martes, enero 19, 2010

Celda 211, Francisco Pérez Gandul

Lengua de Trapo, Madrid, 2009. 224 pp. 16.60€

Miguel Baquero

Una de las características de las buenas novelas, o quizás la principal característica de las buenas novelas, es que, aun partiendo de un planteamiento inverosímil y rayano en lo absurdo, logran hacerlo creíble, consiguen darle cuerpo suficiente y acaban por construir un auténtico universo autónomo. Un mundo paralelo con su propia naturaleza, su particular lógica, su mecánica independiente.
Celda 211, la novela de Pérez Gandul editada por primera vez en el año 2004 y de la que ahora sale la segunda edición aprovechando el “tirón” de la película, arranca de una idea algo forzada y poco creíble. Un funcionario de prisiones recién llegado a una cárcel, y repentinamente atrapado en medio de un motín de los presos más peligrosos, logra no sólo ocultar su condición de carcelero, sino que hábilmente se convierte en la mano derecha del cabecilla. Es una idea muy poco sostenible e incluso un pelín ridícula; poco más que un juego de ingenio o el pasatiempo de una revista dominical. Pero a partir de esta base de arenas movedizas, comienza sorprendentemente a alzarse una novela…
Apoyada en un lenguaje agilísimo, traslación fidedigna de los registros más suburbiales, apoyada también en un uso dinámico y siempre significativo de los cambios de narrador, de los distintos puntos de vista, y sostenido en la creación de unos personajes tan auténticos como en todo momento (y pese a todo) entrañables, Celda 211 se lanza sin ningún complejo y con todas las armas de la mejor literatura a explorar en el trasfondo de las personas. La novela es un relato de lo que se oculta en el fondo de nosotros mismos y que no conocemos, ni conoceremos nunca hasta que las circunstancias nos obliguen a ello. Ese ser que late dentro de nosotros y de cuya maldad o de cuya bondad nunca habíamos tenido indicio.
La crítica cinematográfica ha sido unánime en alabar el personaje de Malamadre, el jefe de los reclusos amotinados, el tipo más chungo de la cárcel y del que hace una interpretación sublime Luis Tosar. Pero quizás más mérito literario que Malamadre tiene la otra figura capital de la novela, el funcionario que debe disimular su condición y que al fin se nos muestra como una patética (en el mejor de los sentidos) marioneta del destino, en la línea (y no creo estar exagerando) de una tragedia griega. A tal nivel se eleva, desde una anécdota casi peregrina, esta magnífica novela.