viernes, septiembre 26, 2014

Felices los felices, Yasmina Reza

Trad. Javier Albiñana. Anagrama, Barcelona, 2014. 190 pp. 14,90 €

Care Santos


«El tiempo: el único tema»«Cuando has visto de cerca cómo copulan los cerdos ya no te puedes hacer ilusiones sobre el sexo». Ninguna de estas dos citas pertenece a este último libro de la francesa Yasmina Reza, sino a dos de sus trabajos anteriores: Hammerklavier y En el trineo de Schopenhauer, respectivamente. Pero nos sirven a la perfección para resumir este libro de relatos en la sobrecubierta dice que es una "novela", pero yo no estoy en absoluto de acuerdo y habrían podido muy bien formar parte del mismo. 
Eso ocurre porque Reza construye una literatura en que sus preocupaciones, sus filias y fobias son como esas vigas exteriores que tanto se estilaron en la arquitectura de los años 90: están a la vista, la intención no sólo no es esconderlas, sino lucirlas, mostrar lo fundamentales que son. Leerla significa enfrentarse de nuevo con esos fantasmas suyos, que ya nos resultan familiares (aunque nos asustan igual): la soledad, la muerte, la maternidad y paternidad, las relaciones de pareja y el omnipresente paso del tiempo. Reza es, además, una exitosa autora teatral, y no me cabe duda de que construye los argumentos de sus novelas —o de sus relatos— partiendo de la visión dramática de los personajes.
Lo cual me invita a hablar de psicología y teoría literaria. La inmensa mayoría de narradores que conozco construyen sus historias de ficción a partir del argumento o de la voz narrativa (sería divertido enumerar ejemplos de lo uno y de lo otro). No conozco a muchos narradores que a la hora de inventar un personaje se pregunten por qué dice tal o cual cosa, o que analicen sus reacciones desde puntos de vista poco convencionales, como por ejemplo el imperativo categórico kantiano. Los dramaturgos sí lo hacen, constantemente. Miran a sus personajes desde todos los ángulos. Y también leen libros de psicología para comprenderlos mejor. No conozco apenas a ningún novelista que lea libros de psicología para construir personajes. Pero estoy segura de que Yasmina Reza sí lo hace. También estoy segura de que conoce los complejos engranajes de las emociones humanas. Las conoce porque se hace mayor: la evidencia es que en la solapa figuran todo tipo de detalles biográficos, pero no el año de nacimiento. A mí me encanta que los novelistas envejezcan. Incluso los cuentistas.
Volviendo a los personajes, podríamos encontrar algunas explicaciones plausibles a que los dramaturgos lean libros de psicología. «Tienes que saber una cosa muy importante: los actores te preguntarán por qué deben decir cada una de sus frases. Y tú debes saber contestarles en todo momento de un modo convincente. Eso significa que debes saber por qué dicen lo que dicen.» Ese fue un consejo que una vez le escuché a un admirado amigo dramaturgo.
Tal vez los dramaturgos temen quedarse en blanco ante las preguntas de los actores y actrices. Los personajes de novela no formulan preguntas, aunque a veces deberían hacerlo para incomodar a sus creadores. Imagino a más de uno que al llegar al capítulo 2 diría, muy enfadado: 
«A ver tú, ¿serías tan amable de decirme por qué suelto esta parrafada sobre mis orígenes familiares? Y no me digas que porque alguien debía facilitar esta información a los lectores. Eso NO es una explicación. »
Yasmina Reza no deja de ser dramaturga aunque escriba cuentos (que su editor llama "novela", no olvidemos ese detalle). Sus personajes son imperfectos, odiosos, cargantes... son profundamente humanos y creíbles. Tienen manías estúpidas, como todos nosotros. Se meten en líos absurdos, como nosotros, de los que a menudo no saben salir. Persiguen la felicidad, que como todo el mundo sabe es un bien huidizo, quebradizo o tal vez inexistente (la autora no resuelve la incógnita). En su búsqueda, a menudo encuentran personas a quienes no buscan pero que están bien en el camino, y mantienen con ellas un intercambio de placeres, dolores, desengaños, silencios o incomprensiones. Sus vidas son anodinas, como todas. Aunque ellos a veces se den muchos aires de grandeza, como algunos. 
La mayoría de las historias se organizan a partir de parejas de personajes. Abundan las infidelidades conyugales, el viejo tema. Los personajes reaccionan como lo hacen las personas: algunos perdonan, otros se resignan, algunos miran hacia otra parte, otros lo mandan todo al garete. Los mismos personajes son protagonistas de unos relatos y secundarios en otros. Hay un sutil hilo conductor entre ellos, que da sentido al conjunto. O da sentido al hecho de que los relatos aparezcan juntos. Podrían haber sido más, naturalmente, incluso infinitos. Aunque el libro ganaría si se le extirparan un par de historias. La sobrecubierta dice que en total los personajes son dieciocho y, sinceramente, espero que no mienta también en esto. A mí me ha dado pereza contarlos.
Pero, más allá del género que estemos leyendo o del número de personajes que intervengan en él (¿algo de eso importa, en realidad?) es fascinante el bestiario humano que construye Reza a través de estas historias. Algunos protagonistas parecen estar ahí sólo para personificar el paso del tiempo, como la magnífica Jeannete Blot. Otros, son el retrato en negativo de la figura donjuanesca, como Chantal Audouin, cuyo relato comienza de este contundente modo: «Un hombre es un hombre. No hay hombres casados, ni hombres prohibidos.» O como la pareja que en el primer cuento discute de una manera absurdamente cruel en el supermercado, Robert y Odile, y de quien poco a poco conoceremos secretos abrumadores. Ella, por ejemplo, le engaña. Él también a ella. Con Virginie, la enfermera del doctor de la señora odiosa con cáncer cuyo hijo es otro de los amantes de Virginie. Y así hasta completar un círculo que sólo limita la voluntad de su creadora.
Lo mejor en Reza siempre es la rotundidad con que invita a la reflexión. «Se pasan la vida recomponiendo los pedazos y a eso lo llaman matrimonio, felicidad o yo que sé» (pág. 115); «Resulta imposible comprender lo que es una pareja, incluso cuando se forma parte de ella» (pág. 129); «Quizá tener una infancia feliz no es bueno para la vida posterior» (pág. 145); «Lo que deseo de verdad no puede formularse» (pág. 76). Éstas sí son citas de Felices los felices. Y una más, la de Borges que da nombre al libro:  «Felices los amados y los amantes y los que pueden prescindir del amor. Felices los felices».
Eso sí, si tienen previsto casarse pronto, mejor lo dejan para más adelante.