martes, julio 22, 2014

Cómo saber si tu gato planea matarte, The Oatmeal

Trad. Óscar Palmer. Astiberri, Bilbao, 2014. 132 pp. 15 €

Deni Olmedo

The Oatmeal (avena, en castellano) es el pseudónimo tras el que aparece Matthew Inman, quien escribe, dibuja, programa y diseña la página web www.theoatmeal.com, una divertidísima página llena de cómics, historias y concursos. Encontraréis viñetas dedicadas a zombis o al cuidado de los caballos, además de las dedicadas a los gatos. Y aquí entra la editorial bilbaina Astiberri, que con buen gusto y mucho mimo, ha recopilado las historietas protagonizadas por estos pequeños sinvergüenzas y las presenta juntas en el volumen Cómo saber si tu gato planea matarte.
Y es que, como bien advierte el título, «si tu gato te trae un pájaro muerto, no es un regalo: es una advertencia». Una amenaza de muerte. Y para un newcomer en el mundo gatuno como yo, es una guía que ayudará a interpretar las señales que nuestro querido Felis Silvestris Catus constantemente nos envía. Si mi gato (uno de los cuatro que pululan por mi vida) tiene a bien palparme (como si me amasara) «no es que me tenga afecto, sino que busca los puntos débiles de mis órganos internos» o cuando «tras haber usado su caja, tu gato arroja arena inútilmente por toda la habitación, está practicando cómo enterrar cadáveres».
Bromas aparte, Cómo saber si tu gato planea matarte es una divertidísima sucesión de anécdotas gatunas. Podrán encontrar una guía (hilarante) de cómo acariciar a un gato. Ideas para regalos. Cosas que adoran los gatos. Diferencias entre pasear a un perro y a un gato. La relación entre los felinos e Internet. Una comparativa entre tener un hijo y tener un gato, con mucha mala baba (y bastante razón). También vamos a disfrutar de las historietas de Los Bobcats. Son dos gatos —que responden al nombre de Bob— que tienen una peculiar manera de vivir el día a día en una oficina. The Oatmeal nos hace un recorrido de sus aventuras y sus relaciones con los compañeros (humanos) de oficina de lunes a sábado: «Verás, Bob. He recibido cierto número de quejas sobre tu costumbre de golpear a tus compañeros en la cara para después salir corriendo del cuarto», o «Eh, Bob, ¿has recibido este correo referente a la reunión de hoy? No, he estado ocupado lavándome la entrepierna durante las últimas tres horas, ¿qué dice?». 
El estilo del dibujo pasa del minimalismo en secciones como "Ideas para regalos" o "Cómo tu gato te ve a ti" al más elaborado de Los Bobcats. Pero siempre recordando el estilo de series de dibujos animados como Hora de Aventuras. Desenfadado. Fresco. Divertido.
Cómo saber si tu gato planea matarte es una más que recomendable lectura veraniega, que arrancará carcajadas tanto por la hilaridad de las situaciones que plantea, como por el día a día gatuno que más de uno y una reconocerá.


lunes, julio 21, 2014

Petroglifos, Luis Vea

Baile del Sol, Tenerife, 2014. 56 pp. 9 €

María Dolores García Pastor

Petroglifos es el título del nuevo poemario del escritor y poeta barcelonés Luis Vea. Veintidós poemas agrupados en cuatro apartados ("Volcán", "Latente", "Alma de batracio" y "Petroglifos") en los que se respira la esencia de las islas Canarias.
Poemas breves, con una exquisita concreción de trazo, de pincelada precisa. Un minimalismo formal forjado a través de la materia prima que nace en las islas canarias: lava, ceniza, piedras, agua, arena.
Este es un libro de paisajes internos que se miran en ese espejo que es la orografía de las islas. Una vez más este poeta nos viene a confirmar que una de sus grandes cualidades es su capacidad para unir el paisaje y las sensaciones convirtiéndolos en un todo. El paisaje, al principio del poemario más descriptivo, deviene esencial a medida que avanzamos en la lectura.
Petroglifos es también un libro de contraposiciones. El volcán es la calma pero también la furia. Las islas son la libertad pero también el confinamiento. La relación del poeta con el archipiélago canario, forjada a través de numerosas estancias en las islas, se hace presente en todo momento.
Vea conoce muy bien el lugar del que nos está hablando y eso se nota no solamente en lo que nos muestra sino en el lenguaje con el que lo hace. Así viajamos por un texto en el que abundan los jameos, médanos, fumarolas, perenquenes y el picón.
El paso del tiempo es un tema presente en toda la obra de este autor en especial en su poemario Hachazo de metrónomo (2011). Viendo la extensión de la obra el lector no puede por más que preguntarse cómo se puede decir tanto en tan poco.

viernes, julio 18, 2014

El mundo de afuera, Jorge Franco

Premio Alfaguara de Novela 2014. Alfaguara, Madrid, 2014. 312 pp. 18 €

Pedro Pujante

El último Premio Alfaguara de Novela lo ha ganado este escritor colombiano, Jorge Franco (Medellín, 1962), con una historia conmovedora, impactante, cuyo argumento giran en torno a un secuestro. En otras novelas ya indagó en asuntos concernientes al lado más sórdido del mundo colombiano, como la inmigración (Paraíso Travel, 2001) o la subcultura de los sicarios (Rosario Tijeras, 2000), ambas llevadas a la pantalla. La trama avanza y retrocede en el tiempo para dibujar la historia de Don Diego, un millonario colombiano. Cómo conoció a su esposa alemana Dita, veinte años atrás, y la decisión de construir un castillo de ensueño que coronase Medellín. Un castillo que servirá de metáfora sobre la que se edifica esta historia.
Su hija Isolda, como si de una Rapunzel moderna y triste se tratase, vive encerrada en su castillo, en su imaginario fantástico de criaturas mitológicas, música de los Beatles y paseos mágicos por los jardines que hay alrededor de su palacio. Pero el lector se engaña si cree que estos ingredientes, extraídos de los cuentos tradicionales, nos traen un cuento de hadas. Por el contrario, la historia de El mundo de afuera, como dijimos al comienzo, es la historia de un secuestro, una historia de violencia. Una banda de delincuentes ha planeado y llevado a cabo el secuestro de un millonario, con la intención de pedir un rescate que los saque de la miseria. Además, El Mono, jefe de la banda, es un ser atormentado, que naufraga en un mar de conflictos interiores, y obsesionado con Isolda, la hija del secuestrado.
En capítulos breves, con digresiones cronológicas que avanzan y retroceden en la biografía de los personajes de un lado –el mundo burgués del secuestrado- y del otro –la fauna de desposeídos que malviven en los barrios marginales de Medellín- Franco nos relata, alternativamente, la crónica del secuestro y de sus protagonistas. Protagonistas bien dibujados, con claroscuros y bien definidos que harán que padezcamos compasión, pena, dolor, entusiasmo, asco, horror y toda la gama de sentimientos que configuran el espectro del alma humana. Franco ha sabido radiografiar, a través de un secuestro, todo un conjunto de seres dispares que se afanan por vivir en un mundo duro, y que, a pesar de todo, están sumergidos en sus soledades y miserias, en sus contradicciones y sus anhelos.
El tronco narrativo se sitúa en los años 70 del siglo XX. Los personajes, como se ha dicho, son reales, de carne y hueso, y eso es uno de los platos fuertes de esta truculenta historia que como ha dicho Sergio Vila-Sanjuán «arranca como un cuento de hadas y acaba como una película de Tarantino». Cabría matizar al respecto que la novela, a pesar de estar decorada levemente con pinceladas de ese mundo fantástico de los hermanos Grimm (el castillo medieval, la hija-princesa encantada del millonario que ensueña un mundo fantástico como la Alicia de Carroll) no deja de ser una dura crónica de la realidad colombiana, de la delincuencia y de los estragos que la miseria llega a causar en las vidas de las personas. Porque, bien es cierto que la redondez de los personajes nos dificulta la tarea de posicionarnos, de establecer una barrera entre héroes y villanos desde un punto de vista emocional, que no ético, por supuesto.
La humanidad de los seres que habitan El mundo de afuera, ese extrarradio más allá de las fronteras del castillo que se erige como metáfora de un mundo idealizado y desprovisto de dolor, impregna la lectura de este relato crudo y duro, un relato que nos hará reflexionar y convencernos de que el mundo de afuera está ahí, aunque nos impongamos fronteras para protegernos. De hecho, la colisión de ambos mundos, el ostentoso que existe dentro del castillo y el precario que se extiende afuera, produce la fuerza que dinamita todo este antirrelato de hadas.
La prosa de Franco es directa, exhibe un sólido manejo del idioma, diálogos realistas y pocas concesiones a los devaneos estilísticos; que con los giros propios de los coloquialismos del habla colombiana conforman una lectura creíble, cercana y apropiada a la historia y por lo tanto equilibrada. Jorge Franco economiza y nos narra una historia de un modo preciso y con un ritmo correcto.

jueves, julio 17, 2014

Leyendo a Agustín, Miklós Szentkuthy

Trad. Adan Kovacsis. Ediciones del Subsuelo, Barcelona, 2014. 193 pp. 18 €

Ricardo Martínez

En su día, el título A propósito de Casanova (editado por Siruela) firmado por este autor fue una verdadera revolución literaria en el panorama de la narrativa. Una expresión ésta que pudiera resultar exagerada pero que, a tenor de la riqueza del vocabulario (exquisito como pocos por su elegancia y efectividad), de su capacidad analítica (siempre el hombre y su complejo interior, ya sea en su relación con Dios, o la mujer, o ese Otro que somos, también, nosotros); por su sentido del humor a la hora de plantear, incluso, las situaciones más críticas —propias de un perspicaz observador— constituían, en verdad, una novedad jubilosa, un bien inesperado para el lector.
Ahora, en este título que nos presenta el sello editorial Subsuelo —destaca, sobre todo, por su exigencia en la calidad literaria de los textos— el autor, haciendo uso de las mismas armas de inteligencia y sensibilidad (acaso, tal vez, más afinadas por razón de haber tomado como "interlocutor" reverenciado por su valentía y osadía intelectual a San Agustín) nos expone un conjunto perfectamente encadenado de reflexiones en torno a Dios y el pecado, al hombre y la muerte, al destino como identidad y los intereses personales como justificación... Constituye pues una invitación a pensar, con argumentos nuevos y audaces, la relación del hombre con su entorno real-material y, al tiempo, con su significado espiritual o trascendente: «Si Dios consideraba un episodio tan de pacotilla los instintos del hombre, su individualidad, la carne y el lirio, hasta el punto de que es preciso librarse de ellos continuamente, ¿por qué no creó exclusivamente ángeles y almas? La Creación es creación de la materia, no el principio espiritualista de una élite espiritual.»
Podríamos decir que estamos, a la par, delante de un libro de sociología y de religión, de política y de amor; de humanismo entendido como una de las bellas artes de la vida, ello adobado con la ironía de que, tantas veces, se sirve la inteligencia para manifestarse. Suscribo, desde luego, las palabras que Mária Tompa utiliza en el prólogo: «reflexiones de impresión existencialista»: para hablar de sus lecturas (donde las referencias a idiomas como el inglés, latín, francés o aleman son oportunas y atinadas), de su idea del amor, de los acontecimientos políticos…
Hay un pasaje que, particularmente, me parece tan expresivo como lúcido. Es más, transitado por un contenido poético que para sí quisiera algún habitante del Parnaso. Dice así: «No se puede moralizar la muerte. No se puede considerar un castigo. Recuerdo una rosa en mi jardín de Sussex así como un nardo, un arbusto de gooseberry, que nunca hicieron daño a nadie, que me perfumaron, dieron poesía a mis rezos, alimentaron a las abejas, proporcionaron sombra a los pulgones errantes, hicieron, en general, patente que quizá sí merezca la pena vivir, ¿y qué les pasó? Se marchitaron, murieron sucios, nunca más volverán a aparecer… ¿Eran quizá pecadores?»
A este autor yo le asemejaría más a una inteligencia "activa" como Musil que no tanto a la "estática" de Borges. Cuestiones de apreciación, desde luego. Ah, y no se dejen llevar por la alusión a Agustín en la portada: es solo un pretexto para acceder, a modo de una razón dialéctica, a un mundo deslumbrante de observación humana, de capacidad de vivir, de pensamiento libre. Tal es la definición, el paradigma de este autor húngaro fallecido no hace muchos años y cuya lectura siempre será recomendable como ejercicio de salud espiritual (y, por añadidura, de invitación a la sonrisa, que es una de las mejores formas de vivir).

miércoles, julio 16, 2014

Los extraños, Vicente Valero

Periférica, Cáceres, 2014. 176 pp. 16,75 €

Cristina Davó Rubí

Vicente Valero (Ibiza, 1963) debuta en la narrativa de ficción –etiqueta que quizá no sea del todo exacta– con Los extraños, pero no es nuevo en esto de la literatura, pues es autor de seis libros de poemas, el primero es de 1987, entre los que destacan Teoría solar (1992) o Días del bosque (2008), reconocido con el Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe 2007; así como de algunos ensayos, Viajeros contemporáneos (2004), entre otros; de la correspondencia ibicenca de Walter Benjamin, Cartas de la época de Ibiza (2008); y editor de la obra de Juan Ramón Jiménez La estación total con las canciones de la nueva luz (1994). Por otra parte, resulta muy adecuado el nombre de la editorial Periférica para un libro como este, pues se trata de un conjunto de cuatro relatos, como poco curiosos, excéntricos, sobre esos parientes que se alejan de la familia en un determinado momento, por diferentes circunstancias, para erigirse como seres distantes aunque presentes, cuyas historias se convierten además en la crónica de una época.
“Breve historia del teniente Marí Juan”, cuyo protagonista es el abuelo materno, un ingeniero militar que acaba en el Sahara Oriental movido por sus ansias de aventura; “Reaparición y muerte de nuestro tío Alberto”, un as del ajedrez que regresa para morir; “Danzas y olvidos del artista Cervera”, sobre un tío abuelo homosexual y bailarín que cambió la sotana por los escenarios; y “La tumba del comandante Chico”, historia de un valiente del ejército republicano que acabó en el exilio, dan buena cuenta de los extraños de una familia, que no solo se distancian física y temporalmente sino además por su propia naturaleza. Así, no puede decirse de Los extraños que sea una novela, pero sí que los cuatro relatos comparten un mismo enfoque, un mismo hilo argumental, un mismo telón de fondo: la isla de Ibiza –alusivamente aparece a lo largo de las cuatro narraciones–, lo cual confiere al libro un fuerte sentido de unidad.
El narrador, hábilmente y con una prosa elegante, envolvente, de cadencia casi poética, rescata del baúl de sus recuerdos a estos extraños que de una u otra forma han marcado su existencia, como así lo hacen todos los miembros de una familia, directa o indirectamente. Un posible parecido físico, un rasgo de personalidad, una foto borrosa, una carta antigua, una anécdota infantil, dan pie a la reconstrucción (con historias contadas, viajes e investigaciones) de cuatro vidas a partir de la ausencia. Y como ocurre en todo proceso de escritura, la explicación última de uno mismo, en este caso de una forma magistral, sutil a la vez que valiente, en la pluma de Valero. Alejado de sentimentalismo alguno, Los extraños se torna en una manera de situar sus propios orígenes, su propia identidad.
Un relato, pues, sobre la memoria. Un relato basado en historias reales que, no obstante, destilan cierta esencia de ficción, pues no estamos ante un ensayo ni una biografía. Y eso lo consigue el autor ibicenco con el tamiz de la literatura, con sus estrategias de estilo y construcción narrativa. No es casual el orden de aparición de los datos, la inserción de aventuras y experiencias vitales de los protagonistas, la atmósfera creada, en general. Por si esto fuera poco, asimismo, van desfilando entre las líneas el amor, la pérdida, el dolor, como no podría ser de otra manera cuando de un tema existencial se trata. Pues no en vano estos extraños deben alejarse de su tierra y debatirse después con sus ganas de volver, o asimilar su deseo de no regresar jamás, dudas, vacilaciones, deseos conseguidos o frustrados, sensación de otredad…
Una demostración más de la versatilidad de Vicente Valero, de su talento creativo y de su habilidad literaria.

martes, julio 15, 2014

El alma de las cosas, Irene Gracia

Madrid, Siruela, 2014. 159 pp. 15,95 €

Pedro M. Domene

El mundo narrativo de Irene Gracia (Madrid, 1956) se mueve entre ángeles caídos e ídolos rotos, al tiempo que fusiona el concepto de mito y de realidad para profundizar en numerosos aspectos de la condición humana, y aunque algunas de sus obras temáticamente evoquen una literatura decimonónica, alejada de las tesis actuales, combina en sus planteamientos, de una manera magistral, la permanente vigencia de un fervor clásico y místico, caso de su anterior entrega, El beso del ángel (2011), un relato poético que se estiliza hasta llegar a una simbiosis arcaica, trasciende al clasicismo y se eleva mostrando un auténtico fervor piadoso para así explicar el concepto posesivo del mito del ángel del amor. Ahora publica, El alma de las cosas (2014), cuyo componente onírico y sobrenatural cubre la historia a contar y un aura omnipresente sobresale en sus páginas, un texto de cuidada factura y aun mejor expresión. El factor prodigioso, el mágico, el sobrehumano e inexplicable, incluso bastante quimérico conformaría el origen de esta singular novela.
Belisa, en otro tiempo una bella y mimada joven, una aristócrata arruinada con el paso de los años, está rematadamente prendada de las joyas que crea Platónides en su orfebrería “El Tiempo de la Plata”, por la belleza de las mismas, pero especialmente por los poderes que las delicadas creaciones trasmiten a su dueño una vez que este ha adquirido la joya. Pulseras que inspiran a su compradora para crear magníficas obras pictóricas, pendientes cantores que provocan que su dueña cante como los ángeles, broches que otorgan la capacidad de llevar a cabo maravillosas esculturas, toda una serie de maravillas, prodigiosas capacidades que trasmiten las joyas de Platónides que terminan por lanzar al estrellato a seis hermanas, artistas respetadas y valoradas gracias a los portentosos talentos que habían desarrollado portando las alhajas. Belisa, gran admiradora de estas seis mujeres, cae en el ansia por conseguir una de las poderosas joyas y así se lo hace saber a su padre que pronto descubre el secreto del orfebre y después de ofrecerle cuanto el anciano pueda pedirle se niega a cambiarle, lo único que este le exige: su reloj por la pieza elegida por la hija.
Belisa, verdadera protagonista, una vez descubre el misterio, casi al final de su vida, cuenta sus vivencias al poeta Adelbert, y debemos entender que ha deseado ser dueña de su destino, nunca podrá ser enjuiciada por el lector por sus ansias de poder y de belleza, al contrario, obsesionada por la magia de su diadema rechazará todos los bienes que su padre y sus pretendientes le ofrecen, y solo desea la joya por los dones y las vivencias que le transmite. Belisa admira cuanto han alcanzado las seis hermanas que poseen los talismanes transformadores de Platónides, y para ella las jóvenes se convierten en ese espejo que después de tantos años sea capaz de devolverle la imagen idealizada de su persona, e imagina a esa otra Belisa en la que se podría haberse transformado si poseyese la joya encantada, rememorar el pasado vivido, o vislumbrar ese futuro que aun desea.
La novela, la historia en sí misma, se inspira en el romanticismo germánico más preclaro, y resuenan los ecos de los cuentos de los hermanos Grimm o el destino adverso con que Goethe configuraba sus obras de amor, incluso resulta conocida la referencia al poeta Adelbert von Chamisso, personaje narrador de esta historia, conocido por el relato del hombre que perdió su sombra y recorre el mundo hasta recobrarla. Irene Gracia construye una novela que provoca una continua reflexión, aunque para ello deba recurrir al mundo de los sueños, a lo sobrenatural, o incluso a la fantasía para mostrar los numerosos miedos que continuamente socavan el espíritu del ser humano. Tan es así que lo abstracto se convierte en un sentimiento que se universaliza y alcanza todo el trasfondo de la novela.
Numerosas imágenes pueblan, El alma de las cosas, un texto con ecos mitológicos, sin olvidar el arte de la danza, la música, la pintura, la escultura, o la escritura, contado con un lenguaje actual, preciso y rítmico que aporta a la novela una plasticidad asombrosa para desarrollar la triste historia de Belisa, que emprende un extraño viaje hasta conocer esa zozobra humana tan característica: el mundo del deseo, del anhelo, de los sueños frustrados, la derrota, y finalmente la decrepitud física y la muerte. Las ilustraciones realizadas por la propia autora terminan de iluminar la novela.

lunes, julio 14, 2014

Después de la apnea, Lara Moreno

Ediciones del 4 de agosto, Logroño, 2013. 26 pp. 14 €

Daniel López García

Sostiene Lara Moreno que este poemario trata sobre una metamorfosis. Si seguimos el motivo que inspira la mayoría de los poemas de este cuaderno, esta transformación podría identificarse con el proceso de más o menos nueve meses por el que, tanto a nivel biológico como simbólico, una mujer adulta cambia de estatus mediante la creación de una nueva vida: una modificación marcada por una serie de cambios en el cuerpo que encuentran su correspondencia en otros producidos a nivel psíquico e identificados por el miedo, el deber, la obstinación y el encuentro de pulsiones contradictorias. Aparentemente, este sería el tema de este breve libro, pero no es la hipótesis que voy a defender en esta crítica.
Lara Moreno se dirige hacia otro terreno que conecta con aspiraciones y anhelos, con la necesidad de conocimiento y la capacidad del placer, de algo más profundo que está en la base de cada una de las metamorfosis, cambios motivados por la satisfacción de un empeño o capricho –el de Apolo por Dafne, la de Salmacide por Hermafrodito- y que apunta hacia la naturaleza propia del deseo, que libera pero al mismo tiempo aprieta.
En los primeros versos del poema que abre el libro, la escritora universaliza un sentimiento: «No hemos cambiado tanto y sin embargo somos enteramente otras personas». Con estas líneas la voz poética nos orienta hacia una visión que trasciende su propia circunstancia, apuntando hacia una característica que va más allá de la condición particular y que ejerce como marco del conjunto del poemario. Este poema de marcado tono generacional da forma a la expresión de una angustia motivada por el paso de los años, que se traduce en un cambio de mentalidades, y se materializa en la confrontación de los deseos del pasado con los hechos del presente, convirtiéndose en el eje del poemario, «aquello que pensábamos vivir/ aquello que no existe/ nos roza como el frío».
A partir de este poema, el resto desarrolla el motivo de la maternidad, circunstancia particular de la voz poética y cauce de expresión de su metamorfosis, como leit motiv que despliega y materializa el centro de otra angustia. Es decir, si bien existe una consideración y una expresión de las ansiedades e inquietudes propias del hecho maternal, estas sirven de excusa para mostrar otro deseo que se mantiene latente, cuyo sentido está en suspense y se sostiene de forma perpetua: «Guardo/ (…) la certeza de saber que quizá aún/ no haya experimentado la resaca más grande de/ mi vida». En este sentido, parece que apunta hacia un conflicto entre la razón y la pasión, de nuevo lo apolíneo y lo dionisiaco, entre la disposición a lo impulsivo y orgiástico, «Querría ser/ dócil/ y estar a merced/ de los elementos», y la aceptación del deber de una vida adulta, acaso responsable, y del paso del tiempo, impuesta en su caso por la condición de madre, «No soy cobarde./ Soy un trozo de piedra que erosiona.»
Por tanto, la visión que Lara Moreno expresa sobre la maternidad, lejos de quedar particularizada en un hecho de trascendencia genérica, se universaliza marcado por la asunción trágica ínsita en el mismo. Como en las metamorfosis de la tradición clásica recogidas por Ovidio, el reconocimiento del deseo supone una condena, la constatación de su naturaleza paradójica y ambivalente, por el que el reconocimiento de uno supone la renuncia de otros, el ajuste de equilibrios entre dos fuerzas contradictorias: «Mi cuerpo y mi identidad confiscados por la más dolorosa manifestación de amor/ (…) Ya nunca será lo mismo, tu huella es mi ruina y mi erosión; cuerpo, cotidianidad y alma».
Luis Cernuda escribe en unos versos «Sin deseo, ni empeño,/ el instante indeciso está dormido». Lara Moreno finaliza el poemario desde la duda «Yo no sé si soy la hiena o el antílope» por los que proclama, en conexión con el poeta también nacido en Sevilla, que el reconocimiento de esa duda alberga al menos un deseo y otra esperanza, la del paso del tiempo y el recuerdo de seguir vivos, «algo suave y muy mojado ha venido ha decirme que hay esperanza para ambos».
Lara Moreno repite que ella no es poeta, subraya que es narradora. Acaso la voz poética padece de esa forma narrativa, de algún término innecesario por caduco (philadelphia light, vitalinea), pero desde la opinión de este lector poco importa el cauce por el que se desarrolle, si apunta hacia un territorio donde se reconozca el deseo de tal manera y la necesidad del olvido.