martes, mayo 21, 2013

Nadie quiere saber, Alicia Giménez Bartlett

Destino, Barcelona. 2013. 419 pp. 18,50 €

Amadeo Cobas

Leer una novela policíaca, una buena novela, es un placer comparable a ir al monte a buscar setas. Uno va haciendo su recorrido y va recolectando las setas, ésta es buena, ésta no… Claro, siempre con la duda del neófito, porque esa seta que desechamos igual es una pieza fundamental en el puzzle, y si la dejamos en el olvido luego puede no completarse el rompecabezas de la intriga. Recorriendo el bosque de páginas se incrementa de pinceladas nuestra «cesta», se va mediando de «setas». Uno intenta que la mente conserve viva esa escena descrita con brevedad, acaso con fingido descuido, tocando de soslayo un tema con la yema del dedo, así como nosotros estuvimos en un tris de arrancar una nueva seta… aunque la despreciamos por su pinta. ¿Y si es una venenosa pista falsa? Y en este delicioso recorrido de tarde de sábado semeja que inspiramos la tinta que impregna las páginas del libro y forzamos las neuronas para entresacar ora un asesino recóndito, ora un feliz remate culinario para tanta seta...
Perdón por esta larga introducción, espero no inducir a nadie a la captura de setas antes que a desentrañar el misterio planteado por Alicia Giménez Bartlett. Sería una pena.
Una pena perderse esta nueva entrega de la inspectora Petra Delicado, que lleva más de tres lustros a las órdenes de su creadora y que es, en palabras de uno de los personajes que interviene en la narración, «una mezcla extraña de dureza y dulzura». No sin motivo, ya que sabe herir como nadie con la lengua aunque tenga un poso de bondad que le impide exacerbar su crueldad. Se contiene… cuando quiere.
Como es habitual, aquí la tensión narrativa está graduada con sabiduría, con las dosis justas de aporte de conocimiento de las situaciones y de sorpresas que reactivan la acción para dinamizar con oficio la lectura. Hay territorios comunes, es obvio, tal el apoyo en la sempiterna seguridad que granjea contraponer a dos policías de caracteres, forma de ser, ideales, etcétera opuestos hasta límites que anuncian un enfrentamiento personal, como aditamento mejor para que las pesquisas avancen…mientras el lector se entretiene y hasta sonríe. Con razón. Por todos los que seguimos sus avatares es conocido el macabro humor que gasta la inspectora, capaz de reírse de su propia muerte, frente al aparentemente simplón subinspector Fermín Garzón, almodovarianamente grotesco, sin par, en ocasiones hortera como cuando le da por comportarse como un turista más en Roma y se fotografía en medio de dos gladiadores…para cabreo de su jefa.
Porque dignas de destacar son las conversaciones entre ambos, con momentos en los que chispean los pinchazos que se lanzan y pasan a frisar ese tenue equilibrio antes mencionado entre hilaridad y tensión. Verbigracia: «Inspectora, ¿parecerá irrespetuoso que le diga que está usted empezando a tocarme los cojones?». Tiene la novela además muchas notas de desvelo social, que diría Serrat, como al paso, sin inmutarse «…así es como progresan hoy en día las ciudades: se renuevan los edificios y a las personas se las deja morir». ¿Un poco de moralina? Creo que no, es una reflexión propia del carácter de la inspectora, o de su pose o interpretación. No en vano, epiloga tal que así: «Yo había dicho lo que se esperaba de mí, y por eso mis palabras eran bien recibidas».
A los audaces que desdeñen las setas y se aventuren en este bosque les confirmo que no existe crimen perfecto, dado que un asesinato siempre deja pistas, el asesino siempre comete fallos. Petra dixit.
Como en esta obra, donde el culpable es… me lo callo, lo siento. Merece la pena que lean la novela para averiguarlo.