miércoles, abril 23, 2014

Los surcos del Azar, Paco Roca

Astiberri, Bilbao, 2013. 328 pp. 25 €

Fernando Sánchez Calvo

En un célebre artículo publicado en El País, Javier Cercas respondió a todos aquellos que abominan de las historias ambientadas en la Guerra Civil (por manidas, sectarias y previsibles) con una sentencia que me pareció, cuanto menos, interesante: «La Guerra Civil es nuestro western». O dicho de otra manera: al igual que los americanos basaron parte de su cultura literaria y cinematográfica en las luchas entre indios y vaqueros, España hace lo mismo con aquellos tres fatídicos años todavía no superados ni siquiera por aquellos que no han vivido ni la Transición.
Y como el tema no está superado, una nueva incursión, esta vez en el terreno de la novela gráfica, aparece publicada con un título que toma prestado un verso de Antonio Machado, poeta, español, exiliado a Francia como nuestro protagonista, Miguel, republicano que lo último que vio de España fue el puerto de Alicante y que, trasterrado, luchó en África y en Europa para liberar a la Francia ocupada a las órdenes de Dronne.
Esta vez, con una línea de corte realista y muy alejada de títulos como Las calles de arena, Paco Roca indaga en la Historia con la técnica del contrapunto o las líneas paralelas. Por un lado el mismo autor viaja a Francia en busca de Miguel, quizás el último superviviente de una columna, la 9, cuya gloria fue quitada por los historiadores para dársela literalmente a los aliados. Por otro lado, el pasado de Miguel recuperado a golpe de recuerdo gracias a las preguntas que el autor va disparando en la discontinua entrevista que tiene lugar en casa del héroe.
De esa manera va avanzando la trama, sencilla, irremediable, recuperando compañeros, amores y familiares (todos ya muertos) que el mismo protagonista, encerrado en el silencio del destierro, no quería recordar. A medida que la memoria fluye, la relación entre documentalista y entrevistado estrecha los lazos de la comprensión. En ocasiones duro (tanto el contenido como el trazo del dibujo), en ocasiones distendido. En general, grandes dosis de documentación y pequeñas porciones de sentimentalismo bien entendido que cumplen con los dos objetivos que recomendaban los clásicos: instruir y deleitar.

martes, abril 22, 2014

Edelgard. Diario de un sueño, José Fernández-Arroyo

Isla del náufrago, Segovia, 2014. 489 pp. 20 €

Ignacio Sanz

Con frecuencia la literatura resulta guadianesca. A finales de los años cuarenta del siglo XX, José Fernández-Arroyo, un joven poeta manchego, de Manzanares, comenzó a escribir este diario. Las primeras entradas reflejan la vida de un poeta de provincias que muestra anhelos en medio de tantas limitaciones. Hay que tener en cuenta que se vivía en una dictadura y que la sombra de la guerra seguía latente. Pepe Fernández-Arroyo, como corresponde a la época y a la tierra, es un joven católico, lleno de buenos sentimientos e inquietudes. Lo que se lleva. Aunque enseguida descubre el lector que estamos ante un joven rebelde y cavilante que pronto va a dar la espalda a tanta hipocresía como campa a su alrededor.
Sus inquietudes idiomáticas le impulsan a mantener correspondencia con una joven alemana. En aquella época es una de las maneras más comunes de aprender lenguas extranjeras. Pero el lector que se adentre en las páginas de este diario, ilustrado en esta edición con manuscritos originales y dibujos, va a comprobar que el interés por la cultura y la lengua enseguida va a ser sobrepasado por una atracción que pronto deviene en pasión desatada. El mar estalla en altos oleajes. Estamos hablando en realidad de dos desconocidos que se escriben en francés y que están situados a miles de kilómetros. La pasión, no puede ser de otra manera, es platónica. Pero llameante, incandescente. Hasta el extremo de que el lector puede notar que las páginas que lee, le queman entre las manos.
No es preciso recordar que Alemania acababa de salir de una guerra en la que había sido derrotada. Nuestros dos jóvenes se intercambian fotos y dibujos. No en balde, Pepe, además de poeta postista, es un magnifico dibujante y pintor. Las cartas suben de temperatura hasta que finalmente, Fernández-Arroyo, porque ya no puede más emprende en auto-stop viaje de camino a Fensburg donde vive su amada. Quince días tardó en llegar. El amor todo lo vence. ¿Todo? Cuando Pepe llega a su destino, Edelgard está internada en el hospital para ser sometida a una nueva operación. Lleva ya unas cuantas. El ejército aliado, en concreto las tropas rusas, se han comportado con ella y con su hermana, con la misma fiereza de animal instintivo que se han comportado siempre los ejércitos vencedores.
Pero desbarro, estoy desbarrando. Lo cierto es que Anna Caballé, la directora de la Unidad de Estudios Biográficos de la Universidad de Barcelona escribe en el prólogo de esta tercera edición que este diario apasionante se recomienda encarecidamente a todos los becarios y colaboradores que pasan por su Unidad para que aprecien la intensidad del género. Allí han ido a parar los originales y los dibujos cedidos por el autor.
Luis Alberto de Cuenca, en el segundo prólogo confiesa que no pudo dejar de leerlo hasta altas horas de la noche en que lo terminó. Recuerdo que eso mismo me pasó a mí hace años cuando cayó en mis manos la primera de sus ediciones.
Uno se pregunta qué tendrá este diario para que el novelista José Antonio Abella, tomándolo como punto de partida, escribiera su novela La sonrisa robada que le obligó a viajar varias veces a Flensburg. En avión por suerte para él. Por cierto, esa novela, publicada por el mismo sello minoritario y criticada en La Tormenta, acaba de recibir el premio de la Crítica de Castilla y León. Por eso, precisamente por eso, decía al principio que a veces, y tiro porque me toca, a la gran literatura la empuja un aliento guadianesco. Y por eso recomiendo vivamente su lectura.

lunes, abril 21, 2014

Piedras negras, Jesús Zomeño

Madrid, Lengua de Trapo, 2014. 162 pp. 17 €

Amadeo Cobas

Jesús Zomeño ha sido una sorpresa muy agradable. Reconozco que no había leído nada suyo, y este motivo me atrajo, además de la temática. Y es que a priori consideré un reto complejo escribir relatos ambientados en la conocida como Gran Guerra (qué triste pensar que la Segunda Guerra Mundial dejó el adjetivo de su antecesora en una ridiculez). Recrear aquellos tiempos remotos, albores del siglo XX, y las terribles situaciones como las que se debieron de dar en una cruenta lucha entre trinchera y trinchera semejaba tarea ardua, repito.
Por otra parte hay que reconocer que el momento es el idóneo, dado que este año se cumple el centenario del inicio de esta confrontación armada.
Así pues, la premisa tenía su miga, y para solventar la papeleta Zomeño saca a relucir su carpintería literaria, en un saber hacer conciso, de frase cincelada y medida, huyendo de descripciones prolijas, atinando en la gradación de la intensidad narrativa, con experta mano en algo fundamental en el género que maneja: dar vida a sus relatos, atizar la atención y el interés del lector con una génesis que invite a sumergirse en ellos. Un ejemplo pondré para no chafarlos todos, pero hay muchos más, destacando para mi gusto los que dan inicio a las narraciones de las páginas 47, 59, 95, etcétera. Valga este botón: «Mi esposa me es infiel, lo confiesa en sus cartas».
Aquí hay unidad entre los relatos. Son tan verosímiles que hasta se podría creer que el protagonista es el mismo en todos, lo cual es erróneo, aunque retóricamente hablando todos los protagonistas están aquejados del mismo mal: el sufrimiento. Ojo, que no quiero decir con esta afirmación que los relatos sean otoñales ni tristes. No. Bajo la crudeza de las situaciones que describe subyace una almadía que mantiene a flote a los personajes que padecen dichas situaciones, llegando a asomar hilaridad. Hilaridad creada por lo grotesco. Sucede con la descripción del hospital de campaña, sobrecogedora, o también con el humor doméstico que sin transición se convierte en macabro: «Mi hermano pequeño dijo que quería ser soldado, al menos hasta que lo matasen...».
La narración en primera persona parapeta al lector de alguna manera, lo atrinchera entre hambre, suciedad, cadáveres, frío, inmundicias, dolor; pero a la vez le hace partícipe de las confidencias de esos relatos premonitorios, presagiadores de lo inevitable, llevándolo a avanzar con la tropa desordenada, al encuentro del enemigo mientras evoca pasajes pretéritos de sí mismo como un modo de aferrarse a la vida, de recibir un paquete postal con noticias de casa, una carta que aunque suene a despedida se viste de esperanza. Todo cabe, hasta que los soldados se sienten a escuchar ávidos las fantasías sexuales de un compañero al que encantan los pechos de las mujeres, para enseguida descubrir que no es cierto porque... No, mejor no les estropeo la sorpresa.
Existe profundidad de mensaje; ni es un libro bélico ni antibelicista. Carece de moralina y va sobrado de autenticidad. No sé si el escenario ha sido buscado aposta o ha coincidido para que quienes participan en las historias nos sobrecojan y llamen a seguir leyendo. Nadie se asuste, que en el texto hay imágenes conmovedoras que humanizan, si esto es posible, una guerra. Verbigracia, el soldado que muere al ser ametrallado por un avión mientras era afeitado. El barbero terminó el trabajo a pesar de haber perecido su cliente; y no es baladí que lo haga: si se cumple lo prometido y los muertos son finalmente devueltos a casa, la familia se horrorizaría «al ver que el lado izquierdo llevaba barba y el derecho no».
Hasta en la guerra es necesario un resquicio, acaso una ilusión por salvar el pellejo. No en vano ahí están las vendas que llevan tres años sin usar como un aviso «de que todavía puede ir peor».
Dejo una reflexión del propio autor como colofón para esta plausible obra, y lo hago porque simboliza la filosofía narrativa de Jesús Zomeño: «Las palabras flotan en el aire y no tienen arraigo, por eso no crece sobre ellas nada definitivo». Muy cierto.

viernes, abril 18, 2014

Cuentos completos (1880-1885), Anton Chéjov. Edición de Paul Viejo

Varios traductores. Páginas de Espuma, Madrid, 2013. 1.168 pp. 39 €

Julián Díez

A diferencia de otros autores, sí recuerdo bastante fielmente los pasos de mi progresiva adicción a Chéjov. El préstamo por una querida amiga de una edición cubana con una decena de relatos. Las ediciones de Alianza de la biblioteca. La búsqueda, inútil, de tomos de viejos tomos de papel biblia no del todo completos pero de todas formas inencontrables. La compra del recopilatorio, excelente, de Richard Ford. El sucesivo hallazgo de cuentos nuevos sueltos mezclados con los mismos (maravillosos) reeditados una y otra vez en antologías sueltas. La decepción de las autonombradas obras completas de Aguilar, un solo tomo de relatos con apenas 400 páginas. La misma colección que le dedicaba doce volúmenes a Galdós o Balzac decía en su prólogo que era inviable recoger el material de Chéjov.
Hasta que Páginas de Espuma se ha puesto a la tarea. A veces hay editores que parecen saber mágicamente tomar la temperatura al público; este libro es todo lo que podríamos desear. Es la justificación de mi espera, seguramente también de la de otros vista la velocidad con la que apareció la segunda edición. No es solamente el primero de cuatro volúmenes con todo, todo, todo el material corto del maestro del cuento; es que la edición es definitiva, incuestionable, exuberante, por la que Paul Viejo merece cuantos elogios quepan para un antologista. Este libro es redondo como objeto, como fuente de información sobre el autor, como vehículo para el disfrute de su obra. Traducciones impecables, información sobre cada relato, orden cronológico pero índices con distinta categorización. Un diez.
Para el lector familiarizado con Chéjov, el volumen permite entender lo pronto que el autor encontró su propio camino. Esos diálogos de personajes que hablan interminablemente, tan rusos, son en él más vivos y chispeantes que en la mayoría de sus coetáneos. Relatos bien conocidos y aquí presentes, como “El camaleón” (¿se puede hacer un mejor retrato y una reflexión social más incisiva en cuatro páginas?), se basan precisamente en esa fluidez.
También está aquí la tristeza, el dolor; ese universo ruso denso, tan oprimente en muchos sentidos —social, climatológico, psicológico—, pero plasmado con una cercanía que voces como la de Chéjov lo han convertido en uno de los paisajes cotidianos para el lector moderno.
Sin embargo, esta reseña no sería totalmente completa si no recogiera un hecho básico. Puesto que este volumen es el primero cronológicamente, y pese a que en él hay otras obras maestras como “Flores tardías” o “El gordo y el flaco”, este no es un libro que haga del todo justicia al talento de Chéjov. Este es un libro para lectores que ya le conocen y quieren más: por ejemplo, los primeros relatos que publicó Chéjov, en su mayoría el tipo de anécdotas de un par de páginas que se publicaban en los periódicos de la época, no son de un gran valor por sí mismos.
Para el lector que aún no conozca a Chéjov o sólo tenga presentes un par de cuentos que despertaran su curiosidad (vivimos tiempos extraños en los que hay quien ha leído a Carver pero no a Chéjov ni a Maupassant), ahí están por ejemplo los Cuentos reunidos por Alejandro Ariel González para Losada, Los mejores cuentos seleccionados por Ricardo San Vicente para Alianza, o los Cuentos imprescindibles según criterio de Richard Ford en Debolsillo. Esto, que podría parecer un desdoro para el volumen que comento, no es sino una invitación a posponer su compra; después de que disfrute de uno de esos libros, casi cualquier lector amante del relato querrá más. Y el consejo luego entonces es que no dé más vueltas, como las que di yo: no siga picoteando, venga hasta este volumen y espere a los tres que aparecerán en años sucesivos para tenerlo todo en condiciones óptimas.

jueves, abril 17, 2014

Ávidas pretensiones, Fernando Aramburu

Premio Biblioteca Breve 2014 Seix Barral, Barcelona, 2014. 411 pp. 19 €

Ignacio Sanz

Fernando Aramburu es un monje de la literatura. Vive en Alemania, a cientos de kilómetros de su tierra, nuestra tierra, pero la distancia no le ha hecho perder reflejos y su prosa fluye y fluye posiblemente gracias al cultivo de su oído refinado. Se nota en la profusión de casticismos y en ese trasfondo clásico, como si la sombra de Cervantes o de El Lazarillo flotaran a su alrededor.
Ávidas pretensiones es un festín, una de esas novelas de aliento desenfadado, a ratos gamberro, un alarde de imaginación esperpéntica. Morilla del Pinar es un pueblo de Castilla. Debe andar perdido en la paramera ondulada entre grandes manchas de pinares. En este pueblo, a las afueras, hay un convento de monjas espinas que acogen congresillos y convenciones de todo tipo. En este marco se desarrolla un encuentro de poetas apadrinado por el gran Lopetegui, Lope para los amigos, un estratega de la lírica. Los invitados son 29, aunque uno, rebotado, se marcha nada más llegar. Digamos entonces que 28. El lector a veces se pierde entre tanto nombre. De la pléyade de poetas enseguida destacan ocho o diez con los que el lector se va familiarizando, cada cual con sus troneras y sus manías. Qué tropa. Entre los poetas hay facciones irreconciliables, como es natural. Por ello el lector descubre pequeñas conspiraciones, enredos, venalidades de todo tipo. Pero lo que hay es una fiesta, un desmadre, un carnaval chocarrero y paródico en la mejor tradición literaria.
Entre los asistentes al encuentro el lector se va a encontrar con alusiones a Gimferrer, a Colinas, a Félix de Azúa, a Caballero Bonald. Se trata de simple alusiones, porque estos poetas de carne y hueso no están entre los invitados.
A veces, a juzgar por el comportamiento, más que un encuentro de altas pasiones líricas, la novela parece que trata de las pulsiones que arrancan a la altura de la bragueta. Hay que ver cómo se lo montan los poetas, que diría un castizo, para estar todo el día conspirando contra el sexto mandamiento. Entre los poetas asistentes Aramburu ha incluido, para respetar cuotas, a un poeta catalán, a una colección de homosexuales y a una pareja de lesbianas. También, cómo no, a la jovencita Vanesa que hace de lazarillo de un provecto poeta ciego y que es un bombón que atrae los deseos de toda la concurrencia. Más que un encuentro de líricos, el lector asiste a un desmadre de pasiones.
La novela es divertidísima, aunque inevitablemente se alternen los momentos de sombra con los de mayor intensidad y regocijo. Uno de esos momentos intensos es cuando las dos poetas lesbianas que han sufrido las iras de los lugareños en su coche averiado, deciden tomarse la revancha. El disparate entonces llega al paroxismo. Aramburu, tantas veces crítico y comprometido con la realidad herida de nuestra sociedad, ha querido en esta ocasión deshacerse la coleta y llevar al lector hacia una bacanal de risas y excesos. La risa es un atributo esencial de la buena literatura. No resulta fácil mantener la tensión a lo largo de una historia desbordante y guadianesca, pero una vez más, el escritor donostiarra lo ha conseguido. No en balde con esta novela Aramburu recibió el premio Biblioteca Breve.

miércoles, abril 16, 2014

Thoreau. La vida sublime, Maximilien Le Roy / A. Dan

Trad. Olalla García. Impedimenta, Madrid, 2013. 76 pp. 19,95 €

Ariadna G. García

Con apenas 28 años, el escritor y docente David Thoreau abandonó su casa y se marchó a vivir al bosque que rodeaba la laguna de Walden (estado de Massachussets). Le movió a este retiro la curiosidad y las ganas de conocerse en un ambiente distinto, así como el rechazo a las ciudades. Cansado de las convenciones sociales, del trabajo y de la falta de tiempo, pensó que había llegado la hora de cambiar de vida. Durante dos años y dos meses, Thoreau ejerció de “inspector de tormentas”, de “adorador de amaneceres”. Su objetivo era simple: el gozo de una existencia plena, sencilla y decente en un espacio natural. Toda aquella experiencia ascética la recogió en el libro Walden. Mi vida en los bosques (1854). La novela gráfica que recientemente ha publicado Impedimenta sobre David Thoreau, La vida sublime, recrea algunos pasajes de dicho volumen, a los que suma otras muchas –y trascendentes– escenas biográficas: su negativa al pago de impuestos, su paso por prisión o su rechazo a la esclavitud. Estos episodios, a su vez, guardan relación con su ensayo más político: La desobediencia civil (1849). Tampoco faltan en la obra estampas sobre su alegato a favor de una educación pública laica y de la libertad de culto, o sobre su enfermedad y ulterior fallecimiento.
La vida sublime arranca con el exilio voluntario de Thoreau a los bosques, en donde repartirá las horas entre el cultivo de sus propios alimentos, la escritura de un diario y la contemplación de la naturaleza. Este “tónico de la rusticidad” le dará fuerzas para liderar, dos años después, un movimiento urbano de desobediencia. Toda una lección de principios. Thoreau se pregunta cómo debe comportarse un hombre honesto cuando el Estado no es decente: sostiene guerras injustas y esclaviza a la población. Su respuesta es triple: el desacato a la autoridad, el llamamiento a la revolución y la acción clandestina (ayuda a una familia negra a fugarse a Canadá por el lago Ontario). Si los Estados Unidos representan la cerrada defensa del individualismo, Thoreau aboga por la política contraria: la empatía, la solidaridad; recorre la distancia que lo aísla del resto de la gente. Sólo así, gracias a la construcción de un tejido social, la ciudadanía puede transformar el país en que vive.
Impedimenta se suma, pues, al interés de otras editoriales por la publicación de libros o bien escritos por David Thoreau (Walden. Errata Naturae. 2013) o bien herederos de su filosofía (La vida simple, Silvayn Tesson. Alfaguara. 2013; El siglo de la gran prueba, Jorge Riechmann. Baile del Sol. 2013). No es para menos. En los tiempos que corren necesitamos obras que cambien los valores de la gente.
Las ilustraciones de la novela, pese a su sencillez, están muy bien pensadas. El trazo claro y la sobriedad cromática podemos entenderlos como metáforas del ideario de Thoreau. Se agradece, además, la variedad de perspectivas que tienen los dibujos. Las mejores imágenes, precisamente, son aquellas en que nos ponemos en el lugar de los animales del bosque. Gracias a estos ángulos, nos identificamos tanto con hormigas, como con búhos y demás especies. Por cuestión de segundos, somos ellos. Se produce el milagro de la identificación. Igual así comprendamos, de una vez por todas, que el planeta no es nuestro, que no tenemos derecho a agotar sus recursos, que o cambiamos de modelo económico o vamos a acabar con la vida en la Tierra.

martes, abril 15, 2014

Soy un artista, Marta Altés

Barcelona, Blackie Books, 2014. 30 pp. 14,90 €

Villar Arellano

El título de este álbum ilustrado le queda que ni pintado a su autora. Marta Altés es toda una artista y su talento consigue el prodigio de hacernos sonreír, enternecer, reconocer, imaginar, temer… y deslumbrarnos con una propuesta aparentemente sencilla pero rebosante de ingenio y de impecable factura.
Su envoltorio, en efecto, podría parecer muy básico. El argumento nos presenta a un niño pequeño que se divierte experimentando con el arte mientras su nerviosa madre trata de mantener la calma y el orden ante la onda expansiva de tan desbordante creatividad. Este planteamiento se desarrolla en unas pocas páginas ilustradas a todo color, con un formato de álbum que añade atractivo a la lectura. ¿Eso es todo? Por supuesto que no, por eso la autora es una artista. Altés despliega todo un arsenal de recursos y los utiliza para ejercer su poder y narrar, sugerir y emocionar.
En primer lugar, el texto —un monólogo del protagonista— permite al chaval desahogarse con el lector. Todos los artistas se sienten, a veces, incomprendidos. Es lo que le pasa al narrador con su madre, una mujer llena de arte pero con “una manera muy distinta de ver las cosas” a la de su hijo. El pequeño genio va exponiendo sus dificultades de comunicación, esa falta de entendimiento creativo.
Pero aún hay más. Las ilustraciones dan el genial contrapunto al texto, aportando una nueva perspectiva al relato, un tono irónico que modifica nuestro papel como lectores, haciéndonos pasar de cómplices de las confidencias infantiles a asombrados espectadores de una divertida y catastrófica historia. Así, donde el protagonista habla de su autorretrato múltiple, las ilustraciones nos muestran un espejo roto (supuestamente de un balonazo) que, efectivamente, divide la imagen en cien fragmentos. La falta de entendimiento desvela así todo su disparatado sentido, provocando la risa y la admiración.
El humor preside cada página, proponiendo dos miradas, dos versiones diferentes de una misma realidad: la visión idealizada y sublime del artista frente a la perspectiva prosaica, limitada y un tanto ansiosa de la madre. A lo largo de este recorrido, el lector es testigo del desenfrenado impulso creador del muchacho. Su inspiración no conoce límites: la naturaleza, los colores, el movimiento, las texturas y formas…
El estilo gráfico de Marta Altés subraya este carácter humorístico. De línea naif, las técnicas utilizadas (lápices de colores, convenientemente “enriquecidos” con acuarelas), aproximan su trabajo al lector infantil, efecto que se remarca con el uso de dibujos esquemáticos para las creaciones del protagonista. La ausencia de fondos hace resaltar a los personajes, sus acciones y las consecuencias. El resultado son páginas muy dinámicas, alegres y coloristas.
No faltan en este maravilloso álbum pequeños homenajes a los grandes genios del arte (el bigote de Dalí, la camiseta de Picasso o los móviles de Calder), así como los títulos que parodian el lenguaje grandilocuente de los artistas (La soledad de la zanahoria abandonada) o las etiquetas del arte abstracto (Azul nº 10, 11 y 12).
En resumen, una magnífica obra llena de matices que ejemplifica la profunda riqueza de este género y su largo alcance en manos de ilustradores como Marta Altés. No sabemos si su infancia fue como la del protagonista, pero no tenemos ninguna duda acerca de la madurez de su arte y de su talento para conectar con la inteligencia infantil. Sólo así se entiende esta hábil combinación de inocencia y transgresión, vandalismo y ternura: Arte Altés.