jueves, abril 22, 2010

La ciudad feliz, Elvira Navarro

XXV Premio Jaén de Novela. Mondadori, Barcelona, 2009. 192 pp. 16.90 €

Emilio Ruiz Mateo

Lo que nos hace temblar en las historias que Elvira Navarro nos cuenta se esconde en la lógica aplastante que rige la moral de los niños: quiero esto, no quiero aquello. Cambia de estación entre su anterior novela (La ciudad en invierno) y ésta (La ciudad feliz), pero no de estilo ni mirada (si es que acaso no fueran la misma cosa). De nuevo nos encontramos con protagonistas en los últimos coletazos de la infancia, y uno quiere pensar que no hay tanto un gusto especial por esa edad cuanto la búsqueda de un terreno que le permita a la autora indagar en temas como la inadaptación o el terrible descubrimiento del vacío vital. La ciudad feliz toma título del restaurante que coprotagoniza la primera de las dos novelas cortas que componen el libro. En “Historia del restaurante chino Ciudad Feliz” conoceremos a Chi-Huei, un niño chino que, siguiendo los dictados familiares, abandona su país natal para venir a una ciudad española y trabajar en el grasiento asadero de pollos regentado por su familia. ¿Pretende Navarro indagar en las circunstancias de la comunidad china en España? En absoluto. Poco análisis antropológico-social encontraremos aquí. Lo que a Chi-Huei le ocurre bien podría vivirlo cualquier otro niño en circunstancias totalmente diferentes. Sentimos que la extranjería de Chi-Huei es mayor respecto a su propia familia que a la nueva sociedad con la que debe enfrentarse. El fin de la inocencia del niño tendrá mucho que ver con el descubrimiento del vacío existencial que se oculta en el negocio familiar. No hay lugar para sentimientos ni para el engrandecimiento personal: el único motor del trabajo incesante es la pura acción, el deseo de alcanzar algo que nadie sabe determinar, un ascenso hacia quién sabe dónde, ante quién sabe quién (una abstracción de congéneres chinos).
Chi-Huei tendrá por un momento una confidente en Sara, la protagonista de la segunda novela del libro, “La orilla”. Si estábamos en un relato en tercera persona, ahora nos toparemos con una primera persona, la mirada de Sara que, como ya es habitual en Elvira Navarro, destila verosimilitud. Brutalmente tierna, cruel en su inocencia, Sara recuerda desde un presente abstracto (Yo soy yo, antes de ser yo) la historia que le hizo cruzar el umbral de la edad adulta. Vienen a nuestra memoria al momento Vanesa y Clara, de La ciudad en invierno, protagonistas de aquel aterrador “cuento” de juegos sexuales y peligros de la inocencia desatada. Sara sentirá una extraña obsesión por el vagabundo que frecuenta su barrio, con quien establecerá una curiosa relación. Hija de un matrimonio tipo, burgueses de manual, descubrirá pronto que no se puede jugar al otro lado de la línea, que ser niña implica pagar una serie de insoportables impuestos, empezando por el más denso: no poder decidir nada por sí misma (Tú no tienes edad para saber quiénes son tus amigos). Las niñas de Elvira Navarro, que a este paso acabarán siendo un tipo de personaje literario, se nos figuran pequeñas punks, todo lo punk que puede llegar a ser una niña: ¿es posible serlo desde la inocencia? ¿Cuánto hay de naturalidad y cuánto de provocación, de desobediencia?
Navarro disfruta limpiando su prosa de todo lo que pueda ser innecesario. Su economía narrativa da lugar a una frialdad descriptiva que (sabiamente) nos incomoda aún más ante sus historias: uno llega a sentir que se enfrenta a la historia desnuda. Ni siquiera la primera persona del relato de Sara tiene el peso de una narración unidireccional. Los devotos de la novela corta sabemos que es posible esconder la falta de contenido en la brevedad, pero nada tiene que ver esto con el texto que nos ocupa. En Navarro es tensión la brevedad, intensidad y compromiso con un estilo narrativo. ¿Nos gustaría leer algo totalmente diferente firmado por ella en su próximo trabajo? Sí. Pero, mientras, como Chi-Huei, nos quedamos aterrorizados por el encanto de las niñas de Elvira Navarro.