viernes, noviembre 27, 2009

Relatos autobiográficos, Thomas Bernhard

Trad. Miguel Sáenz. Anagrama, Barcelona, 2009. 496 pp. 21.50 €

Rubén Castillo Gallego

Thomas Bernhard (1931-1989) es un escritor que puede provocar en sus lectores unas reacciones auténticamente viscerales, a favor y en contra. Para unos, se trata de uno de los mejores narradores del siglo XX; para otros, de un insufrible prosista que maneja las espirales, las redundancias, los paralelismos sintácticos y las reiteraciones léxicas con una enervante prolijidad. La editorial Anagrama, con el auxilio traductor de Miguel Sáenz, nos ofrece ahora en su catálogo una obra de dimensiones mastodónticas (bordea el medio millar de páginas) que contiene todas las páginas autobiográficas del austríaco. Los volúmenes El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño nos van entregando, con la morosidad y el desgarro habituales de Bernhard, su universo de miedos, vacíos, frustraciones, convicciones y traumas. Mediante frases prolijas, elongadas, llenas de subordinadas, raíces, ramas y recovecos, vamos penetrando en su época de interno en Salzburgo; en sus estudios de violín, tan fascinantes como breves; en el agobio que le producían sus preceptores pro-nazis; en el primer bombardeo que sufrió su ciudad, en octubre de 1944 («En la acera, delante de la capilla del Bürgerspital, pisé un objeto blando y, al mirar ese objeto, creí que se trataba de una mano de muñeca, y también mis compañeros de colegio creyeron que se trataba de una mano de muñeca, pero era una mano de niño arrancada a un niño», p.35); en el olvido voluntario que todo el mundo parece haber decretado acerca de quienes vivieron aquellos años atroces («Hay un cine en el lugar donde en otro tiempo hubo una fonda en la que la señora de Hannover me daba clases de inglés, y nadie sabe de qué hablo cuando hablo de ello, lo mismo que todos, al parecer, han perdido la memoria en lo que se refiere a las muchas casas destruidas y personas muertas de entonces, lo han olvidado todo o no quieren saber nada de ello cuando se les dirige la palabra», pp.40-41); en su abuela, que lo llevaba todas las semanas a visitar cementerios, criptas y tumbas; en su época como aprendiz en el almacén de Podlaha, en el poblado de Scherzhauserfeld, donde se siente por primera vez en su vida útil (repite esa palabra obsesivamente en muchas páginas de este volumen); etc. Con una morosidad especial, donde las frases se convierten en galerías subterráneas, llenas de sofoco, aire viciado y carácter letánico, Thomas Bernhard nos entrega este denso vademécum de dolores, en el que arremete contra la ciudad de Salzburgo («Creo que esta ciudad nada tiene que ver conmigo, porque no quiero tener nada que ver con ella», p.51); contra las ideologías, sean del signo que sean («Tanto el nacionalsocialismo como el catolicismo son enfermedades contagiosas, enfermedades del espíritu y nada más», p.83); contra el sistema de enseñanza tradicional (propone que los institutos de enseñanza secundaria se supriman, y que queden sólo las escuelas elementales —para todos— y las universidades —para aquellos dotados de más cerebro—); o contra la ampulosidad de los pedantes («Cuando habla un hombre sencillo, es una bendición. Cuanto más culta se vuelve la gente, tanto más insoportable se hace su parloteo», p.405). Thomas Bernhard demuestra en estas páginas que su capacidad analítica y la agudeza de su pensamiento son tales que el mundo entero puede convertirse en continuo objeto de su contemplación y exégesis. Ese reconocimiento no es obstáculo para señalar que, en determinadas páginas de este volumen, su repetición de términos o la forma pegajosamente reiterativa de su sintaxis llegan a extremos quizá excesivos. Por ejemplo, en la página 49 nos encontramos con esta secuencia: «Durante diez días estuvo mi abuelo expuesto en el cementerio de Maxglan, pero el párroco de Maxglan denegó su inhumación porque mi abuelo no estaba casado por la Iglesia, la mujer que dejaba, mi abuela, y su hijo hicieron todo lo humanamente posible para conseguir su inhumación en el cementerio de Maxglan, que era el que le correspondía a mi abuelo, pero no se permitió su inhumación en el cementerio de Maxglan, en el que mi abuelo había deseado ser inhumado»... y continúa así durante más líneas, en una pirueta cansina que no te deja avanzar por el relato. Y en la página 95 (me ceñiré a dos ejemplos) repite hasta diecisiete veces la palabra ‘instituto’. Con todo, hay que leer a Bernhard. Sin duda nos encontramos ante uno de los puntales de la prosa del siglo XX, y conviene que bebamos en esa fuente que Miguel Sáenz y Anagrama nos ponen, en un cuidado tomo, al alcance de la mano.

jueves, noviembre 26, 2009

La raíz rota, Arturo Barea

Salto de Página, Madrid, 2009. 405 pp. 21,95 €

Recaredo Veredas

Arturo Barea es conocido, sobre todo, por haber escrito la trilogía autobiográfica La forja de un rebelde donde describe, con coraje y un considerable vigor narrativo, la España de la decadencia colonial y la guerra civil. Aunque La raíz rota sea una novela protagonizada por personajes ficticios podría considerarse la continuación de la trilogía, ya que muestra los desastres de la posguerra. Como pretexto para ello escoge el regreso de un exiliado desde Londres y el reencuentro con su familia, destrozada por la represión y la pobreza. El título adelanta con nitidez el tema central de la obra: el desarraigo.
Antolín, el protagonista, parece un correlato del propio Barea, aunque este nunca regresara a España. Hallamos a un personaje dividido entre la fidelidad a su país, a sus ideales y lo que ha contemplado más allá de nuestras fronteras. Se debate entre su sentido de deber hacia un país que no reconoce como propio, una familia a la que no quiere y su propia libertad. Barea no cae en el maniqueísmo e intenta buscar las causas y la verdad de cada personaje: así, el hijo falangista de Antolín no es solo un fascista descreído y corrupto que trata de medrar entre la miseria sino también un joven abandonado, que ha tomado la única opción de supervivencia que le restaba.
Barea no es un estilista o, mejor dicho, no se recrea en la palabra más de lo imprescindible. Existe en su obra una voluntad de anulación de la belleza, sustituida por la urgencia. Y la urgencia precisa contundencia y claridad. Es, por lo tanto, un autor nítidamente español cuya referencia más obvia es nuestra tradición realista. También pueden hallarse influencias foráneas, como Dos Passos, sobre todo en unas descripciones caóticas y diáfanas a un tiempo, aunque bastante más toscas que las del americano: «Todo era tal y como Antolín lo recordaba de otros tiempos: gente paseándose en la hora perezosa entre el fin del trabajo y la cena, conversaciones a gritos, alegría ruidosa, tiroteo de bromas y piropos, un zumbido constante de miles de voces que ahogaba el ruido del tráfico». Utiliza un narrador apoyado en el protagonista pero no se imbuye de su subjetividad. Serpentea por los espacios sin elevar nunca la mirada más allá de los ojos de los personajes. Es la suya una voz que no opina pero tampoco resulta aséptica ni distante. Sabe que los hechos que expone son tan brutales que no precisan ningún subrayado.
Además de un considerable valor literario, La raíz rota posee una fuerte importancia testimonial. Expone con claridad cómo era la España de la posguerra. Muestra con rigor, con dureza pero sin tremendismo cuáles eran los sufrimientos y las escasas dichas de nuestros abuelos, olvidadas con inusitada rapidez. La familia del protagonista recorre el limitado espectro de la sociedad de la época, desde la adhesión obligada al régimen a la desorganizada resistencia. Contemplamos la absoluta falta de solidez de nuestro país y la asunción de la corrupción como algo inevitable. Era una tierra donde aún se pasaba hambre, donde en las afueras, ahora dominadas por inmensos centro comerciales, solo crecían poblados chabolistas. Un país donde el estado de derecho no existía y la tortura, o las detenciones ilegales, se practicaban con total impunidad. Barea no ahorra críticas a la resistencia. Entre sus miembros contemplamos el mismo provincianismo e idéntica racanería que en el otro bando. Incluso introduce temas sumamente novedosos, que ya entonces causaban escándalo, como el tráfico de cocaína.
¿Qué puede aprenderse de Barea en 2009? Su fuerza, su coraje y, sobre todo, su capacidad para narrar. Solo narrar.

miércoles, noviembre 25, 2009

La patria de todos los vascos, Ibán Zaldúa

Lengua de Trapo, Madrid, 2009. 144 pp. 15 €

Inés Matute

Me gusta leer a Ibán Zaldúa (la “b” de su nombre no es una paletada mía, sino la variante euskaldún del nombre) de tanto en tanto. No sólo porque me permite establecer un cierto grado de conexión con mi tierra, sino porque en muy pocas páginas consigue que me congratule de haber tomado distancia, de vivir en el Mediterráneo, a mil kilómetros de historias y planteamientos morales que empiezan a hacérseme extraños. Al protagonista de su última novela comienza a ocurrirle lo que hace años nos sucedió a miles de vascos que escogimos el exilio voluntario: el aire que en ese momento se respiraba en Euskadi era demasiado “espeso”. Súmese a lo anterior el fin de una tregua etarra y el punto de arranque del texto está servido.
El planteamiento de La patria de todos los vascos es ocurrente: un profesor cree ver en el último Zutabe de la banda amenazas veladas hacia su persona. Tal vez sea una paranoia personal o el modo de iniciar una huída hacia delante, pues nadie en su entorno percibe esa amenaza, ese peligro incierto que a él le quita el sueño. Un repentino hastío por todo lo vasco le conduce a aceptar una invitación de la universidad de Alaska, donde desempeñará, temporalmente, el cargo de profesor de Historia del País Vasco. A nadie se le escapa, sin embargo, que su vida personal también hace aguas, y que la ocasión, dadas las circunstancias, la pintan calva.
Dado que su asignatura es optativa, sus compañeros de aventura s sociológico-culturales serán un puñado de ignorantes alumnos —el tópico de la estupidez del alumnado americano se repite, también los tics que se nos mostraron en la cautivadora serie Médico en Alaska— que no dudarán en situar a Euskadi en pleno Cáucaso. Desde el primer día, Joseba, el imaginativo profesor, comprenderá dos cosas: que en realidad no hay mucho que contar y que, dada la incultura de sus oyentes, puede, perfectamente, dar un tratamiento fantasioso a la asignatura, dado que nadie se percatará del engaño. Y eso es lo que hace: manipula y crea una identidad colectiva muy mejorada. En un acto de honestidad sin precedentes, Zaldúa llega a afirmar, entre otras perlas, que «La historia de la literatura en vascuence es una de las más decepcionantes del todo el hemisferio oriental».
Mientras ignora todos los e-mails que le conectan con su tierra y se va familiarizando con el bellísimo entorno de Anchorage, Joseba convertirá a “sus vascos” en un pueblo ancestral, misterioso e indomable. En lo tocante al euskera, su labor tendrá más de ocultación de datos —por ejemplo, que más del 60% de las palabras vascas proceden, inequívocamente, del latín— que de simple desvarío. Recurriendo al humor y a la ironía, recursos en los que Zaldúa se maneja con comodidad, los habitantes de Euskal Herria acabarán conectados con la mítica Atlántida, levantando las piedras de Stonehenge o llegando a costas americanas mucho antes que Colón. La historia, maquillada y recreada a placer, nos parece simpática, sin por ello olvidarnos del hecho de que, efectivamente, en muchas ocasiones los vascos más radicales han inventado una identidad y un pasado diseñados en función de sus pretensiones políticas. No hay que olvidar que quien se cree “distinto”, raramente se cree inferior, presentando esa supuesta diferencia como un rasgo de superioridad incuestionable.
Con La patria de los vascos y sus nada pedagógicos anzuelos, Ibán Zaldúa consigue arrancarnos una sonrisa, desdramatizar el problema de los nacionalismos mal entendidos y recordarnos que la manipulación ideológica acaba, frecuentemente, convirtiéndonos en extraños en nuestras propias vidas.

martes, noviembre 24, 2009

Los que rugen, Care Santos

Páginas de Espuma, Madrid, 2009. 168 pp. 14.99 €

Ignacio Sanz

Conozco a Care Santos desde que era una niña de teta. Pocas veces he visto una pasión literaria vivida de forma tan radical, forjada desde la adolescencia contra viento y marea, desde tantos registros, con tanta ferocidad, tan incansable e ilusionadamente.
Todavía no ha cumplido cuarenta años y, si no me equivoco, cuenta con una obra que la desborda en títulos a sus años. Alguna vez, a través de Internet, he podido comprobar la pasión que suscita en los lectores juveniles. De aquí y de allá, es decir, en España y en Hispanoamérica. Porque Care Santos, novelista, cuentista, narradora infantil y juvenil y poeta, es conocida, sobre todo, por grandes hornadas de lectores adolescentes. No en balde ha conseguido casi todos los premios que se convocan desde las grandes colecciones asentadas en el mercado. Conecta de manera extraordinaria con sus gustos, como si ella misma fuera una adolescente.
Esa parte más visible de su obra acaso esté nublando la que escribe en paralelo, lejos de etiquetas de género, con reposo, desnuda frente al espejo. Al respecto me pareció muy interesante Matar al padre, su segundo libro de relatos, en el que hace un homenaje a sus muchos padres literarios, un libro emocionante que sólo puede escribir una mano envenenada por la literatura.
Los que rugen compila los cuentos que la escritora ha escrito en medio de sus grandes producciones juveniles a lo largo de los últimos siete años, entre octubre de 2002 y agosto de 2009. Son trece cuentos de diferente registro y atmósfera, producto, sin duda, de trece iluminaciones.
Abunda lo autobiográfico, pasado por el tamiz de la ficción, así como lo metaliterario. Parece inevitable que sea así porque estos cuentos son trasunto y prolongación de la propia vida. Para eso sirve la literatura, para viajar a regiones remotas y luego contarlo con alguna variante como hace Care Santos en “Círculo Polar Ártico”, o para viajar por regiones de ensueño y traer al presente personas queridas que nos han dejado como hace también de manera magistral en “Amanecer con monstruos marinos”. Dos cuentos maravillosos.
Otras veces se impone la ironía. Incluso en aquellos cuentos de apariencia ligera como “Marcar un gol” que, en realidad, nos cuenta un drama compartido por tantos adolescentes, un drama que ella resuelve con un desenlace ligeramente cruel que mueve a la sonrisa.
Care Santos demuestra en esta colección de cuentos que la literatura y la vida son vasos que se comunican y retroalimentan y que ella domina las claves de ambas asignaturas. De hecho aborda este libro con una mirada profunda, acaso sosegada, como si estas historias escritas acaso en momentos de tránsito entre sus grandes novelas, hubieran surgido bajo el resplandor de esa luz tamizada con que a veces nos sorprende el cielo detrás de las grandes tormentas. Una luz que nos muestra los recovecos más íntimos de su alma.

lunes, noviembre 23, 2009

La partida inmortal, David Shenk

Trad. Miguel Martínez-Lage y Carlos Pranger. Turner, Madrid, 2009. 319 pp. 24 €

Alberto Luque Cortina

El ajedrez no es sólo un juego, es también una manifestación cultural de ámbito universal: los indios lo crearon, los árabes lo difundieron, los europeos lo perfeccionaron, y hoy se juega en todas partes con las mismas reglas. Juegues o no, todo el mundo sabe qué es el ajedrez. A ello ha contribuido, desde luego, su eficacia como juego —es apasionante— pero también su naturaleza de universo cerrado con reglas propias e inamovibles, tan propensa a la metáfora. Así, dependiendo de épocas y lugares, el ajedrez sirvió para ilustrar el arte de la guerra, o bien justificar la monarquía absoluta o por el contrario la lucha de clases. En realidad vale para todo. Por ejemplo, como alegoría de la vida, o del tiempo, funciona bastante bien, ¿recordáis la partida entre Max von Sidow y la mismísima Muerte en El Séptimo Sello?
Su fuerza simbólica lo ha convertido en icono cultural, y como tal está presente en todo tipo de manifestaciones artísticas. En el cine, sin ir más lejos. En 2001, una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), Hal 9000 y el astronauta Frank Poole desarrollan una partida de ingenioso desenlace jugada a principios del siglo XX entre Rosch y Schlage. Sin salir de la ciencia ficción, el final de la partida que enfrenta al replicante Roy, en busca del secreto de la vida, y a su creador, el humano Tyrell, (Blade Runner, Ridley Scott, 1982) reproduce la jugada en 1851 por Anderssen y Kieseritzky, conocida desde entonces por los ajedrecistas como La Partida Inmortal.
En su momento esta partida dio la vuelta al mundo, pues exponía el ideal del ajedrez romántico, en el que primaba el ataque y se ignoraba la naturaleza y la oscura belleza del juego posicional. El juego ha evolucionado mucho desde entonces y hoy se considera un ejemplo sobresaliente de arqueología ajedrecística. Precisamente a mediados del XIX comenzó a gestarse una nueva forma de entender el tablero gracias a jugadores como el estadounidense Morphy, quien por cierto se convirtió en campeón oficioso del mundo tras derrotar a Anderssen. Morphy fue un visionario, uno de los jugadores más grandes de la historia, admirado, entre otros, por su compatriota Bobby Fischer, quien al igual que Morphy, pero un siglo después, abandonó el ajedrez en el cénit de su carrera. Fischer protagonizó junto al ruso Spassky otro de los episodios “míticos” del ajedrez: en este caso el llamado “macht del siglo”. Se ha escrito mucho sobre este enfrentamiento —Reikiavik, 1975—. Como es sabido Fischer resultó vencedor tras casi dos meses de competición. Aún hoy Spassky no descarta que la CIA utilizara cualquier género de artefacto electrónico para interferir en sus ondas cerebrales.
Esta última afirmación parece confirmar la opinión común de que los grandes jugadores de ajedrez son tipos huraños y excéntricos, cuando no geniales dementes (?). Esto no es cierto, pero sin duda nutre la leyenda del ajedrez, que parece debatirse entre la delgada “línea de sombra” que separa la genialidad de la locura. El austriaco Wilhelm Steinitz (1836-1900), por ejemplo, campeón mundial que fijó las bases del juego posicional, acabó recluido en un sanatorio mental, y de él se dice que afirmó que podría vencer a Dios dándole un peón de ventaja, anécdota recogida en la interesante película El jugador de ajedrez (Wolfang Peterssen, 1978).
En realidad, del mismo modo que los exegetas de la alta montaña ensalzan las grandes cumbres por el número de escaladores que perdieron la vida en ellas, muchos cronistas del ajedrez han explotado el triángulo “ajedrez - genialidad - locura”, pero esta visión es muy reduccionista, como lo es el querer explicar la música de Bach a través de las excentricidades de Glen Gould. El ajedrez es, y con esto vuelvo al principio, mucho más que un juego o una mera compilación de anécdotas. Como producto cultural lleva presente en la historia de la Humanidad desde hace casi quince siglos. Existen, desde luego, numerosas obras que relatan y explican su historia, sus claves, y sus numerosas ramificaciones —Murray, Eales, Hooper y Whyld, y Calvo, entre otros—, aunque la mayoría resultan impenetrables al lector medio por su densidad.
David Shenk (Cincinnati, 1966), conocido divulgador estadounidense y ajedrecista aficionado, se ha propuesto escribir una historia sobre el ajedrez apta para todos los públicos, incluso para aquellos que jamás han jugado una partida. Para ello toma como motivo principal La Partida Inmortal, que da título a su obra. A través del estimulante desarrollo de este lance, y utilizando técnicas narrativas más propias de la novela o el cine, construye a través de sucesivos “flash backs” una historia apasionante que comenzó hace casi mil quinientos años con el chatrang indio y que hoy goza de una excelente salud.
Para ello, Shenk ha realizado un importante esfuerzo compilatorio, fruto del cual muestra un amplio panorama del juego a través de su evolución, sus grandes protagonistas y su impacto en las diferentes sociedades. La lectura es ágil y amena, y gracias a sus numerosos gráficos y comentarios no resultará dificultosa para quienes ignoran las reglas del juego. Por el contrario, los iniciados advertirán algunas ausencias significativas, presumiblemente debidas al afán pedagógico de Shenk.
En cualquier caso La partida inmortal es una obra tan interesante como accesible, y es posible que su lectura sirva para inocular en los no iniciados el mismo virus que contagió, entre la incontable legión de fieles, a artistas como Duchamp, pensadores como Franklin, estrategas como Napoleón, —quien por cierto fue un mal jugador—, o escritores como Nabokov o Stefan Zweig, quien en 1941 escribió Novela de ajedrez, en mi opinión la mejor ficción escrita sobre el juego.

viernes, noviembre 20, 2009

Picados suaves sobre el agua, Antonio Luis Ginés

Bartleby, Madrid, 2009. 60 pp. 9 €

Eduardo García
Firma invitada

La paulatina maduración de una voz poética es un misterio. Nadie sabe a qué territorios puede llevarle la escritura al cabo de los años, qué tortuosas trayectorias puedan finalmente conducir al adensamiento de una voz, su óptima afinación en uno u otro tono. Tampoco cabe seguridad alguna sobre el éxito de tal evolución; ni una edad donde quepa esperar ese salto cualitativo. Y sin embargo, a veces sucede: a fuerza de honestidad y entrega un poeta logra encontrarse a sí mismo. Al leer Picados suaves sobre el agua tuve esa indefinible sensación, la certeza de que el poeta Antonio Luis Ginés encontraba al fin su voz. Tres libros y cerca de 15 años de escritura tuvo que recorrer hasta llegar aquí. En este nuevo poemario todo lo que ya venía apuntándose en los anteriores parece haber encontrado su cauce, el registro más apropiado para desarrollar en plenitud su singularidad.
Crónica de la desolación del sujeto contemporáneo, estos poemas en prosa expresan de manera más descarnada que lo haría el verso tradicional la experiencia vital del individuo perdido en la multitud. Se alcanza así un reduplicado distanciamiento. Se sitúa la voz en las antípodas de la tradición elegíaca y su estetización de la pérdida. Por el contrario, el lector se siente conmovido por el sistemático despojamiento de lirismo en el poema. Todo aquello que no se dice, lo que queda entre líneas, adquiere la máxima relevancia. La angustia se aloja en esa mirada implacable, cámara fija que enuncia el poema sin aspavientos emocionales. El desgarro es omnipresente, telón de fondo que apenas se sugiere en claroscuro, pero se sortea el patetismo del yo. La clave se halla en la singular disposición de la voz: un narrador que acostumbra situarse fuera de escena, registrándolo todo con aparente objetividad. El poema es aquí la huella de una mirada, a trechos cinematográfica, en donde el sujeto entra y sale subrepticiamente del poema. Si nos emociona es precisamente por esa actitud “despoetizada”, de donde toda belleza convencional, todo lirismo, han sido cuidadosamente desterrados.
Poesía tras la muerte de la lírica: en prosa, desde un sujeto tachado, sin concesiones esteticistas de ninguna clase. Un yo que apenas se manifiesta en cuanto desilusionado espectador de sí mismo. La sequedad de la expresión aporta tensión al discurso; la cámara objetivista alimenta nuestra inquietud. La ausencia del lamento, la desaparición de un sujeto explícito y su desplazamiento por una voz en off, traza un hueco en el discurso que el lector percibe como un latigazo de desasosiego. Tan sólo de través alcanza a manifestarse la subjetividad, mediante vacilantes apreciaciones (quizás…, parece…, podría…), basculando siempre en la duda de un siempre precario equilibrismo de las emociones. El sujeto tachado habita la incertidumbre, navega a duras penas en el océano de la confusión, intentando inútilmente reunir sus fragmentos.
Se desarrolla así toda una poética de la inquietud. Sobrevuela el libro el tema obsesivo de la precariedad de las ilusiones humanas, devastadas por la prosaica realidad. Poema a poema queda siempre latente el deseo insatisfecho, los afanes condenados al fracaso de antemano. De ahí que la prosa, despojada de adornos estilísticos, se revele el mejor vehículo para transmitir tan minuciosa como impenetrable desolación. Semejante adecuación de fondo y forma, lo manifiesto y lo latente, encontramos en el sistemático cultivo de la fragmentación. Una percepción existencial de tan contenido desgarramiento encuentra su despliegue natural en la sucesión de escenas fragmentarias. A menudo el poema se cierra sin concluir, la situación queda interrumpida, en suspenso, dejándonos al borde de una resolución que nunca llega. Es más, antes de devolvernos al blanco de la página los poemas en prosa suelen desembocar en unos pocos versos vacilantes en los que -lejos de trazarse una síntesis final- se va diluyendo la voz, como si de una señal de radioaficionado que se extinguiera en la noche se tratase. Se nos ofrece una información parcial, tan sólo retazos de una sórdida realidad, dispersas pinceladas que no alcanzan a conformar un sentido. Se nos hurta cuanto sucede fuera de cámara, adonde el lector no es invitado. Frente a la tradición del poema perfecto, cerrado sobre sí mismo, que se propone generar un simulacro de orden, una ficción de un yo integrado y sin fisuras, la fragmentación del discurso apunta aquí a un sujeto estallado en mil pedazos, incapaz de reconstruir su imagen en el espejo, condenado a la disgregación, al desarraigo. Queda apenas una estela de datos dispersos, fugaces impresiones que señalan el hueco de una fractura vital, por donde se precipita el sinsentido.
Los lacónicos títulos —a menudo una sola palabra—, que apenas se abren a la velada sugerencia, abundan en ese radical distanciamiento que constituye la apuesta medular del libro. Una poesía nacida de un yo abocado a una existencia sin fundamento, que acaba hundiendo su bisturí introspectivo en la herida existencial de la incomunicación. Con frecuencia observamos desde fuera a sujetos atrapados en sí mismos, sometidos a un implacable cerco del que quisieran salir hacia el otro. Cada cual atrapado en su celdilla, deseoso de alguien a quien amar, con quien compartir… Pero el lenguaje se revela insuficiente; las emociones se resisten a manifestarse en plenitud a través de las palabras. Una inefabilidad de la emoción despojada del resplandor de lo sublime, hundida en una seca cotidianeidad sin concesión alguna al lirismo tradicional.
Y sin embargo reaparece una y otra vez la nostalgia de lo que pudo ser y no fue, el eco de un deseo que no acaba de resignarse a la extenuación. Proliferan los fragmentos en los que el afán de transformación se abre paso… para derrumbarse una y otra vez. Así pues el deseo destinado a la nada, la búsqueda de lo que jamás será, acaban por encarnarse en un destino trágico: un fatum sin sombra ya de mito, más terrible si cabe por su prosaica cercanía, desnudo ahora de toda romántica grandeza y toda solemnidad. Como nos revelara Sartre, “el hombre es una pasión inútil”. Antonio Luis Ginés parece saberlo bien, o mejor, ha sabido sentirlo hasta las últimas consecuencias, dándole una vuelta de tuerca más, a la luz de nuestro tiempo. El poeta se hace eco aquí de la angustia existencial, pero actualizándola desde un radical nihilismo posmoderno: un fingido objetivismo, una radical fragmentación, sin el consuelo del heroísmo trágico de los existencialistas ni su esperanza de un futuro mejor por construir. Poesía, como decía, tras la muerte de la lírica.
Asistimos al debatirse interior de seres rotos, abocados a una pseudovida, una existencia inauténtica, que sin embargo aspiran a recuperar siquiera un simulacro de la vida verdadera que parecían augurar los sueños de la adolescencia. De ahí la continua movilidad, el incesante trayecto, omnipresente en estos poemas en donde el viaje sin meta es un recurrente leit-motiv. Inagotable vuelo en círculos: “ese continuo desplazarse sin rumbo fijo”. La voz poética encarna así a un Sísifo de nuestros días, entregado a una febril movilidad que tan sólo conduce una y otra vez al mismo punto de partida, al mismo desaliento. Encontramos en ello uno de los más notables aciertos de este libro, pues es aquí donde el poeta da con la acertada expresión de una de las claves de la sentimentalidad de nuestro tiempo. Al fin y al cabo, así vivimos en la era de la ausencia del sentido: en una fugacidad continua sin porqué, un incesante viaje… hacia ninguna parte.
Integrado en esa familia de jóvenes poetas que desde hace más de una década encuentran en la minimalista tradición norteamericana de un Raymond Carver o una Anne Sexton su punto de partida, Antonio Luis Ginés parece haber encontrado con Picados suaves sobre el agua el tono y la modulación de una enérgica voz, ya madura, a tener muy en cuenta en los próximos años. Un lector dispuesto a mirar cara a cara el espejo roto de la inquietud contemporánea encontrará en él un libro imprescindible.

jueves, noviembre 19, 2009

El hombre inquieto, Henning Mankell

Trad. Carmen Montes. Tusquets, Barcelona, 2009. 464 pp. 20 €

Julián Díez

De repente caí en la cuenta: Kurt Wallander es una de las cuarenta o cincuenta persona que mejor conozco en el mundo. Tras once libros, conozco cada detalle del pensamiento de este entrañable, mediocre y tozudo sabueso sueco. Su razonamiento repetitivo y circular que termina por llevarle casi casualmente a la resolución del caso. Sus aprensiones, que jamás remedia cambiando de hábitos. Sus fracasos amorosos. Sus pequeños placeres musicales. Su amor profundo por su hija, su aprecio por algunos, pocos, amigos, que se han ido marchando.
Hacía diez años que no sabíamos de él. Wallander tiene ya 60 en El hombre inquieto. Es, como cualquier hombre que se ha avejentado, una versión acentuada de sí mismo. Más enfermo, más solitario, totalmente fracasado. En su camino se pondrá un nuevo caso de interés: sus nuevos suegros, un marino de la Armada retirado y su esposa, desaparecerán sin razón aparente. Él estaba obsesionado con la presencia de submarinos rusos en aguas suecas en los años ochenta, y poco más tenemos para que Wallander tire de la manta. Que lo hará, por supuesto. Porque jamás puede dejar un cabo suelto. Aunque se trate de una cuestión política y él, como nos reconoce una y otra vez, jamás se ha interesado por la política, y con su inacción, como la de otros muchos suecos, ha permitido la evolución del país hacia el punto en que se encuentra.
Por el camino de los descubrimientos habrá mucho más de lo mismo. Pequeños excesos para llenar una vida vacía. Instantes de intimidad atesorados. Cansancio, fatiga, malestar físico. Paisajes desolados del sur sueco, esa desconocida Escania que Wallander ha puesto en el mapa. Recuerdos, toneladas de recuerdos de lo ocurrido en los libros precedentes, que fue conformando la triste biografía del protagonista. Que ahora, por cierto, ya tiene un rostro definido, tan icónico como el de Basil Rathbone encarnando a Sherlock Holmes: el de Kenneth Brannagh, el veterano actor inglés que le interpretó el pasado año en una magistral miniserie para la BBC.
El demiurgo que guía los pasos de Wallander, mi viejo amigo Wallander, parece haberle tomado alguna clase de extraña ojeriza como la que sentía por Holmes su creador. Hay una extraña crueldad en la forma en que Mankell conduce esta novela, sin apenas satisfacciones para su personaje y sus lectores. No atino a descubrir si le motiva el odio, o si no se trata de una forma de identificarnos aún más con nuestro amigo. Además del tremendo cierre, el maltrato es continuo. La vida es así, nos dice Mankell, después de once libros, después de más de 5.000 páginas, sólo queda el vacío. Qué terrible. Qué perfecto, a su sórdida manera.