viernes, enero 27, 2012

Daisy Sisters, Henning Mankell

Trad. Francisca Jiménez Pozuelo. Tusquets, Barcelona, 2011. 511 pp. 20 €

María Dolores García Pastor

El escritor Henning Mankell es mundialmente conocido por su serie de novelas negras protagonizadas por el inspector Kurt Wallander. Pero no menos relevante es su faceta de hombre comprometido y luchador por los derechos humanos que le ha hecho implicarse en numerosas causas. Mankell entrega parte de sus ingresos a organizaciones solidarias y se implica tanto en esas causas que, en ocasiones, ha llegado a poner en peligro su vida por ellas como cuando formó parte de la llamada flota de la Libertad que pretendía llevar ayuda humanitaria a la Franja de Gaza.
De esa vertiente humanitaria y comprometida han surgido también numerosos libros con transfondo social. Entre ellos podríamos destacar el ensayo Moriré, pero mi memoria sobrevivirá, en el que reflexiona sobre el impacto del SIDA en África, o la trilogía compuesta por las novelas La ira del fuego, El secreto del fuego y Jugar con fuego, en la que nos acerca a la complicada vida de las mujeres africanas. Daisy Sisters, su último libro traducido al castellano, se podría englobar dentro de esa parte de su obra destinada a denunciar y dar visibilidad a la injusticia. Se trata de una historia habitada por mujeres que pelean por sus derechos, que se enfrentan valientemente a sus problemas en un mundo de hombres y que poco a poco llevan a cabo sus conquistas cotidianas en el largo camino hacia su libertad.
El libro se publicó por primera vez en el año 1982 en sueco y está ambientado en la Suecia de la segunda mitad del siglo XX, concretamente entre la Segunda Guerra Mundial y las crisis económicas de finales de los años 70. Cuentan sus biógrafos que la idea de este libro nace a raiz de una reunión de operadoras de grúas celebrada en el municipio sueco de Borlänge en la que se pusieron sobre la mesa la complicada situación y la problemática de estas mujeres en la década de los 80. Mankell estaba allí. En la novela el autor nos muestra la vida de diferentes mujeres de clase obrera que toman sus decisiones condicionadas siempre por la presencia y el poder que ejercen sobre ellas los hombres y por lo que les supone el quedarse embarazadas y tener hijos. En concreto tres generaciones de mujeres de la misma familia que se enfrentarán de diferente manera al mismo problema: un hijo no deseado a muy temprana edad y siendo solteras. Sobre ellas caerá indefectiblemente la presión social y la discriminación por cuestión de género.
La historia se inicia con un breve prólogo y está dividida en cinco capítulos. Cada uno de ellos corresponde a un año, 1941, 1956, 1960, 1972 y 1981. Las elipsis, como se deduce a simple vista, son importantes. El libro se inicia con el viaje, casi iniciático (encontraremos alguno más a lo largo del libro), de dos muchachas a través de la frontera sueca en pleno conflicto bélico. Son las Daisy Sisters, como ellas se autodenominarán. Lo que sucederá en esos días determinará la vida de una de ellas y dará pie a lo que vendrá después. Es el origen de la verdadera protagonista. A partir de ahí van apareciendo diferentes personajes, la mayoría femeninos. Mujeres de clase trabajadora que sufren la discriminación y los abusos de los hombres, que deben luchar por todas y cada unas de las cosas que hacen, por llevar adelante cada una de sus decisiones. Mujeres que se equivocan, caen y vuelven a levantarse en una época en la que la mujer estaba supeditada al hombre, primero al padre y luego al marido, en un tiempo en el que darle una bofetada a la esposa estaba bien visto y la violación dentro del matrimonio no era considerada como tal. Sólo hay dos personajes masculinos que alcanzan cierta relevancia y van más allá de su papel de meros secundarios. Se trata del abuelo Rune y de Anders, el viejo cómico. Ambos destacan por su humanidad entre un elenco formado por hombres machistas y en muchos casos violentos.
Mankell escribe desapasionadamente, como un meticuloso notario que hace constar en acta los hechos y lo hace incluso en los momentos más duros o los más emotivos. No oculta ni minimiza las partes más sórdidas de la historia pero tampoco se recrea en ellas, de igual manera que no pone miel innecesaria. No hay juicios de valor, ni éticos ni morales. Y como suele ocurrir en otras de sus obras se observa un desarrollo de la acción algo irregular; cuando parece que nos encamina hacia un lado da un giro y se va hacia otro. Tardamos al menos dos capítulos en saber quién es la verdadera protagonista o hacia donde se encamina la historia. Y Eivor, la protagonista de Daisy Sisters, no es una heroína al uso sino más bien todo lo contrario, una mujer que se equivoca, que cae en los mismos errores una y otra vez pero que, pese a todo, sale adelante, resurgiendo cual ave fénix de sus muchas tragedias cotidianas.

jueves, enero 26, 2012

El erudito de las carcajadas, Jin Ping Mei II

Trad. Alicia Riquelme. Atalanta, Girona, 2011. 1620 pp. 48 €

Ignacio Sanz

A los chinos, tan comedidos y circunspectos, tan protocolarios, también se les calienta la sangre. Cómo no. Aunque, a veces, nos cueste creerlo desde nuestra perspectiva. Todo lo que nos ha llegado de Oriente ha venido filtrado por el peso de los rituales. Tanto en Japón como en China. Esas inclinaciones de cabeza tan ceremoniales que nos hablan de respeto y distancia. Por ello, nos creíamos que no perderían el control y mucho menos las formas. Pero no. Por suerte, cuando un chino se desata la coleta, se olvida de los viejos protocolos y obedece a las viejas pulsiones de la sangre, que nos igualan como personas.
El erudito de las carcajadas es una novela erótica, la primera novela erótica china. Antes de ser publicada en 1617, sus capítulos circularon sueltos de mano en mano para escándalo de algunos bienpensantes. Es, por tanto, una novela coetánea de El Quijote. Mucha aventura y mucha intriga recorre sus páginas descaradas y descarnadas en las que el sexo juega un papel fundamental.
Pero no solo el sexo abierto recorre sus páginas. También las costumbres. Era inevitable. En ese sentido la novela refleja una sociedad estamental muy jerarquizada. Cada personaje está muy marcado en función de la procedencia o del cargo que ejerce. Es decir, que nadie puede saltarse a la torera las normas. Aunque se las saltan. Por ahí comienzas los conflicto que derivan en una intriga riquísima. Hay muchas pendencias y mucho pendenciero salpicando las páginas de esta novela gigantesca en la que los personajes entran y salen como en las clásicas comedias de enredo.
«Este bribón es un monje. ¿Cómo puede ser que, en lugar de observar las reglas de la prudencia, pases las noches con una prostituta y bebiendo vino, alterando el orden de mi territorio? Asistente, lleváoslo y dadle veinte bastonazos. Queda revocado el certificado de ordenación y deberá regresar a la vida laica. En cuanto a la prostituta de la familia Zheng, que le apliquen el aprieta-dedos cincuenta veces y que regrese al prostíbulo, donde quedará al servicio de este tribunal.»
Es un párrafo elegido casi al azar, pero cuyo contenido supongo que sonará a los lectores familiarizados con cierta obras de nuestra tradición occidental, especialmente con La Lozana Andaluza o con La Celestina.
A veces el lector se pierde entre tanto enredo, entre tantísimo personaje como entra y sale, pero la lectura deja un regusto amigable y la certeza de que, pese a las formas, los hombres tenemos las mismas pulsiones y parecidos afanes, ya vivamos en Dinamarca o en Guinea Ecuatorial.
Buena parte de la narración está salpicada de poemas de aliento lírico que nos sitúan en una sociedad que muestra gran respeto por la naturaleza. Las ilustraciones muestran, a veces de manera descarada, las posturas que adoptan los amantes en los momentos de la coyunda.
En definitiva, El erudito de las carcajadas es una rara joya, una obra caótica, traducida y anotada puntualmente por la profesora Alicia Riquelme Eleta, un libro que tiende puentes entre dos culturas que han vivido de espaldas durante siglos y que ahora, por lo que parece, comienzan a mirarse de frente y hacerse cosquillas. Sea bienvenida.

miércoles, enero 25, 2012

Generación Tch!, Benjamín Escalonilla

Planeta-Booket, Barcelona, 2011. 334 pp. 8,95 €

Miguel Baquero

Antes de entrar en los aspectos literarios de esta novela, la primera de Benjamín Escalonilla (Barcelona, 1970), es preciso referirse a su parte “técnica”, a lo que la hace diferente respecto a otras obras que se editan en la actualidad. Publicada por primera vez en formato e-book, y concebida en gran parte para explotar las inmensas posibilidades de este nuevo modelo, Generación Tch! es una novela que, por ejemplo, presentaba en su primera edición electrónica numerosos hipervínculos a lo largo de las páginas para que, por medio de estos “links”, el lector digital pudiese acceder a contenidos visuales, musicales y de otro tipo. Al hacer su trasvase al papel, se han procurado conservar estas posibilidades. Así, el lector digamos “tradicional” o “gutenberguiano” se encuentra, al pie de algunas páginas, con direcciones web que teclear (si es su deseo, por supuesto) en el ordenador (si lo tuviera, también por descontado), a cuyo conjuro entrará en una páginas donde no solo se le muestran temas musicales, canciones o grafismos relacionados con la novela, sino también un blog en el que se mantiene la ficción se podría decir de forma ilimitada, porque dicho blog es, en la ficción, el diario o pseudo-diario que el protagonista sigue una vez concluida la acción de la novela. En resumen, es una muestra, quizás la primera, la más adelantada, de cómo la literatura puede llegar a cambiar no sólo en su práctica sino también en su concepción debido a las nuevas tecnologías. En este sentido, no hay duda de que Generación Tch! tiene un valor indiscutible.
Pero, evidentemente, este aspecto “técnico” apenas si tendría valor, más allá de lo curioso, si no estuviera acompañado por un componente “literario”. Y ateniéndonos solo a esto (evidentemente, el lector puede transcurrir a lo largo de la novela, en papel y en e-book, sin la necesidad de recurrir a estas herramientas tecnológicas) el lector encuentra que al fondo de ese despliegue novedoso hay una historia con sustancia y contenido, una historia, incluso, contada con el buen estilo y la sutileza psicológica de las novelas de siempre. En Generación Tch! se nos habla de un grupo de jóvenes a punto de dejar de serlo que discurren por la treintena pensando difusamente en “hacer algo”, en actuar u organizarse de algún modo contra los excesos del mundo comercial e industrial que nos rodea. Pero en el fondo, quizás, es también una rebeldía contra el tiempo que pasa, contra las viejas amistades que tienden a disgregarse, contra los gustos y las aficiones, que ya no tienen la frescura de otros tiempos. Incluso las relaciones amorosas caen ahora en unos largos silencios incomprensibles, en unas actitudes más tenues y calmosas que no son a las que los protagonistas estás acostumbrados. Y como recurso ante esta opresión indefinible surge un colectivo de lucha, de acción, de pegada de carteles, escándalo en los mítines, sabotaje de actos públicos… lo que sea que, de cualquier forma, los pueda redimir.
Es curioso que, debido a los avatares editoriales, Generación Tch! haya coincidido casi en el mes de su publicación con otra novela, como Ejército enemigo, que trata también de esto, de la reacción contra el sistema mediante la organización de un colectivo, colectivo que en la novela que nos ocupa no es tan violento y radical como en la de Alberto Olmos, sí en cambio más emotivo, ingenuo y esperanzado. Pero, por supuesto, lo que más asombro causa es que ambas obras coincidieran, durante el tiempo de su escritura la una, y ya editada la otra en formato e-book, con el movimiento 15-M, que, en gran manera y de una forma masiva como ambos autores nunca hubieran imaginado, vino a plasmar en la realidad toda esa inquietud.
No tengo duda de que en ambos casos estamos hablando de la existencia de un “signo de los tiempos”, de una fiebre en el aire que los escritores interesados en su realidad y sensitivos, creadores que andan con las antenas desplegadas, saben captar de una forma asombrosa. En el caso de Generación Tch!, esa recepción ha dado lugar a una novela viva, divertida, muy bien elaborada, con unos personajes de gran carga psicológica, una creación que no deja de causar sorpresa, aún más teniendo en cuenta que se trata de una primera novela, por la forma en que el autor ha conseguido dar forma a ese ambiente sociológico y hacerlo creíble y literario a través de sus personajes.

martes, enero 24, 2012

Sólo para gigantes, Gabi Martínez

Alfaguara, Barcelona, 2011. 408 pp. 18,50 €

Amadeo Cobas

Conocí la escritura de Gabi Martínez al leer (y reseñar para este mismo blog) su obra Sudd, y descubrí a un narrador talentoso, con gran pericia a la hora de graduar la tensión narrativa, sabiendo interpolar giros inesperados e imaginando situaciones casi inverosímiles, muy bien resueltas. A la par me sorprendió la estructura de su obra, sólida sobre una trabazón muy bien armada e inatacable partiendo de los rudimentos más básicos en esto del escribir. En Sólo para gigantes hay más oficio aún. ¿Por qué? Porque trazar la biografía de alguien es un camino delicado y largo que amenaza con volverse un páramo, un desierto jalonado por media docena de acontecimientos fundamentales en la vida del biografiado, que es la esencia única que alcanza a retener el lector. Magro premio tras muchas y tediosas páginas…
Esto no sucede aquí, desde luego. Porque Martínez utiliza una amalgama de géneros para diversificar y dar interés a su texto. Recrea pasajes transcribiéndolos como le fueron contados, y no por ende desdeña ficcionar para dar vida a lo oscuro; narra con omnisciencia al tiempo que recaba las opiniones de quienes conocieron a Jordi Magraner, el biografiado (no faltan entrevistas con la madre y hermanos del fallecido, sin ir más lejos); poetiza y engalana con citas el libro, mas no olvida la furia causada por un asesinato todavía impune (para lo que se vale de revolver entre las cartas que enviaba a la familia, el diario que escribía Magraner, a la sazón que intenta rescatar confesiones directas de sus allegados en tierras asiáticas). En resumen, para dar una visión más plural sobre los pensamientos de este naturalista se mete en la piel del escritor que investiga aunque no le asusta arriesgar su propia vida en esta investigación. ¿Qué logra con ello? Traer luz a la historia y un homenaje más que merecido.
Y es que en esta biografía Gabi Martínez nos traslada el mundo convulso en el que le tocó vivir al protagonista, en una región a caballo entre las tradiciones y desconfianza de las tribus pakistaníes y el ascenso fundamentalista de los talibanes en Afganistán. Un mundo y un proyecto de búsqueda al que casi siempre le sobraba ilusión y le faltaban recursos económicos; un mundo extraño para un occidental tildado de «cazabarmanus», aislado y con necesidad de fijar alianzas afectivas para combatir la inmensa soledad que oprime en las montañas a quien no tiene más compañía que sus perros alaskan malamute.
«Tendimos la lápida sobre el cemento y adornamos el contorno con piedras bien escogidas. No hubo discursos. Permanecimos dos, quizá tres minutos en silencio frente a la tumba. A las 18.59 abandonábamos la necrópolis.» Así de sencillo es a veces un recuerdo, así de lejano en la distancia; por eso es tan importante dar a conocer esta biografía y a este estudioso ya desaparecido: Jordi Magraner.
«Gorilas de montaña, grandes babuinos, elefantes pigmeos, caballos remotos…, cada cierto tiempo se descubren especies animales que se creían extinguidas o que sencillamente eran ignoradas». Desde esta premisa, sumada a una inquietud científica se puede partir a la búsqueda del barmanu, el hombre salvaje, el hombre velludo, el hombre de las nieves, el yeti («en tibetano, yeh significa bestia salvaje, teh, lugar rocoso»), llamémosle como queramos. Conociendo este dato podemos partir de la mano de Jordi Magraner, el investigador de origen español que se instaló en Pakistán, en concreto en las montañas del Hindu Kush, para localizar a este ser, vestigio de tiempo pretérito, eslabón más que perdido en el mundo actual, «reliquia» (según definición del científico ruso Boris Porchnev). Homínido del que se encontró un ejemplar, homo pongoides, denominado comúnmente hombre congelado por ser éste el estado en el que fue hallado, estudiado por el zoólogo Bernard Heuvelmans (quien inventó el término criptozoología para definir la disciplina que versa sobre el estudio de los animales ocultos). De estos antecedentes se nutre Magraner y se lanza a la aventura para lograr pruebas científicas de su existencia.
Tiene la obra de Gabi Martínez la virtud de despertar el interés por estos temas. En mí lo ha hecho. Si quieren saber más les recomiendo una visita a la página www.jordimagraner.com, creada por su nieta como un reconocimiento a este valiente, a este intrépido que arriesgó (y perdió) su vida por desvelar uno de los misterios zoológicos más tiznados de controversia. ¿Existe o es una fábula? Opine cada cual como quiera. Lo que es impepinable es que especies animales nuevas son descubiertas hoy en día: tiburones de un solo ojo, ranas dentadas, murciélagos, hormigas… En fin, para más información escriban en el buscador de www.nationalgeographic.com lo siguiente: «Halloween pictures: 9 spooky new species found».
Se sorprenderán…

lunes, enero 23, 2012

Richard Yates, Tao Lin

Trad. Julio Fuertes Tarín. Alpha Decay, Barcelona, 2011. 229 pp. 19 €

Cristina Consuegra

Richard Yates, el popular autor norteamericano responsable de Revolutionay Road (1961), da nombre a la última novela de Tao Lin, el jovencísimo escritor neoyorquino que tiene despistado a medio planeta con su inestabilidad literaria y sus singulares (auto)promociones. En Richard Yates, su autor nos presenta una historia que se debate entre la ambigüedad literaria y el agnosticismo de todo pelaje, y cuyo argumento resulta tan sencillo —chico conoce chica y poco más— que te hace desconfiar de lo leído, incluso de la finalidad de las palabras. Y es que cuando pensábamos que este escritor ya lo había hecho y dicho todo por captar la atención de los medios –espero que también piense en los lectores- con actos promocionales de singular extravagancia, Tao Lin lanza toda su artillería pesada para ofrecer un artefacto literario, otro juguete más con el que poder especular y experimentar.
En la que es su segunda novela, el ejercicio de la ficción queda reducido a la mínima expresión, depuración excesiva que se debate entre la premeditación, asunto que abordaré al final de esta crítica, o el abuso de la célebre goma de borrar borgiana. Richard Yates cobra vida gracias a los diálogos, mejor dicho, al intercambio de emociones y situaciones a través de un chat de Gmail entre una adolescente, Dakota Fanning, y un joven, Haley Joel Osment (sí, el niño de El Sexto Sentido), emociones a través de las cuales transcurren las vidas anodinas, aún por exprimir, de ambos protagonistas, y que abarcan todo el espectro posible de estados de ánimo, sus temores, inseguridades y frustraciones. La ausencia de descripción irrumpe en la historia como consecuencia del uso efectista del chat como motor narrativo, y las referencias, totalmente previsibles, no aportan mucho a la construcción de los personajes estereotipados.
Por lo tanto, qué decir sobre este libro, recurrir a una lectura lógica afirmando que es un título plano que no aporta nada al panorama narrativo, o hacer una parada en esta travesía Lector-Richard Yates-Escritor para reflexionar en torno al hecho creador. Desechando opciones inertes, la lectura en torno a la creación permite considerar la premeditación y sus circunstancias como latitud expresiva a la que Tao Lin intenta llegar. Consciente quizá de la época que vivimos, un tiempo en el que la cultura del esfuerzo no se valora, ni el conocimiento, en el que las habilidades sociales merman y el análisis crítico se diluye entre miles de palabras lanzadas al ciberespacio, Tao Lin, ofrece un libro acorde a esta realidad, por lo tanto, el debate no creo que deba centrarse en si es o no un mal libro, sino en torno a esa extraña pericia que el autor ha demostrado al facturar un objeto que parece hacer suya la teoría crítica de Baudrillard sobre el arte, según la cual dicha disciplina, como la escritura abyecta de Tao Lin, se edifica sobre la impostura y cuya intención reside en reivindicar el sinsentido de un tiempo.

viernes, enero 20, 2012

Cosmópolis (Del flâneur al globe-trotter), VV.AA.

Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2010. 304 pp. 21 €

Rubén Castillo Gallego

Muchos escritores se han sentido, a lo largo de la Historia, embriagados por el vértigo o la tentación del viaje; otros, menos líricos o aventureros, se vieron obligados por las circunstancias a desplazarse de su lugar habitual de residencia y conocer mundos nuevos, idiomas nuevos, nuevas costumbres. El tomo que lleva por título Cosmópolis (Del flâneur al globe-trotter), editado por Eterna Cadencia, nos ofrece una interesante selección de impresiones de viajes elaboradas por autores hispanoamericanos desde el siglo XVIII hasta la actualidad. La responsable de esta antología, la profesora Beatriz Colombi, es también la autora del prólogo.
En este vademécum encontramos pinturas espaciales y temporales, retratos agudos que ahondan en la idiosincrasia de múltiples pueblos y hasta descripciones pintorescas, extasiadas o malévolas, de monumentos, tipos humanos o ciudades europeas, americanas y asiáticas. Así, el mexicano fray Servando Teresa de Mier, en sus Memorias (1876), dibuja con desdén a los habitantes de la capital de España, atribuyéndoles una etiqueta harto vejatoria («Son cabezones, chiquititos, farfullones, culoncitos, fundadores de rosarios y herederos de presidios», p.37), costumbres de discutible gusto («Insultan a la gente decente», p.38) y valor de sinécdoque o resumen («Gente sin educación, insolente, jaquetona y, en una palabra, españoles al natural, que con su navaja o con piedras despachan a uno, si es menester, después de mil desvergüenzas», p.39). No más galana ni más complaciente es la visión que el argentino Domingo Faustino Sarmiento elabora sobre el monasterio de El Escorial, en el que advierte «un alma oprimida, helada, torva» (p.50), muy característica de este «extraño y espantable edificio» (ibíd.) que no le evoca al autor otras palabras que cadáver, pólipo o sepulcro. Ricardo Palma, mucho menos extremoso, nos da un paseo por la andaluza ciudad de Córdoba («donde César pasó a cuchillo a veinte mil partidarios de Pompeyo», p.141) y nos cuenta con enorme gracia una curiosa excomunión de golondrinas y los avatares de una escultura de mármol labrada por un morisco... con la uña.
Mudándonos a otros países veremos que la escritora Eduarda Mansilla, después de observar y analizar el papel de las mujeres en Estados Unidos, llegó a la conclusión de que el máximo objetivo femenino no debería ser la emancipación política, sino el influjo en la cosa pública por la vía psicológica o indirecta («¿Qué ganarían las americanas con emanciparse? Más bien perderían y bien lo saben», p.84). La peruana Clotilde Matto de Turner, por su parte, nos da una deliciosa estampa de Venecia, de cuando la ciudad flotante cobijaba a ciento cincuenta mil personas, allá por los comienzos del siglo XX. El guatemalteco Enrique Gómez Carrillo (cuyos auténticos apellidos, Gómez Tible, se cambió prudentemente para evitar las burlas y los chistes de sus contemporáneos) nos ofrece sus crónicas sobre París, Grecia o Japón, siempre llenas de detalles pintorescos y de observaciones notables. César Vallejo, por su parte, nos instala en un tren que cubre el recorrido entre Varsovia y Moscú, para mostrarnos a los dos ocupantes que encuentra en uno de sus vagones: una mujer de salud delicada y un médico que vigila su tos y su bienestar. Ella tiene una mirada azul, habla un francés defectuoso y demuestra tener ideas bolcheviques, mientras que el doctor que la atiende (bien vestido y de modales más que correctos) es burgués. Son, nos dice el poeta, «dos personajes que encarnan los dos frentes históricos de la revolución rusa» (p.245). Pablo Neruda, mucho más esplendoroso en sus adjetivaciones e imágenes líricas, nos mostrará algunos aspectos de Ceilán. Y el cubano Guillermo Cabrera Infante pondrá ante nuestros ojos el puente de Londres, cuyo deterioro se hizo evidente tras un estudio elaborado en 1970. «¿Qué hacer?» —se pregunta entonces el cronista, con su habitual sentido del humor—. «¿Dejar que el puente se cayera como auguraba desde hace siglos la canción de cuna? ¿Reparar lo irreparable? ¿Erigir un nuevo puente de Londres con nuevas piedras? ¿Fotografiar los japoneses el puente que cae?» (p.285).
Si le añaden a estos fragmentos que he seleccionado las visiones de Rubén Darío sobre los falsificadores de arte, de Paul Groussac sobre Chicago o de José Martí sobre Nueva York comprenderán que este libro puede deparar deliciosos ratos de lectura a quienes se adentren en él.

jueves, enero 19, 2012

Conversaciones sobre música, Wilhelm Furtwängler

Trad. J. Fontcuberta. Acantilado, Barcelona, 2011. 110 pp. 16 €

Coradino Vega

Toda vez restituido de su polémica actividad al frente de la Filarmónica de Berlín durante el nazismo, a lo que contribuyeron desde testimonios como el de Yehudi Menuhin hasta el reciente libro de Misha Aster The Reich’s orchestra, y dejado atrás el rechazo que suscitó ese papel manifestado entre otros por Thomas Mann o Toscanini, hoy pocos aficionados a la música clásica pueden dejar de reconocer que Wilhelm Furtwängler fue uno de los más grandes directores del siglo XX. Mediante su peculiar forma de manejar la batuta, con esos movimientos desgarbados como los de un «títere en una cuerda» (por utilizar la expresión de sus propios músicos), y que integraban a la perfección el espíritu y la lógica, el subjetivismo y el método, y el orden y la pasión, Furtwängler demostró el poder de la música para elevar a la humanidad y trascender la realidad más descoyuntada. Pero aparte de un extraordinario intérprete, el director alemán fue también ―como lo puede ser en la actualidad Nikolaus Harnoncourt, por ejemplo― un vigoroso divulgador de la música como prueban a su vez las reflexiones que, por expreso deseo de su viuda, fueron recopiladas y publicadas tras su muerte. A ese cuerpo pertenecen estas seis conversaciones mantenidas con el musicólogo Walter Abendroch en 1937, a las que se les ha añadido el debatido ensayo escrito por Furtwängler diez años después sobre la atonalidad y sus repercusiones en los oyentes.
Las seis conversaciones llevan, por este orden, los títulos siguientes: «Influencia de la obra musical en el público», «Distintas dificultades en la interpretación musical», «Lo dramático en las composiciones de Beethoven», «Acerca de la Novena Sinfonía de Beethoven», «La creatividad en la interpretación» y «El compositor y la sociedad». Sin embargo, son escasos los pasajes especializados que impiden aplicar su lectura a cualquier otra rama del arte. De hecho, todas las ideas que se desarrollan en ellas no sólo serían perfectamente aplicables a la pintura, la arquitectura o la literatura, sino que mantienen una vigencia asombrosa para todos aquellos creadores o diletantes preocupados por la hendidura abierta entre el arte contemporáneo y a quienes supuestamente va dirigido. El discurso de Furtwängler puede resultar en un principio altivo, conservador, hasta cierto punto normativo, pero leído con atención desprende una coherente contundencia, una subjetividad exenta de dogmatismo labrada desde el amor a la vocación de una vida, una amplitud de miras y una flexibilidad ―tan conocedora como comprensiva― que anula de inmediato la falsa y simplista primera impresión que pueda llevarse quien lo lea superficialmente o desde el prejuicio.
La idea que preside estos textos es hacer accesible a un círculo lo más amplio posible las múltiples experiencias y las maduradas ideas de un artista ante los problemas que el arte suscita, haciendo fructíferas sus preguntas por medio de un esfuerzo constante de una claridad expositiva que no vaya en detrimento del rigor ni de la exigencia. Así, en la conversación con la que se abre el libro, Furtwängler concibe al público como una «masa sin voluntad propia» cuya reacción (perezosa, instintiva y caprichosa) depende, sobre todo, de las circunstancias especiales del momento. Pero a partir de ahí analiza en qué consiste esa psicología del público y cómo la posteridad se basa en gran medida en ella: «En el arte, que es la expresión del hombre, sólo el hombre da la medida de las cosas». La primera condición para emitir un juicio relevante es dejar que pase el tiempo. Y muchas obras modernas no calan por esa falta de perspectiva pero también por su pretendida ausencia de claridad, dependiente en demasía del detalle y la conciencia técnica y alejada por ende de una estructura que abarque su conjunto. La música de Bach, Mozart o Beethoven perdura porque fueron creadas sin perseguir ese efecto. Pues el afán por buscar el efecto fue precisamente lo que empezó a abrir la irrestañable brecha que aún sigue abierta. El exceso de efectos, que Furtwängler observa a raíz de Wagner y de Liszt, fue en realidad un intento de salvar esa distancia entre público y artista, pero fracasa cada vez que trata de crear a partir de la comunidad en vez de crear la comunidad a partir de la obra: «Hay obras de arte que producen efecto porque quieren producirlo. Y las hay, a su vez, que lo producen por el simple hecho de existir. He aquí la causa de por qué el efecto en unas disminuye con el tiempo y en otras no». La cuestión estriba en expresar con claridad lo que se quiera decir, lo cual presupone una cosa: que alguien tenga algo que decir, o sea, atreverse a mostrarse como es, desnudo, sin ayuda de nadie. Furtwängler reproduce las palabras de Goethe: «Si alguien tiene algo que decirme, debe hacerlo claro y simple. Ya tengo bastantes complicaciones dentro de mí», porque, a su parecer, de esas complicaciones nace en buena medida el arte moderno que ha perdido de vista «las obras que los hombres necesitan y desean en lo más profundo de su ser», a pesar de que sus reacciones sean tan vagas e indecisas a primera vista.
En la segunda conversación, Furtwängler plantea lo «fácil» que resulta interpretar por ejemplo a Stravinsky o Debussy, y lo «difícil» que es extraer el alma de las a priori mucho más «fáciles» partituras de los «clásicos». Al virtuosismo es preciso añadir calidez, sensualidad y ternura de sentimientos: «En la música de los grandes maestros clásicos intervenían por igual los nervios, los sentidos, el temperamento y la inteligencia. Las partes se creaban con el todo y a partir del todo, y el todo se creaba con las partes». Eso es a lo que Furtwängler llama el gran contexto que, de alguna forma, ha perdido de vista el arte moderno en su evolución del todo a lo particular, renunciando a la integración de los distintos elementos. Al fijar su mirada en el detalle, los músicos se volvieron cada vez más incapaces de ver las relaciones mayores y tener en cuenta el todo convirtiéndose en síntomas más que en testigos de su época. Eso, además, deriva en la confusión que nos ha convertido en unos niños sin capacidad crítica, sin competencia para juzgar, a los que paradójicamente les parecen infantiles los clásicos. El intelecto le ha ganado la batalla a las emociones. Y el resultado de esa hendidura es una perfección fría, sin matices sentimentales que valgan, por lo que el arte está condenado a convertirse en un solitario «jardín de invierno». El oído del público no se ha desarrollado al mismo ritmo que la música. Pero, en lo básico, el alma humana no ha cambiado. Todo arte que pretenda representar una totalidad de experiencia es difícil, y así no resulta raro que lo aparentemente fácil sea lo más difícil, «pues ya no necesita la fuerza espiritual del hombre entero como medio de transmisión, no necesita ser representado e interpretado con el corazón, sino sólo con la inteligencia y los nervios».
Aunque Furtwängler insista en no generalizar, no deja de advertir cuáles son, a su juicio, los factores que hacen que la música clásica esté en peligro. La tarea del intérprete es menos técnica que espiritual. Por ello aconseja entrar en el alma de cada obra y autor: en la épica de Bach, en la engañosa fluidez natural de Mozart, en la alegría de vivir de Haydn o en el dramatismo de Beethoven, de quien curiosamente resalta su trabajoso empeño por simplificar en contraposición a las mitologías extendidas en torno al primer genio romántico. El camino del padre de la Novena más conocida de todos los tiempos consistía en ir del caos a la forma, es decir, justo en el sentido contrario del compositor contemporáneo que se empeña en la complejidad deliberadamente.
Por su parte, en la quinta conversación, Furtwängler se burla del intérprete que «ha aprendido a posar», robustece el carácter apolíneo de su dionisíaca forma de entender la música, y separa lo necesario de lo que sólo es artificio. Además, avisa ―como si se tratara de un recado a Karajan ‘avant la lettre’― de que una técnica estandarizada crea retrospectivamente un arte estandarizado, y recalca que si bien en el terreno de la técnica nos hemos convertido en titanes, en el de las emociones nos hemos vuelto niños. Leyendo entre líneas la conversación titulada «El compositor y la sociedad», se puede inferir que Furtwängler no fue precisamente el títere de Goebbels. En ella ironiza sobre la proliferación de teóricos y expertos, y sin tapujos sostiene que «la inocencia, una vez perdida, no puede recuperarse; [pero] los poderes realmente creativos sólo lo son en el estado de la inocencia», de ahí que la lucha de Wagner fuera la del artista moderno contra un entorno moderno en el que «se niega al artista toda soberanía, libertad y espontaneidad de expresión, se le prescribe lo que debe hacer y lo que no, lo que debe sentir y querer para poder contar con tener repercusión, [y] para ser “moderno”». Concluyendo: «El miedo al sentimentalismo no es sino miedo a algo que anida en el propio corazón».
Por último, el ensayo sobre la música tonal y atonal que cierra el libro sintetiza las ideas desplegadas en las anteriores conversaciones. Sin maniqueísmos ni censuras morales, Furtwängler llama al pan pan y al vino vino. ¿Por qué el público mantiene una actitud hostil hacia gran parte de la música contemporánea? Al respecto, Furtwängler procura huir tanto de los reaccionarios convencidos como de los superprogresistas, pero deja claro que toda obra se expone a ser contrastada con las otras, lo cual estrecha el marco contemporáneo hasta la asfixia obligándole a compartir su lugar bajo el sol con los Bach, Beethoven y compañía: pues «no puedo aceptar que, como sucede hoy a menudo ―por razones evidentes―, la nueva música y la antigua sean tratadas como dos mundos diferentes que nada tienen en común y se excluyen mutuamente; que el músico de hoy tenga que ser el enemigo irreconciliable del músico de ayer». Eso provoca una competencia abrumadora y deriva en un sistema de selección despiadado. Y aunque el arte nunca haya sido un asunto de masas, dice Furtwängler, no deja de tener comicidad cómo afloran cada día, aupados por la prensa, diez o doce genios cuando sólo ha habido unos pocos grandes artistas a lo largo de la historia. Pero Furtwängler no ridiculiza la música nacida al socaire de las doctrinas de Schönberg. La respeta. Resalta su valor y le reconoce el mérito de ser el signo del progreso, producto del clamor por lo nuevo, la exigencia teórica y el esfuerzo por avanzar a cualquier precio. No obstante, aclara que Wagner no fue su precursor, ni Mozart, ni Beethoven: cuando compuso su Tristán e Isolda, Wagner no se propuso inventar el cromatismo, sino simplemente encontrar la expresión musical más adecuada a sus necesidades poéticas. La teoría no debería preceder nunca a la práctica, sostiene Furtwängler, quien lamenta que el derroche de inteligencia que requiere la música atonal pague su precio con la falta de valores vitales: cuando el arte pierde el mundo como referencia y se reconcentra en sí, surge la desorientación y la incertidumbre. Por eso Furtwängler admira su libertad, pero teme su lógica consecuencia: «La antipatía de todo aquel que no está dispuesto a sacrificar su equilibrio biológico a las consideraciones del individualismo intelectual». Quizás se exceda, un tanto sospechosamente, a la hora de identificar tonalidad con «ley natural», pero le redime su apuesta por que coexistan ambas tendencias como la imagen más fiel de la época.
En definitiva, las reflexiones de Furtwängler, más que encendidas, son apasionadas, eruditas, didácticas, y contagian muy bien el brío con el que, desde el atril, interpretó legendariamente a Beethoven, Brahms o Wagner. Son el resultado de la exigencia moral de un artista que se preocupó por la evolución de su arte e intentó buscar respuestas a preguntas que aún siguen siendo objeto de debate. Pero, por encima de todo, son una perdurable declaración de amor a la música clásica.