martes, mayo 26, 2015

La noche del ilusionista, Daniel Kehlmann

Trad. Helena Casano. Nocturna, Madrid, 2015. 190 pp. 14,50 €

Santiago Pajares


La noche del ilusionista es la primera novela de Daniel Kehlmann, escrita en 1997. 18 años después de su publicación nos llega de la mano de Nocturna Ediciones. El autor tuvo que esperar hasta su sexta novela en Alemania en 2005 para alcanzar un exito fulgurante con La medición del mundo, el libro más vendido en el país bávaro desde el célebre El perfume de Patrick Suskind. Gracias a este éxito podemos disfrutar ahora de esta primera novela escrita cuando contaba veintidós años de edad y era todavía estudiante.
Este es un libro curioso, vivo, que fluctua de lo que parece una novela juvenil a un realismo mágico y acaba en un relato introspectivo del protagonista, casi un tratado psicológico de la magia a través de los ojos de Artur Beerholm, quien ocupa las páginas de este libro.
Artur no ha tenido una vida sencilla. Adoptado por un buen matrimonio, es mimado por una madre amorosa hasta que ella fallece a temprana edad y su padre, un tanto frío y distante, decide que es más cómodo mandarle a un internado en Suiza para poder comenzar una nueva familia. Allí, sólo, Artur tendrá a través de los libros sus primeros contactos con los trucos de cartas y el ilusionismo. Desesperanzado por una primera y fallida actuación, trata de encauzar su rumbo a través de la teología y comienza a dar los primeros pasos para convertirse en sacerdote. Un chico que ha pasado toda su vida meditando, no encuentra mejor vía que la comunicón espiritual con su creador a través de la oración y una vida sencilla y contemplativa. Pero cuando todo parecía decidido y el camino de su vida ya iluminado, la magia vuelve a cruzarse en su camino. De una forma casi casual asiste al espectáculo de unos de los mejores ilusionistas de su tiempo, Jan Van Rode. Lo que verá en ese espectáculo cambiará su vida para siempre.
¿Que es el ilusionismo? ¿Qué es un truco, en realidad? ¿Somos capaces de traspasar esa frontera para elevarlo a la categoría de arte? ¿Existe de verdad la magia?
Artur Beerholm comenzará a estudiar ilusionismo con voracidad, practicando una y mil veces hasta que sus propias manos son capaces de hacer los trucos sin necesidad de pensar. Porque si de verdad quiere engañar a los demás, primero se verá obligado a engañarse a sí mismo. Cuando todos los espectáculos de la ciudad le han hecho un hueco a sus actuaciones, él lo dejará todo para buscar al que él considera su maestro, Jan Van Rode, y le pedirá que le enseñe todo lo que sabe.
A partir de ese momento, Artur Beerholm descubrirá el precio que hay que pagar para convertir el ilusionismo y los trucos en auténtica magia.
Hermosa y cuidada edición de Nocturna Ediciones.

lunes, mayo 25, 2015

Terrestre océano, Tere Susmozas

Torremozas, Madrid, 2015. 124 pp. 12 €

Miguel Baquero

Existen, en mi opinión, dos conceptos antitéticos, como son la poesía y el cuento —o mejor, el relato, luego explico el porqué de esta puntualización—. Ambos conceptos pueden tocarse, por supuesto: existen relatos llenos de pinceladas poéticos y existen libros de poemas que siguen una ligera línea argumental. Pero distinta cosa, me parece, es integrar por completo ambas modalidades, que yo siempre había pensado refractarias, en un mismo texto.
Esto es lo que considero pretende la madrileña Tere Susmozas en este Terrestre océano, título tomado de un verso de Neruda. Hacer del cuento no una forma, más o menos poetizada, del relato sino una forma renovada e integradora de ambas voces. Con independencia de su extensión: todos ellos en general breves, hay cuentos de una sola página, otros que ocupan casi una decena divididos en semi-capítulos…. Con independencia también del tema que traten, sea el amor, la soledad, el dolor… El factor unificador de este volumen de cuentos —y aventuro ya que de toda la carrera de la escritora que aquí comienza— es esa voz, ese estilo o ese género en que se funden relato y poesía.
Por el nutritivo y esclarecedor prólogo de Ángel Zapata me informo de que esta manera de narrar/poetizar se quiere llamar “neosimbolismo” y ya la practican otros cuentistas de prestigio en nuestro país y asimismo es el factor diferenciador en muchos concursos de cierta categoría. En resumen, se trata de una forma nueva, o renovada, en que el cuento crece en torno a un motivo —un grito en la noche, un sonido lejano, una caja abierta, un trino de pájaros y por supuesto la salida o la puesta de sol— y no crece desde el primer al último renglón, como venía siendo la costumbre, de forma lineal, alrededor de un eje argumental, sino que se esponja, toma volumen, se envuelve en torno al motivo. “Crepúsculo casi helado sobre un puente”, “Sonido cíclico que arrasa”, “Percepciones de lo ausente”, “Pájaros a la deriva entre constelaciones”…son algunos de los títulos que componen este volumen. Nadie busque en ellos relatos claros, diáfanos, de los de planteamiento, nudo y desenlace —que no porque sean los que más tiempo llevan practicándose van a ser los mejores, por cierto, en eso estoy de acuerdo— pero a cambio es verdad que se encontrará “imágenes en movimiento” —valga llamarlo así, pues no acierto a decirlo de otra manera; en fin, a lo propio de la narrativa me refiero— teñidas de un gran tono poético, de ese sobrecogimiento repentino y esa claridad que de pronto nos asalta cuando leemos un gran poema.
Cierto es que el objetivo de un buen relato es provocar esa misma sensación como conclusión de un texto, y el de una novela como final de sus páginas: conseguir que el lector ande durante un tiempo como aturdido por lo que acaba de leer, pero Susmozas —y es respetabilísimo—, ha optado por hacer de sus cuentos no un bloque de texto que nos vaya a fascinar como remate, sino una sucesión de pequeños golpes poéticos, de pinceladas líricas, de frases, eso es indudable, de primera categoría que nos va sugestionando poco a poco a lo largo de las páginas. Dudo si emplear aquí la metáfora del cuadro que para apreciarlo debidamente hay que alejarse varios pasos en contraposición a la miniatura o a la orfebrería que hace necesario arrimarse todo lo posible y hasta ajustarse en el ojo un cuentahílos para apreciar la innegable calidad.
En todo caso, de arte estamos tratando en ambos casos, y yo invito muy sinceramente a quien pueda leer esta reseña a que se acerque al libro de Tere Susmozas y entre en contacto —si, como fue mi caso, no lo conocía, o no lo conocía así denominado— con el “neosimbolismo”, y con su apuesta por conjugar poesía y relato y formar un nuevo tipo de cuento. Tendrá mejores o peores resultados —este libro está entre los primeros, creo—, pero siempre conforta ver que bajo la rígida mole de los best-sellers y los escritores anquilosados hay unas corrientes subterráneas de agua en movimiento.

viernes, mayo 22, 2015

Música para feos, Lorenzo Silva

Destino, Barcelona, 2015. 218 pp. 18 €

Pedro M. Domene

Algunas historias se convierten en todo un reto y pese a los tópicos literarios, como escribir sobre la vida y la muerte, el amor y el desamor, la paz o la guerra, auténticas ficciones que se han venido contando a lo largo de la Historia de la Literatura, ciertas novelas, como las de amor, vuelven una y otra vez, y bucean en otras aguas para no caer en los tópicos y surgen, de alguna manera, de la mano y voluntad de su autor como una propuesta diferente, con la suficiente imaginación y capacidad creativa como para interesar a un lector poco acostumbrado a dejarse llevar por un sensiblero romanticismo, o una melodramática visión de la vida en común, pero eso sí una acertada prosa acompañada de reflexiones que complementan esa atracción mutua que experimentan, en este caso, los dos protagonistas de la nueva novela de Lorenzo Silva (Madrid, 1966), Música para feos (2015), la joven periodista, Mónica y el enigmático hombre maduro, Ramón. Y para ellos, como tal vez otros muchos, nunca podían imaginar donde empezaría su propia historia de amor: se conocen en un sórdido local de la eterna noche madrileña, donde tanto ella como él parecen estar fuera de lugar, ninguno pasa por el mejor momento de su vida, ni en lo personal ni en lo laboral, y en el caso de Mónica tampoco ve visos de superación; Ramón es hombre de pocas palabras, metido en los cuarenta, solo observa y durante esa noche, y aun en los siguientes encuentros, se obstina en parecer un misterio para ella, y no le revela a que dedica su tiempo. Tras esa extraña noche y torpe de alcohol, tras una mínima comunicación, contra todo pronóstico, cuando se despiden, ella nota que algo extraño, algo que se le queda revoloteando en el estómago, dirá textualmente, algo que no había conocido antes, y cuando Ramón la despide, y ella percibe que la ha dejado plantada, y posiblemente tomado el pelo, se dice que todo está bien y, pese a todo, la vida sigue siendo bella y no puede considerarse infeliz del todo. Así que quedan en volver a verse una semana después, un encuentro pendiente del mensaje de confirmación que tendría que enviar ella, en su mano queda no volverlo a ver; sin embargo, siete días después se reencuentran y la química, a veces tan esquiva y caprichosa, parece que empieza a manifestarse plenamente.
El resto de la historia viene contada de primera mano por la voz de Mónica desgranando su relación con Ramón desde su segundo encuentro, y el escritor, con una sutil visión y conocimiento, poniéndose en la piel de la mujer, desarrolla el proceso de enamoramiento de dos personas que saben que incluso a contracorriente han tenido la suerte de encontrarse para ser felices. Y mientras avanza el testimonio de Mónica, el autor irá dejando algunas pistas para que el lector vaya aventurando el posible desarrollo de la historia y su destino final; eso sí, aderezado a lo largo del texto de buena música, bandas sonoras que cada uno intercambia en los momentos de ausencia, mientras Mónica espera y solo vive su definitivo enamoramiento a través de Skype o los whatsapp con la acertada propuesta de la música para cada momento.
Lorenzo Silva lejos de hacer del libro algo previsible, hará que su relato se convierta en algo hermoso, porque no quiere esconderse detrás de embustes literarios ni malabarismos innecesarios sino que imprime toda la luz posible a su historia, la dota de la música necesaria, sus protagonistas se alejan de esa mentira tan extendida en la sociedad actual y sostiene que la relación amorosa que nos está contando se nos antoja más cercana, sin duda más próxima, pero sobre todo auténtica. Al hilo de todo lo dicho, la imagen de dos personas solitarias y desencantadas, dos perdedores resignados, que hasta su encuentro han vivido en dos mundos dispares y muy diferentes, y según Silva solo el amor parece que los une. La música en estas páginas nos acompaña, poco importa como acaba todo, sus protagonistas sabrán que toda historia de amor hay que vivirla hasta sus últimas consecuencias.
Música para feos, se convierte en un relato honrado y noble; no hay impostura alguna, ni siquiera un excesivo sentimentalismo, resulta que la historia de Mónica y Ramón podría ser la de cualquiera, aunque eso sí en cuestiones de amor, no cabe la cursilería ni el ridículo más absoluto, nadie se muestra indiferente porque como dejó escrito y cantaba Amy Winehouse, Nuestro día vendrá/ y lo tendremos todo,/ compartiremos la alegría/ que solo puede traer el amor.

jueves, mayo 21, 2015

La buena vida, Sara Fratini

Lumen, Barcelona, 2015. 120 pp. 14,90 €






















María Dolores García Pastor

Mujeres sensuales de contundentes anatomías pueblan las páginas de La buena vida, el libro ilustrado de Sara Fratini. Chicas curvilíneas, sensuales y felices, sobre todo felices, pese a sus inseguridades y sus miedos. Porque los miedos pueden, si no vencerse, al menos aceptarse para vivir con ellos en armonía, ese es el mensaje que encontramos en este libro. Eso es lo que nos muestran las féminas que pueblan las páginas de Fratini. Son desinhibidas, imperfectas y naturales como la vida misma, y eso es, probablemente, lo que hace que resulten tan atractivas y hará que muchas lectoras se identifiquen con ellas.
Sara Fratini, es una artista plástica e ilustradora nacida en Venezuela que se formó en Bellas Artes en España y siguió su formación en Francia. En su país de origen existe una desmesurada obsesión por la estética y se ejerce una enorme presión social sobre la mujer para que sea perfecta. Los dibujos de esta artista nacen como una reacción frente a este tipo de imposiciones para convertirse en un canto de libertad y naturalidad frente a esas mujeres escuálidas y perfectas que promueven actualmente los medios en casi todo el mundo. Otros rasgo característico de las mujeres que pueblan La buena vida son sus abundantes y enmarañadas cabelleras dentro de las cuales se puede encontrar de todo y que, según la autora, simbolizan las cosas buenas y malas que vamos arrastrando.
Todo comenzó durante su Erasmus en Italia cuando abrió una página en Facebook para obligarse a dibujar cada día. Al igual que ocurriera antes con Agustina Guerrero y La Volátil, el éxito que tuvieron sus ilustraciones en la red llamó la atención de la editorial Lumen que también apostó por ella. Sus viñetas ironizan sobre temas tabús como la regla, la depilación…y las redes sociales han contribuido a que este tipo de ilustraciones se conviertan en algo cotidiano. Sus dibujos en blanco y negro con un toque de rosa van acompañados de textos muy breves en clave de aforismo, consejo o proverbio. Optimismo en estado puro para el día a día.

miércoles, mayo 20, 2015

Domingos de agosto, Patrick Modiano

Trad. María Teresa Gallego Urrutia. Anagrama, Barcelona, 2015. 162 pp. 14,90 €

Ignacio Sanz

Otra novela de Modiano, es decir, otra novela enigmática, opresiva. En este caso publicada originalmente hace treinta años, en 1986 y que ahora, al rebufo del premio Nobel que le acaban de conceder, sale en España en uno de los sellos que con más constancia se ha ocupado de difundir su obra. Por cierto, la traducción magnífica, ya que consigue mantener el halo de misterio y neutralidad que uno supone en la obra original.
Como en otras novelas de Modiano lo que predomina aquí es la atmósfera de misterio envolviendo a unos personajes desconfiados, espantadizos, temerosos, unos personajes de los que sólo a cuentagotas vamos sabiendo de su verdadero pelaje. Parece que en cada página puede ocurrir algo trágico, algo sorprendente en medio de un laconismo invernal. El lenguaje tiene la virtud de descubrir pero también de ocultar, de presentar los hechos envueltos por una veladura.
Modiano es un maestro de la novela policíaca. Aunque nada más escribir la palabra uno se pregunta: ¿es verdaderamente policíaca Domingos de agosto? Y es que también en los géneros Modiano se mueve en terrenos resbaladizos por más que en la contraportada se aluda a Simenon. Podría ser considerada una extraña novela de amor escrita bajo la influencia del cine negro americano. Aparecen referencias a un actor muerto por una bala perdida, pero en realidad se tratan de referencias lejanas al cogollo argumental, aunque alguna pista nos dan sobre la procedencia de un diamante conocido como la Cruz del Sur, cuya posesión codician todos los personajes. Lo que no cabe duda es que estamos ante una novela redonda o si se quiere circular que nos va arrastrando en medio de una atmósfera desangelada y fría.
El narrador, un fotógrafo enamorado de Sylvia, se ve envuelto en una espiral de acontecimientos que lo van arrastrando, como a nosotros, los lectores, por callejones oscuros en medio de la grisura invernal por más que la historia cronológicamente comience en pleno agosto como refleja el título. Pero no, lo característico, lo que deja una huella profunda en el lector es el invierno, la habitación desabrida en una pensión en Niza que obliga a la pareja a buscar refugios habitables en cafés heladores, en cines sórdidos, mientras esperan el acontecimiento definitivo que les libere y les lleve lejos, por ejemplo a Roma, una ciudad hospitalaria donde la pareja sueña una vida ajena a las preocupaciones mundanas. Pero, ah, las trampas, los engaños, las sutilezas de los hampones… No, creo que no puedo seguir, que aquí, que aquí debo poner punto final a la reseña de esta novela que describe con tanta maestría la sordidez y la codicia del género humano. Por algo, digo yo, los sabios de Estocolmo, le han tocado con su varita mágica a este escritor francés tan sobrio y penetrante.

martes, mayo 19, 2015

Diario del búnker, Kevin Brooks

Trad. Joan Josep Mussarra. Destino, Barcelona, 2015. 304 pp. 15,95 €

Victoria R. Gil

«Esto es todo lo que sé. Que estoy en una vivienda de techo bajo, rectangular, toda ella de hormigón encalado. Debe de medir unos doce metros de ancho y dieciocho de largo (…) No hay ventanas. Ni puertas. Solo se puede entrar y salir en ascensor».
Así da comienzo el diario que Linus, un chico de dieciséis años, decide escribir cuando descubre que se encuentra solo y encerrado en un búnker del que no hay forma alguna de escapar. Ignora quién y por qué lo ha secuestrado, pero servirse de la libreta que encuentra, uno de los pocos objetos a su alcance, quizás sea el único modo de conservar la cordura.
Tras anotar las primeras sensaciones, describir el lugar y recordar el modo en que fue capturado, la soledad de Linus llega a su fin con la llegada de Jenny, una niña de nueve años, secuestrada al igual que él y con la que compartirá encierro hasta que las seis habitaciones dispuestas en el búnker se van llenando una tras otra con otras tantas víctimas del desconocido demiurgo que a partir de entonces decidirá quién vive y quién muere en su reducido universo.
Esta historia bien podría ser el argumento de cualquier moderna película de psicópatas o de alguno de los capítulos de Mentes criminales, esa serie de televisión que reúne el mayor catálogo de los horrores que la mente humana sea capaz de imaginar. Pero no, se trata de una novela juvenil con un tema tan duro e impactante como el cine dirigido a los adolescentes hace tiempo ya que viene ofreciendo, pero al que la literatura se resiste, quizás porque los jóvenes van solos al cine, pero muchas de sus lecturas las eligen sus padres o sus colegios.
A Kevin Brooks le costó varios años publicar Diario del búnker porque a los editores ingleses les costaba aceptar que una novela como ésta fuese adecuada para un público adolescente. Finalmente, no sólo consiguió que la obra viera la luz, sino que el año pasado obtuvo el prestigioso Carnegie Medal, premio británico de literatura juvenil, un reconocimiento que difícilmente recibiría en España, donde la narrativa para estas edades está constreñida por el corsé de los valores.
Personalmente, cuando un libro juvenil se vende con la recomendación de poseer grandes valores, siempre me echo a temblar. Los valores son como Clint Eastwood aseguraba en La lista negra que son las opiniones: «como los culos, todo el mundo tiene alguna». Y no sólo es posible que mis valores no coincidan con los del editor, sino que cuanto más dirigidas sean las intenciones de una novela juvenil, menos le apetece al joven leerla. Recuerda este libro, en cierto modo, a Nada, de Jane Teller, no sólo por su historia tan alejada de los temas clásicos del género y por haberse visto envuelto en la misma polémica sobre las lecturas inadecuadas para nuestros hijos, sino por el éxito que está obteniendo, lo que quizás debería hacernos reflexionar sobre qué asuntos les interesan realmente a los más jóvenes.
En Diario del búnker vamos a observar, al igual que lo hace el propio secuestrador a través de las cámaras que vigilan cada rincón de esa cárcel, cómo seis personas sin nada en común deben compartir un espacio cerrado y pelear por sobrevivir en él un día más. Es en las situaciones extremas cuando sale lo mejor y lo peor de la naturaleza humana, aunque en el apartado de lo peor, la historia nos demuestra que aún no hemos tocado techo. En este caso, lo mejor lo encarnan precisamente los personajes más jóvenes, quienes se muestran siempre solidarios y colaboradores, y nunca renuncian a sus intentos de fuga. Entre Linus y Jenny surge, incluso, un afecto sincero, capaz de unirlos sin importar las circunstancias que los rodean. De los adultos, tan sólo Russell, que sobrepasa los setenta años, se encuentra a su altura. El resto sucumbe a las peores debilidades, al egoísmo y la autodestrucción hasta cumplir la máxima sartriana de que «el infierno son los otros». El interior del búnker se vuelve entonces tan peligroso como el exterior desde donde el desconocido les vigila.
Es una novela dura, ya lo hemos dicho, pero tal vez lo que más nos cueste aceptar sea su falta de respuestas. Los adultos aspiramos a encajarlo todo en un puzle perfecto que ofrecerle a nuestros hijos como la fórmula exacta de la felicidad: Pórtate bien y todos te querrán. Estudia y tendrás un buen trabajo. Esfuérzate y serás recompensado. Pero cuando la fórmula no da los resultados esperados nos quedamos sin repuestas. Y si algo nos recuerda este libro es que las reglas de tres no se aplican a la vida. Y que ésta no suele molestarse en darnos explicaciones por más que nos empeñemos en pedirlas.

lunes, mayo 18, 2015

Paisajes en la memoria, Carlos Manzano

La Fragua del Trovador, Zaragoza, 2015. 226 pp. 15 €

Pedro M. Domene

El hombre no es más que historia, y existe en cuanto es capaz de recordar a través de su pasado, y consecuencia obvia de su propia memoria, tras una existencia que oscila entre un presente que se convierte en pasado, y ese incierto futuro como proyección de ese límite mismo que nos impone la vida, y aunque no trascribamos textualmente uno de los pensamientos del celebrado Pierre Chaunu, nos sirve para situar, inicialmente, la última propuesta narrativa de Carlos Manzano (Zaragoza, 1965), Paisajes en la memoria (2015), o mejor el relato de ese cruce de caminos que se nos antoja la juventud, y que solo vislumbramos cuando en la madurez sopesamos el tiempo que hemos perdido. Y algo de esto le ocurre a Ricardo, un adolescente de diecisiete años que, inesperadamente, se verá envuelto en una relación con una mujer que le dobla la edad y lo lleva al paroxismo de una intensa iniciación sexual de la que peor parte se llevará el joven que no comprende aun los mecanismos que rigen el amor, un sentimiento que, con su madurez, Sara le explica, «enamorarse no resulta lo mismo que sentir amor». La extensa primera parte, “Paisajes del Sur”, se desarrolla en Zaragoza, bastante explicita, contiene imágenes y situaciones de extremado erotismo y suponen para su protagonista masculino, despertar a una realidad insospechada y, fundamentalmente, un primer y brutal aprendizaje.
Carlos Manzano es sociólogo de profesión y bastante/ mucho se deja notar en su texto porque ha escrito una novela de perspectivas humanas y sociológicas muy ambiciosas; de un lado la visión adolescente y casi erótica del amor desde la visión de un inexperto, y de otro, la de una mujer casada y adulta cuya contemplación no pasa de una vulgar promiscuidad sin importarle mucho el trasfondo, o su vida privada; pero que, sin embargo, servirá al joven protagonista para vivir en un intenso enamoramiento sus continuas relaciones sexuales a que se ve abocado desde la iniciativa de esta extraña y asombrosa mujer que provoca la situación inicial en su propia casa, y no parece esconder nada. La perspectiva que ofrece Manzano de la adolescencia es esa etapa de conocimiento y reconocimiento, como le ocurre al joven, de aspiraciones, de secretos y, por qué no, de insospechados flechazos, adornado todo con algo de romanticismo. Ricardo pasará pronto de la atracción al enamoramiento, aunque a lo largo de sus relaciones, eminentemente sexuales, Sara le recuerda que el amor está un poco más allá y no debe confundir su atracción con el amor de toda una vida, que es como lo siente el joven. Fría y calculadora, Sara no esconde que puede tener otras relaciones, con un indeseable como Sabater, y después, con Abdul, el moro que su amigo Damián y él mismo habían socorrido en alguna ocasión anterior. Imprudente e impulsivo frente a la visión que esta mujer tiene de su vida amorosa, un joven celoso rompe esa tensión sexual que mantiene y quiebra la fidelidad que había mantenido con ella dentro de su extraña relación; es entonces cuando decide dar un asombroso paso, entrevistarse con el marido; un hecho que romperá la armonía orquestada por esa mujer madurada, la linealidad del relato y dará pie a esa segunda parte de la novela, y que Manzano titula, “Paisajes del Norte”.
Diecisiete años después, la acción se sitúa ahora en la ciudad alemana de Fráncfort, donde ya un maduro Ricardo tiene un trabajo, bien retribuido y no demasiado exigente como banquero, y finalmente ha roto con su pasado, vive en un modesto apartamento, y su vida sexual queda relegada a esporádicos encuentros con alguna compañera de trabajo; un día sorprende a dos adolescentes erasmus hablando español y parece que una de ellas le recuerda la voz de Sara, aunque no existe posibilidad alguna de una confusión, su antigua amante rondaría la cincuentena entonces. Lucía, una de ellas, se identifica y convierte en foco de atención porque el destino ha querido que esta jovencísima a quien un día conoció de niña, le justifique los años previos perdidos, y además lo ponga al día de la familia Contreras: sabrá que Sara ha muerto, y el marido vive al frente de una sus empresa, a la joven le quedan unas semanas de estancia en Alemania y tras unos esporádico encuentros que justifican la indiscutible introspección con que le narrador dota a su protagonista, acaba todo como ese proceso vivido a base de recuerdos y en los que la memoria se convierten en una episodio más de su propia historia personal, sobre todo cuando el pasado queda relegado finalmente. Y la realidad misma se convierte para él en un problema; o tal vez, son esas ideas acerca de la realidad las que le crean el problema, y solo cuando la afronta, de vuelta a Zaragoza, y dispuesto a coger un autobús a Guadalajara, entonces logrará comprender que puede empezar a vivir el momento.