miércoles, diciembre 07, 2016

Poesía completa, César Simón


Edición y prólogo: Vicente Gallego
Pre-Textos, Valencia, 2016. 427 pp. 30 €

Ariadna G. García

Nacido en 1932, como Francisco Brines, César Simón (1932-1997) es un miembro rezagado del Grupo del 50. Este valenciano dio a conocer su obra en la década de los 70, cuando sus compañeros de generación ya se habían consolidado gracias a premios como el Adonáis (el propio Brines lo ganó por Las brasas en 1959, a los 27 años). Su tardía irrupción en el panorama poético, dominado tanto por la lírica culturalista de moda gracias a la antología de José María Castellet, como por el coro de voces consagradas de los denominados niños de la guerra (recuérdese, entre otras, la antología El grupo poético de los años 50, a cargo de Juan García Hortelano –1977–), lo mantuvo en la medio invisibilidad literaria fuera de su tierra de origen; donde, sin embargo, sí realizó una importantísima labor de magisterio sobre autores de la talla de Vicente Gallego o de Carlos Marzal, y donde participó en proyectos literarios junto a Jenaro Talens. La reunión de sus libros de poemas en el volumen Poesía completa que acaba de publicar Pre-Textos hace justicia a un autor que bien merece la difusión de sus poemas por todos los países de habla hispana.
Su primer poemario, Pedregal (1970), es un largo monólogo con la naturaleza. La voz que enuncia interpela continuamente al mar Mediterráneo, hace gala de poseer un conocimiento exhaustivo del mundo (enumera «zarzamoras, aliagas, cambroneras») y busca la exactitud en sus descripciones por medio de una abundante adjetivación («este ir a casa mudo,/prieto, febril, dichoso, ebrio»).
Su segunda entrega, Erosión (1971), inaugura un tema esencial en su poética: la introspección consciente. Lo mismo que un monje medieval o que un fraile erasmista, César Simón se recoge dentro de sí para apurar su esencia, cerrando la puerta de su templo a los ruidos y trajines del mundo exterior («Me evadí en una silla, hacia mí mismo», de La vieja silla).
Estupor final (1977) es un libro extraordinario. El poeta oscila entre dos tendencias. A veces recurre al poema breve en clave simbólica (Frío) y, otras, al extenso poema narrativo en versículos, de corte casi legendario. Estos poemas –próximos a lo que luego será la prosa poética del Julio Llamazares de Luna de lobos o La lluvia amarilla– son de una belleza y de una fuerza inusitada. César Simón relata una historia de amor al tiempo que describe la vida simple, básica, de un hombre en una cabaña en pleno bosque. Detrás laten los ecos de Thoreau.
En 1984, Hiperión recogió en Precisión de una sombra (Poesía, 1970-1982), la obra del poeta valenciano escrita hasta la fecha. Dentro se incluye un poemario de título homónimo, escrito –en parte– a modo de diario. Bajo la fecha 6 de noviembre leemos un texto sobrecogedor, angustioso, construido por medio de anáforas (“y”), donde, bajo el artificio del doppel (el doble), relata el regreso a una antigua casa «y ha sentido como si hubiera llegado tarde, como si todos se hubieran ido hace tiempo, como si todo hubiera terminado ya,/ y lo ha despertado el progresivo frío que se adueñaba de su cuerpo» (pág. 158) y en donde el sujeto confiesa estar «temeroso de la muerte que se prefigura en su cuerpo». En este libro, además, cobran protagonismo la sensualidad, el erotismo y la frustración sexo-afectiva (partes III y VI, esta última contiene un diálogo alegórico entre una silla, un arca y un jarro, testigos de la turbulenta y diabólica relación de amantes que mantienen un hombre y una mujer).
Al año, César Simón publica Quince fragmentos sobre un único tema: el tema único, poemario angular en su bibliografía, pues aquí –entrado ya el autor en los cincuenta y tres años– da rienda suelta a su concepción filosófica de la creación poética. ¿Y cuál es ese tema que apunta el título? Estos versos ofrecen varias pistas: «Yo paso, yo respiro, únicamente» (p. 218), «Nada habré sido nunca, y, sin embargo,/estar aquí sentado es suficiente» (p. 219), «¿…hemos vivido sólo para tales instantes?» (p. 221), «…consciencia/que vibra como llama,/que aparece en el mundo, lo delata,/lo ilumina, lo ahonda. Y lo destruye» (p. 222), «he logrado reducirme a lo fundamental, yo mismo» (p. 226), «no he venido a brindar ni a lamentarme/…/ [vivir es] una convicción de encontrarnos esencialmente solos en el mundo y aceptarlo,/de haber sido un sueño de la luz y el color/y fuego de artificio y explosión que se agota» (p. 229). En una entrevista publicada en 1983 por Cuadernos de Cultura, César Simón desvelaba el motivo temático de toda su producción: el existir, «una tarea abrumadora que todavía no me he quitado de las manos… que ni es una maravilla ni una calamidad, es un hecho inexplicable e irreductible». Y más adelante: «Soy un hombre profundamente calado por la sensación de su contingencia».
Extravío (1991) supone una indagación más honda en dicho asunto temático. Para César Simón, la poesía es un medio de conocimiento, una experiencia emocional que permite conocernos, ser en ese instante supremo de meditación. Las Elegías que abren el libro deslumbran por su autenticidad y contención: «¿He buscado la vida sin hallarla?/¿Estuvo en cada instante?/La conocí a través de la pereza/y de la dispersión,/del ocio sin placeres y del tedio./La conocí y la fui tan plenamente/que no he necesitado celebrarla. Por haberla perdido y malogrado,/por eso fui la vida sin saberlo» (pág. 242). Destaca también el poema Celebración, donde el autor se desmarca de los motivos y temas tratados por los demás poetas (esos «momentos de placer»); él, por su parte, se limita a habitar la cumbre de su propia consciencia, una –solitaria– región de plenitud.
En la última etapa de su vida, César Simón publicó dos poemarios más: Templo sin dioses (1996) y El jardín (1997) que ofrecen un tono menos vigoroso que los anteriores. Lo componen, fundamentalmente, poemas breves que reabren viejos temas del autor. Con todo, encontramos piezas contundentes, como El cuerpo leve, donde barrunta el fin («también la mecedora/una noche quedará quieta»).
El presente volumen, preparado por Vicente Gallego, compila un hermoso libro inédito: El pretexto y el fervor, que insiste en el texto de pequeña extensión, dedicado, ahora, a una mujer efímera, cuya ausencia lamenta quien enuncia.
Para acabar, y como atractivo de la edición, se incluyen apéndices con poemas excluidos en segundas ediciones, inéditos y una extensa bibliografía sobre César Simón a cargo de Begoña Pozo; estos materiales complementan al interesante prólogo de Vicente Gallego, donde no faltan las citas de las novelas, artículos y ensayos del poeta que retoman motivos y asuntos de su actividad poética.
César Simón tiene una voz peculiar, diferenciada del resto de poetas de su generación. Él mismo reconoce, entre otras cosas, que no le interesan la ética ni la política como temas: «Las actitudes éticas proceden del que se expresa desde un sistema, yo me he expresado siempre desde fuera… Creo que soy un poeta de aledaños, de senderos y de espacios vacíos. Merodeo por los pueblos sin entrar en ellos. El ágora no se ha hecho para mí» (entrevista citada). Su voz es una voz desnuda de retórica, de la “guardorropía teatral” que critica en muchos autores que duda que lo sean (versificadores que nada tienen de verdaderos poetas) y a los que reprocha que traten de “exhibir su mercancia”. Ajeno a las modas, buscó la verdad de su esencia en cuanto escribió, fue honesto consigo, con la sorpresa y la angustia que le inspiraba su existencia. De ahí que buscase –en algunos de sus libros– un verso corto, “frío, pero hiriente”. Quien ame la verdadera poesía no puede dejar pasar la oportunidad de leer esta Poesía completa de César Simón, uno de los grandes –y desconocidos– autores españoles del siglo pasado.

lunes, diciembre 05, 2016

Lluvia y otros cuentos, W. Somerset Maugham


Trad. Concha Cardeñoso Sáenz de Miera
Atalanta, Girona, 2016, 422 pp. 25 €

María Dolores García Pastor

Somerset Maugham fue un escritor prolífico que tuvo una carrera literaria larga y plagada de triunfos. Cuenta Vicente Molina Foix en su prólogo de Lluvia y otros cuentos que tuvo hasta cuatro obras en cartel al mismo tiempo, compaginando su éxito como dramaturgo y novelista de fama internacional. Muchas de sus obras se adaptaron al cine y gozó de reconocimiento popular. Pero, pese a todos estos méritos, no ha sido hasta las últimas décadas cuando ha comenzado a valorarse su obra como merece, situándole entre los grandes de la literatura. La aparición de libros como el que nos ocupa no hace más que confirmar su gran calidad como narrador. Son doce relatos de los más de cien que llegó a escribir a lo largo de su carrera. Pertenecen a épocas diversas y algunos sobrepasan las cincuenta páginas por lo que podrían considerarse como novelas breves. Entre ellos podemos establecer tres grupos según dónde suceden: relatos europeos, relatos orientales y relatos “en tránsito”, que son los que transcurren durante un viaje, generalmente a bordo de embarcaciones de la compañía de cruceros P&O. Se trata de relatos realistas narrados con un estilo sobrio que huye de las florituras y de los golpes de efecto. Son cuentos muy británicos, por su ironía, de anécdota clara. Dice también Molina Foix en el prólogo, que su autor era más próximo a Flaubert, Maupassant o Balzac, y que estaba emparentado con James por su extraterritorialidad. Le define como contrario a Chéjov,  y sí  es cierto que los cuentos del ruso son más profundos y trascendentes que los del británico.
Las tramas de Maugham están bien urdidas y las historias avanzan sin interrupciones que distraigan al lector de la unidad dramática: va al grano y sus finales son coherentes, el lector puede intuir hacia donde le está llevando, lo cual no impide que sean narraciones inquietantes y que sintamos la necesidad de seguir leyendo. Es un gran observador del comportamiento humano y se luce retratando a sus personajes aunque no sea prolífico en descripciones. Donde de verdad muestra su maestría es en la construcción de los diálogos porque en ellos aflora el dramaturgo. Estos son ágiles, verosímiles y contribuyen a profundizar en el retrato de los personajes. Entre dichos personajes destacan los femeninos por su fuerza: ellos actúan en la medida que ellas se lo permiten. Espías, sacristanes, predicadores, viajeros, damas de la alta sociedad... de todo cabe en este libro donde los paisajes exóticos devienen un personaje más.
Es directo, claro y preciso y sus finales son cerrados. Hay mucho de crítica social en ellos, rechaza los convencionalismos al tiempo que destila cierto aire misógino.  También captamos una mirada de superioridad colonial sobre los nativos y mucha ironía y humor. El relato que abre la antología, La carta, contó con al menos tres adaptaciones cinematográficas. Lluvia, el que da título a este libro, es uno de los más extensos, una fábula sobre la intolerancia religiosa y la hipocresía moral que también fue llevada al cine.
Somerset Maugham es uno de los escritores más viajeros y cosmopolitas que ha existido, con una notable tendencia al exotismo. Su éxito literario le permitió dar rienda suelta a su faceta viajera y residir en su lujosa mansión de la Riviera francesa. También trabajó ocasionalmente para el Servicio Secreto Británico. Todo ello, unido a su gran capacidad de observación, le proporcionó materia prima para sus historias que plasmó, además de en sus relatos, en veintiuna novelas, veinticuatro obras teatrales, ensayos, biografías, libros de viajes... Sin embargo, me atrevería a decir que encontramos al Maugham más ingenioso en los relatos. En definitiva, un nuevo acierto de una editorial tan exigente como Atalanta.

viernes, diciembre 02, 2016

El Enigma Turing, David Lagercrantz


Trad. Martin Lexell y Mónica Corral Frías
Destino, Barcelona, 2016. 480 pp. 20 €

Tomás Sendarrubias

Que Alan Turing es un personaje que podría haber sido calificado como el espíritu del Siglo XX es algo de lo que supongo no habrá duda alguna. Este matemático británico, no tan conocido como debiera, ha sido una de las mejores mentes que este planeta ha visto en su historia, y sus ideas y trabajos han marcado tanto nuestro tiempo que podría decirse que Turing es, como nadie más, el arquitecto del siglo XXI. Alan Turing fue un matemático inglés que colaboró con uno de los proyectos más secretos de la Segunda Guerra Mundial, el operativo de Bletchley Park, cuyo objetivo era romper los códigos secretos de comunicación de los nazis (el famoso código Enigma). Sin el éxito de Turing (y el resto de los hombres y mujeres que formaban ese operativo) probablemente la evolución de la Segunda Guerra Mundial hubiera sido muy diferente, pero cuando hablamos de Turing como "padre" del mundo moderno, no lo hacemos en un sentido contrafactual de "qué hubiera pasado si...", sino que lo hacemos porque Turing es quien definió con sus trabajos lo que sería todo el mundo informático del que hoy tanto dependemos. Empeñado en crear una máquina inteligente y capaz de aprender de sus errores, Turing legó a la posteridad los principios de la moderna informática... y también una historia dramática. Y es que a pesar de sus éxitos para los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial, Turing fue víctima de una caza de brujas en la Gran Bretaña de su época, debido a su tendencia sexual (Alan Turing era un homosexual reconocido), y sufrió el escarnio público, el acoso de su propio gobierno, y finalmente, acabó con su vida envenenándose con una manzana con cianuro.
Y precisamente ese es el punto del que el escritor sueco David Lagercrantz (Soy Zlatan Ibrahimovic; Lo que no te mata te hace más fuerte) decidió partir hace unos años a la hora de escribir su obra La Caída de un Hombre en Wilmslow, que había permanecido hasta ahora inédito en nuestro país, donde no hace mucho se ha publicado con el título más llamativo de El Enigma Turing. La novela llega a remolque de tres corrientes de actualidad que parecen haber confluido para que tengamos con nosotros esta historia. La primera, la fama adquirida por el escritor en el último año, después de que se decidiera que él fuera el continuador de la Trilogía Millenium, del finado Stieg Larsson, con la publicación de la cuarta parte de la historia, Lo que no te mata te hace más fuerte. Por otro lado, el éxito el año pasado de la película Descifrando a Enigma, protagonizada por Benedict Cumberbatch ha traído a Turing de vuelta a la actualidad. Y sin duda, el título de la novela en España es un homenaje a toda la serie de novelas que, a raíz de El Código DaVinci de Dan Brown han surgido, llenándolo todo de misterios y enigmas atribuibles a Dante, Wagner, Miguel Ángel, etc...lo que sin duda lo hacía mucho más atractivo en nuestro país que su nombre original.
Ahora bien. ¿Qué es lo que nos encontramos en esta novela? David Lagercrantz arranca su historia precisamente con la muerte de Alan Turing, y convierte en el protagonista de la trama al policía encargado de investigar su fallecimiento, un hombre de carácter desagradable llamado Leonard Corell, que se encuentra de pronto sumergido en el confuso mundo del que Turing había surgido, y lo hace en plena Guerra Fría, y en un momento de gran persecución a la homosexualidad por parte de las propias instituciones británicas. Corell decide investigar los motivos de la muerte de Turing, y lo hace yendo más allá de las propias indicaciones de sus superiores, encontrándose con que el estudio de Turing le permite acceder a partes de él ya olvidadas, como sus intereses por las matemáticas o su compleja vida adolescente y de estudiante en uno de los prestigiosos colegios ingleses.
Sin duda, los amantes de la literatura sueca y de la Saga Millenium encontrarán en El Enigma Turing una lectura interesante, ya que comparte muchos puntos en común con el estilo de Larsson... ahora, aquellos que no se sientan tan atraídos por esa forma de escribir, encontrarán en El Enigma Turing un hueso duro de roer. La narración es lenta y personal, Corell una criatura absolutamente desagradable, y aunque plantea algunas cuestiones matemáticas y filosóficas muy interesantes, el entorno en el que se siembran es algo árido. Un libro orientado a un público muy concreto, que sin duda disfrutará de Lagercrantz y su retrato de la década de los cincuenta.

miércoles, noviembre 30, 2016

La carne, Rosa Montero


Alfaguara, Madrid, 2016. 240 pp. 18,90 €

María Dolores García Pastor

En su última novela Rosa Montero deja de lado sus mundos de fantasía para regresar al mucho más prosaico mundo real. Y lo hace con una historia cuyo argumento, a primera vista, puede parecer un poco trillado: señora madura contrata a prostituto joven para darle celos a su ex amante y acaba liada con él, con el gigoló, se entiende. Pero la historia de Soledad, la protagonista del relato, no es una historia al uso. Y es que al final es cómo se cuenta no lo que se cuenta, y Montero nos lo vuelve a demostrar.
La autora extrae el título de un verso de Stéphane Mallarmé que su protagonista rememora al final del libro: «La carne está triste y ya he leído todos los libros». La carne es en realidad la protagonista de la obra. La carne, el cuerpo que nos da placer, que es paraíso pero que con el paso del tiempo acaba convirtiéndose en mazmorra. Los años que pasan y la carne que pierde su consistencia original, su forma juvenil. Esa carne decrépita que socialmente no se le perdona a las mujeres. En La Carne su autora nos habla del deterioro y la decadencia pero, pese a lo que pudiera parecer, este es un libro profundamente vitalista, un canto a la vida, un alegato contra la derrota y una oda al volverlo a intentar de nuevo siempre. Soledad es una mujer de bandera, independiente, inteligente y atractiva, que cumple los sesenta en el tiempo de la narración. Tiene un pasado oculto, del que reniega y a causa del que siempre se siente caminando por la delgada línea que separa la demencia de la de cordura. Ese pasado nos sitúa en un juego de espejos del que Soledad intenta salir indemne no sin esfuerzo.
Esta es también una novela de suspense en la que el paso del tiempo y sus consecuencias tiene un papel fundamental, además de ser una constante en la obra de su autora. Paralela a la trama de la historia de amor-sexo entre Soledad y Adam, el gigoló, transcurre la de la exposición sobre escritores malditos de la que la protagonista es comisaria. Esta subtrama nos muestra la realidad que vivimos cuando llega gente más joven y más preparada que nosotros, o no, a competir por nuestro puesto de trabajo, y esos advenedizos nos hacer perder influencia o tirón en nuestro entorno.
Con todos estos ingredientes, Rosa Montero teje una intriga de la que es difícil apearse. Con destreza narrativa dibuja el paisaje devastado que deja el paso del tiempo en la carne, lo describe pormenorizadamente y no sin cierta ironía. Al tiempo que nos retrata una sociedad competitiva y patriarcal en la que a la mujer no se le perdona la vejez, sobre todo si no ha tenido hijos. También hace un guiño cómplice a sus lectores convirtiéndose a si misma en uno de los personajes de la historia que es la antítesis total de Soledad en cuanto a su carácter y actitud frente a la vida. En definitiva, una novela muy alejada de la Rosa Montero de los últimos tiempos pero muy recomendable en especial para quienes la han descubierto y se han hecho lectores con sus primeros libros.  

lunes, noviembre 28, 2016

Ley matinal, Isabel Moreno García


Plaza y Valdés Editores, Madrid, 2016. 94 pp. 10 €

Pedro M. Domene

La mirada del escritor proyecta su yo narrativo en una multiplicidad de temas universales que contemplan ese obligado homenaje al amor y a la amistad, a los encuentros amorosos y a los desencuentros, el consabido paso del tiempo y la condición humana, esa permanente condición de hombre que celebra tanto el poder del arte como el de la literatura; en suma, una suerte de belleza capaz de convertir la naturaleza de los objetos en esa preclara elocuencia que hace realidad las vivencias que, de la mano de un narrador, cobran un nuevo sentido, y se ajustan a esa eterna visión que nos proporciona cada instante. Así debemos entender estos microtextos de Isabel Moreno García (Madrid) que titula Ley matinal (2016), en realidad, setenta episodios narrativos que contienen escenas muy diversas y, si en su obra anterior, Pasos (2013), la narradora nos invitaba a la contemplación, o su voz se diseminaba por instancias narrativas diversas, en esa búsqueda y captura de los momentos para condensar la totalidad de una experiencia, y aun más se abría paso en el aspecto literario con imágenes y visiones cercanas, de nuevo en Ley matinal, Moreno García, propicia encuentros fortuitos, hermosas impresiones de instantes y vivencias, y abundantes recuerdos que, de alguna manera, provocan esos momentos que condensan la totalidad de una experiencia vivida hasta convertirlos en literatura. Su prosa destaca por la delicadeza con que se retrata la sencillez de los ritos cotidianos y los pequeños gestos reveladores. Esta nueva entrega, también, de ficciones breves, con títulos tan sugerentes como “Miniatura”, donde lo grande e incluso lo pequeño se magnifica, “Volver la vista al cielo”, como exaltación de una belleza real o inventada a través del cromatismo pictórico, y lo mismo ocurre en “Fuga cromática” o sobre la imagen fotográfica que se obtiene de una realidad vivida, caso de “Linde”, aunque en todas, y cada una, remite a un yo plural y ficticio que aun así delata la continuidad de esa voz que se perpetúa en la escritura.
El estilo se caracteriza por un lirismo sutil, esa característica prosa poética que ofrece una sugestiva aprensión de la realidad, y que se concreta y refuerza a través de una adjetivación medida, bien distribuida y precisa, con esa sutilidad denotativa que provoca tanto en evocaciones como en emociones de una depurada belleza.
La escritura de Moreno García trasluce una no simulada pasión que procede de la musicalidad y del poder para trabajar bien la palabra exacta, capaz de crear ese efecto que traspasa los límites de una realidad cognoscitiva y reconocible, a su vez otra de sus características añadidas que ensancha los límites establecidos en las relaciones y modos humanos para al final detenerse, fijándolos en un gesto o una mirada, la de Isabel Moreno García que celebra así con su actitud la superación del desastre y reivindica con su literatura la trascendencia de cuantos numerosos detalles y encuentros cotidianos nos enfrentamos a diario; es entonces cuando la prosa de Moreno García cobra toda su fuerza, y entona ese acertado canto a toda una existencia.

viernes, noviembre 25, 2016

Teatro reunido, Arthur Miller


Trad. Victoria Alonso Blanco, Jordi Fibla Feito, José Luis López Muñoz y Eduardo Mendoza
Tusquets Editores. Barcelona, 2015. 488 pp. 23,50 €

Victoria R. Gil

En 2015 se conmemoró el centenario del nacimiento de Arthur Miller, uno de los mejores dramaturgos del pasado siglo, galardonado con varios premios Pulitzer y con el Premio Príncipe de Asturias, entre otros muchos reconocimientos que avalan una obra que sigue tan vigente hoy como cuando fue escrita. La editorial Tusquets decidió celebrar esa fecha con la publicación de un volumen que reúne cinco de sus mejores obras Todos eran mis hijos (1947), Muerte de un viajante (1949), Las brujas de Salem (1952), Panorama desde el puente (1955) y Después de la caída (1964). En todas ellas destaca la crítica social que caracterizó siempre su trabajo y, sobre todo, el desaliento que produce la imposibilidad de alcanzar ese sueño americano que, a pesar de lo que nos cuentan, no está al alcance de cualquiera.
Otro gran hombre del teatro, José María Pou, recordaba con motivo de este centenario las numerosas veces que se ha representado en España su obra más famosa y la que mejor representa la frustración de no cumplir unas aspiraciones imposibles, ese fracaso que se le pega a uno como el hedor del agua estancada y no se va con ningún cepillado. El traje de Willy Loman, un auténtico máster en representación teatral que todo actor aspira a superar con nota, se lo han puesto en nuestro país grandes nombres de la escena como Carlos Lemos y José María Rodero. (Éste último, en una versión para televisión con Juan Diego, Jaime Blanch y Berta Riaza que RTVE comparte en su archivo videográfico a través de internet y que no deberían perderse).
Willy Loman y sus castillos en el aire, su ambición nunca cumplida y su huida hacia delante nos resulta muy familiar porque tiene mucho de nosotros mismos, inmersos en este tiempo capaz de levantar un sistema financiero sobre cimientos de cristal y convertir la especulación capitalista en la única y verdadera religión. Eso sí, los ricos, como los santos, siguen siendo los otros.
De plena actualidad es también otra de las obras incluida en esta antología. En el prólogo a su traducción de Panorama desde el puente, Eduardo Mendoza asegura que ésta refleja «la situación de los inmigrantes ilegales, obligados a asumir la marginalidad, a integrarse de hecho y de derecho en el círculo de la delincuencia, sin otra causa que el deseo de ganarse la vida con un trabajo honrado». Una situación que, como recuerda el autor catalán, se ha agravado hasta alcanzar hoy dimensiones globales.
¿Y qué decir de Las brujas de Salem, un alegato contra la detención de cualquier norteamericano sospechoso de ser comunistas impulsada por el senador McCarthy en Estados Unidos y de la que fue víctima el propio Arthur Miller? El fanatismo religioso que tan bien retrata el escritor, irracional y violento, como lo es cualquier otro fanatismo (político, racial…) empeñado en la destrucción del otro, del diferente, llena las primeras páginas de nuestros periódicos cada día. La pervivencia de unos conflictos que fueron descritos hace más de sesenta años no nos deja en buen lugar.
En Todos eran mis hijos y Después de la caída, el dramaturgo va a profundizar en las heridas que siempre provocan las relaciones personales. En la primera, un pobre hombre que nos recuerda a Willy Loman por sus sueños de gloria, no es más que un empresario sin conciencia, a quien no le importa pagar el precio más alto por aumentar su margen de beneficio. Y el descubrimiento de su verdadera naturaleza quiebra por segunda vez una familia que, quizás (su tragedia es ignorarlo) él mismo había roto ya, sin saberlo.
En Después de la caída, el escenario va a ser «la mente, el pensamiento y la memoria» de su protagonista, y el principal argumento, ese campo de batalla que es el matrimonio y del que acaso nadie logre salir indemne. Escrita después de la muerte de Marilyn Monroe, con la que estuvo casado cinco años, Miller relata sin pudor sus reflexiones más íntimas y nos transmite la intensidad y el desencuentro de aquel amor que pareció nacer condenado al fracaso.
Este Teatro reunido que nos ofrece Tusquets es una magnífica oportunidad para reencontrarnos con la obra de un escritor que nunca tomó el camino fácil y cuyo principal mérito radica en despojarnos de caretas y artificios hasta dejarnos desnudos como el emperador.

miércoles, noviembre 23, 2016

La invención de la libertad, Juan Arnau


Atalanta, Girona, 2016. 288 pp. 23 €

Fermín Herrero

Juan Arnau es un pensador heterodoxo y singular, no en vano estudió astrofísica antes de doctorarse en filosofía sánscrita y ha ejercido la docencia en las universidades de Michigan, Benarés y Barcelona. Conocía de su obra algún estudio sobre el budismo, además de narraciones en Pre-textos y su exitoso Manual de filosofía portátil, publicado, como el título del que nos ocupamos, La invención de la libertad, por la exquisita editorial Atalanta. En todos ellos muestra una calidad de escritura notable, al conjugar, tarea harto difícil, lo ameno y lo profundo.
De la pluralidad de sus intereses da buena cuenta este volumen, que agavilla acercamientos a la aventura en pos del espíritu, entre la intuición y la inteligencia, la percepción y el recuerdo, la memoria y la materia, de Henri Bergson, al que tanto admiraba Machado, del que tanto aprendió su poesía como palabra en el tiempo, deudora del crucial concepto de Durée («la sensación misma del transcurso, la experiencia consciente, íntima, del tiempo»); a la exploración hacia la mística del edificante William James y hacia la perspectiva radical del matemático que terminó como metafísico jubilado en Harvard Alfred North Whitehead, para quien, en virtud de su “filosofía del organismo”, estamos «en todo lo que percibimos». Los tres, intelectuales de formación ampliamente humanista, compartieron curiosamente estrado a lo largo del tiempo en las Gifford Lectures de Edimburgo. Arnau, exegeta de lujo, dialoga con ellos, le sirven como palanca. Su pensamiento, en la línea de los filósofos a los que se aproxima, tiende a lo sentencioso –alguno de los apotegmas que vertebran el texto es incluso muy arriesgado, caso de «el universo no tiene leyes sino hábitos, como todo lo vivo»- en detrimento de la hipotaxis. Renuncia a los tecnicismos abstractos y a la jerga académica en beneficio de un razonar libre, activo, especulativo, basado primordialmente en la percepción, en una atención de reminiscencias budistas y en la sensibilidad de las experiencias emocionales y estéticas
¿Por qué Arnau ha elegido precisamente a estos tres autores? Según el filósofo valenciano, porque cada uno a su manera mantuvieron, frente al helador ventarrón de la preponderante ciencia contemporánea, el que soplaba, y sopla, hacia el materialismo mecanicista, el positivismo, el determinismo y el absolutismo tecnológico, que «el mundo es una invención de la libertad», de ahí el título. Por eso, en todo momento, siguiendo su estela, el estudio se ajusta a la premisa de dotar al razonamiento filosófico de un componente de imaginación («empatía, creatividad y atención: éstos son los tres ejes de la propuesta que plantea este libro») al que han dado la espalda tanto las orientaciones centradas en la lógica lingüística como las derivadas del existencialismo dominante en la modernidad.
Aparte del seductor enfoque hermenéutico, el ensayo cuenta con semblanzas deliciosas, como la del padre de W.James y del novelista Henry, que «prefería la chimenea al foro», elección que todos deberíamos tener muy en cuenta; o evocaciones como la del París coetáneo de Bergson: el de Proust, Manet o Debussy. Y desarrolla un pensar, un discurrir cuyo norte es siempre la convicción de que la filosofía «determina nuestro modo de estar en el mundo».
En suma, una invitación de primer orden a meditar activamente sobre la condición humana, a practicar la expresión liberadora desde la emoción genuina y desde la experiencia interior del hombre. Otro acierto de la editorial gerundense Atalanta, que con este libro pasa de los cien números en una colección que aúna la factura formal impecable con lo provechoso y variopinto de los contenidos, en cualquier título, tanto en las reediciones necesarias de clásicos olvidados como en descubrimientos deslumbrantes como el pensamiento filosófico de Jean Gebser, los inigualables escolios de Nicolás Gómez Dávila o la narrativa breve del iconoclasta Yasutaka Tsutsui, por poner algún ejemplo.