lunes, abril 24, 2017

Corazones en la oscuridad, Joaquín Pérez Azaustre


Anagrama, Barcelona, 2016. 276 pp. 17,01 €

Pedro Pujante

Corazones en la oscuridad es la última novela de Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, 1976) después de Los nadadores (2012). Lo radicalmente original y sugerente de esta novela es la simbiosis entre la belleza de un lenguaje pulido y cuidado, de fraseado alargado y elegante, y la trama siniestra que se desarrolla en un ambiente aparentemente cotidiano, pero que tiende a sondear lúgubres episodios.
Los personajes de esta historia son seres desnortados que vagan por el túnel de la vida -quizá el título nos pueda ofrecer alguna pista- en busca de un sentido luminoso que difícilmente hallarán.
Hay tramos que se ofrecen a una lectura meramente realista. El conjunto de la novela, también. Sin embargo, el lector también será conducido por terrenos de escenografía onírica, en los que el lirismo del lenguaje permite acceder al otro lado de la realidad. La ciudad y los más consuetudinarios instantes que viven Nora, Águeda y los demás personajes parecen ser el reflejo, la metáfora de una historia interior que se insinúa, que ocurre en otro ámbito íntimo de la realidad.
Pérez Azaústre describe con minuciosidad la vida, lo cotidiano, los avatares de gente normal que vive abocada en los abismos inestables de la cotidianidad. Pero parece conminarnos a comprender que el viaje a lo bello, a lo universal arranca desde lo prosaico, lo terrestre.
Con una prosa exquisita, evocadora, precisa y atestada de belleza lírica, el autor consigue plasmar un mundo superpuesto, el reflejo de lo que sucede en el interior de unos corazones que caminan en la nocturna y temblorosa línea de la vida tratando de mantener el equilibrio.
La familia, las relaciones sociales, el dolor de reconocernos a nosotros mismos frente al espejo de lo propio, el olvido, secretos que el tiempo revela.... Temas antiguos pero que cada que vez que surgen renuevan la perspectiva sobre nosotros y nuestra existencia.

viernes, abril 21, 2017

El hombre pez, José Antonio Abella


Valnera Literaria. Cantabria, 2017. 268 pp. 18 €

Ignacio Sanz

La historia parece increíble. En Liérganes, un pueblo de Cantabria, se levanta una estatua dedicada Francisco de la Vega Casar, celebérrimo personaje local conocido como “El hombre pez”; había nacido en el siglo XVII y parece salido directamente de una leyenda. Pero no, la historia es contumaz y por muchas ramas que le hayan salido al árbol, ahí están los documentos que no hacen más que autentificarla. Parido con apuros en el río de su pueblo, se sabe que se cayó en la pila de agua bendita como si el niño tuviera una indeclinable atracción por el agua. Muy pronto desarrolló sus capacidades para extraer monedas del fondo de las balsas para asombro de los circundantes. Su familia era pobre y, por mediación de un cura el muchacho acaba emigrando a Vizcaya donde trabaja al servicio de un hombre que se gana la vida en el puerto. Allí desarrolla y perfecciona sus capacidades acuáticas para asombro de todos como si se tratara de un animal anfibio. Entre juegos y apuestas un día desaparece. Se le busca y la gente piensa que el mar se lo ha tragado, aunque no se encuentra el cadáver. Cinco años más tarde, cuando ya estaba olvidada la peripecia de aquel curioso chaval de Liérganes, unos pescadores de Cádiz atrapan en sus redes un extraño cuerpo que nada entre un grupo de delfines y que apenas balbucea unas pocas palabras elementales. Se trata del desaparecido Francisco.
¿Qué pasó en el interregno? Ahí está la magia del narrador para hacer creíble lo que parece inverosímil. Sospecho que si la historia se hubiera abordado desde una óptica localista y ramplona, apenas habría remontado vuelo y se habría quedado en una mera curiosidad pueblerina, una de esas leyendas pacatas con las que los historiadores locales suelen acaramelar la geografía. Pero la historia ha ido a caer en manos de un narrador envolvente que ya ha dejado señales de su amplio poderío narrativo. De ahí que, Abella, tomando al Hombre Pez como punto de partida, sin desdeñar los documentos y las tentativas literarias que han abordado la historia en el pasado, haya ido más lejos, hasta meterse en la médula del personaje. Y lo que nos ofrece es un hombre de carne y hueso, dotado de una insólita destreza acuática, un hombre que parece que no encaja en los parámetros convencionales y que podría tener como amante a cualquiera de las sirenas que surcan los mares convulsos de la imaginación. Pese a todo, el autor nunca pierde pie. De ahí que el relato esté salpicado de datos históricos contrastables, desde la partida de nacimiento hasta los documentos emitidos por el Santo Oficio, en cuyas manos se pone el descubrimiento de un tipo tan extraño y hasta sospechoso. Y así, partiendo de los hechos contrastables, la historia levanta vuelo al tiempo que se sumerge en un piélago fantástico al que también son arrastrados los lectores.
José Antonio Abella fue uno de los últimos agraciados con el Premio Hucha de Oro de cuentos; también ha sido premio de la Crítica de Castilla y León por La sonrisa robada, su anterior novela; El hombre pez confirma el alcance portentoso de la imaginación cuando una curiosa historia local, manoseada como una moneda, acaba en manos de un narrador de fuste.

miércoles, abril 19, 2017

Ciberadaptados, Antonio Manilla


La Huerta Grande, Madrid, 2016. 112 pp. 10 €

Fermín Herrero

Ciberadaptados de Antonio Manilla es un ensayo urgente, en siete capítulos breves, imprescindible para los que vivimos en “el mundo de ayer”, en acepción procedente de Stefan Zweig, recogida de un título suyo, con mucha propiedad, por el lacónico y atinado introductor del libro, el diarista y fiscal, ciberescéptico y ludita Avelino Fierro. Y es que a diario, como apunta el autor, constatamos el avance del otro mundo, el triunfante, que convive de momento con el nuestro, basta comprobar que alguien –amigo, familiar, conocido, saludado- que aún no lo había hecho en nuestra presencia abandona lo “analógico” y en medio de una conversación se pone a cotillear en su móvil o en cualquier otro gadget tecnológico.
Es un ensayo urgente si bien muy sedimentado y con unos cimientos inmejorables, que se interna a fondo en el vientre de la ballena de Internet para mostrarnos, desmenuzadas, sus propiedades hipermedia, multimedia e interactiva, sus rasgos, ventajas e inconvenientes, así como los análisis de sus defensores y detractores, porque, con una honestidad intelectual que últimamente, incluso en algunos afamados pensadores, brilla por su ausencia, Manilla apuntala sus certeros juicios con apoyaturas explícitas e indispensables: Sartori, Benjamin, Adorno, Fumaroli, Lipovetsky, Manguel, Bauman, Han, Debord, Baudrillard, Bauman, Muñoz Molina, Savater, Rendueles, Vargas Llosa
De entrada, acude a un sintagma acuñado por Juan Goytisolo que resume la amenaza de la uniformización, “La hora de Bizancio”, si bien ante la cacareada renuncia a los valores de nuestra civilización, “la deseuropeización de Europa”, pone en solfa el propio concepto, tan manoseado últimamente, de valores, a los que juzga más bien coartadas a posteriori de otras ansias o anhelos menos edificantes. Este sentir determina una de las líneas argumentales básicas del volumen: huir de lo trillado, no someterse nunca a lo obvio. Por poner otro ejemplo, siguiendo una intuición nada menos que de Macedonio Fernández, caracteriza a cierto tipo de internauta como “lector salteado”.
En realidad Manilla, con unos planteamientos en extremo originales, aborda el estado de la cuestión en torno a lo digital por entero. Lo mismo alerta del virus del optimismo de las filosofías idealistas que en general ha degenerado en regímenes dictatoriales e inhumanos que contra “el igualitarismo democrático estético” que tritura y reduce “todos los asuntos hasta dejarlos hechos un puré apto para el consumo desubicado e impersonal” o recorre a lo largo del tiempo la noción polisémica de cultura y su igualitarismo antropológico, tal vez heraldo de su arrasamiento y su mero caer en el entretenerse que caracteriza la sociedad de la imagen y el espectáculo; el paso de la Cultura de verdad, con mayúsculas, a la cultura de masas, ligera, sensacionalista, farandulera, desustanciada: el declive, si no desaparición –el golpe de gracia lo habría dado Internet, el particular Armagedón- de la alta cultura en beneficio de los estudios culturales.
Lo mismo penetra, sin digresiones ni lenitivos, en nuestro mundo globalizado, en su homogenización rasa y la concentración espacial en megalópolis, que constata el irreversible abandono del agro y la provincia o describe el campo de batalla entre tecnófilos y tecnófobos, la controversia entre el soporte de papel y el digital para los libros o los efectos perniciosos de las TIC en la enseñanza. Con igual discernimiento describe la invasión y asalto de la interculturalidad que refuta que la lectura instrumental de la Red vaya a liquidar la literaria.
En este sentido, aboga siempre por buscar modelos de convivencia y a la postre, tras sopesar pros y contras, se muestra moderadamente optimista, adopta una actitud abierta, más bien conciliadora, ve salida desde la hibridación y otros aspectos positivos, apoyándose, paradójicamente, en “el viejo profesor” Steiner, tan alejado y enemigo de las nuevas tecnologías.
Todo ello adobado con un estilo de escalpelo fino, con precisión quirúrgica, sin pomadas en boga o ideológicas de ningún signo. El escritor leonés es un rara avis, un privilegiado, por cuanto su escritura domina por igual, separándolos de raíz y con criterio, y mira que es difícil, verso y prosa, a la que aquí ha mitigado de sus brillantes fervores y donaires de articulista, sin regodearse ni cargar la suerte, para dejarla en su justa medida ensayística. Otro acierto más de un libro sensato y perspicaz, que enseña mucho. No se puede decir con más claridad y precisión lo que está pasando.

lunes, abril 17, 2017

Lola Vendetta. Más vale Lola que mal acompañada, Raquel Riba Rossy


Lumen, Barcelona, 2017. 168 pp. 16,90 €

María Dolores García Pastor

La editorial Lumen siempre ha apostado por los cómics para adultos. Desde que en 1970 publicara el primer libro de tiras de la mítica Mafalda de Quino no ha dejado de descubrirnos infinidad de nombres que van desde Maitena hasta Moderna de Pueblo, pasando por Agustina Guerrero, Sara Fratini o Flavita Banana. En su catálogo hay títulos de humor gráfico feminista, irreverente y mordaz, hecho por mujeres. Dentro de este apartado estarían todas las ilustradoras que hemos citado y, a partir de ahora, se une a ellas Raquel Riba Rossy, la creadora de Lola Vendetta.
Riba Rossy nació en 1990 y creó a Lola Vendetta hace unos cuatro años, cuando tenía veintitrés. Debutó en el panorama del libro ilustrado con Marta el hada mágica un poco desordenada (Tumbooks, 2014). Cuenta que el personaje de Lola Vendetta nació ante la necesidad de expresar lo que siente hacia las cosas que le molestan. Las frustraciones cotidianas la llevaron a crear la primera viñeta como una vía de desahogo frente a las presiones y los problemas. La colgó en Facebook igual que hizo en su día con sus creaciones Sara Fratini, por probar. Al principio no estaba muy segura de la aceptación que podría tener pero la respuesta del público fue inmediata y espectacular.
En poco tiempo, y gracias a su difusión en las redes, su éxito ha trascendido las cuatro paredes de su habitación y antes de la publicación de este primer libro ya era un referente en España, Colombia, Venezuela o Chile. Lola Vendetta es el alter ego de esta joven ilustradora catalana. Es un personaje inconformista, impulsivo, desvergonzado, sarcástico y visceral. A través de ella trata sin tapujos los conflictos de pareja, la frustración de las mujeres, su necesidad de emponderamiento, el machismo o cuestiona los parámetros convencionales del tratamiento de los efectos fisiológicos de la feminidad. Todo ello con un humor ácido muy al estilo Tarantino, con su protagonista repartiendo justicia katana en mano.
Cuenta Riba Rossy que a través de sus viñetas pretende normalizar los tabúes de la maternidad y la menstruación, cambiar la percepción negativa de la sangre intrínseca a ellos: la sangre es vida. Para ello encuentra la inspiración en la vida cotidiana y tira de una paleta de color en la que el blanco y negro de sus trazos se tiñe en más de una ocasión de rojo sangre. Lola Vendetta no tiene pelos en la lengua pero exhibe sin prejuicios y a modo de reivindicación los que tiene en las pantorrillas y las axilas. Anima al emponderamiento femenino desde el humor, reivindica la feminidad en su estado más puro y el feminismo más combativo. Una autora que dará mucho que hablar.  

viernes, abril 14, 2017

Poesía completa, George Orwell


Trad. Jesús Isaías Gómez López
Visor,  Madrid, 2017. 184 pp. 14 € 

Ariadna G. García

Cuando una editorial de renombre publica las obras completas de un autor, una espera que la obra lírica del escritor seleccionado sea de muy buena calidad, o cuanto menos –en el caso de que el autor sea un novelista excepcional, de prestigio consolidado a lo largo de décadas– que sus versos expliquen o complementen su universo literario, que den claves de lectura, que ahonden en los temas del resto de sus libros. En 2013, Salto de Página sacó a la luz la única antología poética autorizada por Ray Bradbury, Vivo en lo invisible, que tuve el honor de traducir junto a Ruth Guajardo González. Los poemas del mítico autor de Fahrenheit 451 se defienden por sí mismos, vuelan a gran altura, y además, nos descubren nuevos perfiles y matices de los grandes asuntos que aborda el californiano en sus textos narrativos. Su edición está perfectamente justificada. Ocurre lo mismo con otro insigne autor distópico: Aldous Huxley (autor de un Un mundo feliz), cuya Poesía completa corrió a cargo de Cátedra (2011). En cuanto supe que Visor editaba los versos de George Orwell, siendo como soy una entusiasta de 1984 y Rebelión en la granja, quise hacerme con él. Comparte traductor con Huxley. Sin embargo, mi decepción ha sido mayúscula. El volumen lo componen treinta textos, a los que hay que añadir algunos más sacados de sus novelas. De esos treinta poemas, quince los escribió entre los 11 y los 19 años, durante su etapa estudiantil. Es decir, la mitad del presente volumen nos ofrece una serie de poemas de un autor en busca todavía de su voz, donde no faltan las influencias –aunque sea para parodiarlas– de poetas como Coleridge o Kipling. Si Orwell, con el tiempo, se hubiese convertido en un poeta relevante, la lectura de estos versos quizás tuviese algún interés para estudiosos ávidos de fuentes y de huellas, pero me temo que Orwell no consta entre los elegidos del Parnaso. Este puñado de textos tienen la gracia de mostrarnos a un adolescente enamoradizo, crítico con las costumbres deportivas de su College, y ya comprometido con las causas políticas. No obstante, la traducción incurre en fórmulas agramaticales que menoscaban la relativa calidad de los poemas: «Venid, venid dulces olas/a lavar la fresca arena del mar./La tierra donde yo vivo venid a besar/pues vosotras venid de otro lugar» (p.55). Este último verso habría de haberse traducido en presente –y mejor con un heptasílabo–: pues venís de otra tierra. Otro ejemplo: «Alegres olas que cabalgáis en libertad/sin conocer ni el miedo ni la tempestad,/mientras yo deba quedar para veros saltar,/pues preso soy de las parcas». El penúltimo verso exige claramente el presente de indicativo, y no de subjuntivo –y con un alejandrino es mucho más eufónico–: yo debo estar aquí para veros saltar). Otro factor que devalúa las traducciones del volumen son los ripios y las rimas internas: “Y entonces, sube por el tronco con pata firme y lustroso como un ratón,/a encaramarse y exponerse al sol; todo el cuerpo y el cerebro/exaltados en la súbita luz solar, gozoso al creer/que el frío se fue y el verano aquí está otra vez./Pero veo yo las ocres nubes que se dirigen al sol/y una angustia que trasciende la razón/atraviesa mi corazón…” (p.121). Si bien es cierto que, a menudo, George Orwell recurre a estructuras estróficas fijas y a la rima consonante, el traductor no tiene porqué seguir dichos patrones si carece de tiempo para entregar al editor unas traducciones de calidad en su lengua materna. Un traductor debe ofrecer a los lectores poemas que funcionen en español, textos con alma, versos cuidados que respeten el original pero que no se encadenen a él. Si para ello hay que prescindir de la rima, se hace. Lo contrario, y a las pruebas me remito, es publicar poemas que nos sonrojan a algunos o que ahuyentan de los libros de poemas a otros. Con todo, hay en el volumen al menos tres composiciones que merecen la pena, pese a que tampoco se salvan de las críticas anteriores: «En una granja en ruinas junto a la fábrica de gramófonos de La voz de su amo», «Cuando los francos hayan perdido su poder» (escrito durante su etapa en Birmania, siendo miembro de la Policía Imperial) y, sobre todo, «De un no combate a otro». En el primero vislumbramos a un Orwell preocupado por el ecocidio; en el segundo, a un hombre que encuentra consuelo a su extinción pensando en el fin del mundo; y en el tercero, a un escritor involucrado con su tiempo que se ensaña contra aquellos otros literatos que no toman parte: «Pues mientras tú escribes los buques de guerra te van cercando/y escuadrillas de bombarderos espantan a los ruiseñores,/y cada bomba caída es una libra para ti/y los que como tú engordáis vuestras ventas con los rivales/mudos o muertos» (p. 145). En mi opinión, habría sido preferible seleccionar unos pocos poemas, pulir las versiones, revisarlas, cuidar más el ritmo de las mismas y presentar a los amantes de Orwell una antología breve pero intachable, que quieran conservar en las estanterías de su casa.

miércoles, abril 12, 2017

El lagarto negro, Edogawa Rampo


Trad. María Lourdes Porta Fuentes
Salamandra, Barcelona, 2017. 192 pp. 16 €

Jaime Valero

Si introducimos en una coctelera (o en el tambor de un revólver) las novelas clásicas de detectives del viejo continente, las publicaciones pulp de la Norteamérica de los años 20 y 30, la atmósfera enrarecida propia del género de terror, y lo regamos todo con un poco de imaginería oriental, podremos hacernos una idea del estilo literario de Edogawa Rampo, seudónimo con el que firmó sus obras más emblemáticas el escritor nipón Hirai Taro (1894-1965). Rampo es toda una institución en Japón. Lectores, críticos y autores por igual reivindican su legado, que incluyó, además de la escritura, una importante labor divulgativa del género negro y de misterio. Muchos de sus libros se han llevado con éxito al cine, la televisión, el cómic y la animación; y cada año se falla un prestigioso premio que lleva su nombre. Sin embargo, aquí en España es todavía un autor por descubrir, que apenas se nombra en las listas de clásicos de la novela policíaca, y su bibliografía en castellano es muy escasa. Por suerte, el interés por el noir oriental ha crecido durante los últimos años, lo cual ha propiciado que nos lleguen obras de autores contemporáneos tan interesantes como Natsuo Kirino, Mitsuyo Kakuta o Keigo Higashino, y que ahora, al fin, podamos asomarnos a los orígenes del género en el país del sol naciente.
El lagarto negro está protagonizado por el vástago más afamado de Rampo, el detective Kogoro Akechi. Un personaje que, al igual que el estilo literario de su creador, es un híbrido de diversas influencias. Las más notables son las de los míticos sabuesos Auguste Dupin y Sherlock Holmes, en lo que se refiere a su faceta analítica y a su obsesión por los detalles y por resolver crímenes. Pero Akechi también es deudor de los personajes pulp que dejaron su huella en folletines, tebeos y, posteriormente, series de televisión. Sin resultar tan estrambótico como algunos de ellos, sobre todo en lo que se refiere a la indumentaria (estoy pensando en personajes como La Sombra o Green Hornet), Akechi comparte con ellos el hecho de protagonizar historias donde la acción es tan relevante como la deducción, con tramas intrigantes donde los personajes y las situaciones están estilizados al máximo, y donde la atmósfera recreada tiene un punto de irrealidad.
Todos estos elementos se pueden detectar durante la lectura de El lagarto negro, ya desde sus primeros compases. Sin embargo, y aunque se trate de una de las novelas más emblemáticas del autor, no es la carta de presentación ideal para el detective Akechi, ya que su protagonismo queda eclipsado por la mujer que da nombre al libro, el lagarto negro, un seudónimo que le viene dado por el tatuaje que lleva en el hombro. Midorikawa, que así se llama en realidad, responde al arquetipo de femme fatale tan habitual en el género. Rampo se recrea con gusto en el tópico, creando un personaje tan sensual como maquiavélico, que siempre se sale con la suya gracias a la combinación de sus encantos físicos y su afilado intelecto. Conforme avanza la novela, Midorikawa va adquiriendo una personalidad cada vez más única, y en la recta final de la obra —la mejor de todo el conjunto— se convierte en un villano temible e inquietante, cuando descubrimos el siniestro museo privado que está creando en sus dominios, en el que se incluyen seres humanos.
Leída a día de hoy, con la mentalidad de un lector contemporáneo, curtido en el policíaco y todas sus mutaciones, El lagarto negro peca de ingenua y un tanto previsible, algo que solo podría haberse suplido si la novela se hubiera traducido antes, cuando nosotros mismos éramos lectores más ingenuos, ávidos de misterios irresolubles, mujeres perniciosas y detectives parcos en palabras. Pero, tranquilos, que no está todo perdido. Al haberse publicado originalmente por entregas, cada capítulo de la novela concluye con un enigma o un toque de atención que nos mantiene aferrados a la lectura. Además, la atmósfera que envuelve la trama es muy distinta a la que solemos encontrar en las narraciones detectivescas convencionales, y la maléfica sensualidad de Midorikawa dota de un toque de distinción al resultado final.

lunes, abril 10, 2017

Voces para un tímpano muerto, Miguel A. Zapata


Talentura, Madrid, 2016. 148 pp. 13 €

Pedro M. Domene

Miguel A. Zapata (Granada, 1974) es un experimentado coleccionista de historias, autor de una obra que podría catalogarse de fronteriza puesto que ha ensayado hasta el momento, con acertado acento, el microrrelato, Baúl de prodigios (2007) y Revelaciones y magias (2009), el cuento, Ternuras interrumpidas. Fabulario casi naif (2003) y Esquina inferior del cuadro (2011) y la novela, Las manos (2014) una historia muy fragmentaria, con digresiones de diverso calado, pausas y paréntesis, desvíos y abundantes desvaríos.
Existe una zona que el narrador granadino domina y ensaya, una y otra vez, ese espacio entre la melodramática realidad, lo anodino o el horror más absoluto que nos sorprende y abraza a diario, y buena muestra de ese obsesivo mundo propio, ofrece, en esta ocasión, Voces para un tímpano muerto (2016) que se convierte en una alucinante arquitectura de vocablos resistentes, o un serial de voces que se dejan oír tras la metafísica visión de una rabiosa actualidad. Zapata nos facilita la tarea, y divide su propuesta en movimientos o apartados: “Sinfonía para un amor bizarro en diez movimientos y una breve coda”, “El albarán del durmiente”, “Vuelos de un doctor en Filosofía alrededor de sus apuntes desordenados diez segundos antes de despertar”, “Cinco formas de tomar el té de las cinco”, y “De espacios y hombres”, cinco propuestas que contemplan auténticos espejismos cotidianos porque en estas historias encontramos devastaciones y mujeres que se arrancan los ojos y los ofrecen en las calles, verdugos que se sienten satisfechos con su trabajo, o se disfruta de la bendición de los hijos; excelente el tratamiento y la técnica del cuento en el siguiente apartado, significativo el primero de todos, “Matrioska sentimental” cuya trama se sustenta sobre las posibilidades que nos ofrece el mundo de la imagen y el espejo de la escritura, o aún mayor consideración merecen los relatos, “Finis gloriae mundi”, esa infancia, en ocasiones, olvidada aunque recuperada en el tiempo, y la constante evocación de la memoria, ese continuo retorno que sufrimos en nuestra vida, como se cuenta en “Historia de este vaso”. Hasta aquí sus propuestas subrayan esa visión postsurrealista que han ensayado algunos cuentistas actuales, léase Ángel Zapata, y que establecen una firme comunicación con lo onírico, nos les falta un agudo sentido del humor, ese que confiere a todo el justo nivel de lo absurdo pero resulta fácilmente reconocible por un lector inteligente y, sin duda, lo convierte en el apartado más sugestivo y aun más desasosegante del conjunto.
En la tercera parte, los “vuelos”, numerados en un calculado desorden se suceden, y suman voces que convierten esos instantes u otros momentos vividos en alucinantes visiones de preclaro lirismo en que, Zapata, cultiva el misterio de la palabra; el resto se traduce en la gozosa visión del granadino sobre relaciones familiares, horrores cotidianos y domésticos, identificación de semejantes, y en la mirada, tan sabia como precisa, sobre la arquitectura urbana de nuestro alrededor cotidiano y, por extensión, de nuestro viejo mundo.
Miguel A. Zapata escribe Voces para un tímpano muerto con absoluta libertad, con un lenguaje adecuado expone una serie de historias y situaciones de la vida cotidiana en las que la realidad traspasa el umbral del absurdo y recuerdan, en una proyección diferente, al espacio de Kafka, de Tomeo o Monzó sin que la apreciación, evidentemente subjetiva, presuponga deuda, sino más bien halago de una literatura ejemplar.