martes, octubre 28, 2008

El documento Saldaña, Pedro de Paz

Planeta, Barcelona, 2008. 425 pp. 19,95 €.

Miguel Baquero

Hasta donde yo llego, que tampoco es mucho, fue Robert Louis Stevenson quien formuló, en su forma moderna, el mito que pronto paso a convertirse en un universal. Hablo del mito de la isla del tesoro. La historia se inicia con un viejo documento, descubierto de pronto a la muerte de alguien que lo ha estado custodiando todo aquel tiempo; en dicho documento se encuentran las claves para encontrar un botín famoso, casi legendario, el no va más de los tesoros. Sobre esta base, se amalgaman otros elementos accesorios como “los malos” (por lo general, de aspecto grotesco) que quieren apoderarse de las riquezas que, nadie sabe por qué, todos damos por hecho que están destinadas a ser de “los buenos”; o como el hombre, por lo común joven o al menos muy poco picardeado por el mundo, y desde luego bien parecido, que ha de hacer uso de todo su ingenio y todos sus recursos para descifrar el misterio que conduce al tesoro, el cual pasa a constituirse, al fin, en su recompensa por haber escapado con vida de todos los peligros. Esta es la base de La isla del tesoro, sobre poco más o menos, y lo que la ha convertido en una de las obras fundamentales de la Literatura universal. Fundamental porque en ella está todo y porque, a partir de ella, se han llevado a cabo múltiples variantes (por lo común, de forma inconsciente).
La más famosa de estas variaciones ha sido, sin duda, El código Da Vinci, éxito comercial sin precedentes. El código… no es sino una adaptación del mito formulado por Stevenson. El principal valor de la novela de Dan Brown radica en que el tesoro que buscan los protagonistas no consiste en joyas, monedas, diamantes metidos en un cofre, sino que es algo relacionado con un secreto que ampliará nuestro conocimiento. De esta manera, el lector siente que lo que hay al final del camino, de la aventura, de las páginas, de alguna manera redundará en su propio beneficio, y no dudo que fue por este afán de acceder al tesoro por lo que, en todo el mundo, la gente se lanzó como fieras a por la obra, pasando por alto su valor literario y no importándoles que, al fin, lo que se desvelaba estuviese muy cercano a la obviedad. Los lectores ya se habían hecho a la idea de que al final iban a encontrar realmente un tesoro y poco les costó conformarse con una baratija. Ésta fue, en fin, la variación (genial, desde el punto de vista del marketing) que introdujo Dan Brown en la vieja historia de La isla del tesoro.
Una historia, quién lo duda, tan atractiva, tan profunda y radicalmente literaria, que sigue (y seguirá indefinidamente) produciendo versiones. La última es El documento Saldaña, de Pedro de Paz. En ella se encuentra todo lo básico e imprescindible para echar a rodar el mito: una muerte que lo desencadena todo, un viejo pergamino con la clave, un tesoro mítico, unos acertijos que resolverán el misterio, unos malos que quieren hacerse igualmente con el botín. Desde este condicionamiento, hay que observar que, por ejemplo, el nivel literario de De Paz, sin llegar, obviamente, al formulador del mito, al genio Stevenson, es casi infinitamente superior al de Dan Brown: El documento Saldaña está, de hecho, muy bien escrito, con unas descripciones muy cuidadas, unos diálogos convincentes y un ritmo sostenido y trepidante. En este sentido, es una buena y recomendable novela de aventuras.
En cuanto a la variación que introduce en el mito me parece también interesante. En El documento Saldaña, el buscador del tesoro (a quien en los últimos tiempos acompaña una chica) no es un personaje del todo inocente, sino que es algo así como un matón a sueldo. Su corazón es bueno, porque sin eso no podría armarse la fábula, pero su naturaleza está muy cercana a la del malo (en El documento Saldaña, el malo no tiene, eso resulta imposible, la altura literaria de un Long John Silver, pero tampoco es el ridículo Silas de El Código…, a quien, para que resulte odioso, Dan Brown recurrió a hacerle del Opus). El malo en la novela de De Paz es un mafioso ruso, y la escena final (tranquilos, no voy a destripar nada) en que dicho mafioso le hace ver al héroe que no son tan distintos, que la única diferencia entre ellos es que uno se refugia tras un escudo moral y el otro no, es, sin duda, lo mejor de esta novela y una variación de ley y bastantes quilates sobre el viejo y eterno mito.