viernes, mayo 27, 2016

Tres desconocidas, Patrick Modiano


Trad. María Teresa Gallego Urrutia.
Anagrama, Barcelona, 2016. 184 pp. 16,90 €

Miguel Carcasona


Hay quien nace con estrella y quien nace estrellado. De igual modo, hay quien vive ubicado, aunque cambie de parejas, amistades o residencias, y quien vive siempre desubicado, no importa dónde y con qué compañía asiente sus huesos. Las protagonistas de Tres desconocidas pertenecen al segundo grupo de ambas categorías. Al menos, pertenecieron durante una adolescencia que las marcará y cuyas vicisitudes nos narran desde un presente ignoto. Una época que, para todas, supuso la continuación de un páramo existencial heredado de la niñez o de un empleo alienante, no alterado por la modificación del hábitat: dos han crecido en ciudades de provincias francesas, más o menos populosas, y una viene de Londres; dos acabarán en París y otra en Ginebra.
«Nada cambiaba nunca. Todo se repetía a las mismas horas y en el mismo escenario» cuenta una de las chicas. En la mayoría de las vidas, casi todo acaba siendo tedio y rutina. Y con la expansión, a nivel mundial, de los modelos urbanos occidentales hasta los escenarios son intercambiables. Esto se acentúa si hablamos de ciudades apenas separadas por unos cientos de kilómetros. En las tres narraciones, los escenarios se asemejan y las constantes ambientales y personales se reiteran: sueños truncados, una cotidianidad gris, la ausencia de apoyo familiar o el desapego hacia ésta. «No sé qué puede ser la vida de familia», llega a confesar una de las adolescentes. La conjunción de esos factores desemboca en una indiferencia hacia los acontecimientos cotidianos semejante a la de Meursault, el protagonista de El extranjero, de Camus. Incluso los desenlaces poseen el mismo tono de frialdad, si bien cada uno se halla en el vértice de un triángulo equilátero.
Las tramas y las ubicaciones son las habituales en las novelas de Modiano: personajes jóvenes rescatados durante unas páginas del anonimato, que habitan entre sus coetáneos sumidos en una especie de bruma mental —«Pasé por ellos (los años de la adolescencia en un internado) envuelta en una niebla que borra todos los rostros y todos los detalles de mi vida. Hasta tal punto que me pregunto si no fue un sueño», relata una de las chicas—, indagación del pasado, París con una atmósfera que roza lo onírico —magnífica la escena de los caballos yendo hacia el matadero en la madrugada, invisibles a los ojos de la protagonista pero intuidos a través del sonido de los cascos sobre los adoquines, que terminarán convertidos en metáfora obsesiva de la muerte– y un modo de narrar escueto, con pinceladas a veces poéticas que nos trasladan más allá del simple nivel descriptivo. Un modo de narrar, diría, común a otros novelistas franceses contemporáneos –pienso en Echenoz y Carrere– y habitual en el cine reciente del país vecino, con preferencia en las comedias cuyos personajes son gente común, donde se diseccionan las relaciones humanas con la sutileza de un folio cuando saja la piel. Un humor fino, del que provoca un rictus de complicidad más que una sonrisa franca, también existente en esta obra. La Segunda Guerra Mundial tiene un papel secundario, pero fundamental, en una de las historias, a través de la mitificación del padre desaparecido y de una significativa herencia: la pistola que aquel usó durante el conflicto.
Tres relatos, en definitiva, que dejan un sabor agradable en lo literario y el suficiente poso para reflexionar sobre esos detalles, nimios en apariencia, que el autor ha ido colocando en los rincones de sus páginas, como las marcas sobre las piedras en una ruta senderista.

miércoles, mayo 25, 2016

Vidas frágiles, noches oscuras, Hiromi Kawakami


Trad. Marina Bornas Montaña. 
Acantilado, Barcelona, 2015. 176 pp. 18 €

Santiago Pajares

No sé bien qué lleva a una profesora de biología a escribir novela, como es el caso de Hiromi Kawakami. Quizá, habituada a estudiar a los seres vivos decidiera dar el salto a los más complejos emocionalmente, los seres humanos. Lo que sí sé es que bajo el microscopio que son sus novelas, podemos ver todas las fibras de sus personajes, sus motivaciones y dudas. Y es que a lo mejor, para ella todos seamos lo mismo. Descubrí a Hiromi Kawakami con El señor Nakano y las mujeres (Acantilado, 2012) y desde entonces he leído casi todas sus novelas, como al parecer el resto de los japoneses, que la han convertido en una de las escritoras más leídas. Es bueno saber que hay vida más allá de Murakami.
De todas sus novelas Vidas frágiles, noches oscuras es la que más se centra en las relaciones sentimentales, que ocupan la totalidad del libro. Escrita en tercera persona, cada uno de los capítulos esta contado desde el punto de vista de uno de los personajes, que verá a los otros desde su personal perspectiva. Así el libro se acabará convirtiendo en un pequeño juego de ventanas desde donde poder atisbar vidas ajenas: La vida de Lili. La de Yukio. La de Haruna. La de Akira. La de Satoru. Las nuestras.
Lili está casada con Yukio. Yukio tiene una amante, Haruna. Haruna tiene otro amante, Satoru. Lili conoce a Akira en el parque y tras un breve encuentro comienzan a verse de forma regular. Akira resulta hermano de Satoru. Y lo que podría parecer un pentágono amoroso resulta una detallada lista de arquetipos de relaciones sentimentales, cada uno de ellos con sus problemas y virtudes, ninguno de ellos carente de tristeza y momentos de felicidad. Todas ellos, bajo el pincel de Hiromi Kawakami, resultan nítidos, perfilados y a la vez etéreos, flotando en un mundo lejano y al mismo tiempo tan reales como es Japón.
En este libro no existen relaciones perfectas y todos tratan de compensar de un modo u otro las faltas de sus propias y frágiles vidas. En las noches oscuras piensan qué podría ir mejor, cómo alcanzar esa alegría que su día a día les niega. Hablar de este libro, su historia y los personajes es hablar también de Japón, de la ya famosa dificultad para relacionarse sentimentalmente allá, ya que a la indecisión de sus personajes se une la dificultad que parece suponerles amar a la persona que te ama, como esa búsqueda de perfección acaba por arruinarlo todo. Una novela que hará las delicias de los aficionados a la literatura japonesa, donde se huye de las grandes aventuras y se centran en las cosas pequeñas, en los detalles que marcan una existencia. La de Lili. La de Yukio. La de Haruna. La de Akira. La de Satoru. La nuestra.
Como siempre, mención aparte la cuidada edición de la editorial Acantilado, que siempre cuida hasta los últimos detalles. Y es que Hiromi Kawakami no merece menos.

lunes, mayo 23, 2016

Esta noche moriré, Fernando Marías


Alrevés, Barcelona, 2016. 160 pp. 14 €

Juan Laborda Barceló

Si el poder del cine reside en decir sin decir, en mostrar lo que la pantalla no explicita, y emocionar con ello; el de la literatura se centra en la sugerencia total. La capacidad de generar imágenes subyugantes, marcando a fuego la retina con el recuerdo de lo no vivido, es la esencia de las letras. Así, el lector podrá recorrer mundos, vidas y sentimientos ignotos o cercanos y, si las palabras se ajustan a un orden determinado, a una musicalidad, cadencia, ritmo y propósito concreto, quedará prendado para siempre de las vivencias que allí se narran.
La editorial Alrevés reedita ahora Esta noche moriré de Fernando Marías. Una obra tan necesaria como cumplidora de los dogmas anteriormente señalados. La novela tiene, además de diversas capas, tintes cinematográficos en sus formas y contenidos, pero mucho más de esencia literaria.
La brevedad de la extensión no impide la terrible crudeza de la venganza que aquí se narra. Es más, su explosiva contundencia, como el incisivo empuje de los tacos de un velocista, hollará nuestra mirada de lectores (en caso de no haberlo hecho ya en alguna de las ediciones previas).
Delmar, un exitoso policía, es el objeto de una terrorífica, coreografiada y milimetrada revancha. El delincuente Corman, miembro de una misteriosa “Corporación”, verá cumplido su plan dieciséis años después de suicidarse en prisión. Cómo es posible tal alarde de técnica narrativa (y conspirativa) es un preciso mecano que tendrán que descubrir ustedes mismos al adentrarse en esta novela breve. Sí les diré, sin embargo, que el descenso a los infiernos del policía no desmerece al de Dante, con la salvedad de que éste funciona en términos mucho más realistas y no tan alegóricos como los de la Divina comedia.
Marías afina el catálogo de crueldades para impactarnos, para zaherir sensibilidades, con una doble semiótica. Por un lado, el uso del lenguaje, aceradísimo, cuidado hasta el extremo de hacer verosímil a un demente brillante que describe con detalle sucesos que aún no han ocurrido. Género epistolar de frases largas, destiladoras de un veneno intenso y evocador, pero en el sentido más oscuro del término, pues se desean horrores al protagonista que, con ligeras variaciones, se irán cumpliendo. Una vez sembradas las hieles, el camino al averno es en línea recta.
Por otro lado, este estilo preciso y sugerente parece el trasunto, trazado con tiralíneas, de los maléficos y concisos planes de Corman. Fondo y forma caminan paralelos en una valiente y singular prosa epistolar.
Si la literatura es, y debe ser, un ejercicio de estilo cuyos contenidos lleguen a incomodar, emocionar o conmover, en esta obra, Fernando Marías, lo consigue plenamente. Pocas veces se ha dicho más con menos, y se ha afilado tanto la vertiente malvada del ser humano con una mayor economía de medios. Los trazos, los fondos del paisaje, el sabor que nos deja esta “película dentro de una película” es el desamparo absoluto.
Si aún no la han leído, no se la pierdan.

viernes, mayo 20, 2016

El punto ciego, Javier Cercas


Literatura Random House, Barcelona, 2016. 144 pp. 15,90 €

Arcadio García

Este libro debería venderse acompañado de un lápiz porque en realidad no es un libro sino una libreta. El típico libro-libreta sobre cuyas páginas difícilmente el lector podrá resistir la tentación de volver a escribir sobre lo ya escrito, de subrayar, entrecomillar y comentar la escritura, por así decir, original o primigenia, de tal forma que al llegar a la última página y echar la vista atrás constatará el lector que sobre la escritura original o primigenia ha brotado una segunda que se esparce a lápiz por los márgenes de la hoja, cuyo objeto, si lo añadido posee cierta voluntad de solvencia intelectual (esto es, si no se trata de una mera lista de la compra que ha improvisado un lector distraído que ha errado la lectura), es complementarla, mediante la celebración o la censura, pero complementarla al fin y al cabo.
El punto ciego reúne las conferencias que Javier Cercas pronunció en la Universidad de Oxford durante el año 2015, en el transcurso del cual fue invitado a ocupar la cátedra Weidenfeld de Literatura Europea Comparada. El libro ofrece las conferencias divididas en cuatro partes y un epílogo que, en suma, constituye la propuesta personal de una teoría novelesca que el autor de Soldados de Salamina construye principalmente en torno a la idea del Quijote como principio y fin de la novela, esto es, como obra fundacional que a un tiempo crea y finiquita un género en la medida en que se hallan en él todas las posibilidades futuras, de manera que las obras que sucederán al Quijote no harán sino proponer alternativas o variaciones formales recogidas él.
Con Soldados de Salamina la narrativa de Javier Cercas experimentó un cambio que consistió en la incorporación de material histórico en sus obras. En lo sucesivo, la ficción acabaría cediendo terreno a la historia, de tal forma que si Soldados de Salamina es una obra de ficción que juega o aparenta ser historia, Anatomía de un instante es una obra de historia que juega o aparenta ser ficción. El punto ciego aborda esa controvertida relación entre ficción y realidad (controvertida especialmente en el caso de Cercas, basta recordar la polémica que, al respecto, lo enfrentó con Arcadi Espada), entre literatura e historia, y, en definitiva, entre la figura del novelista y la del historiador, y en cómo abordar literariamente la historia y narrar sucesos estrictamente reales desde un constructo narrativo que formalmente semeja una novela.
Frente a la rígida construcción de la novela realista, modelo hegemónico cuya vigencia parece incuestionable a juzgar por la popularidad de la que goza, Javier Cercas expresa su predilección por la novela de tradición cervantina como artilugio libérrimo en el que hallan acomodo todos los géneros, y en el que el flirteo formal casi constituye un derecho de admisión. Así, si el primero presenta una sólida arquitectura narrativa y, en tanto tal, se muestra refractario a la intervención del lector como «co autor» de la obra, en la medida en que el final cerrado propio de la novela realista frustra la posibilidad de que el lector proponga un final alternativo, el segundo constituye un artefacto de género felizmente impreciso, formalmente liberado de la obligación de rendir cuentas a modelos preceptivos, y dispuesto a que el lector asuma el reto de responder las preguntas que la obra formula pero cuya respuesta, consciente o inconscientemente, el autor se reserva u omite. En eso consisten las obras que Javier Cercas denomina novelas del punto ciego. Si las narraciones novelescas despiertan el interés de los lectores — esto es, crean suspense— aplazando las respuestas de las preguntas que formulan, en las novelas del punto ciego se plantea una pregunta cuya respuesta se deja en suspenso, o, como sostiene Cercas página sí, página no, echando mano de esa suerte de estribillo retórico-lúdico que se ha convertido ya en una señal de identidad tan característica en la prosa del autor de El impostor como el uso recurrente de la vocal «o» en las proposiciones disyuntivas: «La respuesta a esa pregunta es que no hay respuesta, es decir, la respuesta es la propia búsqueda de una respuesta, la propia pregunta, el propio libro».
Los escritores del punto ciego saben que el riesgo —controlado y voluntario— de no responder las preguntas que formulan es que las acabarán respondiendo los lectores. Así, el punto ciego vendría a ser, también, esa zona de sombra o fisura en la que habita el lector o por la que se aventura a entrar. Un recurso en modo alguno novedoso, de hecho constituye, a mi juicio, una reformulación, con matices, de la eterna disyuntiva literaria entre lo explícito y lo implícito, entre mostrar o explicar. Roland Barthes, asimismo, ya distinguía entre obras «legibles» y obras «escribibles», donde en las primeras predominaba el modelo realista en el que la presencia del lector se limitaba a la de mero espectador, mientras que en las segundas adquiría un papel activo de productor.
Distinguir entre novelas con punto ciego y novelas sin él es distinguir entre los novelistas que frecuentan su uso y los que no. Imposible, entonces, no traer a colación, para concluir, las palabras que Mario Vargas Llosa (a quien Cercas dedica una de las partes del libro) escribió en La verdad de las mentiras a propósito de la escisión de los novelistas en dos grupos: «En la esquizofrenia novelística de nuestro tiempo, se diría que los novelistas se han repartido el trabajo: a los mejores les toca la tarea de crear, renovar, explorar y, a menudo, aburrir; y a los otros —los peores— mantener vivo el viejo designio del género: hechizar, encantar, entretener».

miércoles, mayo 18, 2016

Los idiotas prefieren la montaña, Aloma Rodríguez


Xordica, Zaragoza, 2016. 104 pp. 11,95 €

Ignacio Sanz

Hace unos años cayó en mis manos un libro de cuentos de Aloma Rodríguez. Y, por su frescura, me dejó con un excelente sabor de boca. Tan joven y con una personalidad tan marcada en el estilo. Cuenta sin retórica ni imposturas, como si estuviera conversando en la calle con una amiga. De manera que ese buen sabor de boca fue lo que me llevó a seguir el rastro de esta novela que, en puridad tampoco es una novela, más bien un homenaje, una biografía fragmentada, una catarata de recuerdos para mitigar el golpe de la muerte de un amigo al que quiere y admira.
No conocía a Sergio Algora, un cantante y escritor de Zaragoza destinatario del homenaje. La narradora trabajó en el bar de Algora, es decir, era su empleada. La muerte súbita, mientras dormía, dejó desarmados a sus amigos y admiradores. Resulta que Sergio era un tipo de los que dejan huella, un hombre con carisma no sólo cuando subía al escenario, también en su vida cotidiana. Dicho en plata, Sergio era un poeta en el amplio sentido de la palabra. Sus libros de poesía, las letras de sus canciones, su novela inacabada reflejan sus inquietudes, su amor por la bohemia, su pasión por el champán. Un tipo loco con un serio problema de corazón. Como Boris Vian, músico y escritor, que murió precisamente a los 39 años y que acaso influyera fuera uno de los referentes de Sergio. Por las páginas fragmentarias aparece una parte de la gente del mundillo cultural y noctámbulo zaragozano, actores, poetas, novelistas, ilustradores. Incluso el padre de la escritora, Antón Castro, un celebérrimo escritor y periodista. Resulta curioso observar las sombras del recelo que se despiertan a veces entre unos y otros, así como lo poco que duran los grupos. En los flases del rompecabezas se va mezclando todo para dar visibilidad a Sergio Algora, incluso se utilizan fragmentos de su blog, correos y canciones. Se trata de recomponer un retrato de una persona admirable. Y la autora nos los cuenta, como nos cuenta que, en algún momento estuvo tentada a escribir la tesis sobre él, pero por vaguería se decidió por este trabajo más creativo e informal. Creo que los lectores hemos salido ganando porque, al final, quienes no conocíamos a Sergio Algora, nos hemos percatado de de dimensión creativa, de su potencial y de su halo de maldito. Un poco en la línea de Félix Romeo, otro zaragozano ilustre, que moriría unos años después, también mientras dormía, precisamente en la casa de Aloma en Madrid. Felix Romeo que era uno de los clientes asiduos al bar en el que Aloma trabajaba de camarera. Qué curioso es todo, casi una novela. De hecho, como soy ignorante y desconfiado, en un momento dado, mientras leía, tecleé en Google para cerciorarme de que Sergio Algora no era, como sospechaba, un personaje de ficción.
A los amigos que mueren no los podemos resucitar. Pero su muerte resulta menos amarga si rescatamos fragmentos de su vida y la mostramos a los ojos de los demás para tratar de salvarles un poco del abismo. Eso es lo que hace Aloma Rodríguez con técnica machacona, a base de recuerdos que retratan a Sergio Algora en sus múltiples facetas profesionales, pero sobre todo le retratan en su condición más resbaladiza, como poeta de la vida que se desliza por una cuerda floja. En ese sentido resulta un precioso homenaje a la amistad y a la humanidad desbordante del poeta.

lunes, mayo 16, 2016

Como meteoritos, Alejandro Amelivia


Talentura, Madrid, 2015. 152 pp.13 €

Miguel Baquero

Como lector, pero todavía más como autor ocasional de cuentos, una pregunta se me plantea al acabar la lectura de este excelente libro del logroñés Alejandro Amelivia (1976). Pero lo primero es lo primero, y dicho queda que el libro es excelente. Se trata del primer volumen en solitario del autor, después de haber participado en varias antologías de relatos, y desde los párrafos iniciales se nota que camina por el cuento con una gran seguridad: sabe lo que quiere decir y sabe cómo decirlo. No se pierde en vericuetos gratuitos de estilo ni añade al cuento escenas innecesarias; en este sentido, se trata de un conjunto de nueve relatos directos, que golpean sobre las páginas como quizás el autor ha querido indicar en el título, como bólidos que caen de golpe. Son relatos, todos ellos, en los que los protagonistas de mueven en torno a emociones primarias, como el deseo de venganza, como la sed de alcohol, como el miedo o como la desconfianza hacia lo desconocido. Intercambian entre sí diálogos tajantes, con los que se tensiona el cuento y, de alguna manera, hacen temer un desenlace terrible. Son relatos, en fin, en los que se aspira a conseguir un ambiente de crudeza y se aparta toda intrusión del exterior.
Cuentos cerrados en torno casi a una idea fija o un comportamiento morboso que el autor tensa hasta que se acaba por romper. Así en la excepcional “Vecinos de Hawthone” la llegada de un forastero perturba el ambiente, si no idílico, sí “normal” que se respira en un pequeño pueblo, y en el aire va tomando forma una temible amenaza. Algo parecido ocurre en “El borde del claro”; aquí es la llegada repentina de un cazador a una choza habitada por una tranquila pareja la que de pronto suscita esa perversidad que de algún modo estaba larvada. En la brutal “Kentucky Gentleman” las cosas, por su propia naturaleza, poco a poco se van saliendo de madre hasta que acaban por estallar. Hay en Amelivia mucho de ese realismo sucio de que son maestros autores como Carver o como Richard Ford, tanto en el minimalismo de la redacción, que se quiere reducir casi a elementos fundamentales, como en esa sensación dominante en todo el relato de que “algo” ominoso está aflorando bajo la capa de normalidad.
Y aquí es donde se le suscita al lector/autor la pregunta a la que me refería al inicio de esta reseña, una vez reconocida la calidad de los cuentos y una vez recomendada, por supuesto, la lectura del libro a quienes quieran enfrentarse a relatos modernos y de muy buen nivel. La pregunta es ésta: todos, o la gran mayoría, de los cuentos de este volumen suceden en los Estados Unidos, y los personajes tienen nombres e incluso utilizan expresiones —como cuando las mujeres dicen “voy a los oficios” o los conductores toman “la interestatal”— típicamente USA. Y uno entiende que el libro lo necesitaba, que si esas mismas historias, en muy gran parte truculentas, tuvieran lugar en Segovia, Huelva, siquiera en algún punto de Europa, por alguna razón carecerían de credibilidad. Y aparte de lo que el autor haya incluido en ello de homenaje a sus referentes norteamericanos, resulta curioso —al menos para este reseñista— y da que pensar cómo lo que en otro contexto nos parecería inverosímil, o tremendista incluso, ambientado en Illinois resulta perfectamente creíble. De hecho, uno de los cuentos más “flojos” —pero siempre sosteniendo un nivel más que aceptable— es “Estrella blanca”, y quizás porque los personajes se llaman Lorenzo Gutiérrez, Alberto o Valeria. Y es significativo cómo un cuento, “El borde del claro”, excelente, pero que en principio no necesitaba más “localización” que un espeso bosque, debe apoyarse pese a todo en un personaje llamado “Ben”. Pero al fin sólo son detalles que pueden intrigar a un aspirante a cuentista; para el lector no puntilloso con estas cosas, Como meteoritos le asegura un rato de muy buena lectura y nueve cuentos más que recomendables que le dejarán sorprendido.

viernes, mayo 13, 2016

Solo con invitación: Hombres felices, Felipe R. Navarro


Páginas de Espuma. Madrid, 2016. 120 pp. 14,00 €

Eduardo Cruz Acillona

Confesaba Borges en una ocasión haber cometido «el peor pecado que uno puede cometer: no he sido feliz». Sin embargo, Leon Tolstoi afirmaba que sólo hay una manera de ser feliz: «vivir para los demás». En ese sentido, deberíamos concluir que Borges sí debió ser una persona feliz pues vivió y, sobre todo, escribió para los demás. Y sin embargo…
Raro es el filósofo, el pensador, el escritor que no haya reflexionado alguna vez sobre la naturaleza de la felicidad, su alcance, su duración o la fórmula secreta para conseguirla. Hasta el más pesimista de los grandes pensadores de la Historia, el filósofo alemán Schopenhauer, escribió el famoso tratado El arte de ser feliz. También esa reflexión se cuela por entre los relatos que componen el nuevo libro de Felipe R. Navarro, Hombres felices.
Lejos de ser, ni parecer, un libro de autoayuda, no es este tampoco un catálogo completo de los diferentes modos en los que la felicidad se nos manifiesta, ni mucho menos. Es más, por sus páginas desfilan personajes a los que no se les atisba ni un simple bosquejo de felicidad. Al menos, en el instante en que son retratados por la mirada del autor.
Como cuadros de Edward Hopper (uno de ellos protagoniza, precisamente, uno de los relatos, “El modelo”), Felipe R. Navarro se detiene en un instante de la vida de sus protagonistas. Los observa, ve cómo actúan, como interactúan con su entorno y nos lo cuenta. Son pequeñas escenas dentro de una gran historia que es la vida de cada uno de ellos. Son intrahistorias que merecen la pena ser destacadas y contadas. En algunas hay felicidad. En otras, se intuye que en el algún momento la hubo. Hay un hombre que no es feliz porque le visitan fantasmas sin sábana blanca (“Soy el lugar”). Hay un hombre que es feliz empujando una gran piedra ladera abajo (“Orígenes del turismo”). Hay un hombre que no es feliz en medio de un montón de gente que festeja una celebración (“Apuntes para una celebración”). Hay un hombre que es feliz jugando al fútbol con su hijo (“Amarillo limón”). Hay, también, otros hombres cuya felicidad siempre tiene un pero, una esquina oscura que empaña la alegre vistosidad de la imagen. Así es la vida. Y de su relatividad se alimenta Felipe R. Navarro para desplegar ante nosotros una colección de sugerentes excusas para mirarnos a nosotros mismos y descubrir esas pequeñas intrahistorias que tenemos guardadas y que son las que realmente merecen la pena. Quizás no podamos ser los narradores de nuestro propio destino, pero sí tenemos el poder de contarnos una y otra vez esos momentos que conformaron una sensación muy cercana a la imbatibilidad, a la invulnerabilidad; a la efímera pero plena felicidad.
Quince años después de su primer libro de relatos (Las esperas, Ed. Renacimiento, 2000) Felipe R. Navarro regresa a la narrativa breve y lo hace, según sus propias palabras, feliz. Si en su día abandonó la literatura por una decisión personal y plenamente consciente, a ella ha vuelto despacio, “inconscientemente”, afirma. Pero lo hace por la puerta grande y, lo que es más importante, insisto, lo hace feliz.
No pretenda el lector encontrar aquí las claves para conseguir su propia felicidad. Pero atienda con especial detalle a la nota de agradecimientos con la que se cierra el libro. Encontrará allí un completo listado de hombres y mujeres felices, esos que entran por derecho propio en la categoría de “amigos” y sin cuya compañía se hace mucho más cuesta arriba terminar siendo uno más bajo el techo del título de este libro.


Felipe R. Navarro: «No entiendo lo del sufrimiento escribiendo»


Quince años después de su libro de relatos Las esperas (Ed. Renacimiento, 2000), el autor malagueño Felipe R. Navarro reúne una nueva colección de cuentos bajo el título Hombres felices.

Hizo usted literalidad del título de su primer libro y las esperas han durado quince años. ¿Por qué tanto?
—Los nombres son importantes, se dice en El Quijote. La elección del nombre define… La verdad es que en un momento de mi vida tomé una decisión personal y aparté la literatura de mi lado. Pero como soy abogado y los abogados somos gente poco honrada, he vuelto a las andadas. Empecé de nuevo de manera un tanto casual, escribiendo notas en borrador, en Facebook… Mi hermano me animó a crear un blog y a los dos meses me di cuenta de que se me estaban montando una serie de textos que no tenían nada que ver con lo que yo pretendía (puro entretenimiento) pero que estaban explicando una cosa. A partir de ahí, lo tomé en serio y me propuse ver hasta dónde podían dar de sí. Fue una decisión consciente el dejar la literatura y una decisión casi inconsciente el retomarla.

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