jueves, septiembre 18, 2008

Nada grave, Ángel González

Visor, Madrid, 2008. 73 pp. 15 €

José Manuel de la Huerga

Una colección que pretende recoger la voz de los mejores poetas vivos del siglo XXI español comienza su camino con un libro póstumo de Ángel González. La paradoja, en poesía, es sinónimo de acierto, de hallarse en el límite de dos mundos de imposible conjugación, pero que la genialidad del creador es capaz de cuajar. Tenía que ser la voz de Ángel González, pertinaz en el susurro lastimado, de vuelta de todo, hasta de la muerte, como deja escrito en alguno de estos breves, la que sirviera de pórtico, junto con Gelman y García Montero. Tres voces, tres latitudes, tres maneras de abordar el trabajo poético, pero un único denominador común, la excelencia. (En una próxima entrega nos ocuparemos de Mundar de Gelman). La edición, cuidada hasta en el mínimo detalle (cubiertas, sobrecubiertas, guardas rojas, retrato del poeta a lápiz, dos tintas…) se la merecen estos tiempos que llaman de crisis. Nunca se habrá leído tanta y tan buena poesía.
En cuanto al libro Nada grave hay que hacer una primera observación: el texto es póstumo, ha salido de las manos de la esposa y del buen amigo, García Montero, director de la colección. Los poemas, al parecer, estaban ya ordenados y figurarían, en un futuro, en un libro que no es este. Seguramente tendría una mayor extensión (o no), y conociendo las manías de los poetas, algunos de los textos, por no decir todos, serían retocados, eterna y enfermizamente retocados, algunos caerían, otros cambiarían de lugar… Pero el libro en proyecto Nada grave pasó por encima del trabajo melancólico de Ángel González, y le abandonó.
Sabemos, por la nota inicial del director de la colección, que Ángel González trabajaba en los últimos meses en dos carpetas de signo muy diferente: una triste, pesimista, ésta que hoy nos convoca en esta crítica, y otra juvenil y desenfadada, un almanaque con los meses del año. He aquí la primera enseñanza del maestro: saber abrir y cerrar carpetas, saber entregar a la estampa lo que es enseñable, saber guardar lo que debe esperar… De estar vivo, Nada grave no se habría publicado. Pero sé que esto que escribo es una bobada. Ángel González sometía a sus textos a los prescriptivos tratamientos de adelgazamiento y sueño. Deberemos, pues, leer Nada grave como un libro de circunstancia… final. Por cierto, nada grave. La ironía del poeta hasta en la postrer entrega.
Tristeza y lucidez son dos palabras que se dan la mano al final de los días del poeta. Los poemas son pesimistas, ácidos, de una melancolía a veces insoportable. La brevedad, la sentenciosidad hacen que el lector vuelva sobre los textos, creyendo haber pasado algún doble sentido por alto, alguna lectura cruzada, algún guiño a la memoria, a los libros, a los poemas. Pero no, son textos secos:

Lo que queda
−tan poco ya−
sería suficiente
si durase.


Y a un mismo tiempo, están cargados de una honda ternura (la de siempre en su voz, la que es marca de la casa desde Áspero mundo, esa que parece que te está leyendo los poemas al oído) que no está lejos de la compasión, no de sí (o sí), sino del género humano:

Todo lo que yo tengo de animal,
de vertebrado,
de mamífero,
hoy se adueña de mí con descaro exultante.
Hoy no tengo razón, y lo celebro. (…)

Soy esto
−dice o casi relincha, desafiante mi cuerpo−
y nada más que esto:
cuadrúmano o solípedo
y poca cosa más: sedentario, nocturno.

Son poemas que acarrean todo el dolor aprendido en el convulso siglo XX, el del hombre que aguanto posguerra, dictadura, exilio, distancias oceánicas…, pero amó vivir así. La palabra justa es un don en estos poemas, bien sabía el poeta la máxima de Monterroso (“Cada día una línea menos”) y la practicaba en el verso mismo, ajustado al latido, ni un bombeo más. Por eso los poemas son tan breves (los aforismos de Machado brillan al fondo), cansados de escribir, pero necesarios, incluso en dos versiones apenas perceptibles (y tan diferentes), como ocurre en los poemas titulados por igual Vista cansada.
Quería dejar para el final un poema. Se titula Yo insistente. Sólo por él valdría la pena el libro entero. Comienza:

Cierro los ojos: desaparece el mundo.
En el interior negro de mi cuerpo
sigue mi yo sombrío sin cambiar de postura.

Lo he leído y releído estos días. Lo marco, porque volveré a él. Ángel González lo dice en el poema titulado Leo poemas, este poema es una caricia, una compañía:

No es que me alivie la tristeza ajena;
es que me siento menos solo.

Ojalá Ángel González estuviera aquí todavía para leerlo una vez más, o como el Sam de Casablanca, tocarlo otra vez.

3 comentarios:

Sergio dijo...

Preciosa lectura sin aspavientos, como Ángel González. Decía, en uno de sus artículos, pequeños ensayos o conferencias, que Antonio Machado era el mejor poeta del siglo XX, al menos para él.

Un saludo.

Anónimo dijo...

No aquí, claro, pero sí en reseñas anteriores echo de menos el nombre del traductor. Después de todo, gracias a él (o a ella) podemos leer el libro en castellano.

Antonio Serrano Cueto dijo...

Qué grandísimo poeta. Junto con García Baena, José Ángel Valente y Antonio Colinas forma para mí el cuarteto imprescindible de la poesía española de las últimas décadas. Corro a comprar este libro que de póstumo sólo tiene el accidente, porque González es poeta de eternidades.