jueves, julio 01, 2010

El azor en el páramo, Ted Hughes

Trad. y sel. Xoán Abeleira. Bartleby, Madrid, 2010. 425 pp. 22 €

José Luis Gómez Toré

La presente antología de Ted Hughes (Mytholmroyd, 1930- Londres, 1998), llevada a cabo por Xoán Abeleira (que tradujo recientemente para la misma editorial la poesía reunida de Sylvia Plath) se abre significativamente con el poema "El pensamiento-zorro". Dicho texto, que rememora una suerte de aparición totémica en un sueño que Hughes se tomó muy en serio (hasta el punto de que se sintió obligado a cambiar sus estudios de Literatura Inglesa por los de Arqueología y Antropología), nos sitúa de lleno en el mundo del poeta, un mundo en el que una voz chamánica despierta las fuerzas de la naturaleza, fuerzas que pueden ser destructivas, pero a las que no cabe dar la espalda.
Como señala Abeleira en la introducción a este volumen, pese a notables excepciones (como la traducción de su imprescindible Cuervo llevada a cabo por Jordi Doce) la poesía de Hughes no ha gozado en España de todo el reconocimiento que merece, a pesar de tratarse de una de las grandes voces de la poesía del XX. Y ello se ha debido en parte a la propia originalidad de Hughes dentro del canon de la poesía en lengua inglesa de su tiempo (con todo, es posible encontrar paralelismos con voces como la de D. H. Lawrence, cierto Robert Graves, Dylan Thomas, Seamus Heaney o Derek Walcott). No obstante, buena parte de los malentendidos y distorsiones que ha sufrido la recepción crítica del poeta se deben no a razones estrictamente literarias, sino a la leyenda negra en torno al suicidio de su esposa. Hace tiempo José Emilio Pacheco constataba la paradoja de una contemporaneidad a la que "cada día le interesan más los poetas; la poesía, cada vez menos", como si el arte fuera un pasatiempo, sólo una excusa para hacer de los artistas los nuevos bufones que demanda la sociedad del espectáculo. Sin embargo, tanto para Plath como para Hughes la poesía no fue un pasatiempo. Al contrario, se convirtió para ellos en una tarea que exigía lo mejor de sí mismos, una vocación imperiosa que no podía desoírse a pesar del riesgo de convocar fantasmas.
Pocos poetas contemporáneos ofrecen una lectura tan convincente de la naturaleza como Ted Hughes. Tan alejado del tono irónico y distanciado de esa mirada urbana tan frecuente en la poesía actual como del bucolismo que persigue nuevas Arcadias, en Hughes la naturaleza rara vez es paisaje. Y no lo puede ser, porque el yo poético se encuentra inmerso en ese mundo natural, hasta el punto de que éste habita en su propio interior. El abundante bestiario que inunda las páginas de Hugues nos hablan de una cercanía entre el ser humano y el animal, en medio de una naturaleza a la vez creadora y destructora, violenta y fertil. La poesía obliga así a una especie de vértigo: «Perder el habla/ Cesar/ Sumirse en los destellos linfáticos/ Como si la creación fuese una herida/ Como si este flujo fuese un plasma sanador/ Ser suplantado por el cieno y las hojas y los guijarros» ("Ir a pescar"). La naturaleza se nos revela con toda la ambivalencia de lo sagrado, un mundo de terror y asombro que es también el mundo inexplorado descubierto en la infancia.
Si Hughes es una rara avis en la poesía inglesa, todavía resulta más difícil buscar correspondencias con tradición española. Si bien algunos pasajes de Hughes recuerdan el mundo aleixandriano de La destrucción o el amor, nada tiene que ver el tono en ocasiones duro, casi áspero de Hughes, con la música verbal, menos audaz, del poeta del 27. La vivencia sagrada de la naturaleza puede hacérnoslo cercano a nuestro Claudio Rodríguez, pero el mundo del poeta británico es más violento y sombrío que el del autor de Don de la ebriedad. Hughes parece evocar las fuerzas oscuras del duende lorquiano, pero aun cuando tanto él como Lorca muestren una atracción semejante por lo mítico, el creador de Cuervo se aleja de la visión romántica de la voz del pueblo para acercarse a las inflexiones de la lengua coloquial. Algunos rasgos lo aproximan a Gamoneda (la importancia del mundo rural, la fusión entre lo biográfico y lo simbólico...). Con todo, en estos poemas, por mucho que lo real se nos llene de símbolos, la contemplación directa de la realidad exige sus derechos de manera más imperiosa que en Gamoneda.
Y es que Hughes es ante todo un poeta de mirada. Sus poemas nos obligan a recuperar la idea de la poesía como visión, y ello en un doble sentido: su obra da muestras de esa asombrosa capacidad de observación, de fascinación por lo concreto, que tantas veces nos ha dado la mejor poesía inglesa, pero al mismo tiempo Ted Hughes es un poeta visionario, que sin dejar de dar testimonio de lo que le muestran sus ojos, quiere obligarnos a mirar más allá. Claudio Rodríguez dejó escrito que «El soñar es sencillo, pero no el contemplar». Hughes nos demuestra que no es fácil ni una cosa ni otra, sobre todo cuando se trata de aunar contemplación y vocación de vidente.
En el actual panorama de la poesía española, que parece haber redescubierto con retraso y cierta fascinación de nuevo rico la condición postmoderna, puede parecer anticuado un poeta que nos obliga a mancharnos las botas de barro y, dejar de lado los paisajes urbanos y los paseos virtuales, para volver a mirar con ojos nuevos la naturaleza. Quien sabe, sin embargo, si en la era del cambio climático, un poeta como Hughes, que ni idealiza la naturaleza pero tampoco cae en la soberbia de ignorarla, es quizá no una voz del pasado, sino de nuestro presente y de pasado mañana. Y lo será probablemente, más allá de temas y motivos, por su voz inconfundible, magníficamente recreada por la traducción de Abeleira, quien además nos ofrece, en su estudio preliminar, no pocas de las claves de una escritura que remueve el subsuelo del lenguaje para ofrecernos una visión novedosa y salvaje de la existencia: «Pues nacer es lo único que importa» ("Huevos de salmón").