martes, diciembre 07, 2010

Encanto y desencanto de un hombre sin gracia, Andrés Portillo

Isla del náufrago, Segovia, 2010. 210 pp. 13 €

Ignacio Sanz

Se trata de la primera novela de Andrés Portillo, nacido en Madrid en 1967. También es la primera novela que publica esta pequeña editorial cibernética que es Isla del náufrago. La leí de un tirón. Al final, casi luchando contra el sueño. Es que no podía parar. De esas veces en las que uno se siente atrapado por la trama que te empuja a seguir.
El título es muy revelador. El hombre que cuenta su propia historia no está dotado de ninguna gracia especial, más bien al contrario, es uno de esos individuos que se hacen transparentes, en los que nadie repara, carente de carisma, un individuo que por momentos podría parecer estulto. No tiene un alto concepto de sí mismo. Su vida tampoco es que haya estado salpicada de grandes acontecimientos. La grisura se ha adueñado de él, pegado a una madre que quedó viuda recién casada; atrás quedó la figura de un padre que se suicidó antes de que el hijo naciera. Todo ello le arrastra a una vida monótona, ramplona en la que no ha habido ningún acontecimiento digno de tal nombre.
Pero, de pronto, y ahí es donde arranca la novela escrita en primera persona: «Por aquel entonces yo era un hombre gris y sin gracia. Sin embargo, inesperadamente, la chica más guapa del baile se fijó en mí». Esa chica se llama Paula y es la protagonista de la historia junto con Camilo, el narrador.
A partir de este primer párrafo el lector asiste con asombro a una historia que resulta chocante al principio, pero verosímil, porque la vida se ha encargado de aleccionarnos al respecto, una historia contada con nervio, que avanza poco a poco ante el estupor del lector que se siente cautivo de esa relación que ha comenzado en el baile entre el narrador, un hombre de cuarenta años y la muchacha espléndida y cautivadora de veintitrés. Las escenas de sexo salpican las páginas y la historia se va enredando con la presencia de personajes secundarios perfectamente dibujados, desde el ex novio de Paula, un tipo marginal y violento enganchando a las drogas, hasta Sara, su compañera de trabajo en una tienda de ropa de la calle Goya.
Posiblemente la eficacia del estilo resulte decisiva. Y digo eficacia, que no brillantez. Abundan las frases cortas, casi eléctricas, así como los cambios de escenario y los diálogos especialmente convincentes cuando llegan las discusiones y los desencuentros violentos. Por supuesto que no voy a contar la trama y mucho menos el desenlace, pero el lector piensa que esta historia de arrebato y pasiones entre dos personajes tan dispares contiene el guión de una película.
Todo un descubrimiento Andrés Portillo que hasta ahora, por lo que dice la pestaña, sólo había publicado un libro de cuentos y al que, tras esta entrada triunfal en la novela, deseamos mucho éxito en sus futuras entregas.

lunes, diciembre 06, 2010

Nada es crucial, Pablo Gutiérrez

Lengua de Trapo, Madrid, 2010. 248 pp. 18,60 €

Emilio Ruiz Mateo

¿Qué pasa en esta novela de Pablo Gutiérrez? Pasa todo y no ocurre nada. Pasa lo de siempre: a Lecu y Magui, sus protagonistas, les cuesta vivir, se les hace difícil encontrar un paisaje que se acomode a su historia, una cama que les caliente la noche, una familia para el portarretratos. Pero nada más alejado de esta narración que una estructura de planteamiento-nudo-desenlace, no se atrapa al lector aquí por el avance de la historia, sino por la prosa aguda, quebradiza y sorprendente de Pablo Gutiérrez, que juega una y otra vez a doblar la esquina y cambiar de calle.
Gutiérrez irrumpió en las librerías en 2008 como lo suelen hacer las grandes obras: en voz baja pero progresivamente, reincidiendo en numerosas conversaciones entre los lectores más avispados con eso de “Acabo de leer una novela de un autor nuevo que me ha dejado con la boca abierta…”. Rosas, restos de alas (La Fábrica Editorial) vino a demostrar que había hueco para escribir de otra manera, que un título tan sugerente ocultaba lo que prometía: prosa poética, aventurarse en el lenguaje, otra forma de mirar los temas eternos. Si aquella primera novela se adentraba en la compleja mente de un ser en huida de sí mismo, Nada es crucial se mancha los pies en el extrarradio urbano, en unos años 80 que poco (nada) tienen que ver con “movidas” musicales y mucho con una marginación social poblada de jeringuillas, pobreza y vacío. Lecu y Magui, los únicos personajes que tienen nombre propio en la novela (los demás reciben apelativos que desmienten la siempre falsa distancia del narrador: el Sr. Alto y Locuaz, la Sra. Amable, Buenchico, el Hombre Raro) proceden de situaciones familiares que superan el adjetivo “desestructuradas”: lo suyo es más bien venir de la nada dolorosa, de historias personales con poca superficie de agarre.
Pablo Gutiérrez es capaz de construir una novela con un protagonista (Lecu) que no llega a construir una frase completa, de resumir la reinserción de un paria con una lata de albóndigas, de caracterizar a un personaje en un solo detalle (“gafas llovidas de motitas de dentífrico”) o cambiar de temporada con una sencilla sensación (el verano puede ser simplemente “salir a cenar sin secarse el pelo”). La grandeza de este escritor de poco más de 30 años y alejado de saraos y camarillas literarias (al único “grupo” al que pertenece es al de los mejores narradores jóvenes en español, según la revista Granta) reside en pequeños detalles como estos, pero también en arriesgadas apuestas narrativas a las que, a pesar de haber publicado sólo dos novelas, uno ya siente que nos tiene acostumbrados. Si en Rosas, restos de alas nos quedábamos boquiabiertos con aquella endiablada capacidad que tuvo para insertar un hecho de la actualidad más amarillista en un relato tan delicado como aquel, en Nada es crucial hay que esperar hasta las últimas páginas de la novela para que el milagro se produzca. Esquivando cualquier tentación de spoiler diremos que el giro que se produce en la voz del narrador al final de Nada es crucial es una de esas jugadas que todo escritor inquieto envidiaría. La extrañeza que a lo largo de la historia nos ha producido esa voz cobra sentido, y lo hace de la manera más sorprendente, demostrando que aún quedan piscinas a las que lanzarse de cabeza, y que a veces se acierta. Ni Nocilla, ni cinismo fácil ni impostura: aquí lo que hay es un escritor diferente, y eso bien merece una lectura. O dos.

viernes, diciembre 03, 2010

La ciudad desplazada, José María Conget

Pre-Textos, Valencia, 2010. 180 pp. 14,42 €

Miguel Sanfeliu

No somos pocos quienes sabemos que los libros de José María Conget no defraudan, que sus historias nos van a arrastrar a ese universo particular en el que se removerán nuestros propios recuerdos, nuestra juventud y nuestro mundo imaginario, tal es el efecto de su prosa, de los puentes que tiende con la ayuda del cine y de las lecturas compartidas. No somos pocos los que, ante la noticia de la publicación de un nuevo libro suyo, en este caso La ciudad desplazada (Editorial Pre-Textos), nos apresuramos a conseguirlo.
Recursos metaliterarios, personajes reales, referencias cinéfilas o literarias empapan el volumen de realidad, de credibilidad, componiendo un artefacto con varios niveles de lectura. José María Conget tiene un dominio absoluto del lenguaje, es un narrador con un estilo muy depurado, complejo en su estructura, pero sin oscuridades ni trucos rebuscados. Sus historias se precipitan con una oralidad hipnótica y sus personajes, pese a la brevedad, resultan entrañables y son capaces de marcarnos con sus vivencias, recordándolos mucho tiempo después de la lectura del libro, hablando de ellos como se habla de un conocido.
“Fútbol antiguo”, por sí solo, ya justificaría la lectura de este libro, y eso que no soy ningún aficionado a dicho deporte, pero esta semblanza al padre y a lo que un equipo de fútbol puede llegar a significar es un texto realmente emotivo. “Quillomamona” es la historia de un veterano profesor que se enfrenta a una clase de chicos conflictivos. “La ciudad desplazada” nos cuenta el desconcierto de un hombre que regresa a una ciudad en la que todo se encuentra en un lugar distinto al que cree recordar. Un hombre, víctima de un infarto, que está en la habitación de un hospital, entre sus recuerdos y las actuaciones del personal médico, es el protagonista de “Despedida”, todo como envuelto en brumas, recuerdos y vivencias fusionados en un ambiente algo kafkiano y desolador. En “Variación sobre un tema” dos mujeres someten su amistad a una prueba demasiado exigente. Y también encontraremos recuerdos de la mili, historias de amor, los caprichos del azar, obsesiones bibliófilas... Relatos imaginativos, humanos y fascinantes.
Dice Conget en una entrevista, cuando le preguntan cómo se definiría como escritor: “No tengo poética del cuento ni de la novela y descreo bastante de la teoría literaria. En general, cada escritor suele considerar que la única forma válida de enfrentarse al hecho literario es la suya; a mí no me ocurre. Mi experiencia personal como escritor suele ser más visceral que analítica”. Tal vez ese sea el motivo por el que su narrativa nos depara una experiencia única, una forma de mirar el mundo, condicionada siempre por el poso de los recuerdos, capaz de conectar con esos referentes que nos han ido formando.
José María Conget es un escritor ajeno a las modas, a las corrientes, a las teorías y opiniones que pretenden dictar lo que se debe y no se debe hacer en narrativa. Sigue su propio camino y yo les recomiendo que intenten seguirle. Descubrirán maravillas, sorpresas, emociones con la potencia suficiente como para salir corriendo a la librería la próxima vez que se anuncie la publicación de un nuevo libro suyo.

jueves, diciembre 02, 2010

Chéjov comentado, Antón Chéjov / Sergi Bellver (ed.)

Trad. J. y M. Womack. Nevsky, Madrid, 2010. 318 pp. 22,50 €

Victoria R. Gil

Descubrí a Antón Chéjov, a los doce años, en una antología de Los más bellos cuentos rusos editada en Barcelona en 1946. Quizás la edad fuera la causa de que disfrutara más con el divertimento de La campesina disfrazada, de Pushkin, que con ese afligido cochero de Tristeza, encaramado a su pescante en medio de un mundo tan helado por dentro como por fuera. Buscaba, supongo, más jóvenes intrépidas, más enredos, más aventura. Ignoraba entonces que la ausencia de acción en sus obras no es más que aparente y que Chéjov nos regala una sucesión de instantáneas fotográficas en las que nunca parece ocurrir nada extraordinario, siempre y cuando no se considere extraordinaria la vida.
Confiesa Care Santos en su comentario al cuento Incidente ocurrido a un médico, que en su adolescencia llegó a tomar a Chéjov por un autor cómico debido a sus personajes «atormentados por una menudencia». Dejaría de hacerlo porque «el tiempo enseña a no reírse de las manías ajenas, a ver en ellas el borde del propio abismo insondable. Ahora, muchos de aquellos atribulados seres de ficción me dejan al borde las lágrimas». Acaso sea necesario el poso que dejan los años para descubrir «la grandeza de lo nimio».
Hipólito G. Navarro, en sus reflexiones sobre Ostras, cita a Máximo Gorki, amigo personal de Chéjov, que definiría con certera precisión la esencia de su escritura: «Nadie como él ha comprendido tan clara y sutilmente la tragedia de las pequeñeces de la vida, nadie hasta él ha sabido dibujar a los hombres con tanta implacable veracidad el cuadro vergonzoso y desalentador de su vida en el opaco caos de su mezquindad de cada día». Y lo hace, como apunta Eloy Tizón en sus notas sobre Casa con mezzanina, a partir «de esa levadura triste y eslava procedente del polvo del camino, de ese polen de palabras que huye de todo énfasis».
A un autor tan conocido como Antón Chéjov, del que la base de datos del ISBN español registra más de 200 entradas entre obras propias, correspondencia, antologías compartidas y biografías, parecería tarea imposible mostrarlo con ropajes nuevos. Pero la mirada de los dieciséis escritores convocados a este festín chejoviano consigue tender un puente hasta ese siglo XIX ruso que, de pronto, ya no resulta tan ajeno.
Desde el prólogo de Sergi Bellver, en el que insta al lector a tomar distancia y mudar de perspectiva para descubrir a un nuevo Chéjov, al prisma que descompone su obra en dieciséis visiones íntimas y personales, este libro está lleno de amor. A la literatura, al cuento y, sobre todo, a un Chéjov que se revela otro y diferente en cada uno de los escritores que se acercan a él para demostrar «la poca distancia que media entre la clarividencia del maestro ruso y el compromiso literario de los nuevos creadores».
Dieciséis cuentos escritos ayer, hace más de cien años, y dieciséis apostillas que van de la erudición y el academicismo a la digresión, el juego y el striptease emocional, sin que falte, para cerrar el círculo, el chejoviano relato de Óscar Esquivias, Temblad, filisteos, jocoso complemento a En Moscú, con el que lejos de pelearse mucho, forma un perfecto maridaje.
Hay que felicitarse porque Nevsky Prospects y los autores que tan acertadamente ha reunido Bellver para sumarse a este tributo con que celebrar el 150 aniversario de su nacimiento hayan seguido la recomendación de Gorki: «Es bueno acordarse de un hombre como él; al instante penetra en tu vida un aire de vitalidad, de nuevo en ella se ilumina su sentido claro».

miércoles, diciembre 01, 2010

El barranco, Grassa Toro

Ilustraciones de Diego Fermín. Thule, Barcelona, 2010. 60 pp. 17 €

Ignacio Sanz

Lo primero que llama la atención de este libro es su formato, un formato troncocónico que no tiene parangón con ninguno de los formatos más o menos convencionales que ruedan por los escaparates. Es una de las marcas de la casa, que hace alarde de formatos inverosímiles y sorprendentes. Como es natural, el formato de El barranco ayuda a imaginar un barranco que se va estrechando a sus pies. Esta portada de fondo negro lleva dibujada una carretera zigzagueante y clara por la que circula un autobús.
Grassa Toro es un autor desconcertante al que le gusta jugar con las paradojas. Recuerdo uno de sus libros inaugurales, El juego de las normas, publicado en Colombia, en el que hacía un repaso a esos autores que juegan, que se deleitan en jugar con las paradojas del idioma. Heredero directo de los pathafísicos se ha convertido en un malabarista de la literatura que anda siempre por la cuerda floja.
La historia que nos cuenta en El barranco está llena de elipsis. El lector se obliga a imaginar. Porque cuenta una historia, sí, pero no se recrea en los detalles y porque es fácil adivinar que tras lo que nos está contando hay un río narrativo mucho más profundo que el autor se guarda a propósito para que el lector active su imaginación. El planteamiento guarda una estrecha relación con los cuentos tradicionales. Los cinco muchachos que lo protagonizan han perdido a sus padres en un accidente. Pero los cinco muchachos hermanados por este suceso, no son cinco, sino que son cuatro: Isidro, Max, Romerita y Nicolás el narrador de la Historia. Falta Benito para completar el quinteto. Benito no está y el cuento, de lo que trata en esencia es de un viaje lleno de dificultades que han de ir sorteando en esa búsqueda. Un viaje de maduración en el que dan esquinazo a la muerte que en un momento dado sale a su encuentro.
Cada secuencia contiene una ilustración que ayuda al lector a situarse, pero la narración siempre deja en el aire una sensación de misterio latente que, al mismo tiempo empuja al lector a seguir. Ahí radica uno de los aciertos innegables de este libro, esa capacidad de tenernos en suspenso, de saber que algo está trascendente a punto de ocurrir.
El lenguaje no hace concesiones hacia los niños, los supuestos destinatarios. Por el contrario, les obliga a auparse al diccionario para conocer el significado de algunas palabras que seguro que no están en su bagaje. Es decir que la historia puede ser leída con la misma fruición por los adultos que se embosquen en este libro en el que no se rehuye el dolor, el sentimiento de pérdida y el afán de superación.
Las ilustraciones de Diego Fermín son de apariencia simple; cada uno de los personajes están dotados de una gran cabeza pero, al mismo tiempo, refleja con mucho detalle y eficacia poética el paisaje por donde se mueven. En definitiva, estamos ante un libro poco o nada edulcorado, un libro incluso adusto que sin embargo atrapará por igual a grandes y pequeños.