miércoles, septiembre 07, 2011

Asco, José Angel Barrueco

Eutelequia,  Madrid, 2011. 176 pp. 15 €

Miguel Baquero

Tal vez sea así como hay que actuar: directamente al corazón del asunto. Quizás no haya mejor lugar donde hace sangre y extraer todos los defectos de nuestra sociedad que un crucero de placer, lo que se supone es la máxima expresión del confort, el lujo y la buena vida para un occidental. Probablemente sea a bordo de uno de esos barcos que hace el periplo por el Mediterráneo —todo aquello de las islas griegas, Santorini, por ejemplo, o las preciosas ciudades del Adriático, o San Marcos al atardecer…— el escenario idóneo para situar una novela de tan explícito título como Asco.
Cuarta novela de José Ángel Barrueco (Zamora, 1972), también poeta, cuentista, microrrelatista y escritor de periódicos, Asco narra un crucero que llevó a cabo el autor por el Mediterráneo, curiosamente en el mismo barco y casi en el mismo camarote en el que años antes había viajado el escritor David Foster Wallace, viaje que, asimismo, el estadounidense relató con cierto tono tirando a oscuro en Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer. En el caso de Barrueco, nos encontramos ante un viajero asombrado, atosigado, asqueado al fin por el comportamiento de los que le rodean, gente egoísta, descortés, que se infla a comer solamente porque es gratis, que visita y admira monumentos sólo porque está incluido en el precio, que piensa en su comodidad y conveniencia antes que en cualquier otra cosa... Gente, en fin, como la que tantas veces nos encontramos en cualquier lugar —si es que no somos nosotros mismos—, pero que al colocarlos el autor en un espacio cerrado y clausurado parecen, en realidad, una metáfora de la sociedad que nos rodea.
Le honra a Barrueco —y asimismo salva la novela— el que la intención del autor no haya sido embarcarse para indignarse, y que en muchos momentos pretenda, pese a la ruindad que le rodea, disfrutar del momento y pasarlo bien. El logro del libro —y lo que hace que un escalofrío recorra al lector— es que Barrueco no sube a bordo con una idea preconcebida, pensado en volver a escribir lo que ya escribiera Foster Wallace hace años, sino que es poco a poco, milla náutica a milla náutica, como Barrueco se va dando cuenta de la naturaleza y la categoría de aquellos que le rodean, de sus egoísmos y sus ridiculeces, del modo en que avasallan cuanto encuentran a su paso por el simple hecho de que han pagado por ello. El afán de participar en todas las fiestas, por ejemplo, simplemente por amortizar lo invertido, el ansia de ver cuanto monumento sea posible, para luego poder presumir de ello a su vuelta, el ansia por comer, por consumir, por devorar lo que le pongan delante…
Amena y bien escrita, a ratos divertida, otros tantos furiosa, Asco es una novela que, precisamente por su sencillez y su naturalidad, transmite aquello que pretendía: la inquietante sensación de que estamos inmersos en una forma de vida no demasiado digna ni lustrosa, una forma de vida quizás digna de vergüenza.

martes, septiembre 06, 2011

Taxidermia, Francisco A. Carrasco

Córdoba, El Páramo, 2011; 193 págs.; 17 €

Pedro M. Domene

El cuento ha gozado desde siempre de una libertad absoluta, ofrece en su experimentación fórmulas variadas, resulta tan versátil que ha sido capaz de abrir nuevos caminos narrativos, siempre y cuando se le otorgue un valor extraordinario a la intensidad, y sea capaz de asumir características que, en su capacidad subordinante, se muestren con un sentido pleno. Sin lugar a dudas, tiene la capacidad así de introducir algunos de los mayores hallazgos en la narrativa breve, con una variedad técnica y estilística dignas de lo mejor que se escribe en la ficción contemporánea. El cuento, como asegura Piglia, es un experimento con la noción de límite y, como sostiene Neuman, en un relato, un minuto puede ser eterno y la eternidad caber en un minuto. También, compartimos la opinión de Henry James que consideraba que este tipo de textos debían ser una impresión directa de la vida, y no una mera copia. En ocasiones, el relato se vale del efecto sorpresa, y de otros muchos elementos que nos alejan de una realidad concreta. La amplia variedad de fórmulas y registros en las colecciones que publican no pocas editoriales independientes en la actualidad, ejemplifica, de alguna manera, el buen momento de la nueva narrativa breve en nuestro país: los autores, aquellos que vienen escribiendo desde décadas, observan cómo sus pequeños textos se abren camino en el difícil mercado competitivo con la novela y los best sellers, con perdón. Páginas de Espuma, Lengua de Trapo, Cuadernos del Vigía, Acantilado, Menoscuarto, Ediciones del Viento, Traspiés, y ahora, también, en Córdoba, Ediciones Depapel, y sobre todo, El Páramo, son algunas de las editoriales que apuestan con colecciones creadas recientemente.
Francisco Antonio Carrasco (Belalcázar, Córdoba, 1958) es un periodista cultural y autor de cuentos, con varias colecciones publicadas hasta el momento, El silencio insoportable del viajero y otros silencios (1999), La maldición de Madame Bovary (2007) y, recientemente, Taxidermia (2011), una nueva y más ambiciosa entrega que reúne veintiún relatos en los que se ofrecen todos los posibles recursos que, en abstracto, se conciben en la escritura breve, a saber: versatilidad, ritmo e intensidad, extensión medida, perspectiva y quiebro final tan sugerido como imprevisto. Taxidermia se caracteriza, en su conjunto, y en una primera impresión lectora, por su oralidad: muchos de sus cuentos deben ser leídos en voz alta, resultan aparentemente sencillos en lo formal, medidos en su estética, de prosa ajustada, con calificativos calculados que recrean una visión surrealista de una cruda realidad, con excelentes dosis de humor y, aun más, un magnífico sentido de la ironía que puede desembocar en una carcajada. Carrasco ha graduado los temas expuestos en sus relatos, y para ello divide el libro en tres secciones o apartados, el primero con diez cuentos de una variada extensión, algunos de los más breves con un calculado final que arranca desde una perspectiva lejana, o las relaciones humanas: la nostalgia del joven Javier en busca de su madre, la música que separa a unos amigos de toda la vida, la añoranza de otros tiempos de un padre y de su primer amor, la irreverencia de Sísifo, y uno de los más logrados, que titula el volumen, «Taxidermia», ejemplo de ese lado oscuro, tenebroso, vehemente y esperanzador que nos procura la realidad de la muerte, y un desconocido futuro después; en realidad, en estos primeros relatos, Carrasco muestra esa mirada inequívoca de unos extrañamientos que sacuden, de alguna manera, las banalidades existenciales de una vida concreta. En el segundo bloque, con otros diez relatos, de mayor extensión, predomina el noble sentimiento del amor, y este en sus más variadas acepciones: adúltero, paternal, deseado y sexual, incluso destructivo, crónica vívida de unas relaciones humanas donde siempre cabe la posibilidad de la sorpresa, aunque por qué no el sarcasmo como aspecto lúdico-jocoso, o rivalidades masculinas y femeninas; se deconstruyen tópicos, como la vida misma, incluido el apunte sobre el mundo gay, un presunto matrimonio de pueblo, y el posterior qué dirán, con esa crueldad social típica como trasfondo, y otra visión no menos actualizada, iconoclasta e hiriente con un programa de tele-basura y las posteriores relaciones familiares. Pero, sin duda, el relato «Sucesos» marca un nivel muy por encima del conjunto, porque combina vocación, vida familiar, el fracaso personal, y finalmente, ese proceso para la recuperación de la autoestima. «El gran maltratador» cierra el volumen y sirve, además, como tercera parte o sección final. Deudor del mejor Stevenson, con ese doble juego del bien y del mal que tanto difunden los medios de comunicación, cuando en una escalada de terror muchos se creen ser José Aranda, el protagonista del relato. La crueldad, sin duda, parece apuntarnos Francisco A. Carrasco, se encuentra explicita en nuestras calles y plazas, y se convierte en la noticia periodística diaria de una vida cotidiana.
Las ilustraciones de Damián Flores, cuidadas, complementan un volumen que presume de estar bien editado y forma parte de una colección, «Relatacuentos» que promete, si sigue en esta línea, nuevas sorpresas al mejor lector.

lunes, septiembre 05, 2011

Frente al Pacífico, Montserrat Sanz Yagüe

Isla del Naufrago, Segovia, 2011. 77 pp. 9 €

Ignacio Sanz

Una profesora española se fue hace 15 años a Japón. Allí vive casada con un indio dando clases de inglés en la Universidad de Cove. Tiene hijos y aunque sus preocupaciones profesionales se circunscriben a la enseñanza de idiomas, muestra ciertas inquietudes sociales y mucha curiosidad por todo lo que la rodea. Fruto de ello comienza a colaborar en El Adelantado de Segovia, el periódico de su provincia de nacimiento, donde desde hace años envía sus crónicas. De pronto, esas crónicas, a consecuencia del terremoto del 11 de marzo, adquieren una dimensión nueva. Porque Japón también deja de ser un país del Lejano Oriente que ahora ocupa las primeras páginas de los periódicos y los primeros minutos de los telediarios. Y esas crónicas que nos han ido retratando la vida cotidiana, las costumbres y rarezas de esa gente con los ojos achinados, despiertan nuestra curiosidad. Y así, al leer ahora una selección de esas crónicas que se han ido publicando a lo largo de los últimos años, nos damos cuenta del amor profundo que a la profesora Sanz Yagüe le despierta su país de acogida. Como esos antropólogos que se enamoran del pueblo objeto de su estudio. Así se leen estos artículos, como una sucesión de cartas de amor. O al menos de respeto. Y así nos enteramos de la tenacidad de unas gentes solidarias educadas para los días adversos. Unas gentes que no conocen el robo ni el pillaje y que, en consecuencia, tienen la costumbre de no cerrar puertas, no de poner candado en la bicicletas. Pero hay muchas más costumbres que nos van a sorprender.
Por ejemplo: los maestros son los encargados de hacer la limpieza de sus aulas con la ayuda de sus propios alumnos. Así resulta muy difícil que salgan ciudadanos guarros que tiren sin pudor los papeles a la calle. Han sido educados en solidaridad con los barrenderos.
Por ejemplo: cuando se ponen a cola para recibir una bolsa de alimentos tras haber perdido su casa y sus posesiones, hacen gala de una educación exquisita. Primero se ponen a la cola de manera ordenada y luego, cuando reciben el bocadillo y la botella de agua, hacen una inclinación en señal de agradecimiento a los bomberos. No hay imposturas ni teatro. Se sienten agradecidos.
Por ejemplo: uno de los empresarios afectados por el terremoto es dado por desaparecido por su familia. ¿Ha desaparecido realmente? No, no ha desaparecido, en realidad aparece tres o cuatro días más tarde y durante este tiempo, en medio del caos, ha ido casa por casa tratando de saber el destino de todos sus empleados. Así descubrimos la relación intensa de fidelidad que se teje entre empleados y patronos. Y entre patronos y empleados.
Ya conocíamos las famosas huelgas a la japonesa que tanta extrañeza nos causaban, pero ahora, tras leer este puñado de crónicas, irremediablemente nos vamos a sentir subyugados por las costumbres del pueblo japonés. Chocan tanto con las nuestras que nos rompen los esquemas. Cómo no. Pero ahora que sufrimos una crisis tan aguda, inevitablemente, uno piensa que muchos ciudadanos occidentales han llegado a un estado de relajación, de bienestar y de egoísmo, que podrían ahogarse en un vaso de agua. Y que algunos de los valores de la sociedad nipona nos vendrían muy bien para encarar con gallardía estos tiempos adversos.
El libro lleva unos ideogramas obra de Tomoko Miyamoto que nos ayudan a ambientarnos. Por lo demás, dada su brevedad, el único impulso que puede sentir un lector al que esta selección de artículos le haya sabido a poco, es volver a comenzar su lectura. Su estilo sencillo no empalaga y su contenido no dejará de asombrarnos.

viernes, septiembre 02, 2011

El mapa y el territorio, Michel Houellebecq

Trad. Jaime Zulaika. Anagrama, Barcelona, 2011. 384 p. 21,90 €

Nere Basabe

Tras haber tratado ámbitos como el de la investigación genética (Las partículas elementales) o el turismo sexual (Plataforma), la nueva novela de Michel Houellebecq, primera referencia de la literatura francesa actual, se centra en esta ocasión en el mundo del arte contemporáneo para completar su particular cosmovisión. Jed Martin, el protagonista de El mapa y el territorio, es un fotógrafo y pintor sin vocación fuerte, que triunfa por casualidad con una serie de fotografías de los famosos mapas Michelin; la biografía de este artista inadaptado y resignado y su desinterés por ese éxito que le sobrepasa le sirve a Houllebecq para poner en marcha toda una reflexión sobre la conceptualización del arte y su mercado: la representación de la representación, las naturalezas muertas del mundo industrial o la radiografía estética de los medios de producción occidentales y sus protagonistas conviven así con la crítica a la frivolidad de las inauguraciones, los patrocinios, las galerías de arte, la diferencia entre el precio y el valor o la crítica especializada.
El mapa y el territorio deja atrás la desmesura de su anterior novela, La posibilidad de una isla, y en ocasiones parece volver a los orígenes y la sencillez de la Ampliación en el campo de batalla, con algunos paralelismos en los caracteres de ambos protagonistas o en esa caldera de la calefacción siempre averiada, igual que aquel coche perpetuamente en el taller con el que se abría su primera novela, como burda metáfora de que algo no marcha bien. En esta ocasión sin embargo va más allá con algunos sorprendentes elementos y giros en la narración, entre los que destaca la inclusión del propio escritor como personaje, no tan secundario, de la novela, otorgándole así una nueva dimensión. Houellebecq se retrata de forma despiadada con todos los tópicos que esperamos de él (escritor huraño, misántropo, maniático, tacaño y alcohólico, comido por la micosis y enganchado a los dibujos animados de la Fox), en lo que algunos han querido ver un ajuste de cuentas consigo mismo y que probablemente no sea sino un divertimento, una travesura más del enfant terrible de la literatura francesa. Su aparición en el relato, que supera el cameo y compite por arrebatarle protagonismo al joven artista Jed, introduce además una inesperada vuelta de tuerca cuando, en la segunda parte del libro, el escritor aparece brutalmente asesinado junto a su perro. El mapa y el territorio toma así un desvío posmoderno convirtiéndose, por un momento, en un thriller en el que el escritor investiga sobre su propia muerte e introduce nuevos personajes, como el del inspector de policía, jugando así con los tópicos del género negro. Houellebecq se divierte además con el retrato no sólo de sí mismo, borracho o desmembrado, sino de un buen número de personajes mediáticos y socialités del país galo, como el popular escritor Frédéric Beigbeder o el presentador televisivo Jean−Pierre Pernaut, que pasan por las inauguraciones, cócteles y demás fiestas llenas de aparente glamour.
Frente a quienes lo retratan como un epígono del realismo sucio cuyas páginas aparecen plagadas de sexo de pago o consideraciones racistas, exabruptos y más que una pesimista mirada sobre la sociedad contemporánea, yo siempre he defendido la cruda emotividad de las relaciones humanas que describe, lo conmovedor de unas historias de amor cotidianas y sinceras, prosaicas y carentes de grandes gestos, como la que aquí se presenta entre Jed y Olga: se conocen en un contexto profesional, salen durante unos meses, se acuestan, realizan algunas escapadas de fin de semana a hoteles con encanto, y cuando ella es transferida a un puesto superior en un país extranjero la relación se interrumpe; él desearía pedirle que no se vaya, y ella desearía que él lo hiciese, pero ninguno de los dos hace nada. Años después ella vuelve, se reencuentran, pero ya no es lo mismo. La otra relación de interés que el protagonista mantiene en su más que restringido círculo es con su padre, un arquitecto jubilado que vive en una residencia geriátrica; dos personajes solitarios que se juntan una vez al año, por navidad, para celebrar una triste cena de nochebuena en la que no parecen tener mucho que decirse y que sin embargo constituye otro de los puntos fuertes de esta novela. Y cuando Jed decide viajar hasta Suiza para partirle la cara al director de la clínica en la que han practicado la eutanasia a su padre, Houellebecq pone en evidencia que sus personajes, pese a la fealdad circundante, no acaban por rendirse ni ceden en dignidad, aunque luchen contra molinos como gigantes y sólo caigan en el absurdo impotente. Houellebecq no renuncia aquí, en lo que es otra de las constantes de su obra, tras el diagnóstico sociológico, al pronóstico; el vaticinio de esta vez, más humilde en su alcance, dibuja un inminente futuro de abandono de las grandes urbes y vuelta al terruño y a los oficios artesanos, con el turismo rural convertido en una especie de nueva religión (vaticinios en los que tal vez no ande muy descabellado). Y en medio del retrato del apocalipsis en el que desembocará la crisis que vivimos, la posibilidad de hallar aún, entre sus grietas, un brote de belleza que asoma en el proyecto artístico final de la vida de Jed: unas viejas polaroids que pierden su color expuestas al sol y al tiempo, cruzadas con la filmación de unas hojas de hierba que se agitan durante horas con el viento.
El mapa y el territorio, como todos los libros de Michel Houellebecq, ha venido acompañado también en esta ocasión por la polémica, con la adjudicación del prestigioso premio Goncourt (inmerecido para unos, largamente adeudado para otros) o las acusaciones de plagio a textos de la Wikipedia o de la guía turística de la cadena Relais & Chateaux: no cabe duda de que Houellebecq juega con maestría con la intertextualidad, el pastiche, la hibridación de géneros o la escritura del yo, y demuestra así su virtuosismo en la capacidad de inventar lo que ya está inventado.

jueves, septiembre 01, 2011

Cronotemia y otras historias de viajeros del tiempo, VV.AA.

Imagine Ediciones, Madrid, 2011. 232 pp. 16 €

David Vicente

Existen temas recurrentes dentro de la literatura, de esos que nunca pasan de moda. Incluso de un modo o de otro acaban estando presentes dentro de cualquier trama, aunque no sean el núcleo central de la narración.
Uno de ellos sin duda son los viajes en el tiempo, bien sea al pasado, bien sea al futuro, o bien sea en ambas direcciones. Conocer qué será de nosotros, qué nos deparará el porvenir, visitar el pasado con el objetivo de poder modificar nuestros errores y mutar nuestra suerte, tener la oportunidad de lanzar los dados una vez más, han sido siempre parte de las obsesiones humanas. Casi tanto como la muerte o el elixir de la eterna juventud. En el fondo, quizá todo sea parte de una misma vana obsesión: perdurar en el tiempo, quién sabe si por encima del propio tiempo.
El escritor, que en esta ocasión hace las veces de editor, Fernando Marías, congregó, imitando aquella reunión que un grupo de escritores legendarios (entre los que se encontraban Byron o Shelley) tuvieron frente al lago Leman en 1816, a doce autores españoles con el objetivo de que nos narrasen once historias (en realidad doce si consideramos que el de Espido Freire es un falso prólogo) cuyo núcleo central (esta vez sí) fuese el viaje en el tiempo.
El resultado de aquel conclave que tuvo lugar en el 2010 es esta magnífica antología temática, Cronotemia, que reúne una nómina de escritores consagrados y emergentes, algunos de ellos auténticas referencias en lo que se refiere al género breve, caso de Félix J. Palma por ejemplo, que les anticipo construye un relato inquietante a caballo de la novela policiaca y el thriller de suspense que justifica más que sobradamente la adquisición de este libro. Sin menospreciar por ello al resto del conjunto.
Aunque con un nexo común (ya lo hemos dicho, el viaje en el tiempo), en Cronotemia encontrarán doce personalísimas visiones y, por qué no, doce personalísimas obsesiones de ese deseo de permanencia, conocimiento y modificación, representado en el paso del tiempo.
Vidas que se encuentran atrapadas dentro de casas y que se superponen en planos temporales, individuos que regresan del futuro para visitar a su propio yo del pasado e intentar variar su proceder, maquinas del tiempo en manos de perversos científicos, mujeres que se reencuentran con sus maridos muertos para iniciar una nueva relación, pastillas que nos devuelven a tiempos donde las cosas pudieron ser distintas tan solo con pronunciar una simple frase, enfermedades venéreas de nefastas consecuencias temporales, viajes chamánicos al más puro estilo hippie de los ‘70, incluso vampiros, cómo no. Doce viajes modernos a lo largo de distantes épocas de nuestras vidas que reinventan, con una calidad más que notable, una de las mayores obsesiones del ser humano y uno de los gérmenes creativos en los que se basa cualquier fábula.
Todo el que me conoce sabe que no soy amigo de recomendar antologías, ni fanático de este tipo de cenáculos que, en su mayoría, me parecen caprichosos, carentes de interés, sujetos a argumentos comerciales y, en el mejor de los casos, de calidad descompensada.
No es el caso de Cronotemia y, como tal, valga la excepción que confirma la regla. Una antología digna de los estantes de cualquier librería en la que cada historia tiene una vida temporal (si me permiten la licencia) fuera de este volumen.
La literatura (la buena, claro), a diferencia del ser humano, si tiene la facultad de sobrevivir en el tiempo. Intuyo que muchas de estas historias han conseguido su objetivo y visitarán al lector que se apodere de ellas nuevamente en algún otro lugar, en algún otro momento, y en más de una ocasión.