martes, marzo 31, 2015

Malas palabras, Cristina Morales

Lumen, Barcelona, 2015. 190 pp. 16,90 €

Pedro M. Domene

Las biografías pueden convertirse en novelas, y eso le ocurre a esta curiosa propuesta, Malas palabras (2015), que viene de la mano de Cristina Morales (Granada, 1985), joven narradora que nos había sorprendido con La merienda de las niñas (2008), libro de relatos, y la novela Los combatientes (2013), que relata el proceso para crear un pequeño grupo de teatro en la Universidad de Granada, los ensayos para su primer montaje, más adelante la propia representación y, al mismo tiempo, se nos desvela la historia sentimental de la narradora.
Malas palabras es su segunda novela, y celebra con ella el quinto aniversario del nacimiento de Santa Teresa. Ofrece un fragmento en el que la Santa da cuenta del momento más importante de su vida: aquel en el que, mientras espera que prospere la fundación de su nuevo convento, se dedica a la escritura de los textos que compondrán El libro de la vida. Se trata de un curioso relato que muestra a una Teresa de Jesús madura que se aloja en el palacio de su buena amiga Luisa de la Cerda, en Toledo, a quien consuela por la pérdida de su esposo, y paralelamente, al hilo de sus dos prioridades, la novelista Morales imagina que la Santa redacta unas notas informales en las que pondría de manifiesto la vida llevada hasta el momento, así como sus pensamientos más íntimos, o da respuesta a una atormentada pregunta que se repite a sí misma, de forma insistente, ¿debo escribir que en mi juventud fui ruin y vanidosa y que por eso ahora Dios me premia? La narradora se dirige a su confesor, en primera persona, y también es consciente de que aquellos papeles nunca llegarán a su poder por el contenido comprometido de los mismos; en realidad, aquel puñado de páginas escritas se convierten en un auténtico desahogo de la monja que construye su relato de una forma dispersa, a medida que los recuerdos le vienen a la mente y recurre, a lo largo de sus páginas, a momentos de su infancia y juventud, a los juegos con hermanos y primos y la visión de una mujer que evoca a su madre, fallecida tras uno de sus múltiples partos. La narradora granadina ensaya, más que nada, un retrato más íntimo de la Santa que aparece como una mujer obstinada, astuta, valiente y no exenta de cierta jocosidad y divertida en ocasiones, aunque se siente constantemente vigilada por un mundo de hombres, cuya autoridad eclesiástica le aconseja ser prudente en sus actuaciones y en sus expresiones tanto personales como religiosas.
Cristina Morales reivindica en Malas palabras a una Teresa mujer, religiosa y escritora y sus posibles aciertos, sobre todo de haber gozado de libertad para escribir a su antojo, al tiempo que la joven narradora impone con su escritura ese inquieto desasosiego que inunda a la religiosa desde un punto de vista feminista actual aunque conserva, eso sí, conceptos históricos de la época de la Santa. Un “Prefacio” y un “Postfacio” justifican, de alguna manera, las reflexiones de la madura religiosa y de la narradora Morales, que deja constancia de los avatares e historia de la Vida, un libro calificado por la propia Teresa de Jesús como “mi alma” y “mis papeles”, y añade un original que nunca recuperó ni jamás vio publicado.

lunes, marzo 30, 2015

Regresiones, Vicente Muñoz Álvarez

Lupercalia, Alicante, 2015. 240 pp. 15,95 €

Miguel Baquero

Antes de comenzar con la reseña del nuevo libro de Vicente Muñoz Álvarez me gustaría contar una pequeña historia: dos amigos del colegio; uno de ellos, fascinado por la vida de lujo y escaparate, consigue, a fuerza de medrar, llegar a lo más alto de su bufete, o de su banco —no recuerdo bien—, pero lo bastante alto como para adquirir un Jaguar y un casoplón; mientras, el otro amigo parece haber quedado anclado en la vida de barrio y de amigotes. «Joder, amigo, qué cochazo, qué envidia», exclama el tipo digamos de barrio cuando ve el Jaguar del otro. «Me lo he currado», es la respuesta, algo jactanciosa, del abogado o el banquero, ya no recuerdo. Pasan los años, llega la crisis, el pinchazo de la burbuja, la ruina para muchos y entre ellos para el del Jaguar, quien, hundido y abandonado por todos, está tomando una tarde cervezas en un bar del viejo barrio cuando ve aparecer al colega, que le saluda y le dice que lleva prisa, porque dentro de un rato ha quedado con tal. Y luego con cual, un viejo amigo de ambos. Y luego va a ver a otro conocido. Y luego… Vale que en ningún sitio le ofrecerán Châteaux Lafite, sino cervezas de marca blanca, y no irá en un descapotable sino a pata, o en autobús, pero el del Jaguar —aunque ya no debería llamarle así, porque hace tiempo que lo vendió— exclama: «Cuántos amigos, tío, qué envidia me das», a lo que el viejo colega responde, con la ceja levantada: «Me lo he currado».
Esta historia, de cuyos dos capítulos a punto estuve de ser testigo presencial, se me viene la cabeza cuando llego a la última parte de Regresiones, titulada «Ojo de pez», donde una serie de amigos del autor, con una pluma más que digna, escriben sobre el modo en que conocieron a VMA y sus correrías juntos por León, en los años —del 66 acá— que se describen en esta obra. Que no es una novela, hay que advertir, sino algo así como un libro de memorias, o mejor, la crónica de una formación sentimental. En Regresiones, el autor nos habla de cómo —siempre contra el fondo de León, su ciudad natal— fue poco a poco despertando a la vida y a las sensaciones, nos describe esos pequeños detalles —una serie de televisión, una tarde en el río, una casa abandonada…— que, siendo «chinorri», le dejaron marcado, y que la gente de su generación no podemos por menos que identificar en numerosas ocasiones. Pasa el tiempo, llegan los 80 y asistimos a —muchos, recordamos— aquellos días juveniles en que todo parecía estar explotando alrededor, las sensaciones, los impactos, las modas, las aventuras se acumulaban. Lambrettas, chapas en la solapa, publicaciones underground… Son los días en que VMA formó una banda de rock, sin más aspiraciones —que entonces eran legítimas— que pasarlo bien y cuando comenzó a devorar libros y autores, a decantar sus gustos literarios, y en cierto momento llegó a la conclusión de que aquello iba a ser su vida en adelante….
Hay, más o menos hacia ese punto, una cisura en el libro. Comienza el capítulo titulado «Días extraños». Aquel alocamiento de los 80 y los 90 ha concluido y el autor sale de esa época decidido, sin remedio, a emprender «una apuesta suicida por la literatura». Desde este momento —pongamos 3/4 partes del libro— dejan de narrarse circunstancias personales —o se narran más veladas— y el interés pasa hacia un autor que está ya caminando por la vida en busca de una expresión distinta, totalizadora, emotiva, de definir su autenticidad…
«.Soy un corazón de lluvia, y todo lo somatizo […] y eso, aviso a los navegantes, nadie me lo va a quitar… lo digo desde aquí y ahora para mis pocos (y fieles) lectores, pero lo hago público ya: para lo bueno y para lo malo me desangro, dejo mis vísceras y mi corazón en ello, y como vivo de otra cosa me permito las licencias que quiero y escribo siempre de lo que quiero… que pago por ello un alto precio, lo sé y asumo, pero siempre que leáis algo mío será pura sangre y libertad…»
Son palabras de un autor lanzado ya sin frenos en busca de lo genuino. Me consta que VMA ha tenido muchas oportunidades de desviarse de este empeño, de frenarse y venirse a un estado más cómodo y rentable literariamente, quizás al Jaguar de mi cuento del principio, pero tantas veces como le han surgido al paso tantas las ha orillado para seguir rodeado de sus viejos valores en su búsqueda de la expresión auténtica. Y de eso trata este libro: de cómo escribir bien… no, no enseña técnicas ni trucos ni da pistas sobre la manera de abordar a editores… trata de cómo escribir bien recurriendo a tu verdad. Cada uno tiene la suya, intransferible, y la de Vicente Muñoz Álvarez son estas Regresiones; un libro, en resumen, escrito por un autor —y este adjetivo que sigue sé que ha perdido fuerza en la maraña de calificativos a cual más tremendo que se lanzan en las campañas publicitarios, pero a mí me sigue pareciendo el mejor que se puede aplicar—: un autor admirable.

viernes, marzo 27, 2015

Tolkien y la Gran Guerra. El origen de la Tierra Media, John Garth

Trad. Eduardo Segura, Martín Simonson y Daniel Royo. Minotauro, Barcelona, 2014, 520 pp. 23,90 € (12,99 € libro electrónico)

Angeles Prieto Barba

En 1954 y 1955 se publicaron en Inglaterra los tres tomos de El señor de los anillos, obra que alcanzaría ventas excepcionales, pero también bastantes reseñas críticas, escritas con verdadera saña. Así, un grupo numeroso de críticos la calificó como “entretenimiento para niños” o “basura adolescente”, mientras que otros atacarían a la novela desde la perspectiva moral e ideológica, con acusaciones que iban desde su falta de compromiso social y político con los grandes problemas del siglo, calificándola de mera evasión burguesa, hasta tildarla incluso de “racista” (razas blancas en un bando y oscuras, bajo Sauron, en otro), “nazi” o “profascista” (por similitudes con el anillo de los Nibelungos). Pues bien, todas estas calificaciones extremistas, que hoy día nos hacen sonreír por su simpleza y limitada concepción de la literatura, no sólo resultaron ser falaces, sino que tampoco estaban exentas de segura villanía, cuando no de envidia. Y eso es precisamente lo que vamos a descubrir con este gran libro de John Garth, un estudio muy serio sobre la gestación de tierras, lenguaje y personajes de la Tierra Media, a la vez que un instrumento preciso para conocer quien fue John Ronald Reuel Tolkien.
Este ensayo constituye también un canto a la amistad. Pues describe y desarrolla el hermanamiento cálido y sincero de cuatro muchachos, muy distintos entre sí pero unidos por su intenso amor a la poesía, que conformarían el núcleo del T.C.B.S. (Tea Club and Barrovian Society) en el colegio King Edward de Birmingham, y que muy pronto se las tendrían que ver ante esa barbaridad absurda y evitable que conocemos como la Gran Guerra, o Primera Guerra Mundial. En concreto, la puntilla para ellos resultó ser la espantosa, larga y sangrienta batalla del Somme (julio a noviembre de 1916), auténtica máquina de picar carne de trincheras que se llevó por delante a un millón largo de jóvenes, entre ellos dos de los miembros principales del club. Sencillamente, el Horror. Tolkien sobrevivió a ella, sí, pero estuvo allí con los ojos bien abiertos para no olvidar nunca esa oscura tierra y tumba de barro que luego conoceríamos como Mordor. Perder allí a sus mejores amigos, sin tiempo ni tratamiento psicológico posible para asimilar el duelo separado de los suyos, constituyó un durísimo golpe del que no se recuperaría nunca. Es por ello que las acusaciones que recibiría más tarde de falta de compromiso con la realidad implican para el que las formula un desconocimiento absoluto de los hechos terribles que marcaron su vida. Porque haber estado en el Somme ya fue suficiente, demasiado compromiso. 
Hemos hablado de Tolkien, pero no de John Garth, el autor de este trabajo impecable. A mí me ha asombrado no sólo el conocimiento que demuestra de las obras completas de Tolkien, también el arduo y ordenado trabajo de investigación que ha realizado sobre su vida y progresivos conocimientos filológicos-literarios y, sobre todo, las capacidades que demuestra como narrador, describiendo con orden y atino lo vivido por Tolkien sin dejar de emocionarnos y conmovernos. Da en la diana cuando nos indica que la obra de Tolkien, elaborada tras un largo proceso detallado aquí perfectamente, lejos de constituir un mecanismo de evasión, supone ante todo un intento de dignificar, mediante la épica, tantas vidas perdidas en aquella Guerra. Pero además, es una obra que trasciende, que va mucho más allá, pues en la concepción de Melkor, o Morgoth (dios-abstracción del afán destructivo mediante máquinas, ejércitos e industrias), del que luego Sauron será su lugarteniente, ya estaba anticipando el totalitarismo que vendría después en Alemania, Italia y Rusia. Mientras asimismo contemplados asombrados a esos seres pequeños llamados hobbits, capaces de grandes hazañas, auténticos apóstoles o precursores de la ecología en nuestros días. 
Por supuesto, una obra como esta tenía que ser publicada en España por Minotauro, continuando fielmente con la labor de Francisco Porrúa, inteligente editor y traductor que nos dió a conocer a Tolkien allá por 1977. Y muy dignamente, sin escatimar gastos a la hora de incluir fotografías, todas las notas pertinentes, índice onomástico y un tamaño de letra adecuado.
Concluida su lectura, el lector se quedará pensando. Porque sin dudarlo también vivimos tiempos oscuros y no tan lejos de nosotros la destrucción mediante máquinas, armas mucho más complejas, ejércitos más inteligentes y medios de comunicación todopoderosos y renovados, está desarrollándose. El Terror no es que se acerque, es que tras el derrumbe de las Torres Gemelas (Tolkien visionario), ya lo tenemos encima y con nosotros. Cabe acogernos a sus palabras en boca de Faramir: «Guerra ha de haber mientras tengamos que defendernos de la maldad, de un poder destructor que nos devoraría a todos; pero yo no amo la espada porque tiene filo, ni la flecha porque vuela, ni al guerrero porque ha ganado la gloria. Sólo amo lo que ellos defienden» (El señor de los anillos II, Las dos torres, pag. 364).

jueves, marzo 26, 2015

Ficción perpetua, José María Merino

Menoscuarto, Palencia, 2014. 336 pp. 20 €

Pedro Pujante

A estas alturas ya resulta innecesario presentar a José María Merino (La Coruña, 1941), autor de novelas, poesía y cuentos –quizá el género en el que mejor se mueve-, y ganador de todos los premios literarios relevantes: Premio de la Crítica y Premio Nacional de Narrativa, incluidos.
Hace diez años publicó Ficción continua, un libro que reunía ensayos, charlas y artículos. Así que esta Ficción perpetua podría considerarse una segunda entrega de aquel otro, con el que conforma un díptico dedicado a la literatura de ficción. En Ficción Perpetua se hallan diseminadas todas las filias literarias del autor leonés. Está dividido en dos partes. La primera reúne conferencias y artículos dedicados a diversos temas literarios. En la segunda parte, ‘De autores y obras’, recoge una serie de artículos que ya vieron la luz en revistas, y que ahora se presentan de forma unitaria en este volumen.
Es precioso el primer texto titulado ‘Diez jornadas en la isla’. En esta charla, Merino se imaginó un náufrago, y durante diez días rescata los libros más importantes de su vida, haciendo un recorrido por su biografía emocional y literaria, dando una magistral clase de literatura universal, pero sin renunciar a sus gustos personales.
Merino aboga por la literatura como condición esencial del ser humano. Nos recuerda que en nuestros genes se halla la semilla del relato oral, y que este, ha cristalizado en el relato, la novela, la literatura escrita.
En estos textos nos hablan de la ficción, del relato fantástico y de la ciencia ficción. Y Merino, además de realizar un acercamiento teórico a estos asuntos literarios, confecciona una lista de autores y obras, un canon muy personal pero con vocación universal, que servirán al curioso lector para ampliar sus lecturas ulteriores.
La pasión por la literatura que recorre estos ensayos se ensancha con la mirada de un escritor consumado, que además demuestra ser un sutil, profesional e intuitivo lector. Hay, en este sentido, otro artículo dedicado al acontecimiento de la lectura, en el que la analiza desde varias perspectivas; emocional, pública, social y educativa. Concluye este artículo diciendo que ‘leer nos da acceso al gran espacio de la imaginación reveladora’. Y creo que en esta sentencia se justifica en gran medida el interés por la literatura como herramienta para indagar en ese interregno sagrado y mítico que es el alma humana, pero que está dimensionado en una cosmogonía ficcional y universal, en la que habitamos los amantes de la literatura.
Es interesante el recorrido que hace por la ciencia ficción, recuperando nombres de autores españoles cuyo éxito se extinguió hace tiempo. Aunque también dedica algunas líneas a recordar a autores actuales, jóvenes que se empiezan a hacer un hueco en este difícil mundo de la ciencia ficción, de la literatura, en definitiva.
Como ya hemos dicho, en la segunda parte, Merino se centra en diferentes autores y sus obras. A parte de un interesante ensayo sobre el tema del Doble, los artículos de esta sección versan sobre escritores. Desde Menéndez Pelayo y su Orígenes de la novela, pasando por Potocki y su célebre Manuscrito encontrado en Zaragoza, pieza indiscutible de la literatura fantástica universal; los cuentos de Maupassant y Chejov; Dickens o el incomparable padre Brown, de Chesterton.
Resumiendo. En estos variados ensayos sobre la ficción, sobre el poder de la literatura, sobre autores que constituyen un elenco de voces necesarias para comprender el devenir de la literatura contemporánea, Merino ha volcado su sabiduría y su sugerente mirada de lector (casi más que la de escritor), y nos invita a leer, es decir, a soñar, a inventar, a creer en la ficción, último refugio de aquellos que cada vez creemos menos en esto que ha venido llamándose realidad.

miércoles, marzo 25, 2015

Las letras entornadas, Fernando Aramburu

Tusquets, Barcelona, 2015. 290 pp. 18 €

Pedro M. Domene

Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) ha recurrido, desde el inicio mismo de sus primeras entregas, a recuerdos y experiencias personales y, en otras muchas ocasiones, a sus lecturas para componer parte de su obra narrativa. En esta entrega se aleja de la ficción, es decir, no novela parte de su biografía sino que sustenta su propuesta con buena parte de recomendaciones y devociones literarias, ensambla un conjunto de textos que, obviamente, ha ido publicando en ocasiones previas y que, una vez reunidos, conforman el curioso título de Las letras entornadas (2015), y aun más, para otorgarle la coherencia necesaria, inventa al hilo una relación ficticia entre un “supuesto” Viejo y él mismo. El primero enseguida llama la atención del segundo, invitándolo a degustar jueves a jueves, una o dos botellas de una selección de vinos selectos de una bodega, alrededor de unas ciento cincuenta, porque se verá obligado a abandonar su casa durante algún tiempo. Entre ambos se establece una compatible relación: el ejercicio de la inteligencia y el disfrute de aquellas maravillas líquidas, caldos con nombre propio, y semana tras semana es manifiesta y evidente la curiosidad del anfitrión en averiguar cómo había surgido la vocación literaria en el joven escritor Aramburu, y así inician una fluida relación y pronto surgen las evidentes preguntas sobre la infancia, la juventud, o las actividades que Aramburu había llevado hasta el momento, y para paliar de alguna manera dicha curiosidad el escritor se compromete jueves tras jueves a llevarle un texto sobre la conversación mantenida previamente, siempre al calor de un buen vino.
A lo largo de las páginas, en realidad, las múltiples reflexiones ayudan a entender la literatura de Aramburu y a recorrer alguno de sus modelos esenciales, incluso entremezcla los datos referidos a la infancia en un barrio donostiarra y sus primeros estudios, y se enorgullece, además de los primeros deslumbramientos literarios que el autor confiesa, tras haber pasado inicialmente por el mundo de los tebeos, como muchos de los niños de comienzo de los 60, una mirada a los clásicos como el Lazarillo, síntesis de una infancia difícil, la lucha por la vida, o la raíz misma del mal, sin olvidar a los maestros Cervantes y Quevedo. El afán por leer y por aprender, al margen de la escasa tradición culta y lectora de la familia, nacerá en el niño y en el adolescente muy pronto, y poco a poco, entre recuerdos de infancia y juventud, relatará la participación en la creación y las actividades de CLOC, Grupo de Arte y Desarte, y como se forja un escritor que crece en una sociedad violenta con el telón de fondo de los atentados y los funerales que se repetían a lo largo de los años de su formación tanto ideológica como intelectual, en mitad de un paisaje donde siempre la sombra de ETA planea y subyace la visión de un dolor ajeno que más tarde lo llevaría a alejarse y asentarse en Alemania.
Y a lo largo de estos treinta y dos encuentros, enumera la relación de su consolidación literaria con obras propias y ajenas, inicialmente de la mano de Marcel Reich-Reinicki o las obras de Thomas Mann y de Borchert. Incluso descubrirá notables olvidos, Félix Francisco Casanova, Juan Gracia Armendáriz, o Víctor Klemperer. Y, tampoco faltan algunas páginas que comentan y valoran autores españoles: Giralt Torrente, Mercè Rodoreda, Ramiro Pinilla, Aleixandre o Celaya, y maestro en lo breve, subraya sus ideas sobre el cuento como embrión y origen de la narrativa de ficción. Y algo damos por seguro, los devotos de Aramburu no se sentirán defraudados con Las letras entornadas y quienes sientan afición por una literatura diversa y sólida, cuyas palabras se aferran a la sombras de una realidad, observarán como fruto de la reflexión y del descubrimiento, se llega a una educación sentimental propia.

martes, marzo 24, 2015

La reconversión humana, Ángel Falcón

Trea, Gijón, 2014. 348 pp. 20 €

Victoria R. Gil

Una novela postapocalíptica y coral. Un radiografía de nuestro siglo XXI hiperconectado y violento. Una farsa inmisericorde sobre la estirpe mezquina y codiciosa que formamos los humanos. Todo eso y mucho más es La reconversión humana, la primera novela del periodista Ángel Falcón, que sorprende más por su resistencia a encajar en un género literario concreto que por su ambición narrativa. Filosofía, sociología, música, arte, periodismo, política, corrupción, monarquía, alta finanzas… Nada falta, ni siquiera la religión, entendida como una ideología ética y humanista enfrentada a intereses más terrenales, porque el germen de esta historia surgió, según admite el propio autor, de la pregunta: ¿Qué ocurriría si Jesucristo volviese a la tierra?
Y eso es lo que sucede en esta novela. Aunque antes se desate un ataque cibernético que deja sin energía la mayor parte del planeta, haga caer los aviones en pleno vuelo y provoque un caos en el que sobrevivir se vuelve una lucha cruenta. Aquí todo es posible, hasta lo más absurdo. Incluso que Jesús se pasee por ese indeterminado Norte que comparte maneras y geografía con una Asturias convertida en el último refugio posible sobre la tierra; tan olvidada siempre que ni la tercera guerra mundial se toma la molestia de considerarla un objetivo. Esta conexión no se le escapará al lector atento cuando descubra que la ciudad se llama Cimadevilla (la calle principal de Oviedo durante varios siglos) y que se planea construir un parque temático-religioso en torno a unas misteriosas reliquias aparecidas en el Monsacro (nombre éste de uno de los pozos mineros más conocidos de la región).
Desde el mismo Papa hasta una pareja de príncipes herederos que no ven el momento en que el rey (padre y suegro de ambos) abdique, pasando por Bob Dylan, el poeta Ángel González, un general franquista y el propio Jesús cruzan sus pasos en esta novela tan densa como un agujero negro que todo lo contiene.
El estilo de Falcón es ambicioso y, aun mejor, carece de prejuicios. No busca apabullar al lector con una grandilocuencia impostada ni se deja encorsetar por algún molde preestablecido para la novela de ciencia ficción, psicológica o de crítica social. La reconversión humana es todas ellas a la vez y ninguna en particular. Sorprende y deleita leer la tensión previa a una reunión entre tiburones financieros, descrita con el vigor de una batalla épica: «Allí, delante de sus ojos, en aquellas hojas bañadas de gráficos descendentes, activos circulantes, fondos de maniobra y apalancamientos, Corín contemplaba el mapa de la batalla: veía el golfo de Lepanto, a Juan de Austria y Andrea Doria, las maniobras turcas de envolvimiento, el cuerpo a cuerpo bestial, la gran matanza. Cuarenta mil muertos en cuatro horas, la cabeza de Ali Pachá clavada en una pica, miles de jenízaros eviscerados y un manco glorioso». Sus personajes se muestran con pinceladas impresionistas que los retratan con exactitud: «Formaban una pareja de punto y coma. La figura quijotesca de El Rata, su melena enmoñada burdamente en la gorra, el cuerpo decrépito de Arribas, las ropas holgadas fabricando forúnculos y cavidades».
Con 25 años de dedicación al periodismo, que Ángel Falcón desconfía del poder, ya sea político o económico, y de sus órganos de propaganda resulta evidente. Pero también lo es que aún encuentra motivos para salvar una profesión a la que demasiadas malas decisiones han empujado hacia el abismo por el que lleva años despeñándose. En medio del caos y de la rapiña, cuando ya nada parece importar, un veterano periodista se atrinchera en la solitaria redacción de la que han huido todos sus colegas y elige despedirse de la vida haciendo lo único que sabe: contarle al mundo lo que está pasando. Aunque el mundo no quiera saberlo o esté demasiado ocupado peleando por los despojos.
Pocos personajes, aparte de este periodista, menos descreído de lo que él mismo se imagina, son dignos de redención de los muchos que viven en esta novela, que oculta muchas otras bajo las capas de una narración intensa y singular. Tal vez por eso uno se pregunta, como el autor, si lejos de reconversiones industriales o financieras, lo que este mundo necesita con más urgencia no será una reconversión humana que nos devuelva la conciencia, la justicia, y la solidaridad. Si es que alguna vez fueron nuestras.

lunes, marzo 23, 2015

¿Quién mató a la cantante de jazz?, Tatiana Goransky

Cazador de Ratas, El Puerto de Santa María, 2015. 135 pp. 13 €

Miguel Baquero

Establecer quién pudo matar, estrangulándola con una cuerda de piano, a esa subyugante mujer que interpretaba como nadie canciones de jazz, subida a un escenario, embutida en un vestido rojo, y amputada de una pierna, por lo que había de usar una de palo, es el tema de esta novela de la argentina Tatiana Goransky (Buenos Aires, 1977). ¿Quién mató a la cantante de jazz? es la tercera novela en la carrera de la autora, y desde su publicación por vez primera en su país, en 2008, ha pasado por diversas reediciones antes de desembarcar ahora en España de manos de la joven editorial Cazador de Ratas. Una editorial que, con esta obra, afianza su intención de publicar obras emparentadas con «lo negro» o policiaco pero distintas y originales, como en su momento fue Descenso brusco, del también argentino Juan Guinot.
La de Goransky es una novela breve que, al hilo del asesinato arriba dicho, hace un recorrido por el ambiente jazzístico no solo de Buenos Aires sino de los diversos locales míticos y festivales célebres dentro del mundo del jazz. De igual manera, el lector en general y en especial el aficionado a este género encontrará referencias a los temas imprescindibles en todo repertorio de una banda, y hallará formuladas esas leyes casi secretas que emplean los músicos entre actuación y actuación, como, por ejemplo, la que en determinado momento expone la cantante del vestido rojo y la pierna de madera: «no vale la pena estar con músicos de la sección rítmica, porque una vez que se acaba el romance la banda deja de sonar bien».
Un antiguo músico, Martínez, promesa en su día pero al que un infortunado desliz con una menor de edad postergó a las bandas que animan los cruceros, antes de encerrar definitivamente la trompeta en una caja e ingresar como policía, es encargado de la investigación. Parece ser el único, según sus superiores, que puede comprender ese código medio secreto «y bohemio» del jazz. Alternando capítulos en que este policía, Martínez, va poniendo orden en sus investigaciones con otros tomados del diario que, hasta el último momento, llevaba la víctima, y otros que proporciona un narrador externo, el enigma en torno a la muerte de la cantante de jazz va tomando forma y va mostrándonos a esas figuras que se hallan detrás del telón, o medio ocultas por la cantante que, en primera fila, modula sensualmente las canciones ante un público fascinado. Tipos que sueñan, por ejemplo, con llegar un día a ejecutar ese mítico «solo de su vida», que algunos ya han tocado, a veces para sorpresa propia, en mitad de una actuación, inesperadamente, y saben que ya nunca lo volverán a repetir; o cantantes que sueñan con alcanzar esa «voz transparente» que en sus mejores momentos ha lucido la difunta cantante de jazz antes de ser estrangulada con la cuerda de un piano.