viernes, abril 28, 2017

El ojo castaño de nuestro amor, Mircea Cărtărescu


Trad. Marian Ochoa de Eribe.
Impedimenta, Madrid, 2016. 208 pp. 17,95 €

José Miguel López-Astilleros

Desde hace unos años los lectores de Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956) estamos de enhorabuena, porque desde 1993, año de la primera publicación de una obra suya en Seix Barral, hasta 2006, fecha en que Funambulista rompió el silencio editorial con Por qué nos gustan las mujeres, no habíamos tenido la ocasión de leerlo en español. Aunque hasta 2010 no comenzaría de un modo casi ininterrumpido la traducción y edición de parte de su obra (Cegador, Funambulista y El ruletista, Impedimenta). Pero la excelente noticia es que esta última editorial nos ofrece desde entonces unas magníficas traducciones del rumano a cargo de la gran traductora Marian Ochoa de Eribe (El Levante, Las bellas extranjeras, Lulú, y Nostalgia, aparte de la ya mencionada e incluida en esta última), y no traducciones de las ediciones alemanas.
El ojo castaño de nuestro amor es un libro que tiene la particularidad de estar «…especialmente preparado para el lector español, he intentado customizar el libro para la mentalidad literaria española, tal y como yo la imagino», declara el autor en una entrevista de Daniel Arjona, y más adelante «…se trata de una recopilación de textos que sirven de sumario de toda mi obra. […] es donde el lector encontrará el itinerario al resto de mis libros». De modo que quienes ya conozcan su obra advertirán las continuas referencias a sus temas, personajes, procedimientos literarios, libros, y en definitiva al muy particular mundo cartaresquiano. En cambio los que se acerquen por primera vez a él, tendrán en sus manos una suerte de introducción y guía de lo que encontrarán mucho más desarrollado en los anteriores, sin que ello quiera decir que ninguna de estas piezas esté inserta en aquellos.
La obra está compuesta por veinte textos no muy extensos y heterogéneos. Si establecemos una clasificación grosso modo, nos encontraremos con relatos genuinamente autobiográficos. Este elemento autorreferencial es recurrente en toda su obra, porque siempre escribe sobre sí mismo. Esto no significa que todo lo que cuenta se corresponda con hechos verificables y comprobables por un supuesto biógrafo, dado que para él la realidad es una creación personal de cada ser humano según sus percepciones, pensamientos y vivencias, de ahí que argumente que los escritores fantásticos son más proclives a desenmascarar el mundo en el que viven que a crear otros nuevos. El resultado es que la realidad y la ficción en Cărtărescu tienen la misma consideración y están en el mismo plano, es decir ambas pertenecen a la misma realidad, y por supuesto los sueños y las alucinaciones, elementos también muy presentes en su narrativa. En Mi Bucarest busca el Buenos Aires de Cortázar, la Alejandría de Durrel, el San Petersburgo de Dostoievski, el Dublín de Joyce, su ciudad mítica, puesto que la real era una ciudad “cenicienta”. Con su mirada nos asomamos al Bucarest de su infancia y adolescencia, que era el de su madre, el centro del mundo; al soñado, que corresponde al literario, al de la poesía; pero también al real, al degradado por el comunismo; y al de la primera mujer; así como al de los descubrimientos de las librerías, editoriales o cenáculos literarios, tan importantes estos en su vida. En Para D., vingt ans après rinde homenaje a una chica con quien tuvo una relación en sus años universitarios que aparece en REM —uno de sus mejores relatos, incluido en Nostalgia—, a la cual plagió los sueños que le contaba, a ella debe por ejemplo el del palacio de mármol de Cegador con sus mariposas. Los sueños están muy presente en toda la obra de este autor, lo onírico recibe un tratamiento poético que hace de este rasgo algo que caracteriza su estilo y la manera de percibir literariamente aquello que nos transmite. La infancia y la adolescencia son los dos períodos de la vida más importantes para él. De la primera opina que es el tiempo de la felicidad suprema, donde germina el mundo que ha de determinar nuestra personalidad futura, y a la segunda se suma todo el itinerario emocional, placeres, miedos, interrogantes, y gran parte de las profundidades que exploraremos en la madurez. En Pontus Axeinos relata su descubrimiento del mar a los doce años y la muerte de Ovidio en el mismo lugar. Es prodigiosa la sensibilidad con que en la página 46 se refiere al privilegio que supone para él tal acontecimiento, por ser el primero de la familia en contemplarlo. Otro motivo constante es el de las referencias literarias, utilizadas como temas en sí mismas o como indicaciones cómplices de universos literarios a cuya paternidad debe el suyo (Proust, Cortázar, Kafka, Borges, García Márquez, Sábato, Dante, Woolf…). En Ada-Kaleh, Ada-Kaleh... rescata la fascinante historia de dicha isla desparecida en 1970 a través del recuerdo de un cuadro colgado en su casa, que representa el inconsciente mágico y colectivo de la ciudad. Cuando ingresa en la universidad toma conciencia de que el dictador Nicolae Ceausescu estaba dejando al país en ruinas, sobre ello escribe estas hermosas y desoladoras palabras «¡Qué extraño destino me tocó en suerte! He madurado entre ruinas, he estudiado entre ruinas, he amado entre ruinas. A veces pienso que ser rumano significa ser pastor de las ruinas, arquitecto de las ruinas, amante de las ruinas.» (pág. 24) Y un poco más adelante, en las páginas 27 y 28 «…De ahí mi oficio: constructor de ruinas. Mi vocación: arquitecto de ruinas. Mi vicio: voyeur de ruinas. No me preguntéis por lugares olvidados y abandonados en Europa. Incluso mi madre es un lugar así. Yo mismo soy un lugar así. Juntaos en torno a mí, abrid mi cráneo y contemplad mi cerebro: se deshará ante vuestros ojos como un molde de yeso. Y su polvo se mezclará inseparablemente con el polvo de las ruinas entre las que he vivido toda la vida, amante de una harén de ruinas.» El relato que da título al libro trata sobre el trauma que supuso para él perder a su hermano gemelo a los cinco años. Este motivo de los gemelos y del hermano desaparecido en concreto es algo recurrente a lo largo de toda su creación, como un dolor crónico que no deja de estar presente jamás condicionando su vida y su literatura. Aparte de esto, esta pieza también es un canto a la maternidad feliz, a pesar de las privaciones soportadas. En El cuarto corazón nos cuenta la historia de un libro que leyó a los ocho años y que nunca volvió a encontrar, porque «…todos tenemos un libro perdido en lo más profundo de la infancia.» (pág. 148) En otros relatos autobiográficos como Los años robados, Mi primer vaquero o La época del nes nos refiere distintos episodios de su vida en unas ocasiones de un modo objetivo y en otras con una ironía crítica con toques surrealistas.
El tono ensayístico predomina en Europa tiene la forma de mi cerebro, donde reflexiona sobre lo que significa ser europeo y su pertenencia a Europa, puesto que se siente partícipe y heredero de dicha tradición, además la literatura está por encima de los mapas. Del mismo modo en El gato muerto de la poesía de hoy, donde trata sobre el futuro y la supervivencia de la poesía, pero también hace un recorrido por la poesía rumana desde los años sesenta del siglo pasado. La literatura es un motivo de reflexión continuo en toda su obra. En …Escu nos ofrece una reflexión sobre la dificultad de ser un escritor rumano y sobre la educación en su país después de 1970. Y con un cierto tono melancólico sobre el fin de la literatura tal como la concebimos hasta hoy, en La ruina de una utopía concluye «Me temo que de ahora en adelante nadie va a vivir en los libros, tal y como han hecho mi generación y las precedentes…» (pág. 156). Sobre el oficio de escribir y el paso del tiempo reflexiona en Forever Young.
También encontramos relatos de ficción pura: Zaraza y La chica del borde de la vida. En la primera cuenta la historia romántica de una cantante gitana asesinada en los años cuarenta. Sobre esto hay que decir que Cărtărescu se considera a sí mismo un escritor neorromántico en muchos aspectos. El segundo es un cuento fantástico muy imaginativo, en el que se narra cómo el protagonista llegó al oficio de escritor.
Una de las características más sobresalientes de la manera de escribir de Cărtărescu consiste en el tratamiento poético que imprime a la materia narrativa, dotándola de una buena dosis de sensualidad y a menudo de sugerente melancolía. Por eso llega a decir que su prosa es una metamorfosis de su poesía —recordemos que está considerado como uno los mejores poetas rumanos del siglo XX, aunque a los treinta y tantos años abandonara su cultivo—. Otros aspectos a destacar son la enorme originalidad, tanto de este libro como cada uno de los anteriores, y la muy particular mirada con que interpreta el mundo a través de su desbordante imaginación. Todas estas breves consideraciones no serían posibles sin el gran trabajo de su traductora, Marian Ochoa de Eribe, una maga de la traducción, cuya sabiduría y sensibilidad nos crea la ilusión de leer a Cărtărescu en nuestro idioma como si fuese el suyo.
Hay muchos libros en los expositores de novedades que cualquier escritor con un poco de oficio y paciencia podría haber redactado, en cambio los de Cărtărescu sólo los podía haber escrito él. Estos son los que no podemos dejar de leer.

miércoles, abril 26, 2017

El mundo bajo los párpados, Jacobo Siruela


Atalanta, Girona, 2016. 352 pp. 28€

Bruno Marcos

Hace algunos meses encontré una afirmación de Walter Benjamin que me dejó fascinado e inquieto. Tanto que copié la cita y la puse en Facebook por si alguien añadía algo. Los meses pasaron y la respuesta la hallé no en el etéreo de las redes sociales sino en este libro que aquí se reseña, El mundo bajo los párpados. La frase decía: «La historia de los sueños aún está por escribirse».
Lo que le gustó inicialmente a Benjamin de los surrealistas que se sumergieron en lo onírico fue la posibilidad de romper la lógica histórica, que califica de superstición, añadiendo al mundo de las cosas los sueños. «El soñar participa de la historia» asegura y así resalta que los sueños han decidido guerras, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto e incluso las fronteras del propio sueño, lo que puede ser realidad y lo que no.
Jacobo Siruela emprende la escritura de esa historia de los sueños que Benjamin echa en falta e indica, claramente, que no se trata de una interpretación de los sueños, no de una onirocrítica o de psicoanálisis, sino de una historia más allá de la terapéutica o la adivinación, casi una “estadística” que es el término que usa Benjamin. Incluso se habla de sueños colectivos y epocales, como producción mental perfectamente integrada en los hechos políticos o sociales de los tiempos. Para ello se apoya el autor en la cita de Hegel: «Si pudiéramos reunir los sueños de un momento histórico determinado veríamos surgir una exactísima imagen del espíritu de ese periodo». Así pues se habla en el libro, por ejemplo, de la recopilación de sueños llevada a cabo por Charlotte Beradt sobre el periodo del Tercer Reich, en la que establece la categoría de “sueños políticos”, las pesadillas de entonces con el terror nazi. También se citan las prácticas soviéticas de internamiento en psiquiátricos de aquellos sujetos que no comulgaban con las directrices del poder con la intención de neutralizar su mundo onírico que consideraban como foco subversivo.
Se hace en esta obra un recorrido histórico exhaustivo comentando los sueños bíblicos, los de Jacob, Salomon, Asurbanipal, Nabuconodosor, Calpurnia, Augusto, Maria Antonieta, Napoleon, Otto von Bismark, Abraham Lincoln y muchos otros.
El libro está dividido en siete capítulos y magníficamente acompañado por ilustraciones extraordinariamente bien seleccionadas e impresas. Destaca el último, dedicado al sueño y la muerte, en el que se señala el parecido entre el durmiente y el muerto que se viene encontrando desde la antigüedad. Después de advertir, certeramente, que el principal fracaso de la modernidad ha sido no lograr dar respuesta al misterio de la muerte, concluye el libro con una cita fulminante de Jung en la que asegura que los heridos de la Primera Guerra Mundial en estado de muerte cerebral soñaban. Deja así esta historia de los sueños abierta una vía en la que seguramente Benjamin no pensó, que los sueños tuvieran algo que ver con el alma.

lunes, abril 24, 2017

Corazones en la oscuridad, Joaquín Pérez Azaustre


Anagrama, Barcelona, 2016. 276 pp. 17,01 €

Pedro Pujante

Corazones en la oscuridad es la última novela de Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, 1976) después de Los nadadores (2012). Lo radicalmente original y sugerente de esta novela es la simbiosis entre la belleza de un lenguaje pulido y cuidado, de fraseado alargado y elegante, y la trama siniestra que se desarrolla en un ambiente aparentemente cotidiano, pero que tiende a sondear lúgubres episodios.
Los personajes de esta historia son seres desnortados que vagan por el túnel de la vida -quizá el título nos pueda ofrecer alguna pista- en busca de un sentido luminoso que difícilmente hallarán.
Hay tramos que se ofrecen a una lectura meramente realista. El conjunto de la novela, también. Sin embargo, el lector también será conducido por terrenos de escenografía onírica, en los que el lirismo del lenguaje permite acceder al otro lado de la realidad. La ciudad y los más consuetudinarios instantes que viven Nora, Águeda y los demás personajes parecen ser el reflejo, la metáfora de una historia interior que se insinúa, que ocurre en otro ámbito íntimo de la realidad.
Pérez Azaústre describe con minuciosidad la vida, lo cotidiano, los avatares de gente normal que vive abocada en los abismos inestables de la cotidianidad. Pero parece conminarnos a comprender que el viaje a lo bello, a lo universal arranca desde lo prosaico, lo terrestre.
Con una prosa exquisita, evocadora, precisa y atestada de belleza lírica, el autor consigue plasmar un mundo superpuesto, el reflejo de lo que sucede en el interior de unos corazones que caminan en la nocturna y temblorosa línea de la vida tratando de mantener el equilibrio.
La familia, las relaciones sociales, el dolor de reconocernos a nosotros mismos frente al espejo de lo propio, el olvido, secretos que el tiempo revela.... Temas antiguos pero que cada que vez que surgen renuevan la perspectiva sobre nosotros y nuestra existencia.

viernes, abril 21, 2017

El hombre pez, José Antonio Abella


Valnera Literaria. Cantabria, 2017. 268 pp. 18 €

Ignacio Sanz

La historia parece increíble. En Liérganes, un pueblo de Cantabria, se levanta una estatua dedicada Francisco de la Vega Casar, celebérrimo personaje local conocido como “El hombre pez”; había nacido en el siglo XVII y parece salido directamente de una leyenda. Pero no, la historia es contumaz y por muchas ramas que le hayan salido al árbol, ahí están los documentos que no hacen más que autentificarla. Parido con apuros en el río de su pueblo, se sabe que se cayó en la pila de agua bendita como si el niño tuviera una indeclinable atracción por el agua. Muy pronto desarrolló sus capacidades para extraer monedas del fondo de las balsas para asombro de los circundantes. Su familia era pobre y, por mediación de un cura el muchacho acaba emigrando a Vizcaya donde trabaja al servicio de un hombre que se gana la vida en el puerto. Allí desarrolla y perfecciona sus capacidades acuáticas para asombro de todos como si se tratara de un animal anfibio. Entre juegos y apuestas un día desaparece. Se le busca y la gente piensa que el mar se lo ha tragado, aunque no se encuentra el cadáver. Cinco años más tarde, cuando ya estaba olvidada la peripecia de aquel curioso chaval de Liérganes, unos pescadores de Cádiz atrapan en sus redes un extraño cuerpo que nada entre un grupo de delfines y que apenas balbucea unas pocas palabras elementales. Se trata del desaparecido Francisco.
¿Qué pasó en el interregno? Ahí está la magia del narrador para hacer creíble lo que parece inverosímil. Sospecho que si la historia se hubiera abordado desde una óptica localista y ramplona, apenas habría remontado vuelo y se habría quedado en una mera curiosidad pueblerina, una de esas leyendas pacatas con las que los historiadores locales suelen acaramelar la geografía. Pero la historia ha ido a caer en manos de un narrador envolvente que ya ha dejado señales de su amplio poderío narrativo. De ahí que, Abella, tomando al Hombre Pez como punto de partida, sin desdeñar los documentos y las tentativas literarias que han abordado la historia en el pasado, haya ido más lejos, hasta meterse en la médula del personaje. Y lo que nos ofrece es un hombre de carne y hueso, dotado de una insólita destreza acuática, un hombre que parece que no encaja en los parámetros convencionales y que podría tener como amante a cualquiera de las sirenas que surcan los mares convulsos de la imaginación. Pese a todo, el autor nunca pierde pie. De ahí que el relato esté salpicado de datos históricos contrastables, desde la partida de nacimiento hasta los documentos emitidos por el Santo Oficio, en cuyas manos se pone el descubrimiento de un tipo tan extraño y hasta sospechoso. Y así, partiendo de los hechos contrastables, la historia levanta vuelo al tiempo que se sumerge en un piélago fantástico al que también son arrastrados los lectores.
José Antonio Abella fue uno de los últimos agraciados con el Premio Hucha de Oro de cuentos; también ha sido premio de la Crítica de Castilla y León por La sonrisa robada, su anterior novela; El hombre pez confirma el alcance portentoso de la imaginación cuando una curiosa historia local, manoseada como una moneda, acaba en manos de un narrador de fuste.

miércoles, abril 19, 2017

Ciberadaptados, Antonio Manilla


La Huerta Grande, Madrid, 2016. 112 pp. 10 €

Fermín Herrero

Ciberadaptados de Antonio Manilla es un ensayo urgente, en siete capítulos breves, imprescindible para los que vivimos en “el mundo de ayer”, en acepción procedente de Stefan Zweig, recogida de un título suyo, con mucha propiedad, por el lacónico y atinado introductor del libro, el diarista y fiscal, ciberescéptico y ludita Avelino Fierro. Y es que a diario, como apunta el autor, constatamos el avance del otro mundo, el triunfante, que convive de momento con el nuestro, basta comprobar que alguien –amigo, familiar, conocido, saludado- que aún no lo había hecho en nuestra presencia abandona lo “analógico” y en medio de una conversación se pone a cotillear en su móvil o en cualquier otro gadget tecnológico.
Es un ensayo urgente si bien muy sedimentado y con unos cimientos inmejorables, que se interna a fondo en el vientre de la ballena de Internet para mostrarnos, desmenuzadas, sus propiedades hipermedia, multimedia e interactiva, sus rasgos, ventajas e inconvenientes, así como los análisis de sus defensores y detractores, porque, con una honestidad intelectual que últimamente, incluso en algunos afamados pensadores, brilla por su ausencia, Manilla apuntala sus certeros juicios con apoyaturas explícitas e indispensables: Sartori, Benjamin, Adorno, Fumaroli, Lipovetsky, Manguel, Bauman, Han, Debord, Baudrillard, Bauman, Muñoz Molina, Savater, Rendueles, Vargas Llosa
De entrada, acude a un sintagma acuñado por Juan Goytisolo que resume la amenaza de la uniformización, “La hora de Bizancio”, si bien ante la cacareada renuncia a los valores de nuestra civilización, “la deseuropeización de Europa”, pone en solfa el propio concepto, tan manoseado últimamente, de valores, a los que juzga más bien coartadas a posteriori de otras ansias o anhelos menos edificantes. Este sentir determina una de las líneas argumentales básicas del volumen: huir de lo trillado, no someterse nunca a lo obvio. Por poner otro ejemplo, siguiendo una intuición nada menos que de Macedonio Fernández, caracteriza a cierto tipo de internauta como “lector salteado”.
En realidad Manilla, con unos planteamientos en extremo originales, aborda el estado de la cuestión en torno a lo digital por entero. Lo mismo alerta del virus del optimismo de las filosofías idealistas que en general ha degenerado en regímenes dictatoriales e inhumanos que contra “el igualitarismo democrático estético” que tritura y reduce “todos los asuntos hasta dejarlos hechos un puré apto para el consumo desubicado e impersonal” o recorre a lo largo del tiempo la noción polisémica de cultura y su igualitarismo antropológico, tal vez heraldo de su arrasamiento y su mero caer en el entretenerse que caracteriza la sociedad de la imagen y el espectáculo; el paso de la Cultura de verdad, con mayúsculas, a la cultura de masas, ligera, sensacionalista, farandulera, desustanciada: el declive, si no desaparición –el golpe de gracia lo habría dado Internet, el particular Armagedón- de la alta cultura en beneficio de los estudios culturales.
Lo mismo penetra, sin digresiones ni lenitivos, en nuestro mundo globalizado, en su homogenización rasa y la concentración espacial en megalópolis, que constata el irreversible abandono del agro y la provincia o describe el campo de batalla entre tecnófilos y tecnófobos, la controversia entre el soporte de papel y el digital para los libros o los efectos perniciosos de las TIC en la enseñanza. Con igual discernimiento describe la invasión y asalto de la interculturalidad que refuta que la lectura instrumental de la Red vaya a liquidar la literaria.
En este sentido, aboga siempre por buscar modelos de convivencia y a la postre, tras sopesar pros y contras, se muestra moderadamente optimista, adopta una actitud abierta, más bien conciliadora, ve salida desde la hibridación y otros aspectos positivos, apoyándose, paradójicamente, en “el viejo profesor” Steiner, tan alejado y enemigo de las nuevas tecnologías.
Todo ello adobado con un estilo de escalpelo fino, con precisión quirúrgica, sin pomadas en boga o ideológicas de ningún signo. El escritor leonés es un rara avis, un privilegiado, por cuanto su escritura domina por igual, separándolos de raíz y con criterio, y mira que es difícil, verso y prosa, a la que aquí ha mitigado de sus brillantes fervores y donaires de articulista, sin regodearse ni cargar la suerte, para dejarla en su justa medida ensayística. Otro acierto más de un libro sensato y perspicaz, que enseña mucho. No se puede decir con más claridad y precisión lo que está pasando.

lunes, abril 17, 2017

Lola Vendetta. Más vale Lola que mal acompañada, Raquel Riba Rossy


Lumen, Barcelona, 2017. 168 pp. 16,90 €

María Dolores García Pastor

La editorial Lumen siempre ha apostado por los cómics para adultos. Desde que en 1970 publicara el primer libro de tiras de la mítica Mafalda de Quino no ha dejado de descubrirnos infinidad de nombres que van desde Maitena hasta Moderna de Pueblo, pasando por Agustina Guerrero, Sara Fratini o Flavita Banana. En su catálogo hay títulos de humor gráfico feminista, irreverente y mordaz, hecho por mujeres. Dentro de este apartado estarían todas las ilustradoras que hemos citado y, a partir de ahora, se une a ellas Raquel Riba Rossy, la creadora de Lola Vendetta.
Riba Rossy nació en 1990 y creó a Lola Vendetta hace unos cuatro años, cuando tenía veintitrés. Debutó en el panorama del libro ilustrado con Marta el hada mágica un poco desordenada (Tumbooks, 2014). Cuenta que el personaje de Lola Vendetta nació ante la necesidad de expresar lo que siente hacia las cosas que le molestan. Las frustraciones cotidianas la llevaron a crear la primera viñeta como una vía de desahogo frente a las presiones y los problemas. La colgó en Facebook igual que hizo en su día con sus creaciones Sara Fratini, por probar. Al principio no estaba muy segura de la aceptación que podría tener pero la respuesta del público fue inmediata y espectacular.
En poco tiempo, y gracias a su difusión en las redes, su éxito ha trascendido las cuatro paredes de su habitación y antes de la publicación de este primer libro ya era un referente en España, Colombia, Venezuela o Chile. Lola Vendetta es el alter ego de esta joven ilustradora catalana. Es un personaje inconformista, impulsivo, desvergonzado, sarcástico y visceral. A través de ella trata sin tapujos los conflictos de pareja, la frustración de las mujeres, su necesidad de emponderamiento, el machismo o cuestiona los parámetros convencionales del tratamiento de los efectos fisiológicos de la feminidad. Todo ello con un humor ácido muy al estilo Tarantino, con su protagonista repartiendo justicia katana en mano.
Cuenta Riba Rossy que a través de sus viñetas pretende normalizar los tabúes de la maternidad y la menstruación, cambiar la percepción negativa de la sangre intrínseca a ellos: la sangre es vida. Para ello encuentra la inspiración en la vida cotidiana y tira de una paleta de color en la que el blanco y negro de sus trazos se tiñe en más de una ocasión de rojo sangre. Lola Vendetta no tiene pelos en la lengua pero exhibe sin prejuicios y a modo de reivindicación los que tiene en las pantorrillas y las axilas. Anima al emponderamiento femenino desde el humor, reivindica la feminidad en su estado más puro y el feminismo más combativo. Una autora que dará mucho que hablar.  

viernes, abril 14, 2017

Poesía completa, George Orwell


Trad. Jesús Isaías Gómez López
Visor,  Madrid, 2017. 184 pp. 14 € 

Ariadna G. García

Cuando una editorial de renombre publica las obras completas de un autor, una espera que la obra lírica del escritor seleccionado sea de muy buena calidad, o cuanto menos –en el caso de que el autor sea un novelista excepcional, de prestigio consolidado a lo largo de décadas– que sus versos expliquen o complementen su universo literario, que den claves de lectura, que ahonden en los temas del resto de sus libros. En 2013, Salto de Página sacó a la luz la única antología poética autorizada por Ray Bradbury, Vivo en lo invisible, que tuve el honor de traducir junto a Ruth Guajardo González. Los poemas del mítico autor de Fahrenheit 451 se defienden por sí mismos, vuelan a gran altura, y además, nos descubren nuevos perfiles y matices de los grandes asuntos que aborda el californiano en sus textos narrativos. Su edición está perfectamente justificada. Ocurre lo mismo con otro insigne autor distópico: Aldous Huxley (autor de un Un mundo feliz), cuya Poesía completa corrió a cargo de Cátedra (2011). En cuanto supe que Visor editaba los versos de George Orwell, siendo como soy una entusiasta de 1984 y Rebelión en la granja, quise hacerme con él. Comparte traductor con Huxley. Sin embargo, mi decepción ha sido mayúscula. El volumen lo componen treinta textos, a los que hay que añadir algunos más sacados de sus novelas. De esos treinta poemas, quince los escribió entre los 11 y los 19 años, durante su etapa estudiantil. Es decir, la mitad del presente volumen nos ofrece una serie de poemas de un autor en busca todavía de su voz, donde no faltan las influencias –aunque sea para parodiarlas– de poetas como Coleridge o Kipling. Si Orwell, con el tiempo, se hubiese convertido en un poeta relevante, la lectura de estos versos quizás tuviese algún interés para estudiosos ávidos de fuentes y de huellas, pero me temo que Orwell no consta entre los elegidos del Parnaso. Este puñado de textos tienen la gracia de mostrarnos a un adolescente enamoradizo, crítico con las costumbres deportivas de su College, y ya comprometido con las causas políticas. No obstante, la traducción incurre en fórmulas agramaticales que menoscaban la relativa calidad de los poemas: «Venid, venid dulces olas/a lavar la fresca arena del mar./La tierra donde yo vivo venid a besar/pues vosotras venid de otro lugar» (p.55). Este último verso habría de haberse traducido en presente –y mejor con un heptasílabo–: pues venís de otra tierra. Otro ejemplo: «Alegres olas que cabalgáis en libertad/sin conocer ni el miedo ni la tempestad,/mientras yo deba quedar para veros saltar,/pues preso soy de las parcas». El penúltimo verso exige claramente el presente de indicativo, y no de subjuntivo –y con un alejandrino es mucho más eufónico–: yo debo estar aquí para veros saltar). Otro factor que devalúa las traducciones del volumen son los ripios y las rimas internas: “Y entonces, sube por el tronco con pata firme y lustroso como un ratón,/a encaramarse y exponerse al sol; todo el cuerpo y el cerebro/exaltados en la súbita luz solar, gozoso al creer/que el frío se fue y el verano aquí está otra vez./Pero veo yo las ocres nubes que se dirigen al sol/y una angustia que trasciende la razón/atraviesa mi corazón…” (p.121). Si bien es cierto que, a menudo, George Orwell recurre a estructuras estróficas fijas y a la rima consonante, el traductor no tiene porqué seguir dichos patrones si carece de tiempo para entregar al editor unas traducciones de calidad en su lengua materna. Un traductor debe ofrecer a los lectores poemas que funcionen en español, textos con alma, versos cuidados que respeten el original pero que no se encadenen a él. Si para ello hay que prescindir de la rima, se hace. Lo contrario, y a las pruebas me remito, es publicar poemas que nos sonrojan a algunos o que ahuyentan de los libros de poemas a otros. Con todo, hay en el volumen al menos tres composiciones que merecen la pena, pese a que tampoco se salvan de las críticas anteriores: «En una granja en ruinas junto a la fábrica de gramófonos de La voz de su amo», «Cuando los francos hayan perdido su poder» (escrito durante su etapa en Birmania, siendo miembro de la Policía Imperial) y, sobre todo, «De un no combate a otro». En el primero vislumbramos a un Orwell preocupado por el ecocidio; en el segundo, a un hombre que encuentra consuelo a su extinción pensando en el fin del mundo; y en el tercero, a un escritor involucrado con su tiempo que se ensaña contra aquellos otros literatos que no toman parte: «Pues mientras tú escribes los buques de guerra te van cercando/y escuadrillas de bombarderos espantan a los ruiseñores,/y cada bomba caída es una libra para ti/y los que como tú engordáis vuestras ventas con los rivales/mudos o muertos» (p. 145). En mi opinión, habría sido preferible seleccionar unos pocos poemas, pulir las versiones, revisarlas, cuidar más el ritmo de las mismas y presentar a los amantes de Orwell una antología breve pero intachable, que quieran conservar en las estanterías de su casa.