miércoles, marzo 04, 2015

De lo sublime, Longino

Trad. Eduardo Gil Bera. Acantilado, Barcelona, 2014. 96 pp. 10 €

José Miguel López-Astilleros

Entre los libros que Roberto Bolaño recomienda leer en sus doce consejos para escribir cuentos está De lo sublime de Longino, y no es de extrañar, puesto que no sólo es un tratado teórico de poética y crítica literaria, sino que en él encontramos consejos prácticos para el escritor, amparados en textos de autores clásicos de incuestionable altura. Sobre la identidad del autor poco se sabe con seguridad, aunque se da por hecho que vivió en el siglo I y que escribió el texto durante la Segunda Sofística. Junto con la Poética de Aristóteles y el Arte Poética de Horacio formó parte de la preceptiva literaria hasta el siglo X. Longino no se quedó en el estudio de la retórica y la estilística, como Cecilio de Caleacte en su obra también titulada Sobre lo sublime, a la que el escritor anónimo replica en la suya, yendo más allá de una descripción técnica, según apunta Albin Lesky en su Historia de la literatura griega, dado que lo sublime no se alcanza sólo con reglas. Claro que si para Longino lo sublime es «una elevación y culmen del lenguaje», no se puede decir a todas luces que se desprenda en su totalidad de la retórica, de ahí que no pueda considerarse como una obra que rompe con la poética anterior, aunque sí ofrece un punto de partida interesante en la evolución hacia el espíritu moderno, valorada especialmente a partir del Romanticismo. Por otra parte, el pensamiento elevado y la pasión pertenecen al dominio de la naturaleza, mientras que las figuras del pensamiento y la expresión, y el estilo, pertenecen al ámbito del estudio de la retórica, de modo que lo sublime, el lenguaje sublime, proviene de ambas partes, de la unión entre fondo y forma. Con todo, lo más importante es que, como dice José Alsina, «…nuestro autor resalta constantemente la superioridad absoluta de la sinceridad, de la autenticidad, frente a las recetas aprendidas en la escuela…»
La obra está dedicada a un personaje desconocido, Postumio Terenciano, con quien se supone que ha leído el tratado de Cecilio, al cual ofrece el libro para aclarar unos cuantos puntos sobre aquel. A continuación examina lo que él llama defectos «en materia de pasión», opuestos a la sublimidad: la hinchazón del contenido, la puerilidad (pensamiento ocioso e insustancial) y el entusiasmo amanerado (la vacuidad), cuyas causas son el afán desmesurado de originalidad. Le sigue la enumeración y análisis de las cinco fuentes de lo sublime o sublimidad expresiva: concepción elevada de pensamientos, una fuerte emoción, figuras del pensamiento y la expresión, nobleza en la dicción (selección de palabras, metáforas y pulimiento del lenguaje), dignidad y elevación de estilo en la composición (orden de las palabras); las dos primeras son innatas y las tres siguientes producto del arte. Pero no queremos dejar pasar una breve alusión a la grandeza sublime de los silencios, tan importante en la literatura moderna, así dice Vila-Matas de los cuentos de Hemingway «…lo más importante nunca se cuenta y la historia secreta se construye con lo no dicho.» Después trata sobre la selección de las materias, la acumulación de las mismas, la amplificación (retórica de los tópicos, exageración de los temas, intensificación de detalles, el reparto de las acciones y de las pasiones, y las diferencias entre lo sublime y la amplificación), la adaptación al oyente (referido fundamentalmente a la oratoria). Más adelante conmina al escritor a pensar en la posteridad y en la reacción de Homero y Demóstenes ante nuestras creaciones. Después reflexiona sobre las imágenes, así dice que «Imagen es cualquier clase de pensamiento que produzca expresión…». En numerosas páginas estudia unas cuantas figuras literarias, sobre las cuales dice «…la mejor figura es aquella que pasa inadvertida como tal figura.», entre ellas están el asíndeton, polisíndeton, hipérbaton, la perífrasis, metáfora, etc. No son baladíes sus palabras sobre la perfección y la asunción del riesgo en la creación literaria, «Quizá sea natural que las naturalezas bajas y mediocres estén normalmente libres de fallos y caídas, porque nunca corren riesgos y aspiran a lo más excelso, mientras que las grandes dotes tropiezan a causa de su propia naturaleza.», si tenemos en cuenta esto, ¿cuántas obras publicitadas hoy a bombo y platillo por muchas editoriales habríamos de arrojar al fuego de la inanidad? A continuación trata sobre lo necesario y lo útil, sobre la estructura del fraseo o la excesiva concisión. Concluye la obra exponiendo las causas de la falta de talento en aquella época, cuando dice «…la perdición de los talentos actuales se debe a la superficialidad en que pasamos la vida, pues sólo trabajamos y estudiamos por la alabanza y el placer, no por un motivo digno de emulación y respeto.», un diagnóstico que bien pudiera valer para hoy, o ¿no escriben muchos en nuestra época atenazados por intereses puramente comerciales, o buscando una fama rápida al margen de la calidad de sus textos?
De lo sublime es un ejemplo modélico de crítica textual, puesto que la referencia y cita de textos pertenecientes al canon clásico es constante (Homero, Demóstenes, Safo, Eurípdes, Esquilo, etc., y entre los romanos Cicerón). Es un libro ameno y hasta práctico tanto para escritores, críticos o lectores perspicaces, siempre que se adecúe, cómo no, el concepto de lo sublime a estos tiempos. Y por último, es de agradecer que una editorial mantenga vivas obras como esta, vaya esto en recuerdo del recientemente desaparecido Jaume Vallcorba, editor de Acantilado.