viernes, octubre 21, 2011

Solo con invitación: Apuntes de medicina interna, José Manuel de la Huerga

Menoscuarto, Palencia, 2011. 198 pp. 15,50 €

Ignacio Sanz

Los amores adolescentes son difíciles de olvidar. Y los de la mediana edad. Sobre todo cuando tienen consecuencias ulteriores. Por ello, antes que un tratado de medicina, estamos ante un recorrido pormenorizado por los quebrantos del corazón a través de una intensa saga familiar fundada por un médico nacido en el corazón ganadero de las montañas cántabras. También se trata, por extensión, de un recorrido por la intrahistoria de España. El narrador de esta novela es Abel, el nieto del fundador de la saga, recién licenciado en Medicina en la Universidad de Valladolid. Entre nieto y abuelo aparece el tío Berto, con su punto de excentricidad, dedicado también a la medicina. Y conflictos, muchos conflictos familiares soterrados que el narrador nos va contando con sutileza al tiempo que los descubre él mismo, es decir, en tiempo real, pues aunque de cara a la galería, sobre todo de cara a su madre, ha regresado a la vieja casona familiar donde ha pasado los veranos dichosos de su infancia y juventud para preparar el examen al MIR, en realidad está tratando de desentrañar ciertas zonas de sombra de su familia. Y entrando en esas zonas de sombras, el lector se va a topar de frente con pequeños monstruos arquetípicos de la historia de nuestro país.
La novela está poblada de personajes no sólo familiares, abuelos, tíos, primos, también criadas, enfermeras y gente de la vecindad. Y hay, cómo no, tratándose de un recorrido que abarca más de medio siglo, una evolución en las costumbres, pasando del clasismo rancio en el que se mueve la abuela, hasta el desenfado modernistas del primo Asier que pone en solfa con su actitud buena parte de ese rígido costumbrismo. Resulta muy interesante observar una vez leída la novela la evolución de los personajes, es decir, la habilidad que ha tenido José Manuel de la Huerga para dotar de dinamismo prácticamente a todas las criaturas que aparecen en estas páginas. De tal modo que el lector va cambiando su impresión sobre el carácter de todos o de casi todos los personajes, desde la Niña Fea, hasta Mabel, la vieja criada, dechado de sentido común y sabiduría natural, y pieza clave de esta complicada historia dramática, pero salpicada también de pequeñas ráfagas de humor.
El personaje central es el abuelo, el doctor Rojo, fundador de la saga en la que se centra la narración, cuya figura, influido por el ambiente, el narrador tiene idealizada. Pero es el propio narrador el que nos va descubriendo ciertas flaquezas personales y algunas complicidades con el sistema político que le fueron permitiendo escalar puestos en la jerarquía profesional.
Un elemento a destacar en la novela es el cuidado en el lenguaje, tanto cuando describe situaciones derivadas de la práctica de la medicina, ya que consigue hacerlo comprensible para el lector medio sin entrar en tecnicismos, como cuando deja hablar a los personajes populares como Noe, Luisal o Mabel que parecen ciertamente tipos extraídos del corazón de las montañas, expresándose con el sufijo “uco”, que más que una nota de costumbrismo local otorga a la narración carácter de autenticidad. El ritmo es sereno, como un río caudaloso que fluyera por la llanura.
Una vez leída, el lector piensa que tras la novela se agazapa un perfecto guión cinematográfico. Precisamente por la riqueza de matices que ofrecen los personajes y por el rico entramado de situaciones que la conforman.
En definitiva, estamos ante un friso riquísimo de paisajes y paisanajes que se desarrollan a lo largo de buena parte del siglo XX y a los que el autor ha dotado de vida al acentuar sus contradicciones, con la agilidad de un impresionista.


José Manuel de la Huerga: "La pasión mueve el mundo"

Usted es natural de León y lleva muchos años afincado en Valladolid. Sin embargo, en su novela es muy importante el mar y el paisaje cantábrico (los valles, las montañas, la costa). Da la sensación de que esta ambientación no se debe sólo a simples razones literarias, sino que usted tiene un vínculo muy estrecho con ese paisaje, ¿es así o se trata de una apreciación equivocada?
—Para un castellano de El Páramo leonés Cantabria es la ventana abierta al mar. Santander, Laredo, San Vicente de la Barquera… tienen resonancia de verano en los oídos de la gente de tierra adentro. Ahí está desde hace décadas el llamado “tren playero” que sale cada verano desde Valladolid a las siete de la mañana, recorre la provincia de Palencia y “desemboca” en Santander. Los castellanos de los primeros años de la democracia llegaban por riadas, los fines de semana especialmente, para disfrutar de un paisaje cautivador: frente a ellos un mar infinito, a veces caliginoso, y a sus espaldas “praos” verdes y montañas escarpadas. Además, soy de esos niños de los setenta que estudiábamos la geografía de Castilla la Vieja con Santander como salida natural al mar.

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jueves, octubre 20, 2011

Flores de verano, Tamiki Hara

Trad. Yoko Ogihara y Fernando Cordobés. Impedimenta, Madrid, 2011. 136 pp. 16,50 €

Santiago Pajares

En un par de segundos pueden suceder infinidad de cosas. Pueden morir ciento cuarenta mil personas y una enorme ciudad puede quedar arrasada. Puede dejar huérfanos, desaparecidos, terror y miseria. En sólo dos segundos. Eso fue lo que ocurrió en Hiroshima el 6 de Agosto de 1945 a las 8:15 de la mañana. Cuando eres escritor y algo así te ocurre se convierte en una piedra demasiado grande para cargar y no escribir sobre ella. ¿Cómo se continúa después de algo así?
Años después de la explosión de la primera bomba atómica se creó en Japón una corriente literaria llamada genbaku bangaku, o lo que es lo mismo, la literatura de la bomba atómica escrita por hibakushas, escritores supervivientes de la bomba atómica y otros que tuvieron testimonio directo de ello. Tamiki Hara es quizá su mayor exponente, y Flores de verano, su obra más conocida. Porque en el caso particular de este escritor, la bomba le llegó cuando ni él mismo creía ya que podría soportar nada más.
Hijo de una familia acomodada, vivió una infancia donde la muerte era ya compañera habitual, matando a muchos de sus hermanos y a su propio padre cuando contaba tan solo doce años. Con treinta y seis años murió su madre y con treinta y nueve su esposa, lo que impactó al escritor más que todas las demás muertes juntas. Un año después cayó la bomba.
Esto dio un sentido a la vida de Tamiki Hara, contar lo ocurrido y dejar testimonio de su experiencia.
En Flores de verano podremos saber cómo era Hiroshima las semanas previas a la explosión de la bomba, cómo vivía con la constante amenaza de bombardeos que ya estaban aniquilando las ciudades más importantes de Japón y la eterna pregunta de sus propios habitantes: ¿Y por qué aquí no caen? Y es que no sabían que Hiroshima debía permanecer intacta para comprobar las consecuencias de la bomba. Ahora sabemos qué es una bomba atómica, pero después de la explosión nadie sabía qué había ocurrido ni los devastadores efectos de la radioactividad para los supervivientes. Hay en la ciudad un estanque dedicado no a las víctimas, sino al agua que los que quedaron no pudieron beber, y es que los miles de grados producidos por la deflagración la evaporaron toda.
Estos son cosas que sabemos ahora, sesenta años después. Y lo sabemos porque hubo escritores que estuvieron allí, que sobrevivieron y se empeñaron en hacernos entender la historia. Desde dentro. Desde donde más duele.
Tamiki Hara sobrevivió, pero no vivió mucho más. Escribió Flores de verano, Salmos para consolar el alma de los muertos y El país que mi corazón desea. En esta última narra su situación personal en un cruce ferroviario cercano a su casa en Tokio: «¿No le gustaría a mi sombra desvanecerse pronto en esas mismas vías?» El 13 de Marzo de 1951 Tamiki Hara se suicida tirándose a esas vías.
Compuesta en tres relatos (“Preludio a la aniquilación”, “Flores de verano” y “De las ruinas”), esta es una obra escrita con suma delicadeza. Reposada, pero no lenta. Precisa y metódica. Unos días atrapados ya para siempre en el tiempo, relatados por la mano de un escritor que murió pero dejó tras de sí mucho más que letras y páginas. El testimonio de lo que ocurrió y que nunca más debería ocurrir en tan sólo dos segundos.

miércoles, octubre 19, 2011

Una novela francesa, Frédéric Beigbeder

Trad. Francesc Rovira. Anagrama, Barcelona, 2011. 213 pp. 18,50 €

Julián Díez

El punto de partida ha sido ya extensamente expuesto: Beigbeder, escritor de éxito, maldito de manual en la mejor tradición francesa, que comparte impacto mediático y aura de incorregible con su aquí prologuista Michel Houllebecq, fue detenido una noche por consumir cocaína en el capó de un coche, delante de un local parisino. A partir de ahí, permaneció dos días internado hasta que se decidió su sanción. En ese breve periodo encerrado, vivió una suerte de catarsis que es relatada en esta novela; claustrofóbico, se vuelca en sí mismo y dirige la mirada hacia su infancia, que en las primeras páginas nos asegura no recordar, para ofrecernos después 200 páginas de detalles minúsculos, íntimos, verosímiles y tiernos.
La cuestión clave de esta novela es cómo la magia de un buen literato es capaz de crear una obra memorable a partir de materiales que a mí, y creo que a bastantes otros lectores, nos resultan antipáticos. Beigbeder no duda en retratarse una y otra vez como un pobre niño rico, un pijo muy desdichado por haber tenido que soportar tantas facilidades, un preso de apenas dos días de vivencia que pretende presentar su tropezón como una epopeya digna de un Jean Valjean o un Edmond Dantès. Obviamente reflejado en sus protagonistas de obras previas —especialmente recomendable es la destructiva y eficaz 13,99 euros—, Beigbeder es un personaje ególatra, quejumbroso, siempre con una celebridad conocida en la boca para ponerse a la altura, ocasionalmente misógino, cultureta antes que ilustrado... Sin embargo, consigue, como en tantas ocasiones lo ha hecho la buena literatura con personajes poco amables, convertir a su falible yo, con todos sus defectos y sombras, en un reflejo de la sociedad en su conjunto con el que resulta inevitable empatizar.
El primer mecanismo al que apela para ello es el de esa infancia supuestamente olvidada. Hay en cualquier relato de la niñez ecos comunes que resuenan en cualquiera: la indefensión, la ilusión, la búsqueda de conocimientos y recursos para afrontar la vida futura. Sobre todo, por las sensaciones que producen los instantes más íntimos y sentidos, como los de Beigbeder recibiendo de su abuelo la enseñanza de las cabrillas, las piedras planas que pueden saltar sobre el agua con un buen lanzamiento. Quien más y quien menos, cuenta con el tesoro de un lugar mágico como el Guéthary sobre el que Beigbeder construye sus recuerdos. Aunque todo lo demás pueda resultar impostado o hiperbólico, el sentimiento de pérdida y de añoranza es común.
También lo es para cuantos compartimos generación con él la sensación de infancia arrebatada, que se busca recuperar con placeres triviales y una actitud peterpanesca. La irresponsabilidad de ese paso se vuelve contra Beigbeder bruscamente cuando encara la realidad de los calabozos del Dépôt, como se podría volver en contra de cualquiera de nosotros al toparnos repentinamente con realidades suburbiales o tercermundistas que preferimos ignorar para mantenernos cuerdos en nuestro confortable día a día.
De lo particular, Biegbeder busca llegar a lo genérico desde ese título en el que implica a todo su país en su travesía; lo remacha luego con una de las numerosas frases contundentes que jalonan su reflexión: «(Esta novela) es la historia de un país que consiguió perder dos guerras haciendo creer que las había ganado, para a continuación perder su imperio colonial haciendo ver que esto no mermaba un ápice su importancia». Como Francia, Beigbeder gana en la derrota para terminar volviendo a Guéthary con su hija, en una redención sutil pero inequívoca, y se somete al reto de enseñar a lanzar piedras a la niña en un momento que le roba a los entretenimientos electrónicos. Sale vencedor, como lo hace de este libro en el que consigue, como manifiesta en un momento dado, usar la escritura como un medio para retener el tiempo, al igual que todos usamos la lectura como medio para desaparecerlo.

martes, octubre 18, 2011

Breve historia de un amor eterno, Slizárd Rubin

Trad. Éva Cserhári y Antonio Manuel Fuentes Gaviño. Backlist, Barcelona, 2011. 201 pp. 18 €

María Dolores García Pastor

Hace tiempo leí una anécdota sobre un escritor de éxito al que alguien le pedía un buen argumento para escribir una novela. No recuerdo ni el autor ni el medio en el que lo leí, disculpen pero la maternidad me tiene atontada la memoria. El caso es que el autor se lucía con una frase bastante parecida a esta: “un hombre y una mujer se enamoran, aquí tiene usted el argumento que le hace falta para su novela”. Hay quienes con esa brillante idea no tienen ni para empezar o se pierden en los típicos tópicos y en los sentimentalismos excesivamente edulcorados. En vez de todo eso, Slizárd Rubin nos regala una novela gracias a la que se le ha llegado a comparar con autores como William Faulkner, Milan Kundera, Berthold Brecht o el mismísimo Proust, ahí es nada.
Viajamos a la Hungría inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial. Til es un joven humilde aspirante a escritor que narra su historia de amor con Orsolya. Ella pertenece a una familia pudiente que no puede ocultar su simpatía y buena relación con los alemanes durante la gran guerra. Él un proletario que se afana en dar la bienvenida a los soviéticos que llegan para imponer un nuevo orden. Las diferencias de clase y políticas marcan el día a día de la pareja y los reproches y las humillaciones irán haciendo mella en ella. No se trata de una historia de amor al uso, es la crónica de una obsesión. Una relación basada en las desigualdades que empuja a sus protagonistas a entrar en una espiral autodestructiva que se prolongará a lo largo del tiempo con infinidad de idas y venidas.
Pero lo que atrae de este libro no es el morbo que pueda tener una relación intensa y tormentosa que en ocasiones llega al maltrato. Lo que atrapa al lector es, sobre todo, la manera que tiene su protagonista de narrar lo que acontece. En primera persona para hacerlo más cercano, más inmediato, casi palpable. Pero desprovisto de sentimentalismos. El narrador hace examen de conciencia aplicando sobre los hechos una mirada desapasionada y fría, casi indiferente. Sus recuerdos se alternan con los sueños y temores que le asaltan. Y con todo ello rememora con nostalgia un tiempo que no volverá, lo que nos hace recordar al Proust de Por el camino de Swan. Eso y el hecho de que los recuerdos que llegan hasta él nazcan de algunas de sus sensaciones o de la contemplación de paisajes y objetos. Mientras que toda la novela está impregnada de un halo que a mí me recuerda a La insoportable levedad del ser de Kundera.
Desafortunadamente y una vez más la política ha tenido que ver en el hecho de que un gran autor y una gran obra como ésta hayan tardado en tener el reconocimiento merecido. Cuando un régimen político aplasta la libertad de sus ciudadanos quienes se dedican a contar historias tienen dos caminos: el ostracismo o la sumisión. La novela de Slizárd Rubin escrita en 1963 fue redescubierta y valorada en su país en el año 2004 y para poder disfrutarla traducida al castellano hemos tenido que esperar casi medio siglo. Como se suele decir, nunca es tarde si la dicha es buena, y en este caso lo es.

lunes, octubre 17, 2011

Diástole, Emilio Bueso

Salto de Página, Madrid, 2011. 240 pp. 18 €

Ariadna G. García

Hay novelas que, una vez leídas, ocupan un lugar fijo en las estanterías, un espacio reservado, hasta que toca hacer mudanza, donar libros... Son obras, en su mayoría, que nos han gustado, pero no lo suficiente como para releerlas o prestarlas. Diástole, la segunda novela de Emilio Bueso (tras Noche cerrada, 2007), no se encuentra entre ellas.
A medio camino entre la novela de terror, la novela negra, la novela romántica y el tratado de pintura, Diástole nos atrapa desde el comienzo, y a un ritmo de infarto, nos conduce por la vida de dos hombres acabados, cuyos corazones no sienten nada fuera de los límites del arte, o del amor, que al fin y al cabo, vienen a ser lo mismo: fuente de belleza.
Jérôme Fournier es un pintor de 41 años, cuya vida ha sido bastante triste. Ya no queda nada de su talento. Aquellos a los que amó han muerto o lo han abandonado. Se trata de un tipo solitario, poli-toxicómano, a quien la vida concede una última oportunidad para congraciarse consigo y con su obra.
Frente a él (el libro se articula en torno a estos dos personajes, aunque no son los únicos) se alza la figura distinguida de Iván, un coleccionista de cuadros que ha atravesado Europa para encargarle un lienzo: su retrato.
A lo largo de las cuatro noches de posado (desarrolladas en una antigua y ruinosa mansión de los Pirineos), Iván irá relatando los pormenores de su historia, a fin de que la pintura capte todos los matices de su personalidad.
Como resultado, Jérôme pinta un retrato al óleo de estilo expresionista, lo que no es casual. Esa estética pictórica potencia el drama, la angustia de ambos personajes por sentirse vivos. Las pinceladas son violentas, como el pasado de Iván en la URSS y Ucrania. Los colores, intensos, estridentes; como el mono que, de continuo, padece Fournier. El libro está salpicado de referencias a Edvard Munch (El Gólgota), James Ensor (La entrada de Cristo en Bruselas) y Marc Chagall (La caída del Ángel), cuyas obras se caracterizan por el uso de máscaras, la deformación, la expresión del dolor, la búsqueda del misterio, o la oscuridad; temas que envuelven con cada trazo, con cada palabra, a los protagonistas del libro.
Diástole es un homenaje al don artístico, al pulso que late en la carótida de los verdaderos creadores, capaces de sacrificar lo mejor de sí mismos por la idea, la obra en la que creen. Su oficio consiste en perseguir la belleza del mundo: un amor efímero que con el alba se desvanece; un alma abatida por la pérdida de aquello que la hacía palpitar.
Emilio Bueso ha creado una obra original, de una fuerza arrolladora, cuya prosa oscila entre lo desgarrado y lo lírico, lo soez y lo bello, como lo son los extremos por los que se mueve la vida.
Quien lea el libro ya sabe que no podrá colocarlo, junto a otros volúmenes, en una estantería. Lo llevará consigo, lo prestará. Sus páginas arderán por dentro de sus ojos, como un amanecer incombustible.

viernes, octubre 14, 2011

Matemática tiniebla, Genealogía de la poesía moderna, Selección y Prólogo Antoni Marí

Trad. Miguel Casado y Jordi Doce. Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 2011. 424 pp. 25 €

Eduardo Fariña Poveda

No es desconocida la tensa relación de Edgar Allan Poe con los círculos literarios y periodísticos de su tiempo. Pese a que no padeció un total rechazo o marginación, su faceta de teórico de la poesía paso algo inadvertida. Algo había en la musicalidad de sus poemas, en la creación rítmica de belleza que defendía en sus ensayos más destacados que no encontró un estudio considerable. La historia es conocida: al otro lado del atlántico, en París, un joven Baudelaire queda conmovido por el destino fatal que el autor de El Cuervo encarnaba; la vida y la obra del autor compartían la misma complicidad de equilibrio que el lenguaje y la imaginación para la construcción del sentido poético. Lo traduce y el mismo experimenta una turbulenta y fascinante existencia de Dandy. Así, la poesía francesa del siglo XIX se hace cargo de la transición del romanticismo al simbolismo en Europa.
Matemática Tiniebla, genealogía de poesía moderna es una acertada muestra de textos de Poe, Baudelaire, Mallarmé, Valéry Eliot , seleccionados por Antoni Marí y traducidos por Miguel Casado (los ensayos franceses) y Jordi Doce (los ensayos ingleses). El título remite a un verso de Pablo Neruda ("Poe en su matemática tiniebla…") del Canto General. Como nos dice Marí en el prólogo, la idea de este libro es de Eliot, ya que en La unidad de la cultura europea (1946) expresa de forma explícita la existencia de una genealogía en la poesía moderna, cuyo origen se encuentra en Poe y en la asimilación de distintas facetas de su quehacer poético por parte de Baudelaire, Mallarmé y Valéry. Eliot confiesa las influencias de esta tradición y agrega que su propia obra y de otros poetas de la primera mitad del siglo XX, como Rilke y Yeats, no pudo ser escrita si tal tradición no se hubiera forjado.
Sin embargo, Eliot duda de la real influencia recibida de la obra de Poe. Marí nos recuerda al comienzo de las notas preeliminares que el poeta angloamericano consideraba a Poe como uno de los peores poetas en lengua inglesa. El decisivo peso de Poe es por el tratamiento intelectual que hacen de su obra Baudelaire, Mallarmé y Valéry, que consigue a su vez que el propio Eliot no escape de esta influencia. Tales ideas las profundiza en su ensayo "De Poe a Valéry", incluido en esta selección. Eliot sabe muy bien que son poetas muy distintos y que representan un siglo de poesía francesa, pero que vieron en la teoría y práctica de Poe la inauguración de una lógica poética plenamente moderna. Eliot reconoce a su modo una incapacidad por parte de la crítica en lengua inglesa: «Dicho esto, a todos nos gusta creer que comprendemos a nuestros poetas mejor que cualquier lector extranjero; pero pienso que deberíamos estar dispuestos a contemplar la posibilidad de que estos franceses hayan visto algo en Poe que los lectores de habla inglesa no han percibido» (p. 340)
Lo expuesto por Eliot confirma la ardua labor de selección y traducción de los ensayos reunidos, muchos de los cuáles ya disponíamos, pero que unidos por la tesis de la existencia de esta genealogía adquieren otro sentido. Son cuatro los ensayos reunidos de Poe y 25 son de los demás poetas. En los de Poe, está condensado lo más relevante de su pensamiento poético. Una de las ideas centrales de tal concepción radica en la sonoridad. Para Poe la música es la esencia sin forma, ya que no requiere hablar sobre las cosas sino que ella habla de la esencia de las mismas. El ritmo y la entonación sin sentido poseen una fuerza insistente y el contenido aparece después de la aparición de la forma. En ensayos como "El Principio Poético" o "La poética de la composición" quedará muy claro la idea de la sonoridad y, en el segundo Poe realiza un auténtico making off de la construcción de El Cuervo, subrayando la importancia de la selección de los tonos y de las palabras adecuadas que permitan la analogía.
La defensa de la poesía como una experiencia autónoma está presente en la mayoría de estos ensayos. Sumada a la aspiración de experimentar un placer estético y excitación extrema, será clave para Baudelaire. En “Nuevas notas sobre Edgar Allan Poe” hallamos «Así, el principio de la poesía es, estrictamente, la aspiración humana hacía una belleza superior, y la manifestación de este principio se da en un entusiasmo, una excitación del alma» (p. 151). Mallarmé en “Sobre filosofía y poesía” nos introduce en como debe ser el armazón intelectual del poema: «El canto brota de manantial innato, anterior a un concepto, tan puramente como reflejar hacia fuera mil ritmos de imágenes. Qué genio para ser poeta; que rayo de instinto encerrar simplemente la vida, virgen, en su síntesis e iluminándolo todo a lo lejos» (p. 217). Valéry en “Le decía yo a Stephane Mallarmé" reflexiona sobre la singularidad de Mallarmé, dentro de la modernidad, investigar el misterio de las cosas mediante el misterio del lenguaje, que alberga esencial oscuridad y resonancias específicas para sus términos y encantamientos: «La eficacia de los "encantamientos" no estaba tanto en la significación resultante de sus términos, como en sus sonoridades y en las singularidades de su forma. Incluso, la oscuridad les era esencial» (316). Finalmente, Eliot al final de “La Tradición y el talento individual” expresara su diagnóstico sobre el rol de emociones en la escritura poética: «La poesía no es un dejar huir la emoción sino una huida de la emoción; no es la expresión de la personalidad sino una huida de la personalidad». (p. 399)
Matemática tiniebla reúne 29 ensayos de poetas fundamentales en occidente que reflexionan profundamente acerca de la fuerza ilimitada del lenguaje y la música propia de la poesía, la melodía del verso. Sus diversos estilos y distintas vidas lo hacen singulares, cada uno debe ser sometido a distintos mecanismos críticos de análisis e interpretación. Pero todos ellos entienden la poesía como una aventura que potencia todas las manifestaciones expresivas que tiene el lenguaje y que brotan de una práctica concienzuda y con una imprescindible conciencia crítica. La selección realizada por Marí, gracias a las traducciones de Casado y Doce, poetas también importantísimos para la poesía española actual, es una invitación para acceder a textos clave para el entendimiento de la tradición poética surgida con Poe a comienzos del siglo XIX y que encuentra un lugar visible en nuestros días.

jueves, octubre 13, 2011

Deshielo a mediodía, Tomas Tranströmer

Trad. Roberto Mascaró. Nórdica, Madrid, 2011. 217 pp. 19,50 €

Marta Sanz

Estos días he leído páginas y páginas sobre la poesía de Tranströmer, y me ha quedado la impresión de que cada lector en su ejercicio de la crítica “barre para casa”: reconocemos en la ambigüedad del texto —sobre todo en la ambigüedad que, tal vez estereotipadamente, define la palabra poética— nuestras propias claves de lectura. Nuestras polillas, los cajoncitos de nuestra memoria, la pereza, unas expectativas siempre limitadas, el olor familiar del ambientador de los armarios o del suavizante… Contra el lugar común sobre la dificultad de leer poesía, yo creo que la poesía es el género más fácil de leer: nadie necesita sacerdotes que le abran los portones del templo del poema que, en realidad, es como un piso de protección oficial, un espacio que el lector decora a su gusto con sillas plegables o veladores rococó.  El poeta descubre nuevos territorios en sus búsquedas y su indagación lingüística; sin embargo, es muy difícil aprender como lector de un poema: como mucho, tenemos la posibilidad de hacernos conscientes de nuestros prejuicios. Quizá, ese esfuerzo de introspección, ese re-conocimiento, ya es más de lo que nos ofrecen otras posibilidades de lectura… Desde estas indecisiones y desde la constatación de estos prejuicios, leo Deshielo a mediodía.
Mientras leía las reflexiones que suscita en algunos de mis compañeros la poesía de Tranströmer no me identificaba casi con ninguna. Ni silencio, ni surrealismo, ni costumbrismo, ni el socorrido misterio, ni palabra revelada y fundacional, ni Orfeo que rescata a Eurídice de la entrañas de la tierra, ni coloquialismo, ni profunda sencillez... En Deshielo a mediodía el poeta es un turista que duerme en un hotel de Shangai, alguien que desde fuera y a la vez desde muy dentro habla de nuestras heridas más comunes. Dentro y fuera. Facilidad y dificultad. Porque esta selección, tan representativa y sutil, presenta una poesía de la simbiosis y la reciprocidad. En sus imágenes, en sus paisajes simbólicos, en su concepción romántica de la naturaleza como alfabeto, el ser humano se funde con la naturaleza y la naturaleza se hace antropomorfa. El sol es albino. Los buitres usan prismáticos, se convierten en hombres en el descubrimiento de las utilidades y, sobre todo, en el hallazgo del valor fundamental de la mirada. Lo sublime del romanticismo se domestica, el hombre es el hombre, lo inaprensible de su identidad sobre la línea del tiempo que, acompañado del ritmo de la música, del tic tac de los relojes que suenan dentro de los versos y sobre los pentagramas, es inexorable: el hombre es el hombre y también el rastro que deja en una naturaleza abstracta que se reinterpreta a través del concepto de paisaje. Existen otras simbiosis: muchos y uno, soledad y compañía. La vida y la muerte se unifican en la putrefacción y “la semilla golpea bajo la tierra.” Se amalgaman, asimismo, naturaleza y cultura porque Tranströmer maneja una acepción de lo cultural como lo no impostado, una acepción casi poundiana donde la cultura es lo que queda después de haber olvidado los nombres. La simbiosis es un solapamiento de planos y conceptos falsamente antagónicos que ayuda al poeta a ver y a entender de otra forma el mundo y la propia poesía.
Pero, como he dicho antes, ésta es también una poesía de la reciprocidad. Porque el catalizador, el elemento mediador, el prisma que consigue sintetizar las contradicciones y darle a la realidad una calidad líquida que se concreta en el imaginario metafórico (el geiser, el aljibe, la fuente...) es la mirada, el ojo del poeta que provoca el deshielo y liga las sustancias. El poeta, con sus ojos y su sensorialidad, inaugura la naturaleza; puede quizá modificar lo real y ahí se intuye un impulso ético, un proceso de humanización, que se irá radicalizando en la obra de Tranströmer. Existe una comprensión, un conocimiento, una escatología en un doble sentido entre el objeto y el sujeto del poema, entre lo mirado y el que mira: la voz poemática no sólo se desliza por la superficie del bosque;  la voz está encastrada en el bosque y se ensucia con las hojas húmedas. La reciprocidad de esta poesía tiene que ver con su vocación creciente de ser cada vez más inteligible, de comprometer a los lectores; tiene que ver con su sustitución progresiva de la abstracción, del misterio de una naturaleza que no se puede abarcar, por otros escenarios más próximos, domeñados, urbanos, así sucede en “Zona de arrabal”, “Tráfico” y “La galería”. En el poema “En el delta del Nilo” se hace una declaración éticamente admirable que vuelve a subrayar la importancia de la mirada: “hay uno que es bueno, hay uno que puede verlo todo sin odiar.” La poesía casi se despoja de simbolismo y  comienza a hablar de conceptos absolutos, de la indignación, de la resignación, de los escépticos, del dinero que cruje… Y se va cerrando la brecha, la escisión, el estigma de la incomprensión y la incomunicación. Se vuelve a la idea, tan terrible como consoladora, de que tal vez compartimos las mismas heridas. Poetas y lectores. Seres humanos de distintas partes del mundo.
En el poema “Códex”, Tranströmer homenajea a los personajes que aparecen en las notas a pie de página. Quizá lo hace porque se identifica con ellos. Hoy Tranströmer ha dejado de ser una nota al pie. Ya no puede ser un hombre de silencio que traspasa la frontera sin que nadie lo perciba. Ya es imposible.

miércoles, octubre 12, 2011

Europa contra Europa, Julián Casanova

Crítica, Barcelona, 2011. 272 pp. 19,90 €

Ángeles Prieto

En un esfuerzo sobresaliente de magnífica estructuración, síntesis y amenidad lectora, se nos presenta este libro de Julián Casanova, al objeto de que todos podamos componer un cuadro serio de este complejísimo y apasionante periodo, reflexionemos y obtengamos nuestras propias conclusiones.
Una época turbulenta que empieza a desplegarse ante nuestros ojos, abriéndose y cerrándose con dos emblemáticas escenas violentas: la que va del asesinato de Nicolás II, su esposa Alejandra y sus cinco hijos en Ekaterimburgo (1918) al suicidio en el búnker de Berlin de Adolf Hitler, Eva Braum, Goebbels y familia (1945). Dos apocalípticas masacres que pusieron punto y final a dos despotismos por completo diferentes, el tradicional y el moderno-destructivo, que sirven de postes válidos para empezar a entender qué cambios se produjeron en Europa entre una y otra.
Pero a diferencia de otro tipo de aproximaciones periodísticas a la Historia, que falsamente nos puedan vender prometiendo erudición con mayor diversión lectora, la virtud de este libro estriba en que está elaborado por un historiador de oficio y con mayúsculas: Julián Casanova. Un historiador que demuestra admirablemente su dominio sobre la apabullante historiografía anglosajona del periodo, que sabe estructurar, ordenar y explicar los hechos con claridad y determinación, de acuerdo a las fuentes, y que sabe cómo hacernos reflexionar, con conclusiones serias, sabiendo cómo cerrar cada uno de los episodios ineludibles para entender la época: la revolución rusa, la Italia fascista de Mussolini, la República de Weimar y el ascenso del Tercer Reich, la guerra civil española, las expansión de las dictaduras por Europa, los efectos y consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, el enfrentamiento bélico más terrible y traumático vivido en Europa.
A mi juicio, deberíamos destacar de este libro uno de sus capítulos, el de la Guerra Civil Española, precisamente por su enorme trascendencia para nosotros, a la vez que por la originalidad y seriedad en el enfoque, justo en esta época de auge de la memoria histórica, que ha conducido a realizar todo tipo de comparaciones, en muchos casos anacrónicas. Pero con el libro de Casanova ganamos una innegable perspectiva, como es la de integrar nuestro conflicto en ese escenario mayor de la Europa de las democracias y los totalitarismos, aspecto sin el cual no puede, ni debe, entenderse.
Además, concluida la lectura, este volumen constituye también un interesante libro de consulta posterior, al incluir también una necesaria cronología, índices onomásticos y analíticos y cinco inmejorables páginas de comentario bibliográfico sobre el periodo, que sintetiza una producción ingente, y de suma utilidad tanto para el lector que quiera seguir profundizando, como para el estudiante de facultad que necesite desarrollar todo el periodo en su conjunto, o cualquiera de los capítulos apuntados.
En definitiva, un libro necesario, útil y preciso para conocer mejor quiénes somos ahora como prósperos, pacíficos y cosmopolitas habitantes de la vieja Europa y de qué pasado trágico venimos. Sobre qué terribles ruinas nos erguimos.

martes, octubre 11, 2011

¿Por qué leer?, Charles Dantzig

Trad. Elena M. Cano e Íñigo Sánchez-Paños. 451 Editores, Zaragoza, 2011. 260 pp. 16,90 €

Care Santos

Leer sobre leer, qué enfermiza redundancia. Y qué sinsentido leer lo que opina acerca de leer un señor a quien no hemos leído nunca, a quien es imposible leer en español. Todo ello es cierto, y a pesar de todo este libro es un disfrute para los inquietos redundantes de la lectura, entre quienes, por supuesto, y a mucha honra, me cuento.
Charles Dantzig (Tarbes, 1961), es autor de cinco novelas, ocho libros de poesía y un diccionario muy celebrado en Francia,  Dictionnaire egoïste de la literature française. Toda su bibliografía es inédita en castellano. De modo que comenzar a leerle por este libro -la severa cubierta esconde más un volumen de confesiones que un ensayo- es algo así como una incongruencia, además de un acto de fe. Si lo hice fue porque me llamaron la atención los epígrafes de los capítulos: "Leer por salud ah ah", "La lectura es un tatuaje", "Leer para dejar los libros encima de una mesa", "Leer otra cosa que lo que está escrito" o "Leer para dejar de ser la reina de Inglaterra". A todos ellos, por cierto, yo añadiría uno más, personal: "Leer para probar suerte y, de paso, pasar un buen rato siempre y cuando no se vengan abajo las expectativas". Tal vez demasiado largo, lo sé. Por cierto, que el autor dedica un capítulo a quienes, como yo, leemos dejándonos llevar por los títulos. Y por las cubiertas.
¿Por qué leer?, debo decirlo de antemano, es una obra alejada de la pretensión del intelectual engolado. El reverso de Harold Bloom. Es la obra de un lector nato, de un comunicador, casi de un show-man, siempre al quite, siempre al día, siempre pensando en aquellos que están al otro lado. Aquí no hay grandes postulados teóricos ni, desde luego, se echan de menos. Hay gustos personales -como en la vida de todo lector- y algunas afirmaciones discutibles, por demasiado provocadoras o porque ponen el dedo en la llaga del lugar común, como ésta: "La mala influencia de la lectura es una leyenda tan estúpida como la de su buena influencia". O esta otra: "(Leer) No es políticamente correcto: la lectura excluye". O las palabras con que el autor concluye, sin concluir en absoluto: "Leer no sirve para nada. Por eso precisamente es una gran cosa. Leemos porque no sirve para nada."
Con todo, y pese a su aparente sencillez, el autor cartografía todas y cada una de las posibles razones que pueden acercar los lectores a los libros: analiza la lectura egoísta del escritor, preocupado más por ser el elegido que por sacar provecho a lo que elige; se divierte a costa de los hábitos "sociales" de los lectores, ya sean reunirse en clubes de lectura o presumir ante otros de lo leído, entona una encendida defensa de los "libros malos" -con nombres propios incluidos- que, dice, también tienen su momento; analiza la necesidad de los lectores de encontrarse en aquello que leen, aunque apenas escriba la palabra "identificación"; analiza la compulsiva necesidad de leer que a todos nos afecta en determinados momentos de nuestra vida. Y también se entrega a lo circunstancial, con una serie de páginas deliciosamente dedicadas al dónde, cómo, cuándo o con quién leer.
Puede que este libro no nos propporcione descubrimientos importantes. Pero es divertido y está escrito con una pasión y una contundencia nada comunes. Además, cito al autor: "Leer no es razonable. Hay cosas más importantes, dicen los importantes. Es verdad. Y, sabiéndolo, seguimos como si tal cosa con esas lecturas que nos privan de la vanagloria". De modo que léanlo.

lunes, octubre 10, 2011

La sabiduría de la Toscana, Ferenc Máté

Trad. Beatriz Iglesias. Seix-Barral, Barcelona, 2011. 285 pp. 17 €

Pedro M. Domene

Hace un par de años el cosmopolita Ferenc Máté nos trasladaba en Un viñedo en la Toscana (2009) a ese lugar idílico donde saborear un buen vino, degustar una sabrosa comida casera, disfrutar de los vecinos y, rodeados de un ambiente maravilloso, con un bucólico trasfondo, descansar el resto de toda una vida. En su libro, Máté, contaba sus vicisitudes o sus problemas para encontrar ese lugar idóneo donde convertir su sueño en realidad: conseguir un viñedo y la posibilidad, transcurrido un tiempo, de crear su propio vino, pero no uno cualquier sino el mejor vino de la Toscana, el tópico lugar para comenzar una vida y donde, según testimonia en su texto, se asentaba y ha pasado los últimos veinte años de su vida, tras haber errado por ciudades como Vancouver, Nueva York, Roma y París. En los capítulos que componían la mayor parte del volumen, el matrimonio Máté, tanto Cadance como Ferenc, se dedicaban a desbrozar, eliminar, adecuar, reconstruir y restaurar las ruinas de su futuro, mientras iban conociendo a una legión de toscanos que les ayudaban en la dura tarea. Ferenc transcribe y cuenta minuciosamente sus vicisitudes para convertirse en contadini o granjero italiano, e inicia la búsqueda de vigas, puertas, baldosas antiguas, al tiempo que disfruta con su familia de la comida y de los vinos toscanos cuando celebran, por ejemplo, una antigua fiesta, la del tejado. Pero sobre todo, en primavera, prepararían la tierra, las terrazas etruscas abandonadas, para plantar las primeras vides a mano. Personajes, situaciones y ambientes, y casi un auténtico relato de ficción como podría clasificarse Un viñedo en la Toscana.
En La sabiduría de la Toscana (2011), que no es una continuación al uso, se cuenta cómo los sueños se hacen finalmente realidad. Ferenc Máté enumera, a modo, de crónica su experiencia vital y el sueño que, tanto para él como su familia, se convirtieron en una certidumbre. Transmite su amor por el lugar, la relación con sus vecinos, su apego a la tierra y al vino, habla de su admiración por la gastronomía italiana e incluso de sus hábitos y costumbres, vituperando ese pasado que siempre fue mejor. En sus primeras páginas, se asegura como sin que prevalezca un “saber toscano”, ni “consigna” o “canción” que alabe las virtudes, en este libro se proclama por los cuatro costados la vita quotidiana de los toscanos, los lazos que unen a estas gentes, la cotidianidad, sus tiendas y sus mercadillos, el desarrollo de la hermosa artesanía, el cuidado de viñedos y olivares, las prolongadas comidas en familia y amistad, su gastronomía, en general, compuesta y condimentada por los productos cosechados en el lugar. Desde Montalcino, donde los Máté se asentaron, el narrador nos habla del lugar y de los aspectos relacionados con la infancia, la calidad de vida, los vecinos, la organización y el hogar, así como numerosos y acertados juicios sobre la globalización, la economía, o el bienestar de las zonas rurales para alejarse del estrés y a donde a uno, realmente, lo conozcan y saluden a diario que, según el narrador, supone una acertada elección para que los hijos crezcan y se desarrollen en la naturaleza. Apasionado del lugar, Máté consigue contagiarnos sus vivencias, ensalza una existencia idílica, declara su amor a la tierra, rica en pasado y presente, o se atreve apuntando ciertos tintes ecológicos que derivan en el autocultivo de los alimentos que cada lugareño cosecha. La casa toscana, la diversión, el negocio familiar, y el concepto multigeneacional se suceden en las páginas de La sabiduría de la Toscana y otras curiosidades que no dejarán al lector indiferente, como no menos curioso resulta el «Apéndice» final, en realidad, un auténtico recetario que recomienda Pino Luongo, miembro de una quincuagésima generación, que enseña a amar el arte de la cocina, y en la actualidad regenta un restaurante en el norte de Manhattan: primero una enumeración de los condimentos esenciales y naturales: aceite de oliva, odori, ajo, hierbas aromáticas, tomates, pasta, pan y legumbres como esencia de la cocina toscana y, se añaden, varias recetas cuyo ingrediente fundamental es el pan aparte de las típicas y sabrosas pastas con sus respectivas salsas. Una auténtica pequeña muestra de cocina tan sugerente como deliciosa.
Este libro, en realidad, contagia esa infinita alegría de vivir, constata la ilusión por las cosas sencillas, o el placer que obtenemos de ellas, y sobre todo ofrece un canto a la fraternidad humana. Buena lectura para momentos de descanso como la época estival presupone, sin que por ello bajemos la guardia sobre nuestra inmediata realidad vivida y de las abundantes posibilidades con que nos encontramos a diario.

viernes, octubre 07, 2011

Severina, Rodrigo Rey Rosa

Alfaguara, Madrid, 2011. 112 pp. 16 €

Miguel Baquero

Una joven entra en una librería y, con el mayor disimulo posible —pero sin escapar, sin embargo, a los ojos del dueño— roba un par de libros. Al cabo de unos días vuelve a aparecer y asimismo consigue “levantar” cinco o seis libros sin que suenen las alarmas, ante la mirada perpleja del librero, que no se atreve a intervenir un tanto paralizado por la juventud y belleza de la chica…
Así, de este modo tan sencillo, está planteada Severina, la última novela de Rodrigo Rey Rosa. Un relato de apenas cien páginas ambientado en el mundo de los libros y en el extraño hechizo que una desconocida puede ejercer sobre nosotros. Ese hechizo femenino y eterno que parece cosa de leyenda, algo ajeno a los mecanismos rutinarios, pero que, sin embargo, en cualquier momento, puede aparecerse ante nosotros y complicarnos la vida de una manera que ni habíamos sospechado, quizás mediante un gesto tan sencillo como hurtar un libro de una librería.
Severina es un relato de dudas; nadie parece ser lo que aparente, no se alcanza a comprender en un principio el parentesco o la relación que une a unas personas con otras, o la naturaleza de sus intercambios comerciales… y en último caso son cuestiones que, muchas de ellas, quedaran sin resolver, o quedaran resueltas de un modo que hace sospechar que podrían ser de otra forma, que quizás la explicación dada sea falsa. La novela de Rodrigo Rey Rosa se mueve en ese terreno de las apariencias; no es una novela rotunda que presente la realidad de una forma unívoca y llegue a una conclusión inamovible, sino que —en un acertado concepto de la literatura— nos presenta una visión de los hechos que podría ser la correcta… o tal vez no. Es más, probablemente no, pero el autor no pretende tanto resolver un misterio o solucionar una situación como introducirnos en una duda, como hacernos vivir y respirar la desconfianza y perplejidad del protagonista.
Y al fondo de todo ello, como fondo sobre el que se desarrolla —o sería mejor decir: se desliza— la acción, está el mundo de las librerías, la magia que producen los libros o la pasión que puede suscitar el encontrarse con un ejemplar único o tener entre los dedos un tesoro bibliográfico. En gran medida, Severina es un homenaje de Rodrigo Rey Rosa a esa armazón de palabras sobre la que puede construirse un mundo; un mundo que nada o muy poco tiene que ver con la realidad, es cierto, que se trata tan solo de un reflejo de ella, pero que aún así es también un mundo hermoso y habitable.

jueves, octubre 06, 2011

Nada hay donde la palabra quiebra, Stefan George

Ed. y Trad. Carmen Gómez García. Trotta, Madrid, 2011. 240 pp. 16 €

José Luis Gómez Toré

A pesar de la casi absoluta falta de traducciones en español, el poeta alemán Stefan George (1868-1933) es uno de los nombres fundamentales de la lírica centroeuropea, cuya influencia se dejó sentir en escritores de la talla de Hugo von Hoffmansthal y Rainer María Rilke. Su huella llega incluso hasta el joven Paul Celan, por más que a la postre la deriva de este último supone un cuestionamiento profundo del esteticismo fin-de-siècle, en cuya estela se mueve George. Se trata de una influencia que, en muchos casos, no solo fue la de una obra sino también la de un personaje, que creó en torno a sí un famoso Círculo de admiradores y discípulos, que veían en las enseñanzas del maestro algo más que una estética. Alentaba en ellos la convicción de que en torno al poeta estaba resurgiendo esa “Alemania secreta” heredada del Romanticismo y del Idealismo que prometía una resurrección espiritual de la nación germana. El propio George alentó estas ideas, convencido de la necesidad de que el arte sustituyera a la religión y creador él mismo de una suerte de culto estético en torno a su adorado Maximin, muerto a temprana edad. Recogiendo la influencia de Hölderlin (de hecho, Hellingrath, figura clave en la recuperación del gran poeta, pertenecía al Círculo) y de Nietzsche, de quien hace una interpretación harto personal, George revela hasta qué punto el esteticismo fue, en sus figuras más relevantes, bastante más que pura ornamentación formal. George se mueve en esa extraña tensión, consubstancial a buena parte del arte moderno, entre la autonomía de la obra y su voluntad de convertirse en agente transformador de lo real. Si bien la ideología estética del poeta y buena parte de sus motivos e imágenes se enmarcan en la órbita del Simbolismo, hay que reconocer su capacidad para crear un lenguaje propio, con una decidida voluntad de extrañamiento frente a la lengua común (es de destacar la labor de la traductora, que se enfrenta a una obra tan difícil de verter en una lengua ajena, y a la que quizá quepa reprochar tan solo su empeño, comprensible por otra parte dada la importancia del procedimiento en George, en mantener la rima, que en ocasiones resulta forzada).
Uno de los méritos de esta antología es el haber optado por incluir no sólo composiciones poéticas, sino también textos en prosa (incluso algunos documentos de interés que ayudan a situar al autor en el contexto cultural, social e incluso político de su época). En sus declaraciones estéticas, George nos revela la aparente paradoja de un arte que no desdeña la etiqueta de formalista y que al mismo tiempo quiere ser un camino ascético de superación personal “pues arte no es dolor y no es voluptuosidad sino triunfo sobre el primero y transfiguración de la segunda”. Es muy posible que nos puedan parecer ingenuas algunas declaraciones y que acabemos por deplorar la deriva nacionalista y conservadora de un programa supuestamente apolítico, que no evitó la ambigüedad frente a la barbarie nazi (por más que dos de los hermanos Stauffenberg, pertenecientes al Círculo, participaran en uno de los más sonoros intentos de matar a Hitler). Con todo, lo cierto es que obras como la de George nos obligan a repensar cuánto de auténticamente humano se juega en aventuras tachadas apresuradamente de esteticismo decadente y cuánto de ese fecundo fin de siglo, puente entre dos épocas, sigue vivo en las preguntas de la lírica de nuestra época.

miércoles, octubre 05, 2011

Última isla, Lafcadio Hearn

Trad. Bernardo Moreno. Errata Naturae, Madrid, 2011. 160 pp. 16,50 €

Ángeles Prieto

Cuando en 1964, el director Masaki Kobayashi adaptó magistralmente cuatro historias de fantasmas japoneses del famoso Kwaidan, ganando con su película la Palma de Oro en el festival de Cannes, no podía imaginar que, con el éxito de su film, había devuelto a la literatura europea popular uno de sus vástagos más curiosos e interesantes, el grecoirlandés Lafcadio Hearn.
Autor de culto para tantos cuentistas adscritos al género fantástico, Lafcadio siempre fue un adelantado ético a su propia época, esa segunda mitad del siglo XIX colonialista y racista, pragmática y retórica, donde rompió no pocos moldes y tabúes estéticos, religiosos, sexuales y morales.
Y fue precisamente con esta novela, Última isla, publicada bajo el nombre de Chita. Memoria de la última isla, como inició su propia andadura literaria en 1887, con 37 años, luego de un largo aprendizaje como periodista, cronista de viajes y traductor de autores tan importantes como Maupassant o Flaubert. Carrera iniciada al norte de los Estados Unidos, donde se trasladaría con diecinueve años, tras abandonar fallidos estudios eclesiásticos en Irlanda. Allí conseguiría trabajo como articulista, empleo que perdería al poco tiempo y sin remedio tras sostener relaciones íntimas con Alethea Foley, una mulata, en aquellos tiempos en los que convivir con una mujer de color era motivo de gran escándalo. Mujer que le induciría a una intensa obsesión por el Sur, Nueva Orleáns y las Antillas, su extremoso clima, costumbres indolentes, cultura francesa, exotismo y vudú. Todo lo cual podemos ver reflejado en los magníficos ambientes recreados en esta obra, Ultima Isla.
El título hace referencia a un episodio real acaecido en agosto de 1856 por el que desapareció, tragada por las aguas, una isla situada en el Golfo de México, frente a las costas de la Luisiana, lugar de veraneo frecuentado por la burguesía adinerada. Y esta espléndida novela de Hearn, tomará como referente a una exquisita niña, Zouzoune, salvada milagrosamente y rescatada por un pobre pescador, Feliú, quien la acogerá y criará bajo el nombre de Conchita (Chita).
Aunque bien es verdad que estos personajes y su historia, eje de la novela, pasan pronto a segundo plano ante la fuerza y la garra que emplea Hearn para recrearnos magistralmente el ambiente sureño, verdadero protagonista del libro, con un lenguaje intensamente rico en adjetivos para recrear nuestros sentidos y en un tono verdaderamente apasionado, el mismo que guardaría y emplearía posteriormente en 1890, cuando viajó al Japón y allí conociera a otra mujer, Setsuko Koizumi, hija de samurais, quien le transmitiría toda la esencia del país nipón que ahora podemos disfrutar en sus obras Kwaidan o Kokoro.
Quien ya conozca las obras citadas, no podrá resistirse a Ultima Isla, esta magnífica transmisión del clima y espíritu criollo, y para aquéllos que no, la novela podrá insuflarles un entusiasmo idéntico al que ya sienten, los mejores cuentistas fantásticos españoles de la actualidad, por Lafcadio Hearn, clásico del que se manifiestan como reconocidos deudores.

martes, octubre 04, 2011

Crónicas de oreja de vaca, Andrea Jeftanovic, Juan Terranova y Giovanna Rivero

Prol. Juan Cruz. Bartleby Editores, Madrid, 2011. 197 pp. 16 €



David Vicente

Cuando me encargan realizar la crónica de este libro me hace una ilusión especial. Posteriormente cuando el cartero deposita en mi correo el paquete y comienzo a leerlo, pienso, según voy avanzando en las páginas del relato/diario de Andrea, si soy la persona más indicada para realizar una crítica mínimamente objetiva, deseable por parte de cualquiera que se preste a estos menesteres.
¿Cómo ser imparcial cuando uno lee amigos? ¿Cómo obviar que dos de los integrantes de este libro (Juan Terranova y Andrea Jeftanovic) fueron publicados por primera vez en nuestro país por el que suscribe, fascinado por su literatura? ¿Cómo eludir que uno habita desde niño la ciudad en la cual se ubican geográficamente las tres bitácoras? ¿Cómo pasar por alto que ese mismo año yo también fui parte activa de lo que se narra, que conocí a esos “Jóvenes Escritores en Residencia”, que alguno de ellos posteriormente compartió estancia en mi casa, con mi familia, y hoy presumo de su amistad y camaradería?
Bien, después de darle vueltas, llegué a la conclusión de que quizá sí, de que quizá por eso mismo yo estaba más capacitado que nadie para ponerme manos a la obra con esta reseña, para juzgar con objetividad los hechos y por qué no, su literatura, de la que soy más que conocedor.
Crónicas de oreja de vaca narra la experiencia en primera persona de tres de los integrantes del programa “Escritores en residencia” que cada año promueve la AECID y la Universidad de Alcalá de Henares con el objetivo de dar a conocer nuevas voces de la creación literaria iberoamericana.
Su visita se encuadra dentro del Festival de la Palabra que culmina con la entrega del Premio Cervantes. El año al que se alude, 2009, el galardonado fue Juan Marsé. Como trasfondo la ciudad de Cervantes, Madrid, actos más o menos literarios y una serie de personajes del mundillo.
Al margen de estos apuntes, digamos enciclopédicos y de situación, Crónicas de oreja de vaca refleja la visión de tres personas distintas (pero unidas por un mismo deseo, narrar a costa de cualquier cosa) de nuestro país, de nuestras costumbres, de nuestra manera de entender la literatura, de nuestra manera de relacionarnos, de nuestra visión de lo iberoamericano, de su visión de lo español… Además refleja, probablemente sin ellos pretenderlo (sin duda la única manera posible de encontrar la coherencia), sus miedos, sus incertidumbres, sus deseos. ¿Por qué ser escritor? ¿Para qué la literatura? ¿Qué espera uno de los viajes? ¿Por qué los sinsentidos de ciertas cosas? ¿Cuándo revelarse? ¿Contra qué? ¿Cómo hacerlo? ¿Cuándo es oportuno? ¿Cuándo uno es un cobarde? ¿Hasta qué punto la existencia de uno no es tan vulgar como la de cualquiera? ¿Hasta qué punto la propia vida no es vulgar en sí misma?
El primer relato, el de la chilena Andrea Jeftanovic, se construye a base de elipses, temporales y geográficas. Ella misma lo divide en varias de ellas (Elipses de personas, Elipses de mesas redondas, Elipses de museos, Elipses de teatros…). No es algo falso ni forzado. Están presentes en toda la obra narrativa de Andrea. Intuyo que también en su propia vida. Andrea necesita un lugar que abandonar para volver a retornar y, quizá volver a huir de él. Un tiempo que dejar de lado y posteriormente recuperar. Comparar que hizo el paso del tiempo con todo eso, con ella misma y con los que la rodeaban y la rodean.
Andrea necesita espejos donde mirarse. De algún modo una referencia que no la haga sentirse intrusa, desubicada. También creer que las cosas no suceden por casualidad, que de algún modo hay algo que te obliga a cerrar el círculo, la elipse en este caso.
La literatura de Andrea es sensible, que no sensiblera, empática con el lector, cercana, amable. Aunque no por ello menos reivindicativa. Lo es y mucho. Andrea reivindica hasta la extenuación el papel de la mujer en el mundo, entre otras muchas cosas. Se reivindica así misma y con ello nos reivindica un poco a todos nosotros.
El segundo texto, el de la boliviana Giovanna Rivero, es el más ficcionado. Lo que no significa exactamente el menos real. La ficción a veces se muestra mucho más real que la propia realidad. A fin de cuentas la ficción pertenece a uno mismo, la realidad le es ajena.
Giovanna transforma su estancia en un thriller, con ella como protagonista central, en el que se nos muestra a una mujer asustada, escéptica ante ella misma y ante el mundo, inestable emocionalmente, sensual y sexual. En ocasiones desubicada por encontrarse fuera de su territorio y en ocasiones feliz, como si se estuviese viviendo un viaje iniciático.
En el tercer y último texto, el argentino Juan Terranova, ejerce como tal. Juan se muestra egocéntrico, cínico, irónico, mordaz y crítico. Crítico con todo: con quien le ha invitado (la Universidad y la AECID), con la estupidez humana, con el Premio Cervantes, con la impostura, con la falta de coherencia, con una ciudad provinciana, con su grasienta gastronomía a base de oreja de cerdo. Pero también crítico con él mismo, con el papel que él desempeña. A partir de ahí toda crítica adquiere coherencia, toda crítica está justificada. No se trata de una sátira hecha desde fuera. No se trata de ser espectador de lo ajeno. Si no de ser parte del conjunto. Juan no tiene ningún problema en meterse dentro del barro, en enfangarse hasta las rodillas. Como casi siempre, el sentido del humor resulta un buen arma con el que disparar y con el que redimir las culpas. Al final toda crítica no deja de ser el deseo de mejora de aquello que se aprecia.
Decía el filósofo: a quienes me preguntan la razón de mis viajes les contesto que sé bien de qué huyo, pero ignoro lo que busco.
Puede que este libro no nos ayude exactamente a conocer lo que buscamos, quizá ni siquiera a sus propios autores. Pero sí a tener más claro de lo que huir.
En cualquier caso, lo que es seguro es que nos acerca a tres excelentes narradores, casi desconocidos en nuestro país y que probablemente sean parte de lo porvenir.

lunes, octubre 03, 2011

La pata del escarabajo John Hawkes

Trad. y Prol. Jon Bilbao. Meettok Ediciones, San Sebastián, 201. 230 pp. 17,5 €

Recaredo Veredas

Durante los felices setenta Hawkes fue uno de los grandes de la literatura norteamericana más vanguardista, emplazado en la misma categoría que el hoy celebérrimo Pynchon. Sin embargo cuando Alfaguara —su editorial en España— cambió hacia rumbos más comerciales, desapareció de la cartografía literaria hispana. Que una pequeña editorial vasca haya decidido recuperar una de sus extrañas novelas es una noticia no solo buena, sino necesaria en este tiempo de rescates insulsos y victorianos.
Sin duda, Hawkes no es un escritor fácil. No en vano afirmaba que los verdaderos enemigos de la novela son, nada menos, la trama, los personajes, el escenario y el tema. Resumiendo, detestaba todo lo que concede sentido a una narración. Afortunadamente poseía otros dones porque, sin duda, las palabras de Hawkes serían ilegibles si, primero, no poseyera un excelso dominio del lenguaje que emplaza a sus palabras en los límites de la poesía más oscura. Así ocurre, por ejemplo, en el viaje del barco de las mujeres cuya belleza roza lo onírico aunque no quiebre la férrea —sí, férrea, pese a que no esté al servicio de la historia— verosimilitud de la trama. El segundo don es su capacidad para encontrar materia narrativa con auténtica trascendencia donde los demás no observan, no observamos, nada. En las novelas de Hawkes se nos hurta lo que contemplamos y se nos regala una mirad adicional sobre la vida. Es decir, contemplamos la existencia bajo una lente no deformante sino transformadora. Parece capaz de intuir —como también hace Pynchon, de forma muy distinta, más juguetona— los planos de un mundo muy distinto al que habitamos. La lectura de la pata del escarabajo demuestra la escasa importancia de conocerlo absolutamente todo. El lector que se acerque con pretensiones de totalidad a la obra de Hawkes —como a la narrativa de Benet o Faulkner— puede terminar desquiciado e ignorando lo verdaderamente importante: la ya mencionada transformación en la mirada.
Sin duda Hawkes ha sido y sigue siendo un autor influyente. En la prosa de autores como Nick Cave o el mismísimo Ballard, en las películas de David Lynch o David Cronemberg se percibe el rastro de su mirada, capaz de contemplar, en un mismo párrafo, las antenas de un insecto y los inmensos horizontes de América. Una América distinta porque el lejano oeste de Hawkes no es el de John Ford (por otra parte, maravilloso). Es una tierra sucia, crepuscular, habitada por personajes desolados, carente de otra épica que la, nada despreciable, de seres humanos dominados por el vicio y la fealdad —interior y exterior— que deben enfrentarse, en una lucha sin cuartel, contra una naturaleza invencible y agotadora.
Hawkes en esta obra se aproxima con contundencia al gótico sureño, que aquí alcanza un extraño esplendor, paralelo en el tiempo al del monarca Faulkner. Los Lampson se comportan aquí como Snopes proletarios, desprovistos de su honra aristocrática. También recuerda, sobre todo en el personaje de Cap Leech, a la maldad salvaje, bíblica, del Meridiano de sangre de Cormac McCarthy. Tal vez el paisaje salvaje del sur conduzca, de manera irremediable, a la épica y la turbiedad. Un gótico que deja espacio a lo que pronto vendrá —fue publicada en 1951—. Porque el yip, yip, yip final y la cabalgata de esos motoristas salvajes que se hacen llamar los diablos rojos, preconiza el advenimiento de los ácidos y la primavera californiana.

viernes, septiembre 30, 2011

En línea. Trece historias a la manera antigua, Ingo Schulze

Trad. Carles Andreu. Destino, Barcelona, 2011. 368 pp. 20 €

José Morella

El sociólogo polaco Zygmunt Bauman viene hablando hace tiempo de lo líquido. El poder líquido ya no se ejerce en la esfera de lo político. Es sólo económico y está en manos de unos centenares de tipos y contadísimas mujeres que pueden decidir sobre las vidas de miles de personas echando una simple firma. Todo cambia en minutos, nada solidifica. Tienes que estar preparado para perderlo todo en cualquier momento. El amor según Bauman también es líquido: hoy en día nos cuesta mucho decantarnos por la seguridad de una pareja estable (sólida) y olvidar la libertad de encamarnos con quien nos apetezca. Mucha gente añora la experiencia de lo afectivamente seguro pero, en cuanto se acerca a ello, le brota la angustia opuesta. En muchos de estos cuentos Ingo Schulze hace presente este falso dilema que vivimos como si fuera auténtico. Hombres —todos los narradores son hombres, y tengo mucha curiosidad por saber qué les parece este libro a las mujeres— que tratan infructuosamente de mantener su identidad sin quiebres. Hombres que no saben aceptar, que no saben rendirse a las experiencias que tienen. Los cuentos están llenos de parejas europeas de clase media. La "liquidez" de la vida trasluce en la cotidianidad de esas personas, cuyas experiencias consisten en ver cómo se les desmoronan todas las experiencias. Cualquier cosa que Schulze nos señale (porque no habla de nada concreto, más bien señala) tiene que ver con la realidad desmoronándose: el turismo, el empleo, la lealtad de la pareja, la amistad, el miedo a los vecinos y a los extranjeros, e incluso la literatura. Todo parece poder irse al garete con una gran riada. Lo bueno es que uno no saca necesariamente de los cuentos una visión pesimista. Hay algo nuevo, una posibilidad que reconocemos. Algo que está pasando y de lo que todavía el arte sólo empieza a dar cuenta. Hay esperanza. No sé localizarla en los cuentos, como tampoco sabría localizar la desesperanza, pero la leo en ellos. Son, por cierto, una gozada de lectura. Frescos como la vida. Como el siguiente gesto que ves al levantar la mirada del libro, o el rostro de la persona que entra justo ahora en tu vagón de metro, o la discusión que estalla cuando nadie se lo espera. Leer a Schulze da la sensación algo siniestra pero fabulosa de que no hay trampa ni cartón, y para eso hay que ser un maestro de todas las trampas. Schulze te las pone todas, tú caes en todas, y luego las quita y el edificio sigue en pie, como Ferran Adrià cuando hace un ravioli sin pasta de raviolis. Es imposible hablar de todos los cuentos aquí, pero no puedo resistirme con alguno, como el cuento de las tres mujeres. El narrador lleva años locamente enamorado de una de ellas. Con otra se casó y llevan juntos un negocio próspero. Y la tercera es una que hace una fiesta en la que coinciden todos y con la que el narrador se lía en el baño a pesar de que no le cae muy bien. Schulze sabe que dentro de la mente tenemos varias voces contradictorias, todas apremiándonos a cosas distintas. La mujer con la que se casó resulta de la voz que nos pide seguridad. La mujer a la que ama encarna la voz que nos exige ternura. La tercera mujer no es ninguna voz: es lo real, lo que te pasa por sorpresa mientras estás oyendo voces en tu mente como un gilipollas. Estamos perdidísimos. También se ve esta desorientación cuando algún personaje hace turismo, o eso que hace Schulze cuando le invitan a congresos de escritores para que se engañe creyendo que no es un turista. Cuando viajamos por placer queremos que nos hagan sentir mimados pero sin que nos demos cuenta de que se están ganando la vida con ello. Que me hagan sentir libre y seguro al mismo tiempo, pero sin que me dé cuenta de que lo están escenificando a cambio de mi dinero. Qué puñeteros somos. La hospitalidad no se reserva online ni se paga con visa. Schulze muestra cosas que a menudo quedan ocultas o que, mejor dicho, preferimos no ver en nosotros. Otro ejemplo de actitud falsaria sería la del machismo camuflado, como el del tipo en paro que se enfada con su mujer porque ella no se fija en lo bien que él hace las tareas domésticas. El enfado del hombre no es más que la prueba de que limpiar para él es rebajarse, y para no sentirse humillado necesita que la mujer se lo valore sin falta.
Creo que el mejor cuento es el del oso en Estonia, pero aquí habría debate porque hay tres o cuatro más que son fabulosos. Un crítico serio diría que ese cuento trata de la economía postcomunista, y es verdad, pero con Schulze tengo la impresión de que hay algo un poco ridículo en preguntarse por la temática de la obra. Suena a bachillerato casposo y antiguo. Todo es tan fresco en sus cuentos, tan vivo, que cerrar el sentido hablando de los temas me parece un manoseo que la obra no merece. Pero a lo que estamos, el cuento del oso: Aarne quiere venderles una casa de campo en Estonia a unos finlandeses que creen que allí podran cazar osos. Pero ya no hay osos en la zona, así que le compra un oso medio famélico a un circo que se ha ido a la quiebra y lo deja rondando cerca de la casa para engatusar a los finlandeses. Salto mortal sin red: dos elementos ya casi del pasado como los osos en esa zona de Estonia y el decadente circo tradicional que maltrata animales, son usados como recurso para que fructifique un negocio real en el presente. Es una especie de econeoliberalismo, que podría definirse como un aprovecharlo todo, no tirar nada, reutilizar hasta los últimos restos de la mentira vendida como bienestarismo europeo (un oso moribundo, unos finlandeses atontados por el exceso de dinero con el que no saben qué hacer, la caza como entretenimiento fatuo y superficial, el desequilibrio natural de la fauna y la flora), todo para sobrevivir un tiempo más. La vida que nos recicla.

jueves, septiembre 29, 2011

La habitación muda, Herbjorg Wassmo

Trad. Cristina Gómez Baggethun. Nórdica, Madrid, 2011. 388 pp. 21,95 €

Marta Sanz

El asesino ultraderechista Breivick mata a más de setenta personas en Noruega y a todos nos sorprende la barbarie en un país donde los periódicos pueden hacer del gato extraviado de la señora Kristoferssen una noticia. A los lectores del primer mundo nos repugna el acto criminal, pero también “nos sorprende” y ese estupor ante lo imprevisto es el que tal vez pueda corregir la lectura de La habitación muda de Herbjorg Wassmo. Porque a veces no tenemos derecho a contemplar la barbarie con la boca abierta. A no entender. A sorprendernos. La habitación muda es la segunda parte de la trilogía Tora, cuyo primer volumen, La casa del mirador ciego, fue publicado por la editorial Nórdica el año pasado. En La habitación muda el oxígeno —fibra de algodón— vuelve irrespirables los espacios abiertos y el interior de las casas. Cada inspiración clava una esquirla en los bronquios y convierte a los lectores en asmáticos: en personas que leen ahogándose. El paisaje de una isla de pescadores al norte de Noruega revela algo que sabemos pero que a menudo necesitamos olvidar: la naturaleza es inclemente en sus actos de devastación y en las limitaciones que nos impone para alimentarnos y resguardarnos de la intemperie. Además, se pare con dolor, existe el cáncer y todos morimos. Si el paisaje y la carne que caduca se alían con la brutalidad de una Historia que siempre se ceba en el débil, entendemos la dimensión de la vulnerabilidad de Tora, una niña, que sufre los abusos de su padrastro así como otra violencia que excede el miedo a la violación: el estigma de ser la hija de una madre soltera y un soldado alemán después de la II Guerra Mundial, el estigma de ser mujer, pobre, y de vivir en un entorno donde la incomunicación rige los vínculos familiares y los lazos que se establecen con una comunidad que, sólo en los casos de grandes catástrofes, sabe sacar el saquito con lo mejor de sí mismo que cada quien guarda dentro del pecho.
El trauma y la lucidez de Tora tienen la fría coherencia de la locura y de los copos de nieve. Son perfectos, irresolubles y claustrofóbicos. El miedo anida en habitaciones vacías que pueden llenarse de peligros en cuanto gire el pomo de la puerta y un hombre, borracho y brutal, cargado de sus propias razones para ser infeliz, se abalance sobre una criatura que no sabe ponerle nombre a lo que sucede y vive su tortura como una culpa. Vergüenza. Imposibilidad de crecer. Odio. Los sentimientos negativos que marcaban la prosa lacerante de La casa del mirador ciegotambién conmocionan al lector —se convierten en vivencia— en La habitación muda porque Herbjorg Wassmo imprime a sus palabras la esperanza de la luz que hay dentro de la sombra —la felicidad se oculta tras una cáscara de nuez— y la amenaza de sombra que se esconde dentro de los días esplendorosos —bajo el almohadón de plumas anida el parásito, el vampiro—. Hace del lirismo una experiencia narrativa verosímil donde sobrevivir es una acción inmanente a la condición de los seres humanos, al boqueo de los bacalaos fuera del mar y a las raíces que se estiran para alcanzar el agua con la punta de un filamento minúsculo. Fuerza y delicadeza, derrumbamiento y ascensión, instinto y voluntad, racionalidad e impulso, protección y desamparo, generosidad y cicatería, limpieza y suciedad, son algunos de los binomios que construyen el imaginario, el lenguaje y la atmosfera de las novelas protagonizadas por una Tora que va creciendo a medida que se encorva un poco.
Leemos entre el deslumbramiento y la inquietud, la punzada en la tripa, el malestar, una prosa que desvela lo mejor y lo peor de nosotros mismos. En esta entrega parece que existe un camino para que Tora comience a asumir su trauma desde la posibilidad de escaparse y la fuerza positiva que a veces nace del odio. Algunos capítulos son radiantes. Por eso, la sombra que se esconde dentro de esa luz es más terrible y desarma a un lector, que mordiéndose el pelo,nervioso, lee. Las páginas de Wassmo son aquí más corales; vemos a la madre, a la tía Rakel, la hermosa boca del tío Simon, a los amigos y amigas del instituto y, sobre todo, vemos a Sol, la amiga del Hormiguero, la primogénita de Elisif, madre orante, que permite que su hija cargue con el peso de la casa y de los niños pequeños, Sol que convierte su sexualidad en algo práctico y gozoso, liberador… El entorno de Tora adquiere un protagonismo que nos permite entender su psicología, su desarrollo, el poder de su cabellera roja, la mueca que a veces se le dibuja en los labios. La sexualidad de estas mujeres es a la vez liberación y culpa, el placer y el pico de una repulsión que se hace extensiva al sentimiento de una maternidad estrictamente física, carne dentro de la carne, enfermedad, agresión, imposibilidad de crecer, silencio, tripa apretada, dolor del parto. Un ala en el vientre y un pajarito azul.
La voz narrativa este libro es posiblemente femenina, se empasta con la sensibilidad de la autora y a menudo se apoya en la ingenuidad y la extraña inteligencia de los personajes. Como en el siguiente párrafo: «La belleza prohibida la tienes allá donde te atrevas a cogerla entre manos cálidas y delicadas. La gente da vueltas buscando símbolos; mientras tanto se le seca la sangre y se le hiela piel.» La escritura de Wassmo no es pretenciosa y habla de ese impulso vital que nos salta a los ojos envueltoen una tela blancuzca y casi líquida, como un ternero de entre la pulpa de la vaca. Brutalidad y calidez. Los libros de Wassmo no juegan a un tremendismo espectacular. Aunque sean tremendos también son sutiles, sensibles. No apuntalan el escepticismo porque, entre el horror, el urgente luchar por la alegría. Los libros de Wassmo nos permiten comprender que ni siquiera Noruega es un reducto utópico, que la Historia deja señales en todas las historias, que no debemos olvidar lo que fuimos para prevenir lo que podemos llegar a ser. Que los libros pueden servir para darnos dulces lecciones, vislumbrar lo obsceno, refrescarnos la memoria, enseñarnos quiénes somos, quién es Tora y cuáles sus estigmas,cómo la violencia embrutece, dónde ha puesto sus huevos la víbora. Que los monstruos no llegan sólo del espacio exterior ni de las tierras de las mil y una noches, que a veces los domésticos monstruos son los que siembran el peligro más inminente.

miércoles, septiembre 28, 2011

Honrarás a tu padre, Gay Talese

Trad: Patricia Torres Londoño. Alfaguara, Madrid, 2011. 640 págs. 21,50 €

Ángeles Prieto

El pasado año, los lectores españoles fuimos asombrosa y gratamente sorprendidos con el primer desembarco de unos de los indiscutibles padres del nuevo periodismo norteamericano: Gay Talese. Autor que, con una evidente clase, patente en su forma de vestir y dirigirse al público mezclando sencillez en el trato con elegancia innata, abogaba por el acercamiento íntimo a los indiscutibles personajes públicos de Retratos y encuentros, de manera perspicaz y cálida. Nada que ver con el periodismo sensacionalista hacia el star o political system al que ahora estamos desgraciadamente acostumbrados.
Además de esta enseñanza ética y magistral de un periodismo artesano y sabio, donde triunfaba la dignidad en el trato, conseguíamos también en ese libro indiscutibles lecciones literarias de cómo abordar y cómo retratar a un personaje. Magisterio que después aprovecharía en el libro que hoy presentamos: Honrarás a tu padre, un extenso y documentado estudio sobre la neoyorquina familia Bonanno, una de las más representativas de la historia mafiosa de los Estados Unidos, junto a los Luciano, Capone, Genovese, Gambino, Costello y Lucchese.
Un libro de larga gestación, iniciado en 1965 con motivo del espectacular secuestro y detención de Joseph y Bill Bonanno, respectivamente, y terminado en 1971, fecha de su publicación. Volumen indiscutiblemente motivado por la necesidad de una comunidad italoamericana, trabajadora y cumplidora de la ley, de poner coto a la machacona imagen gangsteril que los poderes públicos y los medios de comunicación, proporcionaban constantemente sobre ella en los años sesenta y setenta.
Iniciado con un secuestro cuya resolución acapara toda nuestra atención lectora, la historia se va desarrollando bajo el interesante prisma rector de las tres películas que componen la saga del Padrino, la historia de la familia Corleone: La lucha por la subsistencia de los emigrantes sicilianos, el ascenso social, económico y amoral de un padre rector, el choque generacional con aquellos hijos que reciben una educación superior, y como resultado, la pérdida de ese estatus, no sin un coste emocional devastador, en la disyuntiva de cumplir con el cuarto mandamiento y continuar con los turbios negocios familiares, o bien, apostar por la integración social. Por ello, aunque la editorial publicite el libro como inspirador de la más reciente, y exitosa serie de los Soprano, pronto se encontrará el lector con una historia real y centrada en las relaciones padre-hijo, mucho más cercana a la que se establece entre Vito y Michael Corleone.
Talese es muy exhaustivo en su trabajo, y por ello nos retransmite con todo detalle el proceso jurídico que provoca la decadencia final, amén de relatarnos los últimos grandes enfrentamientos entre las grandes familias mafiosas de Nueva York. Nos retrata con magisterio el barrio de Brooklyn y su posterior evolución, así como también viajará a Sicilia y allí procurará rastrear los orígenes de la Mafia, retrayéndose nada menos que a las Vísperas Sicilianas de 1282, cuando la población de Palermo masacró a los franceses, conquistadores de la isla, por la versión tradicional de que un soldado borracho había violado a una joven recién casada. Cuyo padre, al grito de “Ma fia, ma fia” (mia figlia, mi hija), daría paso así al origen de la palabra. En cualquier caso, esta terminará convirtiéndose en una institución arraigada y compleja en una isla constantemente invadida, cuyos habitantes no pudieron gozar de instituciones de gobierno propias hasta fechas muy recientes. Y de ahí, esta necesidad de contemporizar con los poderes públicos extranjeros, mediante el empleo de métodos no ortodoxos y de doble moral que veremos más tarde en los Estados Unidos a inicios del siglo XX.
Así, con una traducción bastante correcta, donde sin embargo se deslizan americanismos que chocan al lector europeo (riesgoso por arriesgado; abalaceado por disparado), llegaremos sin duda a disfrutar de la lupa singular de Gay Talese sobre este tema, deseoso de descubrir sus orígenes y a sí mismo, pero enfocando sin miedo y con inteligencia los claroscuros de su propia colectividad, en la lucha por la subsistencia y en la obligación final de integrarse en la siempre apasionante sociedad norteamericana.

martes, septiembre 27, 2011

En azúcar de sandía, Richard Brautigan

Trad. Damià Alou. Blackie Books, Barcelona, 2011. 168 pp. 19 €

Miguel Baquero

En azúcar de sandía fue la tercera novela publicada de Richard Brautigan (Tacoma, 1935-Bolinas, California, 1984), después del sorpresivo y arrollador éxito de su segunda novela en ver la luz, La pesca de la trucha en América. Por aquella época, el éxito de su libro truchero (que, como cabe imaginar, poco tiene que ver con lo que es un manual de pesca en sí) había hecho que el nombre de Brautigan se incluyera entre los mejores y más celebrados autores de la corriente beat. Y si bien es cierto que Brautigan, sobre todo por su pensamiento distinto, ajeno a los convencionalismos y transgresor de las reglas (aparte de por su vestimenta estrafalaria, por decir un adjetivo rápido, y por su modo de vida digamos “alternativo”) tenía muchas cosas en común con los más afamados autores de la contracultura, también es verdad que su peculiar imaginación y sus característico modo de narrar hacen de él un escritor único y, sin duda, muy recomendable. Al menos este que reseña, y me consta que un buen montón de lectores, tienen que agradecerle a la joven editorial Blackie Books el hecho de que entre los primeros títulos que lance al mercado se incluyan las tres primeras novelas de Brautigan (este En azúcar de sandía, el ya citado La pesca de la trucha en América, y el título con el que inició su carrera novelística: Un general confederado de Big Sur), dándonos así la oportunidad de conocer a un escritor auténtico, original y sorprendente
En azúcar de sandía esta ambientado en lo que se supone es una comuna hippy, una de aquellas formas experimentales de sociedad que estaban comenzando a surgir por aquellos tiempos en California al hilo del flower power. Digo “se supone” porque la tal comuna (de nombre yoMUERTE… sí, yoMUERTE, en efecto) adquiere en algunos momentos un aspecto mítico, se constituye en algo así como una metáfora del mundo y del hombre encima del planeta. Alrededor de este espacio que lo ocupa todo, y cuyos edificios, cuyos objetos, hasta cuyas sombras están elaborados con azúcar de sandía, existe otro espacio más extenso, un espacio seguramente infinito llamado la Olvidería donde se acumulan los objetos que no tienen cabida en la apacible yoMUERTE. El mismo pasado parece pertenecer a esa región olvidadiza, porque los habitantes de la comuna apenas si guardan memoria de “unos tigres” contra los que tuvieron que luchar para conseguir construir su modo de vida. Sumidos, pues, en esta hermosa región donde reina la hermandad y, conforme a los usos de la época y el lugar, se practica algo parecido al amor libre, En azúcar de sandía trata de cómo, indefectiblemente, se va cerniendo la destrucción sobre ese mundo, primero en forma de descubrimiento de la sangre y de la muerte, por último en forma de estallido de los viejos celos y la aún más vieja tragedia amorosa. Como una hermosa pompa de jabón que reventara de pronto después de haber flotado durante unos segundos.
¿Es algo así como un vaticinio, una premonición de lo que pronto vendría? Porque Brautigan, después de haber estado instalado durante unos años en la cima contracultural, y haber llevado una vida excesiva con las ganancias de sus libros, poco a poco fue decayendo en el gusto del público, inmerso en otras nuevas formas de vida, acabó convertido en sombra de una época pasada y, como última y cruel metáfora, terminó pegándose un tiro en la más completa soledad y su cuerpo no fue encontrado hasta aproximadamente un mes después de su muerte.
Pero todo esto, y la inminencia del fin en sus páginas, no quita para que En azúcar de sandía sea una novela libérrima, un ejercicio de imaginación desatada, un lugar donde existen estatuas en forma de patata, o berenjena, que nadie sabe quién cinceló, donde las truchas sacan la cabeza del agua para observar la vida de los hombres, donde durante un cierto periodo todos los sonidos, incluidos los de la naturaleza, cesan, o donde las muertes se celebran con un baile de toda la comunidad… Al fondo de todas las páginas de esta novela, y de las demás de Brautigan, late una imaginación infantil, una imaginación sin trabas, que no sabe de imposibles ni de límites, que logra jugar con cualquier aspecto de la realidad. Una absoluta y gozosa libertad que, sin duda, hubo de verse afectada y coartada cuando aquel hombre que caminaba por la vida junto a las orillas de los ríos, con un extraño sombrero hongo en la cabeza y una maquina de escribir portátil en ristre, hubo de convertirse en un asentado triunfador referente de la contracultura.
Pero siempre nos quedarán páginas como las de esta novela, páginas de fantasía desproporcionada, deslumbrante, surrealista y, sobre todo, sin ataduras.