miércoles, noviembre 14, 2012

La bicicleta del panadero, Juan Carlos Mestre

Calambur, Madrid, 2012. 468 pp. 25 €

Ignacio Sanz

Las estrellas son para quien las trabaja. Mestre no para de sacarlas brillo al tiempo que se columpia como un volatinero en los cuernos de la luna. Poeta camaleónico, nos deslumbra con sus inquietantes saltos de pértiga y asistimos hechizados a sus propuestas en las que saca a la pista del baile a la cultura clásica, a la judía, el cine, el jazz, el cómic, la poesía simbolista francesa, los grandes novelistas rusos, la cultura popular, los amigos y hasta el padre que fuera panadero y repartía pan en bicicleta por las calles de Villafranca del Bierzo que, cómo no, también subyace en este libro subyugante que es también un alucinado juego de espejos. También a los lectores nos saca a la pista y nos pone a bailar.
Lo primero que sorprende e este tomo son sus casi 500 páginas, el más grande de los suyos. Un río torrencial en estado de gracia que se desborda por las orillas en una lluvia de metáforas. Pero no siempre llueve metáforas. A veces se vuelve contenido, casi sobrio, sin perder el hilo de la música surrealista y nos regala versos traviesos, transgresores como un niño locuaz y, sucintamente nos cuenta una pequeña historia en homenaje a personajes queridos como Rafael Pérez Estrada, que fuera maquinista de trenes que atravesaban de noche sobre un mar embravecido. Qué hermoso el poema que le dedica. O los magníficos retratos que hace de Lennon, Lezama, Helénides de Salamina o Pereira, el gran Antoñito Pereira, además de poeta de prosa menuda y mágica, casi, casi un segundo padre, vecino y paredaño del biológico y ferretero de profesión.
Una muestra de este tipo de poemas sobrios, salpicados de humor, podría ser el titulado “Kafkarrabias”:
«Sabes que nunca me ha gustado el fútbol/ Y me regalas dos entradas para la final de la Copa de Europa/ De sobra sabes que detesto a los novelistas de éxito/ Y me llenas la casa de espantapájaros y papel servilleta/ Mira que te dije que no se lo dijeras a nadie/ Y a todos le has contado por quien doblan las campanas/ Sabes que los caballeros me ponen la crines de punta/ Y pones a todo volumen la caballería rusticana/ No es que supongas a ciencia cierta lo sabes/ Tengo serias dificultades para regatear al contrario/ E invitas a tu cumpleaños a todos tus amantes jugadores de rugby/ Tienes razón, soy un quisquilloso aguafiestas, un kafkarrabias/ Que se besa en el descansillo con la Virgen de los Desamparados»
Casi todos parecen escritos en trance, bajo los efectos de una lúcida borrachera verbal. A veces, metido en la selva de las palabras, el poeta nos arrastra por un torrente de emociones, como en una hermosa canción de corro alrededor de un corazón volcanizado.
Cuando leo estos largos versículos, algunos con vocación de cuento, no puedo por menos de imaginarme al poeta recitándolos. Mestre, uno de los más estimulantes rapsodas que he conocido, dotado de una voz honda, como nieto de sastre, rompe las costuras gramaticales. Si no fuera porque parece un poco cursi podríamos decir que su voz es una bala que atraviesa el corazón. De ahí que cuando Mestre se sube al escenario y presiona sobre el fuelle de su achacoso acordeón, más que un poeta nos parezca la encarnación misma de la poesía. Como acaso pudiera serlo en su día otro ángel desbordado por la gracia llamado Federico: “En la habitación de al lado Caperucita se afeita cada dos horas y yo he de preparar la perforance si no quiero que me consideren un ingenuo representante de la Congregación de Rapsodas Difuntos.”
A veces Mestre se revela ácido e irreverente y se revuelve contra el entorno mostrenco de los eruditos que tratan de disecar la poesía en cajoncitos para cómodo pasto de críticos: «Cuando oigo debatir acerca de la poesía del silencio me descojono de risa.»
«Alto ahí, musas de la cantaleta: la actitud conservadora es aquella que nos plantea la imitación de un pasado establecido como norma de conducta: yo no escribo para echarle afrecho a los chanchos de domingo de Guzmán encaramado en los retablos de Berruguete.»
Leánlo. Déjense deslizar por este tobogán de emociones subversivas. La suya es una poesía sin orillas, un río de músicas libérrimas que nos empuja al frenesí.