lunes, septiembre 29, 2008

Abril, Carlos Eugenio López

Lengua de Trapo, Madrid, 2008. 202 pp. 18.60 €.

Miguel Baquero

Un pringateras (esto es: cualquier chaval de nuestros días, sin más estudios que un título universitario, apuntado a ni se acuerda cuántas bolsas de empleo y que mira con envidia a los famosos “mileuristas”) decide un día alistarse en el otrora Glorioso, Victorioso y Ardoroso Ejército Español, convertido hoy en agencia de colocación para gente sin mejores recursos. Su objetivo: obtener el título de fontanero para, una vez transcurrido el periodo militar, poder colocarse en una empresa o aún mejor, hacer unas cuantas ñapas particulares que no hay por qué declarar a Hacienda.
Así las cosas, y el muchacho en cuestión vestido ya de caqui, de pronto estalla una guerra en un lejano país, Kimbambia, y el aspirante a fontanero es incluido entre la misión humanitaria que, a bordo de un avión destartalado, debe trasladarse a aquel lejano y perdido punto del planeta. Van a ejercer la cooperación con los habitantes del país, pero éstos, los kimbambianos, sin embargo, parecen no agradecer demasiado el esfuerzo humanitario, cooperacional y sinfronterizo que por ellos hace el contingente hispánico. Antes bien, comienzan a volar con demasiada frecuencia las piedras sobre el acuartelamiento…
Este es, sobre poco más o menos, el argumento inicial de Abril, el último libro de Carlos Eugenio López, novelista y poeta leonés con seis novelas anteriores (algunas de ellas traducidas a varios idiomas) y varios premios en su haber. Un inicio sarcástico, pegado al terreno y a la actualidad, y que sin duda por ello mismo resulta cercano y divertido. Muy divertido, que al fin y al cabo es lo que se pretende. Cimentada sobre un punto de ironía, algo de cinismo y sustentado por unos diálogos muy ágiles, Abril va avanzando de forma amena y como sin sentir, atrapado el lector por la mirada aguda y cáustica que el autor vierte sobre unos hechos que, sin demasiado esfuerzo, pueden encontrarse en la siguiente esquina de la calle o apenas encender el televisor.
Hacia la mitad de la novela, sin embargo, este tono cambia, al hilo de los acontecimientos. Lo que pasaba por un recochineo circunstancial y desenfadado de nuestros tiempos, y una burla de todo el espíritu marcial, pasa a ser, de repente, otra cosa. Justo cuando el chiste ya comenzaba a perder su frescura (y sin duda es mérito del autor saber el punto hasta dónde puede llegar, y cuándo debe de cambiar de registro), justo entonces un trágico incidente “colateral” hace que toda la gracia y la ironía vertida en torno a la situación guerrera comience a disolverse y su lugar lo ocupa un tono ácido, donde el absurdo, cercano a lo kafkiano, es la nota predominante. La guerra se da por finalizada (aunque no sea cierto, en realidad), el contingente es repatriado y para el protagonista comienza entonces otra novela, donde la ironía, el sarcasmo y el chiste están ahora de más.
No me parece fácil la tarea de unir dos textos tan distintos, justo en medio de la novela, sin que se advierta ahí un brusco escalón. Carlos Eugenio López logra, en mi opinión, hacerlo de forma progresiva y sutil, de tal manera que, sin saber cómo, el lector siente que de pronto ha abandonado aquel tramo divertido y bienhumorado y se encuentra transitando por otro distinto, sin apenas humor y con la fatalidad en torno. A mí, particularmente, me ha parecido muy atractiva esa forma de cambiar de ambientes, ese quiebro que, a fin de cuentas, no es otra cosa que escapar a lo previsible.