jueves, enero 07, 2010

Invisible, Paul Auster

Trad. Benito Gómez Ibáñez. Anagrama, Barcelona, 2009. 288 pp. 18 €

Guillermo Roz

Le comentaba un periodista a Auster que la llegada de uno de sus libros a Europa, tiene la rara atracción que despierta el estreno de una película de Woody Allen. Cuando sabemos que estará en las librerías del viejo continente, nos decimos que aparece un libro de uno de los nuestros. Esta especie de glamour de americano- europeo ha hecho de las ediciones de Paul Auster verdaderos acontecimientos editoriales, y en este caso se merece realmente ese título, luego de algunos críticas ─algunas tan resonantes como las del mismo The New York Times─ que encumbran a Invisible como el mejor libro de su carrera.
El autor de El libro de las ilusiones o La noche del oráculo tenderá puentes autobiográficos con esta novela. Adama Walker es un joven y ambicioso poeta, estudiante de literatura en la Universidad de Columbia, en 1967. Igual que el propio autor. Es un muchacho atractivo, has pasado apenas los veinte años y está en contra de la guerra de Vietnam. En medio de un evento organizado por los estudiantes, conocerá a una pareja de franceses. Él es Rudolf Born, quien a le recuerda un personaje de la divina comedia. Ella es una mujer sensual y bella. Los dos tienen en sus movimientos algo de recelo y de atracción que llevan la lectura hacia el terreno de lo sugerente.
Pronto ese encuentro hará que todo se empiece a contar a través de la relación que entablan los tres. Un juego de seducción y de repulsión extraño y terrible.
Born es un profesor invitado en la Universidad de Columbia y le propone a Walker que dirija una revista literaria que él financiará. Aunque el estudiante que es muy perspicaz y que ha empezado a sospechar que esa amistad puede acarrearle desventuras y malicias, algo lo lleva a aceptar la propuesta. Margot, la novia de Born, será el disparador de otras tentaciones, cuando el profesor se haya vuelto a Paris y quede entregada.
Este reciente Príncipe de Asturias, dispondrá en la nueva redacción de este libro, del encuentro de un gran juego de voces (el libro es finalmente la complementación de tres narradores. También habrá un antiguo compañero, ahora escritor, que compondrá una novela con esta historia), y de un conjunto de personajes diseñados a la altura de la poética austeriana. Todos hablan y hacen desde los recovecos de la culpa, de la indecisión, de la imposibilidad de dibujarse como personajes puros sino teñidos de historias propias que los sumen en desesperaciones parciales. Las psicologías que Auster construye en Invisible, quizás el mayor acierto del libro, son hijas de resentimientos y abandonos, jorobas del pasado de imposible extracción, personas a los que su episodios juveniles han determinado con una cruz difícil de borrar.
En este libro, uno de los más complejos y más “inteligentes” (es también un thriller: con sexo y tiros incluidos), de la obra de Paul Auster, pueden leerse varias historias bajo la misma lupa: la de la desconfianza, la de la sospecha, la de lo aparente y la de lo real. Invisible es un juego de espejos refinado, en el que hay que estar muy atento a los detalles, a lo que se calla más que a lo que se dice, para entender por cuál de los rincones secretos, saltará la perdiz.

miércoles, enero 06, 2010

Entrevías mon amour, Justo Sotelo

Bartleby Editores, Madrid, 2009. 306 pp. 17 €

Marta Sanz

Entrevías mon amour de Justo Sotelo es uno de esos libros que no le tienen miedo a la tristeza; que no temen que un lector, acostumbrado a que le regalen los oídos con historias cuyos personajes encarnan los valores de un manual de autoayuda, lo cierre y no siga firmando con su autor ese pacto de confianza que implica ir pasando una página detrás de otra. Entrevías mon amour es, pues, una de esas novelas extrañamente respetuosas con sus lectores.
Esta novela escarba en lo que somos cada uno de nosotros indagando en las razones de nuestras enfermedades, nuestros traumas, la manera que tenemos que coger un vaso, nuestro oficio o nuestra forma de hacer el amor... Y explica todo eso sin dar explicaciones: tan sólo trazando una historia en la que cada uno de sus protagonistas es la cristalización de un pasado común, traumático, plagado de secretos, difuntos y fantasmas, que se quedan pululando por esa Historia con mayúscula que vamos construyendo cada día con nuestras pequeñas y minúsculas historias.
Desde el espacio más íntimo y sin recurrir a la épica, Sotelo habla de la guerra y de las guerras, el tema heroico por antonomasia. Habla de la responsabilidad de los verdugos y de esa otra responsabilidad, quizá más lábil y más difícil de comprender: la responsabilidad de unas víctimas que tienen la obligación moral de superar el dolor para desenterrar a los muertos que son simiente de amapola en las cunetas y recuperar, así, una memoria sin nostalgia que permita a todos los huérfanos, a todos los exiliados —de sus países y de sí mismos—, a todos los desposeídos y los desarraigados, seguir hacia adelante escribiendo la historia de los vencidos... Como Walter Benjamin, que constituye una de las muchas referencias vitales y literarias de esta novela, o Gabilondo, uno de sus personajes, como los forenses y los patólogos, como Judith y Edipa que no por casualidad son arqueólogas y saben que, sin conciencia del pasado, no se puede confiar en el digno advenimiento del futuro.
Detrás de cada muerto o de cada corazón herido en esta novela hay una experiencia triste —plomo, envenenamiento, talidomida, violencia, asesinato—; sin embargo, pese a toda esa tristeza por la que no hay que pedir perdón, Sotelo no cae en la telaraña pegajosa de las propuestas literarias que se regodean en que no hay nada que hacer y en que el ser humano es un animal maniatado por su dolor y por su escepticismo; una de esas propuestas que, comercializando un sentido espurio de la angustia, son como una llaga en el carrillo que vamos agrandando con la lengua: cuanto más nos mortifica, más nos satisface. Nos recreamos estéticamente en el propio sufrimiento, nos damos tanta lástima y es tan bonito llorar y regodearse en las más bajas pasiones, que estamos a un paso de la cursilería y de que la literatura se convierta tan sólo en un mecanismo para hermosear la tragedia. Y hermosear la tragedia es lo mismo que no ver. Sin embargo, Sotelo no escribe una novela para que sus lectores, en la gratificación del reconocimiento, se den pena a sí mismos mientras descubren lo bien que escribe un autor, sino para que, como su protagonista, Teo Abad —un hombre que es heroico en la misma medida que imperfecto—, al final y pese a todas las pérdidas, sigan adelante, haciendo eso que exactamente tienen que hacer.
Entrevías mon amour es una novela sobre la conciencia del individuo en y sobre la Historia, y sobre la lucidez que implican las respuestas positivas que no son huidas hacia adelante. Hay que agradecerle al autor su valentía, su sensibilidad política y literaria que le impide caer en la demagogia equidistante y revisionista de algunos relatos históricos y mediáticos sobre la segunda república, la guerra civil, la posguerra y el franquismo; hay que agradecerle su lenguaje exigente; su mirada respecto a esos actos de heroísmo cotidiano que tienen un punto ridículo que no deja de ser a la vez intrépido; hay que alabar también la sabiduría de este libro para mezclar la violencia y la ternura, así como la creación de un grupo mujeres poderosas que reivindica su sexualidad y su alegría de vivir desde la esperanza y la lucha. Y hay que agradecerle, sobre todo, que tras cerrar la última página de Entrevías mon amour, nos vibre en el cerebro, en el fondo del tímpano y en la punta de la lengua, ese grito que nunca deberíamos olvidar: No a la guerra.

martes, enero 05, 2010

Circunvalación. Una mirada a la educación literaria, Luis Arizaleta

Octoedro, Barcelona, 2009. 223 pp. 19,80 €

Ignacio Sanz

La lectura es una profesión especializada en estos tiempos en los que la presión comercial y el márquetin tratan de llevar a los potenciales lectores por un camino que necesariamente ha de pasar por la caja registradora. El autor de este libro ha hecho de la lectura su modo de vida. Y se nota. Para empezar, lleva más de quince años al frente de una empresa, FIRA, que tiene como objetivo fundamental el asesoramiento de lecturas. El equipo lo forman cinco personas, tres socios y dos empleados. ¿Quién podría imaginar algo semejante hace unos años? Una empresa de cinco personas cuyo objetivo esencial es recomendar libros. Casi nada. Claro que la empresa tiene su asiento en Pamplona y ejerce su actividad en Navarra, tanto en Pamplona como en los pueblos más grandes que la circundan, así como en alguno de la próspera Ribera del Ebro. La existencia de esta empresa es un indicio, me parece, de la calidad de vida de los habitantes de esta comunidad. Su actividad se centra, sobre todo, en la comunidad educativa, pues la empresa presta servicios fundamentalmente a los ayuntamientos y a los centros educativos, no sólo sugiriendo lecturas, sino acercando a los autores de los libros o a los grandes narradores orales españoles e hispanoamericanos (Carolina Rueda, Campanari, Pablo Albo, Pep Bruno, Susi Lillo, Luis Felipe Alegre...) para que las historias que cuentan terminen por ser una invitación velada para entrar en los libros.
Lo que básicamente cuenta Luis Arizaleta en este libro son sus memorias, un recorrido pormenorizado por su vida, entreverado con sus lecturas, con el descubrimiento de los grandes autores que han orientado sus pasos erráticos en tantos sentidos y que, de algún modo, se la han salvado.
Hay un párrafo que me llamó poderosamente la atención. Habla Arizaleta de la importancia de las cuadrillas en la conformación de la vida social navarra. Si no tienes cuadrilla no eres nadie o, en todo caso, eres un ser desvalido, solitario. Pues bien, él es, y lo reivindica, ese tipo gatuno, individualista, que ha preferido forjarse una personalidad no a través de los compañeros con los que se canta canciones y se bebe en rondas ruidosas, sino a través de escritores que susurran al oído. Y, sin embargo, esa mirada individual no le ha convertido en un individualista, sino en un ciudadano abierto y solidario. García Calvo, Savater, Juan Goytisolo, Martín Garzo, García Márquez, Cortázar son tan sólo algunos de los puntos de apoyo.
La primera mitad del libro el autor nos cuenta su vida en varios capítulos dedicados a la familia, los estudios, el trabajo, las relaciones sentimentales o al descubrimiento del cine, mientras que en la segunda reflexiona sobre su actividad profesional desde diversos prismas: comprensión lectora, oralidad, imágenes que refuerzan la lectura, adultos que leen colecciones para jóvenes. Cuenta experiencias muy interesantes, anécdotas que pueden alumbrar muchos caminos. En esta segunda parte Daniel Pennac o Juan Mata, grandes teóricos de la lectura, le sirven a apoyo.
Pero, como he dicho, entreveradas con cada capítulo, van las recomendaciones literarias. Se trata de un total de 111 libros infantiles y juveniles, la mayor parte de autores españoles tan clásicos como Juan Farias, Emilio Pascual, Antonio Ventura, Daniel Nesquens, Alfredo Gómez Cerdá, Gustavo Martín Garzo, Pilar Mateos, Pepe Maestro, Antonio Rodríguez Almodóvar, Lucía Baquedano, Gonzalo Moure, Blanca Alvárez o Fina Casaldelrrey. Aunque, cómo no, también están entre los elegidos extranjeros como Saramago o Rodari.
El entusiasmo que pone en la recomendación de estos libros es una reivindicación en toda regla de la literatura infantil y juvenil a la que a veces se observa con cierta condescendencia, cuando no con desdén manifiesto por parte de algunos profesionales o críticos “adultos”. Entren en esos libros, abran sus páginas sin prejuicio y gocen de lo lindo, nos dice Arizaleta. Merece la pena el viaje, como sin duda merece la pena abrir estas páginas y conocer de cerca una vida de un profesional que, contra viento y marea, ha dedicado a la lectura infantil y juvenil, sus mejores esfuerzos.

lunes, enero 04, 2010

Perú, Gordon Lish

Trad. Israel Centeno. Periférica, Cáceres, 2009. 224 pp. 18,50 €

José Morella

En los niños, la diferencia entre ver y descubrir apenas existe. No conocen el esfuerzo, ni la disciplina, ni la presión de objetivos o finalidades. No juzgan los resultados, porque tampoco los buscan. Son máquinas de aprender y sorprenderse. Por eso los idiomas nuevos, por ejemplo, son tan fáciles para ellos. En realidad, palabras como “aprender” o “fácil” son sólo términos de adultos que tratan de explicar a los niños. Pero ellos no hacen nada en el sentido que los adultos le damos a “hacer”, así que no conseguimos explicarlos muy bien. Sin embargo Gordon Lish, en Perú, nos regala una impresionante ilusión: la de que su narrador sí lo consiga. Se propone que el texto no contenga, bajo ningún concepto, la lógica, los juicios de valor o las conexiones mentales típicas de los adultos. Intenta recordar con minuciosidad cómo el niño vivió y pensó las cosas que le pasaron. Eso es difícil cuando se cuenta un asesinato cometido a los seis años de edad sin ningún sentimiento de culpa. Sin ninguna intuición previa de causa o efecto por parte del asesino. El narrador de esta camuflada autobiografía, Gordon, trata de no juzgar, puesto que el niño que fue y que mató a otro niño tampoco juzgaba. En esta novela no hay ninguna moral. No trata de nada que no sea la memoria particularísima y absolutamente libre de las acciones, deseos y pensamientos de un niño. El hecho de que nos reconozcamos ahí es lo que le da al texto una dimensión aterradora e hipnótica: nos da la sintaxis psíquica de cuando aún no éramos el montón de prejuicios con patas que ahora somos. Cuando pensar era como andar o mirar o comer. Puro presente, puro ser, sin consciencia alguna de pasado ni de futuro. El pequeño habla de su casa familiar con palabras como “dragar”, “fosa séptica”, “salchicha” o “ducha”, mientras que el exterior de la casa se dice con otras, como “tul”, “corpiño” y “verduras”. Él pone elementos en juego y somos nosotros, los adultos, los que interpretamos y conectamos. El niño solo ve, oye y consigna. Declara lo que hay. Oye palabras en un sitio, palabras en otro. Por ejemplo: relaciona la ducha con sensaciones negativas en contraste con el baño, y el lector proyecta su suspicacia de adulto para leer ahí que su padre abusaba sexualmente de él: decía que había que ahorrar agua y que por eso tenían que ducharse juntos. Pero eso Gordon no lo dice. Dispone las cosas de tal modo que están a punto de cerrarse en verdades reveladoras, pero no acaban de cerrarse y quedan ahí, tentando al lector para que él o ella las cierre y caiga, así, en la visión excesiva e inevitable que llamamos lectura. Leer, aquí, es ver de más, como en las figuras que se usan para explicar la psicología de la gestalt. Equivocarse o correr el riesgo de equivocarse. Sobre haber matado a palazos a otro niño, Gordon simplemente dice: «me impresionó la forma en que otra persona se puede desplomar. Fue muy impresionante ver cómo uno puede hacer que otra persona se desplome solamente por algo que has hecho, por algo que hiciste». No sabemos por qué lo mata, sólo que lo hace. Hay cosas que pasan. Hay aquí y allí, esto y lo otro, pero un esto y lo otro no engarzados causalmente.
Los lectores, claro, sí que somos adultos, cada uno con sus creencias a cuestas: yo, por ejemplo, enseguida armo, casi por instinto, una lectura social: Gordon es el hijo de una familia de las que hoy en día llaman desestructuradas. Un niño no cuidado, no atendido por sus padres, que a causa de ello acabará siendo un adulto perfeccionista y melancólico. Gordon anhela ser como sus vecinos, los niños mimados y cuidados. Dice: «Andy Lieblich tenía que entrar para todo -para que la niñera lo bañara o para echarse una siesta o para que le sirvieran su comida caliente- y yo no, era muy diferente mi caso, nunca tenía que entrar, ni siquiera a la hora de comer... en el caso de que mi madre se hubiese acordado de de dejarme algo de comer... Cuando mirabas a los Lieblich, sentías que todo era suave y cremoso y que nunca se tendrían que ocupar de esto o lo otro». El lector adulto y cargado de creencias previas que yo soy no puede evitar ver, en Perú, el mensaje siguiente: las familias que ahora llaman desestructuradas son, ahora y antes, simplemente pobres. No están necesariamente en la miseria material, pero son social y culturalmente pobres. No tienen hueveras de plata para desayunar los huevos pasados por agua que les hace una niñera. No tienen cajones de arena para jugar. No tienen chóferes negros sensuales y hermosos. Lish —probablemente sin pretenderlo— ha consolidado mi idea de que nos están recortando el mundo a base de suprimir palabras, como la palabra “pobreza”. Ya no hay pobres entre nosotros: ahora hay familias desestructuradas. Los pobres quedan en confines muy lejanos, en Áfricas de la mente. Ese malintencionado desliz semántico exculpa a todos, y hace de la “desestructura” un tema intrínseco, una especie de “trastorno de las familias” paralelo a los trastornos psicológicos de las personas. Algo que se da, que sucede sin más. Pero quien ha vivido en esas familias no es susceptible de ser engañado. No puede leer Perú sin pensar que gran parte de lo que se llama delincuencia es y ha sido siempre un fenómeno residual de la pobreza, y el maltrato doméstico también, y la amargura de las cargas excesivas también, y muchas otras cosas también. Ahora los medios, los asistentes sociales, los médicos, los burócratas, los políticos y tantos otros ejércitos de la mente se esfuerzan mucho en no mentar la pobreza. De eso trata Perú para mí. Veo incluso la semilla de la revolución: Gordon siente en su propia carne, sin explicárselo, la propiedad privada como algo arbitrario, como una ficción que la muerte siempre desbarata. Tiene la sensación, al ver la vida de Andy Lieblich, de que «...ese cajón de arena no fuera su cajón de arena, sino el mío —igual que la niñera era mi niñera y el hombre negro era mi hombre negro y el Buick era mi Buick—. La verdadera cuestión era que había un error en alguna parte y que yo era el verdadero Andy Lieblich». De quién son esos olivos, que decía Hernández.
Pero Perú es mucho más. Otros podrán ver en ella otras cosas, tan válidas como las mías, y la leerán también con avidez, armándose otra historia. Si quieres una alegoría háztela tú, lector, te dice Lish. Yo sólo te paso las piezas. Móntala. Enchufa los cables, enrosca las bombillas, alza los muros y haz tu casita de leer. Juzga, interpreta, conecta a tu gusto. Lish te lo da todo, pero te obliga a darte cuenta de que estás mucho más cerca de los otros de lo que pensabas. De que todos leemos —y actuamos— siguiendo prejuicios no universales como si fueran leyes eternas. De que ya no somos niños: eso es lo que nos une. Todo lo otro nos separa. Somos trágica y afortunadamente únicos, pero anhelamos regresar al mismo sitio.

viernes, enero 01, 2010


Que el 2010 nos traiga buenos libros