lunes, noviembre 13, 2006

La chica sobre la nevera, Etgar Keret

Trad. Ana Bejarano. Siruela, Madrid, 2006. 184 pp. 15,90 €

Miguel Sanfeliu

Etgar Keret es un joven autor israelí. Nació en 1967 y tiene una considerable obra a sus espaldas. En su país goza de gran popularidad y, poco a poco, su literatura va traspasando fronteras. Tuve noticias de su existencia hace unos años, a raíz de la lectura de la crítica que del libro El chófer que quería ser Dios escribió Mercedes Monmany. Me pareció muy interesante lo que allí se decía y salí en busca del libro. Un libro que, al parecer, no existió. O no en nuestro país, pues sólo pude localizarlo a través de internet, editado en Argentina por Emecé. En fin, un misterio como otro cualquiera. Cuando por fin me encontré con la portada del libro La chica sobre la nevera, de Etgar Keret, ediciones Siruela, en la mesa de novedades de una librería, me abalancé sobre él como un endemoniado.
La lectura de este libro proporciona una experiencia que no deja indiferente. El universo de Keret es original, mezcla de fantasía y realidad, de magia y de muerte, de imaginación y de miseria, de lo que debería ser y de lo que, por desgracia, acontece a nuestro alrededor. Sus personajes son seres que se mueven entre dos planos, que transitan por la atroz realidad con la mirada y los anhelos de un niño. Jóvenes que no quieren perder la inocencia, que se dan cuenta de que las tragedias que les rodean les impiden llevar la supuesta vida feliz estandarizada por los cánones occidentales actuales. En Cumpleaños sin mago, un joven periodista está preocupado por la sorpresa que sin duda su madre le deparará en la celebración de su cumpleaños, mientras es enviado por su periódico a cubrir el reportaje sobre una lluvia de meteoritos, pese a que él quería ocuparse del caso de un colono al que le han hundido la cabeza con un ladrillo. Una progresión incómoda, narrada con un estilo directo, cierto tono ingenuo y un punzante sentido del humor. Lo que es, lo que deseamos y lo que debería ser. El vértigo de la vida moderna, la insensibilidad de un mundo desquiciado que rueda cuesta abajo sin control. Debajo de las situaciones más duras, encontramos la mirada del niño ingenuo, como el del enternecedor primer relato Romper el cerdito. Y esta mirada infantil se encuentra presente en todo el libro, hasta el punto que alguno de los relatos se llega a disfrazar de cuento inocente para asestarnos un nuevo golpe, como en La triste historia de la familia Nemalim. También la compleja realidad israelí está presente en todas las historias, como en Listo para disparar, una presencia constante y asfixiante. La tragedia, el horror, la muerte, resquebrajan el frágil mundo de los protagonistas, que desean aferrarse a la imaginación que protege los sueños felices. La magia constituye una presencia importante que impregna todo el libro, llegando a convertirse en elemento central de algunos de los relatos, como Abram Kadabram, aunque a veces, como ocurre en La escuela de magia, no sea suficiente para retener a la mujer de la que uno se ha enamorado.
Su estilo se nutre de diferentes fuentes, resulta muy visual, y no es difícil percibir la influencia de los videoclips, el cine y los cómics. Algunos párrafos resultan casi oníricos. Se trata de historias muy breves, apenas unas pocas páginas, que son como bofetadas encadenadas. Por sus tramas deambulan personajes atormentados, como el mago de cuya chistera ya no salen conejos sino horrores indecibles; el hombre más bueno del mundo, cuya bondad resulta ser una maldición; el padre que, a los cincuenta años, deja de ser el campeón del mundo a los ojos de su hijo; el muchacho que identifica unas zapatillas de deporte alemanas con su abuelo muerto en el Holocausto; la soledad de esa niña que queda castigada arriba de la nevera o la del joven que añora a su padre muerto, antiguo miembro del servicio secreto.
Un humor negro y a veces cruel se nos clava en el corazón. Algunas historias se quedan en mero apunte, fragmentos incompletos que no terminan de funcionar como relatos y que contribuyen a formar esa imagen un poco inconexa, de collage, que tiene el libro. En cualquier caso, un autor interesante al que hay que estar atentos.