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lunes, marzo 21, 2011

El paseo bajo los árboles, Philippe Jaccottet

Trad. Rafael-José Díaz. Cuatro Ediciones, Valladolid, 2011. 142 pp. 13 €

José Luis Gómez Toré

Quien no se haya acercado todavía a la obra de Jaccottet (Moudon, Suiza, 1925), uno de los mejores poetas actuales, tiene ahora una buena oportunidad para hacerlo gracias a esta temprana obra (publicada por primera vez en 1957) que no se había traducido todavía al español. Se trata de un conjunto de textos, a medio camino entre el poema en prosa y el ensayo de tono meditativo, que ofrece no poca luz sobre la trayectoria lírica del gran escritor suizo en lengua francesa . No es la única vez que Jaccottet recurre a la prosa para desdibujar los géneros (como se puede apreciar en obras como Cuaderno de verdor o Y, sin embargo, también espléndidamente traducidas a nuestra lengua por Rafael-José Díaz). Aunque en este caso, a diferencia de los títulos que acabamos de citar, el tono se escora más hacia la prosa poética que hacia el poema en prosa propiamente dicho, quizá esta diferencia resulte en el fondo irrelevante. Lo importante es el propio hacerse de la escritura, su libre apertura a lo real y al propio movimiento de la palabra. Hay en Jaccotet, como en nuestro Claudio Rodríguez, una poética del caminar, y por ello quizá se podrían llamar las suyas unas nuevas Ensoñaciones de un paseante solitario, recordando la obra de otro ilustre suizo. Sin embargo, a diferencia del poeta español, la tentación de la ebriedad aparece casi siempre contenida, como si ese “bajo” del título delimitara un espacio preciso, lejos de toda tentación ascensional demasiado intensa.
Y efectivamente, ese saberse “bajo los árboles”, más cerca de la tierra que del cielo, parece imponer al yo poético una mirada con un límite certero aunque oscilante, una mirada que es tanto estética como moral. El mundo natural es una constante presencia en este libro, como en gran parte de la obra del poeta. Sin embargo, el misterio del paisaje no parece señalar hacia ninguna trascendencia. Por el contrario, la indudable presencia de lo invisible apunta a una sacralidad de lo inmanente, en la que la belleza no es desmentida por su carácter efímero sino de, alguna manera, confirmada por él. De ahí que la meditación sobre el mundo y la palabra sea también meditatio mortis, pero lejos de cualquier aspaviento barroco: «Creí comprender por un instante que teníamos que bendecir esa muerte sin la cual la luz y el amor, igual que nuestras palabras, no podrían ya tener ningún sentido, ni tampoco posibilidad alguna de existencia».
Como indica el propio autor en la entrevista que se incluye al final (un acierto de los editores, como lo es haber añadido una cronología de la vida y obra del escritor), estos textos descansan sobre una serie de “entrevisiones”, a medio camino entre la mirada y el sueño, entre el simplemente ver lo que está ahí pero tantos no ven y el riesgo asumido de lo visionario. Jaccottet renuncia voluntariamente a la facilidad de la imagen, de quien quiere conquistar la visión demasiado pronto, como si fuera posible forzar la aparición del milagro. La poesía está en la espera, en el azar vagabundo de los pasos, no en la maquinaria de guerra de las metáforas demasiado brillantes y su afán de conquista. En este sentido, resulta iluminadora la confesión del autor del impacto que le causó la lectura de los haikus de Basho. Junto con influencias más cercanas (como la de Ponge, también citado en estas páginas), hay desde luego una sintonía con esa capacidad para detener en el instante que encontramos en la lírica japonesa. Se trata de una presencia que, sin embargo, no necesita imitar la métrica concreta del haiku ni recurrir a ningún exotismo, que resultaría impostado. Es ese saber mirar, en la sabiduría de retener el presente sin congelarlo, donde reposa esa afinidad común. Hay así, como sugeríamos al principio, una ética de la mirada, una autoexigencia que busca merecer un lugar en el mundo: «Es la tierra lo que amo, el poderío de las horas que cambian […] Es cierto: albergo poca esperanza de poder saludar alguna vez con dignidad tanta fuerza… pero este es, al menos, el esbozo que me liga a estos lugares».

lunes, enero 25, 2010

La noche se agita. Plume precedido por Lejano interior, Henri Michaux

Trad. Marta Segarra Montaner. Ellago Ediciones, Castellón, 2009. 444 pp. 29.90 €

Martí Sales

«Quien no acepta este mundo no levanta una casa en él», se puede leer en La noche se agita; o bien «todo es droga para quien elige vivir en el otro lado», en Plume o, también «quien mata a su loco muere sin voz», en Frente a los cerrojos (seguido de Puntos de referencia, en Pre-Textos, 2000) . Un ácrata, un creador desbordante, un explorador radical, todo eso y más era Henri Michaux, ese exbelga nacido el 1899 en Namur. Digo exbelga porque renegó de su nacionalidad en el 1955 –decía que odiaba Bélgica y sus habitantes y eso sólo es raro viniendo de un belga. También abandonó a la mitad su carrera de médico en 1919 para embarcarse durante tres años como grumete en un barco que iba a Sudamérica. Al acabar el periplo se fue a vivir a París, donde entró en contacto con los surrealistas para, acto seguido, hacer la suya completamente. Allí se quedó prendado de Max Ernst y Paul Klee: no tardaría en empezar a pintar, y lo hizo tan bien como escribir: sus pinturas están colgadas de las paredes de los museos más famosos.
Muy joven, en pleno apogeo surrealista, escribió sus primeros libros de poesía, ya llenos de una fuerza y personalidad que le acompañarían toda su vida y le granjearían la admiración de escritores como Octavio Paz o Jorge Luís Borges. Un poco más tarde publicó libros de viajes. Su experiencia ultramar le salía por los poros y la encauzó. En los años cuarenta siguió escribiendo libros de viajes, pero esta vez, inventados: países imaginarios poblados de seres también imaginarios, rienda suelta a su poderosísima imaginación pero no ejercicio de estilo. Todos sus textos, toda su obra, está sostenida por un afán de conocimiento y cuestionamiento de la realidad sin tregua. Sus textos aforísticos –y también los otros, en menor medida, o menos evidentemente– son pura enseñanza y reflexión, puro koan, atajos hacia el deslumbre cognitivo. A los cincuenta y cinco años decide tomarse mescalina y escribir sobre los estados alterados de la conciencia. Da a luz una de la series de libros más inspirados y lúcidos que se hayan escrito jamás sobre el tema.
Ellago Ediciones y Marta Segarra (la traductora y prologuista del volumen) se han encargado de publicar un libro con esmero, gusto y especial atención al texto, trabajo sólo equiparable al también magnífico volumen que sacaron Pre-Textos en 2000, arriba citado. La noche se agita. Plume precedido por Lejano interior es una excelente manera de entrar en el mundo increíble y apasionante de Michaux (quizás debería dar un par de nombres cercanos a su mundo para contextualizarlo: serían Boris Vian, Lautréamont, Oliverio Girondo y Lao-Tsé). Se trata de dos libros escritos en los años treinta y reescritos en los sesenta. Encontramos textos en prosa, poesías, piezas de teatro y un solo personaje, Plume, una de sus grandes y más conocidas creaciones. Plume es la expresión mínima de un personaje, casi una excusa, ¡pero con qué entidad, por pequeña que sea!. Plume es, como su nombre indica, ligero y fútil como una pluma, como la aria famosa de Rigoletto. La vida le pasa por encima y hace con él lo que quiere. Su existencia es extremadamente desgraciada y las circunstancias que le depara la escritura de Michaux la hacen absolutamente tragicómica e hilarante. Un solo ejemplo: Plume decide irse de viaje a Berlín. Al salir de una estación de tren una mujer madura le aborda y le propone acostarse con ella, aduciendo que es madre de nueve hijos. Él se dice, bueno, aunque sea muy fea y no es de mi estilo, se tiene que ser caritativo y tendremos que hacerlo. En un instante aparecen cuatro señoras más, se lo llevan a un motel, le roban y lo violan repetidamente («Mientras no haya sangre, no hay verdadero placer», dicen las harpías). Después le dan una patada y lo tiran por las escaleras. Él concluye: «Vaya, esto se va a convertir en un estupendo recuerdo de viaje, más adelante». Ésta es una escena típica de Plume.
Si no conocéis a Michaux, yo os diría: de cabeza. Asimismo, si le seguís y ya es uno de vuestros autores de cabecera, también os lo recomiendo encarecidamente: la edición lo vale y su contenido os dará largas horas de placer y estimulación cerebral de primera calidad.