viernes, diciembre 10, 2010

La banda de los corazones sucios. Antología del cuento villano, VV.AA.

Selec. y Prol. Salvador Luis. Baladí, Madrid, 2010. 283 pp. 21 €

Pablo Mazo Agüero
firma invitada *

Advertía Screwtape, el diablo de C. S. Lewis, que el camino más seguro al infierno, antes que una súbita caída, es un deslizamiento gradual y progresivo; «la suave ladera, blanda bajo el pie, sin giros bruscos, mojones ni señalizaciones». Ténganlo en cuenta si se animan con esta banda de los corazones sucios, que ya desde su mismo prólogo garantiza un «contenido ominoso», pues a partir de ahí no podremos sino dejarnos caer de relato en relato hasta despeñarnos jovialmente entre bajos instintos y buena literatura.
Salvador Luis ha reunido en este volumen catorce cuentos con sus correspondientes villanos, y sus cómplices en este empeño han sido Jon Bilbao, Antonio Ortuño, Mariana Enríquez, Vicente Luis Mora, Alberto Chimal, Marian Womack, Juan Terranova, Sergi Bellver, Matías Candeira, Rocío Silva Santisteban, Juan Carlos Márquez, Leonardo Cabrera, Lara Moreno y Javier Payeras. Una extraordinaria selección de autores para invitarnos a echar un vistazo al abismo, de la que se pueden destacar varios aciertos: los textos inéditos —ambos tremendos— de autores con una sólida trayectoria en el panorama del relato español actual como Jon Bilbao o Juan Carlos Márquez; la presencia de autores hispanoamericanos menos conocidos por estos pagos pero a los que queremos seguir encontrándonos, como Mariana Enríquez, Alberto Chimal, Juan Terranova y otros; el descubrimiento para muchos de las virtudes narrativas de Marian Womack o Sergi Bellver
Si la nómina de autores es seductora, la de los villanos no le va a la zaga: por ahí desfilan célebres psicópatas históricos —el Petiso Orejudo, Josef Fritzl, Albert Fish— y ficcionales —Norman Bates—; celosos policías de fronteras y ex-comandantes nazis escondidos en el corazón de la selva amazónica; dictadores de los puestos por la CIA o de esos otros a los que les ponían los salmones. Barba Azul y el Doctor Octopus. Y el mismísimo Dios —el del Antiguo Testamento, el que no está por encima del Bien y del Mal y, desde luego, no es Amor—.
Los temas que surgen al paso de estas malas compañías van desde la reflexión sobre los límites entre la «normalidad» y la locura, o la fragilidad de las convenciones sociales, hasta el origen del mal y su potencia seductora. Hay también lugar para el ajuste de cuentas, para el perdón y para una buena dosis de humor negro. El resultado es una notable y desenfadada muestra del mejor cuento hispano actual, y una jugosa y recomendable lectura.


* Pablo Mazo Agüero (Santander, 1977) ha realizado estudios de Periodismo y Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid y la UNED. Es autor de diversos trabajos de investigación relacionados con el ámbito de la comunicación, la literatura y el cine, y actualmente es editor en Salto de Página.

jueves, diciembre 09, 2010

Aquelarre. Antología del cuento de terror español actual, VV.AA.

Salto de Página, Madrid, 2010. 416 pp. 22 €

David Vicente

Conviene, creo, antes de abordar la crítica de este libro, aclarar dos cosas. Primera, desconfío por norma de las antologías, al igual que desconfío de los recopilatorios de música por Navidad. Casi siempre responden más a intereses comerciales que a proporcionar a los lectores literatura de calidad. Segunda, nunca he sido un fanático del género de terror. No digamos ya un entendido.
Con estas dos confesiones por delante y deshabilitado, probablemente, para afrontar con rigor esta reseña, podemos continuar.
Si bien nunca he sido, como decía, un apasionado de este género, considero que tanto éste, como cualquier otro, en ningún caso son literatura de segunda fila. Es más, creo que la mayor parte de las grandes obras de la literatura universal se encuentran, de uno u otro modo, adscritas a muchos de los llamados géneros populares.
El de terror cuenta además con una ventaja sobre el resto: nunca pasa de moda. También con un inconveniente: nunca pasa de moda. Por el lado de lo comercial, sabe que siempre encontrará un público fiel. Por el contrario, del lado del creador (en este caso el escritor), es difícil reinventar y ofrecer algo nuevo dentro de un campo tan trillado a lo largo de los siglos (no olvidemos que los primeros cuentos orales alrededor de un fuego ya utilizaban el espanto como principal reclamo).
Sin embargo, Antonio Rómar y Pablo Mazo nos garantizan en el prólogo que presenta la antología que lo que encontraremos dentro de sus páginas será el mismo terror de siempre, pero renovado por completo. “Sin duda una estrategia de venta”. “Un prólogo más que pasa la mano por el lomo del autor (autores, en este caso)”… No sabía hasta que punto estaba equivocado.
Aquelarre es una exquisita selección de cuentos de terror de autores españoles en su mayoría publicados anteriormente en otras tantas antologías o libros particulares, apenas 7 de los 24 son inéditos (lo que desde luego no le resta ni un ápice de mérito a los editores). También, como nos habían prometido Antonio y Pablo, es una selección de cuentos que “indaga en lo terrorífico apoyándose en la tradición, pero con una mirada que presenta a los lectores de hoy algo más que una simple revisión de los tópicos del género”.
En sus páginas podemos encontrar guiños a muchos de sus practicantes más ilustres, como Poe (Gatomaquia), Stephen King (La mancha) o H.P. Lovecraft (La luz encendida). También los clásicos fantasmas (Carroñeros del miedo o Circulo Polar Ártico), vampiros (Caries o Nox Una) o zombies (Mascarilla), y, por supuesto, todo tipo de terror psicológico al más puro estilo Hitchcok (Instantáneas o El ángulo del horror)… Siempre desde el personalísimo punto de vista de cada uno de los autores que componen esta antología y envueltos dentro de unas claves que proporcionan una vuelta de tuerca, esta vez de verdad, a lo que ya todos conocíamos.
Pero sobre todo lo que podemos encontrar en Aquelarre es una exquisita selección de relatos, más allá del género al que pertenezcan.
Es difícil que dentro de un conjunto de cuentos, con independencia de si pertenece a un solo autor o a varios, no haya ni una sola falla. Casi imposible. Éste es el caso. En Aquelarre el lector sólo encontrará tres tipos de relatos: los buenos, los muy buenos y los excelentes. Simplemente Los arácnidos de Félix J. Palma o Medusas de Ismael Martínez Biurrun serían suficientes para justificar la compra de este libro sin más argumentos, por poner dos ejemplos más que notables. Impagable, sin destrozar nada al lector, la relación entre esa abuela/araña y su avaricioso nieto; o la tensión contenida (y posteriormente desbocada) entre el viejo pescador de medusas y el joven matrimonio anclado en la rutina. Por no hablar del cuento de Norberto Luis Romero, El banquete del señorito, a caballo entre la mofa y lo grotesco, pero inquietante como pocos. Y aquí paro, prefiero que descubran ustedes lo que se encontrarán dentro.
En definitiva, un libro redondo y, créanme, no se encuentran muchos en los estantes de las librerías, que reivindica el terror, el cuento, y sobre todo la buena literatura.
Volviendo al comienzo, creo recordar que empezaba este artículo mostrando mi desconfianza hacia las antologías y mi falta de pasión por el género de terror. Se me olvidó decir que eso era antes de haber leído Aquelarre. Después de su lectura, mi desconfianza ha decrecido y, si no un fan, el terror ha ganado un adepto.
Y desde luego, como antes, sigo empeñado en creer que muchas de las grandes obras de la literatura se encuentran adscritas en los géneros más populares. Aquelarre es una prueba de ello. Así que, a asustarse toca.

miércoles, diciembre 08, 2010

El sueño del celta, Mario Vargas Llosa

Alfaguara, Madrid, 2010. 454 pp. 22 €

Care Santos

Irlandés de nacimiento, diplomático inglés, comprometido con las injusticias que el colonialismo belga -bajo el mandato de Leopoldo II- cometió en el Congo y más tarde con la explotación de una multinacional inglesa en la selva peruana, autor de unos diarios escandalosos y tal vez falsos, Roger Casement era, antes de que Vargas Llosa se fijara en él, un personaje casi desconocido. Y ello a pesar de la biografía que le dedicó Brian Inglis -inédita en España-, de su espeluznante estudio sobre el Congo, publicado en nuestro país por Ediciones del Viento (La tragedia del Congo, donde el trabajo aparece junto a otro de Arthur Conan Doyle y un breve texto de Mark Twain) o de las alusiones que se hacen a él en la biografía de Joseph Conrad, firmada por John Stape.
Ahora, después de que la concesión del premio Nobel a su autor forzara a adelantar la publicación del libro y de que las televisiones nos hayan mostrado el proceso de impresión de una novela de cifras millonarias, Roger Casement conoce un postrero e inesperado momento de gloria. Desde luego, la peripecia vital de este personaje controvertido, que la pluma de Vargas Llosa nos muestra tan apasionado como cargado de contradicciones, interesará a un amplio espectro de lectores. La acción arranca en la cárcel inglesa donde Casement espera la condonación de su sentencia de muerte. En las primeras páginas, el personaje inicia la rememoración de su biografía al mismo tiempo que trata de mantener viva la mínima esperanza que le mantiene aferrado a este mundo. Apenas tiene contacto con unos pocos personajes -el sheriff, su prima o la intelectual Alice Stopford Green- y a través de ellos conoce los pormenores de un proceso que el lector sabe perdido de antemano, pero que no por ello pierde un ápice de intensidad. En paralelo, discurre la historia de su vida, cargada de emoción y dramatismo. El relato de las atrocidades que el rey belga cometió en el Congo sólo queda eclipsado por el de los desmanes perpetrados por la Peruvian Company en las selvas de Iquitos. La narración, además del empeño de un solo hombre por denunciar las calamidades que parecían más irremediables, da cuenta -una vez más en la obra del Nobel peruano- del alcance de la crueldad humana. Vargas Llosa sigue los pasos de la agitada biografía de Casement para helarnos la sangre con la descripción de las atrocidades cometidas en dos regiones tan distantes entre sí como el Congo o la Amazonía peruana, pero unidas por una codiciada materia prima: el caucho.
En el relato amazónico, que llega superado el ecuador de la historia, se halla la mayor intensidad de estas páginas. Vargas Llosa narra con buen pulso, con oficio, con agilidad, con emoción. Pasa de puntillas sobre las supuestas homosexualidad y pedofilia del protagonista, como si el asunto no le interesara, o como si le desviara de su verdadero objetivo, que es denunciar los males del mundo. A pesar de todo, las ambigüedades del personaje quedan bien reflejadas, y sin tapujos. Sólo al final, cuando se nos cuenta, acaso con demasiados pormenores, la lucha patriótica irlandesa de Casement -que Vargas utiliza para lanzar el mismo mensaje que ayer mismo repitió en la Academia Sueca: que los nacionalismos no conducen a nada o, por lo menos, a nada interesante-, pierde el relato algo de fuelle, aunque lo recupera en la estremecedora escena final.
Cerrado el libro, quedan algunas dudas. ¿Tenía necesidad Vargas Llosa de escribir una novela como ésta? No me refiero sólo a la necesidad histórica, literaria. Desde luego, para el lector que desee conocer estos hechos históricos, sin duda es más interesante consultar el material original, surgido de la mano del propio Casement. En ese sentido, es una estupenda noticia la publicación, el año que viene, de los controvertidos diarios del irlandés, que prepara Ediciones del Viento.
En cuanto a la necesidad literaria, qué duda cabe de que esta es una novela que ha obligado a su autor a una exhaustiva documentación, que por fuerza ha inlcuido numerosas lecturas y más de un viaje. Por no hablar de la recreación fiel de un personaje de enorme simbolismo histórico, no sólo para la lucha contra la injusticia, también para la independencia irlandesa. Y tanto esfuerzo, ¿para qué? ¿Para dar a conocer al gran público, ese que jamás leería un informe "técnico" publicado por una editorial independiente y pequeña, una figura digna de ser reivindicada? ¿Para aportar su granito de arena -o su montaña- a una buena causa? ¿Porque, con la edad, el autor de Los cachorros, acaso se sienta mejor entre estos mimbres épicos, históricos, grandilocuentes? ¿O porque donde más feliz es, como alguna vez ha dicho, es entre los anaqueles atestados de las bibliotecas donde se documenta?
Sea como sea, soy de la opinión de que el esfuerzo merece la pena. Puede que no se trate del Vargas Llosa de La casa verde, Pantaleón y las visitadoras o de Los cachorros, sino de otro más asentado, menos espontáneo, más curtido por el oficio, más pesimista, más dado a la exageración y, en definitiva, más viejo, pero leerle sigue siendo un festín, tanto para sus lectores de siempre como para los que lleguen atraídos por el asunto histórico, el carisma del héroe, lo ignoto del tema o el relumbrón del Nobel. Y esa capacidad de resistencia al paso del tiempo es algo de lo que muy pocos novelistas pueden presumir.

martes, diciembre 07, 2010

Encanto y desencanto de un hombre sin gracia, Andrés Portillo

Isla del náufrago, Segovia, 2010. 210 pp. 13 €

Ignacio Sanz

Se trata de la primera novela de Andrés Portillo, nacido en Madrid en 1967. También es la primera novela que publica esta pequeña editorial cibernética que es Isla del náufrago. La leí de un tirón. Al final, casi luchando contra el sueño. Es que no podía parar. De esas veces en las que uno se siente atrapado por la trama que te empuja a seguir.
El título es muy revelador. El hombre que cuenta su propia historia no está dotado de ninguna gracia especial, más bien al contrario, es uno de esos individuos que se hacen transparentes, en los que nadie repara, carente de carisma, un individuo que por momentos podría parecer estulto. No tiene un alto concepto de sí mismo. Su vida tampoco es que haya estado salpicada de grandes acontecimientos. La grisura se ha adueñado de él, pegado a una madre que quedó viuda recién casada; atrás quedó la figura de un padre que se suicidó antes de que el hijo naciera. Todo ello le arrastra a una vida monótona, ramplona en la que no ha habido ningún acontecimiento digno de tal nombre.
Pero, de pronto, y ahí es donde arranca la novela escrita en primera persona: «Por aquel entonces yo era un hombre gris y sin gracia. Sin embargo, inesperadamente, la chica más guapa del baile se fijó en mí». Esa chica se llama Paula y es la protagonista de la historia junto con Camilo, el narrador.
A partir de este primer párrafo el lector asiste con asombro a una historia que resulta chocante al principio, pero verosímil, porque la vida se ha encargado de aleccionarnos al respecto, una historia contada con nervio, que avanza poco a poco ante el estupor del lector que se siente cautivo de esa relación que ha comenzado en el baile entre el narrador, un hombre de cuarenta años y la muchacha espléndida y cautivadora de veintitrés. Las escenas de sexo salpican las páginas y la historia se va enredando con la presencia de personajes secundarios perfectamente dibujados, desde el ex novio de Paula, un tipo marginal y violento enganchando a las drogas, hasta Sara, su compañera de trabajo en una tienda de ropa de la calle Goya.
Posiblemente la eficacia del estilo resulte decisiva. Y digo eficacia, que no brillantez. Abundan las frases cortas, casi eléctricas, así como los cambios de escenario y los diálogos especialmente convincentes cuando llegan las discusiones y los desencuentros violentos. Por supuesto que no voy a contar la trama y mucho menos el desenlace, pero el lector piensa que esta historia de arrebato y pasiones entre dos personajes tan dispares contiene el guión de una película.
Todo un descubrimiento Andrés Portillo que hasta ahora, por lo que dice la pestaña, sólo había publicado un libro de cuentos y al que, tras esta entrada triunfal en la novela, deseamos mucho éxito en sus futuras entregas.

lunes, diciembre 06, 2010

Nada es crucial, Pablo Gutiérrez

Lengua de Trapo, Madrid, 2010. 248 pp. 18,60 €

Emilio Ruiz Mateo

¿Qué pasa en esta novela de Pablo Gutiérrez? Pasa todo y no ocurre nada. Pasa lo de siempre: a Lecu y Magui, sus protagonistas, les cuesta vivir, se les hace difícil encontrar un paisaje que se acomode a su historia, una cama que les caliente la noche, una familia para el portarretratos. Pero nada más alejado de esta narración que una estructura de planteamiento-nudo-desenlace, no se atrapa al lector aquí por el avance de la historia, sino por la prosa aguda, quebradiza y sorprendente de Pablo Gutiérrez, que juega una y otra vez a doblar la esquina y cambiar de calle.
Gutiérrez irrumpió en las librerías en 2008 como lo suelen hacer las grandes obras: en voz baja pero progresivamente, reincidiendo en numerosas conversaciones entre los lectores más avispados con eso de “Acabo de leer una novela de un autor nuevo que me ha dejado con la boca abierta…”. Rosas, restos de alas (La Fábrica Editorial) vino a demostrar que había hueco para escribir de otra manera, que un título tan sugerente ocultaba lo que prometía: prosa poética, aventurarse en el lenguaje, otra forma de mirar los temas eternos. Si aquella primera novela se adentraba en la compleja mente de un ser en huida de sí mismo, Nada es crucial se mancha los pies en el extrarradio urbano, en unos años 80 que poco (nada) tienen que ver con “movidas” musicales y mucho con una marginación social poblada de jeringuillas, pobreza y vacío. Lecu y Magui, los únicos personajes que tienen nombre propio en la novela (los demás reciben apelativos que desmienten la siempre falsa distancia del narrador: el Sr. Alto y Locuaz, la Sra. Amable, Buenchico, el Hombre Raro) proceden de situaciones familiares que superan el adjetivo “desestructuradas”: lo suyo es más bien venir de la nada dolorosa, de historias personales con poca superficie de agarre.
Pablo Gutiérrez es capaz de construir una novela con un protagonista (Lecu) que no llega a construir una frase completa, de resumir la reinserción de un paria con una lata de albóndigas, de caracterizar a un personaje en un solo detalle (“gafas llovidas de motitas de dentífrico”) o cambiar de temporada con una sencilla sensación (el verano puede ser simplemente “salir a cenar sin secarse el pelo”). La grandeza de este escritor de poco más de 30 años y alejado de saraos y camarillas literarias (al único “grupo” al que pertenece es al de los mejores narradores jóvenes en español, según la revista Granta) reside en pequeños detalles como estos, pero también en arriesgadas apuestas narrativas a las que, a pesar de haber publicado sólo dos novelas, uno ya siente que nos tiene acostumbrados. Si en Rosas, restos de alas nos quedábamos boquiabiertos con aquella endiablada capacidad que tuvo para insertar un hecho de la actualidad más amarillista en un relato tan delicado como aquel, en Nada es crucial hay que esperar hasta las últimas páginas de la novela para que el milagro se produzca. Esquivando cualquier tentación de spoiler diremos que el giro que se produce en la voz del narrador al final de Nada es crucial es una de esas jugadas que todo escritor inquieto envidiaría. La extrañeza que a lo largo de la historia nos ha producido esa voz cobra sentido, y lo hace de la manera más sorprendente, demostrando que aún quedan piscinas a las que lanzarse de cabeza, y que a veces se acierta. Ni Nocilla, ni cinismo fácil ni impostura: aquí lo que hay es un escritor diferente, y eso bien merece una lectura. O dos.