sábado, marzo 09, 2013

Solo con invitación: El joven Nathaniel Hathorne, Víctor Sabaté

>Rayo Verde, Barcelona, 2012. 96 pp. 12,95 €

Arcadio García

Un escritor que en rigor no lo es porque ha renunciado a serlo antes de darse la oportunidad de triunfar, descubre, tiempo después de haber desistido en el objetivo de alcanzar la gloria literaria, que uno de sus cuentos de juventud inédito ha sido plagiado por un famoso autor norteamericano muerto ciento cincuenta años antes. La historia de ese plagio inaudito sirve de detonante para que Victor Sabaté lleve a cabo un muy estimulante juego metaliterario que, a la postre, constituye una divagación no solo sobre el plagio, y sobre la creación literaria o la figura del escritor y el proceso en el que se sumerge para entronizarse como tal, sino también sobre el peso disuasorio que la tradición ejerce en algunos escritores, y las estrategias y los atajos en los que incurren otros para insertarse en ella. La obra de Sabaté reflexiona, asimismo, sobre la ambición literaria, sobre cuáles son sus límites y hasta dónde es capaz de prestarse un autor para verla satisfecha, cuáles son los obstáculos que cabe salvar o de qué amenazas ponerse a resguardo y a qué hay que renunciar para convertirse finalmente en escritor.
Así, el narrador de El joven Nathaniel Hathorne, siguiendo la máxima de Thomas Mann según la cual se debe morir para la vida si se quiere ser cabalmente escritor, en las primeras páginas de la novela renuncia a granjearse afectos que le distraigan de la tarea de escribir la gran obra que le proporcionará la gloria literaria, pero en realidad se trata de una renuncia poco menos que simbólica, un desiderátum expresado sin demasiada convicción, pues no solo no opone mucha resistencia sino que cualquier excusa que le sale al paso es buena para eludir la escritura («cualquier pretexto servía para abandonar o postergar la redacción de la novela». p.17), quizá porque teme defraudar las expectativas que ha depositado sobre él mismo. O para no descubrir que entre esas expectativas y la realidad media la misma distancia que entre un buen escritor y uno mediocre. Porque la novela de Sabaté también invita a reflexionar acerca del estatus del escritor, de cuáles son los atributos que distinguen a unos de otros, y si el fracaso, la renuncia o la pérdida de fe en la escritura («la que me había devuelto la fe en la escritura». p.85) de muchos de ellos no tendrá como causa que le exigen demasiado, que han —hemos— depositado sobre sus espaldas mucho más de lo que está en condiciones de ofrecer.
Aunque se trata de una primera novela y, por tanto, cabe la posibilidad de que sea prematuro aventurarlo, Víctor Sabaté parece situarse en ese grupo de escritores cuyo universo ficcional gira en torno a la literatura, en torno a los autores que admiran y se han erigido en modelos y en fuente de inspiración constante. Escritores en la estela de Enrique Vila-Matas, en el decurso de cuya formación parecen haber contraído una deuda que se diría intentan saldar con cada obra que publican, en forma de homenaje, de cita; un constante enaltecimiento, en suma, de la forma en que esos autores idolatrados entendían la literatura.
Hay libros, sellos editoriales y autores sobre los cuales unas pocas referencias bastan —a veces la intuición es suficiente— para tener la seguridad de que cumplirán las expectativas depositadas en ellos. El joven Nathaniel Hathorne, la editorial Rayo verde y Víctor Sabaté se ajustan a ese aserto.


Víctor Sabaté: "No creo que escribir para cierto tipo de lectores sea una decisión que uno pueda tomar deliberadamente"

Entrevista de Care Santos



La primera pregunta es obligada. ¿Qué hay entre usted y Nathaniel Hawthorne?
—Hay una conexión inicial un poco azarosa, puesto que decidí utilizarlo como personaje porque encajaba con una parte de la historia que finalmente eliminé de la novela. Hay un grato descubrimiento: a Hawthorne yo lo conocía por Wakefield y por unos pocos relatos fantásticos, y no me parecía que me pudiera interesar demasiado el resto de su obra; sin embargo, al final sí lo ha hecho, sobre todo algunos textos autobiográficos considerados menores en su producción. Y hay también ese sentimiento de fraternidad diferida en el tiempo que llega a sentirse con un autor cuando hemos compartido con sus libros un período largo y continuado.

 Fotografía © Xavier Serrahima
 
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