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miércoles, diciembre 08, 2010

El sueño del celta, Mario Vargas Llosa

Alfaguara, Madrid, 2010. 454 pp. 22 €

Care Santos

Irlandés de nacimiento, diplomático inglés, comprometido con las injusticias que el colonialismo belga -bajo el mandato de Leopoldo II- cometió en el Congo y más tarde con la explotación de una multinacional inglesa en la selva peruana, autor de unos diarios escandalosos y tal vez falsos, Roger Casement era, antes de que Vargas Llosa se fijara en él, un personaje casi desconocido. Y ello a pesar de la biografía que le dedicó Brian Inglis -inédita en España-, de su espeluznante estudio sobre el Congo, publicado en nuestro país por Ediciones del Viento (La tragedia del Congo, donde el trabajo aparece junto a otro de Arthur Conan Doyle y un breve texto de Mark Twain) o de las alusiones que se hacen a él en la biografía de Joseph Conrad, firmada por John Stape.
Ahora, después de que la concesión del premio Nobel a su autor forzara a adelantar la publicación del libro y de que las televisiones nos hayan mostrado el proceso de impresión de una novela de cifras millonarias, Roger Casement conoce un postrero e inesperado momento de gloria. Desde luego, la peripecia vital de este personaje controvertido, que la pluma de Vargas Llosa nos muestra tan apasionado como cargado de contradicciones, interesará a un amplio espectro de lectores. La acción arranca en la cárcel inglesa donde Casement espera la condonación de su sentencia de muerte. En las primeras páginas, el personaje inicia la rememoración de su biografía al mismo tiempo que trata de mantener viva la mínima esperanza que le mantiene aferrado a este mundo. Apenas tiene contacto con unos pocos personajes -el sheriff, su prima o la intelectual Alice Stopford Green- y a través de ellos conoce los pormenores de un proceso que el lector sabe perdido de antemano, pero que no por ello pierde un ápice de intensidad. En paralelo, discurre la historia de su vida, cargada de emoción y dramatismo. El relato de las atrocidades que el rey belga cometió en el Congo sólo queda eclipsado por el de los desmanes perpetrados por la Peruvian Company en las selvas de Iquitos. La narración, además del empeño de un solo hombre por denunciar las calamidades que parecían más irremediables, da cuenta -una vez más en la obra del Nobel peruano- del alcance de la crueldad humana. Vargas Llosa sigue los pasos de la agitada biografía de Casement para helarnos la sangre con la descripción de las atrocidades cometidas en dos regiones tan distantes entre sí como el Congo o la Amazonía peruana, pero unidas por una codiciada materia prima: el caucho.
En el relato amazónico, que llega superado el ecuador de la historia, se halla la mayor intensidad de estas páginas. Vargas Llosa narra con buen pulso, con oficio, con agilidad, con emoción. Pasa de puntillas sobre las supuestas homosexualidad y pedofilia del protagonista, como si el asunto no le interesara, o como si le desviara de su verdadero objetivo, que es denunciar los males del mundo. A pesar de todo, las ambigüedades del personaje quedan bien reflejadas, y sin tapujos. Sólo al final, cuando se nos cuenta, acaso con demasiados pormenores, la lucha patriótica irlandesa de Casement -que Vargas utiliza para lanzar el mismo mensaje que ayer mismo repitió en la Academia Sueca: que los nacionalismos no conducen a nada o, por lo menos, a nada interesante-, pierde el relato algo de fuelle, aunque lo recupera en la estremecedora escena final.
Cerrado el libro, quedan algunas dudas. ¿Tenía necesidad Vargas Llosa de escribir una novela como ésta? No me refiero sólo a la necesidad histórica, literaria. Desde luego, para el lector que desee conocer estos hechos históricos, sin duda es más interesante consultar el material original, surgido de la mano del propio Casement. En ese sentido, es una estupenda noticia la publicación, el año que viene, de los controvertidos diarios del irlandés, que prepara Ediciones del Viento.
En cuanto a la necesidad literaria, qué duda cabe de que esta es una novela que ha obligado a su autor a una exhaustiva documentación, que por fuerza ha inlcuido numerosas lecturas y más de un viaje. Por no hablar de la recreación fiel de un personaje de enorme simbolismo histórico, no sólo para la lucha contra la injusticia, también para la independencia irlandesa. Y tanto esfuerzo, ¿para qué? ¿Para dar a conocer al gran público, ese que jamás leería un informe "técnico" publicado por una editorial independiente y pequeña, una figura digna de ser reivindicada? ¿Para aportar su granito de arena -o su montaña- a una buena causa? ¿Porque, con la edad, el autor de Los cachorros, acaso se sienta mejor entre estos mimbres épicos, históricos, grandilocuentes? ¿O porque donde más feliz es, como alguna vez ha dicho, es entre los anaqueles atestados de las bibliotecas donde se documenta?
Sea como sea, soy de la opinión de que el esfuerzo merece la pena. Puede que no se trate del Vargas Llosa de La casa verde, Pantaleón y las visitadoras o de Los cachorros, sino de otro más asentado, menos espontáneo, más curtido por el oficio, más pesimista, más dado a la exageración y, en definitiva, más viejo, pero leerle sigue siendo un festín, tanto para sus lectores de siempre como para los que lleguen atraídos por el asunto histórico, el carisma del héroe, lo ignoto del tema o el relumbrón del Nobel. Y esa capacidad de resistencia al paso del tiempo es algo de lo que muy pocos novelistas pueden presumir.

miércoles, mayo 14, 2008

Las vidas de Joseph Conrad, John Stape

Trad. Ramón Vila. Lumen, Barcelona, 2007. 544 pp. 22,90 €

Alberto Luque Cortina

Sobre Joseph Conrad (1857-1924) se ha escrito mucho. Él mismo dejó su testamento autobiográfico en sendas obras: El espejo del mar y Crónica personal, visiones muy personales de cómo Conrad se veía o quería que le vieran, y que no fueron sino el inicio de algunas deformaciones propiciadas a continuación por sus primeros biógrafos, y por aquellos otros de segunda generación que intentaron subsanar, a veces con notable inventiva, las lagunas de la vida del autor.
Como es sabido, Conrad nació en Berdichev, una población de mayoría polaca bajo dominio ruso que hoy pertenece a Ucrania. Su nombre bautismal fue Józef Teodor Konrad Korzeniowski, nombre que con buen criterio comercial cambiaría por el de Joseph Conrad al obtener la ciudadanía británica. Una infancia trashumante y desventurada le llevó, en su juventud, a enrolarse en numerosos barcos, en los que surcó buena parte de los océanos en su deseo, nunca satisfecho, de hacer carrera en la marina mercante. Sus experiencias le sirvieron para escribir sus primeras obras, algunas de las cuales se encuentran entre las grandes novelas inglesas de todos los tiempos, hecho doblemente meritorio para quien, nacido polaco, su segunda lengua de adopción fue la francesa.
La carrera literaria de Conrad estuvo llena de altibajos: a pesar del respaldo mayoritario de la crítica, su obra, salvo en casos puntuales, nunca obtuvo la masiva aceptación del público. Hoy sus libros tienen una gran aceptación y su influencia en otros autores es más que patente. Suele suceder que, cegados por el brillo de la creación, se tiende a iluminar las vidas de sus creadores, en la falsa presunción de que sus vidas deben estar a la altura de sus obras, pero se olvida que esto no es así y que, incluso, las obras de estos pueden ser muy irregulares. En el caso de Conrad la confusión es mayor, si cabe, pues tiñó sus relatos con experiencias personales, de los cuales algunos entusiastas biógrafos dedujeron lances extraordinarios, peligrosas aventuras, y amores imposibles.
En este sentido, la biografía de John Stape es muy clarificadora, no sólo porque aporta nuevos materiales, como algunas cartas inéditas, sino también porque realiza un esfuerzo por diseccionar el personaje de carne y hueso basándose en los hechos, no en las hipótesis. Surge así un perfil no siempre favorecedor: el Conrad maduro es un hombre quejicoso, abrumado por sus deudas, reales o ficticias, y con tendencia a la depresión. El Conrad juvenil es, sin embargo, menos nítido, ya que Stape, con buen criterio, se limita a exponer los hechos comprobados y evita las conjeturas. Así, sucesos como el intento de suicidio del entonces joven escritor permanecen irresueltos, mientras que otros quedan descartados, tal es el caso del contrabandeo de armas para los carlistas, o aparecen con una nueva luz: al parecer Conrad nunca apoyó a Roger Casement, el defensor de la causa africana, de quien aseguró que era «un hombre sin ideas».
Frente a las brumas de la juventud, la madurez Conrad queda ampliamente dilucidada gracias a la abundante correspondencia aquí incluida, que constituye uno de los pilares de esta obra. Más allá de sus relaciones, a veces conflictivas, con otros escritores como Henry James, Stephen Crane, H. G. Wells, Ford Madox Ford, J. M. Barrie, T. S. Eliot o Cunninghame Graham, entre otros, es particularmente esclarecedor el proceso creativo de Conrad (es sabido que novelas voluminosas como Lord Jim, El Agente Secreto o Nostromo, comenzaron siendo breves relatos). Sus vacíos creativos, su incapacidad para cumplir con los plazos de entrega impuestos por su agente, sus decepciones y sus expectativas casi nunca satisfechas ofrecen un panorama muy interesante de la trastienda de la creación literaria, de sus brillos y sus sombras.
En definitiva, un libro riguroso, bien escrito, ameno; muy recomendable para los numerosos seguidores de Conrad y para aquellos interesados en las estepas grises que a veces constituyen el único paisaje del oficio de escritor.

jueves, abril 12, 2012

Un puesto avanzado del progreso, Joseph Conrad

Trad. prol. e ilust. Federico Villalobos. Ed. Traspiés, Granada, 2011. 61 pp. 15,80 €

Ángeles Prieto

Hace ya cinco años, en el 2007, tuve la fortuna de leer Las vidas de Joseph Conrad de John Stape, una magnífica y deslumbrante biografía en 550 páginas, elaborada por uno de los principales especialistas en su vida y obra. Estudio fundamental e imprescindible para entender e iluminar toda su producción, un legado que hemos de estudiar con perspectiva, puesto que fue Conrad quien como una bisagra cerró las puertas de la narración decimonónica anglosajona, para abrirnos aquellas otras de la actual, felizmente inaugurada por autores como James Joyce, Virginia Woolf o Thomas Beckett, quiénes no hubieran dado esos revolucionarios avances sin haber leído antes al autor de Lord Jim.
Recordando esa biografía, he podido disfrutar mucho más de esta pieza breve de Józef Teodor Konrad Korzeniowski que la editorial Traspiés ahora rescata, sin duda obra maestra del relato, porque con ella nos vamos adentrar sintéticamente en las cuatro o cinco ideas generales, muy bien definidas, que se despliegan a lo largo de la producción del genio polaco. En primer lugar, su profundo pesimismo sobre la condición humana, que se desarrolla aquí con una economía de medios densa y profunda, irónica y sin concesiones, coronando el cuento con una brutal escena final: El horror, el horror, que diría Kurtz.
Después, destacaremos en este relato el cuestionamiento serio que realizó Conrad sobre el carácter civilizador de la colonización europea, indiscutible pilar de la Inglaterra victoriana. Dado que con esta obra estaremos, ni más ni menos, ante un primer esbozo conseguido de lo que luego sería El corazón de las tinieblas, una de las cien mejores novelas de todos los tiempos, sin duda parte del llamado canon literario occidental. Puesto que la experiencia dura de Conrad como capitán de un vapor en el Congo belga, donde estuvo a punto de morir por las graves fiebres contraídas, más las denuncias que sobre la colonización belga efectuara entonces su amigo, el diplomático irlandés Roger Casement, fueron aprovechadas para componer tanto aquella novela inmortal como este incisivo relato.
Es por ello que muchos de los elementos presentes en la mítica novela los encontraremos aquí: la misma naturaleza indómita y salvaje, idéntica crueldad en el gerente de la compañía y las complicadas relaciones con los indígenas, motivadas únicamente por la obtención de marfil, nunca para educarlos, instruirlos y mejorar sus condiciones de vida, como el discurso colonizador victoriano ostentaba y pretendía. Ni siquiera faltaría en este cuento el mítico Kurtz si lo identificamos con el anterior gerente de la compañía, bajo su simbólica pero más que elocuente cruz de tumba.
Pero hay mucho más en este relato: la dualidad que nos caracteriza entre la luz y las tinieblas, nuestra tendencia innata, aunque soterrada, a la locura y a los impulsos agresivos que en un entorno hostil se ponen de manifiesto y por supuesto, el definitivo triunfo de la muerte.
Aunque además, no todo el provecho que podamos obtener con esta narración se la vamos a deber a Conrad, sino también y especialmente a un Federico Villalobos tan eficaz, que me costaría mucho decidir qué trabajo realiza con más brillantez: Si la estupenda traducción, el imprescindible prólogo o las magníficas e irónicas ilustraciones que, en blanco y negro como no podía ser de otra manera, otorgan mucha más vida aún a esta deslumbrante, apasionante y lúcida reflexión sobre nuestra propia naturaleza.