jueves, septiembre 11, 2008

Cosa de risa, William Saroyan

Trad. Stella Mastrangelo. El Acantilado, Madrid, 2008. 192 pp. 15 €.

Alejandro Luque

Alrededor de los años cincuenta y sesenta, tuvo William Saroyan su cuarto de hora de gloria en Europa, donde fue muy traducido, leído y admirado. Luego, sin aviso y sin explicación aparente, fue barrido de las librerías, o relegado a las de viejo y ocasión. El mundo del que hablaban sus narraciones se desdibujó con la modernidad, y el mercado, con la complicidad de críticos y escritores, decretó que también Saroyan había caducado.
No extrañó, sin embargo, que el sello barcelonés El Acantilado, experto en rescates heroicos –de Zweig a Schnitzler– decidiera no hace mucho poner de nuevo en órbita a un maestro absoluto de la literatura del siglo XX. Empezó por El joven audaz sobre el trapecio volante, una deliciosa colección de relatos, y desde entonces han sido cuatro las joyas desempolvadas. La última, esta Cosa de risa, conoció al menos una edición anterior en español, en Plaza, titulada Es cosa de reírse, pero con una traducción infinitamente más pobre que la realizada ahora por Stella Mastrangelo.
¿Por qué nos gusta tanto a algunos Saroyan? Basta empezar a leer para saberlo. En Cosa de risa se narra el paseo por la calle de la amargura de Evan Nazarenus, un profesor de origen armenio —como lo fue el propio Saroyan— que afronta dramáticamente una infidelidad de su esposa mientras ambos acarician el sueño de tener un viñedo. A partir de este planteamiento sencillo, vamos a descubrir en primer lugar una prosa clara y al mismo tiempo ágil, de una limpieza asombrosa. El autor desenrolla sin trampas el ovillo de la trama, distribuye con inteligencia los personajes y las emociones, pero jamás adultera el producto, no ensaya atajos ni distrae la atención con inútiles prestidigitaciones.
Más de una vez demuestra una enorme capacidad para exponer situaciones aparentemente normales, bajo las cuales discurre un fondo terrible. En otras obras suyas, ese río subterráneo era el presentimiento de la guerra; esta vez se trata, como dijimos, de una desavenencia conyugal y las subsiguientes pesadumbres, que se vuelven más angustiosas y enconadas cuanto más calladas, escondidas en la cotidiana apariencia de normalidad.
También es frecuente en la obra de Saroyan la presencia poderosa de la pureza infantil, que de algún modo redime y despeja la atmósfera siempre viciada del mundo de los adultos. Aquí entran en acción, con un protagonismo arrollador, Red y Eva, los hijos de la pareja. Los niños actúan en las narraciones del californiano como una promesa de futuro, y lo hacen no sólo proyectando miradas sanas e ingenuas, sino desarrollando también diálogos magistrales. Échese un vistazo a La comedia humana o a Me llamo Aram para encontrar algunas impagables lecciones al respecto.
Pero insistimos: el de William Saroyan puede ser cualquier cosa, menos un ámbito edulcorado, ñoño, blandito. Sin tremendismo, gota a gota, el escritor da vida a seres luchando a brazo partido por encontrar su propia identidad, su lugar en el mundo o por abrazar ese espejismo que llamamos felicidad, y en ese proceso comparece toda la grandeza y la miseria humanas. Fortalecida en lo que entienden como deshonra y dolor, la familia Nazarenus atravesará su sorda crisis haciendo que el lector sufra y se conmueva como un pariente cercano.
Eso consigue siempre Saroyan: hacernos partícipes de los sentimientos de sus personajes, aprender de ellos en su piel. Es una pena que El Acantilado haya retrasado la salida a la luz de las anunciadas memorias del escritor, que este año –la semana pasada apenas- cumpliría cien años. Pero conociendo lo mucho que en este caso se imbricaban vida y ficción, no hay duda de que nos esperan muchas más páginas de inefable gozo. Y ojalá no tarde demasiado en salir también en esta colección El tigre de Tracy, una de las novelas cortas —recuerden lo que les digo— más fulminantemente hermosas que este reseñista puede recordar. Tratándose de Saroyan, la espera siempre vale la pena.