viernes, enero 30, 2015

Niveles de vida, Julian Barnes

Trad. Jaime Zulaika. Anagrama, Barcelona, 2014. 143 pp. 14,90 €

Ignacio Sanz

«Juntas a dos personas que nunca habían estado juntas y se crea algo nuevo y el mundo cambia. Después… por una u otra razón, una de las dos desaparece. Y lo que desaparece es mayor que la suma de lo que había». Así comienzan, con pequeñas variantes, los tres relatos que configuran este libro que centra su mirada en el sentimiento de pérdida. Y nótese que digo libro y no novela. El primero de los relatos, narra ciertos acontecimientos históricos del siglo XIX protagonizados por pioneros de la fotografía y de la navegación aerostática, aquellos globos que, en sus primeras tentativas para alejarse de la tierra, dejaron algunos cadáveres en la amplias cunetas del Canal de la Mancha. El segundo relato centra su mirada en una historia de amor imposible entre la actriz francesa Sarah Bernhardt y el aventurero oficial inglés Fred Burnaby, uno de los pioneros en navegación aerostática. Cada relato se lee de manera independiente pero los personajes pasan de un relato a otro con cierta naturalidad, como si se tratara de un líquido contenido en vasos comunicantes. Pareciera que los dos primeros sirven para preparar el terreno del tercero donde Barnes muestra a pecho descubierto su corazón herido por la muerte de su mujer, cinco años atrás. Aquí, en este relato “La pérdida de profundidad” desaparece el rastro de fábula y Barnes, el gran Barnes, que tantas veces nos ha conquistado, describe su desconcierto sentimental a consecuencia de la viudez. El duelo. Y con el duelo nos habla de las reacciones de amigos y familiares, de su torpeza para digerir con naturalidad el golpe, del estupor de unos y otros para encarar la zozobra que arrastra consigo la muerte.
Lo que vemos es un corazón desnudo sometido a los estragos de la desolación. Un corazón que no encuentra su lugar en un mundo que, de pronto, ha dejado de tener sentido. El recuerdo sirve como consuelo. Pero el sentimiento de orfandad es tan grande que, a ráfagas, se instala en su cabeza la posibilidad del suicidio que lo libere. Sí, porque el mundo sin ella resulta insoportable. ¿Por qué no da el paso? Aquí viene la poesía. Ella sigue viva en sus recuerdos. Acabar sería acabarla. Qué fragilidad la del novelista desconcertado. Cómo echa de menos las creencias religiosas que a otros sirven de consuelo pero, como sabemos sus lectores en Nada que temer, él creció en una familia de racionalistas ateos y Dios no puede venir en su auxilio porque la razón rechaza los atajos. Y así, zarandeado por la desolación, evoca al periodista Pereira, de Tabucchi, viudo como él y que, como él, contaba sus pesares y sus cuitas al retrato de la mujer desaparecida. En fin, un desnudo integral en ese calvario que va, poco a poco superando, precisamente porque, a los cinco años, por fin, ha comenzado a verbalizar los sentimientos que ahora nos sirve en bandeja, cuando ya ha pasado lo peor de la tormenta, cuando la fiereza de la granizada comienza a remitir y Barnes, situado de nuevo en el mundo, empieza a ver un poco de luz, especialmente cuando sopla el viento del norte y su cabeza sueña otra vez con el sur, con Francia, el país que tantas veces ha orientado sus pasos hacia la felicidad en medio de las brumas que han ido envolviendo su vida.
Tras la lectura, el corazón queda empapado por la melancolía. Para eso sirve también la literatura cuando se escribe con elegancia, sin desgarros ni aspavientos, de manera sutil, como lo hace, con su magisterio habitual, el gran escritor que tantas veces nos subyugó.