viernes, febrero 21, 2014

Historia de las tierras y los lugares legendarios, Umberto Eco

Trad. María Pons Irazazábal. Lumen, Barcelona, 2013. 478 pp. 44,90 €

Fernando Ángel Moreno

Con este cuidada Historia de las tierras y los lugares legendarios, Umberto Eco nos explica los orígenes y las construcciones culturales de lugares legendarios realizadas en Occidente. Sitios como Camelot, la Atlántida, el Dorado, el reino del preste Juan y tantos otros lugares maravillosos que han inspirado novelas, películas, cuadros y otras obras de arte.
Sin embargo, esta propuesta puede tomarse de dos maneras. Cabe planteárselo como otros libros de Umberto Eco; elevado, profundo, reflexivo. Al leerlo así podrá decepcionar, porque no está aquí el autor de Tratado de semiología, Lector in fabula y Los límites de la interpretación, entre tantos otros ensayos fundamentales. Por el contrario, no hay gran diferencia con la clásica recopilación de leyendas populares explicadas como curiosidades a un lector sin demasiadas ambiciones. Seguramente esta primera lectura defraudará o, quizás, nos dé la impresión de que nos supone un precio excesivo teniendo otras ofertas similares en casetas de saldos o en grandes almacenes.
Recomiendo más una segunda aproximación: acercarse a éste como a un libro de curiosidades sobre leyendas históricas que, al contrario de lo habitual, está escrito por una eminencia como Umberto Eco. Es decir, la puntualización certera y, suponemos, con rigor de tradiciones que han dado forma a nuestro imaginario cultural.
Visto de este modo, el libro supone dos ventajas, que vienen ante todo de una doble faceta académica del autor. Se aprecian la visión semiótica y los conocimientos sobre la cultura medieval, a menudo entrecruzados los unos con la otra. Esta erudición del académico nos aporta, además de la autoridad del catedrático de la Universidad de Bolonia, numerosas referencias directas de las que suelen carecer este tipo de textos. Se trata, en efecto, de pasajes literales de muchas de las obras citadas, como ratificaciones de cuanto explica, pero también de breves textos donde se afirma tal teoría o tal descubrimiento. Por ejemplo, ilustra la construcción imaginaria del Templo de Salomón con la fuente original del Antiguo Testamento y el viaje de Ulises a Ítaca con pasajes de varios especialistas.
Sin llevarnos a la cansina referencialidad académica (pero sin ignorarla por completo), se orienta más hacia la ilustración de lo que estos lugares han significado para nuestra cultura, sin perder un tono ligero y ameno en ningún momento. Con ello, Eco nos introduce un segundo tipo de texto, el histórico, que puede también servirnos de guía de lectura para obras del pasado que no solemos tener en nuestros horizontes de expectativas.
Por otra parte, desde su visión semiótica, se abstrae de las tradiciones actuales con certeras, ácidas y sutiles críticas acerca de las transformaciones de los significados mediante la invención de significantes. Es decir, nos encontramos con leyendas a las que se les ha dado un valor religioso o cultural enorme, pero que no son más que simples historietas del pasado. Un duro ejemplo es el ataque contra el Muro de las Lamentaciones israelí, desarmado y ridiculizado por la exposición de la tradición de la que viene. Con ello, a lo largo de todo el libro, se vislumbra un ataque indirecto, aunque inmisericorde, contra las trágicas frivolidades de las religiones o de las «sentencias» de los pseudo-científicos, los ocultistas y otras especies iluminadas por la ignorancia y la fantasía. Así, nos introducimos en las estrafalarias búsquedas místicas que llevaron a cabo los nazis en pos de la Última Thule y en expediciones enloquecidas hacia el centro de la Tierra que costaron la vida a sus perturbados protagonistas.
Su visión semiótica le permite además que se perciban de un modo diferente las numerosas ilustraciones de cuadros, dibujos y grabados que recogieron estas leyendas, colaborando siempre a estas retorcidas manipulaciones. Este es el tercer tipo de discurso del libro.
El editor ha explotado esta magnífica aportación, al no permitir que quede como una mera ilustración del texto. En casi todo momento, las reproducciones artísticas, muy cuidadas, destacan tanto como las palabras de Eco, y a menudo incluso más. Con ello, el lector dispone así también de un magnífico catálogo de cuadros sobre leyendas populares e incluso cultas. Solo por ello, ya vale la pena incorporar este libro a la biblioteca personal.
Por consiguiente, aporta suficientes ventajas como para servir de libro auxiliar, de esos complementos de acceso fugaz, uno de esos libros que dudas al comprar pero que adoras que te regalen. Ahora bien, como lectura completa, sosegada, a través de la comparación de los tres tipos de discursos, introduce ese factor del que he hablado y del que suelen carecer otras obras de este tipo: la crítica cultural.