viernes, abril 18, 2008

La virgen y el gitano, D. H. Lawrence

Traducción de Laura Calvo Valdivielso. Impedimenta, Madrid, 2008. 171 pp. 17,60 €

Marta Sanz

«Leo era un muchacho bastante vulgar, pero tenía buen corazón y mucho dinero. A Yvette le resultaba simpático. Pero ¡comprometerse! ¡Qué idea tan absurda! Sintió impulsos de regalarle un juego de sus bragas de seda, para que se comprometiese con ellas.»
Este pensamiento de Yvette, la virgen, sería en un libro de hoy una manifestación de manierismo pseudofeminista, una simpática salida de pata de banco; pero a la altura de 1926, no lo era en absoluto. Cuando se habla de Lawrence siempre se saca a colación su forma de acercarse al sexo, al escándalo, a la diferencia de clase y de género. Posiblemente la palabra diferencia no sea más que un eufemismo de lucha, igual que la expresión visión del mundo para hablar de literatura no suele ser más que un eufemismo para encubrir la ideología, y la prevenida posición del escritor que se interroga en los libros es un modo de curarse en salud ante la incorrectísima postura del que arriesga respuestas –a menudo equivocadas- y se expone a ser acusado de aleccionador o de dogmático, a colocarse en las antípodas de un verdadero espíritu de la literatura que, paradójica y ortodoxamente, se identifica con la ambigüedad, con el decir sin decir, con el no pillarse los dedos, con el cartel de no molestar. Es confortable —hipócritamente poco autoritaria— la efigie del escritor dubitativo que nos invita a compartir su duda. Sin embargo, hay escritores que reivindican la aseveración como función comunicativa y no son despreciables. La aseveración también deja huecos, estimula la respuesta, implica preguntas, no es mineral. En ese lado percibo las narraciones de Lawrence.
En El amante de Lady Chatterley, en Mujeres enamoradas o en Sol, la pulsión erótica recorre las páginas como tema explícito y también como metáfora para dibujar un contexto en el que el sexo, consumado o no consumado, se esgrime como arma de rebelión y pegamento para reconstruir los cristales rotos de la identidad. Existe una sintonía, en este sentido, entre Lawrence y García Lorca. En La virgen y el gitano asistimos a una marea erótica, a un desbordamiento, que va dejando sus marcas a lo largo de la novela a través de las palabras con las que Yvette da forma a sus reflexiones —Yvette también piensa con su vagina y con su piel arrebujada en carne de pollo ante un estímulo— y que al final se recogen en una respuesta alegórica de la naturaleza: se rompe un dique y se lleva por delante el símbolo estentóreo de la represión contra Yvette, contra el sexo, contra el derecho de crecer y de ser, contra la madre en fuga de Yvette, «aquella que fue Cynthia», una mujer escindida por culpa de la mirada falsaria, perversamente idólatra, de su esposo, el abandonado rector. Lawrence define unos personajes antipáticos por sus aristas, por su sequedad, por su amabilidad siempre falsa; el rector se conforma a sí mismo como hombre generoso, comprensivo y capaz de perdonar, conservando en formol la imagen de pureza de su esposa antes de lo que abandonase: se queda con la idea, no con la mujer, y con esa elección cree haber edificado su bondad. Sus hijas son fruto del resentimiento y de una sospecha: la reproducción de la conducta de una madre infiel, de una serpiente. El amor filial es imposible, y el lector siente el frío de la rectoría, la caricatura del contacto, el forzadísimo desplazamiento de la mano al apoyarse sobre un hombro ajeno. Lawrence perfila personajes que son como esquemas desollados de un manual de anatomía: los tendones psicológicos quedan al aire, las tuercas oxidadas de los corazones, que a su vez son la reproducción a escala moral de los mecanismos de un mundo minúsculo y belicoso. Profundamente obsceno. Lawrence se arriesga a que sus criaturas repelan al lector en un universo de letras, músicas y campiñas complacientes.
Una presa se rompe y ahoga a la Abuela, animalizada como sapo. Dos modelos de mujer —la reprimida y castradora, y la rebelde— se contraponen dentro de la castigada psicología de Yvette, una muchacha que con un racionalismo doloroso se pregunta qué debería pensar o sentir: un deber ser que se desbarata ante la aparición de un gitano en el que percibe la mirada copulatoria que la construye y la libera. La modernidad de Lawrence reside tanto en la no pasividad de la virgen, como en no confundir el sexo con el enamoramiento: el sexo es una corriente que vincula al ser humano con su propia naturaleza y le hace freudianamente libre.
El gitano es lo que podría denominarse, activando un tópico, un personaje magnético, electrizante, un nómada que atesora en su biografía algún acto heroico, un hombre que, contraviniendo las normas sociales y viviendo según las leyes de su etnia —no lo olvidemos—, es al fin y al cabo un patriota. El gitano —como el guardabosques, como los obreros que trabajan al sol mientras una dama los contempla chupándose el dedo índice— es el otro, lo masculino, y para subrayar la trasgresión de las chatterleys y de las yvettes del mundo, pertenece a una clase y a una etnia consideradas socialmente inferiores. En la vulneración de los límites que separan a los amantes surgen el morbo y la trascendencia política de la pasión en la literatura, la magnitud sobredimensionada de un deseo que es como la presa rota que se lleva por delante la rectoría, los sapos, a las abuelas. Yvette y su gitano luchan por sobrevivir a una catástrofe húmeda —la destrucción como epifanía de purificación— que es imagen de la cópula. En su mutuo deseo no hay intereses ni predisposición social; para subrayarlo, Lawrence coloca como contrapunto la relación, también mal vista, entre «la pequeña judía», rica y divorciada —una antena capta un toque antisemita en el tratamiento de este personaje—, y su joven y diletante compañero quien entiende las pulsiones de Yvette y sabe diferenciar el deseo del mero apetito: hay algo más refinado, más nuclear, más agudo, en el deseo.
Al final nos damos cuenta de que hemos estado leyendo una novela de formación y a la vez un cuento de hadas tan sexuales como aquella de Piel de asno en la adaptación cinematográfica de Jacques Demy, una parábola sobre la que se mueven arquetipos: la virgen, el gitano, la madre huida, la abuela, el rector. La naturaleza restaura el orden haciéndonos ver que las únicas leyes que los seres humanos debemos respetar son la suyas. También al final el autor de esta parábola muestra su magnanimidad hacia el gitano —el sujeto del que emana el deseo, el despertador de la libido de Yvette...— y, condescendientemente, en la última línea de la novela lo humaniza, le da la palabra, le pone nombre.

jueves, abril 17, 2008

El cuarto purgatorio/ El árbol paraíso/ El libro infierno, Carlo Frabetti

Lengua de Trapo, Madrid, 2006, 2008 y 2008. 128 pp. y 14,95 € c.u.

Sofía Rhei

Siguiendo la trayectoria y el esquema narrativo de La divina comedia, del poeta italiano Dante Alighieri (en la cual un personaje muy parecido al propio Dante recorre, de la mano del poeta latino Virgilio las nueve divisiones del infierno, las siete del purgatorio, y las nueve del cielo, narrando todo lo que encuentra en ellos), Carlo Frabetti escribe tres libros en los que describe su particular versión de estos tres lugares, compuestos de las mismas partes y distribución de contenidos que su modelo.
Además de la vertebración dantesca, los libros comparten una compartimentación similar de sus contenidos: están encabezados por un poema (traducción-versión libérrima del canto inicial de cada uno de los libros de Dante), al que siguen tres relatos que pueden leerse como «variaciones sobre un tema» previas a la reflexión inicial acerca de la naturaleza de cada uno de los espacios, un cuerpo de la narración segmentado según su configuración geográfica, y un apéndice que recoge las lecciones aprendidas. Fuera de los textos, el autor explica extensamente la procedencia de algunos fragmentos, ideas o hallazgos.
El narrador comparte muchísimas características con el propio Carlo Frabetti, pero para llegar a esta constatación es necesario ir recaudando pequeñas pistas a lo largo de la trilogía, especialmente del segundo volumen. No sería arriesgado aventurar que este libro triple es una forma de autobiografía literaria, una confesión a la vez que una declaración de intenciones, un recuento del pasado y un manojo de propuestas que se tienden hacia el futuro. El tono de los tres volúmenes está basado en una intensa exploración del método dialéctico: en el primero, el interlocutor del narrador es el demonio, en el segundo, diversas apariciones de su memoria (entre las cuales, su propia sombra y el carrolliano conejo blanco), y en el tercero, como no podría ser de otro modo, la guía es la mujer amada. La ambientación de los tres libros deja en la boca un saborcillo como de El Bosco.
El infierno de Frabetti, como se hace patente desde el título, es «una biblioteca» (aunque también hay lugar para la literatura en los otros lugares, puesto que «las buenas ediciones van al cielo»), el purgatorio es una casa infinita, poblada por todos los fantasmas de la vida, y el paraíso, como le corresponde etimológicamente, sucede en un jardín. Tanto la premisa del primer libro como la del segundo darían para una trilogía entera cada una (esos libros deberían estar en la «sala de los libros no escritos» por el autor que se encuentra en su purgatorio). Quizá precisamente eso, que los dos primeros volúmenes tengan detrás una idea global más potente, hace que sean superiores en lo literario. Probablemente el tercero lo es en tanto que vehículo de ideas metafísico-espirituales.
En su conjunto, la trilogía se plantea el objetivo matemático-filosófico de búsqueda de verdades, pero es también un canto a la potencialidad; un mecanismo de introspección que puede conducir a un mejor conocimiento del mundo; un carnaval matemático en el que las reflexiones matemáticas tienen un valor metafórico, y por tanto, filosófico; un catálogo de obstáculos a través de los cuales, como sucedía en El misterio de la isla de Tokland, de Joan Manuel Gisbert, puede alcanzarse la totalidad.
«No me sorprendió que el infierno fuera una biblioteca. Tener acceso a las palabras y no a lo que designan es la más refinada versión del suplicio de Tántalo».
«No me sorprendió que el infierno fuera una biblioteca. Subir la piedra de la ignorancia por una montaña de libros, sin alcanzar nunca la cima del conocimiento, es la más refinada versión del suplicio de Sísifo».
«No me sorprendió que el infierno fuera una biblioteca. Ver convertido en palabras todo lo tocado es la más refinada versión del suplicio de Midas».
El recorrido a través del infierno "biblioteca" sirve al autor para ir desgranando su catálogo de antipatías (siempre justificadas) y afinidades (aún más justificadas, si cabe), a veces no sólo en lo tocante a lo literario, sino a propósito de temas de carácter general, como el nacionalismo, la misoginia, el romanticismo, el amor. En este sentido, tiene cierta vocación de selecto cuaderno de apuntes, como los Pequeños tratados de Pascal Quignard. Dice Frabetti en el posfacio aclaratorio:
«Este libro es, en buena medida, un compendio temático e ideológico de mis libros anteriores […]. El propio planteamiento del libro me ha obligado a volver sobre mis temas más recurrentes (por no decir obsesivos), y en un principio pensé en incluir íntegros e inalterados algunos textos […].»
De los tres, el infierno es el libro con más sentido del humor. El más inquietante, por el contrario, es el Purgatorio:
«Me indigna que el purgatorio sea una casa sin fin, el angustioso escenario de mis peores pesadillas infantiles.»
«Me sorprende que el purgatorio sea una casa. Una casa es lo contrario de un castigo.»
«Me sorprende que el purgatorio sea mi propia casa.»
Los territorios del purgatorio son, efectivamente, los del reconocimiento de uno mismo, la memoria, el territorio de los afectos y las pérdidas. Vapuleándose emocionalmente a sí mismo, Frabetti escribe sobre los errores que ha sentido como tales a lo largo de la vida, e hilvana sucesivas anécdotas (las suponemos fuertemente autobiográficas) que sirven como fábulas acerca de diferentes temas: la pereza como fuente de todos los vicios, la soberbia como motor del impulso literario, etc. El tratamiento de este material también es más onírico que en el caso del infierno.
En cuanto al paraíso, probablemente el más "pastiche" y menos homogéneo de los tres (se intuye cierta obligación del autor a sí mismo para acabar la trilogía), es un jardín o parque dentro del cual caben un cine, un museo, una casa, una biblioteca, un Luna Park. Los temas tratados desembocan en la felicidad y el amor, en sus muy diversas variantes. He de reconocer que me emocionó más de lo que el pudor aconseja la aparición de un «ángel crespo» «de rostro rubicundo», como pertinente homenaje al gran poeta y traductor Ángel Crespo.
Las apariciones de este tipo, citas, referencias y "cameos" (hasta del propio Dante) son inacabables, así como los juegos de palabras. Frabetti se cita incluso a sí mismo como autor infantil y como poeta, incluyendo alguno de sus versos. A este respecto, me gustaría recordar que la poesía de Carlo Frabetti es una de las obras lúdico lingüísticas de sabor oulipiano más estimulantes de la lírica reciente.
Esta trilogía, de libros tan delgados que parecería más sensato publicar el conjunto en un solo volumen, tiene para mi gusto el defecto de la brevedad. Lo potencial es uno de los temas de la obra, pero acaso la obra se ha vuelto demasiado potencial: sus premisas darían para una verdadera «opera magna», que igualara en volumen a su antecesor, o al menos en sus 33 cantos-capítulos por tomo. Le perdonamos a Frabetti que tenga la soberbia de escribir, pero no que su pereza le impida hacer que estos volúmenes crezcan hasta llegar a ser todo lo que pueden ser.

miércoles, abril 16, 2008

Rosas, restos de alas, Pablo Gutiérrez

La Fábrica, Madrid, 2008. 103 pp. 14 €

Mercedes Cebrián

La primera frase que a uno se le viene a la cabeza al leer las tres primeras páginas de Rosas, restos de alas es «¡por fin un narrador interesado por el lenguaje!», es decir: por las palabras en tanto que palabras, por la sintaxis, por darles vueltas y patadas a las frases, por desarmarlas como si fuesen construcciones hechas con Lego —más bien con Tente Combi, si tenemos en cuenta al protagonista de la historia que nos ocupa: español casi treintañero de clase media-baja—. A lo largo de todo el libro Pablo Gutiérrez desenvuelve eternamente un bombón exquisito como prometiéndonos que, una vez sin papel, la golosina será para nosotros, cuando en verdad el verdadero bombón es el propio libro. Parece como si Joyce, las vanguardias históricas y gran parte de la poesía universal del XX hubieran pasado por encima de este libro, o, empleando otra imagen más vegetal: parece que el autor de Rosas, restos de alas, hubiese recorrido todos esos textos y, por el camino, se le hubiesen quedando pegadas hojas, matojos, pétalos de todos ellos. ¿Podemos calificar entonces de “lírica” y “experimental” esta novela que narra el presente de un tipo del que su mujer decide separarse, y es a la vez un paseo por su infancia y adolescencia? Si esos dos adjetivos tienen para nosotros connotaciones positivas, adelante, pues, con ellos.
Y es que Pablo Gutiérrez podría habernos contado esta o cualquier otra historia a través de su narrador en primera persona: habría dado igual, la habríamos leido en cualquier caso de un tirón, tal es su capacidad para generar imágenes a bocajarro mediante la plasticidad de su lenguaje. Pero ha decidido construir la novela de aprendizaje de un tipo que vive en la España contemporánea, que se entretuvo en la infancia jugando con el Telesketch y viendo Sesión de Tarde y que, si ha de autodefinirse lo hace así: «vivo de mi trabajo, gano lo justo para poder tener deudas, me educaron con tibios valores, ayudaría a una anciana pero no si la anciana, además de cruzar la calle, quisiera tomarse un café con leche y hablar conmigo de todo lo que echa de menos».
Bienvenidos a su sinceridad de tercer milenio, a su crueldad moderada, a su testosterona canalizada convenientemente pasados los dieciocho, a sus toques de personaje houellebecquiano aquí y allá, que es lo mismo que darle la bienvenida a un representante claro de este siglo XXI, a uno de los frutos que ha producido la España inmediatamente postfranquista. ¿Pero cómo puedo encontrar frío y desolador a un personaje al que le sale poesía por la boca y que sufre cuando repara en que ha perdido a su mujer? ¿No estaré exagerando un poco? La sensación de pesadumbre y la desconfianza hacia la especie humana, especialmente representada por el varón, que me queda tras la lectura de Rosas, restos de alas me hace pensar que no, al igual que me ayuda a darme cuenta de que quizá sea esa una de las principales virtudes de esta excelente primera novela. Comprobad vosotros mismos si exagero.

martes, abril 15, 2008

Cine y educación: el cine en el aula de primaria y secundaria, Alba Ambrós / Ramón Breu

Graó, Barcelona, 2007. 233 pp. 19,70 pp

Care Santos

No hace tanto hablaba con un profesor de secundaria de un IES sevillano, quien se escandalizaba de que la inmensa mayoría de los alumnos terminen la ESO (Enseñanza Secundaria Obligatoria) sin saber quién fue Charles Chaplin. Impresionada por estas palabras, aquel mismo fin de semana compré en unos grandes almacenes Tiempos modernos y les propuse a mis dos hijos mayores (de 6 y 4 años) verla juntos. Fue un rato de portentosos descubrimientos, sobre todo para mí. Descubrí que mis hijos y el personaje creado por Chaplin sintonizan de maravilla. El humor absurdo, la filantropía y la visión idealista del mundo que ofrece la película nos dieron pie a un profundo debte. Cuando Chaplin se limpió las manos en unas lujosas cortinas, mis hijos se escandalizaron y le regañaron. Y cuando, en plena locura transitoria generada por el exceso de trabajo, después de haber sido engullido por una máquina, el personaje comenzó a atornillar la nariz de cuantos se le ponían por delante, incluido su jefe, mis hijos estallaron a reír a carcajadas. La sesión fue un éxito, a pesar de lo arriesgado del asunto.
Desde esa tarde, me he tomado por costumbre ver películas clásicas con ellos. Ya hemos visto algo de los Hermanos Marx, todas las canciones de Cantando bajo la lluvia —el famoso número de Gene Kelly enamorado saltando de charco en charco despierta pasiones entre ellos—, los momentos más familiares de Sonrisas y lágrimas y todo El mago de Oz. Tenemos pendiente El maquinista de la general, de Buster Keaton, que será una de mis próximas compras cinéfilas. Y cuando prefiramos el cine más reciente y la edad de los aprendices de espectador lo permita, seguiremos la estela que ya han iniciado Mary Poppins, Volando libre o La niñera mágica, y veremos Billy Elliot, Philadelphia o la muy reciente —y estupenda— Juno.
Precisamente de todo esto habla este manual de editorial Graó, un sello independiente catalán especializado en educación. Sólo basta echar un vistazo a su extenso catálogo para comprender por qué motivo su trabajo es tan preciado por los educadores: proporcionan herramientas para el profesorado y al mismo tiempo ponen sobre la mesa cuestiones de enorme calado, sin olvidarse de los asuntos polémicos y actuales. Este manual pertenece a la primera línea, la de las herramientas, y está pensado para aquellos profesores que deseen profundizar en la utilización de los lenguajes audiovisuales —y particularmente del cine— como herramienta educativa.
En la introducción, los autores nos dejan bien claros los motivos de esta preocupación: el mundo de la imagen es tan omnipresente que su inclusión en los currículos debería tomarse como una prioridad. Desmienten, por supuesto, los tópicos que apuntan a que el cine "deseduca" en lugar de educar o sólo enseña violencia y malos hábitos, e inician un alegato hacia el papel generador de debate y reflexión que es el séptimo arte, siempre y cuando se utilice debidamente.
Pero hay más. En lenguaje cinematográfico, dejan bien claro los autores, somos todos analfabetos: no basta con estar hartos de pasar horas frente a la caja tonta, ni siquiera con estar al tanto de los estrenos de la cartelera: es necesario no sólo ver, sino aprender a interpretar, conseguir que aquello que conocemos tenga calado en nosotros, en los alumnos. Es en este sentido que este manual será una excelente herramienta: no sólo ofrece base teórica —incluyendo un interesante capítulos sobre técnicas cinematográficas— y crítica, sino que propone una buena serie de títulos entre los que no resultará difícil encontrar alguno con el que comenzar a introducir el cine en las escuelas a institutos.

lunes, abril 14, 2008

Doble mirada: Exploradores del abismo, Enrique Vila-Matas

Anagrama, Barcelona, 2007. 296 pp. 18 €

1.
Hilario J. Rodríguez


Siempre que acabo de leer un libro de Enrique Vila-Matas tengo un sueño agitado. Al llegar a la última página de Exploradores del abismo soñé lo siguiente:
Mi padre acababa de morir. Lo habían amortajado y permanecía inmóvil sobre una cama, en una habitación enorme. Yo estaba allí, mirándolo desde una silla. Solo. Lo más inquietante de la situación comenzó al ver una araña moviendo sus enormes patas por encima del cuerpo de mi padre, en dirección a su cara. Me daba miedo que pudiese despertarlo. Por eso iba corriendo hacia la cama, que estaba demasiado lejos. Fue entonces cuando pedí auxilio.
Al despertarme, llamé a mi madre.
—Acabo de soñar que papá se moría.
—Hijo mío, tu padre murió hace mucho tiempo.
Para entender el sueño quizás debería tumbarme en el diván de un psicólogo y esperar que, pacientemente, me diera explicaciones al respecto, pero también podría pensar que el significado del sueño está oculto entre las páginas del último libro de Vila-Matas. Después de todo, la literatura tiene la capacidad de hacernos soñar, al menos cuando produce un efecto en nosotros. La cuestión ahora consiste en saber qué efecto produjo en mí Exploradores del abismo. ¿Me hizo ponerme en plan freudiano? ¿Agitó mi memoria, convirtiéndola en un pozo lleno de enigmas? ¿O me invitó a recordar esa frase de Vila-Matas en la que medito desde la primera vez que la leí y de la que no he podido liberarme aunque lo intento a diario para no obsesionar demasiado con ella: «Hasta no hace mucho yo creía que escribir equivalía a empezar a conocerse a sí mismo; pero a medida que va pasando el tiempo me doy cuenta de que, por culpa de escribir, nunca sabré quién soy»?
Si acudiese a Sigmund Freud en busca de explicaciones, me entraría sueño porque de lo contrario me vería obligado a aceptar que tengo algún problema con mi padre, por muy muerto que esté. Un complejo o algo así. Y, la verdad, me entra pereza sólo de pensarlo. Los psicólogos me resultan molestos. No hay nada peor que escuchar a los demás diciéndonos cómo somos, es casi tan cansino como escucharles decir cómo tendríamos que ser. Sin embargo, aceptar que Exploradores del abismo hizo un enorme batiburrillo con mi memoria me parece una opción todavía peor. A estas alturas ya me he dado cuenta de que si hay algo inconsistente en mí es mi memoria. Tampoco la memoria de los demás me parece demasiado fiable. Conste que esto último no lo he descubierto después de leer el último libro de Vila-Matas, lo descubrí cuando comencé a inventar recuerdos en las conversaciones familiares (tengo mala memoria), y mi madre y mis hermanos no me corregían mientras les daba datos o les contaba viejas anécdotas de infancia, todo ello inventado sobre la marcha para no perder hilo y meter un poco de baza. Por supuesto, podría pensar que mi madre y mis hermanos tienen una memoria inconsistente y prefieren fiarse de la mía. Si no, podría pensar que la memoria, en general, mezcla verdades y mentiras con total naturalidad, y nadie se queja. Otra posibilidad que se me ocurre es que, ante la posibilidad de enfrentarnos a verdades excesivamente tristes y deslucidas, preferimos construir nuestra memoria a base de mentiras. Leemos, vemos películas, perseguimos conversaciones ajenas en un autobús o deambulamos por las calles desiertas de Praga, en busca de Franz Kafka. Qué sé yo. Recordar, en cualquier caso, suele precipitarme en un pozo oscuro. Me sucede lo mismo al enfrentarme al tema del «yo», tan presente en Exploradores del abismo y en los demás libros de Vila-Matas.
Librémonos del «yo» de Vila-Matas e imaginemos a alguien que se para en mitad de la calle, sorprendido por un recuerdo o una sensación que le asalta de pronto. Lo llamaremos Bob. Está oyendo en el interior de su cabeza la narración de su anodina y rutinaria existencia. Tiene a una escritora metida en su cabeza que le está contando su vida, para la que ya tiene previsto un final: Bob va a morir, algo con lo que él no está muy de acuerdo. Los planteamientos que la ficción intenta imponer en su destino le resultan abusivos. Quiere que alguien le dé explicaciones. ¿Es realmente necesario hacerle morir? Según la escritora, sí porque sólo de ese modo ella conseguirá escribir una obra maestra. Como no quiero desvelar el desenlace, me conformaré con sugerir que veáis Más extraño que la ficción (Stranger than Fiction, 2006, Marc Forster), una película que bien podría haber sido una novela de Vila-Matas y detrás de la cual se esconde una incómoda verdad: la reputación de la tragedia como elemento de peso para tomar más o menos en serio una película o un libro. Contra ésa y cualquier otra reputación escribe Vila-Matas, a quien se puede admirar más o menos pero es imposible negarle su condición de aventurero, en mitad de tantas crónicas generacionales, mujeres liberadas, inmigración, deterioro medioambiental, frío en las ciudades de provincias, rollos conceptuales y cuentos asombrosos.
Como no estamos aquí para hablar sobre el desproporcionado prestigio de la tragedia, quedémonos con el acto de rebeldía que se produce en Más extraño que la ficción y Exploradores del abismo cuando sus respectivos personajes intentan cambiar los guiones de sus vidas y, en lugar de comportarse como corderillos en manos de un omnipotente creador o de un destino cruel, quieren recordarnos el cansancio que están experimentando ciertas fórmulas narrativas y de paso quienes las sufren, que comienzan a estar hartos de tener que morir para de ese modo ganarse un lugar en el panteón de la cultura. Lo que la película de Marc Forster y el libro de Vila-Matas ponen de manifiesto es que quizás haya una conspiración a gran escala detrás de buena parte del cine que vemos y de la literatura que leemos, que consisten en segundas y terceras partes, secuelas, precuelas, remakes, series, sagas, versiones libres… o sea, en cualquier cosa menos en productos originales.
Como si fuesen parte de una novela de Italo Calvino o David Foster Wallace, los cuentos de Exploradores del abismo huyen de la literatura fácil, que uno puede consumir en el metro -camino del trabajo- porque apenas requiere concentración por nuestra parte. Los escenarios que despliega Vila-Matas podrían adecuarse tan fácilmente a sueños como a pesadillas similares a la que tuve yo al terminar la lectura del libro. Nos acercan a los universos descritos por Laurence Sterne en Vida y opiniones de Tristram Shandy, donde la inteligencia y la paranoia se confunden; o por Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas, donde la crueldad de la lógica y los juegos infantiles se dan la mano. La característica común de ese tipo de literatura es que sus personajes suelen ser neuróticos o solitarios o ambas cosas al mismo tiempo, gente con una visión muy peculiar del mundo.
La obra de Vila-Matas, en general, nos hace pensar que posiblemente las historias muestran signos de cansancio porque ya nadie es capaz de mantener los géneros en los mismos márgenes de hace unas décadas. Eso explicaría que ahora sea necesario hacer mezclas, para ver cuál es el resultado. Frente a una realidad saturada por los medios de comunicación, Internet, el sonido de los teléfonos móviles o la omnipresencia de la publicidad, escritores como él no quieren conformarse con argumentos insignificantes y con recursos humildes, por temor a acabar haciendo trabajos efímeros.
Mientras leemos cada uno de los cuentos de Exploradores del abismo, casi todos nos hacemos la misma pregunta: ¿de qué va la cosa? Gracias a Dios, acabamos concluyendo que lo más importante no es lo que se nos cuenta sino más bien cómo se nos cuenta. Al fin y al cabo, en un período de crisis narrativa, en el que las historias navegan a la deriva en busca de nuevos horizontes, es lógico que haya quienes desmonten los mecanismos de las ficciones, adoptando a veces una actitud lúdica aunque sin olvidar jamás las palabras de Thomas Pynchon cuando, en su novela V, decía: «Diviértete pero no te despistes».
La metaficción —si ése es de verdad el terreno donde escribe Vila-Matas— tiene varios objetivos, entre ellos el de reconciliar nuestra relación con el placer y el aprendizaje, que todavía hay quienes creen que son conceptos antitéticos; aunque su objetivo principal posiblemente consiste en destapar los procesos creativos de la ficción, por si en su caótico mecanismo podemos aprender algo sobre el funcionamiento del mundo y sobre el papel que nos toca jugar a cada uno antes de morir por un capricho del destino o porque la mitad de las ficciones ya no consiguen sacarnos de la rutina.



2.
Inés Matute

Tal vez me equivocara al pedir a la editorial, convencida de que me iba a gustar, un ejemplar de Exploradores del abismo con ánimo de ponerlo bajo la lupa. Y no lo digo desde la decepción, sino desde la certeza de la responsabilidad que supone reseñar al más logrado Vila-Matas, al más maduro, al más sorprendente. V-M es un escritor que se adora o que no se entiende, que fascina o deja frío. Por ese motivo, sus incondicionales encontrarán que esta reseña se queda corta, y los otros, los que aún no han sido seducidos por su maestría, pensarán que mis elogios son gratuitos; una manera de dar jabón a un escritor tan reconocido que poco o nada necesita de mis loas.
Tras una enfermedad que colapsó sus riñones y que le obligó, en primera persona y no desde la ficción, precisamente, a explorar su propio abismo —aceptemos el chascarrillo: meses antes de empezar a escribir esta obra, V-M estuvo a punto de morir por un fallo renal que casi le condujo al coma— el escritor regresó al género cuento tras un paréntesis de doce años, años en los cuales escribió «la trilogía de la catedral metaliteraria», tal y como la bautizó Jorge Herralde, su editor; trilogía formada por los títulos Bartleby y compañía, El mal de Montano y Doctor Pasavento. En ellos, el autor nos introducía en la exploración del oficio de escritor valiéndose de distintos registros e historias, pero jugando siempre con la realidad y la ficción; unos parámetros que en él se confunden, se machihembran, se solapan.
En los 19 magníficos textos de Exploradores del abismo Vilas-Matas sorprende a sus seguidores, que, a pesar de seguir viendo al fantasma del Doctor Pasavento en todos sus textos, sólo pueden admirarse del torrente de imaginación que el escritor despliega en relatos como “Amé a Bo”, un insólito viaje de ciencia ficción con aires surrealistas, imágenes extraídas del mismísimo Kubrick y contrastes plásticos que nos recuerdan a la inquietante obra de De Chirico. Sin ánimo de exagerar, creo que este relato de corte futurista —conmovedor, profundo, raro— en el que el ocupante de una nave espacial atraviesa el infinito hasta llegar a un planeta en el que las cosas se rigen por su propia lógica, es el mejor cuento que he leído en los últimos cinco años. “Amé a Bo” es la frase que el protagonista repite sin cesar, su personal seña de identidad, la llave hacia la salvación o la locura. ¿Y qué decir de “Porque ella no lo pidió”, una de las historias más logradas del libro? En ella, Vila-Matas retuerce la metanarratividad y nos ofrece, partiendo de un hecho real, un juego infinito en torno al extraño encargo de la artista Sophie Calle, incluyendo lo que escribe para ella y sobre ella: una historia a la que Sophie, partiendo de la literatura e interpretando una acción artística a su manera, se someterá sin rechistar. De la literatura a la vida: ¡invirtamos el tradicional proceso creativo!. Me explicaré: si el narrador escribe que Sophie acosa a un desconocido, ella lo hará sin el menor reparo. Si el escritor decide que Sophie ha de enfrentarse al fantasma del propio Vila-Matas en una casona semiabandonada en las Azores... ¿Irá a su encuentro? Y, lo que es aún más angustioso, ¿se verán cara a cara? No, no sabemos si nosotros formamos parte de la charada, si, con Sophie o sin ella, somos un personaje más de la historia, si podremos perfilar un final alternativo o si el autor, dueño y manipulador de todas las identidades, juega desde el principio con las cartas marcadas. Sólo por estas dos historias, ya merece la pena leer el libro...
Pero aún hay más, pues la gente de la calle, usted y yo misma, también tenemos cabida en el libro. Hay quien busca la infancia perdida, «ese desierto», en un banco de la Travesera de Gracia. Hay quien espía y anota —¿para qué?— todo lo que escucha en el autobús cada mañana. Hay quien oye un grito y se despierta al nuevo día sin percatarse de que está «viviendo» el despertar de un muerto. Hay quien reflexiona sobre el sentido de la obra de arte mientras contempla un barranco en el pueblo de Ronda... ¿Y qué pensar de las hijas gemelas del fiscal, devotas de las preguntas sin respuesta?
No desvelaré aquí todos los secretos de Exploradores del abismo, esa brillante galería de guiños y sugerencias. Me limitaré a decir que los exploradores de Vila-Matas son una metáfora de la condición humana en su cara más amable. Son personas-personajes casi corrientes, equilibristas que, al verse al borde del precipicio, y manteniendo siempre una relación desinhibida con el vacío, se cuestionan qué hay más allá del horizonte. Otros espacios. Otras formas de vida. Otros interrogantes. ¿La nada? En algunos casos, ese vacío es el centro mismo del relato, en otros, el abismo sólo es parte del decorado, un pretexto, un truco. Supongo que estos cuentos, muchos de ellos extremadamente cortos, funcionan como puentes sobre ese abismo en el que todos nos reconocemos y que sólo unos pocos son capaces de llenar con palabras. Inclasificable. Deslumbrante. El mejor Vila-Matas.