miércoles, mayo 29, 2013

El luminoso regalo, Manuel Vilas

Madrid, Alfaguara, 2013. 385 pp. 18,50 €

José Miguel López-Astilleros

El luminoso regalo se inscribe en las novelas que utilizan el sexo como metáfora de la vida, de la destrucción, del conocimiento del alma humana, del proceso amoroso, de la incapacidad de amar o como sublimación del amor. Entre ellas se podrían citar obras muy distintas entre sí respecto a sus planteamientos, significados y propuestas estéticas, como por ejemplo Sexus de Henry Miller, Crash de J. G. Ballard y más cercana en el tiempo Snuff de Chuck Palahniuk, entre las cuales Vilas sabe distinguirse con poderosa singularidad, sea por los procedimientos poéticos utilizados (no olvidemos que el autor es también poeta) o por el particular significado del sexo en la vida de sus personajes, cuando no por otras muchas razones.
Víctor Dilan, el protagonista, es un escritor español de éxito, exdirector del Instituto Cervantes en Roma, está casado y tiene una hija, lo que no le impide acostarse con todas las mujeres que le salen al paso, hasta que da con Ester, la Bruja, una mujer alta, rubia y con ojos azules, como él, que a semejanza suya mantiene contactos carnales sin interrupción (es ninfómana) con todos los hombres que desea. Ambos despliegan ante el lector sus relaciones sexuales más explícitas, con todo detalle y crudeza, como si estuviéramos viendo una película pornográfica. Esta relación es la base de la novela sobre la que se construyen sus historias y las de los demás personajes, transidos así mismo de un exacerbado e incontenible deseo sexual, a cuyos encuentros exhibicionistas asistimos igualmente, en una acumulación que nos recuerda a los crímenes de 2666 de Roberto Bolaño, pero que en la novela de Vilas, a nuestro juicio, deviene en un efecto paródico, tanto más acentuado cuanto más aumenta la cantidad de ellos. Partiendo de esta colisión entre ambos amantes, se nos narran los encuentros y desencuentros entre Dilan, su esposa Elena, Ester y otras muchas mujeres, así como de Ester con su psiquiatra Matthews y otros muchos hombres.
Hasta aquí la novela se quedaría en una historia vulgar, sin embargo los exacerbados y voraces juegos sexuales, que hoy sólo escandalizarían a mentes estrechas y puritanas (quizás pueda entenderse esta obra, en este aspecto, como un ajuste de cuentas con la novela española por su pacatería y pudor en mostrar el sexo), le sirven al autor para, siguiendo a Bataille, construir con ellos un objeto al servicio del mal y la destrucción, a la cual Victor se ve arrastrado por Ester; pero no sólo eso, también representa para el protagonista una búsqueda infructuosa del amor, cuya práctica, elevada a la categoría satánica unas veces y otras a una mística irónica, le revela su incapacidad para amar, que lo conduce a la soledad, que a su vez le empuja hacia un final dramático. A esta autodestrucción de Dilan coadyuvan los antidepresivos que toma y su alcoholismo. Pero los deseos de aniquilación de Víctor exceden su propia extinción, y como un contagio de la maldad de Ester, los amplía a toda la humanidad, los cuales ve cumplidos de un modo vicario en la personalidad de su nieto, y aquí es donde la novela alcanza un tono apocalíptico de ciencia ficción. La sexualidad es incapaz de albergar la certeza del amor, que lucha inútilmente por proyectarse más allá del placer efímero, en una ansia por alcanzar la espiritualidad romántica, representada por el Heathcliff de Cumbres borrascosas, quedando finalmente en una mera reflexión sobre su condición biológica o construcción cultural, o en lo que Bauman llamaría un amor líquido.
Si la novela anterior, Los inmortales, se podía considerar como una novela postmoderna, alejada del realismo convencional, con una fuerte presencia de la cultura pop, en esta, más realista, Manuel Vilas no ha abandonado del todo ni lo primero ni lo segundo. De este modo se juega con la verdadera identidad de los personajes. Tanto estos últimos como los lectores somos incapaces de conocer la verdad, debido a los diferentes puntos de vista, así como a la utilización de la primera y la tercera persona, pero con predominio de la segunda, que se contagia de un extraño y distante tono apelativo. El tiempo es discontinuo, siendo así que el argumento está presentado con saltos hacia delante y hacia detrás entre los años 2007 y 2082 o atemporales. También incluye referencias a lo que ya son iconos culturales como puedan ser el monolito de la película Odisea del espacio 2001 o Bob Dylan, entre otros.
El luminoso regalo es una novela que explora con valentía la naturaleza y el significado del sexo, del amor, del mal, de la destrucción, de la muerte, de la mentira, de la insatisfacción, de la búsqueda de la felicidad, y que no aspira a dar respuestas sino a sembrar inquietudes, sin renunciar a la metaficción, la ironía, el humor y la poesía.