viernes, octubre 03, 2008

El niño 44, Tom Rob Smith

Trad. Mónica Rubio. Espasa, Madrid, 2008. 400 pp. 21.90 €.

Elia Barceló

«Un agente debe enseñar a su corazón a ser cruel». Ese es el lema aprendido e interiorizado por Leo Demidov, el protagonista de El niño 44.
En 1953, en Moscú en pleno periodo stalinista, al joven Leo, un «prometedor miembro del MGB» (el Departamento de Seguridad del Estado), se le ordena ir a calmar los ánimos de una familia, cuyo hijo de cinco años ha sufrido un accidente en las vías del tren. El padre del pequeño es un colega de Leo y no cree que se trate de un accidente, sino de un asesinato. Pero como el asesinato es un crimen propio de sociedades capitalistas y degeneradas, según la lógica del Estado no es posible que se dé en Moscú.
Leo Demidov es un hombre de partido, un comunista convencido que mata y tortura profesionalmente, que disfruta de las pequeñas ventajas que le proporciona su cargo y está dispuesto a sacrificar cualquier cosa por el supremo interés del Estado. Lleva toda su vida enseñando a su corazón a ser cruel pero, cuando —después de haber torturado a un inocente y cuando su propia esposa es acusada de traición al Estado— empieza a darse cuenta de que la maquinaria estatal no es infalible, también empieza a dudar de ciertas verdades establecidas.
Sus dudas se van agrandando cuando el odio de un colega le vale una deportación a Voualsk y la degradación de ser destinado a la Militsia (el equivalente de la policía, en un país donde el crimen no existe por decreto) y, poco a poco, empezará a darse cuenta de que anda suelto un asesino de niños desde hace años y que sus crímenes siempre han quedado impunes.
A pesar de que ya al comienzo de la novela nos encontramos con la muerte de un niño, hacen falta muchas páginas para darse cuenta de que, en la base, estamos leyendo una novela negra, o policiaca, o criminal; una historia basada en el caso real de Andrei Chikatilo, el Destripador de Rostov, que a partir de 1977 asesinó a 55 mujeres y niños.
En la novela, Tom Rob Smith coloca la acción en 1953 para poder presentar el momento más intenso del estalinismo, poco antes de la muerte del dictador. La ambientación en la Rusia estalinista es tan fuerte y está tan bien lograda que el lector se siente como si hubiese entrado de nuevo en el mundo del Orwell de 1984, sólo que con referencias reales, históricas, más que utópicas. El niño 44 debe mucho a Orwell, y a Solzhenitsyn y su Archipiélago Gulag.
La novela está en perfecta sintonía con la sociedad que refleja: es dura, cruel, sin concesiones –al menos durante los primeros dos tercios–, poblada de personajes perfectamente creíbles que sufren, aplastados por un sistema criminal, arbitrario, demencial, donde la máxima «Confía, pero vigila» se ha convertido ya en «Vigila a aquellos en quienes confías», donde ya no existen la confianza ni la solidaridad, donde el miedo es omnipresente. El lector se pasa el rato preguntándose: ¿qué haría yo en esas circunstancias? Y es algo que enriquece mucho la lectura, por encima de la anécdota y de la peripecia de los protagonistas.
El último tercio de la novela, sin dejar de ser apasionante de leer, ya que nos vamos acercando a la resolución de la intriga, introduce muchos elementos anglosajones que, a mi entender, rebajan la fuerza del texto y lo acercan un poco a una película de Hollywood, lo que no habría sido en absoluto necesario. Pero no hay que olvidar que esta es la primera novela de un autor que se ha ganado la vida hasta el momento escribiendo guiones para series de televisión, de manera que su forma de trabajar está muy orientada a lo visual y a los golpes de efecto. De hecho, los derechos de filmación de la novela ya han sido adquiridos por Ridley Scott a quien, al parecer, le entusiasma la construcción de otros mundos con grandes escenarios, como demostró en Blade Runner y en Gladiator, y que ahora quiere enfrentarse al desafío de reconstruir la Rusia estalinista.
En resumen: al principio El niño 44 resulta angustiosa, opresiva y terrible; muy intensa. Poco a poco el lector va asistiendo a la evolución de los personajes principales, (salvo el malo, que no evoluciona en absoluto), y va entrando en el juego de esa sociedad opresiva donde el miedo se escribe con mayúscula. Luego aparece un rayito de esperanza. Y no voy a decir más para no estropearle a nadie el final. Sólo decir que vale la pena leerla, que se disfruta, se aprenden algunas cosas sobre un país y una época que no resultan frecuentes en las novelas policiacas, y su lectura satisface hasta el final.

jueves, octubre 02, 2008

La isla, Giani Stuparich

Trad. J. Á. González Sáinz. Minúscula, Barcelona, 2008. 119 pp. 12,50 €

Pedro M. Domene

Un hombre enfermo pide a su hijo que le acompañe, quizá por última vez, a la isla adriática donde nació. Una vez allí se reencuentra con el paisaje luminoso de su infancia y de su juventud y, tras una breve estancia, el lugar resultará decisivo para ambos personajes. Este podría ser el resumen de un libro casi perfecto, La isla, en realidad, «una historia, como señala Claudio Magris, de vida y muerte», aunque, también, una obra festiva, el reverso de toda una tradición literaria triestina.
Giani Stuparich (Trieste 1891-Roma 1961) forma parte de un curioso y brillante grupo de jóvenes escritores: Scipio Slataper, Carlo Michelstaedter, Enrico Mreule, Carlo y Giani Stuparich, una generación marcada por una situación histórica, en un convulsionado comienzo del siglo XX, que llevaría a alguno de ellos al suicidio o a la muerte en la Primera Guerra Mundial: Michelstaedter y Slataper, respectivamente. Stuparich hereda esa madura responsabilidad de continuar el compromiso de sus desaparecidos amigos, y se convierte, de alguna manera, en el auténtico punto de referencia ético y cultural en aquellos años terribles de la mejor expresión de la literatura en Trieste.
Elvio Guagnini califica La isla como una de las cimas de la obra de Stuparich, cuya medida más fecunda es el relato breve, y entre otras muchas virtudes, por esa búsqueda del sentido de la vida tras la cual se descubre la nada, una nada de la que se extrae un significado indestructible. En La isla fluyen los días, se saborea el ambiente, el viento anuncia la destrucción, llega el final pero se aventura un futuro. Las distancias se acortan entre padre e hijo cuando, ambos, empiezan a saber algo más el uno del otro; es en esta escueta relación donde Stuparich despliega la mejor síntesis prosística de su producción narrativa, donde el sentido lírico adquiere sus mejores momentos, aquellos en los que el padre intenta darse una explicación a la situación vivida hasta el momento y el hijo empieza a sentir un inmenso cariño por alguien a quien siempre ha visto pleno de vitalidad, esa misma que él mismo perderá con el paso del tiempo. Tal vez se trata de una de las mejores y más sutiles meditaciones sobre la muerte, calificación de Ennio Emili, cuando hablaba de una triestinidad negra de estos escritores, ese lado oscuro que tan bien sabe desarrollar Stuparich, aunque en este caso se habla de un concepto de la muerte vital, positivo tras una visión más moralista y sublime.
Stuparich distribuye su narración de una forma magistral, pese a la linealidad narrativa de la misma. La concentración poética señalada ayuda a esa secuenciación de las imágenes, tan excelentemente traducidas por González Sainz, que nos descubren el cielo y el mar, sobre todo la luz de una forma despiadada, aunque con ese significado inconmovible que acompaña al viajero en su esencia última. La obra escrita en 1942 ofrece ese concepto de literatura europea humanizada que con el paso del tiempo ha perdido su valor más intrínseco, seguimos alejados de esa nobleza espiritual que ofrece al lector la mejor de las lecciones: una visión del mundo, el centro de todas las cosas con esa frescura matinal que nos invita a encarar un futuro, repleto de luz casi espiritual: vida y muerte, sol y aire.

miércoles, octubre 01, 2008

Los sueños de la ciudad, Raúl Hernández Garrido

Ediciones Irreverentes, Madrid, 2008. 95 pp. 10 €

Juan Pablo Heras González

Reflexionemos. Nos encontramos en el metro, ese lugar que avistamos a ratos cuando levantamos la mirada del libro. Ese eslabón tan fugaz como constante en los caminos circulares que son nuestras vidas, ese “no-lugar”, que diría Marc Augé. ¿Cuáles son sus puntos ciegos? ¿Cuáles entre sus rincones pueden incitar a un escritor a convocar a los monstruos? Quizá uno de esos túneles que cada cinco minutos es horadado por la misma luz que por las noches huye, dejando sola a la oscuridad. O, en cambio, el calor ajeno del desconocido que tenemos a nuestro lado, con el que compartimos una intimidad corporal que difícilmente consentiríamos en otras circunstancias, mientras atisbamos una panoplia de miradas perdidas que tratan cordialmente de no cruzarse entre sí, como si no quisieran agravar con el contacto visual la insolencia del roce involuntario.
Donde sólo vemos miradas anodinas, Raúl Hernández Garrido encuentra un doble fondo que esconde alfileres enhiestos, un infierno emocional que ignoramos justo en el asiento de al lado. La propuesta se sustenta sobre dos monólogos cruzados en los que se explayan dos personajes salidos de las tinieblas suburbanas: por un lado, un amigo de las ratas obsesionado con la silueta trágica de Miguel de Molina, una especie de morlock que ha escapado de las pesadillas de H. G. Wells para dar en un casticismo roto y subterráneo; por otro, un hombre vulgar aplastado por sus propias frustraciones, que esconde en su grisura una irresistible pulsión criminal, propulsada por una madre tan castrante como libertaria y un ambiente mezquino distorsionado por una percepción enfermiza.
En Los sueños de la ciudad la soledad del monólogo es quebrada por la polifonía de la mezcla de discursos: letanías postmodernas como la lista de las estaciones de metro, la alineación del Real Madrid, o la receta del cochinillo asado, se intercalan en la frondosa verbosidad de estos personajes e invitan al lector/espectador a desbrozar la jaula de palabras para encontrar el hueco oscuro en el que se esconden unas garras retráctiles. «Me duele la muñeca, aunque ya no sangra», afirma casi sin querer una de las voces, y de repente una ola negra y siniestra resuena dentro de nosotros.
Tanta espesura discursiva desemboca a veces en una sola voz no atribuible a ninguno de los dos personajes, y que adquiere así cierta entidad de narrador. Las opciones escénicas quedan abiertas gracias a una indefinición didascálica heredera de Heiner Müller:

La oruga monstruosa se retuerce en el vientre de la ciudad.
Abre su boca gigantesca, mueve sus dientes de metal, machaca la tierra, insensible al dolor. Traza nuevos caminos en la piedra. Orada miles de kilómetros de nuevos túneles, agujerea el cuerpo de roca de la ciudad. Cierra los ojos blancos y descansa.
De su sueño de muerte, nacen los amaneceres de la ciudad.


Parece que esta voz nos advirtiera de que el avance implacable de esta oruga no sólo vacía el corazón de la roca que pisamos cada día, sino el alma misma de la colectividad. Aunque el autor evita cualquier metáfora evidente, late la idea de que el ciudadano va dejando atrás sus referentes sociales a cada paso que da el progreso. Por cierto, “orada” está escrito así, sin “h”, licencia poética que hace de la “O” un túnel hinchado de un blanco cegador.
Leamos Los sueños de la ciudad en el metro. Leamos muchos otros libros en el metro. Pero no nos olvidemos nunca de levantar a veces la mirada, y de agarrarnos bien, porque a nuestro lado puede abrirse un abismo sin fondo.

martes, septiembre 30, 2008

Es el verbo tan frágil, Sandra Santana

Pre-Textos, Valencia, 2008. 56 pp. 8 €

Ana Gorría

Es el verbo tan frágil es el primer libro de poemas de Sandra Santana, un libro, no obstante, que no es la primera incursión editorial de la autora que en su día fue becada por la Residencia de Estudiantes para llevar a cabo la traducción de la obra poética de Karl Krauss, una traducción que se haría pública más tarde en la edición de Palabras en versos de la editorial Pre-textos. Junto al compositor Miguel Álvarez- Fernández ha participado en numerosas intervenciones artísticas y poético-musicales. Además, de ser responsable de diferentes versiones de Ernst Jandl y Handke y miembro, junto a Patricia Esteban, fundador del proyecto El águila ediciones, promotor del concepto de literatura porvenir.
Es el verbo tan frágil asume la identidad precaria de la palabra, del sujeto (no en vano la primera, y única cita (liminar) del texto pertenece a Foucault, que parafrasea el enunciado magrittiano del Yo no soy una pipa) y recorre a través de una serie de instantáneas la tensión entre ese falso adentro que, según el propio Foucault, la tradición occidental ha privilegiado y el afuera, una tensión que se encuentra presente en todos los poemas del libro, que al mismo tiempo cuestionan la confianza optimista en la estabilidad del propio lenguaje, de la existencia. El diálogo entre superficie e interioridad, entonces, supone un exacto artefacto gestado desde la fragilidad y la delicadeza de la voz poética de Sandra Santana, para enfrentarse a la violencia inane de lo real, a las múltiples distracciones de lo cotidiano que atentan contra la, en apariencia , solidez de los lenguajes, de la vida. A esa retórica casi de la soledad absoluta, en la que la propia posición del que habla, es cuestionada sistemáticamente se propone la posibilidad de lo potencial, del ejercicio del propio sostenerse como una pompa de jabón (tal y como refiere uno de los poemas del libro) en el arte no como un ejercicio promotor de dis-tracciones sino como un absoluto estar ahí, presencia como dice Carlos Pardo en la reseña de este libro en Poesía digital, capaz de destrozar la tensión entre lo de dentro y lo de fuera, de sostener las estructuras de lo imaginario como base de lo potencial, posibilidad que aparece referida en la vuelta de tuerca sobre el viejo motivo que ya aparecía en los textos de Ovidio (la rosa como unidad de duración) alejada de cualquier posibilidad de cliché: «Imaginaria metamorfosis de la rosa en máquina de guerra», donde esa potencial e imaginaria transformación es capaz de resolver y de posicionarse, tal y como recientemente ha recordado Didi-Huberman en su ensayo Cuando las imágenes toman posición a partir del pensamiento estético y político de Bertold Brecht.
El lenguaje de Sandra Santana oscila entre la atención y la dis-tracción proponiendo el poema como resolución al conflicto que genera el libro: ¿Me siento sola?, dijo. Y obtuvo un sorprendente consuelo al escuchar el eco que el interior de la palabra ¿sola? provocaba al ser atravesado por su voz. La denuncia que hay en estos textos también a esa jerarquía absoluta del discurso privilegiada, del pensamiento del afuera, se encuentra también presente entre la relación del sujeto lírico y su entorno, un entorno disruptivo que tiende al desasosiego y a la aniquilación y contra el que se alza la voz. Esa denuncia se encuentra presente no sólo al enunciado, o al estatuto del yo, sino al propio arte como institución, un arte que en poemas como Mañana de domingo en el museo arqueológico cuestiona la asimilación del museo con los espacios de consumo y comunicación, planteando el museo como el no lugar del arte. En “La legítima aspiración del hombre actual a ser reproducido”, está presente la misma raigambre, dado que se presenta las relaciones entre el sujeto poético y la comunidad que le rodea como algo proclive a la enajenación e incluso a la cosificación: «Cualquier calle poco iluminada o una estación/ de metro solitaria.»
Es el verbo tan frágil, además de ser un magnífico poemario, supone un camino abierto para la poesía que viene, un camino que de ser bien leído y entendido, podrá cerrar puertas al aburrido y ya cansino debate abierto por la historiografía literaria de la poesía entendida bien como forma de comunicación o conocimiento.

lunes, septiembre 29, 2008

Abril, Carlos Eugenio López

Lengua de Trapo, Madrid, 2008. 202 pp. 18.60 €.

Miguel Baquero

Un pringateras (esto es: cualquier chaval de nuestros días, sin más estudios que un título universitario, apuntado a ni se acuerda cuántas bolsas de empleo y que mira con envidia a los famosos “mileuristas”) decide un día alistarse en el otrora Glorioso, Victorioso y Ardoroso Ejército Español, convertido hoy en agencia de colocación para gente sin mejores recursos. Su objetivo: obtener el título de fontanero para, una vez transcurrido el periodo militar, poder colocarse en una empresa o aún mejor, hacer unas cuantas ñapas particulares que no hay por qué declarar a Hacienda.
Así las cosas, y el muchacho en cuestión vestido ya de caqui, de pronto estalla una guerra en un lejano país, Kimbambia, y el aspirante a fontanero es incluido entre la misión humanitaria que, a bordo de un avión destartalado, debe trasladarse a aquel lejano y perdido punto del planeta. Van a ejercer la cooperación con los habitantes del país, pero éstos, los kimbambianos, sin embargo, parecen no agradecer demasiado el esfuerzo humanitario, cooperacional y sinfronterizo que por ellos hace el contingente hispánico. Antes bien, comienzan a volar con demasiada frecuencia las piedras sobre el acuartelamiento…
Este es, sobre poco más o menos, el argumento inicial de Abril, el último libro de Carlos Eugenio López, novelista y poeta leonés con seis novelas anteriores (algunas de ellas traducidas a varios idiomas) y varios premios en su haber. Un inicio sarcástico, pegado al terreno y a la actualidad, y que sin duda por ello mismo resulta cercano y divertido. Muy divertido, que al fin y al cabo es lo que se pretende. Cimentada sobre un punto de ironía, algo de cinismo y sustentado por unos diálogos muy ágiles, Abril va avanzando de forma amena y como sin sentir, atrapado el lector por la mirada aguda y cáustica que el autor vierte sobre unos hechos que, sin demasiado esfuerzo, pueden encontrarse en la siguiente esquina de la calle o apenas encender el televisor.
Hacia la mitad de la novela, sin embargo, este tono cambia, al hilo de los acontecimientos. Lo que pasaba por un recochineo circunstancial y desenfadado de nuestros tiempos, y una burla de todo el espíritu marcial, pasa a ser, de repente, otra cosa. Justo cuando el chiste ya comenzaba a perder su frescura (y sin duda es mérito del autor saber el punto hasta dónde puede llegar, y cuándo debe de cambiar de registro), justo entonces un trágico incidente “colateral” hace que toda la gracia y la ironía vertida en torno a la situación guerrera comience a disolverse y su lugar lo ocupa un tono ácido, donde el absurdo, cercano a lo kafkiano, es la nota predominante. La guerra se da por finalizada (aunque no sea cierto, en realidad), el contingente es repatriado y para el protagonista comienza entonces otra novela, donde la ironía, el sarcasmo y el chiste están ahora de más.
No me parece fácil la tarea de unir dos textos tan distintos, justo en medio de la novela, sin que se advierta ahí un brusco escalón. Carlos Eugenio López logra, en mi opinión, hacerlo de forma progresiva y sutil, de tal manera que, sin saber cómo, el lector siente que de pronto ha abandonado aquel tramo divertido y bienhumorado y se encuentra transitando por otro distinto, sin apenas humor y con la fatalidad en torno. A mí, particularmente, me ha parecido muy atractiva esa forma de cambiar de ambientes, ese quiebro que, a fin de cuentas, no es otra cosa que escapar a lo previsible.