miércoles, julio 07, 2010

El drama del lavaplatos, Eugenio Tisselli

Editorial Delirio, Salamanca, 2010. 90 pp. 7 €

Doménico Chiappe

Intoxicados los cerebros de los poetas de metáforas usuales, de lecturas de grandes maestros, de ambientes compartidos: ciudades, series de televisión, tiendas y marcas, el poemario de Eugenio Tisselli constituye una rebelión. Una rebelión armada con software de última generación. Porque El drama del lavaplatos se escribió en coautoría con PAC -Poesía Asistida por Computadora (http://www.motorhueso.net/pac/), un programa construido por el propio Tisselli que permite que el autor elabore versos con la ayuda de un buscador autómata, y sorpresivo, que oletea por diccionarios de internet.
El factor humano no permite, sin embargo, que la escritura sea un proceso automático: el poeta puede determinar qué palabra o palabras cambiar, aceptar o no las sugerencias del programa, rebuscar en el significado y significante y encontrar así esas imágenes que el cerebro abotargado por su época es incapaz de hallar. Un aparente abandono que no es más que resistencia y ataque de guerrilla a la tradición y su evolución aparente.

ráfaga
de la columna hueca
en mi alguien
(De “Choque de trenes en mi alma”, p. 54)

De entre los distintos procesos que un poeta puede elegir para crear con PAC, Tisselli optó por un método idéntico para todos los poemas: tecleó un verso “semilla” en PAC, que se tradujo al inglés, idioma en que cada palabra se cambió por un sinónimo. Esa frase retornó al español, donde comenzaron los ajustes manuales y cerebrales. Resultado probable, un verso como:

la doble o del cordero de dios no revolotea
(De “La mirada de Cristo no tiembla”, p.67)

Luego, el verso resultante se utilizó como nuevo germen para la elaboración de otro verso. Y así hasta que el autor se declaró satisfecho y reseteó a su colaborador para prepararlo para una nueva misión (nada semántica). Este ejercicio, lejano al surrealismo (y sus escrituras automáticas), en ocasiones arrojó resultados nebulosos, que deben rasgarse como si fuera una pared gelatinosa que impide el paso (al significado).

tome pacientemente la lluvia
corte sin inmutar la caída
apuñale por delante
(De “Se aguanta el agua”, p.38)

En otras ocasiones arroja maravillosas líneas que de otra manera quizás jamás hubieran nacido.

el trabalenguas del cuento
es el vibrante soplo
es la emanación que chispea
las tonterías de la certeza
la virgen de la curva
la insensatez de la cosa segura
el holgazán de la cámara
el gandul de la sesión ejecutiva
el teleadicto en la toma de decisiones
el entusiasta del guardián
el aficionado al perro
(“Qué dulce es el sonido del viento”, p.47)

Cada poema es como visionar un movimiento fotografiado con la ayuda de luces estreboscópicas. La poesía parece fluir en cámara lenta, pero en realidad el movimiento mantiene su rapidez, y conforma un helicoide, un movimiento cuyos extremos parecen tocarse, aunque el contacto no es más que efecto óptico.

calenté hardware
aso plomería
sonido de razz
entero de broma
no tocado en el costilla-recordatorio de vencimiento
no acariciando en el conmemorativo singular de la muerte
el celebratorio inconcebible de la eutanasia
suicidio asistido
seppuku es un huésped
(“Joya ardiente”, p.26)

La lectura de esta reunión de poemas también contiene, en su conjunto, una historia metanarrativa. A lo largo del libro se escucha, como ruido de fondo, como asomo indeleble, el diálogo entre Tisselli y PAC, aunque sólo en algunos poemas se permita el autor (humano) mostrarlo, como en aquellos en que la “máquina” es protagonista (“Duerme la máquina enferma” y “La máquina que canta y ríe”). Complace, así, como el domador que lanza un bocado de carne al león, a esta autómata que bien podría imponerse a un poeta con pulso débil, e imponer el sinsentido de la selección impertinente en los diccionarios. Pero a Tisselli, bastante entrenado en los enfrentamientos con robots, no logra avasallarlo, con lo que este poemario mantiene gran coherencia y unidad, además de belleza.

martes, julio 06, 2010

Los asesinos lentos, Rafael Balanzá

Siruela, Madrid, 2010. 160 pp. 15.90 €

Rubén Castillo Gallego

Durante el verano de 1879 el periódico Le Temps reprodujo en forma de folletín una curiosa historia de Jules Verne: el chino Kin-Fo es un hombre rico que vive en Shanghai, pero cuando se entera de que todos sus negocios se están yendo a pique y que, por tanto, se va a arruinar estrepitosamente, decide pedirle a su gran maestro Wang que, sin aviso previo, le quite la vida. El venerable amigo, con un profundo dolor y un profundo sentido de la responsabilidad, acepta. Pero una vez que Wang asume el papel de verdugo, la situación experimenta un giro inesperado: los negocios de Kin-Fo vuelven a revitalizarse y lo convierten en un hombre mucho más rico que al principio de la novela. Éste busca entonces a Wang para exonerarlo de su tarea homicida... y se lleva la espeluznante sorpresa de que el maestro ha desaparecido. Para mejor cumplir su misión, se ha diluido en las sombras. De tal modo que cualquier día o cualquier noche, pronto o tarde, en esta ciudad o en otra, el fiel amigo terminará por cumplir su encargo, segándole la vida.
Esa trepidación angustiosa es la que acompaña también al protagonista de Los asesinos lentos, la narración con la que Rafael Balanzá obtuvo el último premio Café Gijón y que ahora le publica la editorial Siruela. Leemos en sus páginas cómo Valle, un antiguo músico que ha ido navegando de frustración en frustración, se reúne en un café con su antiguo amigo Juan y, tras departir sobre los recuerdos comunes, le espeta sin mover un músculo de la cara que ha decidido poner fin a su vida. Dado que no puede atribuir su naufragio existencial a nadie en concreto, ni tampoco a nada en concreto, ¿qué mejor solución que permitir que la arbitrariedad presida sus decisiones? («No es que te eche a ti la culpa de todo, Juan. Ni mucho menos. Lo que me desespera es saber que nadie tiene la culpa. Eso es precisamente lo que me vuelve loco, y me enfurece. He llegado a la conclusión de que si no hay verdaderos culpables, entonces hay que inventárselos, hay que designar a alguien, ni más ni menos. Es inevitable», asegura en la página 30). La primera reacción de Juan, como resulta fácil suponer, es la burla; pero pronto sobrevienen el estupor y el miedo, cuando comprende que Valle le está diciendo la verdad.
A la vez, su situación laboral está complicándose a marchas forzadas. La tienda que posee en una galería comercial se ha convertido en objeto de acoso del nuevo gerente, Alberto Maños, que no ve con buenos ojos el tipo de negocio que Juan dirige («Dos locos me perseguían. Uno intentaba acabar con mi negocio; el otro –al menos era lo que él juraba– se proponía acabar con mi vida», indica el protagonista en la página 82).
De esa manera tan inquietante vamos buceando por el interior de Juan y vamos descubriendo las mil complejas facetas de su carácter, aunque también muchas cosas más, sobre el ser humano y sobre el mundo en que vivimos. Porque, en su esencia, Los asesinos lentos se antoja una fábula terrible, en la que Kafka, Dostoievski y los maestros del absurdo se dan la mano de una manera inequívoca. ¿Qué somos (parece decirnos el autor, por debajo de sus líneas angustiosas), sino criaturas cuyo destino puede verse alterado dramáticamente en cuestión de horas y aun de minutos? Todos somos conscientes de que basta un terremoto o un tsunami para aniquilarnos, que podemos depender de un virus o de un trocito de metal escupido por una pistola; pero Rafael Balanzá nos susurra en sus páginas que también puede bastar con la decisión de un loco, que podemos experimentar la zozobra de mil maneras ásperas, sin que la prevención o la cordura nos sirvan de auxilio.
¿La moraleja? Tendrá que fabricársela el propio lector, una vez que haya terminado las líneas del libro. Es probable que entonces surja en su mente un desasosiego nuevo, un perfil desconocido de la angustia, un vértigo de saliva amarga. Celebré con alegría la primera colección de cuentos de Rafael Balanzá y hago lo mismo con su primera novela. Es su pecho anida un escritor.

lunes, julio 05, 2010

Lola Dinamita, Rebeca Le Rumeur

Prol.Javier Fernández Rubio y Mada Martínez García. El Desvelo Ediciones, Santander, 2010. 72 pp. 15 €

Elvira Navarro

Se escucha todavía demasiado a menudo la cantinela de que el cuento es la antesala de la novela, lo que no es raro en un país donde, por un lado, el grueso de los consumidores de libros asocia el género con la literatura infantil, y por otro, lo visible es una cuestión de mercadotecnia y de periodismo cultural. En manos de los periodistas culturales, el cuento puede caer en dos tipos de discurso. Están los que preguntan al joven que acaba de estrenarse con un libro de relatos que para cuándo el “salto” a la novela (lo cual parece justificarse porque el único libro de cuentos que escriben algunos escritores es el de su bautismo). También están los que, desde luego con una intención loable, escriben un artículo con un titular que suele aludir a que el cuento ha superado su etapa de maricomplejines. Esto es así porque en España, a despecho de los escritores y los críticos (o al menos de ciertos escritores y de ciertos críticos), parece que la existencia de Chéjov, de Poe, de Katherine Mansfield o de Borges sea la excepción que confirma la regla de que la mejor literatura se encuentra en la novela. El periodista, claro está, se ve obligado a combatir el prejuicio, y la consecuencia de ello es la misma que la de la discriminación positiva y la denuncia de los males del machismo en la prensa: que a quien se le presenta siempre como víctima le cuesta el doble empoderarse. Se acaba dando la impresión de la única excusa para hablar del cuento es su condición de sexo débil, como si no bastara con escribir un buen libro de cuentos. Tal vez la solución a este reiterado mal sea tan simple como la de evitar preámbulos como el que yo estoy haciendo aquí.
Ignoro si Rebeca Le Rumeur (Santander, 1981) perseverará en el género breve, se entregará al mestizaje o terminará dedicándose al haiku. Lo que si sé es que su primer, cortísimo e impactante libro de relatos, Lola Dinamita, no es la antesala de ninguna otra cosa, excepto, por supuesto, de su escritura (que huele ya a propia). Estos relatos lo son por eso tan viejo de que cada obra genera su norma, que en este caso es la brevedad. Compuesto por diez piezas que basculan entre un registro realista con voluntario toque naif (a lo Miranda July) y la fantasía onírica y metafórica, Lola Dinamita es un libro que se instala en un territorio muy español, muy Cela y muy Goya, a saber, el tremendismo, aunque Le Rumeur no tenga nada que ver con el difunto premio Nobel. Sí me la imagino, en cambio, dibujando aquelarres y entierros de la sardina. El tremendismo es siempre molesto para una sentimentalidad equilibrada por la desproporción de la respuesta, y trasladado al plano de la narrativa, suscita no pocas veces la objeción de que ciertos giros no se justifican. Digo esto porque aquellos a quienes su equilibrio anímico les lleva a abominar de suicidios adolescentes y ataques terroristas (o para ser más clara: aquellos que no sólo se quejan de la gratuidad de, por ejemplo, Lars von Trier, sino que proclaman su inverosimilitud como muestra de que el producto está mal construido), lo mejor que pueden hacer es pasar de largo. No van a entender la propuesta de Lola Dinamita, y encima se van a cabrear.
Para los que sí entran en el juego perverso, que no quiere decir gratuito, tal vez les sirva imaginarse a las protagonistas de los cuentos de Le Rumeur como una versión actualizada de aquellas hermanas Izquierdo, encerradas en el mal familiar, y que huían en el tren mientras sus pares mataban a medio Puerto Hurraco. El lector cae pronto en la cuenta de que la desproporción, lo tremendo, tiene un sentido: el dolor enquistado. Si bien aquí las mujeres son urbanas, tienen estudios y una mediana consciencia de sí mismas, sus nombres de sello almodovariano (Lola Dinamita suena a Kika, o a Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón) nos alertan de que lo que domina es la pasión, que se torna destructiva. Como si no fuera posible deshacerse del puertohurraquismo anímico. Así pues, cuando estos seres responden con brutalidad a agresiones mínimas, no lo hacen de forma gratuita, sino porque dichas agresiones son las gotas que colman unos vasos antiguos y negros. Y es que los protagonistas viven instalados en un limbo de dolor que no se cuenta, pero que el libro destila entre líneas.
Rebeca Le Rumeur es hija de madre francesa, y eso se nota en la prosa, que, si bien es correctísima, a veces suena extraña. Ello no supone merma alguna. Al contrario: se trata de una particularidad que aumenta lo insólito (que, ojo, no es estructural, sino que está en lo pequeño: voz, metáforas, diálogos, ritmo) de la propuesta. Y es que éste es un libro para paladares raros, que auna una sentimentalidad absolutamente ibérica (por lo visceral) con la ejecución extranjera. Por otra parte, no hay nada en Le Rumeur que huela a casticismo, lo que refuerza la hipótesis de que su español viene de otro sitio. La escritora santanderina domina los giros rápidos, imprevistos y crueles, y sus relatos me han recordado a esa negrura de apariencia despreocupada de los Pequeños cuentos misóginos, de Patricia Highsmith. También está hermanada con Dirección noche, de Cristina Grande, en la medida en que construye historias-estampa, en la sencillez de la frase y en la precisión en el detalle, así como en una libertad magnífica que rompe, con modestia, la convención de redondear el argumento. Cuentos como “La conjura de los niños” y “Cuerda”, dos de los más sobresalientes, recuerdan, por la propiedad con la que se inserta cierta jerga filosófica y la capacidad de alzar una ficción puramente metafórica, al excepcional Proyectos de pasado, de la escritora rumana Ana Blandiana. En líneas generales, Le Rumeur es más eficaz cuando se sale del realismo, que obliga siempre a dar demasiadas explicaciones, y se desliza a un territorio pseudofantasioso, donde es posible, por ejemplo, ir quemando lentamente la propia casa, como ocurre en “Materia”, a mi juicio el más logrado de los cuentos.
La verdad es que yo he leído este libro con fascinación. Y lo he leído así porque rezuma, como dice Coradino Vega, “el latido de una interioridad especial”. Sólo me resta decir que ojalá Rebeca Le Rumeur nos regale muchos más libros, y que ese latido se convierta algún día en algo esplendoroso. Tiene, desde luego, capacidad para ello.

viernes, julio 02, 2010

El menor espectáculo del mundo, Félix J. Palma

Páginas de Espuma, Madrid, 2010. 204 pp. 15 €

Julián Díez

No se me ocurre logros más significativo para un escritor de 40 años que el de haber consolidado una voz propia. Es bueno que Félix J. Palma parezca haber dejado atrás su etapa de concursante en premios de relatos, puesto que estoy seguro de que cualquier jurado mínimamente atento a lo que pasa de interesante en la literatura española ya podría detectar el peculiar regusto de sus historias a distancia. Ese empleo de la ironía como arma para la ternura en el tono, en particular, así como sus construcciones siempre al borde del abismo —a una palabra de la sobreadjetivación, a una subordinada del exceso— construyen párrafos bellos y reconocibles, extrañamente precisos en su barroquismo.
También sus temáticas son —siempre en injusta generalización— coherentes, con personajes dolidos en su mediocridad a los que la súbita llegada del elemento fantástico hace cambiar sus perspectivas vitales. En el caso del volumen que nos ocupa, es recurrente el tema del amor, «el menor espectáculo del mundo, porque sólo puede ser visto por dos espectadores al mismo tiempo». Lo que hace a varios de los relatos presentes en este libro memorables es precisamente la combinación sabia de estos factores, aderezados con un condimento adicional según el guiso que iremos conociendo a lo largo de su degustación: la pesadumbre cotidiana de “El país de las muñecas”, la experimentación con ucronías mínimas en “Las siete vidas (o así) de Sebastián Mingorance”, el humor sobrenatural de “Margabarismos”, unas gotas ambiguas del cuento tradicional de fantasmas en “Bibelot”.
Los citados son, a mi juicio, los sobresalientes del volumen, con especial mención para “El país de las muñecas” y “Bibelot”, potenciales clásicos en su extensión perfecta y su sabiduría en la dosificación argumental. Como es natural, a cambio también hay alguna pieza de fondo de armario, como el bienintencionado y predecible “Un ascenso a los infiernos”, pero incluso en esos argumentos más trillados es capaz Palma de aportar satisfacciones al lector en forma de punteos ingeniosos, de saber hacer.
Tras la decepción que para mí supuso la exitosa novela El mapa del tiempo —sé que estoy sólo al respecto, quizá sea una tara de viejo aficionado a la ciencia ficción—, El menor espectáculo del mundo viene a reafirmar las emociones que me ha producido la carrera de Palma desde sus inicios. Estamos ante un cuentista mayúsculo, de talentos únicos, que además lleva más de una década ofreciendo un camino viable de mixtura entre las exigencias de la literatura española tradicional y la innovación procedente del campo de la literatura fantástica. Un escritor necesario, pero también, y sobre todo, disfrutable.

jueves, julio 01, 2010

El azor en el páramo, Ted Hughes

Trad. y sel. Xoán Abeleira. Bartleby, Madrid, 2010. 425 pp. 22 €

José Luis Gómez Toré

La presente antología de Ted Hughes (Mytholmroyd, 1930- Londres, 1998), llevada a cabo por Xoán Abeleira (que tradujo recientemente para la misma editorial la poesía reunida de Sylvia Plath) se abre significativamente con el poema "El pensamiento-zorro". Dicho texto, que rememora una suerte de aparición totémica en un sueño que Hughes se tomó muy en serio (hasta el punto de que se sintió obligado a cambiar sus estudios de Literatura Inglesa por los de Arqueología y Antropología), nos sitúa de lleno en el mundo del poeta, un mundo en el que una voz chamánica despierta las fuerzas de la naturaleza, fuerzas que pueden ser destructivas, pero a las que no cabe dar la espalda.
Como señala Abeleira en la introducción a este volumen, pese a notables excepciones (como la traducción de su imprescindible Cuervo llevada a cabo por Jordi Doce) la poesía de Hughes no ha gozado en España de todo el reconocimiento que merece, a pesar de tratarse de una de las grandes voces de la poesía del XX. Y ello se ha debido en parte a la propia originalidad de Hughes dentro del canon de la poesía en lengua inglesa de su tiempo (con todo, es posible encontrar paralelismos con voces como la de D. H. Lawrence, cierto Robert Graves, Dylan Thomas, Seamus Heaney o Derek Walcott). No obstante, buena parte de los malentendidos y distorsiones que ha sufrido la recepción crítica del poeta se deben no a razones estrictamente literarias, sino a la leyenda negra en torno al suicidio de su esposa. Hace tiempo José Emilio Pacheco constataba la paradoja de una contemporaneidad a la que "cada día le interesan más los poetas; la poesía, cada vez menos", como si el arte fuera un pasatiempo, sólo una excusa para hacer de los artistas los nuevos bufones que demanda la sociedad del espectáculo. Sin embargo, tanto para Plath como para Hughes la poesía no fue un pasatiempo. Al contrario, se convirtió para ellos en una tarea que exigía lo mejor de sí mismos, una vocación imperiosa que no podía desoírse a pesar del riesgo de convocar fantasmas.
Pocos poetas contemporáneos ofrecen una lectura tan convincente de la naturaleza como Ted Hughes. Tan alejado del tono irónico y distanciado de esa mirada urbana tan frecuente en la poesía actual como del bucolismo que persigue nuevas Arcadias, en Hughes la naturaleza rara vez es paisaje. Y no lo puede ser, porque el yo poético se encuentra inmerso en ese mundo natural, hasta el punto de que éste habita en su propio interior. El abundante bestiario que inunda las páginas de Hugues nos hablan de una cercanía entre el ser humano y el animal, en medio de una naturaleza a la vez creadora y destructora, violenta y fertil. La poesía obliga así a una especie de vértigo: «Perder el habla/ Cesar/ Sumirse en los destellos linfáticos/ Como si la creación fuese una herida/ Como si este flujo fuese un plasma sanador/ Ser suplantado por el cieno y las hojas y los guijarros» ("Ir a pescar"). La naturaleza se nos revela con toda la ambivalencia de lo sagrado, un mundo de terror y asombro que es también el mundo inexplorado descubierto en la infancia.
Si Hughes es una rara avis en la poesía inglesa, todavía resulta más difícil buscar correspondencias con tradición española. Si bien algunos pasajes de Hughes recuerdan el mundo aleixandriano de La destrucción o el amor, nada tiene que ver el tono en ocasiones duro, casi áspero de Hughes, con la música verbal, menos audaz, del poeta del 27. La vivencia sagrada de la naturaleza puede hacérnoslo cercano a nuestro Claudio Rodríguez, pero el mundo del poeta británico es más violento y sombrío que el del autor de Don de la ebriedad. Hughes parece evocar las fuerzas oscuras del duende lorquiano, pero aun cuando tanto él como Lorca muestren una atracción semejante por lo mítico, el creador de Cuervo se aleja de la visión romántica de la voz del pueblo para acercarse a las inflexiones de la lengua coloquial. Algunos rasgos lo aproximan a Gamoneda (la importancia del mundo rural, la fusión entre lo biográfico y lo simbólico...). Con todo, en estos poemas, por mucho que lo real se nos llene de símbolos, la contemplación directa de la realidad exige sus derechos de manera más imperiosa que en Gamoneda.
Y es que Hughes es ante todo un poeta de mirada. Sus poemas nos obligan a recuperar la idea de la poesía como visión, y ello en un doble sentido: su obra da muestras de esa asombrosa capacidad de observación, de fascinación por lo concreto, que tantas veces nos ha dado la mejor poesía inglesa, pero al mismo tiempo Ted Hughes es un poeta visionario, que sin dejar de dar testimonio de lo que le muestran sus ojos, quiere obligarnos a mirar más allá. Claudio Rodríguez dejó escrito que «El soñar es sencillo, pero no el contemplar». Hughes nos demuestra que no es fácil ni una cosa ni otra, sobre todo cuando se trata de aunar contemplación y vocación de vidente.
En el actual panorama de la poesía española, que parece haber redescubierto con retraso y cierta fascinación de nuevo rico la condición postmoderna, puede parecer anticuado un poeta que nos obliga a mancharnos las botas de barro y, dejar de lado los paisajes urbanos y los paseos virtuales, para volver a mirar con ojos nuevos la naturaleza. Quien sabe, sin embargo, si en la era del cambio climático, un poeta como Hughes, que ni idealiza la naturaleza pero tampoco cae en la soberbia de ignorarla, es quizá no una voz del pasado, sino de nuestro presente y de pasado mañana. Y lo será probablemente, más allá de temas y motivos, por su voz inconfundible, magníficamente recreada por la traducción de Abeleira, quien además nos ofrece, en su estudio preliminar, no pocas de las claves de una escritura que remueve el subsuelo del lenguaje para ofrecernos una visión novedosa y salvaje de la existencia: «Pues nacer es lo único que importa» ("Huevos de salmón").