miércoles, abril 07, 2010

El ojo del leopardo, Henning Mankell

Trad. Francisca Jiménez Pozuelo. Tusquets, Barcelona, 2010. 384 pp. 19 €

Amadeo Cobas

Nos encontramos una novela que se desarrolla en dos planos: el que evoca el tiempo en Suecia de Hans Olofson y, como particularidad, la de su desafortunado amigo Sture, y el que narra sus avatares africanos. Aquello es la peripecia y esto es el asombro. Allá estaba el frío, aquí el calor. Aquello representaba la seguridad, esto la incertidumbre y el riesgo.
La vida misma, vamos.
Del presente angustiador que es punto de partida nos retrotraemos al pasado para conocer los motivos y los hechos sucedidos al protagonista desde que embarcó en un avión con destino África. África, el continente más dispar que pudo hallar respecto de la Suecia profunda de la que proviene nuestro héroe. África, en concreto Zambia, que recibe al bueno de Hans con su cochambre, su improvisación, su forma de “dejarse llevar al albur de los acontecimientos” sin oponer apenas resistencia. Ni aunque se hayan emancipado respecto a los otrora países colonialistas, los africanos parecen haber sabido (¿querido?) tomar las riendas de sus vidas y destinos. O esa es la conclusión que obtiene el protagonista a las pocas horas de aterrizar en el continente. ¿Aventurada opinión? Quizás no, porque casi 400 páginas más adelante da cabo la obra pensando de forma similar.
«Un viaje empieza siempre dentro de ti», dice en la novela la persona que enciende en Hans Olofson el deseo de ir a África. Por mucho que descubra aspectos muy poco gratos: sobornos, corrupción, políticos sin escrúpulos ni moralidad, quienes solucionan los papeles irregulares a un extranjero… por un precio módico, huelga decirlo. No le queda más remedio que plegarse frente a las circunstancias porque sabe que su situación legal en el país no es correcta, sino que está entrampado bajo la cobertura de documentos falsos, y que por eso «pueden expulsarme sin previo aviso». Ay, qué paralelismo tiene esta novela con la vida real.
El caso es que el que iba a ser para el protagonista un viaje de dos semanas de asueto a África se extiende hasta durar 18 años, casi 19. Demasiado tiempo para dejar de impregnarse de una cultura completamente nueva. Y conocer que hay hombres que desaparecen en el bosque, algunos opinan que debido a que van a buscar su destino, otros que el leopardo es un felino astuto, no se deja ver mientras acecha, y además es silencioso, por lo que las desapariciones pueden tener su motivo en esos ojos acechantes. Al fin, la leyenda cuenta que la lucha final por el poder, tras la desaparición de las personas de la faz de la tierra, será entre un leopardo y un cocodrilo…
Envuelve el escritor su viaje con una suerte de misterio que va presionando al sueco, refugiado en su granja, cada vez más aislado, los miedos crecientes, quebrados los puentes psíquicos que le unían a los demás blancos que residen en la cercanía, la amenaza cercana tras varios asesinatos, el revólver en la mano como aditamento y salvaguarda que vele el sueño y que ampare el despertar. Porque no es seguro que llegue. El despertar, digo.
En efecto, África es un enigma, una incógnita, un continente por explorar y descubrir… Ello a pesar de haber residido, repito, durante cerca de dos décadas allí, tal y como le vaticina un periodista al protagonista: «puedes vivir aquí veinte años más y seguirás sabiendo igual de poco»… La superstición domina las mentes más débiles, y por mucho que un occidental intente hacer ver a los africanos que la magia negra no existe, ellos jamás le creerán. Así es que un hechicero siempre dominará sus voluntades con fuerza superior a la que pueda ejercer el dueño del lugar donde trabajan, aunque éste amenace con el despido.
Tiene mala leche Mankell en algunos pasajes, muestra su rabia, como cuando un residente en Zambia le pregunta a Hans cuál es el país de África que recibe más ayuda de Europa… La respuesta es Suiza. Sí, sí. ¿Por qué? Porque “hay números de cuentas anónimas que se llenan con dinero de las ayudas que sólo hacen un viaje rápido a África y vuelven”…
Que entienda quien quiera.

martes, abril 06, 2010

Nada que temer, Julian Barnes

Trad. Jaime Zulaika. Anagrama, Barcelona, 2010. 300 pp. 19 €

Ignacio Sanz

«No creo en Dios, pero le echo de menos». Con esta frase ilusoria y feliz arranca este libro de Barnes, escrito al filo de los 60 años. Tuve la suerte de leer El loro de Flaubert y, desde entonces, siento debilidad por este autor británico con tendencia a la escritura divagatoria. Tampoco aquí renuncia a la divagación, aunque el libro esté centrado en la memoria de la muerte o, mejor, con la memoria de los últimos años de sus seres queridos, también, por supuesto, con los testimonios que a propósito de la muerte y sus alrededores, nos han dejado algunos de los escritores que Barnes más admira: Flaubert, Jules Renard, Alphonse Daudet o Montaigne.
Por ello, lo primero que hay que advertir es que Nada que temer no es una novela, sino un libro de ensayo literario que trata de rastrear en ese espacio especulativo del más allá. Pese a que nadie ha venido para contarlo, ese espacio ha dado lugar a un género literario que podría resumirse en esta pregunta. ¿Hay vida más allá de la muerte? Muchos escritores con la imaginación calenturienta han explorado ese mundo que nos ha sido transmitido por las religiones. Por cierto, la presencia de las religiones es fundamental en este libro. Porque uno de los fundamentos de su existencia es precisamente la promesa del más allá para los feligreses.
Barnes se declara ateo, como su familia. Pero vive rodeado de amigos religiosos en una sociedad en la que la religión ocupa un espacio. También él, así nos lo confiesa, cuando piensa en Dios, no piensa en Buda o en Mahoma, sino en Jesucristo, porque aunque no sea cristiano, ése es el Dios que domina en su cultura e, inevitablemente, es el que lleva en su cabeza, aunque no crea. Sorprende el grado de tolerancia que muestra hacia la religión. Uno piensa en el ciudadano medio anticlerical que domina entre nosotros, en el incendiario comecuras, rebotado de los excesos y de las represiones y no puede por menos de admirar a Barnes. Y no es que él no se muestre crítico, que se muestra, y mucho, con las religiones, pero no hace sangre de las contradicciones religiosas porque sabe que las religiones son necesarias para el hombre. Ni el comunismo más furibundo ha podido estirparlas porque están en la médula del hombre. Además, a Barnes, le gustaría creer, entiende que en los momentos en los que uno ve la muerte de cerca, la religión es muy consoladora y ofrece un salvoconducto para que el hoyo donde nos meten no sea la morada definitiva. Pero, nos advierte también: «no me habría gustado nacer en los estado papales en fecha tan reciente como el decenio de 1840. La educación estaba tan descuidada que sólo el dos por ciento de la población sabía leer; los curas y la policía secreta lo manejaban todo; se consideraba peligrosos a los “pensadores” de cualquier género.»
Y nos dice también: «la religión tiende al autoritarismo como el capitalismo tiende al monopolio».
En definitiva, hay mucho ingenio, mucha memoria familiar, mucha vida social, muchas catas en este tema siempre candente del más allá. Y mucha ironía, cómo no podría ser de otra manera, tratándose de Julián Barnes. Por ejemplo, hablando de los escritores, que con tanto ahínco persiguen la inmortalidad, nos recuerda una adivinanza malvada de Artur Koestler: «Es mejor para un escritor que te olviden antes de morir o morir antes de que te olviden».
El tema de la muerte suele resultar recurrente a parir de una cierta edad, por eso la juventud vive como si fuera inmortal. Pero a los cuarenta años Barnes ya estaba preocupado pues hace una anotación en su diario que rescata para este libro:
«La gente dice de la muerte: “No hay nada que temer”.
Lo dice rápidamente, con indiferencia. Ahora digámoslo otra vez, despacio, recalcando: “No hay NADA que temer».
La palabra más verdadera, más exacta, más llena de sentido es la palabra “nada”.
Barnes también nos previene de aquellos que, como Flaubert, al verse despojados de una religión, adoptan al arte como tal y se vuelven intransigentes: «La religión del arte hace peor a la gente porque alienta el desprecio por quienes no son artistas».
He aquí un libro lúcido sobre la muerte y sobre la inmortalidad, un libro lleno de recuerdos personales y de erudición en torno a un tema tan peliagudo, apto, eso sí, para lectores inteligentes y críticos con la religiones. Pese a todo las hace un homenaje cuando repasa las catedrales, las grandes cantatas, la pintura, las tallas magníficas de los retablos. Como un funámbulo, una ves más Barnes atraviesa el abismo sobre un alambre.

lunes, abril 05, 2010

Las correspondencias, Pedro G. Romero

Periférica, Cáceres, 2010. 68 pp. 12 €

Coradino Vega

Partiendo de una cita de Ezra Pound ―que uno podría imaginar tan del gusto de Agustín García Calvo―, la cual viene a decir que cuando una carta habla de amor, en el fondo de lo que está hablando es de dinero, el artista conceptual Pedro G. Romero (Aracena, 1964) presentó un proyecto en la Bienal de Venecia de 2009 que ahora la magnífica editorial Periférica nos ofrece en forma de libro. Se trata de un breve epistolario que consta de veinte misivas que se mandan habitantes de la ciudad de las fundamenta (Romero sacó sus nombres y direcciones del listín telefónico), en las que se habla de cosas como la muerte de un amigo, la venta de una pistola sumergida en un canal, el papel del intelectual, Berlusconi, la inmigración, el amor o la trama de un sabotaje ferroviario.
Pedro G. Romero no se define como un “autor con mayúsculas” que necesita su escritura para expresarse; sus formas de expresión son más variadas. Y aunque la fórmula “artista conceptual” parezca algo abstrusa e incluso pleonásmica (a mí el arte conceptual me suele dejar el complejo de no haber entendido bien el concepto al que se refiere), en Romero todo parece claro y su “cosa moderna”, como él mismo llama a su opúsculo siguiendo a Pasolini, resulta per se una obra literaria subyugante, que cala y que te hace pensar disfrutando. Porque Las correspondencias es un librito que interviene en “lo real”, que plantea un cuestionamiento ético del mundo en que vivimos, que menciona poco y sugiere mucho, y que lanza preguntas sin arrojarnos a la cabeza ninguna respuesta. Dice Romero que es un canto “a lo que se pierde”. Y lleva razón. Cuando alude a las Cartas luteranas de Pasolini, las Cartas desde la cárcel de Gramsci y Querido Miguel de Natalia Ginzburg como punto de partida, nos damos cuenta de que es un canto a un tipo de literatura hoy día poco reivindicada, la italiana del siglo XX (hasta su tono sencillo, cantarín, humorístico y preciso hace que parezca que estemos leyendo una traducción de Vittorini); a la manera de analizar el mundo que tuvieron esos mismos intelectuales, podríamos decir que “marxista” (sí y qué pasa); y al género epistolar que cuida la palabra y vehicula las emociones y que, en la actualidad, como dice Ferlosio, ha vuelto a su origen en el sentido de que las cartas se emplean únicamente como conductos oficiales, “para cosas del Reino, los notarios y los abogados o cosas de Hacienda”, añade el propio Romero. Un canto, por tanto, a una cultura perdida: la de la inteligencia crítica, la del rigor estético, la de la palabra como instrumento… Y la de la ironía. Venecia como patria del capitalismo financiero. O esta otra cita: «Ha cambiado el modo de producción (cantidades enormes, bienes superfluos, función hedonista). Pero la producción no sólo produce mercancías: produce al mismo tiempo relaciones sociales, humanidad, o sea una nueva cultura».
Un libro que se plantea esto es, en mi opinión, y dadas las circunstancias, un libro necesario. Si además es intensamente moderno (y por moderno véase Menéndez Salmón cuando refrendaba hace poco lo que cierta corriente de opinión se niega a asumir: que todos los mediterráneos han sido ya transitados y que ser moderno consiste, precisamente, en haberlos navegado y no en creer descubrirlos), y es asimismo inteligente, estimulador, conciso y hermoso, para qué seguir hablando.
Una joya más, en definitiva, para el exquisito catálogo de la editorial Periférica.

viernes, abril 02, 2010

Hainuwele y otros poemas, Chantal Maillard

Tusquets, Barcelona, 2009. 240 pp. 15.38 €

José Luis Gómez Toré

Chantal Maillard (Bruselas, 1951), Premio Nacional de Poesía 2004 por Matar a Platón, acaba de reeditar uno de sus libros más interesantes, Hainuwele, junto con una selección de textos pertenecientes a otros poemarios. En este libro (que ahora podemos escuchar también, en la voz de su autora, en el CD que acompaña al volumen), Maillard recrea un mito indonesio para aproximarse a lo que ha sido una obsesión constante en su obra, la muerte, convertida aquí en un acto de entrega amorosa. La joven Hainuwele, a quien la escritora presta su voz, comprende que su búsqueda amorosa tras el Señor del Bosque sólo puede culminar con su desaparición, lo cual supone una significativa inversión del mito inicial en el que el sacrificio no es decisión propia. Al igual que en otros de sus poemarios como el citado Matar a Platón, Maillard escribe no una suma de poemas, sino un libro unitario, sostenido por breves destellos narrativos, que nos invitan a recorrer un itinerario amoroso junto a la protagonista. La creación de un yo ficticio no supone en ningún momento una merma de la emoción; por el contrario, la renuncia a la confesión autobiográfica abre un espacio para la distancia, que es intelectual pero no emocional, que permite a la escritora y al lector explorar la peculiar experiencia amorosa, mezcla de Eros y Thanatos, que vive Hainuwele. Este distanciamiento relativo evita a Maillard la caída, que se da en ocasiones en otros tramos de su escritura, en cierta sequedad expresiva. Aquí, por el contrario, inteligencia y sentimiento, sensorialidad y simbolismo se dan de la mano para preguntarnos sobre nuestra relación con una naturaleza que nos desborda, que está a la vez fuera y dentro de nosotros.
Desde esta visión de la naturaleza, el intenso erotismo de muchos de los textos nos obliga a mirar el cuerpo como un enigma, atravesado por el deseo pero también por la conciencia de su destino mortal, destino que Hainuwele transfigura de condena en afirmación propia: «Tu nombre sabe a musgo y en mi boca/ se diluye/ como este ser de muerte que me habita/ y me crea, ve va creando/ en el grito, de un ave, el rastro de una hiena...». La sexualidad es en este libro un territorio que nos invita a explorar nuestra naturaleza animal. Sólo en ese reconocimiento de la animalidad parece posible una reconciliación con la muerte, con una vida que se crea y se destruye a cada instante, como en la danza de Siva a la que alude la autora en el interesante prólogo que precede a los poemas. La intensidad lírica que consigue en no pocos de los textos que conforman Hainuwele recuerda en ocasiones a la mística (un misticismo en el que se anudan las tradiciones occidentales y orientales), pero de una mística sin trascendencia, una mística de lo sagrado inmanente en la que la fusión con la totalidad no implica la supervivencia de un yo personal: «Existiré entonces en todo lo que veo,/ naceré del rocío,/ ciega, igual y distinta en cada aurora». La voz se debate entre su pertenencia a la constante metamorfosis de la corriente de la vida y su precaria individualidad: «Sólo aquello que tiene nombre muere». Y sin embargo, en su renuncia al propio nombre, ese nombre se salva como presencia, como memoria de una entrega.

jueves, abril 01, 2010

Burlando a la Parca, Josh Bazell

Trad. Benito Gómez Ibáñez. Anagrama, Barcelona, 2009. 320 pp. 18 €

Julián Díez

La influencia de las series de televisión —en ocasiones, incluso para bien— en la literatura es un tema que comienza a ser más que digno de estudio. En todas sus vertientes: como fenómeno de consumo, como productor de la imaginería contemporánea... y ahora, también, como influencia narrativa.
Burlando a la Parca es, según se admite en uno de los blurbs incluidos en su contraportada, una obra directamente heredera de House y de Los Soprano. En tiempos, decir algo así de una obra literaria —que tiene como modelos evidentes dos series de televisión— hubiera sido una forma de descalificación sutil pero contundente. Hoy es en cambio un atractivo para público sofisticado, no menos que lo sería citar influencias literarias que pueden detectarse sobre este libro como las de Roald Dahl o Donald Westlake.
La narración en primera persona corre a cargo de Peter Brown, antes Pietro Brnwa, y sigue dos acciones simultáneas, como cada una de esas personalidades sucesivas. La primera es médico residente en un hospital público de Nueva York; la segunda es la del asesino de la Mafia que tendrá que acogerse al programa de protección de testigos y optará por convertirse en médico, demostrando el mismo entusiasmo perfeccionista en sanar del que tuvo previamente en matar. Y quizá el poso más brillante del libro es que Brown vive en un entorno más aterrador en su condición de matasanos que en la de matapersonas.
El autor, que debuta con esta novela, de hecho trabaja en un hospital, lo que hace inevitablemente preguntarse por cuántos de los espantos que nos relata con un fustigante humor negro —en particular, a través de notas al pie de página empleadas como martillazos— son reales.
La acción comienza cuando un paciente mafioso del hospital reconoce en el médico al antiguo asesino, y le amenaza con revelarlo a sus jefes si fallece en una más que arriesgada operación quirúrgica. Peter rememora sus andanzas como criminal, como máquina de matar insuperable; de hecho, el final de la novela cae un poco en el territorio de lo que podríamos denominar “novela de fantasmas”, y no me refiero a la protagonizada por muertos que se aparecen sino a la de héroes a machotes a lo Ian Fleming o Tom Clancy. Sin embargo, su voz narrativa en primera persona es fresca y original, y resulta comprensible que Bazell proyecte utilizar al personaje en sucesivas novelas.
Entre algunos sucedidos relatados un poco con trazo grueso y varios personajes tópicos, también hay algún secundario memorable como el inútil aprendiz de mafioso Skinflick, el misterioso profesor Marmoset o el tronado doctor Friendly. Todos contribuyen a un relato que se devora ávidamente, con una sonrisa algo nerviosa en los labios.