jueves, junio 25, 2009

Calor, Manuel Vilas

VI Premio de Poesía Fray Luis de Leon. Visor, Madrid 2008. 63 pp. 8 €.

Marta Sanz

Si algo debe pedírsele a la poesía es que sea excéntrica. No me refiero a que tenga que ser rara, hermética o alambicada: hay hermetismos que no son excéntricos en absoluto, mientras que otros son salvajemente políticos, imprescindibles. Yo no hablo de una excentricidad aparente ni de una pose; no hablo de la excentricidad de quienes se colocan aros en los lóbulos para que éstos se vayan dilatando o de quien elige como mascota a un cocodrilo o a un cerdo. Estoy hablando, más bien, de la capacidad de la palabra poética para exceder los límites de un centro imaginario que va irradiando una especie de periferia epigonal que termina convirtiéndose en algo parecido al humo. En este sanísimo sentido de la palabra es en el que creo poder afirmar que la poesía de Manuel Vilas es excéntrica. Saludable, extemporánea, violentamente excéntrica.
La primera barrera que salta Vilas es de tipo victoriano y tiene que ver con la idea de que existen sitios más adecuados que otros para hacer las cosas: las bibliotecas, para el estudio; los parques, para los juegos; los bares, para beber; las camas, para dormir o para follar; los parlamentos, para la política; y la poesía, quizá, para darle vueltas al sexo de los ángeles mientras se engarzan metáforas que expresen lo fragmentario y picudo del ser. Como Vilas es un hombre y un poeta —en definitiva, un ser, con todos los respetos—, él y sus voces tienen preocupaciones de ser que, curiosamente si tenemos en cuenta que estamos en el ámbito de la poesía, no son de índole metafísica, metapoética o metanada. Aquí, los sujetos poéticos aquí no levitan: beben, conducen, ven la televisión, hacen la mili, dan charlas en institutos, es posible que incluso hasta defequen. Los poemas de Calor tienen argumentos y parten de situaciones que necesitan apelar a la trascendencia, porque son intensas y visibles por sí mismas. Los poemas de Vilas hablan de —y quizá es un pecado decir que un poema “habla de algo”, pero a nosotros no nos importa—: dejar un coche con matrícula de Huesca en el desguace y sentir que se abandona a una amada —al fin y al cabo, un objeto— desarrollando una modalidad de la pasión necrófila en una poesía donde el poeta y el ciudadano son dinero y las clase media acepta limosnas (sic); la cremación de un padre; contemplar a través de la televisión una boda real que se transforma en un incruento Gernika, en un cómic malintencionado —o sea, urgente—, en una metáfora de la España de charanga y pandereta que seguimos siendo, en la que se introduce un nuevo factor para la distancia entre las clases: los que salen en la tele y los que no; el amor universal y el buenismo como desencadenantes de los fratricidios (“Fraternidad”); el valor del dinero en contraposición a las momentáneas alegrías dionisíacas, a las ventoleras etílicas o eróticas que se atemperan y se apaciguan como animales frente a la necesidad del trabajo — ... amor mío/ si quieres follamos hasta morir, pero por favor/ no dejes tu trabajo...—; gente que hace el amor muy cerca de la cocina porque el piso es muy pequeño; el paisaje de Barbastro; un suicidio en la garita; Irak y las imperfecciones de nuestras democracias, el precio que pagamos por nuestras democracias, los verdugos que terminan convirtiéndose en las víctimas de sus recuerdos, aunque Vilas no se queda en esa frase hecha, en ese lema convencional, y en su “Walk on the wilde side” hay víctimas que siempre son víctimas y que no pueden darle la vuelta a la tortilla: las putas iraquíes que sólo conservan tres dedos de una mano y son pateadas en el culo...
El mundo y los lugares en el mundo, relaciones de fuerzas, que nos invitan a pensar que quizá la poesía también es un lugar adecuado para hacer política; es más, que quizá sea inevitable hacer política cuando uno toma la palabra y escribe, sin haberlo preconcebido, una metonimia, una sinestesia o un hipérbaton gongorino. Vilas lleva al extremo el argumento anterior y, sin hacer concesiones a la facilidad —sus poemas son casi transparentes, pero la transparencia no siempre es sencilla de digerir— rehabilita para la poesía un lenguaje que no es el previsible en el género; recupera el espacio de las narraciones, de la autoficción y de los coros polifónicos —pobres, ricos, villanos, desencantados...— de las enumeraciones no tan caóticas, de los listados, de los topónimos, de los precios y los salarios exactos, de las marcas, del dramatismo del humor y del humor del dramatismo, de lo horrible, lo cotidiano y lo grotesco, para recrear esa sinrazón antivital en que vivimos: da una vuelta de tuerca a la ya museística oposición dialéctica entre civilización e instinto, represión y naturaleza, razón y corazón, y dibuja un lugar en el que ni lo uno ni lo otro, un lugar en el que el vino o la cocaína nos conectan a la vida y al amor, y la racionalidad parece que sólo tuviera que ver con las medidas coercitivas, con el tutelaje gubernamental, con el cumplimiento de leyes tan irracionales como la de obligar a pagar a un mileurista seiscientos euros por haber dado positivo en un control de alcoholemia. Paradojas irresolubles en un mundo donde también se ha perdido la confianza en las revoluciones: después de 1789 aún quedan, repartidos sobre la piel del mapamundi, explotadores, oligarcas y reyes. También sobre la piel de este país donde hace tanto calor, y el calor es España y España es el mundo, globalizado y sin Antártida, que se repliega sobre sí mismo como un celofán bajo la lente abrasadora de la lupa.