miércoles, marzo 09, 2011

Zoom, Manuel Espada

Paréntesis, Sevilla, 2011. 192 pp. 13 €

Miguel Baquero

“Imaginar el mundo al revés”, ese parece ser el objetivo, radicalmente literario, de Manuel Espada, uno de los mejores microrrelatistas de este país. Hace apenas unos meses, Manuel Espada nos sorprendió con un magnífico libro de relatos, en aquel caso algo más extensos, titulado Fuera de temario, una obra que compartía con ésta que ahora sale a escena el mismo deseo de romper con lo establecido, llegando incluso (o en primer lugar) a romper con lo lógico; un afán por contemplar la vida cotidiana de forma sustancialmente distinta, desde “el otro lado”. Una reivindicación, en definitiva, de la ficción sin reglas, acercándose al surrealismo pero sin caer en la autocomplacencia en que acabó apagándose aquel viejo movimiento.
La principal diferencia con los surrealistas es que, mientras aquellos parecían empezar y agotarse en sí mismos, la imaginación que propone Manuel Espada (tanto en Zoom, como en Fuera de temario, como en su primer libro de cuentos, significativamente titulado El desguace), parte de un asunto cotidiano y aparentemente trivial, y concentrándose en el detalle (el “zoom” al que alude el título del libro), al levantar la vista de él contemplamos una realidad distinta, un mundo en el que el tiempo puede volver hacia atrás, las pacíficas e hipotecadas casas de pronto se convierten en mansiones espectrales, uno tropieza con su asesino repetidas veces en el día o los cuerdos son encerrados en los manicomios.
Asimismo, se entremezclan con estos relatos de raigambre cotidiana otros que tienen su origen en la literatura, o al menos en el papel impreso: hemorragias de palabras en la biblioteca, personajes de cómics hartos de compartir página impar con tipos de mala catadura, o escritores que se creen caballeros andantes y que en sus novelas hacen que sus personajes queden mancos en batallas navales. Pareciera que, en sus relatos, Manuel Espada va girando el ángulo de la realidad, cada vez de forma más acusada, 60, 90, 120 grados, hasta llegar a los 180, en que el mundo ha dado la vuelta por completo. En este sentido, no es casual la inclusión en el volumen de una recreación del famoso relato “El lobo-hombre en París”, maravilloso breve en el que Boris Vian consiguió forzar de forma espléndida ese plano con el que ahora juega Manuel Espada.
Compuesto de relatos en torno a las quince o dieciséis líneas (en ocasiones la extensión se reduce a un renglón, otras veces el relato alcanza, todo lo más, la página y media) no por ser breves los cuentos dejan de tener “cuerpo”, en ocasiones mucho más que el de una novela amplia, y llevan a detenernos en su lectura y a volver sobre las páginas, intrigados o fascinados por la solución, como lo haríamos ante los gruesos volúmenes de una biblioteca repleta. Tampoco casualmente el libro lleva por subtítulo: “ciento y pico novelas a escala”. En realidad, en numerosas ocasiones se trata de eso, de comprimir una novela en un espacio mínimo, un espacio donde, además, es frecuente que se rompan las leyes de la lógica.