viernes, abril 25, 2008

El alba la tarde o la noche, Yasmina Reza

Trad. Jaime Zulaika. Anagrama, Barcelona, 2008. 184 pp. 16 €

Pablo Gutiérrez

Yasmina Reza anota en El alba la tarde o la noche sus impresiones sobre Nicolás Sarkozy, al que sigue durante la larga campaña electoral que lo lleva al poder. No es una crónica. No es un retrato literario. Tampoco un relato de no ficción, ni un ensayo, ni un reportaje.
El alba la tarde o la noche: sí, falta una coma. Yasmina Reza dice que así «quería explicar que en la vida de un político no hay tiempo ni para poner una coma, no hay pausa, no hay posibilidad de respiro.» No es que falte, entonces: es que ha sido suprimida, tachada. No es lo mismo que falte o que la supriman. Como no es lo mismo que se te caigan los dientes o que te los quiten. Pues igual. En cualquier caso, El alba la tarde o la noche tiene buenos dientes. Feroces caninos, tiene. A veces muerde carne blanca y arranca lonchas. Otras veces, en cambio, lanza bocados al aire.
Muy raro resulta al principio El alba la tarde o la noche. Uno no entiende la rareza, no sabe qué le pasa al texto, o a uno. Luego descubres que son las pastas amarillas de Anagrama lo que no encaja. El entomólogo se pone delante de un bicho extraño que un niño le trae del jardín: tiene alas, tiene púas, tiene antenas y patitas que se agitan, y le parece ver en el abdomen una pelusa parecida al plumaje de un ave diminuta. El entomólogo se pregunta: ¿qué diablos es esto, una mariposa, un ciempiés, un ciempiesposa, una mariposapiés? Le pasa al entomólogo como al lector de El alba la tarde o la noche, lo mismo. Y son las pastas, es culpa de las pastas amarillas entre las que está acostumbrado a leer, qué sé yo, a Amis o a Kureishi o a McEwan, relatores de la vieja escuela, de los que toman aire antes de decir las cosas, o de los que tosen y lo desordenan todo, y tal como caen las frases sobre la mesa las disponen en la caja de las páginas. Pero El alba la tarde o la noche no tiene nada que ver. Ah, no.
El alba la tarde o la noche debería estar publicado en hojas de cuadros o de doble raya: es un bloc, un cuaderno de notas expuesto del mismo modo (parece) que se compuso: notas ligeras, antisintácticas, notas nominales muy poéticas algunas, desganadas otras: notas en un cuaderno de notas con pastas amarillas.
Yasmina Reza quiere retratar de cerca a un malo; mejor, retratar de cerca cómo nace y se forma la figura de un malo. Un malo corriente (hay cientos de ellos) que tiene la oportunidad mágica de dirigir un país. Al final resulta —lo sabemos— que el malo gana, que se eleva convenciendo sobre la honestidad y la sinceridad. El malo es querido y aclamado porque conoce el modo de elevar su flequillo en medio de los calvos y los mediocres.
Mediocres, palabra tan cruel.
Pero Reza también pretende que el lector piense en Reza antes que en Sarko, que los ojos se dirijan hacia las palabras de ella antes que hacia los gestos de él. Que el libro de pastas amarillas sea un libro de Reza en el que aparece —pintorescamente— un tipo que va a gobernar Francia. Por eso dice muy pronto, en las primeras diez páginas:
«Los poetas tienen el privilegio de obedecer a leyes intempestivas que no requieren lógica ni continuación aparente. Estas leyes sirven a una verdad que toda explicación traicionaría.
De esta libertad me sirvo aquí.»
De esa libertad.
Esa libertad hace que Sarkozy se vuelva invisible en un libro escrito sobre Sarkozy. Por otra parte, qué afrenta tan grande para quien quisiera ser ultravisible en cada momento, trasvisible, presente en cada sopa. Reza no deja que le veamos la cara, un alivio, por otra parte, y se demora en el estilo roto, en divagaciones («barreras, faros, carretera ciega, aeropuerto, ¿enumeraciones que traducen qué?», «ser adulto es estar solo»), en personajes gigantes y ensombrecidos, como la mayúscula G (no dirá jamás su nombre, y es la clave), o en otros pequeños como la intérprete “elegante” que interviene en una conversación entre dos ministros; o en un pajarito que pasa. Cualquier cosa para evitar a Sarkozy.
Lo sorprendente es que, como si quisiera reflejar el curso de un río deteniéndose no en el río sino en las piedras que el río mueve, Reza consigue que Sarkozy se desvele él solito en medio el desdén de la autora. Le tuvo que fastidiar.
Justo al principio lo dice: «los escritores tienen en común con los tiranos que someten el mundo a su deseo.» Reza somete la imagen de Sarkozy a sus deseos, pero los suyos no son tan distintos de los nuestros. Quiero decir, nosotros queremos verlo ambicioso, severísimo, oportunista, engañabobos. Y ella nos ofrece la figura del perfecto neocon, bien peinadito y atento sobre sus alzas a cada cámara que le guiña una lente. Por otra parte, es el Sarkozy que imaginábamos, justo.
El malo. Qué bueno que el malo tuviera cara de malo y las uñas largas, que fuera fácil decir cosas feas sobre él, que cuando caminase pateara a posta a unos gatitos pequeñines que lloran desconsolados. Pero no. Los malos son hábiles y educados, caen bien dentro de sus trajes, se mueven bien, seducen. Reza siente que no puede decir cosas muy graves. ¿Acaso no es amable, acaso no hace su trabajo con dedicación, no tiene coherentes ideas dentro de su conservadora cabeza, no sabe agradar a quien le pide atención? Y entonces, ¿cómo desmontarlo en piezas, cómo hacer que se revele su verdadera, siniestra, oculta identidad? Reza dice: no hay ninguna identidad oculta. Sarkozy es justo lo que vemos, no más que lo vemos.
Qué afrenta, ¿eh?, qué terrible el ataque: pegarse a los talones de un gran tipo durante meses para descubrir que es exactamente lo que se ve, que por mucho que metas la nariz no encontrarás nada distinto de lo que todos ya conocen. ¿Os parecía soberbio? Es que es soberbio. ¿Su ambición os resultaba desmedida? Es que no tiene medida su ambición. ¿Pensabais que le obsesionaba su imagen? Su imagen, y nada más, es su única preocupación real.
Reza compone a un Sarkozy que actúa como un mimo de Sarkozy como camino para exhibir un estilo que erizaría la piel si la carne sobre la que mordiera tuviera más proteína.
Apuesta: si cuando propuso (¿le propusieron?) este libro, Reza hubiera sabido que detrás de Sarkozy sólo encontraría a Sarkozy, seguro que se habría negado a seguir. O bien habría cambiado a Sarko por Frank Ribéry, que tiene cara de malo de veras, con cicatrices, escupitajos y malas pulgas. Por eso, quizá, se olvida muy pronto de S para buscar en G la medida del hombre que gasta su tiempo en busca de otro tiempo.
Porque el tiempo que circula entre el alba y la noche es la trama y la espiral de alambre que une las hojas del bloc.

jueves, abril 24, 2008

Nocilla experience, Agustín Fernández Mallo

Alfaguara, Madrid, 2008. 208 pp. 16 €

José Morella

Hace unos meses un amigo me pasó el dato de un sitio web que se localiza a sí mismo «en algún lugar entre los antiguos medios de comunicación y los nuevos». El visitante puede «pasar sus páginas como si fuera una revista tradicional». Hay un cuadro en el que haces clic hacia adelante o hacia atrás y vas pasando páginas populares en Internet, seleccionadas por un sistema de ranking de los usuarios que no acabo de entender. Encuentras de todo: cotilleos, noticias sobre ciencia, curiosidades, política, videos sobre absolutamente cualquier cosa, noticias autoreferenciales del mundo de la informática, (cosas sobre sistemas operativos, gadgets, software), tendencias arquitectónicas, culinarias, artísticas, literarias... Lo que sea. Sólo por nombrar algunas historias que recuerdo: un niño de 11 años que se ha casado con su prima de 10; los freegans, gente que deja sus trabajos para vivir de la comida que recoge de la basura; la existencia de una página web donde es posible prestarle dinero sin intermediarios a alguien de un país subdesarrollado. Una fumadora que ha muerto a los 117 años. Una web donde pagas para que planten un árbol con tu nombre en algún sitio del mundo y te lo enseñen en google earth o google maps o yo qué sé donde.
Lo fascinante y a la vez inquietante del sistema es la manera de seleccionar las historias, la ideología y las relaciones de poder que laten bajo la red. El inconsciente de la masa de internautas. ¿Se trata de la verdadera democracia, o por el contrario es el pan y circo contemporáneo? Si fuera lo segundo, estaríamos ante una idea desasosegante: el poder ya no tiene que ocuparse ni siquiera de pensar con qué atontarnos: se lo decimos nosotros.
Nocilla Experience, la segunda novela del Proyecto Nocilla de Agustín Fernández Mallo, es lo más parecido posible a esa revista cibernética de la que hablo, pero tridimensional y de papel —papel de verdad, esa cosa que huele y a la que le salen manchas de culos de vasos de café con leche. Por ejemplo, el tipo de arquitecto que aparece en la novela recuerda muchísimo a ciertas tendencias que aparecen en Internet: casas en árboles, o casas enanas que se compran en Nueva York y se transportan a Boston mediante helicópteros y tras usarlas se desechan o se reciclan. La historia del novelista que decide no escribir y poner toda su energía en la promoción publicitaria de su propia no-obra también recuerda mucho al ciertas historias inverosímiles pero reales que recorren la Red, como la del chico que se está pagando sus estudios —de sobra— a base de poner los píxeles de su página web a disposición de los anunciantes al módico precio de dólar por píxel. Hay un millón de píxeles, así que ha ganado un millón de dólares. Todo tiene ese tono de verdad inverosímil. Ese es el tono del experimento nocilla, y ahí está su novedad: una aceptación de la nueva verosimilitud del mundo, que ha cambiado y se acerca a lo que podríamos llamar leyendaurbanismo. Todo huele a leyenda urbana, a esa narración que oscila entre dos polos: lo que no es cierto pero es contado como si lo fuera, y lo que es cierto y no lo parece. A la gente le encanta ese estilo porque permite no cerrar, no comprometerse. Permite flotar en la no responsabilidad del lector, en un camuflaje del compromiso ciudadano típico de lo virtual (con honrosas excepciones, claro). Para hacer la prueba, solo bastaría irse con los amigos a un bar y, después de unas cervezas, contar una de las historias de Nocilla Experience sin decir que es de Nocilla Experience: «oye, he visto en al tele una historia increíble; resulta que hay unos niños en Kazajstán o Uzbekistán o no sé dónde que se tragan unas bolas con plutonio o coltán o no sé qué, y viajan bajo tierra por unos gasoductos a través de cientos de kilómetros, caminando, atravesando fronteras de países, y al final algunos llegan y otros se mueren, pero los que llegan cagan el plutonio y se lo pasan a los traficantes». Nuestros amigos oscilarán, seguramente, entre dos actitudes: los que entren en la historia y se dejen llevar por ella, flirteando con su veracidad, y los cínicos que nos acusen de mitómanos y nos recomienden dejar de tomar sustancias sospechosas. Ambos disfrutarán de la historia.
Hace muy poco entrevistaron a Phillip Roth en El País. Dijo que en Estados Unidos no quedan lectores. Que ahora están «mirando las pantallas de sus ordenadores, las pantallas de televisión, de los cines, de los DVD. Distraídos por formatos más divertidos. Las pantallas nos han derrotado». Pues bien, yo creo que lo que hace Fernández Mallo, independientemente del juicio literario que merece (a mí me parece fascinante, una narrativa de pulso firme que me ayuda a entender el mundo y me divierte al mismo tiempo) es aceptar lo que dice Roth hasta sus últimas consecuencias. Si los lectores están en las pantallas, ¿qué es eso tan atractivo que hay en ellas? Y, sobre todo, ¿quién ha dicho que el libro no puede ofrecerlo? Fernández Mallo lo hace dinámico, ágil, brillante, adjetivos todos aplicables a las pantallas. Pero también lo hace poético, y aquí es donde las cosas ya no son tan parecidas. ¿Cuántas veces, después de horas de tele u ordenador, la gente no se siente vacía? Lo que hace que se sienta así, aunque no lo sepa, es la falta de “chicha” poética en su vida. Fernández Mallo engaña al lector perezoso y no comprometido. Le hace volver a pensar en los valores perdidos sin que se dé cuenta, como la mamá que le hace el avión a su niño con las verduras para que se las coma. Además, nos confirma algo que ya sabemos: que un libro es el soporte en el que se da la máxima profundidad posible en el mínimo espacio, como un pozo que nos conduce al centro de la tierra, mientras que Internet es lo contrario: el soporte donde caben infinitas palabras pero solo ofrecen superficie.
Fernández Mallo ha dicho en algún sitio que siempre se está a tiempo de escribir como en el siglo XX, dando a entender que sus novelas son la narrativa del futuro. Que ya no se trata del conocimiento, sino de la información. Yo no me lo creo. Sus palabras sobre su obra me convencen mucho menos que su obra. Yo diría que Nocilla Experience es lo contrario de lo que Fernández Mallo dice que es: una novela del XX por antonomasia. No es la novela del futuro, sino un fruto muy acabado de la digestión del pasado. Persigue encontrar al lector que el siglo pasado fue haciendo de nosotros, y lo consigue perfectamente. Es una genial novela finisecular, aunque esté escrita un poco después del fin de siglo. Nadie le pide al autor que descubra la pólvora. Tal vez él crea que es un inventor, pero en realidad es un espeleólogo, o mejor, un gramático descriptivo. Describe a la perfección nuestra sintaxis de lectores, adónde hemos llegado con el paso del tiempo. Capta el espíritu de nuestra era. Permite explicar el siguiente cambio: durante el siglo XX la realidad lo aceptaba todo, pero la ficción no. La verosimilitud funcionaba como una autocensura. Ahora, en el siglo XXI, todo, verdaderamente todo, es posible dentro de la ficción, porque esta ha sido invadida por la realidad. El lector lo sabe. Lo ve en youtube. Flota en un mar de historias que parecen mentiras que parecen verdades que parecen mentiras. No hay límite, y eso es un límite. El lector ya no quiere ilustrarse sino oír historias alucinantes sin preguntarse demasiado si son o no verídicas. A quién le importa ya la veracidad. Quién puede certificarla. Como la historia del museo del parchís de Nocilla Experience. O como la del artista de los chicles. Internet está llena de artistas de los chicles. Hay unos, por ejemplo, que decoran el mobiliario urbano con tejidos de punto (http://www.knittaplease.com/). Le hacen abrigos a los postes de la luz.
¿Qué vale la pena creer? Al fin y al cabo, ¿dónde está Bin Laden? ¿Por qué las torres gemelas cayeron como demoliciones controladas de toda la vida? ¿Es verdad que hay una generación entera de japoneses (los hikikomori) que no sale de sus habitaciones nunca? ¿Es verdad que las mujeres chinas se hacen operaciones para hacerse más altas que consisten en que les partan las espinillas y se las estiren durante meses en una cama de hospital? Quién sabe. ¿Nos importa, en realidad? A lo mejor hay que contárselo todo a Fernández Mallo para que le extraiga la poesía y nos espabile un poco. Para que haga nocilla.

miércoles, abril 23, 2008

Premios Tormenta 2007: ganadores

Premio Tormenta al mejor libro publicado en castellano en 2007

El padre de Blancanieves, Belén Gopegui.
Anagrama, Barcelona, 2007.
337 pp. 19,50 €

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«(...) Necesitamos, hemos dicho a veces, informes sobre el mundo, sobre lo que ocurre en los institutos, hospitales, fábricas, comisarías, en cada empresa. Pero quizá necesitemos también informes de las habitaciones.
El otro día pasó algo en mi casa. Mi madre había llamado al supermercado quejándose por un pedido que no le habían traído a tiempo. Al día siguiente tocaron el timbre, era el repartidor del supermercado, un ecuatoriano. Le dijo que por culpa de su llamada le habían despedido y que si no lograba que le readmitieran, mi madre sería para siempre responsable de lo que le pasara a él y a su familia. Él se encargaría de recordarle esa responsabilidad. (...)»

(Primeras líneas de El padre de Blancanieves)


Belén Gopegui nació en Madrid en 1963. El padre de Blancanieves es su sexta novela: antes publicó La escala de los mapas (1993, Premio Tigre Juan y Premio Iberoamericano de Primeras Novelas Santiago del Nuevo Extremo), Tocarnos la cara (1995), La conquista del aire (1998), Lo real (2001) y El lado frío de la almohada (2004), todas editadas por Anagrama.
Es también autora de los guiones de cine La suerte dormida (2003; en coautoría con la directora del filme, Ángeles González-Sinde), El principio de Arquímedes (2004; dirigida por Gerardo Herrero) y Una mujer invisible (2007; dirigida por Gerardo Herrero), así como de la reflexión en torno a política y novela Un pistoletazo en medio de un concierto (Complutense, 2008).
En una reflexión a propósito de Lo real, el crítico Ignacio Echevarría definió con exactitud la obra de la novelista: «Belén Gopegui es quien hace un empleo más afortunado y cabal de la novela como instrumento de indagación, reflexión e interpelación políticas, entendido este término en su más amplio sentido: el relativo a las cuestiones de la polis».



Premio Tormenta al mejor libro traducido al castellano en 2007

La carretera, Cormac McCarthy.
Traducción de Luis Murillo Fort.
Mondadori, Barcelona, 2007.
210 pp. 18,90 €

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«Al despertar en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado. Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior. Como el primer síntoma de un glaucoma frío empañando el mundo. Su mano subía y bajaba al compás de la preciada respiración. Retiró la lona de plástico y se puso de pie envuelto en aquellas prendas y mantas pestilentes y buscó algún atisbo de luz en el este pero no lo había. En el sueño del que acababa de despertar vagaba por una gruta y el niño lo llevaba de la mano. La luz de los dos bailaba en las húmedas paredes de roca caliza. Como peregrinos de fábula engullidos y extraviados en las entrañas de una bestia granítica. Humeros de piedra donde el agua goteaba y cantaba. Tañendo sin tregua en el silencio los minutos de la tierra y sus horas y días y años. Hasta que se hallaban en una enorme estancia de piedra donde había un lago antiguo y negro. (...)»

(Primeras líneas de La carretera)


Cormac McCarthy nació en Providence, Rhode Island, en 1933. El crítico literario Harold Bloom le considera (junto a Thomas Pynchon, Don DeLillo y Philip Roth) uno de los cuatro mayores novelistas de su tiempo. La carretera (The road, 2006, 2007 en España), la décima de sus novelas, logró el Premio Pulitzer a la mejor obra de ficción.
De igual forma, es autor de El guardián del vergel (The orchard keeper, 1965), La oscuridad exterior (Outer Dark, 1968), Hijo de Dios (Child of God, 1974), Suttree (1979), Meridiano de sangre (Blood Meridian, Or the Evening Redness in the West, 1985), Todos los caballos bonitos (All the Pretty Horses, 1992), En la frontera (The Crossing, 1994), Ciudades en la llanura (Cities of the Plain, 1998) y No es país para viejos (No Country for Old Men, 2005), además de diversas obras de teatro.
Su obra ha sido ampliamente traducida al castellano, y también adaptada al cine: Billy Bob Thornton dirigió en 2000 All the pretty horses, y la versión que de No country for old men han preparado los hermanos Coen fue la ganadora absoluta de la última edición de los Oscar. Como dato para los curiosos, en estos momentos se filma The Road, dirigida por John Hillcoat y con Viggo Mortensen y Charlize Teron como protagonistas.

martes, abril 22, 2008

Premios Tormenta 2007: finalistas (mejor libro traducido al castellano)


Arthur & George, Julian Barnes.
Traducción de Jaime Zulaika.
Anagrama, Barcelona, 2007.
523 pp. 23 €






Hombres en sus horas libres, Anne Carson.
Traducción de Jordi Doce.
Pre-Textos, Valencia, 2007.
392 pp. 26 €






Diario de un mal año, J.M. Coetzee.
Traducción de Jordi Fibla.
Mondadori, Barcelona, 2007.
240 pp. 18,90 €





La carretera, Cormac McCarthy.
Traducción de Luis Murillo Fort.
Mondadori, Barcelona, 2007.
210 pp. 18,90 €





Cementerio de pianos, José Luís Peixoto.
Traducción de Carlos Acevedo.
El Aleph, Barcelona, 2007.
312 pp. 19 €





Dos puntos, Wislawa Szymborska.
Traducción de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano.
Igitur, Montblanc, 2007.
79 pp. 10 €

lunes, abril 21, 2008

Premios Tormenta 2007: finalistas (mejor libro en castellano)


El padre de Blancanieves, Belén Gopegui.
Anagrama, Barcelona, 2007.
337 pp. 19,50 €


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El corazón helado, Almudena Grandes.
Tusquets, Barcelona, 2007.
933 pp. 25 €


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La ofensa, Ricardo Menéndez Salmón.
Seix Barral, Barcelona, 2007.
142 pp. 17,50 €


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Los príncipes valientes, Javier Pérez Andújar.
Tusquets, Barcelona, 2007.
233 pp. 17 €


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Exploradores del abismo, Enrique Vila-Matas.
Anagrama, Barcelona, 2007.
296 pp. 18 €


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