miércoles, mayo 27, 2015

La caída de la Casa Usher, Edgar Allan Poe

Trad. Francisco Torres Oliver. Nórdica, Madrid, 2015. 88 pp. 16,50 €

Victoria R. Gil

Hay libros que da gusto leer en papel y los pertenecientes a la colección ilustrada de Nórdica son de los que nunca defraudan. Las obras de esta editorial consiguen siempre esa conjunción perfecta entre dibujo y texto que demuestra su buen gusto y, sobre todo, la pasión que impulsa su trabajo y que se aprecia en cada nueva publicación. La caída de la Casa Usher no es una excepción y con este libro logra además que miremos con nuevos ojos uno de los cuentos más famosos de Edgar Allan Poe, analizado, desmenuzado y hasta psicoanalizado desde que viera la luz por primera vez en el número de septiembre de 1839 del Burton's Gentleman's Magazine.
La historia que narra es más que conocida para el aficionado a este autor norteamericano de vida azarosa: Un hombre del que ignoramos su origen, su ocupación y hasta su nombre responde a la llamada de socorro de un viejo amigo al que hace tiempo que no ve, Roderick Usher, quien, aquejado de «una postración física aguda, de un desarreglo mental que le agobiaba», reclama su presencia como el único alivio posible para su mal. Un mal, por cierto, cuya naturaleza ni el protagonista ni el lector llegarán a descubrir.
Narrado en primera persona por el amigo que responde a esa petición de ayuda, el relato comienza con su llegada a la residencia familiar de los Usher, una decrépita mansión que se alza sobre un lago en el que se reflejan sus «troncos desmembrados y ventanas de mirada vacía» como un personaje más con vida propia en un lugar donde queda ya muy poca vida.
El deterioro físico y mental del amigo sorprende al recién llegado, que durante días tratará de animarlo a salir del estupor en el que parece inmerso, provocado tanto por ese desconocido mal que lo aqueja como por la angustia que le causa la salud de su hermana gemela, Lady Madeline, cuyo estado físico es aún peor que el suyo.
En este universo aislado y sin contacto con el exterior, Poe describe la mansión con igual minuciosidad que dedica a presentarnos al último de los Usher. Es fácil creer que acaso los siglos de historia familiar, cargados de insania y oscuras pulsiones se han quedado prendidos de sus muros y supuran de tal modo que su influencia sobre cada nueva generación es inevitable. Porque «la estirpe de los Usher (…) no había dado nunca ramas duraderas; en otras palabras, la familia entera se prolongaba por línea directa de descendencia y, salvo breves e insignificantes variaciones, había sido siempre así».
El relato entero se nutre de la misma ambigüedad con la que Poe describe esta particularidad familiar, origen quizás de la tara que afecta a todos los descendientes sin que nunca se conozca cuál es, pero que apunta directamente a la endogamia e incluso al incesto entre los propios hermanos. Pero nunca lo sabremos con certeza.
Su inconcreción es uno de los principales aciertos de este relato angustioso, donde el lector irá de la curiosidad a la inquietud para llegar al sobresalto y el terror. Un camino que recorrerá también el protagonista antes de aceptar que el destino de la familia Usher estaba escrito desde hacía generaciones sin que nadie ajeno a ella pudiera evitarlo. Nada sabremos de las conclusiones a las que él llegará tras abandonar la mansión condenada. Poe prefiere dejar en nuestras manos la tarea de buscar más allá de la lánguida apariencia de los hermanos Usher, de su sensibilidad extrema y de los casos de catalepsia que padecen, las razones que oculta la familia, generación tras generación. Tal vez un incesto repetido, sí, pero quizás no sólo eso. ¿Existen los no muertos? ¿Se hereda el vampirismo como el color del cabello? ¿Provoca la enajenación mental un mal físico o, más bien al contrario, es la enfermedad del cuerpo la que termina por destruir el espíritu? Las turbadoras ilustraciones de Agustín Comotto que dan vida a La caída de la Casa Usher ganan fuerza cuando representan la mansión familiar y el desolador paisaje que la circunda; pero es con los dibujos de Roderick y Lady Madeline, con su apariencia espectral y acompañados en el caso de ella con ese puñado de ramas secas de un árbol genealógico que se ha quedado sin frutos, donde el artista logra su mayor escalofrío.
Afirma el editor en la contraportada del libro que ésta es una de las obras de Edgar Allan Poe más alabada por la crítica, considerada incluso por el propio autor como la más lograda entre todas las suyas. Esto, como todo, es cuestión de gustos. Entre la variada y magnífica colección de cuentos fantásticos que Poe nos ha dejado habrá quien prefiera El corazón delator, El gato negro o a la hermosa y fantasmal Ligeia. En mi caso, el mejor Poe siempre será el que alumbró a Auguste Dupin, pero sean cuales sean nuestras preferencias, esta nueva publicación de Nórdica es de las que merece la pena no perderse para seguir disfrutando del estremecimiento que siempre nos causa uno de los mejores cuentistas de todos los tiempos.