulaciones, de la misma manera que es igualmente inevitable referirnos a su maravillosa película, La gran belleza, y especialmente a su protagonista, el genial y deslumbrante Gambardella, para abordar Tony Pagoda y sus amigos, de Paolo Sorrentino. Ya que en ambas obras, que en gran medida pueden entenderse como una misma y única obra, representada y plasmada desde discursos diferentes, el autor realiza una magistral, profunda y deslumbrante recreación de la belleza, en buena parte de sus posibles manifestaciones. Las agujas de la belleza en el pajar de la vulgaridad, como señala Eduardo Chapero-Jackson en su estupendo y clarificador prólogo.
Tony Pagoda y sus amigos, como le sucede a La gran belleza, es una obra deliciosa, inmensa en su profundidad, sabia en su construcción, inaudita en su originalidad. Una obra híbrida, ya que deambula en la frontera de la novela, de la colección de relatos y hasta del dietario, sin tener la menor importancia a cuál de estos géneros pertenece exactamente, es lo de menos. Lo de más es la fastuosa y envolvente narrativa que despliega Sorrentino, capaz de encontrar la luz de la belleza hasta en la escena más turbia y desoladora.
A Tony Pagoda, veterano cantante melódico de medio pelo y éxito razonable, lo conocimos en la primera novela de Sorrentino, Todos tienen razón. Con burla y ternura, desde la sinceridad que desprende el que ya está de vuelta, Pagoda nos habla de sus amigos, de sus amores, de ese tiempo que ya pasó pero que, en gran medida, fue mucho mejor que el actual, o él así lo entiende. Tony Pagoda y sus amigos es una selección, y hasta una saturación, si tenemos en cuenta su abundancia, de frases prodigiosas, fascinantes, afiladas como navajas que se clavan en nuesto interior y que nos exigen una respuesta, una revisión íntima, como un espejo retrovisor en el que nos contemplamos, en el presente y en los días pasados. Futbolistas convertidos en héroes de nueva generación, vedettes siliconizadas, cantantes desfasados mantenidos en la hiel de la amargura, bellas mujeres y playboys que nunca lo fueron, lujo y barro, fango y oro, la amarga soledad del solitario empedernido, el esplendor de la fama, la popularidad del olvido, son algunos de los temas y personajes que podemos encontrar en esta obra y a los que Sorrentino sabe retratar, incluso destripar, con sabiduría y saña, con alevosía y magia, desde los rincones más recónditos de la belleza.

jueves, enero 15, 2015

El Chef, Simon Wroe

Trad. Sonia Tapia Sánchez. Salamandra, Barcelona, 2014. 316 pp. 17 €

Ignacio Sanz

La novela se abre con un capítulo corto titulado “cabezas” que describe con cierto deleite pormenorizado el proceso de limpieza y cocción de dos cabezas de cerdo que cada semana llegan al restaurante. Me ha parecido advertir en esa escena gozosa ecos de Hrabal.
Pero vayamos con el grueso. La cocina está de moda; se supone que el hombre lleva algún milenio cocinando. Pero nunca como ahora habíamos sido tan dependientes de la cocina, de ahí la proliferación de bares y restaurantes para el picoteo o para la comida solemne y celebratoria. Antes solo los ricos tenían cocineros, ahora todos contamos con cocineros a nuestra disposición a través de los miles de restaurantes que nos salen al paso no solo en las populosas ciudades, también en los pueblos más remotos. De ahí los concursos televisivos, las secciones gastronómicas en revistas y periódicos, los cursos, las presentaciones y catas. En fin, que en este contexto, surge esta novela escrita por un licenciado en literatura inglesa que, obligado por ciertos desastres familiares, entra a trabajar como pinche en un restaurante londinense. Y es en la cocina, como reflejo de la vida, donde centra su mirada. Todo un mundo de tensiones, de sometimientos jerárquicos, de comportamientos sádicos, de arbitrariedades lo que nos ofrece el narrador de esta novela que ha de superar pruebas vandálicas para hacerse con un lugar en los fogones. Pero vayamos por orden. El Swan parece un restaurante que por alguna extraña razón atrae a tipos extremosos, el más exagerado el Bob, el chef, un sádico, pero a su lado hay tipos como el lenguaraz Ramilov, Dave, el Racista, el repostero Dibden, la delicada Harmony o el propio narrador, enseguida apodado El Monóculo por su dicción clásica y pedante. Lo cierto es que el ambiente frenético de una cocina donde llegan las órdenes de los camareros y salen los platos listos para servir está muy conseguida. También la locura y la humillación a la que Bob somete a todos sus subordinados que dará lugar, en un momento de la novela, a una conspiración liberadora.
Pero el novelista tiene la virtud de sacarnos de cuando en cuando de aquel infierno que resulta adictivo para retratar aspectos de la vida privada, la poca vida privada que queda a una gente sometida a horarios esclavista. Es un acierto pasear por la casa del narrador y descubrir a un padre sin carácter, mentiroso, atrapado por una rutina nauseabunda de deudas. O asomarse a una madre engañada una y otra vez, en definitiva, una familia que está a punto de saltar por los aires y que acaso sea la razón última por la que el pedante licenciado en Literatura acabe de pinche en un restaurante.
Resulta estimulante que, a pesar de ese ambiente sórdido, el narrador le acabe cogiendo el tranquillo al oficio, a los retos que le proponen, a las tertulias con sus compañeros de trabajo en el pub del barrio al acabar la agotadora jornada y termine por sacar una pizca de luz y de risa tras tanto sacrificio y tanto afán de superación.
Al final el lector se siente atrapado por la música de los cuchillos cebolleros sobre las tablas de picar, pero también por los matices complementarios que aportan los diferentes personajes, su evolución, sus alejamientos y sus reencuentros felices. La novela salpicada de notas de humor a veces grueso, tiene también momentos de ternura cuando centra su mirada en personajes desastrosos, derrotados de antemano por la vida, acaso porque nos recuerdan a tipos de carne y hueso, sin voluntad, echados a perder, con los que cada día nos topamos en nuestro barrio.