jueves, marzo 24, 2011

Las señoritas de escasos medios, Muriel Spark

Trad. Gabriela Bustelo. Impedimenta, Madrid, 2011. 178 pp. 18,40 €

José Morella

La historia es la de un grupo de chicas que viven juntas en el club May of Teck, una especie de residencia que «existe para proporcionar seguridad económica y amparo social a las señoritas de escasos medios». Estamos en Londres, en 1945. Para plantar cara a las carencias de un país empobrecido por la guerra, las jóvenes tienen, aparte del mismo club que las protege y del entusiasmo propio de su edad, la compostura, sobre la que Selina, una de ellas, recita de continuo una fórmula como un mantra:
«La compostura es el equilibrio perfecto, una ecuanimidad del cuerpo y la mente, una serenidad perfecta en cualquier entorno social...»
La compostura es una idea de apariencia perfecta que hay que esforzarse en mantener para alzarse sobre la realidad, bastante cruda, de esa ciudad en ese momento de la historia. El esfuerzo de guardar la compostura (estar “compuesto”) es, en definitiva, la prueba de que el mundo está descompuesto. En todo el texto se percibe, de un modo constante pero tenue, como lluvia fina, la dicotomía entre lo aparente y lo real, entre lo que somos y lo que la sociedad, la necesidad, el deseo y la mente nos dictan que tenemos que ser. Lo que las chicas son en contraste con lo que ansían. La idea que los ingleses de 1945 tienen de lo que ha de ser Inglaterra y lo que en realidad Inglaterra es en 1945. Spark tiene la habilidad de ofrecernos ambas caras de esa moneda con la misma desapegada comicidad. La dicotomía nunca es formulada como tal, pero la novela consiste en una repetición de la misma. Está en Nicholas, el escritor anarquista que acaba siendo misionero jesuita. Está en la honesta chica que trabaja en una editorial, pero que no tan honestamente se gana un extra como falsificadora. Está en la que dice ser amante del famoso actor Jack Buchanan, aunque nadie la ha visto nunca con él. Está en el famoso ventanuco de 18 x 35 centímetros que recorre toda la novela: el ventanuco está en el último piso y por él se pasa a la terraza de un hotel contiguo. La función de ese ventanuco, que en teoría es ofrecer el privilegio de tomar el sol en la terraza, acaba siendo otra: medir lo gordas o delgadas que están las chicas, separándolas entre las que pasan y las que no pasan por el ventanuco. La delgadez es uno de los parámetros para saber lo atractivas que son y cuántos puntos tienen para encontrar un marido que, en ese paisaje de pobreza postbélica, les alivie mínimamente la existencia. El tema de la gordura y la delgadez, o, más exactamente, el volumen de los cuerpos tanto en mujeres como en hombres, daría para un ensayo de esos que se escriben en ámbitos universitarios y que casi parecen hechos para conseguir no ser leídos, probablemente sobre la resistencia psicológica en periodos de guerra, o sobre la mujer como elemento de cohesión social, o cualquier otra cosa parecida. Uno no acaba de saber saber si las chicas pasan hambre por la guerra o por la dieta. De hecho, en el título mismo (The girls of slender means, en el original) ya hay una alusión a la delgadez. Selina es la que menos problemas tiene para pasar por el ventanuco, y de hecho quien tiene la idea de cruzar al otro lado. Es delgadísima. Jane, la que trabaja en una editorial, no pasa ni de broma. Todas quieren pasar, dando ocasión a desternillantes escenas como la de untarse el cuerpo con mantequilla para conseguirlo, cosa absurda y hasta delirante, sobre todo teniendo en cuenta el lucrativo uso que se le podía dar a la mantequilla en aquellos tiempos de trueques medio estraperlarios. Podías cambiarla por otras cosas, como jabón, un vestido, té, cigarrillos... Era como untarse el cuerpo con dinero.
Esta ristra de visiones dobles acaba en una traca final que no vamos a desvelar. En una explosión que derrumba y a la vez obliga a reconstruir y a revisar en nuestra mente el entramado del texto. Es un golpe profundo y duro pero de tono optimista, conmovedor pero reconfortante. Las historias de guerra no acaban cuando se acaban las guerras, como la idea del futuro no coincide nunca, parece ser, con el futuro mismo.