viernes, marzo 11, 2011

Tanta pasión para nada, Julio Llamazares

Alfaguara, Madrid, 2011. 155 pp. 17 €

Ignacio Sanz

Para empezar, este espléndido libro de doce relatos y una fábula, rinde homenaje en una nota aclaratoria al gran cuentista socarrón Antonio Pereira, ese clásico semioculto entre el bálago editorial que nos dejó en el 2009. Es una manera preciosa de comenzar la lectura y de situarnos en los que ha de venir. No es la primera vez que Llamazares aúpa a su paisano, un gesto generoso que, teniendo en cuenta la difusa invisibilidad en la que se movió Pereira, lo engrandece. Una vez más.
En esa nota inicial, el autor habla del nihilismo que atraviesa la médula de estos cuentos como parte de una de sus constantes literarias. En efecto, el nihilismo está latente en este ramillete de cuentos, pero también la melancolía poética y cierta ráfagas de humor que los hacen más transitables. Y un desasosiego creciente que aparece, sobre todo, en “Un cuento de encargo”. Y la pasión por la narración pura, por el gusto de contar y contar que está presente en todos.
En algún momento, mientras leía, me he sentido recostado en un escaño, en La Puebla de Lillo o en La Mata oyendo la voz grave de Llamazares, como si estuviéramos en una vieja cocina, al calor de la lumbre pero, sobre todo, al hilo de las palabras que alimentaron los filandones de su tierra. Por ejemplo, ese eco a los filandones aparece claramente en “Las campanas de Cuerna”, “Música en la oscuridad” o “Médico en la noche”. Tiene uno la sensación de que estos cuentos podrían ser trasunto de la realidad, crónica de la biografía del propio autor. También he escuchado el eco lejano de don Pío Baroja en el ritmo de la prosa, pero también en el trasfondo ideológico algunos personajes, en concreto, en aquellos cuentos alentados por personajes que resultan esquivos al sistema, ajenos a los principios dominantes del mercado. Y, cómo no, también revolotea por ahí el Camus de El extranjero”.
La primera ocupación literaria de Julio Llamazares fue la poesía. Algunos de estos relatos escritos en prosa, son poesía destilada. Por ejemplo “El lilar de las monjas” o “A Primout no vuelve nadie”, un homenaje al poeta Ángel González. Qué maravilla. Se nos queda el libro entre las manos y el pensamiento viaja hasta aquella aldea remota y olvidada de los Picos de Europa, donde el poeta asturiano comenzó su vida laboral como maestro y donde vuelve 50 años después, contraviniendo el diagnóstico del viejo alcalde. Y nos enlaza con otra de las preocupaciones de Llamazares, los pueblos abandonados, esos pueblos que un día alentaron vida y donde ahora campa el olvido y la desolación. Julio sabe bien de lo que habla.
En definitiva, aquí está resumido el mundo de Llamazares, la reflexión metaliteraria, los maquis que aparecieron en “Luna de lobos”, su primera novela, los pueblos abandonados de su mítica “La lluvia amarilla”, la gesta legendaria del futbolista Djukic, la mirada poética sobre una realidad cruda y desasosegante. Como la vida misma, esa vida que inútilmente perderemos, pero que, gracias a relatos de este calibre se hace menos áspera, más transitable.
Y para cierre, esa fábula, apenas siete líneas, titulada “El día de mañana” y que, como “La novela brasileña” de Pereira, nos deja con el pensamiento cabalgando y cabalgando, como si saboreáramos un caramelo de largo aliento. Como los grandes vinos.

jueves, marzo 10, 2011

A merced de la tempestad, Robertson Davies

Trad. Concha Cardeñoso. Libros del Asteroide, Barcelona, 2011. 344 pp. 20,95 €

Ángeles Prieto

Todas las generalizaciones dejan entrever los desconocimientos y carencias de quiénes las formulan, cuando no demuestran grave ignorancia. Y tras una larga historia de desencuentros, mala comunicación, problemas de frontera y guerras entre ambos países, Estados Unidos y Canadá establecieron también serias barreras culturales mediante la creación de tópicos mutuos, como todos los vecinos, buenos o malos, han establecido a lo largo de la Historia. Parte de esos tópicos son añejos y coloniales, como producto de las herencias de sus metrópolis fundadoras respectivas, sin embargo otros lugares comunes, muy desafortunados, no lo son, y podemos achacarlos directamente a la competición comercial entre ambos estados. Porque por esta causa, y ninguna otra, hay quiénes contrastan sin problemas la literatura norteamericana con la canadiense, adjudicando a la segunda todo el academicismo, reflexión, letargo, modorra y sopor que nunca reconocerían encontrar en el país de los cambios sociales fulgurantes, las apasionantes aventuras o la búsqueda de la Gran Novela Norteamericana.
Afortunadamente en los últimos años, y gracias a magníficas traducciones, estamos conociendo en España qué es y en qué consiste lo mejor de la literatura canadiense, con ese interesante y rico acervo cultural, del que tanto ignoramos, en contraste con todo lo que sabemos de la historia y la literatura norteamericanas. Cuatro nombres en concreto, por su calidad y magisterio, están ahora mismo despertando en la prensa española elogios unánimes: Alice Munro y Mavis Gallant como las grandes damas del relato corto; Saúl Bellow y Robertson Davies, como principales adalides de la amena, culta y apasionante gran novela canadiense.
A merced de la tempestad, la novela de Robertson Davies que ahora comentamos es un título primerizo, pero debemos recordar que El gatopardo de Lampedusa también lo fue, y con aquella guarda la similitud de tratarse también de una novela tardía que sin duda sabe transmitirnos el espíritu de un lugar y de una época. Pues, pese a recoger algunas características de los autores que empiezan, como expresarnos directamente sus opiniones sobre los escritores románticos o respecto a la maravillosa música de Purcell, nos encontramos también ante una novela magnífica gracias a sus muchos aciertos: la penetración psicológica inteligente demostrada en todos los personajes secundarios, y con especial acierto en Hector Mackilwraith, finalmente gran protagonista; el paralelismo divertido con la gran obra tardía de Shakespeare; la observadora descripción, no exenta de humor, de la vida social en la pintoresca Salterton, inventada ciudad mercantil, con su destacada Universidad, su Juzgado y sus dos grandes catedrales; el poderoso dominio demostrado en el estilo ágil, ameno y periodístico de la narración y en los no menos interesantes y humorísticos diálogos.
Así, el resultado de esta primera parte de la Trilogía de Salterton, no pudo ser más venturoso, a corto camino ya de El quinto en discordia o Mantícora, primera y segunda parte de la Trilogía de Deptford, auténticas obras maestras independientes que ningún lector entrenado debería pasar por alto. Porque tras una licenciatura en Oxford y una exitosa carrera tanto en dramaturgia como en periodismo, fue como Davies pudo luego deleitarnos y convertirse en el maestro mundialmente famoso que logró ser, gracias a su talento narrativo en esas once novelas tardías en las que derrochó su imaginación y lucidez. Y es sólo ahora cuando en lengua castellana, gracias a las preciosas ediciones, y mejores traducciones, de los Libros del Asteroide, nos hemos podido quedar boquiabiertos con siete, esperando que lleguen a nuestras manos todas ellas. Unas novelas divertidas cuyo estilo ágil iguala y aún sobrepasa, al mejor Mark Twain, el de Tom Sawyer y Huckleberry Finn, para dar así una lección en toda regla a quiénes afirman, estúpidamente, que la literatura canadiense es aburrida.

miércoles, marzo 09, 2011

Zoom, Manuel Espada

Paréntesis, Sevilla, 2011. 192 pp. 13 €

Miguel Baquero

“Imaginar el mundo al revés”, ese parece ser el objetivo, radicalmente literario, de Manuel Espada, uno de los mejores microrrelatistas de este país. Hace apenas unos meses, Manuel Espada nos sorprendió con un magnífico libro de relatos, en aquel caso algo más extensos, titulado Fuera de temario, una obra que compartía con ésta que ahora sale a escena el mismo deseo de romper con lo establecido, llegando incluso (o en primer lugar) a romper con lo lógico; un afán por contemplar la vida cotidiana de forma sustancialmente distinta, desde “el otro lado”. Una reivindicación, en definitiva, de la ficción sin reglas, acercándose al surrealismo pero sin caer en la autocomplacencia en que acabó apagándose aquel viejo movimiento.
La principal diferencia con los surrealistas es que, mientras aquellos parecían empezar y agotarse en sí mismos, la imaginación que propone Manuel Espada (tanto en Zoom, como en Fuera de temario, como en su primer libro de cuentos, significativamente titulado El desguace), parte de un asunto cotidiano y aparentemente trivial, y concentrándose en el detalle (el “zoom” al que alude el título del libro), al levantar la vista de él contemplamos una realidad distinta, un mundo en el que el tiempo puede volver hacia atrás, las pacíficas e hipotecadas casas de pronto se convierten en mansiones espectrales, uno tropieza con su asesino repetidas veces en el día o los cuerdos son encerrados en los manicomios.
Asimismo, se entremezclan con estos relatos de raigambre cotidiana otros que tienen su origen en la literatura, o al menos en el papel impreso: hemorragias de palabras en la biblioteca, personajes de cómics hartos de compartir página impar con tipos de mala catadura, o escritores que se creen caballeros andantes y que en sus novelas hacen que sus personajes queden mancos en batallas navales. Pareciera que, en sus relatos, Manuel Espada va girando el ángulo de la realidad, cada vez de forma más acusada, 60, 90, 120 grados, hasta llegar a los 180, en que el mundo ha dado la vuelta por completo. En este sentido, no es casual la inclusión en el volumen de una recreación del famoso relato “El lobo-hombre en París”, maravilloso breve en el que Boris Vian consiguió forzar de forma espléndida ese plano con el que ahora juega Manuel Espada.
Compuesto de relatos en torno a las quince o dieciséis líneas (en ocasiones la extensión se reduce a un renglón, otras veces el relato alcanza, todo lo más, la página y media) no por ser breves los cuentos dejan de tener “cuerpo”, en ocasiones mucho más que el de una novela amplia, y llevan a detenernos en su lectura y a volver sobre las páginas, intrigados o fascinados por la solución, como lo haríamos ante los gruesos volúmenes de una biblioteca repleta. Tampoco casualmente el libro lleva por subtítulo: “ciento y pico novelas a escala”. En realidad, en numerosas ocasiones se trata de eso, de comprimir una novela en un espacio mínimo, un espacio donde, además, es frecuente que se rompan las leyes de la lógica.

martes, marzo 08, 2011

El juego del mono. Ernesto Pérez Zúñiga

Alianza Editorial, Madrid, 2011. 316 pp. 18,50 €

Doménico Chiappe

En El juego del mono, un profesor de literatura se muda a Algeciras para dar clases en un colegio público. Conoce a los habitantes, algunos contrabandistas, y visita el peñón de Gibraltar de vez en cuando, como forma de escape y recreación. Ahí secuestrará a un mono, de los que roban y divierten a los turistas (él, uno más), y lo encerrará en el sótano de su casa alquilada, en cuya cercanía apareció un cadáver y donde aparecerá un manuscrito. En esta narración hay tres rasgos propios del autor:
1) El ambiente cotidiano y sin embargo opresivo. De ahí que la primera mención, de las muchas que se encuentran en la novela, sea para Onetti.
2) La delimitación temporal en el hoy, el aquí, el ahora, y no obstante la universalidad de los personajes.
3) Los personajes, tan habituales, tan del vecindario, pero descubiertos en un mundo íntimo que deja entrever la mediocridad de sus habilidades, la impotencia de encontrarse sin salidas, atrapados en un laberinto de setos que no son más que la realidad y las circunstancias propias.
Como advertencia al lector, una línea: «Cuando alquilé aquella casa comencé a soñar con monos». Lo real y lo onírico fluyen como el traspaso de una frontera física (Algeciras) a otra (Gibraltar). O como el paso del bajo de la casa al sótano. La pequeña tragedia diaria del profesor se cuenta con una estructura de matrioshka, muñeca que abre su panza en la página 113, con el capítulo “La historia que me contó el mono”. En ese momento, la narración principal, la de este profesor incómodo aunque apoltronado, cede ante un manuscrito encontrado en el sótano de la casa de Algeciras, donde está prisionero el primate de Gibraltar.
Lo que “cuenta el mono” pertenece a otro prisionero: un hombre en medio de la naturaleza, con lo que se establece una paradoja, porque el mono residente en el sótano es otro prisionero pero en medio de la ciudad. Dos rehenes o uno solo. O, quizás, el futuro del profesor. La incertidumbre del lector juega un rol de tensión en toda la trama. «No entiendo este juego. Entiendo que encerrarme es un acto en extremo cruel, en extremo inexplicable», dice el narrador. Otra paradoja: el secuestrado que narra esta segunda parte debe aprender a escribir, mientras que quien lo lee, un profesor de literatura, debe enseñar a leer.
El prisionero del manuscrito enloquece bajo el yugo de La Mujer del Jardín y, mientras lee este legado, el narrador-protagonista, recorre un camino similar. Este tránsito, el de la locura, el que ocupa la última parte de la novela, “La Mujer de la Máscara, La Chica de la Nariz, La Niña de la Ducha”, se atraviesa de manera minuciosa, oscura, nebulosa. Con saña, con lentitud, se camina por una cuesta que lleva a lo terrible, hacia una cima de zoofilia (mujer-perro / hombre-mono / mujer-mono), contada con elegancia, repleta de silencios esclarecedores, de la que el protagonista solo se precipitará al vacío, como si cumpliera una sentencia, una predestinación.

lunes, marzo 07, 2011

Jaque a la reina muerta, Carmen Güell

La Esfera de los Libros, Madrid, 2010, 264 pp. 22,90 €

Amadeo Cobas

Es sencillo devolver a la vida personajes históricos –sobre todo si son secundarios en la Historia– para cubrirlos de una pátina de idealismo que los convierta en casi irrepetibles, que los revierta en un ejemplo de modernidad, unos adelantados a su tiempo. Es sencillo, sí. Intentarlo, claro. Porque lograrlo ya es otro cantar. Lograr que Germana de Foix, reina consorte de Aragón, virreina de Valencia, marquesa de Brandemburgo y duquesa de Calabria cobre vida, y verosimilitud lo que de ella se relata, es el propósito de Carmen Güell.
Y lo logra con solvencia.
Nos muestra la escritora a una reina que aunque se conforma –porque no le queda más remedio– con el rol que le toca desempeñar como mujer de su época (siglo XVI), siempre en segundo plano con respecto al hombre, se rebela al menos opinando en contra de las imposiciones masculinas que le toca sufrir; máxime en su caso, que como esposa del rey ya sabe lo que le toca: darle a Fernando el Católico un heredero. A ver si así consigue la estirpe Trastámara perpetuarse en el trono de Aragón y ¿quién sabe si algo más?... ¿Acaso no evidencia signos de locura Juana, la hija de su marido? A ver si no cómo se entiende que traslade los fétidos despojos de su fallecido esposo, Felipe el Hermoso, desde Burgos a Granada, en procesión nocturna que duró… ¡ocho meses! No, quizá sea excesivo considerar que Germana ansiaba darle a Fernando un vástago –varón, majestad, si a vos no os molesta, es de suponer que propondría algún consejero…– para la sucesión al frente de la corona de Aragón. No, estos intereses están alejados de la mente de la reina. La prueba es que ella misma confiesa que anhelaba tener un hijo, pero con una intención más loable: para mimarlo, malcriarlo y que él le dijera: te quiero, mamá.
Dentro del acierto general del tratamiento dado a la novela, destaca el uso de la narración en primera persona, acercando los pensamientos íntimos, las inquietudes de Germana de Foix ante el reto que se le presentaba: suceder a Isabel la Católica casándose con su viudo. Y su zozobra: «No podría evitar que me compararan con ella a cada momento»; y su deseo: «Ya me hubiera gustado poseer su misma energía y feminidad».
Porque no tuvo una papeleta fácil ni agradable. Ella, con sus puros 18 años, casada con Fernando el Católico, de 53 batallados años. Un viejo, perdido ya parte de su empuje físico a causa de los estragos de tanta guerra y tanta intriga, «calvo, de feo semblante y espalda encorvada», así lo describe la protagonista tras su primer encuentro. Eso sí, el rey aragonés no ha perdido ni un ápice de su artera sabiduría en materia diplomática y política: «La política, y sólo eso, era su vida, lo primero y lo único que le importaba de verdad». Estas conclusiones sacó Germana de sus primeros días de matrimonio…
Porque como mujer de su tiempo hubo de claudicar a las imposiciones reales en forma de boda de conveniencia. La primera impuesta por el rey de Francia para sellar una alianza con el rey de Aragón; la segunda y tercera por mandato del rey de las reunificadas Castilla y Aragón: Carlos I de España y V de Alemania.
Pero era sabia. Dando cabo a su vida, la protagonista de esta novela reflexiona y aplica esa innata sabiduría, aliada con su experiencia, para afirmar con rotundidad: «la felicidad no es vivir una pequeña vida sin embrollos, sin cometer fallos ni moverse. La felicidad consiste en aceptar la lucha, el esfuerzo, la duda y avanzar sorteando los escollos». Perspicaz máxima, a mi entender, aunque peligrosísima también para emitirla una fémina en esa Edad Moderna que le tocó vivir, por mucho que el Renacimiento porfiase por abrir ventanas en las obtusas mentalidades masculinas. No olvidemos que la Inquisición merodeaba para velar porque nadie desviase ideas heréticas –qué fácil debía de ser convertirse en reo de una conducta punible para el Santo Oficio–, so pena de aplicar un devenir cruento: humillación pública, potro de tortura, auto de fe…
Nos ofrece el primer plano de esta novela a una maravillosa actriz. Supo desempeñar su papel aunque la Historia la ocultó tras demasiados personajes principales. De ahí la libertad que disfruta Carmen Güell para apartar de arquetipos a Germana y darle visos de modernidad aunque, como la propia autora matiza en el epílogo, está «lejos de ser una heroína». Es verdad, quizá no lo fue en su época, pero lo es desde el momento en que resucita para cualquier lector que se adentre en esta amena forma de narrar, sucinta en floreos y nula en relleno vano, con la cadencia adecuada para paladear estos golosos manjares ofrecidos, a imagen de la reina –placer sublime para Germana de Foix era la comida: su perdición fue, encadenándola a la obesidad–, un relajo su vida de un matrimonio de conveniencia a otro, plegada a los deseos reales, permítaseme esta frivolidad, seguro que pocos aceptarían hoy en día estas obligaciones para sus vidas.
No deberá pasar esta revisión histórica al olvido. No lo merece su autora ni lo merece su alteza la protagonista. Por inteligente, por pensar por sí misma y por valiente.
Quede subyacente ese enigma que se bosqueja en las postrimerías de la obra, referente al resultado de los encuentros íntimos entre Germana y su majestad imperial Carlos V.
¿Será verdad lo que insinúa?...