jueves, noviembre 08, 2012

Cartas a un buscador de sí mismo. Henry David Thoreau.

Trad. Antonio García Maldonado. Errata Naturae, Madrid, 2012. 164 pp. 16,50 €

Pilar Adón

Thoreau pertenece a ese grupo de nobles personajes históricos que se prestan a ser encuadrados en diversas cajitas de fichero bien etiquetadas, siempre disponibles para ser citados o sacados a colación en prácticamente cualquier circunstancia. El eremita de los bosques. El pacifista. El activista político. El precursor de la resistencia pasiva. El padre del ecologismo… Rótulos que se despliegan ante los ojos del lector para que este pueda elegir el más acorde a sus gustos, y que, sin embargo, reducen hasta la asfixia (no podía ser de otra manera) lo que fue la profunda búsqueda, el continuo planteamiento de posiciones diversas, incluso contradictorias a veces, que supuso la trayectoria vital e intelectual de Thoreau. En un mundo en que todos parecemos necesitar gurús, citas rápidas a las que acudir para crear nuestras libretas a modo de métodos privativos de autoayuda, Thoreau(1817-1862) podría alzarse como un simplificado director anímico, lo que no deja de sorprender (y hasta de asustar) ya que no hay más que leer sus textos para descubrir que, más que dar respuestas, lo que planteaba era un exaltada serie de preguntas. Como un perfecto buscador del significado de la existencia, de la intensidad y la verdad de la vida, las suyas no podían ser ideas dogmáticas ni sus opiniones recetas definitivas. Y, sin embargo, es en esa precisa indagación, en esa exploración de su propia incertidumbre, donde hallamos la mente preclara y profundamente atractiva de un hombre que quiso ir más allá. No en sus soluciones, sino en sus intentos: ahí reside su esencia y su innegable interés.
La correspondencia que nos ofrece Errata Naturae en una edición espléndida (brillantemente anotada por los editores) es la que mantuvieron Thoreau y Harrison G. O. Blake (el buscador de sí mismo al que alude el título) a lo largo de trece años. Ambos estudiaron en Harvard, pero no fue allí donde se conocieron sino, años más tarde, en la casa de Emerson. Blake había estudiado Teología y, como Emerson, ejerció el sacerdocio, abandonó los hábitos y disfrutaba de las largas conversaciones compartidas acerca de literatura, política y filosofía. Cuando, en uno de aquellos encuentros, Blake conoció a Thoreau, este mencionó ya su idea de retirarse a una cabaña que construiría él mismo cerca del lago Walden, en los bosques próximos a Concord, donde viviría durante dos años, desde julio de 1845 hasta septiembre de 1847. Pero sería sólo tras varios encuentros más cuando Blake se decidiera a escribirle. Sus propios textos no se conservan, aunque resulta sencillo adivinar sus aspiraciones, temores y recelos por las respuestas y nuevas explicaciones de Thoreau, quien, carta tras carta, reincide en la necesidad de buscar la propia identidad, la razón de ser en el mundo. Además de, naturalmente, en su tendencia a huir de la sociedad de los hombres.
En la fechada el 8 de agosto de 1854, escribe: «Encuentro, como siempre, muy poco beneficioso tener mucho que ver con los hombres. Es sembrar viento sin siquiera recoger tempestades: es recoger tan sólo una calma y una quietud improductivas». Y continúa un poco más abajo: «Emerson cuenta que su vida es tan improductiva y mezquina la mayor parte del tiempo, que se ve obligado a utilizar toda clase de recursos y, entre otros, a los hombres. Yo le digo que sólo diferimos en los recursos. El mío es alejarme de los hombres». Esta pulsión es una constante en Thoreau. El individuo optimista de cartas anteriores, el que camina y se deleita en la naturaleza de lo más pequeño, se repite el ideal una y otra vez, como si no pudiera permitirse olvidarlo ni un instante. Como si la mera sospecha de estar perdiendo el tiempo le hiciera enfermar. Así, igualmente, en uno de los escritos más inspirados, el del 19 de diciembre de 1854, tras haber llegado a la conclusión, después de echar un nuevo leño a su estufa, de que habrá quemado a lo largo de esa noche un árbol bien grande, se pregunta: ¿para qué? ¿Qué ha hecho con su tiempo mientras ese árbol le calentaba el cuerpo? ¿Ha conseguido algo? ¿Ha mejorado su alma?
Otras ideas frecuentes, y quizá menos aceptadas, son las que se refierena su escepticismoante la sabiduría del anciano, quien no por el hecho de serlo ha de dar necesariamente los mejores consejos, o a su tibieza ante lo que pueda suceder en tierras distantes, ante los acontecimientos foráneos, cuando con los más cercanos, con los propios del día a día, un hombre puede verse ya saturado. Su conclusión es la de que, al pretender «solucionar» desde lejos los conflictos de otros, los combates extranjeros, el hombre se evade, se esconde y muestra así su cobardía. En la carta de 20 de noviembre de 1849, declara: «Conozco mal la realidad de Turquía […] Prefiero hablar sobre el salvado, que por desgracia arrancaron de mi pan de esta mañana y fue arrojado a la basura. Es algo que me queda mucho más cerca». Y continúa: «No permita que los periódicos tomen posesión de nuestra vida».
Por último, y como obra literaria que indudablemente es esta recopilación de cartas, hemos de hacer alusión a la lujosa y perfectaexposición verbal que se exhibe en cada una de ellas. La belleza de la prosa resulta conmovedora: «He podido saber por los periódicos que ha llegado la temporada del azúcar. Ahora es el momento de ser una roca, un arce o un nogal». O, de la carta del 3 de abril de 1850: «Cuando nos sentimos fatigados en un viaje, soltamos nuestra carga y descansamos junto al camino. De la misma forma, cuando nos cansa el fardo de la vida, ¿por qué no abandonamos esta carga de falsedades que hemos aceptado portar voluntariamente y nos reponemos, como nunca hizo mortal alguno?».
Todo anima pues a que leamos a Thoreau. Y a que, a continuación, formulemos nuestras propias preguntas.