lunes, julio 25, 2016

Piernas fantásticas, Ricardo Reques


Ilust. Soledad Velasco
Adeshoras, Madrid, 2015. 204 pp. 15 €

Pedro M. Domene

Las piernas de mujer son, sin duda, para Ricardo Reques ese imaginario lugar donde transcurren la mayoría de sus fantasías y por ese, y no otro motivo, titula su última colección de relatos, Piernas fantásticas (2015), y para alejarse de ese exclusivo mundo de la ficción, el narrador añade algunas notables reflexiones sobre el ideal de belleza. Lo más curioso de este libro, esa lírica visión del ideal femenino que deriva hacia un auténtico cuento seudopoemático porque se basa en la evocación de una emoción o un sentimiento, y se convierte entonces en una impresión fugaz y en toda una serie de emociones de carácter lírico, y además provoca una extraña fuerza evocadora; y si añadimos ese mágico poder de sugerencia, ambos conceptos se convierten en valores fundamentales de esta colección, de forma que de alguna manera muchos de estos cuentos se suavizan de esa radicalización característica que son esenciales en la temática elegida por Reques, y que desde el punto de vista técnico se concretan en historias de una asombrosa síntesis, de una calculada intensidad, de una extrema condensación y de una aguda capacidad evocadora. Otra de las características a destacar, el tratamiento elegante, imaginativo y tremendamente literario de una parte de la anatomía femenina que resulta tan fascinante como el resto. Lo cuestionable es, solo como profundiza y soslaya el autor, nuestra inequívoca obsesión por mirar y cuantificar nuestro sentido de la posesión ajena, símbolo sin embargo de la sensibilidad femenina nunca ajena al deseo masculino.
¿Es Ricardo Reques un fetichista? Según la definición académica, resultaría obvio porque un fetichista es una persona, casi siempre hombre, que se siente atraída sexualmente por esta zona de la anatomía humana, en este caso las piernas. Para un fetichista, la simple visión de un pie, de un zapato de tacón, y en el caso de escritor de una pierna desencadena un proceso de sensaciones sexuales agradables y muy estimulantes. El referente más evidente es Elmer Batters, el fotógrafo norteamericano que dedicó su labor a la fotografía erótica y/o fetichista, sobre todo las piernas femeninas, aunque su obra, construida a partir de finales de la década de los 40, no tenía cabida en la sociedad puritana estadounidense, con lo que normalmente era tachada de perversa y pornográfica. Solo así pueden entenderse los numerosos problemas que Batters sufrió con las autoridades y que sus fotografías solo tuvieran salida en revistas eróticas que el mismo fundó, y hablamos de la época del apogeo de las pin-ups.
En los diecisiete cuentos que contiene el libro, y en la mayor parte de las historias no coincide la apariencia con lo que presuntamente se describe, y más bien se reproduce el sentido de la fragilidad, de la culpa, o incluso cierta tristeza y el alivio, por añadidura, tras un acusado proceso de envidia y de celos, y nuestro consuelo o desconsuelo se hace patente, aunque finalmente se muestra el placer y un inmenso halo de felicidad a la hora de llegar al final de muchos de estos relatos. Y dos de ellos, preferentemente, justifican la colección, me refiero a “El secreto de Tramell” y “Tarde de playa”, el primero porque con su precisa y justa medida, con su técnica elaborada y consecuencia final, esboza cuanto Reques nos quiere mostrar, ese sugerente símbolo de la sensualidad femenina y el afán de posesión que confieren nuestras miradas; el segundo subraya que la belleza es una idealización sublime de una aparente realidad y más allá de esto puede, incluso, no haber nada; el tercero, “Loba” muestra el exceso de abarcar con su extensión, toda una imaginería en torno al mito de la transformación. El resto de cuentos pese a su evidente factura literaria donde lo fantástico y lo imaginario se convierte en motivo esencial de la prosa de Reques, notable por su ejecución, ofrecen al mismo tiempo reflexiones filosóficas, psicoanalíticas, referencias pictóricas y cinematográficas, en suma pequeños ensayos que confieren al conjunto la dimensión fetichista y erotómana que escritor otorga a las piernas de mujer. No dejemos de leer, “Las medias de Nicole” tan sensual como erótico, o ese ensayo seudo-psicológico que se sugiere en “Relación entre las variables morfológicas de los miembros inferiores, éxito de apareamiento y tiempo de supervivencia en humanos”.
La edición está ilustrada por la mexicana Soledad Velasco que aspira con sus dibujos a transmitir esa realidad que viene concretada visualmente por un determinado contexto tan acertado como resulta ese poder de transmitir la auténtica y verdadera realidad cotidiana.

viernes, julio 22, 2016

American smoke. Viajes al final de la luz, Iain Sinclair


Trad. Javier Calvo
Alpha Decay, Barcelona, 2016. 384 pp. 26 €

Fermín Herrero

Conocí unos cuantos poemas de Iain Sinclair gracias a la voluminosa –seis décadas, casi cincuenta poetas antologados- y sorprendente antología de poesía británica La isla tuerta. Allí se le incluía curiosamente en el grupo de los “Indocumentados”, cuando, como veremos, en el libro que nos ocupa, da muestras de un dominio de fuentes y bibliografía respecto a escritores beat realmente apabullante. Se decía también en las escuetas notas biobibliográficas con las que se clausuraba el volumen, entre otras cosas, que ha sido «jardinero, portuario, librero, cervecero y envasador de cigarrillos», nada menos. Además de emparentarlo, como “socio satélite”, con la familia última de iluminati ingleses, con J.G. Ballard a la cabeza, escritor citado varias veces en American Smoke.
También se le catalogaba como autor inclasificable y, en efecto, la siguiente obra suya que leí, La ciudad de las desapariciones, pertenece al género narrativo, pero a partir de esa fijación genérica es harto difícil de encasillar. En concreto, en la solapa del libro, también publicado por Alpha Decay –según el traductor de lujo de aquel volumen y del que comentamos, Javier Calvo, para solventar la “anomalía perturbadora” de que nunca hubiera aparecido nada de Sinclair en nuestro país- se encuadraba el libro en la psicografía, «la exploración lúcida y perspicaz del entorno urbano por el afán de descubrir el trasfondo mágico del espacio y la arquitectura que lo articula». En la línea de la antropología urbana, a la vanguardia contracultural de nuestro tiempo, Sinclair era capaz de elevar con prosa soberbia, un punto expresionista, la zona Este de Londres, ciudad de adopción y acogida de este galés, natural de Cardiff y formado en Dublín.
En buena parte de American smoke, sin embargo, Sinclair abandona, primero con las humedades otoñales y luego en varias escapadas más (Vancouver, Kansas, Seattle, Berkeley, con parada y fonda en Hollywood, según Mike Davis «la sinergia perfecta entre la cultura de los gángsteres y las fábricas de películas»), el anclaje medular de su literatura –“corría el año 2011 y había perdido su aroma”- y se embarca hacia Norteamérica «con la esperanza de volver a conectar con los héroes de mi juventud», guiado en principio por la memoria de Charles Olson, de quien dice algo maravilloso para un poeta: “vivía en el lenguaje”, alma y rector del Black Mountain College, en Carolina del Norte, institución por la que pasaron gente tan diversa, de todas las artes, como John Cage, Robert Creely, Merce Cunnigham, Willem de Kooning o Robert Duncan, autor de la sugerente cita inicial del libro: «Regreso para encontrar secretos./Regreso para robarlos».
Y así es, Sinclair, aspirante en su día a poeta vagabundo, causa probable de los orígenes librescos de sus expediciones, en su afán de encontrar y ofrecernos secretos, comienza su periplo americano tras las huellas de Olson, extraño poeta jungiano, entre pescadores de origen siciliano, dedicados a capturar preferentemente pez espada con palangre. Luego, su recorrido literario rastreando «la escena contracultural» yanqui, persiguiendo la «rancia y escurridiza esencia de la literatura beat», le acerca a faros icónicos, espirituales, del calibre de Malcolm Lowry, Gary Snyder, William Burroughs, Jack Kerouac, Allen Gingsberg, Gregory Corso y otros de su estirpe, casi siempre, como compañera, con la sombra alargada, omnipresente, obsesiva, de Roberto Bolaño, de los diarios de Spandau de Albert Speer y de la marca profética de Blake. Todos, escritores que fueron hasta el fondo, hasta «el final de la luz».
Por el camino, claro, aparecen multitud de figurantes no menos destacables: el editor multimillonario y marxista Feltrinelli; Alexander Baron, uno de sus referentes, novelista bélico de cierto éxito, desconocido para mí; el apocalíptico Dylan Thomas en el mítico Chelsea, junto a los cadáveres de Sid Vicious y Janis Joplin, «que una vez tuvo una cita desastrosa con Olson»; Lovecraft y sus “mitos chiflados de Ctulhu”; Ed Sanders y su inmersión en la espiral de locura de la secta Manson; Lew Welch, «intoxicado con una fuerte dosis de Gertrude Stein», que se internó en un bosque para siempre, para no volver jamás; Cal Shutter, futbolero y vendedor de sangre; el «jovenzuelo chulesco» Gore Vidal; Timothy Leary, sus “cacahuetes” de psilocibina y sus frascos de ácido lisérgico. Y tantos otros, una pléyade de lo mejorcito de la literatura norteamericana contemporánea, que asoma por las apasionas y apasionantes páginas de este galés indomable. El libro en su conjunto es un tesoro de informaciones de primera mano y de primer orden, lleno de apreciaciones sugerentes. Pero Sinclair, aunque como buen investigador inglés de las letras dispone de artillería pesada, no abusa en absoluto de su arsenal, más bien se muestra compasivo con los vicios y defectos de los pobres poetas, admirables en su desastre. Sin faltar a la verdad, por otra parte, sabe perfectamente quién se merece una mofa leve, caso de Stephen King o de Stephanie Meyer, la autora de «la franquicia de vampiros» Crepúsculo. De modo que, desde lo personal autobiográfico a los acercamientos fílmicos con Courtney Love en papel estelar, American smoke traza una visión completa de las tribus beat, tan distintas entre sí. Tilda a los neoyorkinos de «cascarrabias, competitivos»; a Corso, por ejemplo, «le costaba escuchar sin reírse cómo Snyder daba la brasa a los granjeros de Dakota sobre cómo tenían que plantar patatas».
El dragador Sinclair es un maestro de la literatura de no ficción: reconstruye vidas, ensambla sucesos, aventura destinos. Su modo de indagación es único, tiene una penetración aguda que determina una mirada semejante a una radiografía. Esta mirada viene determinada por su mezcla muy original de reportero entre aquiescente y puntilloso, flâneur siempre atento, explorador lúcido, ensayista errático a quien nada le es ajeno y viajero curioso y detallista. Y por un estilo capaz de conjugar el lirismo desbordante de adjetivación exquisita con la prosa impresionista de flashes secos y condensados o la transcripción literal de testimonios grabados; la precisión periodística con la digresión, siempre atinada y fundamento clave de su escritura.

miércoles, julio 20, 2016

Las noches de Ugglebo, Ariadna G. García


Premio de poesía para niños El Príncipe Preguntón. Ilust. Susana Román.
Diputación de Granada, Granada, 2016. 80 pp. 10 €


Gracia Iglesias

Aunque nos hayan dicho lo contrario y estemos acostumbrados a la mecánica de las etiquetas y las clasificaciones, la poesía no es un género literario, sino una sensibilidad atenta a las divergencias que alimenta una forma especial de mirar el mundo y se acompaña de una capacidad para transmitir esas emociones tanto a quienes comparten ese modo poético de ver las cosas, como –y esto es lo más difícil de conseguir– a quienes no están acostumbrados a dejarse caer en brazos de ese instinto que, si lo pensamos bien, está en el interior de todos los seres humanos desde el momento en que nacemos pero, tristemente, se suele ir diluyendo, perdiendo o abandonando en el camino hacia la madurez. Por eso es tan importante que la poesía, no como género –insisto, es una equivocación tratarla así–, sino como concepto se convierta en alimento literario de la infancia, es decir, que forme parte de la dieta de lecturas que ofrecemos a nuestras niñas y a nuestros niños al igual que les contamos cuentos y les damos a leer novelitas y relatos. Los niños y niñas llevan la poesía en los genes: la infancia es poesía, y conviene que no pierda el contacto con ella a medida que pasan los años. Para eso están los buenos libros.
Con frecuencia, sin embargo, nos olvidamos de esta necesidad y por eso hay tan pocas editoriales que apuestan por el lenguaje poético y por la etiqueta/género “poesía”. Por fortuna, para compensar, existen premios como el Príncipe Preguntón de la Diputación de Granada que ofrecen una oportunidad de publicar a quienes la practican. La última ganadora de este galardón ha sido la ya consagrada y ampliamente laureada poeta Ariadna G. García quien, con Las noches de Ugglebo, ha puesto de manifiesto la amplitud de miras del jurado de este premio al apostar por un libro que se sale de los cánones convencionales de lo que tradicionalmente se entiende como “poesía para niños”.
Y digo que se sale de lo convencional porque, en primer lugar, Las noches de Ugglebo no es un conjunto de poemas al uso sino un relato, un cuento con inicio, nudo y desenlace en el que se narran las peripecias de un joven búho vegetariano –el dato no es caprichoso– nacido en las regiones polares y decidido a descubrir el origen de los peligros que acechan al mundo animal y que se le aparecen en terribles sueños febriles de carácter premonitorio. Se trata de un relato, sí, aunque escandido en forma de versos bien medidos que confieren al conjunto un ritmo melodioso despojado absolutamente de rima, recurso comúnmente empleado en poesía infantil por sus indiscutibles valores en el aprendizaje, pero peligroso cuando se generaliza hasta el punto de establecer una paridad “rima=poesía” que es reduccionista y nada acertada.
Las noches de Ugglebo es un texto que mece, que acuna con un manto de palabras escogidas de una sonoridad y belleza impecable, con las que la autora construye sutiles metáforas que, junto a la ya mencionada medida de los versos y la propia construcción del libro mediante la fragmentación de la historia en poemas-instantánea, lo alejan de cualquier duda que pudiera surgir sobre su condición de obra poética: porque la poesía no es un género, sino una forma de mirar y de contar el mundo.
Más allá de los aspectos formales del libro, el contenido es un firme elogio a la naturaleza, un alegato ecologista cargado de valores como el respeto al medio ambiente y la conciencia del daño que la humanidad está causando al planeta en el que convive (a duras penas) con otros animales. Todo ello en un entorno polar que es ya casi un emblema en la obra de Ariadna G. García, quien no puede esconder su amor por las tierras nórdicas, protagonistas en sí mismas –más que los propios personajes que aparecen en la obra– de su poemario también premiado La guerra de invierno (Hiperión, 2013); y no en vano el blog de la autora se llama El rompehielos.
Cabe señalar el salto cualitativo en formato y diseño que han dado los libros de El Príncipe Preguntón desde que en el año 2012 se hiciera cargo de su edición directamente el Área de Cultura de la Diputación de Granada. Hasta entonces las obras premiadas veían la luz en la colección Ajonjolí de la editorial Hiperión. El formato de los libros era más pequeño, el papel de peor calidad carecían de solapas y las ilustraciones –más escasas– no eran a color, elementos todos ellos que han sido incorporados en la nueva colección y que mejoran notablemente el aspecto final de la obra publicada. En el caso de Las noches de Ugglebo, las bellas ilustraciones de Susana Román, absolutamente acordes con el tono del relato, completan un hermoso libro que, no obstante, tendrá que enfrentarse al mundo sin el amparo (en lo que a distribución se refiere) de una editorial comercial, y habrá de vérselas con la terrible codificación por edades a la que están sujetas todas las obras de literatura infantil y juvenil, y en la que no encontrará una fácil ubicación, puesto que no es un libro dirigido a los más pequeñitos –objetivo habitual de la mayoría de publicaciones de poesía infantil–, sino orientado a un tipo de lector ya autosuficiente y casi rozando la línea de la literatura juvenil. Confío en que las fuertes alas del joven búho protagonista sean augurio, con todo, de un próspero y exitoso vuelo hasta las librerías de muchos hogares y escuelas.

lunes, julio 18, 2016

Fuimos amigos, Mills Fox Edgerton


Ediciones Irreverentes, Madrid, 2015. 138 pp. 13 €

Pedro Pujante

La literatura actúa a veces como catalizador de emociones. A más de un escritor se le ha escuchado aquello de que no buscaba hacer pensar sino describir un paisaje emocional. A través de un texto se consigue explosionar un cúmulo de recuerdos, que al final, no son imágenes racionales de lo que hemos vivido, sino de lo que hemos sentido. La memoria es sentimental, es esa magdalena degustada por la emoción que nos convierte en viajeros mentales del tiempo.
Estas reflexiones me ha sugerido la novela Fuimos amigos de Mills Fox Edgerton (EEUU, 1931), políglota e hispanista, con una abundante obra en castellano. Esta historia, que parece haber sido escrita por un español hijo de la dictadura, combina dos espacios y los superpone para construir una ficción seductora e íntima. Por un lado, el dibujo preciso y acertado de la España de posguerra; por el otro, la geografía sentimental de un hombre que vivió este tiempo gris pero luminoso.
Como si hablase en voz baja, el narrador de Fuimos amigos desgrana historias y anécdotas en primera persona, sobre su propia realidad pero que convocan los fantasmas de un período de nuestra España: el franquismo, la censura, la penuria. Pero, no nos equivoquemos, este no es un libro político, o al menos, no es solo un libro en el que la política está presente. Esta pequeña historia es una sincera interrogación sobre la amistad, sobre el amor, sobre los borrosos límites de ambos sentimientos, sobre la propia tarea de VIVIR.
Novela-monólogo, de carácter testimonial, Fuimos amigos nos hace transitar el pasado, y nos devuelve estampas vívidas de nuestro país, pero siempre filtradas por la mirada tierna de un niño, de un joven, de un hombre de carne y hueso. De su curiosidad, de sus deseos de aprender de la vida, de la experiencia. Sus viajes a París, a Argentina, a otras ciudades de España. La cultura como puerta de libertad individual en una sociedad cerrada y, hasta cierto punto, angustiosa pero que consigue transformar el lodo de los años en arcilla existencial.
Quizá el mayor acierto de este libro esté en contar una historia leve, sin estridencias, pero con un gran peso emocional. Una historia –contada sin patetismo ni efectos especiales- sobre un tiempo duro y oscuro, pero iluminado por la mirada inocente de un narrador en busca de la belleza.
Un viaje por la memoria que te hará reflexionar.

viernes, julio 15, 2016

Marienbad eléctrico, Enrique Vila-Matas


Seix-Barral, Barcelona, 2016. 128 pp. 16,50 €

Pedro M. Domene

Enrique Vila-Matas convierte cada uno de sus proyectos narrativos en un experimento de autenticidad absoluta, y entonces explora las múltiples posibilidades que ofrece contar historias, y aun afianza ese propósito cuando convierte sus textos en auténtica literatura y se vislumbra así una mayor visión de su obra que se confunde con esos muchos autores que durante décadas han conformado una praxis literaria propia, y leyéndolo no resulta nada raro encontrar la huella de Samuel Beckett, Roberto Bolaño, Marcel Duchamp o Arthur Rimbaud que, en esta nueva entrega, Marienbad eléctrico (2016), rastreamos página a página, y que, como él, fueron autores que generaron formas distintas de un mismo discurso.
En un texto como Marienbad eléctrico, la literatura se convierte en el elemento central, puesto que, entre otras, ofrece perspectivas móviles, y nos invoca para disfrutar de citas y apropiaciones textuales que derivan a un formato válido y tan ensayístico como narrativo, y/o en el mejor los casos a una suerte de diario-progresivo que se ha venido ejecutando durante años, y en lugares distintos, aunque el café Bonaparte de París se convierte en el escenario donde ese intercambio de ideas, sin ninguna inhibición, conforma y afianza la amistad entre la artista de vanguardia francesa Dominique Gonzalez-Foerster fascinada por las realidades paralelas y las conexiones invisibles, sensible por las distancias relativas en el arte o el mundo de la imaginación, y celebrada porque experimenta con procesos distintos que abarcan disciplinas muy originales: diseño e instalación, escritura y fotografía, o proyecciones de video, siempre con una indagación constante del espacio y el tiempo para convertir su arte en materia literaria; y el escritor español, Enrique Vila-Matas, el autor de numerosos paradigmas en torno a esa nueva forma de “escribir novelas” que proyecta su obra a una dimensión tan plástica como universal, maestro de la autoficción, la metaliteratura, y dueño de un especial sentido del humor y de la ironía que caracteriza y se extiende por el conjunto de su obra, y aun añade numerosas reflexiones sobre el arte y esos lugares de una geografía reconocida como los que ensaya en sus textos. Y, en esta ocasión, el título, sin que eso signifique una obligada deuda, alude a la extraña fascinación del narrador por la película El año pasado en Marienbad, que dirigió Alain Resnais en 1961, con un no menos extraño e incompresible guión de Robbe-Grillet; pero, sin duda, es el recuerdo de la curiosa visión que tuvo el narrador durante los días que pasó en dicha ciudad.
Un libro como Marienbad eléctrico pone de manifiesto la extraña energía creativa que el paso de los años ha generado, tanto en Dominique como en Enrique, su incansable intercambio de ideas, y convierte el texto en un suerte de diario entre el narrador EVM y su interlocutora DGF cuyos comentarios sobre arte y existencia postulan a ambos en esa suerte de equívoco preconcebido sobre la vanguardia y los paradigmas que rodean al concepto universal de la creación artística. Y, por añadidura, muestra el delicado testimonio de esa perfecta relación de admiración, el recuento de una amistad que acoge tanto la incertidumbre como el desencuentro, incluso la objeción como ingredientes indispensables en sus respectivas obras.

miércoles, julio 13, 2016

Pimp. Memorias de un chulo, Iceberg Slim


Trad. Enrique Maldonado Roldán. Introd. Irvine Welsh
Capitán Swing, Madrid, 2016. 360 pp. 20 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Es curioso cómo estamos rodeados de elementos de una cultura tan ajena a nuestra experiencia de europeos de clase media como la del rap y el hip hop, con su exaltación de raza y su afirmación individualista particularmente masculina, que viene acompañada por una impúdica exhibición de símbolos de riqueza y una apropiación de la mujer como un adorno imprescindible del hombre hecho a sí mismo, o como la del género cinematográfico setentero del Blaxploitation, con sus detectives negros de pelo afro incontrolado moviéndose a ritmo de funk durante sus persecuciones automovilísticas por los bajos fondos de la ciudad. Es curioso, insisto, cómo a fuerza de toparse diariamente con ella en cualquiera de sus manifestaciones en cualquiera de los medios de comunicación que saturan nuestro cerebro llega a asumirse como propia, y sin embargo no llegamos ni a plantearnos cuál pudo ser el germen de esta corriente que hoy día nos avasalla. Pues bien, el origen parece encontrarse en estas memorias noveladas de Iceberg Slim (nom de guerre de Robert Lee Maupin), como nos revela en un documentado, apasionado y luminoso prólogo el autor de Trainspotting Irvine Welsh, que vincula con la evolución de la cultura afromericana posterior y con su propio universo de chaval inglés de clase obrera que creció en la infausta época tatcheriana. Y es que muchos se reconocieron, cuando no se inspiraron, en este muchacho que sufrió una vida dura en los suburbios, sumergido en un gueto propenso a la criminalidad propiciada por su ambiente de exclusión. Aunque también hay que decir que la mayoría prefiere ignorar el sentido último de lo que escribió, su historia de redencíón, y quedarse en la pura anécdota.
La narración se sumerge completamente en la psicología del personaje, como no puede ser de otra forma, en su jerga lumpen (afortunadamente hay un amplio vocabulario al final del libro que impide que se pierda el sentido de lo que se lee), y no ahorra en detalles escabrosos de todo tipo: una sexualidad desaforada desde la más tierna infancia, una madre que debe mantenerse a sí misma y a su hijo con trabajos a salto de mata a consecuencia de la nociva relación con un caradura de baja estofa, la miseria y el engaño que les rodea sin remedio. De todo esto les salvará un hombre que Slim considerará toda su vida como el elemento que pudo representar su salvación del marasmo que vendría después, un hombre generoso y cariñoso al que su madre acabó abandonando, contaminada irremediablemente por el veneno de la delincuencia, de lo que se arrepentiría demasiado tarde. A partir de entonces, la caída en el abismo será irresistible, llevándole hasta la cárcel, donde en lugar de reinsertarse en la sociedad, a consecuencia del pésimo sistema penitenciario americano se verá atraído a la profesión que marcaría su existencia a partir de entonces: el de proxeneta, con su cohorte de putas, del que nos aleccionará sin pelos en la lengua, como si de un manual de malas maneras y supervivencia a todo tren se tratase. Un manual para convertirse en el único héroe al que muchos afroamericanos creían poder acceder, dado el muro cultural invisible que los separaba del american way of life, en parte impuesto por el gobierno, en parte fomentado por un malentendido orgullo de raza que personificaron Malcolm X y los Panteras negras. Y de ahí a la actualidad.
Podríamos decir que lo que cuenta Pimp. Memorias de un chulo es una novela picaresca, de no ser porque se trata de un relato autobiográfico sin más moraleja que la que confiesa tímidamente en un mínimo texto previo el propio Slim, a la manera de aquellas novelas barrocas que declaraban su intención moralizadora a la vez que eran dedicadas a algún mecenas. Por lo demás, es un relato crudo, sucio, pero necesario, sobre un aspecto marginal de la cultura americana (y de la nuestra, gracias a la globalización), demasiado estilizado en ocasiones, que se convertiría en excusa y acicate para que la segregación fuese desapareciendo progresivamente, si es que los últimos sucesos policiales estadounidenses no nos hacen dudar sobre el verdadero estado de la situación en el país de las libertades por antonomasia.

lunes, julio 11, 2016

Como si fuera esta noche la última vez, Antonio Ansón


Los libros del lince, Barcelona, 2016. 216 pp. 18 €

Fermín Herrero

Como en la otra narración suya que conozco, de dylaniano título, Llamando a las puertas del cielo, que en su día me deslumbró, el zaragozano Antonio Ansón ha vuelto a arriesgar, aunque en un sentido muy distinto. Esta vez se ha propuesto, creo, y lo ha conseguido con creces, componer una novela que retrate fielmente la normalidad de nuestra generación, que ya va siendo talludita y se asoma, por tanto, al deterioro y al acabamiento, que ya sabe que, como todas, pese a sus fastos de juventud, es mortal e insignificante. No hay, pues, en Como si fuera esta noche la última vez –ahora ha acudido Ansón para el título a un bolero, en consonancia con uno de los hilos argumentales secundarios, de índole sentimental, y, en su polisemia, con el asunto principal de la trama- ningún aspaviento almodovariano ni subrayados nostálgicos a lo Trueba, ni siquiera un prurito de exhibición estilística.
Nada de eso, la novela se limita a mostrar, a través de las impresiones mensuales apuntadas en cuadernos escolares -tal y como hacía a escondidas su madre, aunque ella pergeñara breves poemas rimados-, a modo de diario, de Julia, la protagonista, durante casi un año, de julio a mayo, la vida común, por lo menudo, de cualquier persona de la clase media de entre siglos: matrimonio con dos vástagos, residencia en una urbanización, vacaciones divididas entre la playa y la montaña… El valor de la novela reside en cómo el autor eleva esa vida anodina, cómo es capaz, además a través fundamentalmente de una voz femenina, de encontrar el tono y el habla adecuados, sin que en ningún momento chirríe la prosa. Para ello se apoya en cierto perspectivismo, gracias a la alternancia de la voz diarística principal con apuntamientos a posteriori del hijo pequeño y aun de la hermana moderna, estupenda, cuyo snobismo muy de estos días se refleja mediante la transcripción de conversaciones sobre todo telefónicas.
Los cambios de punto de vista sirven para demostrar, por otra parte, el dominio de los diversos niveles del lenguaje, siempre coloquial, ya que, como hemos dicho, se evita cualquier atisbo de exceso léxico: en otro orden de cosas, pero hacia la misma sustancia, una de las mujeres lo razona: «el mejor maquillaje es el que no se nota». Pese a la gravedad de las líneas temáticas cabe mencionar el uso de la ironía, casi siempre piadosa, así cuando la hermana guay le explica a la protagonista que a su hijo, más bien torpe, «le encanta copiar frases en el cuaderno, me da que terminará de escritor, o periodista, porque es tonto y escribe bien».
También es apreciable el aliento lírico que subyace durante todo el desarrollo argumental, ya desde la obertura, toda vez que la constatación de lo eterno del mar frente a la eventualidad del veraneo a través del primer apunte del diario de Julia («nosotros tendremos que irnos y él se quedará»), con su runrún indiferente frente a lo efímero de nuestro paso por el mundo, remite a El viaje definitivo juanramoniano: «…y yo me iré y se quedarán los pájaros cantando». Este lirismo se manifiesta por ejemplo en las descripciones, tan escuetas como reveladoras, del pueblo de veraneo, aun siendo el del padre. No en vano, por cierto, es el mismo espacio entre imaginario y simbólico en que transcurría la otra novela que citábamos al comienzo. No es menos destacable el detallismo doméstico y sentimental, incluso terapéutico. Con mucha habilidad y precisión, por caso, se destapan las grietas decisivas cuando las relaciones íntimas o conyugales empiezan a erosionarse y se adivina el desastre. Un desastre que puede producirse cuando, al tiempo, la protagonista, profesora de instituto, se nota un bultito amenazante en el pecho –su madre murió de cáncer de mama- y recibe la llamada totalmente imprevista de su primer amor, el limpio, el verdadero, de los tiempos de la facultad, al que hacía definitivamente por Estados Unidos. Entonces es consciente de que la rutina matrimonial y el desgaste conjunto de un marido al que le falta un hervor y de la descendencia ingobernable ha mellado por completo su persona y va a tener que enfrentarse a sí misma, para hundirse o tal vez redimirse.
Ese es el espejo al que nos enfrenta Ansón para, vuelvo al principio, encararnos con nuestra insignificancia. Porque, aunque se recuerde el valor absoluto de cada vida, de toda vida («soy importante, sin embargo»), llega un momento en que empezamos a caer, no sabemos a veces ni por dónde, con el desconcierto propio de quien sabe que su existencia puede volverse definitivamente fantasmal ante la derrota segura frente a la muerte. Nadie sabe tampoco cómo afrontará ese momento crítico ni cuándo dejaremos de saber vivir. Esta novela cruda y seca aventura algunos caminos, no por usuales menos perturbadores.