viernes, septiembre 26, 2008

Una herencia y su historia, Ivy Compton-Burnett

Trad. de Carlos Ribalta. Lumen, Barcelona, 2007. 286 pp. 19 €.


Elvira Navarro

La primera sorpresa que una se lleva al leer a Ivy Compton-Burnett es que todo está a la vista. Aquí la trama no gira en descubrir qué terrible secreto oculta mamá. Aquí los secretos de mamá, de papá y de los niños son vox populi; los comentan entre ellos, los comenta el mayordomo y los amigos que van a casa, y todo es, para que se pongan en situación, como si ustedes invitaran a alguien a tomar café a su salón y ese alguien, tras saludar educadamente, les preguntara delante de sus hijos: «¿Cómo va el asco que le provocan sus vástagos?».
Un buen psicoanálisis, es decir, sin mística del inconsciente y del sexo: eso es Una herencia y su historia, que habla de las estructuras sentimentales que nos transmiten nuestras familias; de las responsabilidades, culpas, complejos y miedos que nuestros padres nos dejan; del amor y el odio y las castraciones que se generan y, sobre todo, de qué ocurre cuando no podemos cumplir con el papel que nos han asignado. Ya dijo Foucault que lo que deseamos es un pura doctrina. Simon, primogénito de Hamish, quien a su vez es hermanísimo de Edwin, va a heredar mansión y fortuna victoriana cuando su padre y su tío mueran. Para eso lo han educado, y a pesar de que no se siente libre, la verdadera cárcel viene cuando, tras la muerte de su padre, su tío Edwin se casa y tiene un hijo (que en realidad no es suyo, sino de Simon). El nacimiento del bastardo lo trastoca todo, y el mal no lo sufre sólo Simon, sino la familia entera, incluyendo al inocente legatario, quien siente que el trono no es su lugar. El análisis de cómo la torcedura de una rama afecta al árbol entero se lleva a cabo con secos y agudísimos diálogos y absoluta desnudez moral, y hasta el último mueble se retira con la muy sana intención de limpiar las telarañas.
Por lo demás, y según la pinta el prólogo de Natalia Ginzburg que acompaña a esta edición (un prólogo muy Ginzburg, esto es, sencillo, inteligente, libre y sin exhibiciones), Ivy Compton-Burnett era una señorita «viejísima, menudísima, las rodillas envueltas en una manta, el cabello recogido y dispuesto como un peluquín sobre la frente marchita y cubierta de pecas, las manos arrugadas, heladas y entumecidas por la artrosis y, a su lado, sobre un taburete, un cesto, del que iba sacando hojas de ensalada que mordisqueaba como una tortuguita a la hora del té». Esta vieja señorita dijo de sí misma: «Empecé a escribir como quería, y con la sensación de que aquel era mi estilo; luego, no me pareció oportuno cambiar».

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Olé, qué reseña: buena hacia el libro y buena como género reseña. Lo voy a leer cuando pueda, qué ganas.

Mercedes C.

Elvira dijo...

Gracias, maja. Creo que el libro te gustará.

Anónimo dijo...

hace demasiados años que extravie el libro. Me interesaba todo, y disfrute con el hermano de Simon, Eduard (creo) quien recuerdo como un cinico desparpajado a punto de romperse. los cinicos me interesan, sobre todo cuando no estan mirando sobre su hombro; Aquellos que de alguna manera todo lod esprecian, empezando por si mismo. Recuerdo a uno de la Imagen publica de Muriel spark.

Exelente su reseña, gracias.
Norwellcr