viernes, julio 18, 2014

El mundo de afuera, Jorge Franco

Premio Alfaguara de Novela 2014. Alfaguara, Madrid, 2014. 312 pp. 18 €

Pedro Pujante

El último Premio Alfaguara de Novela lo ha ganado este escritor colombiano, Jorge Franco (Medellín, 1962), con una historia conmovedora, impactante, cuyo argumento giran en torno a un secuestro. En otras novelas ya indagó en asuntos concernientes al lado más sórdido del mundo colombiano, como la inmigración (Paraíso Travel, 2001) o la subcultura de los sicarios (Rosario Tijeras, 2000), ambas llevadas a la pantalla. La trama avanza y retrocede en el tiempo para dibujar la historia de Don Diego, un millonario colombiano. Cómo conoció a su esposa alemana Dita, veinte años atrás, y la decisión de construir un castillo de ensueño que coronase Medellín. Un castillo que servirá de metáfora sobre la que se edifica esta historia.
Su hija Isolda, como si de una Rapunzel moderna y triste se tratase, vive encerrada en su castillo, en su imaginario fantástico de criaturas mitológicas, música de los Beatles y paseos mágicos por los jardines que hay alrededor de su palacio. Pero el lector se engaña si cree que estos ingredientes, extraídos de los cuentos tradicionales, nos traen un cuento de hadas. Por el contrario, la historia de El mundo de afuera, como dijimos al comienzo, es la historia de un secuestro, una historia de violencia. Una banda de delincuentes ha planeado y llevado a cabo el secuestro de un millonario, con la intención de pedir un rescate que los saque de la miseria. Además, El Mono, jefe de la banda, es un ser atormentado, que naufraga en un mar de conflictos interiores, y obsesionado con Isolda, la hija del secuestrado.
En capítulos breves, con digresiones cronológicas que avanzan y retroceden en la biografía de los personajes de un lado –el mundo burgués del secuestrado- y del otro –la fauna de desposeídos que malviven en los barrios marginales de Medellín- Franco nos relata, alternativamente, la crónica del secuestro y de sus protagonistas. Protagonistas bien dibujados, con claroscuros y bien definidos que harán que padezcamos compasión, pena, dolor, entusiasmo, asco, horror y toda la gama de sentimientos que configuran el espectro del alma humana. Franco ha sabido radiografiar, a través de un secuestro, todo un conjunto de seres dispares que se afanan por vivir en un mundo duro, y que, a pesar de todo, están sumergidos en sus soledades y miserias, en sus contradicciones y sus anhelos.
El tronco narrativo se sitúa en los años 70 del siglo XX. Los personajes, como se ha dicho, son reales, de carne y hueso, y eso es uno de los platos fuertes de esta truculenta historia que como ha dicho Sergio Vila-Sanjuán «arranca como un cuento de hadas y acaba como una película de Tarantino». Cabría matizar al respecto que la novela, a pesar de estar decorada levemente con pinceladas de ese mundo fantástico de los hermanos Grimm (el castillo medieval, la hija-princesa encantada del millonario que ensueña un mundo fantástico como la Alicia de Carroll) no deja de ser una dura crónica de la realidad colombiana, de la delincuencia y de los estragos que la miseria llega a causar en las vidas de las personas. Porque, bien es cierto que la redondez de los personajes nos dificulta la tarea de posicionarnos, de establecer una barrera entre héroes y villanos desde un punto de vista emocional, que no ético, por supuesto.
La humanidad de los seres que habitan El mundo de afuera, ese extrarradio más allá de las fronteras del castillo que se erige como metáfora de un mundo idealizado y desprovisto de dolor, impregna la lectura de este relato crudo y duro, un relato que nos hará reflexionar y convencernos de que el mundo de afuera está ahí, aunque nos impongamos fronteras para protegernos. De hecho, la colisión de ambos mundos, el ostentoso que existe dentro del castillo y el precario que se extiende afuera, produce la fuerza que dinamita todo este antirrelato de hadas.
La prosa de Franco es directa, exhibe un sólido manejo del idioma, diálogos realistas y pocas concesiones a los devaneos estilísticos; que con los giros propios de los coloquialismos del habla colombiana conforman una lectura creíble, cercana y apropiada a la historia y por lo tanto equilibrada. Jorge Franco economiza y nos narra una historia de un modo preciso y con un ritmo correcto.