viernes, julio 29, 2011

Pigmeo, Chuck Palahniuk

Trad. Javier Calvo. Mondadori, Barcelona, 2011. 272 pp. 19,90 €

Santiago Pajares

Un accidente en carretera. Un coche destrozado. Un atasco y las líneas avanzando poco a poco, coche a coche. Y pasas al lado, despacio. Y miras. No puedes evitarlo. Un libro de Chuck Palahniuk es exactamente eso. Sabes que va a ser impactante, sabes que en cierta medida va a ser incluso desagradable, pero no puedes evitar leerlo. Chuck Palahniuk se ha convertido en un autor de culto, primero en EEUU y después en todo el mundo a raíz de la adaptación cinematográfica de su novela “El club de la lucha, dirigida por David Fincher y protagonizada por Edward Norton y Brad Pitt, que ha llegado a convertirse con el paso del tiempo en todo un himno generacional. Pero podía haberse quedado ahí, como un incidente aislado, fruto de las circunstancias. No ha sido así. Libro a libro ha resultado ser todavía más impactante. Puede parecer una loa exagerada, pero reconozco que con el tiempo se ha convertido en uno de mis autores favoritos por méritos propios. Cada uno de sus libros puede resultar como un puñetazo en el estómago, pero como dicen en El club de la lucha, no es hasta que alguien te golpea cuando de verdad te sientes vivo.
Chuck Palahniuk no sólo es un escritor peculiar, sino una persona peculiar. Relata en uno de sus libros de memorias cómo empezó a tomar anabolizantes al tiempo que hacía pesas para ver cómo aumentaba el tamaño de sus bíceps al tiempo que disminuía el de sus genitales. Según él mismo cuenta: “Cuando ves que tus testículos pasan del tamaño de higos al tamaño de pasas descubres que es un buen momento para dejarlo”. Porque él habla así, como un accidente de tráfico que no puedes dejar de mirar.
Alguna vez he tenido que detener la lectura de algún fragmento de sus libros porque me estaba mareando. No he sido el único. Como él mismo narra, en alguna de las lecturas de sus cuentos ha llegado a desmayarse un buen porcentaje de la audiencia. Yo cuando leí esto también lo consideré exagerado. Pero vamos a hacer una cosa. Primero lee “Tripas” y después me lo cuentas. Si todavía estas consciente.
Este relato está incluido dentro de su novela Fantasmas, en realidad una compilación de cuentos cortos unidos por un tema común, el de escritores que buscan excusas para no tener que escribir.
Una de las cosas más impactantes de la literatura de Palahniuk son sus temas. Descubres sobre lo que está escribiendo y apenas puedes creerlo. Te dices: “Solo Chuck podía escoger este tema”. Y su nueva novela Pigmeo no es una excepción. En ella, un grupo de terroristas adolescentes liderados por Pigmeo, de 13 años y baja estatura, viajan a EEUU para acometer un atentado terrorista masivo. No se especifica de qué país son, aunque la sombra de Corea del Norte sobrevuela todo el libro. El libro está compuesto de comunicados a sus superiores por parte de Pigmeo (autodenominado agente-yo), que mostrará las incongruencias de la sociedad americana y los propios avances de su proyecto apocalíptico a través de un lenguaje forzado y artificial. Es ver el mundo que siempre has conocido a través de las gafas de un niño-soldado al que no podrás conocer jamás. Un niño entrenado para matar, que relata en todo momento qué llaves podría realizar para matar o lesionar a todos los personajes que le rodean. Y todo aderezado con pseudocitas de los grandes líderes/tiranos de la historia: “La necesidad de cagar después de comer no significa que comer sea una pérdida de tiempo” Mao Tse-Tung.
Pero como en todo adolescente, las hormonas juegan un papel fundamental en sus historia. Obsesionado con acostarse con su hermana adoptiva, tendrá que poner en una balanza sus deseos carnales y sus objetivos.
Las novelas de Chuck Palahniuk no son para todo el mundo, eso esta claro. Como tampoco lo son los puñetazos en el estómago. O el caviar. Es un autor que te va a encantar o a horrorizar, no va a haber término medio. Yo lo adoro y confío que tú también.

jueves, julio 28, 2011

Salmo y otros cuentos inéditos, Mijaíl Bulgákov

Prol. Jesús Palacio, Trad. Raquel Marqués García. Nevsky Prospects, Madrid, 2011. 158 pp. 17 €

María Dolores García Pastor

Cuando pienso en Mijaíl Bulgákov me viene a la mente aquella lista de las veinte novelas del siglo XX que publicó un diario de tirada nacional a finales del siglo pasado y que yo recorté y pegué en mi libretita de lecturas pendientes. Allí descubrí su obra El maestro y Margarita, la que le dio la “inmortalidad” literaria aunque, ironías de la vida, fue publicada póstumamente gracias a los esfuerzos de su esposa. Esa gran novela, que se convirtió en libro de culto en los años 60 y que algunos consideran imprescindible, junto al hecho de que el escritor fuera considerado antisoviético en su momento y que se prohibiera la publicación o representación de todas sus obras, sin duda han influido en el hecho de que hoy una gran parte de ellas sigan siendo desconocidas para el gran público. Si a eso añadimos el prejuicio que muchas veces existe hacia la publicación de relatos no es de extrañar que estos nueve cuentos de Bulgákov siguieran inéditos casi un siglo después de haber sido escritos.
Los nueve relatos que se reúnen en esta obra están impregnados de la potente personalidad de su autor y podemos descubrir en ellos algunos rasgos autobiográficos. Mucho humor negro y satírico y vívidas estampas de la vida de su país tan llenas de ironía y crítica que tenían todos los números para convertirse en víctimas de la censura política como efectivamente ocurrió. También se observa en ellos la huella indeleble de su faceta de escritor de teatro, sobre todo en el uso de los diálogos o yendo más allá y dando estructura de obra teatral al relato que da título a este libro, Salmo. Bulgákov es ácido y mordaz, y su prosa es viva y está salpicada de descripciones breves pero precisas.
Bulgákov fascina con ese poder de fascinación que tienen los grandes de la literatura rusa de todos los tiempos por su marcada profundidad y su realista retrato de la cotidianeidad. Confieso que el período creativo en el que se desarrolla la obra del autor de El maestro y Margarita siempre me ha resultado especialmente atractivo. Esa época de cambios que supuso el espacio de tiempo comprendido entre el final de la revolución y el nacimiento de la joven Unión Soviética, esa época a caballo entre el feudalismo reinante antes de 1914 y los vientos de cambio de los nuevos tiempos. Los camaradas más relevantes frente a la obsoleta nobleza y sus muchos príncipes, y en medio de ellos oscilando entre unos y otros, el pueblo llano que se debate entre lo malo conocido y lo que se promete bueno pero no se sabe cómo va a ser, como esas sandías que uno teme comprar porque no sabe con seguridad si serán tan rojas por dentro como desea. Me gusta esa Rusia-Unión Soviética de principios de siglo con sus anacrónicas tradiciones y sus nuevas formas de vidas que se levantan sobre los escombros de lo que antes hubo ahí.

miércoles, julio 27, 2011

Las damas del rey, Mª Pilar Queralt del Hierro

Roca Editorial, Barcelona, 2011. 231 pp. 17 €

Amadeo Cobas

María Pilar Queralt es una escritora con gran oficio en la novela histórica. Los personajes femeninos los borda con primor, revistiéndolos de un sutil velo que resulta delicioso, sensual, de lo más insinuante, desvistiéndolos del harapo barroco para engalanarlos con el brocado más rico y a la vez transparente, de modo que las interioridades de la mujer (aún las más prosaicas) salen a la luz con discreción aunque sin dejar de manar. En este hontanar fluyen las noticias de la Edad Moderna vistas desde el prisma femenil, aunque no exclusivamente, porque esta autora demuestra con solvencia que tiene capacidad para desvelar lo intrínseco del hombre penetrando en su psique de hace cinco siglos, incluso si éste es un rey de Portugal. ¡Qué digo un rey! Casi podíamos decir EL rey de Portugal, porque Manuel I no fue un rey más al frente del reino luso, sino uno de los que le otorgó más esplendor, riqueza y extensión territorial.
¿Qué le tocaba a la mujer moderna de la realeza? «…como hemos aprendido desde nuestra niñez, no somos más que servidoras de los intereses del reino», escribe Isabel de Aragón, reina de Portugal, a su hermana Juana (luego conocida como la Loca), dejando bien palpable algo más que sabido: las alianzas entre linajes se consolidaban con enlaces concertados de los vástagos. Para arrinconar a aquel que molesta nada hay como matrimoniar con el heredero de la corona del país fronterizo para que suponga una amenaza velada… o flagrante, según el deseo de romper las hostilidades que desemboquen en una guerra. Y este papel de “moneda de cambio” que significan las hijas y los hijos de los reyes representa la estabilidad de un entramado de relaciones urdido en el plano político, en absoluto en el amoroso. Por eso, quizá, que los cortesanos se escandalizasen sin poder entender el surgimiento del amor entre dos jóvenes unidos por ellos al firmar un contrato matrimonial. Verbigracia, que Juana de Aragón se enamorase de su esposo Felipe de Habsburgo hasta casi perder la razón no lo entenderían los que aconsejaron a los Reyes Católicos que signasen tal pacto con el Imperio reinante en Flandes. De “loca” hubieran tildado a Juana, si no con epítetos más salaces, de haber posado sus ojos sobre la misiva que ella dirigió a su hermana Isabel, donde definía su sentimiento de este modo: «…suyos son mi cuerpo y mi alma. Suyos mis pensamientos y la paz de mi espíritu pues, cuando se ausenta, el cielo se nubla y la oscuridad me atrapa». Precioso, sí, aunque inconveniente cuando a ese regimiento del amor marital se une el goce no dable a una futura reina: «…hermana mía, a ti puedo confesártelo: no quiero hijos que puedan distraerme del amor de su padre; no quiero más obligaciones que ser suya ni más compañía que tenerle siempre conmigo». ¿Enamorada la princesa de su marido? ¡Habrase visto tamaña insolencia, tamaño desvarío! No me extraña que la tildasen de loca…
Ojo, con la mentalidad y los propósitos de entonces, quiero decir…
Las infantas Isabel y María (hijas de Isabel y Fernando, tanto monta, monta tanto) y su sobrina Leonor (hija de Felipe el Hermoso y Juana la Loca) contrajeron nupcias a causa de estos acuerdos de Alto Estado con Manuel I, el rey de Portugal que consiguió, además de lo antedicho, dotar de un prurito extra al arte gótico, decorándolo con motivos náuticos para crear esa variante conocida como estilo manuelino. Aquí se cuentan sus vidas. Y lo hace Mª Pilar Queralt otorgando al lector el deleite de conjugar la narración histórica salpicada de cartas manuscritas rubricadas por los protagonistas reales. Esta abundancia epistolar refuerza la recreación que hace la autora (además de dar un empujoncito a favor de un género literario no demasiado pródigo en el mundo literario patrio). Una autora en cuya pluma la Historia cobra siempre una naturalidad y una viveza actuales, otorgando realce con su dulzura habitual en la forma de describir situaciones, personas y paisajes, partiendo siempre de la base con la que hay que contar al abordar una novela firmada por Queralt: la corrección exquisita con la que escribe.
Por si fuera poco atractivo lo ya explicado para adentrarse en esta novela más que recomendable para los amantes del género histórico, añadamos que al cierre del libro figuran unos apéndices históricos, bibliográficos y dramatis personae que ayudan a situar al lector ante tanto lío de reyes, reinas y demás.

martes, julio 26, 2011

Vidas prometidas, Guillermo Busutil

Tropo Editores, Huesca, 2011. 185 pp. 17 €

Cristina Consuegra

Apenas han transcurrido cuatro meses desde la publicación de Vidas prometidas, de Guillermo Busutil, y este título ya ha alcanzado la segunda edición en un tiempo record, y lo que es más elogiable, en un momento como el actual. Precisamente, creo que uno de los motivos que ha impulsado este libro a una prometedora carrera de fondo es el momento que acontece, mejor dicho, la manera con la que Busutil subjetiva la realidad, cómo la ficciona; el modo narrativo con el que encara lo Real y su reverso. Porque el autor no busca conceder consistencia a ese debate sobre si la ficción debe modificar o no la realidad, simplemente, en ese empeño por dignificar miradas poco habituales, afronta un presente a través de un ramillete de historias que conduce al lector a ese lugar privilegiado donde la realidad se muestra como algo único e irrepetible.
Vidas prometidas, octavo libro en la nómina de títulos de Busutil, está compuesto por trece cuentos que su autor articula en torno a tres ejes complementarios: el afrontamiento de un presente con clara vocación de pasado, la disección de una realidad multiforme y la cartografía sentimental de los personajes que componen las diversas historias. A esta tríada hay que sumar la prosa implacable, transfronteriza, que emplea el autor a la hora de ejecutar las historias, prosa que se ve reforzada por ese tono audaz que Busutil logra en este libro de cuentos, un tono que suele acompañar a aquellos escritores conscientes de que sus propias existencias, irreversiblemente, están trenzadas con asuntos ficcionales.
“Estrella sin ley”, primer cuento del libro, es un relato en el que su autor hace confluir los tres elementos temáticos. Intuyo que esta selección de orden no ha sido hecha por azar o capricho, ya que es el cuento responsable de embriagar al lector, sumergirlo en una suerte de estado que trasciende al tiempo, una historia deliciosa en la que el fútbol, los duelos crepusculares en un patio de colegio, la firme creencia en la literatura y el latir desbocado de un horizonte que se aproxima con traje de juventud se presentan como motores de la narración, y donde la memoria es empleada, según advirtió Nabokov, como negociadora del tiempo, como instrumento que todo escritor debe emplear en sus obras. Además, este cuento poderoso esconde entre sus frases, entre los gestos de Gross, Vélez o Zárate, una alteridad no disimulada, alteridad que su autor desarrolla a través de la simbología del territorio memorístico y que hace (re)aparecer en cuentos como “La siesta de Odiseo” y “On the Air”.
En esa reescritura de un tiempo, en ese interpretar borgiano de la memoria a través de todo aquello que nos ha ayudado a ser los adultos que somos —sin dejar de mirar de reojo a ese pasado que siempre permanece alerta—, Busutil realiza un recorrido exhaustivo por las filias y fobias contemporáneas, poniendo el aparato ficcional al servicio de la escenografía social. Este ejercicio reflexivo me hace recordar aquella frase de Doris Lessing sobre la relación escritor/realidad, «Nada es sólo personal», así, Busutil nos habla sobre el acoso laboral, sobre la soledad en la senectud, sobre el poder y sus circunstancias… sobre el miedo a vivir.

lunes, julio 25, 2011

Fuera de lugar, Ricardo Reques

Depapel Ediciones, Córdoba, 2011. 58 pp. 17 €

Pedro M. Domene

Un cuento se juega la vida en las primeras líneas, declara Andrés Neuman, en las últimas, la resurrección. Un micro, no tiene tantas posibilidades, la suya es una suerte de perspectiva y, en ocasiones, una simple mirada. Este género breve, desarrollado desde el Simbolismo francés y el Modernismo hispanoamericano, se sustenta sobre la excepción o, aun mejor, sobre la subversión. Cada microrrelato se convierte en un estado puro de excepcionalidad, como afirma, Manuel Moya, dejándose llevar por lo ilógico de cuanto pueda pensarse. Su mundo, por consiguiente, forma parte de un estado de exclusión, por lo que nada está donde debiera, forma parte de ese otro lugar, como señala el madrileño, afincado en Córdoba, Ricardo Reques en su colección titulada, Fuera de lugar (2011), un libro editado primorosamente por Ediciones Depapel. El narrador forma parte de MuchoCuento, un proyecto narrativo que llevan a cabo un grupo de apasionados cordobeses que están entregando en estos últimos meses arriesgadas apuestas narrativas breves de singular valía. Las ediciones Depapel son realizadas, según sus responsables, de forma artesana, desde la fabricación del papel reciclado, a la encuadernación de forma artesanal, con cosido a mano.
Los microrrelatos de Reques son parcos en su formulación verbal y, por otra parte, abundan en una dureza de gestos que obligan al lector a volver siempre atrás: el humor y el sarcasmo dulcifican ese halo esperpéntico y tenebroso que completa, de alguna manera, la visión del mundo del narrador que, con maestría, se mueve entre lo ambiguo y lo real, entre lo abstracto y lo imaginario. Una especial característica cabe señalarse en este buen puñado de micros de una extensión tan variada como precisa, un ajustado parámetro con que se concibe una pieza literaria breve, conceptos en los que Reques sustenta su mejor acierto, tanto al crearlos como para leerlos, inequívoca referencia a su medida y a su calculada naturaleza, complicidad permanente que se activa de forma automática entre el autor y el lector, puesto pone en escena la paradoja que produce una simple mirada sobre lo leído. En este sentido, veáse el mejor ejemplo, «Perspectiva», y tal vez, «El beso». En igual proporción, los cuentos de Reques presentan una actitud crítica ante una realidad porque muchas de estas pequeñas piezas, contienen una auténtica teoría sobre los problemas y actitudes de nuestro mundo. Y aun cabría añadir el juego fantástico, sin duda, el más propicio para el género, «La venganza del dragón», «La rana», «La roca», que amplían las posibilidades de ese concepto de ficcionalidad en ese cruce textual que siempre hemos defendido. Los textos de este cordobés de adopción reproducen pequeños detalles de nuestro mundo absurdo, parodia y caricaturiza la inmediatez, dignifica personajes excéntricos, eleva a una categoría sumamente expresiva una realidad distorsionada que en estos cuentos celebra ese esfuerzo de poder ser cambiada, sin duda el secreto compromiso a voces del escritor que ambiciona cerrar en un espacio muy pequeño su visión trascendente del mundo y ese, sin duda, es su mayor logro. Ignoro la trayectoria narrativa de Reques hasta el momento, pero tras Fuera de lugar, bienvenido al país de los buenos microrrelatos.