viernes, noviembre 02, 2012

Muerte de un escritor. José Ángel Mañas y Antonio D. Leiva

Booket, Barcelona, 2012. 128 pp. 4,95 €

Miguel Baquero

«Estoy de acuerdo en que hemos llegado al fin de una época. Pero, alcanzado este punto, sólo puede haber dos opciones: el suicidio literario o el folletín… y yo me quedo con el segundo».
Así dice uno de los personajes de Muerte de un escritor, la última entrega de 21 dedos, una serie de novelas breves y de aspecto pulp escrita por José Ángel Mañas y Antonio Domínguez Leiva. Con una periodicidad quincenal (en el momento en que salga publicada esta reseña ya se hallará en las librerías y quioscos la sexta entrega: El ser venido del espacio), la serie 21 dedos busca seguir el viejo esquema de los folletines novelescos, un género que en su día gozó de mucho éxito y que se basaba en plantear un argumento base, a veces trazado de forma muy leve, y sobre esa mínima estructura ir acumulando aventuras y peripecias de un protagonista. El defecto (o el encanto) de aquellos viejos folletines era que, en su deseo de atrapar la atención de lector e interesarle para que leyese (y, claro, comprase el libro o el periódico en que venía la siguiente entrega), ponían a su héroe en situaciones cada vez más forzadas, disparatadas… y por ende imaginativas.
Esta es la propuesta de la serie 21 dedos, un esquema recuperado del pasado (y de algunas series televisivas, donde ha sobrevivido) que, como vemos en Muerte de un escritor, aspira a ser una reacción frente al clima demasiado serio, académico… o por mejor decir impostado, solemnizado, grandilocuente, en el que se ha enmarañado la literatura actual. Así se ve claramente en esta quinta entrega de la serie, ambientada en un ferrocarril lleno de escritores camino de la Semana Negra de Gijón. Siempre con el peculiar humor corrosivo característico de la serie, en sus poco mas de cien páginas se nos narra, en claro y muy apropiado remedo paródico de Asesinato en el Orient Express, cómo un joven escritor es asesinado y las sospechas pronto recaen sobre un tal Manías, el único pasajero del grupo que escribe con estilográfica y que se halla conchabado con el crítico omnímodo y creador de opinión y fama literarias Raimundo Santos Ciruela. Sofocado a partes iguales por dudas existencias y por la propia plumbeidad de sus dudas existenciales, el sospechoso se va deslizando hacia un final trágico…
Este es, en gran manera, el esquema: quiero decir, dejar al lector suspenso en la última página para llamarle a seguir la siguiente entrega. Todo ello, por supuesto, contando con la complicidad y la madurez lectora de éste, sabiendo que él sabe que se trata de un juego, que las situaciones son exageradamente forzadas y narradas (pese a lo cual no desvarían del todo de una coherencia en el argumento) y que, en fin, el objetivo último es entretener y divertir con la lectura, provocando alguna que otra risa: un objetivo muy legítimo para cualquier escritor, quizás, incluso, el objetivo más loable pero que en los últimos tiempos se ha tendido a ocultar bajo un pesado manto de pedantería. Y esto es, al cabo, lo que reivindica con claridad Muerte de un escritor y la serie 21 dedos: como se ha citado en el primer párrafo: el folletín desenfadado, descarado, incluso ingenuo (pero inteligente) frente a una “lataratura” agónica.
Ya de hecho, antes de llegar a este decadente Orient Express, 21 dedos, el protagonista algo indefinible de la serie, ha estado en una yate de la jet, involucrado en un secuestro, perdido en una aldea de la Galicia profunda, interno en un hospital de desquiciados… todo ello siempre de la forma más divertida, jovial, tremebunda por supuesto, antes de pasarse por este vagón repleto de escritores entre luces opalinas, darle un papirotazo al más famoso de ellos y seguir rumbo al rodaje de una película de ciencia-ficción… donde ya se encontrará cuando esta reseña salga publicada.