miércoles, enero 28, 2015

El expreso de Tokio, Seicho Matsumoto

Trad. Marina Bornas. Libros del Asteroide, Barcelona, 2014. 220 pp. 17,95 €

Santiago Pajares

Seicho Matsumoto fue uno de los grandes impulsores de la novela negra en Japón tras la segunda guerra mundial. Utilizó las tramas alrededor de los crímenes como una excusa para reflejar escenas cotidianas de la vida japonesa y criticar a la sociedad y al estado. Fue, de hecho, uno de los primeros autores nipones en introducir la corrupción política y policial en sus novelas como un elemento más de los crímenes que narraba. El sujeto de investigación no resultaba entonces el crimen en sí, sino la sociedad en la que el crimen era cometido. Matsumoto no recibió una educación formal, y desempeñó diversos trabajos antes de entrar como publicitario en Asahi, uno de los periódicos más importantes de Japón, teniendo que interrumpir sus tareas por la segunda guerra mundial. No empezó a escribir novelas hasta entrado en la cuarentena, pero decidió recuperar el tiempo perdido. Hasta su muerte en 1992, escribió más de 450 trabajos entre novelas, relatos y ensayos. Tanto fue así, que llegó a ser conocido como el Simenón japones.
Este libro que hoy recupera Libros del asteroide fue publicado por primera vez por entregas en una revista japonesa entre 1957 y 1958 y con el tiempo ha llegado a ser conocido como una de las novelas policíacas japonesas más famosas del siglo XX. Las entregas resultaron un éxito y fue inmediatamente reeditado en forma de libro. ¿Y por qué ese éxito? Porque El expreso de Tokio es una máquina de precisión, una novela donde el autor se basa en los horarios de trenes para resolver el crimen. El arranque de la historia es el descubrimiento de los cadáveres de un alto funcionario del gobierno y una camarera en una playa de la isla de Kyushu. Investigaciones posteriores revelan que para su cometido han tomado cianuro. Pero en lo que parece un caso corriente que se archivaría el mismo día crece la duda a raíz de un detalle insignificante. Por la factura encontrada en el chaleco del funcionario se puede deducir que ha comido sólo en el tren. ¿Y su acompañante, no llegó a tomar nada? ¿Un café o un té para acompañar a su pareja? El principal sospechoso tiene una coartada perfecta, y es que el mismo día que los amantes marchaban hacia la isla, él cogía otro tren hacia la otra punta del país. Tiene todo tipo de testigos y pruebas de todos los transportes que ha tomado hasta llegar a su destino, tantos y tan evidentes que parece algo armado por una mente criminal para no dejar resquicio a la duda. Y es ahí donde dos inspectores, uno en la isla de Kyushu y otro en Tokio, comienzan a analizar frenéticos todas las posibilidades de transporte que el sospechoso pudiera haber usado para estar en el lugar del suicidio. Como hemos dicho antes, Matsumoto hace una gran crítica social. Un departamento del ministerio (llamado departamento X en el propio libro) alberga un gran caso de corrupción, y que uno de sus funcionarios de alto nivel se haya suicidado entorpecería esa investigación. Así que no queda más que revisar concienzudos los horarios de trenes y buscar una solución. Además, como especifica el propio autor, los horarios de trenes que se citan a lo largo de la novela por todo Japón, son los vigentes en el año 1947.
Hay que hacer mención a la inmaculada edición de Libros del asteroide, que han conseguido convertir sus libros en un pequeño objeto de deseo. Y es que la precisión y el detalle no son sólo propiedad de los escritores y los investigadores de las novelas, sino de los editores que las publican.