viernes, diciembre 31, 2010

Solo con invitación: Pampanitos verdes, Óscar Esquivias

Ediciones del Viento, A Coruña, 2010. 160 pp. 16 €

Ignacio Sanz

¿Qué música late en estos cuentos para que nos atrapen como nos atrapan hasta convertirnos en lectores rendidos y encandilados? Quizá sea la naturalidad, la fluidez narrativa, esa manera de contar como si estuviera meando, que diría Delibes. Lo cierto es que Óscar Esquivias, despliega en estas historias un poder de seducción que nos arrebata. Y no es que se ponga estupendo estilísticamente hablando, no, que va, son sus personajes desvalidos y atormentados, con sus pequeñas neuras, con sus flaquezas, sometidos a situaciones extremas en su cotidianeidad, los que misteriosamente nos atrapan.
Se trata del segundo libro de cuentos de Óscar Esquivias, cuyo nombre aparece en antologías y que lleva entregado al género desde sus inicios como escritor, en plena adolescencia. Y nació en 1972. Algunos de estos cuentos habían aparecido en revistas o en libros singulares. Es decir, que estamos ante un conjunto de cuentos que han tenido un rodaje y, como sabemos, en el rodaje se pierden las aristas. De ahí que algunos resulten redondos en su versión última.
Aunque sea la novela el género al que con más dedicación se ha entregado con siete u ocho títulos, hay que señalar que, por la intensidad de sus relatos, Esquivias está especialmente dotado para el cuento.
Con su primer libro de relatos, La marca de Creta, fruto del acarrero de sus cuentos iniciales, le dieron contra todo pronóstico el premio Setenil, 2008, tan prestigioso. Y digo contra todo pronóstico porque competía con nombres consagrados. Había en aquel libro piezas memorables, cuentos que anidan para siempre en la cabeza del lector y lo acompañan en su rodaje.
Comencé a leer Pampanitos verdes con miedo, pensando si volvería a sonar aquella música que advertí en La marca de Creta. Pero pronto se disiparon las dudas. La travesía de esta lectura, azarosa por demás, por circunstancias ajenas al libro, ha resultado una travesía feliz. Arranca con un cuento memorable, “El chico de las flores”, protagonizado por un joven repartidor de flores fascinado no tanto por una actriz madura como por la fascinación que esta actriz ejerce en su madre. Es, por tanto, un cuento a varias bandas con un desenlace sorprendente y feliz. Al final del cuento, Esquivias hace todo un alarde de concreción narrativa en un párrafo magnífico que sintetiza con cuatro o cinco frases una noche de pasiones desatadas.
Le sigue “El estudiante de Salamanca”, un cuento con vocación de novelita, de ambiente entre grotesco y esperpéntico, que retrata la llegada a principios de curso de un estudiante acompañado de su padre a un hostal salmantino. El lector asistirá con perplejidad a una serie de acontecimientos chocarreros escritos con una naturalidad espeluznante.
Esa naturalidad espeluznante, salpicada por ráfagas de humor y alguna pincelada de ternura, sigue presente en los siete cuentos restantes y en el “Monólogo del técnico de sonido” que no voy a glosar pormenorizadamente. Eso sí, nada tienen que ver entre ellos. Describen situaciones y ambientes dispares, que sitúan la acción en Chicago, Roma, o Madrid pasando, cómo no, por esa zona rural de Burgos con epicentro en Sasamón, tan querida para el autor.
Se los recomiendo vivamente. Estoy seguro de que van a disfrutar, aunque a veces, se les agríe el gesto porque lo que se cuenta resulta perturbador o chocante cuando menos. Pero ustedes seguirán deslizándose página a página, dejándose llevar como en volandas por un maestro en el arte persuasivo y sereno del bien contar.



Óscar Esquivias: "En toda mi literatura hay una entraña teatral"

En los cuentos de Pampanitos verdes aparecen varios elementos comunes: adolescentes como protagonistas, la transición de una edad a otra, el encuentro con el desengaño –o con el mundo adulto–, la autoafirmación sexual y también una evidente alegría de vivir, que los personajes transmiten. Sin embargo, son cuentos escritos con independencia unos de otros. ¿A qué se debe esta homogeneidad?
Si soy sincero, no lo sé. Cada cuento surgió en un momento y en unas circunstancias distintas, pero al agruparlos en el libro sentí que, ciertamente, tenían elementos comunes y un intenso aire de familia. Esta homogeneidad no está buscada y supongo que tiene que ver con algunas inquietudes profundas mías que no he racionalizado.


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jueves, diciembre 30, 2010

También mis ojos, Laura Rosal

Cangrejo Pistolero, Sevilla, 2010. 64 pp. 10 €

Elena Medel

La poesía respira en dos tiempos: inspira con la decisión, espira con las dudas. Se escribe firme, aunque pregunta a la vez; jamás da por sentado, pero sí por mudable. Que la poesía camina junto a la indagación y el asombro lo demuestra sin titubeos este primer libro de Laura Rosal (Jerez de la Frontera, Cádiz, 1988), y lo confirman sus poemas, breves y callados como signo de interrogación, aguardando a que el lector responda o —al menos— comparta el no saber.
En También mis ojos Laura Rosal sabe: traza un camino, lo bifurca, duda y decide. Andrés Neuman alude en el prólogo a «una mezcla sagrada entre ida y vuelta (…) entre candor y descreimiento», y los versos de Laura bambolean entre las opciones, porque siempre existe algo más. Así, frente al «rojo (…) de los labios» y «de las uñas» y de la «dulce estrategia/ Derrotada» que debe borrarse, el azul con el que llueve en la cabeza, con el que muerde «despacito» —con qué delicadeza recurre Laura a los diminutivos— «el dolor caníbal de la muerte», o el celeste con el que se morirá, o el violeta al que huele el vientre del amado, o el «blanco indómito» y el «sol níveo». Y contra el frío, el calor del cuerpo: «No me tenses la cintura», pide Laura Rosal, «Ni te introduzcas como agua/ Ni me beses los párpados.// No me recuerdes el frío».
Porque estos poemas se leen, se visualizan gracias a su poderío plástico —como muestra, el poema “Los dormidos se sueñan de nuevo...”, casi una fotografía—, se tocan desde la portada (aperitivo para la hermosa edición, ilustrada por Erika Espinosa): el cuerpo y el vacío, la piel y la cicatriz, el amor y el dolor inevitables. También los ojos de Laura Rosal observan, y por tanto sienten, y por tanto lloran, igual que los nuestros, pero también la «nuca helada», los «párpados», los «dedos de niña», «la piel sobre la hiel sobre la miel» observan, sienten, lloran, dicen. En definitiva el cuerpo «todo», el «cuerpo niña», el «cuerpo boca»: «el cuerpo» que «se sabe» «temblando», que se estremece con un escalofrío y «deja descender» su «perfume», que vertebra el poemario. Dos pulmones para su pronunciar quebrado, el de poemas como “La luz está en pleno declive...”: una dicción leve como la del haiku (desliza Laura Rosal: «Un pájaro en el pecho/ No una tristeza/ un sollozo enjaulado»), que «solo», como nos cuenta en el verso final, habla «de desiertos».
Y una escritura despojada, en la que el silencio se amarra a su «cintura», «desciende/ como vino», «afilado/ (...) arañando la carne», en la que la palabra se toca y rompe «el poema», que en un verso lleva la contraria a Federico García Lorca —«La ciudad es sueño», afirma Laura Rosal en un poema—, y en su expresión se rinde a su decir —como ocurre en el poema “No sé mirarte sin muerte”—, que privilegia a los sentidos: se escucha y se mira, se acaricia... La poesía de Laura Rosal respira, sobresaltada y verdadera, en dos tiempos: inspira consciente de qué pretende decir, de cómo quiere sonar. Se expande en su feminidad rotunda, milita en el poema y se apropia de las obsesiones que la crítica histórica colgó a las mujeres escritoras, reinventándolas. Laura Rosal escribe desde la conciencia de ser mujer, escoge para las citas que abren cada bloque a Anne Sexton, Alejandra Pizarnik (dos de los poemas de También mis ojos nacen, creo, de su lectura: “Siempre me preguntas por qué...” y “Porque hay máscara en el viento...”), Nuria Ruiz de Viñaspre y Marguerite Duras: el corazón a tumba abierta, el corazón a flor de piel, el corazón de carne de metáfora, el corazón de metáfora de vida.
Laura Rosal
traza un mapa: ahí sus coordenadas, ahí su árbol genealógico. Pero al mismo tiempo, la poesía de Laura Rosal espira: «la piel (…) escuece al despertarse», se tambalea entre qué sí, y qué no. «Bienvenidas, raíces», susurra Anne Sexton, y Laura Rosal confiesa entonces que vuelve «al origen», y cierra los ojos para «dejar caer la vida,/ Rogarle que no duela», y escribe un poemario sobre el amor y el deseo como motores de los días, un poemario que ahonda en las raíces con significado de origen, y un poemario que trepa a un cielo que equivale al aire, y al final. Su poesía inspira y espira: es cuerpo, pureza y emoción.

miércoles, diciembre 29, 2010

el apocalipsis de los trabajadores, valter hugo mae

Trad. Martín López-Vega. Alpha Decay, Barcelona, 2010. 208 pp. 17 €

Recaredo Veredas

Esta es una reseña entusiasta. La causa es el hallazgo de un espíritu que creía perdido para siempre. el apocalipsis de los trabajadores supone el regreso de la primacía del lenguaje. Una pretensión que creía devorada por el dominio de la palabra exacta —tantas veces maravilloso, aunque no siempre imprescindible— y el temor a lo superfluo.
La influencia de los clásicos de la literatura portuguesa contemporánea, como Lobo Antunes, es palpable aunque valter hugo maes mantenga con soltura su carácter. El rastro se percibe, por ejemplo, en su querencia por el monólogo interior y en la elección de un realismo crudo y compasivo a un tiempo, alejado de la complacencia o la exhibición de penurias. Los protagonistas de esta novela oscilan entre la lucidez y una fantasía infantil, enternecedora, tal vez imprescindible para su difícil supervivencia. Tanto como eludir el apocalipsis que menciona el título, que define la tragedia de una clase trabajadora devorada por los mismos que afirman luchar por su bienestar. La eliminación de las mayúsculas es correlato del intento de supresión de los privilegios que alienta a la narración (es una novela social, por mucho que la fantasía y el poder verbal del autor le alejen del tópico).
El registro escogido por valter hugo maes es muy literario pero no resulta superfluo: responde a los sentimientos de los protagonistas y a sus peripecias. Sus densas frases y su regreso a ensoñaciones celestiales o soviéticas, no resultan triviales porque las palabras escogidas son las únicas posibles. Y cuando solo resta la opción de la densidad no hay palabrería. Esta densidad no le aleja de unos personajes emplazados en la humildad y no implica una posición de superioridad. El autor les mira a la cara. De hecho el reconocimiento de la dignidad de los trabajadores —una frase tristemente demodé— es una de las metas, por no decir la meta, de esta novela. Una búsqueda que se mantiene firme hasta las últimas páginas, culminadas con un desenlace coherente, anticipado incluso en las primeras páginas, pero difícil por su cercanía con la solución fácil, con el Deus ex Machina. Sin embargo el autor elude con habilidad —apelando a la pura técnica, a la construcción de una escena bellísima— el peligro.
El narrador oscila sin temblores en un espectro que comienza en la tercera persona y termina en el monólogo interior. Se toma unas libertades notables, solo admisibles en escritores muy veteranos, muy seguros de su obra. Sus atrevimientos quebrarían, en autores inexpertos o torpes, la indefinición de la tercera persona: «…desistiendo de la caminata como exhausta y sin más fuerzas, de tan grande que era su disgusto, pero sin detenerse, como si fuera un personaje de ingmar bergman, con planos muy cercanos de su rostro alterado, escrutado por la cámara, invadido por los espectadores de la sala de cine sin ninguna piedad…».
No nos encontramos ante un libro perfecto pero proviene de un escritor brillante como pocos. De un autor que posee el difícil don del lenguaje y la capacidad para escribir sobre temas trascendentes sin caer en la pedantería o la reiteración. Un autor, aunque sea un término gastado, necesario. el apocalipsis de los trabajadores representa la auténtica renovación de una tendencia que se presuponía dañada por la postmodernidad y una demostración de la valentía de la narrativa portuguesa.

martes, diciembre 28, 2010

Una historia conmovedora, asombrosa y genial, Dave Eggers

Trad. Cruz Rodríguez Juiz. Mondadori, Barcelona, 2010. 410 pp. 24,90 €

Julián Díez

«Quiero que todo el mundo presencie mi juventud», explica Dave Eggers en una falsa entrevista para ingresar en un reality show que ocupa unas cuantas páginas en el medio de esta novela. Falsa no porque la entrevista no se hiciera, sino porque como de costumbre en este libro, se mezcla realidad y ficción. En concreto, Eggers aprovecha esa excusa para contarnos un montón de cosas que no ha sido capaz de hilar en el relato autobiográfico. Por ejemplo, lo que tal vez sea su principal núcleo ideológico, y el de buena parte de la generación actual más creativa: «Nací en una ciudad y en una familia y la ciudad y la familia me ocurrieron a mí. No me pertenecen. Son de todos. Es software compartido. (...) ¿A qué viene lo del exhibicionismo? Es un término ridículo. Alguien quiere celebrar que existe y tú lo llamas exhibicionismo. Es mezquino. Si no quieres que nadie sepa que existes, para el caso, mátate».
Así pues, Una historia conmovedora, asombrosa y genial es la historia del joven Eggers, que tras la muerte sucesiva de sus dos padres debido al cáncer, se muda con su hermano de diez años, Toph, a California, al mítico Berkeley universitario, progresista, y creativo. Aunque parte de los hechos han sido alterados, en esencia la historia es real y expuesta de manera detallada, impúdica, facebookiana: seremos informados de la regularidad en las masturbaciones de Eggers, sus ligues exitosos y fallidos, su cariño por su hermano y la forma en que lidió emocionalmente con el fallecimiento de sus padres.
Lo que hace de este un libro especial, más allá de esa impudicia que, personalmente, me resulta por momentos incómoda y superflua, es el entusiasmo vertiginoso con el que está escrito y vivido. Efectivamente, es una celebración de la juventud, de la energía y las ganas de vivir, en un contexto difícil, en términos que tal vez resulten ejemplares para el pesimismo que nos rodea. En particular, gracias a que está escrito de una manera que sólo puede calificarse como desbordante. Eggers ignora cualquier tipo de barrera narrativa y creativa con un prólogo enorme, digresiones continuas, y cualquier experimento que se le ocurra siempre que le sirva para su propósito: narrar su historia de la forma más amena, precisa y empática posible.
Esta suerte de Gran Gatsby suburbial y grunge ha terminado por convertirse en un clásico contemporáneo: fue elegido recientemente por The Times como el duodécimo libro más importante de la década, codeándose con Sebald, McEwan o Atwood. Sin embargo, no había sido publicado hasta este año en castellano, mientras las restantes obras de Eggers eran traducidas puntualmente. Realmente vale la pena: el que el momento que retrata tal vez fuera una época ilusoria o que sus ideas de fondo quizá se quedarán viejas pasado mañana —o tal vez fue anteayer» no empaña que se trata de verdadera literatura, de un testimonio de época que seguramente perdure.

lunes, diciembre 27, 2010

Nieve de otoño, Irène Némirovsky

Trad. José Antonio Soriano Marco. Salamandra, Barcelona, 2010. 96 pp. 10 €

José Morella

Lo que más me impresiona de Némirovsky es que desde muy joven supiera que la verdad es un pececillo huidizo que no vamos capturar jamás (sin que eso signifique que no exista o que Némirovsky no creyera en su existencia, cosas sobre las que no tengo la menor idea). Nieve en otoño no tiene como tema la Revolución del 17, ni el París de los exiliados, ni la vejez, ni la nostalgia. El tema es, creo yo, cómo todas esas cosas, al miralas, se vuelven el pececillo que huye.
Vemos lo que pasa a través de Tatiana, una niñera que lleva toda su vida criándole los hijos a una misma familia aristocrática rusa por la que siente devoción. Cuando lleguen los rojos y la familia se vea diezmada y obligada al exilio, podremos ver a la vieja Tatiana de un modo muy diferente dependiendo de nuestra idiosincrasia de lectores, nuestras ideas políticas, nuestra sensibilidad y muchas otras variables. La veremos fiel o reaccionaria, estúpida o sabia, ilusa o positiva, tozuda o tenaz, pero nos resultará difícil arriesgar un juicio sobre el personaje si no queremos que sea, perdón por la redundancia, un juicio arriesgado. En lugar de verdades Némirovsky coloca, desperdigadas por el texto, pequeñas frases o detalles que sirven de minúsculas puertas, dedos indicadores que apuntan a facetas de la verdad pero que para nada lo son. Por ejemplo: poco antes de que tengan que salir pitando para Odesa, el cabeza de familia, al que Tatiana crió y al que quiere como un hijo propio, le riñe por no mandar tapar unos agujeros por los que se cuelan las cucarachas, aduciendo que eso es muy poco higiénico. La vieja niñera responde: «Sabes muy bien que es señal de prosperidad». Ese es el tipo de frase que nos señala, de un modo indirecto y contundente a la vez, por rara que parezca la combinacion de adjetivos, una de las piezas del motor de la narración: se diría que sólo en una sociedad insoportablemente desigual puede cristalizar un meme cultural que diga que las cucarachas son señal de riqueza, salud y prestigio. Los pobres son tantos y su pobreza tan aguda que jamás les dura un alimento lo suficiente como para que aparezca por allí cucaracha alguna. Cuando comen algo no dejan caer migas para ningún bicho. Ese tipo de marcas existen en las sociedades donde la desigualdad se ve a simple vista. Todavía hoy, en China, por ejemplo, la gente no quiere tomar el sol: estar moreno es de campesinos. La expresión equivalente en español es “trabajar de sol a sol”. A nosotros también nos pasó lo mismo.
Sólo en sociedades tan desiguales hay revoluciones tan crueles, pero para explicar esto a Némirovsky no le sirven perogrulladas de causas y efectos. Ella sabía que entre la desigualdad de la sociedad rusa y la crueldad bolchevique no hay una relación tan reduccionista y cartesiana como la de causa y efecto. Se trata más bien de dos manifestaciones de una misma cosa mucho más compleja y grande de lo que alcanza a comprender una persona. Solidifican, eso sí, en un cristal precioso para alegría de los lectores; en un personaje estupendo, contradictorio como nosotros, verdadero, ahora sí, y denso: la vieja Tatiana.
Antes de que Tatiana se reencuentre con sus amos en Odesa y viaje a París (donde jamás entenderá nada, no se adaptará y será tratada con un creciente fastidio por la familia a la que tanto adora) Némirovsky nos ofrece un crudísimo intercambio entre la niñera y el cocinero Antipas, un borracho que en la noche de su muerte se muestra comprensivo con los jóvenes revolucionarios («Bastante nos han chupado la sangre esos malditos cerdos, esos sucios barin»), y a la vez aúlla de nostalgia por su amo, uno de los cerdos que acaba de criticar: «!Alexánder Kirilóvich¡ ¿Por qué nos dejaste, barin?» Igual que Tatiana, Antipas representa la desorientación absoluta en la que quedan los siervos. Están en tierra de nadie. Sienten ternura y agradecimiento por no haber vivido en la más sucia miseria, pero al mismo tiempo algunos toman conciencia de haber sido esclavos. Tatiana parece no darse cuenta nunca de ello, pero yo creo (y esto es puro producto de mi mente torpe, que siempre interpreta un punto de más) que a Tatiana la acaba de matar un golpe de conciencia, el primero, último y único de su vida, que se cuela entre los pensamientos de su demencia senil. Una vaga, no verbalizable y dolorosa conciencia de haber sido usada. Una conciencia de clase, al fin y al cabo. Antes de eso añorará, mientras su mente y su cuerpo se deterioran, las antiguas fiestas en Moscú en las que los jóvenes se adentraban en el bosque por las noches con criados que los precedían con antorchas. Las criadas de París, en cambio, los abandonan una tras otra porque no soportan a una gente que «vive de noche, duerme de día y deja los platos sucios encima de los muebles». Es decir, (y esto tampoco lo dice Némirovsky) acostumbrados a tratar a los criados casi como objetos que están allí para ellos de un modo automático y maquinal. La vieja Tatiana no se acostumbra a los techos bajos de París, ni a la oscuridad de las casas. Lo ve todo lúgubre. Pero no lo es tanto. La comparación que le nubla la vista es haber sido testigo de cómo viven los indeciblemente ricos: ahora lo normal le parece poco. Echa de menos la mansión, los ventanales, la luminosidad, los grandes salones, las noches de fiesta con 50 músicos que caben en el interior de una de las galerías de la casa. Echa de menos la desigualdad a cuya sombra se cobijó toda su vida. Ella, sin embargo, será más víctima de la Revolución que los demás personajes. Toda la familia acaba adaptándose a París. Los barin le dan sentido a su nueva vida. Escuchan jazz, pasean por el Bois de Boulogne, se besan con jóvenes a escondidas, se transforman poco a poco. Tatiana no podrá.