viernes, mayo 01, 2015

Disculpe que no me levante, VVAA

Demipage, Madrid, 2014. 398 pp. 19 €

Victoria R. Gil

Lejos de morbos y truculencias, con una naturalidad que nos es ajena por estas tierras, veinte jóvenes autores latinoamericanos nos ofrecen otros tantos cuentos inéditos sobre la muerte y, sobre todo, sus ceremonias, el verdadero tema de este libro, ya que, como asegura su prólogo, «en la muerte sólo sucede la muerte, pero los funerales fingen atender a la muerte para que otras cosas sucedan». También encontramos en el prólogo otras claves de lectura, como el humor, que aunque pudiera parecer de mal gusto usarlo en una asunto tan serio como el de morirse, algunos de los relatos se sirven de él con un desparpajo refrescante y liberador. Como explica el prologuista desconocido (imagino que el editor) la selección de los autores ha seguido un criterio primordial: «Por encima de la nacionalidad y la fecha de nacimiento, nos planteamos uno más firme: que todos fueran autores vivos (…) Nos daba miedo lo que pudieran contarnos aquellos autores que han conocido la muerte».
Las nacionalidades también existen, y hasta el sexo, que además de chilenos, colombianos, peruanos, argentinos y mejicanos, entre otros, los veinte escritores seleccionados se reparten equitativamente, quién sabe si por casualidad o elección deliberada, entre diez hombres y diez mujeres. Pero sin importar el país de origen o el sexo de los autores, para el lector español este libro ofrece una magnífica oportunidad de acercarse a un puñado de nombres como Isabel Mellado, Sebastián Graciano, Maximiliano Barrientos, Selva Almada, Carlos Yushimito, o Richard Parra, por citar sólo a algunos, con quienes compartimos idioma y cultura, y en quienes descubriremos ecos de algunos de esos narradores de allí con los que hemos crecido aquí: Cortázar, Márquez, Onetti
Aunque esta antología bien podría haberse denominado “19 cuentos de muerte y uno de resurrección”, el título elegido, Disculpe que no me levante, rinde homenaje a Groucho Marx y a ese epitafio que siempre quiso estampar —y nunca lo hizo— sobre su tumba. Poéticos unos, tristes otros, jocosos o cómicos, fantásticos o realistas, con amores y odios que trascienden la muerte, el muestrario es más que amplio y atrayente en esta magnífica recopilación de Demipage, cuya portada ya nos da pistas sobre su voluntad transgresora: un impasible esqueleto disfrutando de un (¿último?) cigarrillo.
Lina Meruane es la encargada de iniciar el cortejo fúnebre con su ‘Ay’, una historia agridulce, morosa y desgarrada, en la que no falta una cierta truculencia fetichista, muy comprensible cuando se trata de retrasar la marcha definitiva de un hijo: «Tu padre iba en busca de la mano extraviada. La mano que habías perdido, Aitana, en algún lugar de la avenida. Ojalá nunca la encontrara tu padre en los alrededores del paradero, que no hurgara en los basureros, que no preguntara a nadie por tu mano en el comercio. Tu mano continuaría perdida y tú no tendrías que irte, Aitana; podríamos seguir aplazando la despedida».
Cierra el libro “El cementerio perfecto”, de Federico Falco, el relato más extenso de la antología, casi al borde de la novela corta, donde comprobamos que las mezquindades humanas no se paran en nimiedades como la muerte o la última morada, y su protagonista, un diseñador de cementerios, tendrá que luchar más de lo que imaginaba para construir su obra maestra, el mejor camposanto, el definitivo. Entre ambos, delicias como “Alfredito”, de Liliana Colanzi, con su visión de la muerte a través de los ojos infantiles; “Hasta que se apaguen las estrellas”, de Andrea Jeftanovic, el emotivo adiós a un padre a punto de irse definitivamente, o “De tu misma especie”, de Giovanna Rivero, uno de esos ajustes de cuenta con una ex pareja, en este caso, un antiguo novio más particular de lo habitual: «¿Qué podría reprocharte, por Dios? ¿Que resucitaste? Tu resurrección fue una felicidad y un alivio para todos, sobre todo para mí que, después del tremendo susto al ver cómo te incorporabas desorientado del que ya no sería tu último lecho, mientras a mí se me escapaba el alma con una fuerza centrífuga brutal, fui recuperando de a poco una paz lánguida, extenuada de tantas emociones».
Acérquense a esta obra con humor y sin prejuicios. Incluso sin son ustedes de esos lectores aprensivos a los que la sóla mención de la muerte les provoca una taquicardia, sabrán disfrutar de ella.