miércoles, noviembre 12, 2014

Epitafio para Nueva York, Adonis

Trad. Federico Arbós. Nórdica, Madrid, 2014. 128 pp. 15 €

José Luis Gómez Toré

En este libro la editorial Nórdica nos ofrece una reedición de la traducción de Federico Arbós (que había aparecido con anterioridad en Hiperión y posteriormente en Alianza) de uno de los poemas más célebres del poeta sirio-libanés Adonis, Epitafio para Nueva York. El volumen se completa con otros dos poemas, cercanos en la intención y el tono al primero (así como en las referencias al mundo norteamericano), "Garganta de piel roja" y "Paseo por Harlem". El modelo reconocido del poema central es Poeta en Nueva York de Federico García Lorca y, sin embargo, desde luego no estamos ante una mera recreación. Por más que ambos textos compartan no pocos rasgos (la intención crítica, la desconfianza hacia cierta modernidad, la imagen de la ciudad estadounidense como símbolo de la deshumanización capitalista…), Epitafio para Nueva York nos ofrece una mirada muy personal sobre la gran urbe, una mirada teñida por la poderosa tradición poética en lengua árabe pero también por el contexto histórico y la voz propia del escritor.
Aunque el yo, al igual que en Poeta en Nueva York, no está aquí ausente, la oscilación lorquiana entre la angustia personal y el oscuro peso de la historia se ha desplazado muy conscientemente al polo colectivo. Nueva York no es ya solo el emblema de un sistema económico y social sino también el centro simbólico de un imperio, leído desde un imaginario político muy presente en el año 1971, en el que Adonis escribe este poema-libro. El autor recurre a un tono profético, que se vierte en repeticiones, apóstrofes y poderosas metáforas, a través de las cuales hace sentir su indignación y su rabiosa denuncia: «¡Ah, Nueva York, mujer sentada en el arco del viento!/ Forma más difusa que el átomo. / Punto que se precipita en el vacío de los números. / Con una pierna en el cielo y otra en el agua». Sin embargo, como en toda auténtica profecía (aunque, como es el caso, se trate de una profecía laica), la palabra tiene una vocación performativa: la imperiosa necesidad de cambio social y político está ya latente en la metamorfosis de la lengua, como si la revolución deseada comenzara a cumplirse en el propio decir del poeta: «La poesía es la rosa de los vientos. No los vientos/ sino el lugar/ donde soplan todos los vientos. No la rotación, sino el círculo».
El poema no ahorra los tintes más negros al retratar un mundo donde la solidaridad, incluso entre los oprimidos, parece difícil: «HARLEM (el negro odia al judío). / HARLEM (el negro no ama al árabe, cuando recuerda el tráfico de esclavos)./ HARLEM / BROADWAY (los hombres entran como / moluscos en los alambiques del alcohol y las drogas)». No obstante, el poeta dibuja también una esperanza, la que parece insinuarse en símbolos de resistencia como Palestina, América Latina o Vietnam, pero también en otras Norteaméricas, casi invisibles, desfiguradas bajo el peso de la historia oficial: frente a la América de Nixon, la América de Lincoln, de Whitman, Luther King o Paul Robeson, la América negra (otra coincidencia con Lorca) o la de la población nativa del continente, como sucede en el poema “Garganta de piel roja”. Y es que los tres poemas aquí incluidos comparten esa amarga lectura del presente, pero también una puerta abierta hacia otra historia posible: «Harlem,/ las cosas hablan contigo/ desde sus escombros./ Y tus cafés son pechos secretos de mujer./ El tiempo y la negritud/ han comenzado a unir sus pasos./ Harlem,/ cuida ese ritmo, / cultívalo».