lunes, mayo 29, 2017

Un momento, señor verdugo, Francisco López Serrano


LIII Premios Literarios Kutxa
Sevilla, Algaida, 2017. 168 pp. 18 €

Pedro M. Domene

Nunca debemos olvidar que el microrrelato se traduce como un caprichoso juego estructural que provoca alteraciones en la situación inicial del propio texto, en el consiguiente conflicto, en la evolución de los hechos narrados, en el desenlace, e incluso en la misma situación final, puesto que el estricto carácter de su brevedad no permite o, si lo expresamos mejor, así se lo exige siempre; y aun cuando constatamos la lógica interna de la narración, y ese jocoso aire con que su autor dota al relato, se procura que esa degradación conceptual quede diluida, o que su espacio temporal no siga un orden cronológico establecido.
Francisco López Serrano (Épila, Zaragoza, 1960) domina el arte de la escritura en su faceta más variada y singular, tanto la lírica como la narrativa, el cuento y el microrrelato, porque es capaz de servirse de la digresión, de la observación atenta y de buena parte del artificio que rodea al texto en su sentido más estricto. Jamás olvida que la moraleja pertenece al pasado y se aleja del presente y, sobre todo, que sus lectores detectan la sutilidad tan característica en sus textos, o la libertad de elegir un espacio propio, en medio de un pasado o un presente reconocibles, aunque esos tiempos vengan suavizados por unas fantásticas apariencias, y solo importen aquellas que nos descubren las trivialidades de un mundo que, como en algunos de sus libros, tienen un carácter mágico, capaz de trasmutar las vidas descritas en otra realidad, incluso la posibilidad de inventarse una nueva que finalmente les satisfaga; y tan es así que López Serrano a través de un tono elegíaco, henchido de humor y de ironía, rozando lo iconoclasta, nos traslada desde situaciones cómicas a un trágico desenlace, como en el caso de Un momento, señor verdugo (2017), LIII Premio Literario Kutxa Ciudad de San Sebastián, una colección de relatos, en su mayoría muy breves, en los que ofrece un abanico de temas tan hilarantes como sugestivos, aunque en su mayoría, como el título alude, responden a la famosa petición que le hizo madame du Barry al verdugo antes de ser guillotinada; y así arranca todo un catálogo de breves, en ocasiones brevísimas situaciones o historias teñidas de un singular humor, o del mejor sarcasmo con que se pueda dotar a un texto, y aun añade una abundante variedad temática de cuentos: unos nos llevan a la vieja Rusia a degustar sus famosos prianiki, o en el otro extremo, a esa peculiar forma de matar vascos en Islandia, y muchos de ellos construyen vidas o las destruyen como “El genealogista”, que recorre la ascendencia del narrador hasta la Gran Explosión originaria, o la serie sobre el mundo, un homenaje al tema clásico de “El dinosaurio” de Monterroso desde una perspectiva tan jocosa como innovadora, “La demora”, “La pesadilla”, “Ante el espejo”, “El despertar”, incluso nos somete a un peculiar perfume que es resultado de cazar y destilar ángeles, léase, “Su perfume”; en “El cuento del Grial”, la actitud de la mujer reproduce los matices de lo que hoy consideraríamos un comportamiento machista, y en “El abismo” se describe la excursión montañesa de una pareja con un remate tan perturbador como brillante, y los aspectos de la relación amorosa en el brevísimo, “Diálogo de amantes” o el más desarrollado y descorazonador, “El plan”, ambos resumidos con absoluta maestría. No faltan historias diminutas que se concretan en un chiste, con toda la intensidad que provoca la angustia humana, y otras muchas son narraciones simbólicas: el poeta y su corazón, el abogado y su conciencia, o la voz de un Dios que influye de modo sorprendente en la realidad, ¿Té o café?, y donde se escruta la perspicacia del lector para la solución de tamaño enigma.
En este, Un momento, señor verdugo, como otros libros de López Serrano, el lector está obligado a poner todo de su parte para comprender en su totalidad el mensaje que el autor cifra en sus textos, y en esta ocasión, como seres inteligentes deberemos releer algunos de sus microrrelatos para percatarnos del giro final de muchos de ellos, tan sorpresivos a veces como esbozos de un pensamiento que cuando profundizamos alcanza la plena comprensión del mismo.

viernes, mayo 26, 2017

Me acuerdo, Georges Perec


Trad. Mercedes Cebrián
Impedimenta, Madrid, 2016. 176 pp. 17.95 €

José Miguel López-Astilleros

Me acuerdo de que cuando leí La vida instrucciones de uso, Un hombre que duerme, Lo infraordinario, Las cosas, Especies de espacios o La cámara oscura, tuve la impresión de que los libros de Georges Perec (1936-1982) eran semilleros literarios. No es de extrañar que goce de la máxima consideración entre escritores como Enrique Vila-Matas o Roberto Bolaño, entre otros muchos. En cambio, respecto a la obra que nos ocupa, no puede decirse que haya sido tan original como en las anteriormente citadas, puesto que la idea y el procedimiento los tomó de un libro del pintor estadounidense Joe BrainardI Remember (1970)—, del cual dijo Paul Auster «Es uno de los pocos libros enteramente originales que jamás haya leído». Su descubrimiento se lo debe al escritor, también norteamericano, Harry Mathew, amigo y compañero perteneciente como él al grupo de experimentación literaria Oulipo, quien le regaló un ejemplar que le sirvió para pergeñar su propio Me acuerdo, y a quien se lo dedica por este hecho. La diferencia fundamental entre ambos radica en que Brainard es más intimista e introspectivo que Perec, aquel incluye confesiones tan secretas como el recuerdo de sus erecciones escolares, algo impensable en el francés, cuyos “me acuerdo” pretenden sobre todo ser generacionales, aunque partiendo de evocaciones propias.
El libro contiene 480 textos muy breves de recuerdos, comprendidos entre los años 1946 a 1961, que siempre comienzan con las dos palabras del título, salvo uno. Fueron escritos entre 1973 a 1977, por tanto son remembranzas salidas de su memoria, a veces sugeridas por la contemplación de los vestigios físicos que el transcurso del tiempo ha dejado tras sí, fotografías, discos, periódicos e innumerables objetos varios, que le pueden haber ayudado a confeccionarlos. Lo autobiográfico suele estar muy presente en la obra de Perec, sobre todo en W o el recuerdo de la infancia, aunque esta última está más centrada en su infancia concreta, en la cual lo colectivo no tiene tanto peso como en Me acuerdo. La infancia y la juventud son uno de los núcleos temáticos más importantes, quizás porque la suya fue muy atribulada por pertenecer a una familia de judíos polacos emigrados a Francia, su padre murió en el frente de la Segunda Guerra Mundial hacia 1940 y su madre en el campo de exterminio de Auschwitz, cuando él contaba unos cinco años. Y quizás porque la existencia y la esencia del ser humano están ligadas indefectiblemente a la memoria, es necesario recordar, pero como el pasado no es algo estático, hay que tratar de detener su movimiento de vaivén dentro de nosotros, dejando constancia de ello, sobre todo de esos detalles cotidianos que suelen pasar desapercibidos y constituyen el grueso de lo que nos rodea en nuestras vivencias ordinarias. Por tal motivo estos “me acuerdo” deban entenderse como el yacimiento arqueológico de una generación, un tiempo y unos espacios determinados, a partir de los cuales cada uno pudiera reconstruirse a sí mismo. Recordemos que gustaba de hacer inventarios, clasificaciones y enumeraciones de lo nimio, con el propósito de fijar el tiempo, y como medio para luchar contra el olvido, contra los vacíos que va dejando la memoria cada vez que recordamos. Hay otros núcleos temáticos importantes como la música, la literatura, el cine, hechos y costumbres de aquella sociedad, así como sucesos históricos de todo tipo. Es importante señalar que los textos no están presentados cronológicamente, sino a la manera de un collage, aunque a veces pueden estar relacionados unos con otros, sugiriendo un particular crucigrama. El propio Perec nos ofrece unas claves interpretativas esenciales de su libro cuando escribe sobre el de Brainard en la edición francesa «Los Me acuerdo son pequeños pedazos de cotidianeidad que fueron vividos y compartidos y luego olvidados. Sin embargo, de repente regresan, por azar o porque han sido buscados entre amigos una noche: es algo que aprendimos en el colegio, un campeón, una canción, un cantante, un escándalo, un slogan, un traje o una costumbre, totalmente banal, que por un milagro es arrancada a su insignificancia y es reencontrada por unos instantes, provocando unos segundos de una impalpable y pequeña nostalgia.»
Tanto la obra de Brainard como esta de Perec dieron lugar a numerosos “me acuerdo” de distintos personajes y generaciones sucesivas, hasta desembocar en los que ahora se están escribiendo, porque cada grupo generacional e incluso cada uno de nosotros tenemos nuestros “me acuerdo”, de modo que podría decirse que la obra de los pioneros no sólo es la suya, sin todas las posteriores, de cuya paternidad participan, una obra que se proyecta hacia la eternidad con toda la carga de melancolía que lleva disuelta en sí la memoria. Esto es lo que hay implícito en el hecho de que, por deseo expreso de Perec, al final del libro se dejen varias páginas en blanco para que cada lector anote sus propios “me acuerdo”, que formarán parte de ese registro del devenir de la humanidad.
La primera edición y traducción al español de Me acuerdo data de 2006, que realizó magníficamente Yolanda Morató para Berenice, de la que esta nueva versión es deudora en algunos aspectos. Para los nuevos lectores, que ya no podrán acceder a aquella por estar agotada, esta de Impedimenta tiene el mérito de poner la obra a su alcance de nuevo.
Quien se acerque a este libro y no pertenezca a aquella generación, ni al entorno geográfico y cultural de entonces, se encontrará con un mundo extinto, que sólo conocerá parcialmente por la historia, el cine y la literatura en todo caso. De lo que sí estamos seguros al menos es de que su lectura constituirá el detonante para poner en marcha los recuerdos propios, en una espiral que no ha de cesar mientras haya un ser humano vivo en el universo.

miércoles, mayo 24, 2017

En la ciudad sumergida, José Carlos Llop


Alfaguara, Madrid, 2017. 344 pp. 18,90 €

Bruno Marcos

Pudiera parecer que quien no esté interesado especialmente en la ciudad de Palma de Mallorca no debería comprar este libro pero, aunque efectivamente es una historia de esa ciudad, lo que tenemos son unas memorias que están a medio camino entre la elegía y la interpretación del mundo. En las páginas dedicadas por Llop a su ciudad natal se presenta algo universal, se ve cómo el paso del tiempo se escribe en las urbes que habitamos, cómo, a medida que las conocemos y entendemos, estas van desapareciendo en parte, inmersas en un proceso de mutabilidad constante. La ciudad se comporta como un ser vivo en cuyo organismo desaparecen y aparecen lugares y personas y en cuya piel apenas es perceptible la firma de los autores que van dejando lo que permanece.
Llop en la primera parte de este libro narra su historia familiar y la historia de la isla encadenadas una a otra. Bien podría inscribirse su relato inicialmente en la tradición del Bildungsroman, pero enseguida aparece la sensación de pérdida, la añoranza de la casa de los abuelos que la familia vende al morir estos, el recuerdo positivo de los ancestros, la mirada al pasado cómo idílico y desprovisto de conflictos, para acercarnos más al género elegíaco. El modelo seguido por el autor ha sido claramente el de Estambul de Orham Pamuk, incluso en la presentación, que incluye fotografías pertenecientes a su archivo familiar. Como en la obra de Pamuk se escribe la historia de una ciudad a través de la mirada de su autor que, al final, es un autorretrato.
Más adelante el relato se vuelve más nítido concentrándose en personajes significativos que vivieron en la Isla. Espacialmente vivo es el capítulo dedicado al muy plástico antagonismo entre dos vecinos ilustres, el autor de Bearn o La sala de las muñecas, Llorenç Villalonga, y, el luego premio Nobel, Camilo José Cela. No sólo eran poseedores de caracteres diametralmente opuestos sino símbolos de actitudes muy diferentes frente a la literatura e, incluso, frente a la forma de abordar la vida. Llop pone en valor el trabajo de Cela del que asegura que en la literatura ponía lo mejor de él, aunque su vida cotidiana estuviera salpicada de actitudes o declaraciones groseras e interesadas. También ve muy positiva su labor en la revista Papeles de Son Armadans y resalta el hecho lamentable de que un Cela, que vivió desde los treinta y ocho años hasta los setenta y dos en la isla, no haya dejado más huella allí.
También resultan gratos de leer retratos como el de Robert Graves, realizado desde su mirada infantil, que paseaba con sombrero de indio navajo y pañuelo rojo anudado al cuello por el centro de Palma y a quien Llop veía como el jefe de una tribu de hombres que están más allá de las cosas porque habitan en el mismo corazón de esas cosas. Divertido es el capítulo de dedicado a Cristobal Serra que, aficionado al espiritismo, hablaba con casi todos los autores difuntos de la literatura hispánica, resultando especialmente sorprendente aquel que, dialogando con el espíritu de Ramón Gómez de la Serna, este le confiesa que está en el infierno.

lunes, mayo 22, 2017

Nuestra historia, Pedro Ugarte


Páginas de Espuma, Madrid, 2016. 168 pp. 15 €

Miguel Sanfeliu

En general nuestra historia, la de todos, está formada por pequeños acontecimientos, pequeñas variaciones que irrumpen en lo que llamamos normalidad para crear un punto de intriga, para ponernos cara a cara frente a lo incierto o, simplemente, para recordarnos, como ya hizo Sartre, que el infierno son los otros. Los cuentos reunidos en Nuestra historia, el último libro de Pedro Ugarte, están narrados con un ritmo implacable, con una garra que te atrapa desde la primera línea y ya no te suelta hasta llegar al final, a veces exhausto y otras pensativo, porque todos estos relatos consiguen involucrar al lector, sumergirlo en ese instante decisivo al que se enfrentan los personajes.
La fuerza de un relato reside, casi siempre, en la historia que nos narra, que sea capaz de traspasar esa coraza con la que todos nos defendemos de las agresiones emocionales que vemos a nuestro alrededor; y también en la potencia de sus personajes, seres en los que podemos reconocer nuestras debilidades, nuestros miedos o nuestro frágil concepto del mundo.
Estamos de suerte, porque nos encontramos sin duda ante un buen libro de cuentos, uno de los mejores de todo lo publicado en los últimos años, no en vano Pedro Ugarte es un consumado autor de relato corto, uno de los imprescindibles. Encontramos parejas que afrontan situaciones de crisis. "Días de mala suerte" nos habla de una familia que se enfrenta a una situación económica muy difícil y, pese a todo, el estricto plan de ahorro que se imponen les unirá y les enseñará a disfrutar de las pequeñas cosas, de los juegos, de la compañía mutua. Del mismo modo, la pareja de "Para no ser cobarde" también se enfrenta a un momento decisivo de sus vidas, a un cambio radical de residencia, abandonando la ciudad para instalarse en un pueblo con la única expectativa de que el hombre escriba una novela, y percibimos perfectamente el halo de desesperación de esa decisión, intuimos incluso que una sombra de desastre oscurece la relación de esa pareja.
Hay también personajes realmente curiosos, como la mujer experta en hacer regalos que protagoniza "Verónica y los dones" o esa especie de «conseguidor» con aspecto de triunfador del que nos habla el cuento "Voy a hacer una llamada".
Otros, por su parte, tienen un halo de misterio, un aire amenazador, como el excéntrico millonario de "Mi amigo Bohm-Bawerk" o el libertino artista de "Enanos en el jardín". En "La muerte del servicio" asistimos a un reencuentro en el que flota la figura de Feliciana, la mujer que trabajaba para la familia del anfitrión y cuya vida se vislumbra que ha debido ser muy diferente a la de ese grupo de viejos amigos.
También hay historias con una fuerte dosis de humor, como "Vida de mi padre", en la que un acontecimiento trivial se convierte en algo determinante en la vida del protagonista. O "El hombre del cartapacio", con ese empleado patético que se esfuerza tanto por hacer las cosas bien que lo único que consigue es ir, poco a poco, labrándose un particular descenso a los infiernos.
Y, por último, "Opiniones sobre la felicidad", el cuento que cierra el volumen y que consigue dejarnos con el corazón helado, con ese hombre que se somete a la presión familiar de su madre y sus hermanos, unos seres marginales, esperpénticos, que representan un pasado del que uno no puede huir del todo.
Las historias de Pedro Ugarte son de corte realista. Le basta con narrar unos hechos, describirnos a unos personajes que consiguen emocionarnos, y lo hace con un tono muy alejado de la solemnidad, ayudándose del desenfado, del humor, para ir avanzando con un estilo elegante y muy cuidado, de fraseo largo pero pausado, con esa sabiduría y dosificación de la información que nos mantiene pegados a las tramas.
En estas historias encontramos ideas sobre nuestras relaciones con los demás, bien con la pareja, con los padres, con los amigos o con desconocidos. Literatura grande sobre asuntos aparentemente nimios. Y esta tradición se emparenta directamente con una narrativa que merece la pena reivindicar, la de los escritores de la conocida como generación de los cincuenta, no en vano los tres primeros cuentos están dedicados a Medardo Fraile, a Esteban Padrós de Palacios y a Antonio Pereira, dedicatorias que parecen, en sí mismas, una declaración de intenciones.
También me atrevería a decir que en los personajes de Nuestra historia hay miedo, un miedo a perder la seguridad de lo conocido, a que las cosas cambien, a que sobrevenga la desgracia, la amenaza que puede suponer la irrupción de elementos desestabilizadores en nuestra vida.
En cualquier caso, este libro supone una lectura adictiva y sus historias se quedan en la mente del lector, haciéndole pensar. En algunos momentos nos pone una sonrisa en la cara pero en otros nos hiela el corazón, como la escena final de ese último relato, terrorífico, con el que se cierra este conjunto de cuentos que nos hablan, a fin de cuentas, de nosotros mismos, de nuestros miedos, de nuestra historia.

viernes, mayo 19, 2017

Amores imperfectos, Hiromi Kawakami


Trad. Mónica Bornas Montaña
Acantilado, Barcelona, 2016. 144 pp. 15,20 €

Santiago Pajares

Muchas historias de amor no tienen final. Se nos muestra una breve escena, un apunte, un detalle y se queda ahí, esperando que nosotros saquemos algún tipo de conclusión o aprendizaje. Pasa en los libros, en las canciones y en la vida. A veces vuelves la página y sólo encuentras ya la contraportada. La autora de Amores imperfectos comprendió esto hace mucho tiempo. Mi primer contacto con Hiromi Kawakami fue en la que por ahora sigue siendo, para mí, su mejor novela: El señor Nakano y las mujeres, una obra de extraordinaria delicadeza y ternura que acude a mi mente cada vez que abro un libro de literatura japonesa. Ahora la autora nos trae este pequeño volumen de relatos con esbozos de lo que podrían llegar a ser, en caso de eventual desarrollo, novelas completas. En todos los relatos, de una extensión mínima, a veces tres o cinco páginas, Hiromi Kawakami nos habla del amor romántico desde todas sus perspectivas: Amores juveniles, adúlteros (algo muy usual en la literatura japonesa, las relaciones largas como amante en un matrimonio), rupturas de relaciones y algo que me ha sorprendido, relaciones lésbicas tratadas con una especial delicadeza, casi dejando al lector que imagine todo. Pero todas ellas imperfectas, como nos dice el título de la obra. Todas protagonizadas por personajes femeninos y abocadas de alguna manera al fracaso antes de empezar.
Pero hay algo más, y es que Hiromi Kawamaki utiliza estos relatos (o nos sirven a nosotros) como un fiel reflejo de la vida diaria en el país nipón. Cada uno de los 23 relatos está ambientado en sus ciudades, en sus calles, sus trabajos, que les sirven de contexto y entorno para poder desarrollar estas historias fallidas de amor. Con el final de cada relato nos queda una sensación de vacío, de tristeza por lo que pudo ser y no acabo siendo. Nos convertimos así en protagonistas del propio libro. Quien sabe si era esa, y no otra, la intención de la propia Hiromi Kawakami. Como siempre especial atención para la cuidada edición de Acantilado.

miércoles, mayo 17, 2017

La partitura, Mónica Rodríguez


Edelvives, Zaragoza, 2017. 224 pp. 9,90 €

Ariadna G. García

En un primer momento, me llamó poderosamente la atención la cubierta del libro: su paisaje blanco, el tren de vapor prometiendo un viaje fabuloso por tierras ignotas. En un segundo instante, me cautivó su título, La partitura. En una época donde parece valorarse poco el tiempo dedicado a las composiciones de las obras, me interesó sumergirme en la ¿autobiografía? del protagonista del relato, en sus motivaciones creativas, en el tormento sentimental que lo llevó no sólo a componer sus sonatas y óperas, sino a modelar en la arcilla de sus manos la figura de la pianista más célebre de la Mongolia soviética: Sayá. La novela, premio Alandar de Literatura Juvenil 2016, aborda unos asuntos que, en principio, parecen alejados de la narrativa destinada al público adolescente. Aborda sin tapujos el complejo de Edipo, la pederastia, el sexo, la infidelidad o la complejidad de las relaciones amorosas. Está claro que si nuestros jóvenes conocen por otros canales (las series de televisión, las películas que consumen a solas en sus móviles o ipads) los sórdidos y atormentados vínculos que empujan a unos cuerpos hacia otros, los escritores deben ofrecerles una visión real, pero adaptada, de ese mundo que tanto les fascina. En ese sentido, La partitura me ha asombrado muchísimo. Hay que temas que parecen tabú en la literatura adolescente, y yo creo que es mejor abordarlos -graduando la temperatura, elaborando una obra de calidad artística, poética, sutil- que ignorarlos y lanzar a nuestros chicos hacia una narrativa de nulo o escaso valor literario.
La novela sigue el patrón de las antiguas colecciones árabes de relatos. Nos encontramos hasta tres historias ensartadas. La primera se ofrece a modo de marco. La narradora escribe un texto a su novio para revelarle un secreto que ha venido guardando y para formularle una pregunta. Al tiempo que recuerda los comienzos de su propia relación, los baches que sortearon hasta estabilizarse, relata una segunda historia: la de Gandalf, uno de los ancianos de la residencia donde trabaja como auxiliar de enfermería. Aquí, a su vez, el viejo pianista se convierte en paranarrador, al transcribir la joven el diario que aquel guardaba para no olvidarse de sí mismo, para justificarse, para que le entendieran, para conservar las emociones que le había suministrado tu agitada existencia, para recordar a su discípula: Sayá.
Quizás lo mejor del libro sea el concienzudo análisis de la psicología de un alma torturada, insatisfecha, que vive a la intemperie de su falta de arraigo, el alma de Gandalf: Daniel Faura Oygon. Nacido en España, de madre rusa a la que pierde siendo adolescente, Daniel tratará de dar un sentido a su vida refugiándose en la composición de partituras y en la tierra natal de su progenitora. Será en Mongolia donde el joven pianista descubra el talento innato para la música de una niña criada entre caballos y estepas nevadas, por la que sentirá un impulso erótico que tratará de frenar. Mónica Rodríguez reflexiona en su libro sobre los límites del amor, sobre la distinción entre amor y obsesión, sobre el anclaje del arte en el dolor humano, sobre la oscuridad de las pasiones, sobre el contraste entre vida y recuerdo, sobre la necesidad –o no– de dar a conocer al mundo obras maestras de las que se desentendieron sus autores, sobre la distinción entre amar a una persona o maltratarla.
Escrito con un prosa cuidada y lírica, La partitura es una novela no ya para un público adolescente, sino para cualquier lector al que le gusten las buenas historias.

lunes, mayo 15, 2017

La espina del gato, Yolanda Regidor


Berenice, Córdoba, 2017. 304 pp. 18,95 €

Pedro M. Domene

Una narradora anónima, ya en su ancianidad, hace recuento de su vida mientras, en una cafetería, espera reencontrarse con el hombre a quien ha amado en silencio y durante décadas, tras una obligada separación en los días posteriores al final de la guerra civil, cuando un inesperado suceso les llevó a tomar el rumbo equivocado y a una existencia sinsentido.
Yolanda Regidor (Cáceres, 1970) publica La espina del gato (2017), su tercera novela porque hasta el momento había entregado, La piel del camaleón (2012), una narración ambientada en la Salamanca de los 90, y cuyos protagonistas, alumnos de la universidad, viven entre esos espacios preferentes de ocio: discotecas y bares de tapas; en realidad, son jóvenes impulsados por un hedonismo visceral, desinteresados por su formación académica, aunque proclives a vivir en libertad todas las infracciones que les permite su edad: sexo, alcohol y drogas; en su mayoría jóvenes de provincias que al llegar a la ciudad deciden liberarse de un anticuado sistema de inhibiciones y prohibiciones; y una segunda entrega, Ego y yo (Premio Jaén de Novela, 2014), que cuenta una intensa historia de amistad entre dos personas de las que no llegamos a conocer sus nombres y, precisamente, por no estar identificadas, se convierten en el propio lector y su amigo, ese amigo especial que parece todos tenemos sin paliativo alguno; en ambas propuestas, textos tan prometedores como de una excelente factura narrativa.
Una foto, una imagen en blanco y negro, tres niños que posan y le sirven a la anciana-narradora para hilvanar los recuerdos que, de una forma natural y en una espléndida construcción narrativa, va recorriendo los sucesos de su infancia en los primeros días de julio en un Madrid del 36, espacio que muy pronto se convierte en un escenario tan extraño como convulso, cuando los pilares del gobierno de la República empiezan a temblar por el levantamiento militar que Franco y sus generales inician en el norte de África, o por las consecuencias posteriores con el asalto al Cuartel de la Montaña que, como a muchos otros madrileños, impulsará al padre de la niña a alistarse en las milicias, un hecho que se convierte para ella en la primera pérdida y las posteriores que irá sufriendo: la madre, los abuelos, los vecinos, o sus amigos, y termine el relato con el Desfile del Día de la Victoria, que marcará el final de la infancia de la niña.
Con su tercera entrega, La espina del gato, Yolanda Regidor ensaya un regreso al pasado, la narración cuenta desde un registro infantil aquellos años convulsos, sin duda uno de los aciertos de la narración, pues la perspectiva de la niña, llena de candor, ingenio y humor, nos obliga a los lectores a participar constantemente en la construcción para otorgarle el sentido completo de una adulta, o tal vez a reinterpretar los episodios o sucesos que la niña desde su perspectiva inocente no siempre interpreta acertadamente, pero que forman parte de la indiscutible historia negra reciente de nuestro pasado. Solo así La espina del gato se convierte en un capítulo de esa “historia privada” de una España donde el odio y la represión fueron constantes durante más de dos tercios de siglo pasado, y una vez más se confirma que las guerras las pierden siempre los mismos, los más desfavorecidos o aquellos que aspiran a sobrevivir en una paz asegurada.
Por encima del valor testimonial de la narración, localizada en un Madrid que resiste y con un relato muy documentado, sobresale la capacidad de Regidor para ofrecernos un texto de prosa madura, capaz de calcular la brutalidad y la truculencia de algunos pasajes con los matices más sutiles que una buena prosista pueda imaginar, calibrando la resistencia o las debilidades del relato, y solo utilizando el valor de una derrota en las escenas necesarias. Como nos suele tener acostumbrados, la extremeña le otorga a su historia un valor existencial que indaga en la condición humana pese a los avatares a que se verá sometida la niña, huérfana en mitad de las calles de un Madrid de horror y de destrucción, zarandeada por los acontecimientos que durante tres años supusieron la crónica bélica de la historia de nuestro pasado, muestra inequívoca de una insatisfacción que nunca cesa, esa otra visión de la “espina del gato”.