viernes, abril 11, 2014

Za Za, emperador de Ibiza, Ray Loriga

Alfaguara, Madrid, 2014. 216 pp. 18 €

Santiago Pajares

A Ray Loriga llevan toda la vida poniéndole etiquetas. Según algunos es la estrella del rock de las letras europeas , según otros es el líder de la Generación X que comenzó en los noventa y según otros está redefiniendo la ficción del siglo XXI. Y es que todos sabemos que si algo gusta al público es ponerle una etiqueta a un escritor, como si fuese un tarro de mermelada en un supermercado. Y me gustaría pensar que un autor escribe más de lo que cabe en una etiqueta. Hace poco, en un programa de televisión donde iba promocionando este mismo libro, preguntó al público si alguien vivía en Madrid centro, y al que levantó la mano le preguntó si podían compartir taxi. Creo que esta mera anécdota, esta gracia televisiva, ya dice bastante primero, de cómo está la situación de los escritores, y de la capacidad de decir mucho con pocas palabras de Ray Loriga. Este siempre ha mostrado cierta predilección por seres marginales, alejados de la sociedad ya sea por sí mismos o por circunstancias impuestas. Recuerdo con especial cariño sus tres primeras novelas, tres pequeñas joyas que he releído más de una vez, Lo peor de todo, Héroes y Caídos del cielo. Son páginas llenas de personas solitarias que buscan consuelo de diferentes formas, a veces melancólicas y a veces violentas. Pero se podía ver un poso común, un hilo conductor que parecía llevar de los personajes al propio autor. Y es que Ray, con esa tupida barba y esa mirada dura podría muy bien protagonizar uno de sus propios libros. Pero el actual Ray Loriga ya no es ese niño que soñaba ser escritor, es el hombre que sujeta a ese niño. Y ahora nos llega Za Za, emperador de Ibiza, su nueva novela. Es esta una historia de Zetas, de muchas Zetas, tal como queda reflejado en la propia portada del libro. Imaginemos tres círculos superpuestos, de forma que la confluencia de los tres resulta ser una pequeña área protegida por el resto de esas formas geométricas. Esa pequeña área bien podría ser una isla rodeada de mar, pero no una isla cualquiera, sino Ibiza, y no a una hora cualquiera, sino de día, cuando los ánimos de la fiesta están más calmados y los fiesteros y los DJ´s están durmiendo o reposando sus penas en la playa. Cuando la fiesta ha acabado, se encienden las luces y podemos ver los restos de lo que una vez fue. El primer círculo es Za Za, el protagonista, un ex dealer retirado en esa isla que pasa sus días dando paseos, escogiendo camisas y comiendo pizza. Un buen muerto, en palabras del propio escritor. El segundo círculo es ZAZA, el barco de recreo más grande del mundo, de ciento ochenta metros de eslora y una alegre tripulación embutidas en polos náuticos rosas. Y el tercero es ZAZA, la mayor, más excitante y legal droga recreativa que se haya comercializado jamás. Y como un buen ciclón es la confrontación de vientos opuestos, este libro es la confrontación de estos tres frentes, de estos tres círculos, de todas estas Zetas. Uno puede correr mucho para darse cuenta, al final, que los problemas siempre corren más que tú. Y el pobre Za Za se ve arrastrado por estos vientos como un pelele de la casualidad, que es lo que es. En esta novela se habla de casi todo, con esa ligereza que se te pega a los labios cuando estás de vacaciones en una isla mediterránea como es Ibiza. De la independencia, de las drogas, del dinero, el éxito, la experimentación científica, la felicidad y lo que somos capaces de hacernos unos a otros para ser felices, aunque sea de una forma fingida, pero felices al fin y al cabo. Y en el medio de toda esta vorágine el protagonista, que sólo aspira a vivir tranquilo y a que le dejen en paz. Porque, ¿no es esa la felicidad última? ¿No es eso los restos de la fiesta en las baldosas del suelo cuando asoma el nuevo día? Un día ventoso, con vientos en forma de Zeta.