jueves, septiembre 18, 2014

Anatomía de la memoria, Eduardo Ruiz Sosa

Editorial Candaya, Canet de Mar, 2014. 576 pp. 21 €

Javier Moreno

Anatomía de la memoria es la primera novela del mejicano Eduardo Ruiz Sosa, publicada bajo el auspicio de la Fundación Han Nefkens en la editorial Candaya. Se trata del primer autor becado por la Fundación, seleccionado de entre otros cientos de pretendientes por un jurado compuesto por Juan Villoro, Lourdes Iglesias e Ignacio Vidal Folch.
Ruiz Sosa, que previamente a esta novela se había desfogado con un libro de relatos titulado La voluntad de marcharse, compone una novela desprovista de referencias explícitas, geográficas o temporales. La acción transcurre en Orabá, ciudad de un país nombrado así, El País, aunque no tenga nada que ver con el periódico que todos conocemos. Estiarte Salomón, uno de los personajes, ha recibido el encargo de escribir una biografía sobre Juan Pablo Orígenes, conocido como el poeta, uno de los integrantes del grupo revolucionario mejicano conocido como Los Enfermos (para quien sienta curiosidad hay que decir que dicho grupo revolucionario izquierdista existió y que la novela se inspira, solo en parte, en la documentación y pesquisa llevadas a cabo por el autor). La investigación de Estiarte Salomón acaba ampliándose hasta abarcar al grupo de Enfermos supervivientes, enfermos revolucionarios (Eliot Román, Isidro Levi…) y enfermos reales a un tiempo (en realidad los Enfermos revolucionarios viven aquejados sin excepción por algún tipo de enfermedad: Orígenes padece Parkinson, Eliot Román es cojo, Isidro Levi es ciego, obedientes los personajes a una de las muchas leyes analógicas que gobiernan esta novela). La tarea de Estiarte Salomón es en principio la más difícil, la de aproximarse a la verdadera historia de los Enfermos, una historia que transcurrió cuarenta años antes del momento en el que se narran los hechos. Se trata, al fin y al cabo, de un ejercicio comunitario de memoria; y la memoria, ya se sabe, está llena de trampas, de engaños, sobre todo cuando quien habla es un enfermo de Parkinson.
Hay un libro que funciona a manera de hipotexto de Anatomía de la memoria y no es otro que el de Anatomía de la melancolía, de Robert Burton. Del mismo modo en el que Burton concibe la melancolía como una enfermedad, desarrollando una psicosomática de la melancolía, es decir, un tratado analógico del cuerpo y del alma melancólica, Eduardo Ruiz Sosa parece hacer lo mismo con la memoria. La memoria como enfermedad, con sus síntomas y su órgano privilegiado que ya no será el cerebro ni ninguna otra parte del cuerpo sino el libro. Hay en esta novela una profunda reflexión acerca del libro y de su concepción a través de la escritura. Una confianza casi mesiánica en el poder del libro, como ocurre en la obra de Edmond Jabès o del propio Mallarmé. Anatomía de la memoria es, de algún modo, un libro judío. A la concepción de la escritura como memoria, y viceversa, se une el exterminio, la particular Shoah que vivieron estos Enfermos que ahora pretenden, al modo de la imagen dialéctica de Benjamin, restaurar de nuevo la Enfermedad, resucitar la revuelta. Y ahí el libro vuelve a cobrar una importancia determinante ya que el método elegido para restaurar dicha Enfermedad revolucionaria es, como no podía ser de otro modo, el de recuperar los libros de contenido izquierdista que Eliot Román, uno de los Enfermos, había ido enterrando a lo largo y ancho de la ciudad cuarenta años atrás.
Estamos ante un libro poético, en el mejor sentido de la palabra (el recuerdo es como un poema hecho pedazos, se dice en un momento de la novela), y esta novela está escrita como ese recuerdo, como un gran poema, algo que aporta a la lectura un ritmo endiablado a pesar de su apariencia voluminosa. Pero lo que a mi juicio define con mayor rigor a Anatomía de la memoria es la perfecta fusión de lo anímico, lo fisiológico y lo político, como si estos tres niveles de la existencia humana se correspondieran con precisión con los distintos tipos de enfermos que pueblan esta novela: los enfermos reales que Macedonio Bustos, el boticario, recibe en su farmacia y a los que atiborra de drogas legales como si de un dealer se tratara, y los Enfermos integrantes del grupo revolucionario. Política, cuerpo y emoción son en Anatomía de la memoria una misma cosa. El amor y la política se confunden, lo mismo que el amor y la enfermedad, incluso cierto amor por la enfermedad. Estamos ante una novela morbosa, en el sentido de que el cuerpo tiene un papel preponderante, pero no menos espiritual, poblada (como ocurre en la obra de Rulfo, con la que la de Ruiz Sosa tiene mucho que ver) de fantasmas, es decir, desaparecidos que regresan, que renuncian al olvido, o que son regresados desde el olvido por aquellos que no pueden dejar de recordarlos.
Anatomía de la memoria es una novela ambiciosa. Mucho. Muy pocos autores primerizos están a la altura de sus pretensiones. Ruiz Sosa es sin duda una de esas raras excepciones. No estamos ante una promesa sino ante una pasmosa realidad. Hay autores que parecen prescindir de la natural progresión que depara (o no) la maestría del oficio, que nacen grandes. Aquí tienen a uno de ellos.

miércoles, septiembre 17, 2014

Martillo, Alejandro Hermosilla

Balduque, Cartagena, 2014. 228 pp. 14 €

Pedro Pujante

Imaginemos por un momento que Lewis Carroll hubiese pertenecido a una secta demoniaca que venerase a Cthulu, que hubiese vivido en Fez, en la mítica Ubar o en otra región árabe, y que sus laberintos fuesen menos coloristas y más tenebrosos y perversos. En ese caso, quizá hubiese escrito algo parecido a Martillo del cartagenero Alejandro Hermosilla (1974).
Lo que Hermosilla ha cincelado para delectación del lector es un dédalo extraño, formado por palabras y frases –en su mayoría, breves y contundentes- que insisten y se enroscan sobre sí mismas como si de un poema, un cántico sagrado y demoniaco se tratase. Al leer Martillo somos capaces de visualizar los arrabales de una ciudad musulmana, escuchar la llamada de los muecines y los golpes incesantes de un martillo que percutiese en nuestro subconsciente. Pero estas ciudades que se describen en Martillo son trasuntos de un submundo pesadillesco y obscuro; están habitadas por demonios, misteriosas mujeres, animales salvajes, monstruos, vampiros, bestias del infierno, hombres horribles que anhelan tu perdición, libros malditos y brujas obscenas.
Frase a frase, palabra a palabra, ha erigido Hermosilla un libro heterodoxo, complejo, abigarrado, con diferentes sedimentos narrativos pero de una indiscutible homogeneidad y coherencias estilísticas y estéticas.
La prosa de Martillo es absorbente, hechizante y de una plasticidad inusitada. Desde las primeras páginas ya tiene el lector la sensación de encontrarse en un lugar privilegiado, místico y esotérico, a mitad de camino entre el Magreb y las pesadillas de Burroughs. Influido por Las mil y una noches, Borges y los tormentos admonitorios de Lovecraft, el autor de este singular libro nos propone un entramado en el que la intertextualidad y la metaliteratura se conjugan de un modo fresco, natural y totalmente sorprendente. Las referencias literarias y culturales, como sustrato de la propia narración, lejos de abrumar, se constituyen en el abono ideal para erigir este minarete gótico pero moderno, vanguardista pero con un aire clásico que lo transmuta en orfebrería atemporal.
El narrador, con un aliento poético, nos hace avanzar por una ensortijada caja china, mise in abyme orientalizada, pero que se oscurece por momentos con los tonos lóbregos de la literatura de horror más espeluznante. En ningún momento se sentirá el lector seguro en su deambular por los recovecos de Martillo. Y esa inquietud es quizá uno de los puntos más fuertes de la prosa de Hermosilla. No es este un libro para almas remilgadas.
Las metáforas no son gratuitas. Desde el título del libro, leitmotiv que se escucha de fondo a lo largo del periplo narrativo, pasando por otras estampas más inquietantes: un extraño pájaro dentro de una caja; efrit demoniacos que se enroscan su propia cola; mujeres lujuriosas y sensuales; el exotismo de una tierra mística; el terror cerval…
El goteo de imágenes es incesante a lo largo de la novela. Además de esta sucesión de símbolos, la precisa prosa y la imaginación de las que se vale Hermosilla, hacen de Martillo un libro intenso, que no es para nada obsequioso con el lector. Es de una originalidad extrema y nos demuestra que el autor posee unas dotes innegables para canalizar sus influencias y crear su literatura propia.
Para encontrar una construcción de este tipo –aunque las analogías aquí son meramente subjetivas- quizá haya que visitar Esto no es una novela de David Markson, libro compuesto de frases, sin un argumento preciso ni personajes.
Esta es la primera novela publicada de Alejandro Hermosilla, sus incipientes acólitos ya esperamos la siguiente con impaciencia.

martes, septiembre 16, 2014

El armario de acero. Amores clandestinos en la Rusia actual, VV.AA.

Trad. Pedro Javier Ruiz Zamora. Editorial Dos Bigotes, Madrid, 2014. 285 pp. 17,95 €

Daniel López García

El armario de acero es el primer título del catálogo de una nueva editorial que nacía el pasado mes abril, la editorial Dos Bigotes. El libro consiste en una colección de textos literarios de diverso género, pertenecientes a un total de dieciséis autores nacidos en Rusia. Sus fechas de nacimiento se encuentran entre los años 1964 y 1990, encontrándose actualmente todos en activo. Realizar un comentario crítico de esta obra no resulta tarea fácil por algunos de los motivos que acabo de indicar. Por un lado, la selección de autores es amplia y sus voces diversas. Si bien son contemporáneos entre ellos, el margen entre los mayores y los más jóvenes es lo suficientemente significativo como para poder abordarlos desde una perspectiva generacional. Además, la naturaleza de estos textos responde a diferentes cauces de expresión, encontrando una mayor presencia del relato breve, junto con poemas y textos híbridos que combinan rasgos del texto teatral y el narrativo. Por último, estamos frente a una antología de autores prácticamente desconocidos en nuestro país para los que está edición supone la primera traducción de su obra al castellano. Por tanto, retomo la nota introductoria de los editores, Gonzalo Izquierdo y Alberto Rodríguez, para este libro en la búsqueda de un ángulo que me sirva de herramienta para su comentario. De ella extraigo lo siguiente:
«La curiosidad está en el origen de El armario de acero. Una curiosidad que en su inicio tuvo una doble dirección: profundizar en nuestro conocimiento acerca de la literatura rusa contemporánea y descubrir cómo ésta abordaba la temática gay y lésbica en momentos de confrontación política y social»
A partir de esta declaración de intenciones, analizo esta obra. La primera dirección que toman los editores es eminentemente literaria, tal y como expresan, y en ese sentido la obra recoge una selección de textos de autores en activo de los últimos treinta años de la historia literaria de Rusia. El conjunto de escritores seleccionados están relacionados con el mundo cultural del país, algunos desde el exilio, y se encuentran vinculados a revistas literarias, editoriales, el mundo académico, e incluso han sido galardonados o seleccionados para algunos de los premios más importantes del panorama literario del vasto país como son el Premio Debut para jóvenes autores o el Premio Andréi Bely, premio literario independiente más antiguo de Rusia. Por tanto, parece evidente que sí nos encontramos ante una selección de textos relevantes de la producción literaria de la Rusia actual.
En cambio, la segunda dirección por la que se mueven, más que con una cuestión literaria en sentido estricto, tiene que ver con el deseo de reflejar una situación política y social que afecta a un grupo de población en concreto. En este sentido, y sin abordar aquí el clásico debate literario sobre la vinculación de la literatura y los fines sociales, considero que la perspectiva que toma Dos Bigotes encierra un acierto dentro de este tipo de editoriales. Desde mi punto de vista, Dos Bigotes a la hora de manejar lo gay en literatura, en lugar de tratarlo como un elemento propio de una sensibilidad diferente y diferenciadora, los editores manifiestan su interés por reflejarlo desde su perspectiva social, la de mostrar esa particularidad como producto de un contexto afectada por unas determinadas tensiones. Y si me permito la digresión en este punto, es porque creo que arroja algunas luces para exponer mi lectura de la obra.
Por tanto, y desde su intención manifiesta, El armario de acero, más que un ejemplo de literatura donde lo gay o lo lésbico es un cauce de expresión de una angustia o un deseo particular, se convierte en un sismógrafo que recoge diferentes inquietudes o reflexiones donde el elemento gay emerge con el objetivo de reflejar una producción literaria vinculada a un contexto social concreto. Este punto es uno de los que estimo de mayor interés a la hora de fijarnos tanto en la editorial como en el libro, ya que los diferencia del resto con las que comparte temática, al menos en su intención. A partir de aquí, los textos seleccionados para esta antología se sitúan entre estos márgenes de lo particular y lo general, entre lo específicamente gay y lo gay concebido como una experiencia que sirve de motivo para tratar otros aspectos de carácter universal. De antemano, sí les aviso que más interesante se convertía mi experiencia lectora en la medida en que lo escritores contenidos en ella se han acercado al segundo margen que cito.
En primer lugar, en el libro podemos identificar una serie de textos de autores que tratan el tema de lo gay asociándolo a los valores de belleza masculina en sus aspectos más armónicos, grotescos, incluso absurdos; el deseo por el cuerpo masculino manifestado en la pulsión y el acto sexual; y la recuperación de estereotipos masculinos tradicionales asociados ahora a prácticas homosexuales, especialmente llamativa es la figura del militar. Entre estos autores –todos hombres- se encuentran Aleksander Belykh (1964), Ilya Ilyn (1975), Vadim Kalinin (1973), Nikita Mironov (1986), Slava Mogutin (1978) -autor que además refleja una actitud de contracultura en lo gay, la homosexualidad como rebeldía centrada en el placer-, Dmtry Volchek (1964) y Maksim Zhelyaskov (1972).
En un segundo grupo encontramos a autores que recrean pasajes con aires costumbristas y escenas donde predominan la soledad y la nostalgia como producto de unas relaciones no satisfechas y de amores imposibles, en las que como contrapunto aparece en ocasiones la solidaridad entre desconocidos: Dimitri Kuzmin (1968), Valery Pechykin (1984) y Vasili Chepelev (1977).
En tercer lugar, reunimos a dos autores que plantean, a partir de los textos literarios, una confrontación más evidente entre lo gay y el contexto político y social. Ejemplo de ello son los textos de Aleksander Anasevich (1971) en el que desarrolla una visión que confronta la soledad de una voz que padece de SIDA y una sociedad que continuamente alardea del sexo, o Sergei Finogin (1990) que refleja en su poesía los cambios en los estereotipos de género a través de la que sea quizá una de las voces poéticas más interesantes de la antología.
Por finalizar, en el último grupo se situarían aquellos autores cuyos textos manifiestan un impulso que aspira a conectar lo particular con un alcance general: Margarita Meklina (1972), Aleksander Murasov (1978), Stanislav Snitko (1989), Natalia Starodubtseva (1979) y Galina Zelenina (1978). Para este lector, este grupo muestra los textos de mayor interés y alcance literario de esta antología, donde curiosamente tres de los cinco autores que destaco son las únicas mujeres de los dieciséis de la antología. De entre estos cinco pongo el acento en dos de ellos, la escritora Margarita Meklina y el escritor Aleksander Murasov. Margarita Meklina a partir de relatos breves crea una red narrativa en la que las voces y sus ecos construyen la historia de unos personajes en el exilio y sus relaciones, por las que accedemos a la expresión de un deseo y una necesidad colectiva. Por su parte, Aleksander Murasov escribe una poesía que se enfrenta a la tradición en un doble sentido: cultural e histórico. De esta manera, la voz poética se siente parte de ellas al mismo tiempo que manifiesta su carácter genuino, para enfrentar el paso del tiempo, el amor y la muerte de una manera universal.

lunes, septiembre 15, 2014

Sueños de penitencia, Juan Ortega

Booklane, Madrid, 2013. 260 pp. 14,04 €

Fernando Sánchez Calvo

Hay pasados que vuelven al presente por mucho que éste quiera cerrarles la puerta. Con más razón si ese pasado transporta en sus espaldas una vieja historia de amor no resuelta. Ése es el dilema de Carlos, profesor de secundaria que en los años decadentes del socialismo felipista saborea un pingüe bienestar con mujer e hijo hasta que Sonia, antigua compañera de estudios, coincide con él en el mismo instituto más de veinte años después tras probar en carne y espíritu la típica desilusión del docente que se vuelca demasiado con un medio, el rural, que no es el suyo. Pero Sonia no sólo trae antiguas palabras y afectos no revelados entre ambos: con ella vuelven los años de la todavía joven democracia española, los del NO A LA OTAN, los del Madrid de Tierno Galván y, en definitiva, los del Madrid divertido, guerrero y prometedor.
Entre esos dos contextos, los de la euforia y el primer desaliento de la pretendida izquierda, la trama cobra importancia principalmente en el segundo. Es ahí donde Carlos poco a poco irá cayendo en las redes de Sonia, quien (no sabemos si adrede o no o las dos cosas) ha llegado a Madrid desde Ávila para recuperar todo aquello por lo que en sus años de juventud no se atrevió a luchar. En principio es tarde, los primeros contactos sólo conducen a un café, pero poco a poco los recuerdos, la memoria, los amigos que van y vuelven o antiguas canciones y libros confunden a nuestro racional protagonista hasta llevarle a la clásica diatriba de no saber distinguir entre amor y amistad, entre una aventura y su familia.
Eso respecto a la historia, manida donde las haya y no por ello menos interesante. Pero son el discurso, la multiplicidad de narradores y un diálogo ágil y verosímil los grandes responsables de que esta novela sin pretensiones pero bien contada no se caiga. Más amena e interesante a medida que avanzan sus páginas, quizás un tanto naif e ingenua en algunas descripciones o conversaciones que se suben de tono, la recuperación de unos de los grandes temas de Nacha Guevara, Sueños de penitencia, resume, aparte de dar título, el espíritu nostálgico de aquellos años donde los sueños de unos cuantos universitarios desembocaron irremediablemente en la prosaica realidad que Aznar y la propia evolución de cada uno dictaminaron. Como siempre la única salvación a veces son los escarceos amorosos, pero éstos, siempre interesantes en la ficción, acaban por destruir a sus protagonistas, por muy indulgente que el narrador, autor e incluso lector, se muestren con ellos

viernes, septiembre 12, 2014

Legado en los huesos, Dolores Redondo

Destino, Barcelona, 2013. 560 pp. 18,50 €

Victoria R. Gil

Dolores Redondo tenía el listón muy alto tras El guardián invisible, la primera parte de su trilogía del Baztán, que convenció a críticos y lectores, y constituyó una sorpresa en la narrativa policíaca patria, ortodoxa y contenida como mandan los cánones. Con un atrevimiento premiado con el éxito, Redondo añadió un tercer ingrediente al tradicional combinado de investigación policial y vida personal -más o menos atormentada- del protagonista: el sobrenatural.
También rompió un tabú para las mujeres policías y detectives de ficción, cuya femineidad se estereotipa, o se atempera para mimetizarse con el entorno abundante en testosterona en el que se desenvuelven. (Antes que ella, Mercedes Castro y su Y punto, ya habían empezado a resquebrajarlo). Amaia Salazar, inspectora de homicidios de la Policía Foral de Navarra, no se preocupa de ir vestida para matar, ni es mordaz y sarcástica, y aún menos resulta dura como el acero de su pistola. Amaia Salazar llora, duda, se preocupa por su periodo y, cuando al final consigue ser madre, se obsesiona como toda primeriza por convertirse en la superwoman que lidia con tres jornadas laborales: la profesional, la maternal y la del hogar.
Amaia, además, está rodeada de mujeres: Tía Engrasi; sus hermanas Flora y Ros; su hija, que decidió cambiar de sexo en el último momento; Mari, la diosa que habita en las montañas, y, sobre todo, Rosario, su madre, la más presente de todas, pese a su ausencia. Porque el matriarcado, tan vivo en la sociedad rural vasca y navarra, y la maternidad, en más de una forma, son temas poderosos en la obra de Redondo. Y se vale de ellos sin complejo alguno, convirtiéndolos en un nudo más de la trama, tan importante como la propia investigación policial.
Es cierto que quizás puede reprochársele un cierto tono sentimental y explotar la belleza de la protagonista, tan hermosa que hasta los jueces –sin saber muy por qué- caen rendidos a sus pies. Pero se le perdona porque Dolores Redondo ha conseguido ese objetivo que tantos escritores buscan y tan pocos logran: crear un universo propio, dotarlo de potentes personajes y metérselo en vena a los miles de lectores que aguardan ansiosos el final de esta trilogía que aún esconde tantos misterios por descubrir.
Legado en los huesos comienza retomando los últimos coletazos de la investigación anterior. La inspectora Salazar espera en el juzgado para testificar contra el padrastro de Johana Márquez, una de las jóvenes asesinadas en El guardián invisible. El inesperado suicidio del acusado será el primero de una serie de ellos que, aun carentes de motivo en apariencia, están relacionados con varios casos de violencia de género y quizás con algo más oscuro que se esconde en el pasado.
En esta segunda parte nos adentramos de nuevo en el húmedo valle navarro en el que Elizondo aguarda plagado de secretos. Y de una maldad que surge violenta y tenebrosa como el alma que la impulsa. También aquí la autora se vale de la mitología vasca para introducir otro personaje fantástico, el tarttalo, descrito por ella misma como “un cíclope sanguinario, caníbal y feroz”. A pesar de ello, Dolores Redondo siempre hace recaer la maldad del lado de los humanos; por lo que se refiere a Amaia Salazar, la magia y el poder de lo sobrenatural actúan siempre de forma benéfica.
Decía al comienzo de esta reseña que las expectativas eran muchas ante la aparición de Legado en los huesos y la autora no las ha defraudado, porque esta novela es, claramente, mejor que la primera. Redondo ha pulido el estilo y profundizado en sus personajes, y si bien hay aspectos de la nueva trama que pueden sorprender, el resultado es tan intrigante y adictivo como lo fue El guardián invisible.
Los lectores de Dolores Redondo, tantos que ya se organizan viajes al Elizondo real para conocer los lugares donde transcurren los casos de esta inspectora foral, pueden apuntar la fecha del 25 de noviembre en sus agendas; ese día se pondrá a la venta Ofrenda a la tormenta, último título de la trilogía y en el que se desvelarán todos, es de suponer, los misterios que aún esconde el valle de Baztán.

jueves, septiembre 11, 2014

Nosotros caminamos en sueños, Patricio Pron

Literatura Ramdom House, Barcelona, 2014. 128 pp. 16,90 €

Pedro Pujante

Hace diez años esa novela vio la luz en una primera versión con un título más acertado y corrosivo: Una puta mierda. La novela ha sido corregida y ampliada y se presenta ahora en su versión definitiva.
Es la primera obra que leo de Pron (Argentina, 1975), autor joven pero prolífico y con una obra traducida a varios idiomas y avalada con importantes premios, Premio Jaén de Novela o Premio Rulfo de Relato, entre otros.
En Nosotros caminamos en sueños, un narrador nos cuenta en primera persona su extraña experiencia en la guerra de las Malvinas. Según el propio autor esta es la visión, o más bien, el recuerdo de su niñez respecto al fatídico episodio bélico. Pero lo que ha hecho Pron, lejos de suministrarnos una crónica histórica o verista de los acontecimientos, es construir una fábula, menos moralista que paródica, con tintes absurdos y elementos del más puro esperpento. La historia se confunde por momentos con una obra de teatro de Beckett, trufada con humor cervantino y algo de los sketches del mismísimo Gila cuando nos hablaba de sus batallas irreales y desaforadas. Una guerra que no parece tener final. De hecho, aparece una bomba suspendida en el aire, sin intención de caer. Esa suspensión del misil bien podría servir como metáfora de esta y de cualquier guerra: una situación que se sostiene sin explicación racional ni justificación en el tiempo y el espacio. En este sentido, la obra está emparentada con otras como Esperando a los Bárbaros de Coetzee, El mar de las Sirtes de Gracq o El desierto de los Tártaros de Buzzati, novelas todas ellas en las que una prolongada y absurda espera prolonga una situación bélica sin mucha lógica.
Aunque por supuesto Nosotros caminamos en sueños está escrita en clave de humor. Y pienso, ¿no es, desde Kafka, la espera postergada hasta el absurdo el gran tema de la literatura contemporánea?
Pero no nos llevemos a engaño. Detrás de estas pintorescas situaciones de vodevil, enredos y gags cómicos se oculta una feroz crítica al mundo de la guerra, de la política y a los abusos del poder en un mundo burocratizado hasta la estupidez. El humor lo utiliza Pron como un estilete afilado para desgranar y desvelar qué de insensato y alocado hay en una guerra. Desde situaciones rocambolescas en un hospital de campaña en el que el doctor confunde brazos con piernas; ejecuciones sumarias y arbitrarias; fraudes ocultos con pingües beneficios a costa de vender la comida de los soldados; turistas japoneses que fotografían las escabrosas imágenes de la crueldad… Las estampas absurdas se suceden sin tregua.
La mitad de la novela, para más efecto teatral, está compuesta por diálogos, en su mayoría absurdos juegos de palabras: repeticiones, equívocos o simplemente enredos verbales que no conducen a ninguna parte y que incomunican más si cabe a los protagonistas. Los personajes, acordes a la situación en la que se hallan, son caricaturas: un tal Snowden (ya saben a quién puede recordar), un militar que aparece disfrazado de mujer, una familia de mujeres que sirven de concubinas a las tropas…
La novela resulta de una factura impecable aunque la inacción y lo grotesco se alargan demasiado, en un callejón sin salida del que quizá el lector desearía haberse zafado un poco antes. Pero aunque el sinsentido nos abrume es innegable que Pron demuestra en esta fábula inmoral sobradas dotes para la composición de viñetas destartaladas, personajes esperpénticos y atmósferas que nos recuerdan los tenebrosos chistes de Kafka o los imprevisibles planteamientos de Ionesco.
Una novela absurda, o sea, bélica que retrata con una mirada vitriólica nuestras propias e inconfesables miserias.

miércoles, septiembre 10, 2014

Obra completa, Héctor Viel Temperley

Amargord, Madrid, 2013. 503 pp. 19,95 €

Verónica Aranda

Héctor Viel Temperley (Buenos Aires, 1933-1987) fue un poeta de culto, visionario y excéntrico, que ha influido en las últimas generaciones de poetas argentinos, pero que apenas se le conocía en España, hasta su aparición en la Antología Las ínsulas extrañas (Galaxia Gutenberg, 2002). Ediciones Amargord ha tenido el buen criterio de publicar su Obra completa, compuesta por nueve poemarios—treinta años de poesía— en la colección Trasatlántica, en una cuidada edición a cargo de Juan Soros.
Desde sus primeros libros, Viel Temperley cultivó un misticismo muy personal e innovador (al situarlo también en el espacio urbano), entre el panteísmo («Esta tarde Dios habla/ en los saltos del río») y la invocación a un Dios corpóreo y heterodoxo, con el que tiene una relación de vértigo. De este modo, Temperley siempre nadó contracorriente de los movimientos literarios de su país, Argentina, donde la poesía mística es una rareza, y más en el escéptico siglo XX, salvo contadas excepciones como Jacobo Fijman o algunos poemas de Ricardo Molinari.
Si bien la obra que lo consagró a Temperley las puertas de la muerte fue Hospital Británico, es interesante hacer un recorrido panorámico y cronológico por toda su producción, donde hallamos escalofriantes epifanías de lo que vendría después, y cuyas esquirlas saltarán en Hospital Británico. En sus primeros libros —Poemas con caballos y El Nadador— encontramos influencias lorquianas en el simbolismo metafórico y cierto barroquismo gongorino que irá evolucionando hacia un lenguaje más seco y sobrio, y, a partir de Carta de marear, avanzará con más fuerza hacia el irracionalismo verbal o “mística surrealista”, como la denominó el propio autor. Son poemas cimentados en la contemplación y la revelación de las cosas (a través de símbolos recurrentes como la figura del ángel), que hablan de libertad, de la comunión con la pampa y la naturaleza salvaje del cono sur («Crines y cola ardidas/ y un jinete/ que nada sol/ La pampa con sus huesos»), del mar, los espigones y las piscinas. Porque la de Viel Temperley es una poesía tremendamente acuática y de un erotismo febril. La natación era más que un ejercicio diario, una obsesión para el autor y una forma de meditar y alcanzar la plenitud y la trascendencia: «Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada./ Tuyo es mi cuerpo, que hasta en las más bajas/ aguas de los arroyos/ se sostiene vibrante». Por tanto, lo corporal se mezcla en todo momento con la mística, y la poesía no deja de ser un territorio codificado de evasión.
Su penúltimo libro, Crawl, de tono salmódico, desembocará en el estado de iluminación de Hospital Británico, uno de los poemarios más singulares de toda la literatura hispanoamericana, compuesto por el poeta argentino tras ser operado de un tumor cerebral en dicho hospital, a las afueras de Buenos Aires. De hecho representa un caso excepcional dentro de la poesía del siglo XX; en palabras de Esperanza López Parada, «Viel es el único poeta que consigue diseñar para su obra su condición de recepción futura, el único que cierra y decide su deriva arriesgadísima, convirtiendo la muerte en un punto de partida». El autor escribe su propia elegía, con intervalos de dolor y lucidez. El poema inicial del libro, escrito en marzo de 1986 se va disgregando, reordenando, se transportan fragmentos de poemarios anteriores, creando, así, un montaje, un conjunto de postales que son también una alegoría de la intervención quirúrgica. La estremecedora conciencia de la muerte que impregna todo el libro, recuerda, salvando la distancias, a la práctica de los haijin japoneses de escribir su haiku final, casi al filo de la agonía. Al leerlo a viva voz emite una musicalidad poderosa, propia de la más alta poesía.
El texto es la metáfora de una enfermedad, como lo ha denominado Eduardo Milán, produce un efecto físico en el lector y es de una intensidad rarísima. Hay una deslocalización de lo onírico, que se mezcla con imágenes realistas. Junto con la extrañeza se da la unificación del propio cuerpo («Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo»), que conecta con las imágenes de una manera asfixiante, como en los fragmentos titulados “Tengo la cabeza vendada”, donde se anula el tiempo. Eros y Tánatos. El diálogo con una entidad suprasensible —Dios— que va neutralizando el dominio de la herida. Un camino de ida y vuelta entre la trascendencia y lo material que sólo podía acabar en epifanía: «El verano en que resucitemos tendrá un molino cerca con un chorro blanquísimo sepultado en la vena.»