miércoles, noviembre 05, 2014

Anillo de Moebius, Rubén Castillo

Sloper, Palma de Mallorca, 2014. 190 pp. 15 €

Pedro Pujante

En la página 158, en el tramo final de Anillo de Moebius, se sigue interrogando aún el protagonista, desconcertado y perdido en los recovecos de su memoria e identidad, sobre los límites entre realidad y sueño, entre lo creíble y lo imaginado. Leemos: «¿Dónde estaba, pues, la frontera entre la mentira y la verdad, la línea de separación entre la vigilia y el sueño, la membrana invisible que diferencia al apoderado del enfermo?»
Y es que el crítico literario y escritor Rubén Castillo (Murcia, 1966) es capaz de mantener la tensión, la duda, la incertidumbre y el desasosiego durante toda la novela. Con esto ya bastaría para recomendar el libro. Pero comencemos por el principio. Enrique Beltrán es un treintañero que una mañana de lunes deja de ser él. Todo el mundo le reconoce como Julio, incluidos una monumental y presunta novia a la que no es capaz de recordar y que le aborda en el autobús nada más comenzar el relato.
A partir de este primer encuentro extraño y desconcertante Enrique (o Julio) tratará durante cuatro días de recomponer y dar sentido a su vida. ¿Quién es Enrique? ¿Es realmente Julio y no lo recuerda, o es Enrique que cree ser Julio? ¿Está siendo objeto de una broma pesada? ¿El mundo ha sufrido una variación y él es el único que es capaz de percatarse? ¿Padece una alucinación, habita una pesadilla tan real como la propia vida? Sus amigos, su casa, su trabajo son diferentes. Su bar habitual e incluso sus pasatiempos son diferentes. ¿Qué sucede? Uno piensa en esa leyenda Chuang Tzu sobre un hombre que no sabía si era mariposa soñando ser hombre u hombre soñando ser mariposa.
En "Mudanza", un relato de Cortázar, el protagonista también sufre una suerte de confrontación con una irreconocible realidad. Aparece ante él un mundo muy parecido al suyo pero con sutiles variaciones. Un relato magnífico cuya atmósfera de misterio, de algún modo Rubén Castillo amplía, ya que es capaz de tensarla y convertirla en una novela. Y quizá esa una de las grandezas de este Anillo de Moebius: prolongar la zozobra y la inquietud y la duda y el interés durante el periplo narrativo de 180 páginas. Sí, lo repito. El protagonista, como decíamos, sumido en un infierno pesadillesco de dudas y contrariedades, acometerá un viaje por los intersticios de su memoria y de su fracturada identidad con el fin de poner en orden las piezas de un puzle sin sentido. ¿Qué ocurrió dos días antes en la fiesta de su cumpleaños? ¿Por qué hay algunas lagunas, días en blanco que no es capaz de recordar? ¿Por qué razón no es capaz de acordarse de Isabel, una mujer preciosa que asegura ser su novia? ¿Por qué no lo reconocen en el bar de siempre? En otro relato de Cortázar titulado "La noche boca arriba", el protagonista convive en dos mundos distintos; deambula entre el tiempo, el delirio y la pesadilla sin saber a cuál de los universos que su mente recrea pertenece. También Enrique Beltrán sufre la tenaz dualidad de un mundo decapitado en el que su existencia ha comenzado a desdoblarse. Sin embargo, y aquí está otro de los aciertos de la novela, lejos de truculencias o solemnidades innecesarias, Castillo es capaz de adentrarnos en esta intrigante historia con mucho humor, sarcasmo y acidez bien dosificados. Su lenguaje es fluido, a veces coloquial, pero cimentado por una prosa sólida que domeña con ágil maestría, aderezando los comentarios con ingeniosas metáforas en las que aflora un enorme bagaje cultural y literario, chispeante ironía y un gran conocimiento del mundo contemporáneo. Como decíamos, Rubén se distancia de la prosa engolada para dotar su narración de velocidad y un ritmo vertiginoso.
Enrique Beltrán, como un Gregor Samsa contemporáneo habrá de vivir su propia "metamorfosis" y durante cuatro febriles días descender a sus infiernos particulares para poder descifrar qué enigmas enturbian su existencia. Y por supuesto, el lector vivirá sumido en el misterio hasta la última página, hasta la última frase. Y quizá al término de la novela no tenga más opción de dudar de todo, incluso de sí mismo.
Uno de los mejores y más sorpresivos finales que he leído en mucho tiempo.