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lunes, octubre 21, 2013

Esa dulce sonrisa que te dejan los gusanos, Alberto García-Teresa

Amargord, Madrid, 2013. 92 pp. 10 €

Fernando Ángel Moreno

Alberto García-Teresa es doctor en poesía española contemporánea, especializado en lírica social. Pero también es poeta, con libros traducidos a varios idiomas. Sus versos son directos y limpios, como su visión del compromiso político en realidades como las que vivimos en Europa. Entre sus libros, siento especial simpatía por Peripecias de la brigada poética en el reino de los autómatas, compuesto por pequeños textos en prosa que mezclan surrealismo, literatura del absurdo y un inmenso amor por la unión entre vida y literatura.
Sin embargo, publica ahora esta revolucionaria antología de microrrelatos de terror. Conserva en cada uno de ellos la tradición del género, con elementos tan poco prescindibles como la necesidad de la intertextualidad para recoger todo el sentido, la sorpresa final y el humor negro.
No obstante, su gran propuesta recae en el trabajo de la palabra. Toda la economía de adjetivos que exhibe en sus poemas, paradójicamente, es desechada aquí en beneficio de una elección calculada de cada término con el fin de crear lo más importante: la atmósfera intimista del horror, la sombra que debe partir de la palabra malsana al alma del lector. Se trata de abrir esa visión terrible del mundo que todos poseemos y que negamos, un reconocimiento de nuestra enfermedad interior. Es aquí donde aparece su formación filológica, sin traicionar la espontaneidad de la frase. Sin abusar de adjetivación, introduce un lirismo melancólico peculiar, sin concesión alguna a la sensibilidad del lector. Así la presencia del horror y del mal en el mundo forman parte de la existencia. Con ello se nos invita a aceptarlo con cierto encanto malsano.
En realidad forma parte de una larga tradición, que fructificó especialmente en España hace unos años con las antologías Paura, centrada en buscar más que el susto o el espanto brusco un miedo hacia la persona amada, hacia lo cotidiano, hacia el objeto familiar.
Poeta comprometido, Alberto García-Teresa obtiene además un extraño equilibrio con esta idea. Más aún que en su poesía, consigue desarrollar mensajes concienciadores y críticos sin renunciar a que la ficción explote por sí misma. Se pueden leer, primero, como cuentos de horror sobre el dolor en el mundo; ejercicios de estilo o de denuncia, después.
Entre los muchos recursos y motivos, el maltrato al propio cuerpo es uno de los más recreados, además de la biblioteca, los libros, el crimen y el poder. De ese maltrato se puede deducir siempre una agresión contra la identidad acomodada en sí misma, sea a través de la maldad, sea —como defendía Heidegger— a través del aburrimiento de uno mismo. En este sentido, el propio individuo se retuerce dentro de los ataques de la realidad física, con efecto brutal en su realidad interior.
A pesar de todo ello, invito a leerlos no como pequeños chistes más o menos macabros —fáciles y familiares en ocasiones—, sino como una visión de la alienación en el mundo, a través de fragmentos como los fogonazos de "Caminantes" o "Palabras". Como ejemplo, con permiso del autor, transcribo "La compositora":
Componía melodías de sueños, y las cedía a cambio de escuchar las pesadillas de los transeúntes, que eran la materia prima de su música. Y es que las angustias de cada persona resultan el material que más fácilmente puede ser retorcido para convertirse en deseo.
Por citar algunos de los que me han gustado y orientar así esta crítica, cito "La espera", "Escaparate", "Flirteo", "Regresión" o el extraordinario "El viajero".
Todo ello está acompañado de una edición mimada, con una presentación idónea para el impacto del microrrelato. El formato alargado para conceder protagonismo a la página, pero elevar el microrrelato por encima del vacío de ésta, es una propuesta que puede funcionar muy bien.
En resumen, la propuesta de Amargord no solo nos permite conocer a un buen microrrelator y a disfrutar de él, pese a las irregularidades propias de toda antología. También aporta interesantes maneras de presentar el horror.
"La herida"
La herida de su brazo crecía día tras día, como una grieta en su piel. Al principio, acudió asustado al hospital, pero nadie supo darle una respuesta ni tampoco detener el proceso.
Transcurridos unos días, en los que la herida se había abierto varios centímetros más, mientras jugueteaba con varias monedas, en un tropiezo, una de ellas se coló dentro de la abertura. Atónito, comprobó que no había sentido ningún dolor, y también que pudo extraerla sin molestias.
Probó a continuación con otros pequeños objetos, y observó que no existía ninguna complicación. Prosiguió entonces con elementos más grandes y, de esta manera, descubrió que parecía no tener fondo su brazo y que solo le bastaba con introducir sus dedos para recuperar todo aquello que insertaba.
De esta manera, llegó a guardar a través de la herida una caja de cerillas, un reloj de cuerda, los dos volúmenes de las obras completas de Nicanor Parra y hasta a su gato persa.
Ayer, metió su pie izquierdo. Esta tarde, ansioso, introducirá su cabeza.

jueves, octubre 17, 2013

El libro de los pequeños milagros, Juan Jacinto Muñoz Rengel

Páginas de Espuma, Madrid, 2013. 134 pp. 14 €

Luis Borrás

Juan Jacinto Muñoz Rengel es ya un escritor reconocido. Pero en lugar de dedicarse a tiempo completo a la novela prefiere —y los hinchas del relato se lo agradecemos— no renunciar a nada y sumar a su bibliografía un nuevo volumen de cuentos; esta vez en forma de cien microrelatos.
El libro de los pequeños milagros se presenta como un “Bestiario” —con lo que Muñoz Rengel se suma a Cortázar, Perucho, Arreola y Óscar Sipán— y lo es porque en su portada aparece un perro verde con tronco y extremidades de loro del Amazonas, en la contraportada se dice expresamente y en la última página hay un “Índice para la confección de un Bestiario” en el que por orden alfabético se da una lista de los animales, mutaciones, poltergeist y seres de otros planetas y galaxias que aparecen en estas narraciones.
Pero ese heterogéneo listado nos da una pista de que estos cien micros no son un “Bestiario” al uso; no son una colección de bichos raros, aberraciones genéticas descendientes de la oveja Dolly, peces radioactivos de tres ojos o un Godzilla que viene a destruir Nueva York; en este libro hay extraterrestres y ciencia-ficción sí, pero también habitantes del planeta Tierra. En realidad para saber lo que hay dentro no hay más que acudir a su portada interior y leer: «El libro de los pequeños milagros y los planetas ignotos, que contiene las pormenorizadas y muy veraces {micro}narraciones de los grandes hechos sobrenaturales y extraordinarios de este mundo, así como las {mini}epopeyas de otras tantas hazañas extraterrestres, y una recopilación de las más diversas y memorables prácticas amatorias, venganzas y torturas, muertes, reencarnaciones, espíritus y fantasmas, reptiles, monstruos, arquitecturas imposibles, las crónicas de la conquista del espacio y la búsqueda de Dios». Todo eso hay y de eso tratan —y algo más— estos pequeños milagros que son en muchos casos auténticas pesadillas. Y en esa variedad heterogénea Muñoz Rengel demuestra su inteligencia porque reducir cien relatos a una unidad temática acaba convirtiéndose en aburrida monotemática. Repetir el mismo argumento —aunque sea creando un zoológico de monstruos— hubiera resultado un exceso que terminaría saturando al lector.
Muñoz Rengel divide sus cien {micro}narraciones en tres grupos: Urbi (ciudad), Orbe (que no Orbi; Mundo) y Extramundi (que no necesita traducción). Pero lejos de convertirlos en tres compartimentos estancos los enriquece introduciendo en cada uno otras temáticas complementarias y coherentes: teología, historia, transmigración de los cuerpos, reencarnación, futurismo, crítica social o astronomía.
Reconozco que no soy muy amigo de la fauna y el naturalismo —los documentales de la 2 me parecen el somnífero ideal para la siesta— tal vez por eso los micros que tienen a los animales como protagonistas son los que menos me han gustado. Esas aves que dibujan un SOS en el cielo o sus suicidios colectivos arrojándose al fuego o los delfines y ballenas varados en la playa son imágenes impactantes, pero me parecen más propias de un relato para una campaña de la WWF. Si tengo que quedarme con relatos de animales prefiero —ya que se trata en parte de un “Bestiario”— a esos monstruos terroríficos que Muñoz Rengel crea como la Arachnida cervidae (un ciervo-araña caníbal —jugando con la inocencia de Bambi— que devora al cazador), esas mutaciones de laboratorio como el Biobuitre (ave carroñera que recicla la basura con sus cuatro estómagos) y el Megatauro (un toro —invencible animal de guerra— que tiene un punto débil: como el de la canción está enamorado de la luna y se deshace en sollozos al escuchar un poema que habla de ella) y ese pulpo del relato “Love Doll” que se encuentra en una ría con una gaita abandonada que convierte en su muñeca hinchable.
Reconozco también que las narraciones de temática extraterrestre, alienígena o marciana no son mis favoritos, tal vez porque soy de los que piensa que viven entre nosotros —de otra manera no puedo entender a determinados “famosos” que salen en la tele— y que esos Guerreros de doble ano, habitantes del desierto de los nopales púrpura, de la galaxia NGC 772, y del planeta Axz y Zxa no me resultan atractivos; pero sí que Muñoz Rengel acierta plenamente con su “Invasión” alienígena al revés; en tres de su serie “Multiverso” con un Papá Noel convertido en díptero y una ciudad que es una voraz colonia de pólipos que avanza implacable y en el terrorífico y excepcional “Cadena trófica” con sus bandejas de carne humana en los supermercados. Sin duda los micros que prefiero son los que relacionan al ser humano con lo sobrenatural. Y es en “Urbi” en donde mayoritariamente los encuentro. Ingenios mecánicos —spoilers— que sobrevuelan la ciudad; una mujer recubierta de una película gelatinosa viaja con nosotros en el metro; encontramos a nuestro doble en la calle; hay francotiradores en las azoteas; un muñeco de nieve que hace un niño se derrite y nos muestran sus vísceras; vivimos en una casa de muñecas que es una matrioska; nuestra novia imaginaria es vista por los demás y oímos las palabras registradas en una grabadora de la última persona viva momentos antes de su muerte.
Pero creo que si por algo deben destacar estos {micro}textos de Muñoz Rengel —y la idea me la dio él en el último— es por su capacidad para darle la vuelta —como una moneda que se gira en un pase mágico— a lo que inicialmente vemos. Ya no es sólo por su capacidad para reescribir la Historia desde el humor o el misterio en sus “Historias cruzadas” o de rebobinar el argumento, conseguir avanzar dando marcha atrás en su excelente serie de cuatro relatos “Backward”. Es —por utilizar otra imagen— por ser capaz de darle la vuelta a un calcetín y que por dentro sea de otro color. Y ese darle la vuelta ya no es sólo su desbordante imaginación, la originalidad de su mirada y su perspectiva o la sorpresa como virtud; no es sólo el humor como marca de agua de sus relatos, desde la sonrisa hasta la carcajada —como en el genial “Convenciones”—; la ironía reveladora y crítica que invita a la reflexión en “Hamelín” y “Teleobjetivos” o las consecuencias de tomar “Neuroleptol” un fármaco antialucinógeno; no es el terror superlativo de “En mitad de la noche” —uno de mis favoritos— o el inquietante misterio de “Levantamiento silencioso”; o la cruel paradoja de conseguir el sentido de la “Visión” para comprobar que la realidad es mucho peor que la imaginación. Es el llevar la narración por un camino y que en un punto y seguido nos haga doblar la esquina y todo sea lo contrario de lo que parecía.

jueves, diciembre 13, 2012

Mar de pirañas. Nuevas voces del microrrelato español, VV.AA.

Ed. Fernando Valls. Menoscuarto Ediciones, Palencia, 2012. 344 pp. 22 €

Victoria R. Gil

La brevedad engaña. Y mucho. Hay quien se obstina –la mayoría de los textos que pontifican sobre el microrrelato lo hacen— en verlo como el género narrativo de este siglo apresurado y superficial por su reducida dimensión y su (supuesta) ligereza. Pero un microrrelato, cuando en verdad lo es, ya que demasiadas veces se toma por uno lo que no pasa de chascarrillo, resulta denso como una estrella de neutrones y concentra entre sus líneas la intensidad de una supernova. Sin querer reducirlo a un truco de magia, el buen microrrelato precisa de un cierto toque de prestidigitación en el que la apariencia distrae de la realidad. Oculta un juego de espejos que requiere de un lector cómplice y dispuesto a aventurarse en aguas profundas para ser descifrado.
Lejos de ser una narración fácil y cómoda que se ventila en pocos minutos, aquí funciona la teoría del iceberg que Hemingway acataba como un mandamiento literario: conservar siete octavas partes de la masa debajo del agua. Encontrar el corazón sumergido de un microrrelato es la feliz tarea que nos encomienda su autor y en Mar de pirañas, un título tan apropiado para los que gustan de la natación de fondo, el goce está asegurado. Sesenta y nueve escritores, consagrados unos y casi noveles, otros, demuestran que si la novela se gana por puntos y el cuento por K.O., estos textos extremadamente breves lo hacen por la desintegración de un rayo láser.
De variada extensión, los hay que no alcanzan las tres líneas mientras otros suman hasta dos páginas, y contundencia, su diversidad de estilos y temas permite asomarse a una creación literaria que, como recuerda Fernando Valls, responsable de la edición y autor del prólogo, no es precisamente nueva, aunque pueda parecerlo. Entre los precursores del microrrelato moderno que internet ha contribuido a popularizar –y a distorsionar en buena medida— se encuentran, por ejemplo, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Max Aub y Ana María Matute. De la estirpe por ellos iniciada y en un admirable trabajo de selección para ofrecer la mayor disparidad posible, Valls ha reunido en este volumen nombres consagrados como los de Almudena Grandes, Eloy Tizón, Eduardo Berti, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Elvira Navarro, Pilar Adón, Óscar Esquivias, Hipólito G. Navarro, Carlos Castán o Andrés Neuman, junto a los de autores menos conocidos o que empiezan ahora a publicar sus obras, como Ricardo Álamos, Matías Candeira, Ángeles Prieto Barba o Manuel Espada (finalista del I Premio de Microrrelatos Tormenta en un Vaso).
Las relaciones personales, la crisis económica, la violencia, la ambición, el abandono de los mayores, la angustia existencial y hasta la propia creación literaria son algunas de las singladuras que nos ofrece Mar de pirañas. Podemos seguir el orden establecido y comenzar por Almudena Grandes y su yugo matrimonial, o saltar por los islotes y dejarse noquear por el fin del mundo de Eloy Tizón: «Hoy después de comer he retirado el mantel, he lavado los platos, y un día estaré muerto»; mecerse con la sutileza poética de Gabriel de Biurrun: «Las manos de Inés van siempre un poco por delante en el tiempo. A veces un par de segundos, a veces más. Dicen que ya desde el parto; dicen que salió como queriendo volar»; descender con Óscar Esquivias a las cavernas del bacilo de Koch en una expedición digna del profesor Otto Lidenbrock: «Mientras todo esto ocurría en las cavernas del pulmón, yo luchaba por mi cuenta contra el bacilo a golpe de Rifater y, de vez en cuando, recibía tarjetas postales de la expedición con vistas nocturnas de los alveolos pulmonares que me llenaban de nostalgia, de perplejidad», o descubrir, con Ángel Olgoso, que no con más palabras se parece más intenso: «Escribí un relato de tres líneas y en la vastedad de su espacio vivieron cómodos un elefante de los matorrales, varias pirámides, un grupo de ballenas azules con su océano frecuentado por los albatros y los huracanes, y un agujero negro devorador de galaxias. Escribí una novela de trescientas páginas y no cabía ni un alfiler, todo se hacinaba en aquella sórdida ratonera, había codazos y campos minados (…), los árboles eran genealógicos, los lugares, comunes, y las palabras, pesados balines de plomo que se amontonaban implacablemente sobre el lector agónico hasta enterrarlo».
En tan nutrido banco de voraces peces no será raro que el lector termine con más de un mordisco, señal de que ha llegado hasta lo más hondo. Pero no se alarmen, las pirañas, pese a la leyenda urbana que las adorna, no suelen alimentarse de carne humana. El único peligro que se corre tras cerrar este libro es el de desear volver a abrirlo y leer nuevamente su contenido, no sea que en lo más profundo del mar nos hayamos dejado alguna parte del iceberg por descubrir.

miércoles, octubre 24, 2012

La aldea de F., Las Microlocas (Eva Díaz Riobello, Isabel González González, Teresa Serván, Isabel Wagemann)

Ediciones de Punto de partida, México, 2012. 198 pp.

María Dolors García Pastor

Allá por los años cincuenta, el escritor mexicano Juan José Arreola “fundaba” la aldea de F., le daba vida en su relato “El guardagujas”nombrándola por primera vez. Pero poco sabíamos de ella, apenas que había surgido de un accidente y que estaba llena de niños que jugaban entre la chatarra oxidada de un tren. No fue hasta mucho tiempo después que Las Microlocas se instalaron allí llenando de vida el lugar, convirtiéndolo casi en un ser vivo que late y respira, y todo ello bajo la sombra protectora de la escritora Clara Obligado. Así nació este libro escrito a ocho manos por cuatro mujeres imparables que se atreven con todo, y que se aventuraron a habitar una aldea como la de F., a veces tan inhóspita y hostil, donde la vida y la muerte se dan la mano y conviven entre misterios y leyendas.
¿Pero a qué es a lo que se atreven?, se preguntará el curioso lector. Pues a través de sus microrelatos, estas cuatro escritoras conversan entre ellas, se responden y se complementan, y van más allá revisitando a los clásicos del género, les replican, les homenajean y crean mundos propios a partir de esos otros mundos ajenos. Sus lecturas paralelas cuajan en visiones muy personales que son, al mismo tiempo, complementarias y están unidas por una potente poética común. Y así el resultado, el total, es superior a la suma de las partes. Un particular realismo mágico, que recuerda a aquel otro de Cristina López Barrio en La casa de los amores imposibles, le da la mano a grandes dosis de un refinado humor negro. Las historias que nos cuentan son muchas veces perturbadoras, y mezclan en cantidades bien mesuradas inocencia y crueldad. Las narraciones en torno a esta aldea desbordan sensualidad, son atrevidas y transgresoras.
Leer La aldea de F. es subirse a un tren que nos llevará a través del imaginario de sus autoras y a invadir el de muchos otros. Un tren en cuyos vagones viajan Raúl Brasca, Ana María Shua, Oliverio Girondo o Andrés Neuman, y en el que hasta los clásicos infantiles del cuento tienen su lugar. Las Microlocas nos transportan en el espacio y el tiempo, hasta otro tiempo que no se encuentra en ninguna parte, alumbrando un libro dinámico, lleno de vida, que transpira sudor y está impregnado de otros muchos fluidos corporales.
Nos recibe a las puertas de esta aldea el prólogo de Clara Obligado, culpable confesa de la unión de hecho de las Microlocas. Ella, que conoce al milímetro las interioridades de este lugar, nos cuenta, entre otras muchas cosas, que el espíritu fundacional del libro busca “revisitar la literatura latinoamericana” llevando a cabo una “apropiación desde la península”. Partiendo de la creación individual de cada pieza, y llevadas por la dinámica de grupo y la puesta en común que suele presidir los talleres de escritura, antes de La aldea de F. como ese todo compacto que es, hubo un proceso de debate y corrección conjuntos que constituye la esencia de la antología.
El libro nos ofrece la posibilidad de disfrutar de ciento cincuenta y cuatro microrrelatos divididos en cuatro partes que nos llevan a conocer los orígenes de F., o nos remiten a la muerte, el amor y la infancia. El diálogo interno de los microrelatos, las réplicas, reescrituras y homenajes que de textos propios y ajenos hacen las escritoras, nos sumerjen en un juego de espejos de posibilidades infinitas. Publicado en enero en México, llega a España para quedarse y, estoy convencida, que para hacer mucho ruido.

lunes, junio 11, 2012

Los años de lluvia, Jesús Esnaola Moraza

Paréntesis, Sevilla, 2012. 116 pp. 12 € / 8,40 € (e-book)

Ángeles Prieto

Los microrrelatos o minificciones, que para algunos teóricos componen un género aparte, mientras que otros prefieren calificarlos como cuentos muy breves, conforman una modalidad literaria que lleva practicándose siempre. De hecho, la distancia con los aforismos, chistes, alardes de ingenio o sentencias a veces no es perceptible. En cualquier caso, estamos asistiendo a un auge de los mismos de acuerdo con las pujantes y ya inevitables tecnologías virtuales en nuestras comunicaciones, que exigen concisión.
Es sólo que muchos críticos, tras dos largos siglos de preponderancia novelística, mantienen todavía la duda punzante de considerarlos literatura, sin reconocer todavía que en ellos se encierra arte. Y yo en este punto, no tengo la menor duda. Aunque curiosamente es un convencimiento que he ido afianzando no por la lectura de los ya clásicos de este género, como Max Aub o Slavomir Mrozek, ni tampoco por las obras de los magníficos escritores actuales que publican con cierta asiduidad como José María Merino, Carmela Greciet o Ángel Olgoso, sino por los que empiezan en estos momentos con gran entusiasmo, los difunden cuando pueden y están formando Escuela, con todo lo que esta palabra implica: ideas, técnicas, temas y estilos.
Es el caso de Jesús Esnaola, quien lleva años practicando el microrrelato desde su blog “El doctor Frankenstein, supongo”, autor de una enorme curiosidad que busca aprender y aprehender para sí de todas las obras posibles. Y a fe mía que lo ha conseguido. Porque el resultado más que digno que tengo en mis manos es un libro chispeante, entusiasta, dúctil y ligero como debe ser el género y sumamente ingenioso, con una enorme facilidad para cambiar de historias. Aunque como todos los autores, tiene preferencias: los monstruos, el doble, el paso del tiempo.
Una obra juvenil por la gracia de sus textos y a la vez madura, de manera que aborda a veces con sarcasmo, otras con sabiduría, no sólo los grandes temas de la existencia, sino también esos elementos cotidianos que, en función de los avances técnicos, vamos incorporando a nuestra existencia. Como ejemplo, he aquí el más breve de sus microrrelatos: Ironía. “El fantasma del inventor del GPS vaga por la Tierra, sin descanso, incapaz de encontrar el camino hacia la Luz”. Y es por ello que considero que sólo aquel que no se haya perdido alguna vez con tan singular aparato, podrá no apreciar el arte que encierra esta malvada (pero sabia) frasecita.
Es un libro que por tanto recomiendo no sólo a los fanáticos de lo breve, que van en aumento, sino también a esos lectores anquilosados, con telarañas en los ojos, que al refugio de los cada vez más simples marchamos culturales, y siguiendo como ovejas las directrices del mercado, tienen telarañas en los ojos y no quieren ver lo que está pasando. Porque los microrrelatos, y en especial los de Jesús Esnaola, lo están recogiendo.

jueves, febrero 09, 2012

Articuentos completos, Juan José Millás

Seix Barral, Barcelona, 2011. 960 pp. 27 €

Fernando Sánchez Calvo

Personalmente, no me gusta leer los archiconocidos articuentos de Juan José Millás por una sencilla razón: me hacen pensar durante todo el día. Normalmente los lees a primera hora de la mañana, pasando directamente de la portada y páginas interiores del periódico a la columna que cierra a éste. Tú te estás tomando tranquilamente un café y entonces, no recuerdo qué día de la semana, en ese momento llega Millás contándote una historia sobre una muela, sobre algún adulterio desconcertante, sobre un recuerdo de la infancia, sobre el poder de la muerte en la memoria, sobre la seducción, sobre la caca, sobre el desorden material y humano que puede provocar un terremoto, sobre el descubrimiento de alguna nueva especie animal o vegetal que en principio no nos concernía pero al final del articuento Millás como autor y tú como lector descubrís que sí. Una vez leído el articuento, no es que pienses “qué tontería ha escrito hoy éste” pero sí lo olvidas momentáneamente hasta que, ya en el trabajo, durante la comida, tras la siesta, después de cenar, con la nunca ya sobre la almohada, esa muela, ese descubrimiento científico y esa historia en general, reaparecen y desaparecen simplemente para decirte que están ahí como temas y ya está. ¿Por qué? Porque los ha puesto Millás como orden del día junto a las noticias importantes sobre economía, política y fútbol. Dichos temas y reflexiones no te van a solucionar la vida ni tampoco es que captes el mensaje por fin después de doce horas: es que olvidas las cosas importantes que tu día te reservaba para simplemente pensar en el cuerpo, en la mente, en el lenguaje. Pasas a pensar en los temas de Millás, otra razón por la cual desconcierta leerle, leerlo y leer en general.
Cuerpo, mente, lenguaje, sociedad y cajón de sastre. No son secciones de un periódico ni de cualquier revista de variedades, sino las cinco partes que estructuran el colosal (en ambos sentidos de la palabra) tomo que Seix Barral, bajo el título de Articuentos completos, ha publicado sobre el autor valenciano, quien, muy a pesar de él o no, pasará a la historia de la literatura gracias a este híbrido de columna periodística y ficción, de humor y desconcierto, de cotidianos y extracotidianos. No sé cuánto tiempo hace que Millás escribe articuentos ni qué fue antes, si el articuento o el nombre en sí que, con tanto acierto, explica en qué consisten estas piezas breves, rara vez de más de una página de extensión, con las que se analiza la historia de nuestro planeta y de nuestras intimidades. Las cinco partes de las que antes hablábamos podrían ser perfectamente pues, las cinco obsesiones del autor no sólo en este género sino también en la novela (Léase Cuentos de adúlteros desorientados, La soledad era esto o Dos mujeres en Praga, por dar algunos títulos al azar). En los articuentos, sin embargo, y más en los seleccionados para esta completa antología incompleta por voluntad del autor (quien en conjunto con su editora decidió suprimir aquellos ejemplares que, por decirlo de alguna manera, trataban temas ya pasados de moda), dichas obsesiones crecen ante los ojos del lector por tratarse con lupa. Si cualquiera de nosotros mira a una mosca concluirá que es una mosca. Si Millás la mira con su lupa concluirá que es una mosca + su infancia en Valencia cazando moscas + una discusión propiciada por algún malentendido ocasionado por culpa del zumbido de ésta+ todos los insectos que la precedieron.
¿El origen de análisis tan prodigioso? Si atendemos a los comienzos de los casi mil articuentos que comprenden esta antología, muchas veces una conversación robada por el oído del autor a la mesa de al lado en cualquier cafetería de barrio. Si atendemos a la materia prima, cualquiera que se ponga delante del ojo de éste: asesinatos y nacimientos, pies y prostitutas, cuernos y lámparas. Si atendemos a un estado vital, el desconcierto ante la vida que el autor valenciano nunca podrá o querrá superar. No sé si Millás estará feliz por ello o no, de acuerdo o en desacuerdo, pero en la opinión general que me rodea, pasará a la historia (si es que hay alguna) como el magnífico autor del género breve que a muchos nos hace sentir más profundos aunque también más jodidos. Lo siento por sus novelas y el resto del material que produzca, pues, siendo bueno, no va de momento pegado a la piel del autor y a la de este lector como las veinte o treinta líneas que cada mañana me regalan un pequeño tema en el que poder pensar con fastidio.

martes, julio 05, 2011

Teatro de ceniza, Manuel Moyano

Prol. Luis Alberto de Cuenca. Menoscuarto, Palencia, 2011. 128 pp. 13 €

Marta Zafrilla

No es difícil encontrar frescura en la literatura actual; la originalidad verdadera, sin embargo, es menos frecuentada. Manuel Moyano ha demostrado publicación tras publicación no sólo sorprender a sus lectores desde argumentos frescos y trabajados, ha sabido dar al público solo la calidad que busca el más escrupuloso lector. Un título de Manuel Moyano nunca defrauda. Un título de Manuel Moyano siempre sorprende. Porque como narrador es ante todo un antropólogo de la realidad, explora la rutina y se zambulle en lo insospechado del día a día. Es capaz de dar brillo al más aburrido silencio y volver patas arriba la rutina más anodina despertando al lector de su mirada cansada y abriéndole los ojos ante el desconcierto que procura siempre la sorpresa de las cosas conocidas.
No piense quien lea estas líneas que el autor que nos concierne aquí se deja llevar por la mera historia que se apodera de su imaginación, nunca es simplemente así en sus páginas. Los fondos de los relatos breves que componen Teatro de ceniza se fundamentan en el buen contenido, sí, pero aparecen revestidos con la mayor de las precisiones lingüísticas. Quien relea cada microcuento de los aquí recogidos encontrará que cada palabra resulta inmejorable, que nunca parece sobrar ni faltar ni una línea, que la historia se ha condensado hasta resultar idónea en su forma y que la prosa gana eficacia siempre a través de los mejores caminos. Y fíjense que hablo de releer porque será sin duda la primera lectura una lectura rápida, presa del hambre de sus palabras y con velocidad de bestseller. Es tan sencillo engancharse a estas páginas que conviene volver a sus historias para detenerse con delicia en cada recoveco de sus letras.
Si es usted fiel seguidor del microrrelato encontrará en Teatro de ceniza piezas antológicas; si no se considera apasionado del género, bucee en estas páginas sin miedo, pues contiene poesía, intensos argumentos y sobre todo buena literatura. Bucee, bucee sin miedo, pero ojo que el agua moja y esta lectura cambia la mirada de sus lectores.

miércoles, marzo 09, 2011

Zoom, Manuel Espada

Paréntesis, Sevilla, 2011. 192 pp. 13 €

Miguel Baquero

“Imaginar el mundo al revés”, ese parece ser el objetivo, radicalmente literario, de Manuel Espada, uno de los mejores microrrelatistas de este país. Hace apenas unos meses, Manuel Espada nos sorprendió con un magnífico libro de relatos, en aquel caso algo más extensos, titulado Fuera de temario, una obra que compartía con ésta que ahora sale a escena el mismo deseo de romper con lo establecido, llegando incluso (o en primer lugar) a romper con lo lógico; un afán por contemplar la vida cotidiana de forma sustancialmente distinta, desde “el otro lado”. Una reivindicación, en definitiva, de la ficción sin reglas, acercándose al surrealismo pero sin caer en la autocomplacencia en que acabó apagándose aquel viejo movimiento.
La principal diferencia con los surrealistas es que, mientras aquellos parecían empezar y agotarse en sí mismos, la imaginación que propone Manuel Espada (tanto en Zoom, como en Fuera de temario, como en su primer libro de cuentos, significativamente titulado El desguace), parte de un asunto cotidiano y aparentemente trivial, y concentrándose en el detalle (el “zoom” al que alude el título del libro), al levantar la vista de él contemplamos una realidad distinta, un mundo en el que el tiempo puede volver hacia atrás, las pacíficas e hipotecadas casas de pronto se convierten en mansiones espectrales, uno tropieza con su asesino repetidas veces en el día o los cuerdos son encerrados en los manicomios.
Asimismo, se entremezclan con estos relatos de raigambre cotidiana otros que tienen su origen en la literatura, o al menos en el papel impreso: hemorragias de palabras en la biblioteca, personajes de cómics hartos de compartir página impar con tipos de mala catadura, o escritores que se creen caballeros andantes y que en sus novelas hacen que sus personajes queden mancos en batallas navales. Pareciera que, en sus relatos, Manuel Espada va girando el ángulo de la realidad, cada vez de forma más acusada, 60, 90, 120 grados, hasta llegar a los 180, en que el mundo ha dado la vuelta por completo. En este sentido, no es casual la inclusión en el volumen de una recreación del famoso relato “El lobo-hombre en París”, maravilloso breve en el que Boris Vian consiguió forzar de forma espléndida ese plano con el que ahora juega Manuel Espada.
Compuesto de relatos en torno a las quince o dieciséis líneas (en ocasiones la extensión se reduce a un renglón, otras veces el relato alcanza, todo lo más, la página y media) no por ser breves los cuentos dejan de tener “cuerpo”, en ocasiones mucho más que el de una novela amplia, y llevan a detenernos en su lectura y a volver sobre las páginas, intrigados o fascinados por la solución, como lo haríamos ante los gruesos volúmenes de una biblioteca repleta. Tampoco casualmente el libro lleva por subtítulo: “ciento y pico novelas a escala”. En realidad, en numerosas ocasiones se trata de eso, de comprimir una novela en un espacio mínimo, un espacio donde, además, es frecuente que se rompan las leyes de la lógica.