lunes, julio 11, 2011

Vida de Pablo, Carlos Pardo

Periférica, Cáceres, 2011. 312 pp. 20 €

Nere Basabe

Vida de Pablo, a medio camino entre la Bildungsroman y ese género tan actual como polémico que es la autoficción, trata de reconstruir, sin conseguirlo, la historia de Pablo, un artista que acaba trabajando tras la barra de un bar. Y en ese fracaso reside su mayor acierto. Porque tiene Vida de Pablo algo de Esperando a Godot, o de eso de que la vida es lo que pasa mientras hacemos otros planes. Pablo anuncia, en la última página, su visita para el verano que viene, pero se le esperaba el verano pasado. El hilo de la biografía del amigo Pablo se pierde así en digresiones diversas desde las primeras páginas, y las siguientes se siguen completando por sí mismas, para rellenar esa espera vana. Tratando de retratar al amigo, el narrador (Carlos Pardo, un joven poeta pinchadiscos que reside en una pequeña ciudad de provincias del sur) se retrata a sí mismo, y eso es lo mejor de esta biografía “fallida”.
Esas digresiones consisten en innumerables reflexiones filosóficas, discusiones estéticas o poéticas de barra de bar y en un sinfín de títulos de canciones, películas y libros. "Si hicieses una lista con todos esos títulos y la repartieses entre tus amigos, acabarías antes”, le reprocha su novia. Y sobre todo, la digresión principal, el amor, que Carlos retrata sin cursilería, o mejor dicho, con una cursi y brutal honestidad. Me echaba a llorar de amor pensando en sus radiografías, y se lo dije a Pablo pero me contestó que eso ya salía en La montaña mágica” / “Me dije que la excusa del amor me había negado el placer de las mejores oportunidades. Y casi siempre me había vuelto pesimista cuando estaba enamorado. A eso le llaman tener vida interior, que es como el fósforo del tedio. Como si no pudiera ser a la vez feliz y listo”.
“Carlos, es que no somos posmodernos”. Y pese a algunas de sus observaciones o actitudes estéticas, efectivamente no lo son porque, como todos los jóvenes, juegan a reproducir los estereotipos del poeta maldito, entre el alcohol, las drogas, la marginalidad autoimpuesta, la penuria económica de los trabajos temporales y el ejercicio de la leyenda personal (“¡Eh, poetas!”, les gritan en El Corte Inglés), aunque se muevan en una “periferia de París”, muy al sur, que se parece más al kitsch de Torremolinos (el autor insiste en el feísmo de los escenarios). Al pretender hablar de Pablo, Carlos habla de sí mismo, y al hablar de sí mismo, Carlos habla sobre todo de sus amigos (muchos de ellos más o menos reconocibles por todo aquel que siga la escena de la joven –o no tan joven− poesía actual). La amistad juega un papel central en este libro, y de sus servidumbres, su tedio y su posterior enfriamiento se traza aquí un retrato soberbio, en lo que constituye otro de los mayores logros de esta novela: “no hay amigos, sino momentos de amistad”. Dividida en dos partes separadas por una elipsis de años, uno no puede evitar reconocerse tal vez y sentir cierta nostalgia por ese, pese a todo, paraíso perdido que no se supo reconocer a tiempo, cuando los amigos eran los compañeros de un piso destartalado y constituían la única familia (“era una amistad homosexual”), y la precariedad obligaba a la persistencia en un presente perpetuo, sin horizontes: tan solo noches y noches de borrachera y bromas con amigos, esas infinitas conversaciones intrascendentes que saltan de una cosa a otra pero que parecían tan importantes, de Deleuze a una receta de cocina, que hacen juegos de palabras, y que nos sentimos impotentes porque a la mañana siguiente no podemos reproducir o recordar qué nos hizo tanta gracia. Pero Carlos, sí: “nadie rió mi chiste”. Aunque sí hay algunos buenos chistes aquí, y en general un humor sutil, que se mueve entre la crueldad y el indulgente cariño con el que solemos tratarnos a nosotros mismos cuando echamos la vista atrás.
Por último, no está de más decir que esta novela de 300 páginas se lee de un tirón, que las escenas y los diálogos no por repetidos resultan repetitivos (ya sabe, para recuperarse de la resaca no hay nada como ponerse a beber otra vez), pues está escrito con una prosa aparentemente simple, precisa, llena de ritmo e inteligencia.