miércoles, junio 19, 2013

Elocuencias de un tartamudo, Eduardo Halfon

Valencia, Pre-Textos, 2012, 72 pp. 10 €

Mario Arsenal

No estamos ante el mejor libro de Eduardo Halfon (1971), tampoco ante el más interesante; quizás ese galardón sea, siga siendo bajo mi parecer, además de El ángel literario (Anagrama, 2004) con el que llegó a ser finalista del Premio Herralde de Novela, su rutilante El boxeador polaco (Pre-Textos, 2008), un libro de relatos sorprendente que ha encumbrado a este joven escritor guatemalteco al elenco de autores latinoamericanos más atendible de la escena literaria actual.
En Elocuencias de un tartamudo (Pre-Textos, 2012) Halfon toma el relevo sociológico que puso en práctica Paul Auster en su espacio radiofónico de la NPR norteamericana, un experimento que recogía historias reales de gente anónima que puso a su disposición experiencias cotidianas, algunas fantásticas, algunas dignas de incluir en el índice clínico de parapsicología y otras mundanas, pero en todo caso siempre reales, que era precisamente lo que interesaba a Auster. El proyecto fue un éxito absoluto y Eduardo Halfon decidió continuar con dicho experimento. Es a lo largo del 2009, por tanto, cuando recorre distintos puntos de la geografía (su Guatemala natal, México, Iowa City, Ginebra o La Rioja) recopilando relatos al modo del viajero decimonónico en busca de nuevas experiencias en las que encontrar materia y sustento. Les mentiría si dijera que no me producen simpatía estos mecanismos de escritura, porque, de algún modo, regresamos y recurrimos a la figura del interlocutor como figura esencial en la construcción de un relato, de una realidad, de un testimonio que certifica la carne del morlaco.
Historias aparentemente inconexas van trazando la línea aguda de una definición que se convierte en característica de su escritura. A veces es la sorpresa y en ocasiones la confusión que se apoderan de la brevedad expresiva, pero, si hubiera que definir el estilo de Halfon, no se me ocurre mejor similitud que una cabriola literaria, una pirueta que nos habla de la diversidad del mundo y, lo más importante, la posibilidad creativa que toda experiencia humana esconde. Decíamos que no podemos hablar del mejor libro de Halfon, pero sí quizás el más especial hasta la fecha. Por su requiebro ante la tiránica idea de la creatividad, por su humanidad al fin y al cabo, por su abandono en favor de historias espontáneas, por ser sabueso rastreador de la huella humana en el mundo; por todas estas cosas Eduardo Halfon logra embellecer un poco más este suelo tan mustio sobre el que caminamos a veces. La idea es soberbia, el libro es hermoso por ello.
Y además de todo, existe esa complacencia del relato breve, de la historia concisa y puntiaguda, de la literatura directa que busca el impacto del lector, la complicidad del asombro mutuo. En definitiva, un ejercicio literario interesantísimo y, más importante si cabe, sin solución alguna de continuidad. Como se dice en el Tao Te Ching:
 
“Lo más recto parece torcido,
la mayor destreza parece torpeza,
la mejor elocuencia parece un tartamudeo”
 
Pueden leer las primeras páginas aquí.

martes, junio 18, 2013

Atrapadioses, Marco Herreras

LcL Libros, Madrid, 2013. 333 pp. 3,99 € (eBook)

Miguel Baquero

De las variadas formas en que se puede mantener la tensión a lo largo de una novela, Marco Herreras, en esta su primera obra, ha elegido, sin duda, una de las más inusuales: a través de la ciencia, y más en concreto, a través de la física molecular. Suena, lo sé, extraño, e incluso increíble, pero quizás se comprenda con unas ligeras pinceladas sobre el argumento de Atrapadioses.
Un profesor de Matemáticas —perfectamente caracterizado, dicho sea, de paso, en lo que supone un acierto narrativo—; un tipo bastante asocial, un pelín cínico, contemplador irónico y sarcástico de lo que acontece a su alrededor, comienza a sufrir unos extraños sueños, al fondo de los cuales cree vislumbrar una figura opresiva, terrible, un inconcreto pero ferocísimo ente que parece acecharle para darle muerte. La recurrencia de esas pesadillas hace que busque una explicación, y solo al cabo de un cada vez más angustioso vagar por libros y documentos acaba encontrando algo parecido a una respuesta: desde el principio de los tiempos, esa aterradora presencia de sus sueños, El Cazador, ha asaltado a algunos individuos, y su presencia cruel asoma al fondo de numerosos cuentos y leyendas —todas de final trágico, no hace falta decir—. Pronto infiere que El Cazador es una presencia depredadora de otra dimensión, ante la que quizás sólo quede actuar de una forma: acudir —cada vez con más apremio— a ese punto de la realidad subatómica, esa partícula, la más mínima del universo, en que parecen confluir todos los espacios y por donde, quizás, accede de su mundo al nuestro…
A menudo se ha establecido, en torno a las novelas de ciencia-ficción, el debate sobre si han tener más de ficticio que de científico, o viceversa; sobre si, en resumen, el componente “técnico” es básico a la hora de contar, o simplemente accesorio, prescindible o incluso molesto. Pues bien, como en su novela, Marco Herreras parece haber dado con una posible respuesta para comunicar perfectamente las dos dimensiones: la científica y la novelística, sin necesidad de tener que irse a tiempos futuros, ni perderse por space-operas, ni recurrir a sagas grandilocuentes de eco medieval.
Atrapadioses es un relato de aquí y ahora, de este momento, inscrito en un entorno cotidiano fácilmente reconocible; y es al mismo tiempo una novela donde se manejan los últimos conceptos matemáticos y físicos, como son los bosones, las Supercuerdas o los espacios de Calabi-Yau, sin recrearse en las complejidades. De una forma ágil, dinámica —e inevitablemente didáctica para el lector—, Herreras trenza su argumento en torno a estos conceptos científicos con la mayor naturalidad, sin necesidad de ponerse la bata blanca y sin el prurito de engolar la voz. Tampoco sin engolfarse en largos meandros explicativos que inevitablemente entorpecerían el desarrollo de la novela; dicho esta que el autor no renuncia a lo narrativo.
El resultado es un libro vivaz y ameno que —quién lo diría— envuelve al lector en la tensión de un argumento sobre elementos físicos y conceptos matemáticos. En la línea de los mejores narradores de ciencia-ficción norteamericanos —de los que el autor se declara admirador, desde Neil Stephenson a Tim Powers o William Gibson, y en general los autores del cyberpunk— y de la fastuosidad imaginativa del gran Philip K. Dick. Atrapadioses es una pequeña, curiosa y muy literaria especie dentro del panorama narrativo.

lunes, junio 17, 2013

Mi hermana y yo, J. R. Ackerley

Trad. Andrés Barba. Sexto Piso, Barcelona, 2013, 287 pp. 23 €

Ángeles Prieto Barba

Irrita que todavía sigan existiendo estudios, congresos y hasta cónclaves para determinar características literarias diferentes según el sexo de los autores. Y no sólo porque intentamos establecer separaciones en un asunto donde la propia Naturaleza no es tajante en absoluto, sino también porque en ellos se cae en generalizaciones o tópicos ilógicos, que sólo demuestran un gran desconocimiento sobre el desarrollo y evolución de la producción literaria. Como intentar separar la literatura de acción de la literatura de sentimientos, o para los detractores de estos últimos, de mesa-camilla.
Pues bien, esta obra que comentamos sería un ejemplo excelente de esa literatura de mesa-camilla, aunque escrita por un hombre. Abiertamente gay, alegarán algunos. Pues sí, un escritor gay que aquí sin duda nos transmite una visión sesgada y muy masculina (tópicamente masculina), de su vida rodeada de mujeres: su querida perra Queenie, su anciana tía Bunny y su insoportable hermana Nancy. Y es necesario avisar de que adentrarse en estas páginas, bastante impúdicas por cierto, supondrá al lector un pequeño infierno emocional, pues el texto en sí produce bochorno ajeno, ganas de liarse a bofetadas con la hermana o cerrar el libro para siempre, acciones que no realizaremos porque Ackerley además, es un seductor impresionante, hasta el punto de seguir leyéndole tan sólo por averiguar cómo termina arreglándose con ellas, verdugos y víctimas a su vez del escritor que las retrata de forma tan implacable.
Debemos tener presente en todo momento de que en este libro no nos encontramos ante el diario completo, preparado y dado a imprenta por su autor, sino ante una selección del mismo, realizada póstumamente por su amigo Francis King y centrada en torno a un episodio dramático, como será el intento de suicidio de Nancy, la hermana. Y de que, antes de abordarlo, sería muy conveniente disponer de algunos datos básicos sobre la vida, obra y milagros de este escritor, posiblemente uno de los mejores diaristas de todos los tiempos por su descarnada honestidad, su estilo y sus circunstancias familiares.
Para presentar a Ackerley (1896-1967), hijo de un adinerado empresario, británico y bananero, nada mejor que sus propias palabras en el inicio de Mi padre y yo, su obra más conseguida: «Yo nací en 1896 y mis padres se casaron en 1919» Un buen principio para una historia familiar nada convencional en la época en que se desarrolla, esa sociedad británica, rígida y victoriana, enfrentada a un siglo XX inaudito, que Ackerley estrena con un padre mujeriego y hasta bígamo, muy capaz de mantener perfectamente a dos familias sin que nadie se enterara hasta su muerte. Y a quien Joe (Joseph) culpará de buena parte de sus males posteriores, aunque también sea la persona a la que debió su buena posición económica y sus estudios en Cambridge. Amigo íntimo de Forster, descubridor de grandes escritores como W. H. Auden, Christopher Isherwood o Philip Larkin, consiguió mantenerse durante veinte años como editor literario de la revista de la BBC, “The listener”, a la vez que disfrutó de una vida sexual intermitente, intensa, onerosa y tormentosa con marineros y obreros, prácticamente analfabetos.
Y en esas circunstancias tan especiales, Ackerley en la recta final de su vida, recogió a las tres mujeres mencionadas, manteniéndolas económicamente aunque todos sus afectos se centraron en una sola: la perra Queenie, protagonista asimismo de este libro, a la que quiso Joe sin medida, como bien se refleja en otro de sus libros, Mi perra Tulip y yo.
Volviendo a Mi hermana y yo, y para animar a un lector curtido y no convencional, muy alejado del que sólo busca emociones en la trama, puedo asegurar que en este libro nos encontraremos al final con un sentimiento inesperado: la compasión que nos hace más sabios. Como asimismo constatar cuánta grandeza podemos encontrar en esa literatura de mesa-camilla denostada, tan alejada de las imposiciones frívolas y consumistas del mercado.

sábado, junio 15, 2013

Ensayos & Discursos, William Faulkner

Trad. David Sánchez Usanos. Capitán Swing, Madrid, 2012. 269 pp. 19,5 €

Nabor Raposo

Existen pocos autores capaces de suscitar en el lector emociones tan radicales como las que despierta la obra de William Faulkner (1897-1962). Con él no hay término medio, nadie se viste de gris; solamente se distinguen dos categorías imposibles de delimitar con una raya vertical en medio o una frontera, como dos planetas aislados en un universo en expansión. La indiferencia tampoco suele ser, ni en el mejor de los casos, una excepción. Uno o ama a Faulkner, o no le soporta.
Aquellos que pertenecen a la primera especie suelen conjurarse en su defensa a través del silencio, porque han aprendido que esa es la única condición que se exige para disfrutar de sus novelas y, sobre todo, porque saben que tampoco es rentable malgastar energías en publicitar algo que tiene por objeto proporcionar a su consumidor un placer exclusivamente privado. Qué decir de los segundos, entre los cuales el consenso general suele ser el siguiente, a saber: que la dificultad que entraña su lectura no acostumbra a premiar el esfuerzo dedicado con una recompensa proporcional al desgaste intelectual que se exige. Simplificando la cuestión, donde unos no hallan sino obstáculos, otros aprendieron a vislumbrar precisamente las virtudes. Son precisamente los devotos de la obra del escritor sureño quienes pueden sacar mayor rendimiento a la serie de textos que aquí se presentan, al constituir un corolario perfecto a la propuesta literaria del autor. Quien lee y sigue a Faulkner seguramente ya conoce esta faceta: su archiconocido discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura en 1950 es quizá el mejor ejemplo de su lucidez, de la profundidad con que ahonda en aquellos temas a partir de los cuales construyó su propio legado: el tiempo y el Sur (de los EE. UU., se entiende) como metáforas de una condición humana que no se resigna a aceptar el fin del hombre, «lo único sobre lo que vale la pena escribir».
Más allá de la intrincada estructura formal que presentan muchas de sus novelas, y alejadas del barroquismo estilístico que caracteriza su prosa, aparecen estas piezas que ayudan a entender mejor –o, por lo menos, esclarecen– el pensamiento de uno de los más grandes e indiscutibles exponentes de la literatura del Siglo XX, no sólo norteamericana. El volumen –los criterios de exigencia de la editorial, el rigor en la traducción y la inteligencia en la redacción de las notas a pie de página son francamente loables– consta de cinco apartados diferenciados: los Discursos (al menos cinco de ellos escritos con motivo de la recepción de algún premio y entre los que se incluye el antes citado discurso de aceptación del Nobel de Literatura; en primer lugar y con carácter extraordinario aparece también el sermón funerario por la que fue su niñera y custodia de su educación, Caroline Barr); los Ensayos (probablemente, el que lleva por título Sobre la privacidad. El sueño americano: ¿Qué le sucedió?, escrito en 1955, sea en muchos aspectos el mejor de los textos compilados; sin desdeñar otros como Y ahora qué hacer, la autobiografía apócrifa del propio Faulkner escrita en 1925; Mississippi, de 1954, que ilustra algo parecido a una síntesis ficcionada de su obra; o Sherwood Anderson, un análisis de los éxitos y fracasos de su padrino literario); Prólogos (los seis textos reunidos fueron escritos para obras de producción propia, aunque algunos jamás acompañaron edición alguna); Reseñas de libros y obras de teatro (de escasa entidad y valor literario, conviene señalarlo) y, por último, las Cartas públicas, donde el escritor da su opinión sobre algunos temas de actualidad de la época o replica y matiza a algunos lectores que han cometido la osadía de despacharse contra su persona, generalmente a través de la prensa escrita.
Como se ha dicho anteriormente –no podría ser de otra manera–, el tiempo y el Sur de los EE. UU. («su belleza reside en el hecho de lo mucho que Dios ha hecho por él y lo poco que ha hecho el hombre») constituyen el catalizador a partir del cual el autor enarbola su pensamiento, y el presente libro de buena cuenta de ello a través de numerosísimos ejemplos. La historia, relativamente reciente, de esa parcela de suelo natal le sirve a Faulkner como ejemplo para subrayar el propósito de su producción ensayística y literaria, esa continua reflexión sobre la libertad del ser humano y la responsabilidad del individuo para merecerla, custodiarla y preservarla como legado. Empleando a menudo la cuestión racial como pretexto, el autor se explaya reiteradamente sobre el derecho de los hombres a la oportunidad de ser libres e iguales; así, explica que la libertad y el ser libre «no han sido dados al hombre como un don gratuito sino como un derecho y una responsabilidad que ganarse si se lo merece, si es digno de ello, si está dispuesto a trabajar por ello mediante el coraje y el sacrificio, y después a defenderlo siempre»; amparándose en el derecho a la misma bajo un uso responsable de ella: «nosotros, sus sucesores, ni siquiera tuvimos que ganarlo, merecerlo, y no digamos conquistarlo. […] Sólo necesitábamos recordar que […] debía ser defendido en sus crisis». Para rematar esta idea, Faulkner, maestro del arte contrapuntístico, señala la pujante cultura del éxito («En nuestro país un joven puede obtenerlo […] tan rápida y fácilmente que no ha tenido tiempo para aprender la humildad para manejarlo») para denunciar el camino, a su juicio equivocado, que va tomando la sociedad americana,  «una de cuyas costumbres es el derecho inalienable a violar su privacidad [del individuo] en lugar del deber inalienable de defenderla». Como colofón, el lector experimentado encontrará breves apuntes sobre la particular visión que Faulkner tuvo sobre la Literatura y sobre el oficio de escritor (alguien que «escribe en cada línea y en cada frase sus violentos desesperos y furias y frustraciones o sus violentas profecías procedentes de sus aún más violentas esperanzas»), sus gustos (sobre Moby Dick dijo: «Desearía haber escrito eso»), o sus preferencias y debilidades en la materia, como la imagen de Caddy Compson trepando al peral al principio de El ruido y la furia, «la única cosa en la Literatura que siempre me conmovería mucho». A modo de curiosidad, llama también la atención la presencia en estas páginas de una nota de solidaridad con la situación de nuestro país en 1938, una breve pero enérgica condena al fascismo en donde deja «constancia pública» de su oposición «irrevocablemente a Franco y al fascismo […] y a los ultrajes contra el pueblo de la España Republicana».
Por último, cabe destacar una breve reseña de El viejo y el mar demasiado elogiosa como para no levantar sospechas, dada la controvertida relación que ambos autores mantuvieron en vida y que hoy por hoy no es un secreto para casi nadie. Hemingway, que tuvo para todos, dijo en algún momento de su vida que «lo único que uno necesita para escribir como Faulkner es un galón de bourbon, el suelo de un granero y un desprecio absoluto por la sintaxis». Pero este libro lo desmiente.

viernes, junio 14, 2013

Doctor Bloodmoney o Cómo nos las apañamos después de la bomba, Philip K. Dick

Trad. Domingo Santos. Minotauro, Barcelona, 2013. 271 pp. 17 €

Julián Díez


Un lugar común a la hora de enfocar la obra de Philip K. Dick es que todas sus novelas tienen un nivel parejo. Reconozco haber compartido ese punto de vista durante años. Sin embargo, la relectura que voy haciendo de sus novelas a medida que se van reeditando en Minotauro, en una colección de autor que supone un reconocimiento incontestable a su talento e importancia, me hace cambiar paulatinamente de opinión.
El motivo para esa idea de la igualdad en la obra de Dick está en que, efectivamente, hay elementos reconocibles, únicos, en su prosa. Y no me estoy refiriendo solo a los conocidos como dickianos, como los dobleces inesperados de la realidad y el continuo asomarse al abismo de una racionalidad distinta a la común en nuestra cultura. Están también, sobre todo, esas construcciones corales, en las que los personajes entran y salen sin permitir nunca que el lector pise tierra firme para juzgar su rol en la historia. Los giros argumentales en perpetuo rumbo a lo desconocido. El narrador en tercera persona, compasivo siempre. Los detalles irónicos.
Todos esos rasgos de estilo comunes no pueden, sin embargo, obviar que las tramas de Dick son mejores en unas ocasiones que en otras, y que él estaba unas veces más lúcido que otras. Ésta novela, que llevaba demasiados años fuera de catálogo, es una de las buenas. Tal vez porque, en lugar de desarrollarse en un futuro más lejano en el que la imaginación de Dick podía descontrolarse sin cortapisa alguna, transcurre en su mayor parte en un pasado mañana postatómico, al que las fechas —la novela es de los sesenta, se sitúa la hecatombe en los setenta— han convertido en ucrónico. Aunque las cosas que pasan son tan raras como corresponde a cualquier novela de Dick, y el tono general está siempre bordeando lo grotesco, la narración no llega a escapar de la lógica interna del planteamiento de una manera excesiva. Y es inevitable añadir: como ocurre en las novelas que Dick ya acometió excesivamente pasado de pastillas, en el periodo inmediatamente posterior a éste trabajo y que finiquitó con su iluminación religiosa de los setenta.
La forma en la que se produce el desastre nuclear en Doctor Bloodmoney es ejemplar del enfoque con que Dick afrontaba la narrativa de ciencia ficción, y una prueba de cómo su obra es un jalón capital en el desarrollo de la historia del género. En ningún momento sabremos la razón por la que se produjo el comienzo de los bombardeos, quién empezó; no hay un vislumbre siquiera de lo que ocurrió en la gran historia. Sólo conoceremos su efecto en una serie de personajes que nos son presentados previamente y que responden de diferentes maneras al derrumbe de la civilización.
Resulta más que curioso que Dick, en el epílogo que se incluye en esta edición, considere como principal protagonista a Stuart McConchie, el vendedor negro que arranca la novela y que luego apenas aparece en un 10% del relato. Y que, de hecho, es prácticamente el único personaje que no cambia sustancialmente en el transcurso de la historia: es un vendedor, un tipo corriente, con sus prejuicios, y así seguirá. Conceder esa condición de protagonista a un tipo normal dice mucho, en cambio, sobre la visión de Dick del resto de sus personajes (y sobre la humanidad en general), de los que en casi todos los casos el desastre nuclear saca lo peor. Bonnie Keller, por ejemplo, pasa de ser una maruja puñetera a convertirse en una auténtica arpía. Hoppy Harrington, el minusválido entrañable, deriva de manera coherente en un monstruo. Aunque, por supuesto, la mayor carga recae en el doctor Bluthgeld, el trastornado que da título a la novela y que es el eje del drama: Dick denuncia con eficacia la posibilidad, que hoy sentimos con mayor apremio, de que el destino de la humanidad pueda estar en manos de paranoicos y enfermos, inmejorables herramientas para el poder.
Dick cierra la trama un poco porque sí echando mano de uno de sus temas recursivos, el del hermano perdido —su gemela falleció en el parto y está enterrado junto a ella—, pero habrá conseguido hasta entonces mantenernos tan cautivados y aportarnos tantos momentos de sorpresa y tantos personajes memorables —no sólo los citados, sino también el astronauta varado para siempre en órbita Walt Dangerfield o el emprendedor y tiernamente enamorado Andrew Gill—, que se lo podemos tolerar.
Doctor Bloodmoney es una excelente forma de adentrarse en el complejo universo de Dick, mucho más que la novela que habitualmente se deja ver en las librerías, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, que salvo por ser pie para el guión de Blade Runner es un libro de la mitad baja de su producción. De aquí puede pasarse a Tiempo desarticulado, Ubik y El hombre en el castillo, por poner un ejemplo; no creo que nadie que haya terminado esas novelas pueda volver a mirar el mundo a su alrededor de la misma forma en que lo hacía antes, lo que supongo que es el mejor elogio que puede hacerse de cualquier creador.

jueves, junio 13, 2013

El general y la musa, Román Piña Valls

Sloper, Palma de Mallorca, 2013. 216 pp. 15 €

José Miguel López-Astilleros

El humor que consideramos inteligente va ligado al esbozo de una sonrisa. Este es el caso de El general y la musa; pero la obra de Román Piña va más allá, porque su lectura nos va a arrancar sonoras carcajadas, sin renunciar a la inteligencia ni a una efectiva calidad literaria, algo no demasiado usual en nuestras letras. Estamos, pues, ante una novela donde el principal propósito es hacer reír al lector. Si «las palabras del humorista son los hijos de su dolor» según Kierkegaard, con las de Piña no sucede así, porque cada una de las suyas nacen del placer y la libre celebración por reírse de una manera totalmente desinhibida, sin amargura ni resentimiento. Algunas de sus ocurrencias las podía haber escrito Rafael Azcona para ser filmadas por un Berlanga burlón y descreído de todo lo grave y solemne. Por otra parte, muchas de sus escenas delirantes pudieran recordar al procedimiento loco, disparatado e inverosímil utilizado por Copi en narraciones como El uruguayo. Aunque también podemos entroncar la obra con lo esperpéntico y grotesco de Tirano Banderas de Valle-Inclán o Muertes de Perro de Francisco Ayala, aunque sin un propósito moral.
La línea argumental, que da lugar a la exposición de sueños estrambóticos, parodias y aparición de todo tipo de personajes dispares (Robert Graves, Juan March, Rubén Darío, etc.), es muy sencilla: el general Francisco Franco Bahamonde ha sido destinado a Mallorca en el año 1933 por Azaña, el presidente de la República, donde, aburrido, va a dedicarse a escribir un diario de la vida disoluta que llevará desde marzo a octubre de ese mismo año. El cuerpo central del libro está dividido así en cada uno de los ocho meses, que a su vez están compuestos de diversos fragmentos sin continuidad lineal uno respecto a otro. Franco nos cuenta cómo entró a formar parte de una banda de jazz como batería, que actúa en el Honolulu, cómo se aficiona a beber licor de hierbas, cómo pretende escribir un guión de cine que tendrá como protagonista a Conchita Piquer, que resultará una parodia hilarante de la película Casablanca, o cómo recibe clases de mallorquín, por poner sólo algunos ejemplos.
Es significativo el uso de los sueños del protagonista para dar cabida a diversas parodias de películas que ya son iconos culturales: El planeta de los simios en uno o una interpolación estrambótica entre Memorias de África y la serie Holocausto en otro. Y puestos a hacer referencia cinematográficas, aunque no en sueños, Franco recrea un jocoso final de Adiós a las armas mezclándolo con el final de Sólo ante el peligro. Los sueños también le sirven para confundir la biografía de Louis Armstrong con la de Michael Jackson, o para que se le revele su musa, la presentadora de televisión Patricia Conde, su ideal femenino, cuya primera aparición confundirá con la Virgen.
Otro género parodiado a lo largo de sus páginas es el policíaco, a través de una investigación para averiguar cuál fue la auténtica celda que ocupó Frédérich Chopin en la Cartuja de Valldemossa, y cuál fuel el verdadero piano que utilizó. Un intento por conocer la verdad, dentro de una historia presentada como una deslumbrante falsificación. Y por señalar una última parodia más, entre otras, mencionaremos la que hace del psicoanálisis, al que se somete Franco a cargo de Pomar, un mentalista de feria.
Para conocer una irreverente idea de la política tendremos que asistir a las visitas que Largo Caballero, líder del PSOE, y Primo de Rivera, líder de Falange, hacen a Franco para solicitarle que apoye sus respectivas causas, dichas entrevistas terminarán de un modo inimaginable para el lector. Otro día será su profesor de mallorquín quien le proponga su adhesión a la causa separatista y a una atrabiliaria concepción de España. Y por último, para saber de la impotencia sexual de Franco, así como el origen ridículo de su hija, qué relación hay entre Lady Di y Oscar Wilde o qué pinta aquí Patricia Conde, entre otros muchos deliciosos desvaríos, habrá que leer el libro.
En cuanto a la filiación estética, se podría encuadrar en la categoría de la novela postmoderna por sus ingredientes y su tratamiento, aunque esto no exento de cierta ironía, como aclara el autor al comienzo, que enlaza con un final en el que aparece un viejo personaje conocido de otras obras suyas, Marcos Badosa, que recuerda al alter ego de Franco, Marcos Brindisi, y que servirá para multiplicar las perspectivas sobre la autoría del libro y para amalgamar las distintos tiempos como la carne en una albóndiga. Todo en esta novela es una fiesta, una enloquecedora kermés extravagante, irracional y absurda, pero sobre todo muy divertida.

miércoles, junio 12, 2013

Siguiendo mi camino, Mauricio Wiesenthal

Acantilado, Barcelona, 2013. 480 pp. 26 €

Ángeles Prieto Barba

Como puedo hacerlo, me he concedido el placer de escribir esta reseña dactilográficamente, al abrigo de uno de los dos grandes magnolios que enseñorean la Alameda gaditana. Más allá, en el Baluarte de la Candelaria, se celebra la anual Feria del Libro, donde un estridente altavoz repite de manera constante que procederá a firmar sus productos un afamado y vulgar político. Es sólo que aquí refugiada, rememorando lindas canciones en compañía de las palabras de Mauricio, opto por rendir culto a la única clase social o profesional que respeto, según me enseñaron mis maestros: la aristocracia del arte y del espíritu.
Bien se que muchos no entenderéis por qué empiezo hablando de mí y de mi ciudad natal si lo que tengo que contaros es de qué trata este libro, pero lo hago de la mejor manera que concibo, pues Mauricio Wiesenthal, criado bajo la alegre luz de Cádiz, no sólo formó siempre parte de esta nobleza exquisita, es que en estos tiempos la lidera con mucha clase porque sabe como nadie hablarnos de nosotros mismos. De lo que somos y de lo que fuimos. Aunque parezca que lo hace de sí mismo en este libro autobiográfico, jalonado de poemas y canciones (tangos, habaneras, valses, zambas, boleros o nanas) que han marcado su vida y aventuras, de continuos viajes y amores eternos.
Un libro hermoso para subrayar, recordar y comentar luego, en el que echamos en falta al final un índice onomástico que me parece necesario en todos los libros de Wiesenthal, siempre provechosos y eruditos. Pues al igual que en el Libro de Réquiems (2004), El esnobismo de las golondrinas (2007) y Luz de vísperas (2008), disfrutados enormemente con anterioridad, los diversos paisajes del Mundo que recorre no los presenta exentos, sino enriquecidos por seres singulares que les otorgan carácter. Bien con alguna celebridad de la que descubriremos algún aspecto novedoso, como Ramón Menéndez Pidal, Ava Gardner, Lola Membrives, Hemingway o un José María Pemán visionario (“el ensayo y la novela marchan hacia una conjunción que será la fórmula de este fin de siglo”), o bien con personajes anónimos, como el increíble sacerdote jesuita de Mérida o la impresionante y divertida Sarah, primera esposa de Wiesenthal. Inolvidables todos ellos.
Y esas canciones sabias y tiernas que sirven para engalanar sus historias, las que apelan a lo mejor de nuestros recuerdos y sentimientos: “Always”, “La gavina”, “Are you lonesome tonight?”, “Love me tender”, “Zamba del pañuelo”, “Maite”, “Lilí Marlene”, “Que seas vos” y mi favorita, el bolero “Amar y vivir”, acompañadas de reflexiones sobre cómo encarar la vida y consejos a jóvenes escritores para que moderen sus raudas ansias de fortuna y éxito. Aunque nada más ejemplarizante para ellos que esa prosa magistral, lograda con no pocos esfuerzos y libre de tópicos y lugares comunes, elaborada para ser disfrutada tanto en silencio como en voz alta.
No obstante, los libros de Wiesenthal producen al final un fastidio irremediable: se acaban. Menos mal que no ocurre así con sus queridos cundis, parecidos a sus obras, de miga jugosa y corteza dura. Por lo que aviso a los lectores avispados de que en los hornos del barrio de la Viña pueden seguir degustándolos.