miércoles, noviembre 07, 2012

Madreagua, Antonio Agudelo

Ediciones depapel, Córdoba, 2012. 60 pp. 12 €

Verónica Aranda

«Habito la más honda claridad/ del sueño o de la muerte», dice Antonio Agudelo en uno de los poemas de Madreagua. Cada nuevo libro de este poeta inclasificable que ejerce la poesía como un sacerdocio, retirado en la soledad de los bosques, es todo un acontecimiento. Madreagua sale por fin a la luz en una edición ilustrada exquisita del sello cordobés Ediciones depapel. Lo onírico impregna este poemario que alcanza la madurez y depuración estilística que ya intuíamos en El sueño de Ibiza.
En la rueda de la vida el poeta “ha de morir muchas veces” para “escribir con la sangre” y finalmente alcanzar la experiencia iluminadora. Morir para “volver al vientre de la madre”, al primer balbuceo, a través de la experiencia purificadora del agua, de ahí la riqueza de símbolos contenidos en Madre-Agua. Agudelo nos trae epifanías en las que el yo poético ocupa la habitación más oscura del salitre y al modo rimbauniano puede ser “el niño conducido por relámpagos delante del cerezo”. Otras veces son soliloquios en la espesura de la noche, a los que llegamos a través de imágenes bíblicas o votos de depuración, como en el magnífico poema “El ruiseñor de Keats”, ahondando siempre en el las raíces de la existencia.
El autor nos invita “fuego adentro” para mostrarnos su cosmogonía, muy cercana al hinduismo, con sus ciclos de creación-destrucción y textos como las Upanishads donde el pensamiento se centra en absorber la luz, manifestación de lo supremo y de la pureza: “la luz entra como un relámpago en mis ojos y una paloma arde en su blancura”. De la explosión de la luz da comienzo la vida y la experiencia del ser humano.
Agudelo cuida cada palabra, se detiene en su transparencia, su dimensión sanadora, sin dejar de lado el compromiso: «¡Cállense los hombres que aúllan y devoran y / que la palabra vuelva a/ ser suavidad manjar celeste/ abismos que se transparentan en la altura!». Como destaca José Luis Rey en el prólogo, «el poeta parte hacia la Estigia acompañado de ese único objeto con que se honra la nada: la palabra poética.»